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La complejidad y el Confucionismo - Informe de Relatoría, Sesión 9 Versión 30, "Cátedra Aleph"

Es martes 28 de marzo del 2017, no son más de las 9:10 de la mañana y el recinto en el que acostumbramos a desarrollar nuestra Cátedra Aleph ya tenía algunos asistentes. No se trató de una sesión usual porque las sillas más próximas a la puerta del recinto ya estaban ocupadas por cuatro personas: el docente Andrés Salas, director del Centro de Idiomas de la sede; la profesora Luz-Stella Cardona, gestora de proyectos desde la perspectiva de la complejidad; Carlos-Enrique Ruiz, ingeniero de caminos y de crepúsculos; y Nelson Vallejo-Gómez, filósofo franco-colombiano e invitado especial de la sesión. Fue tan inusual que varios de los participantes debimos acomodarnos en asientos distintos a los que normalmente usamos, suponiendo desde ese momento y desde esa nueva posición el acercamiento a un conocimiento de nuevas ideas, perspectivas y propuestas que nuestro invitado especial estaba a punto de exponer.

Carlos-Enrique dispersó un poco el ambiente insólito de la Cátedra al ser el primero en tomar la palabra, como normalmente ocurre en las demás sesiones. Nos extendió un amable saludo; seguidamente, aprovechó  para presentar a los docentes que nos acompañaban y no dudó en dar una merecida bienvenida a Nelson Vallejo, en la que reseñó su impecable hoja de vida, destacó las no pocas gestiones que Vallejo ha hecho en aras de la educación y resaltó, a través de los más adecuados y magníficos adjetivos, toda la labor llevada a cabo por este personaje de connotación internacional. Carlos-Enrique siguió su introducción y nos aseguró que hace no más de cuatro años Vallejo había compartido una sesión de Cátedra Aleph en la que se logró sacar provecho a todas las consideraciones y argumentos expresados por nuestro invitado y que esta sesión, la número IX de la trigésima versión de Cátedra Aleph, no sería la excepción luego de que Nelson nos pusiera en sintonía con los pensamientos de Edgar Morin y los conceptos de las “Analectas” de Confucio… El director de la cátedra prefiere no extenderse más, al ser consciente de que Nelson no podía acompañarnos hasta más allá de las 10:30 de la mañana. Cede la palabra a Nelson y a partir de ese instante se convierte en el fotógrafo oficial de la Cátedra.Nelson Vallejo-Gómez inicia su intervención a través de un saludo general y agradece las generosas palabras que Carlos-Enrique Ruiz le había dedicado minutos atrás. Opta, además, por considerar a Carlos-Enrique como un hunsi o un hombre ideal en nuestra era contemporánea, y es allí cuando el invitado incorpora por primera vez la corriente confuciana al mencionar el ideal de persona para este filósofo chino.

Vallejo primero se permite plantear una tesis en la que desestima la tendencia que albergamos en occidente. De acuerdo con él, actualmente existe una ruptura del ideal de persona por el enfoque que poseemos del proyecto de modernidad; con seriedad sostiene que “la razón, la técnica, la economía y los instrumentos no presentan una buena conexión con nuestro entorno” por el simple hecho de alojar una patología reduccionista de carácter cuantitativo. Vallejo-Gómez rechaza la concepción de reducir la razón, la educación y el progreso a algoritmos matemáticos que se traducen en una simple sistematización de nuestro mundo, inhibiendo la posibilidad de ampliar los medios, de expandir nuestros horizontes.

Hasta ahora, ninguno se atrevió a interrumpir los planteamientos de Vallejo. En los participantes de la sesión, la concentración era tan abrumadora que ni siquiera un par de flashazos provenientes de la cámara de Carlos-Enrique consiguió desconcentrarnos. Los primeros registros fotográficos fueron hechos y las primeras opiniones personales, a lo mejor algo desacomodadas, comenzaban a formarse en la mente de cada uno.

Nelson Vallejo continuó su reproche a los mecanismos algorítmicos haciendo alusión al pequeño lugar que se proporcionaba a las innovaciones y las creaciones regeneradoras; hizo notar el descontrol que hoy se tiene para aceptar actitudes inéditas, justificando que nos hemos contentado con apreciar unas cuantas aristas, pero no toda la geometría de nuestro espacio y llegado a este punto, logra llamar la atención sobre la desproporción que la ciencia, más concretamente el ser humano, guarda con la naturaleza: para él, hemos asumido una actitud acaparadora y depredadora con el planeta. El profesor Salas parece estar de acuerdo con esta postura asintiendo con su cabeza.

La actitud depredadora, sostiene Vallejo, nos encasilla en un consumo material que sólo repercute en factores negativos apoyados en un semblante egoísta y muy individualista. Ese semblante, escaso de altruismo, genera una descomposición del tejido social, en la que se desprecia el interés por lo público y se atenúan las posibilidades de diálogo.

Vallejo trata de dejar claro que el problema no estriba en la existencia de las diferencias, sino en la inexistencia de la participación que se tiene a la hora de acordar una forma de resolver las diferencias. De acuerdo con él, el pacto que formemos para resolver las diferencias siempre nos une, pues ahí es donde se robustece la sociedad democrática y los principios colectivos y se hunde la idea reduccionista y simplona de solucionar la diferencia a través de la prohibición, la discriminación y las injustas estigmatizaciones.

Luego de estas palabras, Carlos-Enrique deja asomar aún más el interés por las opiniones de Nelson, deja su cámara a un lado y prefiere sentarse a tomar varios apuntes en su libreta.

La sesión avanzó y los cuestionamientos salen a flote cuando Nelson se pregunta cómo podemos recuperar las fases anteriores que se tenían sobre un proyecto de vida ideal. Vuelve a replantear su pregunta, haciendo más tangible la situación: ¿Podemos nosotros, con paradigmas culturales y semblantes individualistas, repensar los ideales humanos? De inmediato, Vallejo-Gómez comienza a armar su respuesta al afirmar que es imprescindible concebir el ideal de persona no como algo abstracto y lejano, sino como una actuación correcta dentro de la cotidianidad. El buen actuar, según Nelson, resume el concepto de comportamiento ético.

De repente un acento francés se entromete en medio del discurso sostenido que llevaba nuestro invitado especial. Vallejo pronuncia honnete homme para hacer referencia al hombre honesto del que frecuentemente Confucio destaca en sus Analectas. Vallejo agrega que este perfil de hombre también se forjó en la Francia del siglo XVIII, la Francia de la revolución, la misma que hoy en día sigue declarando la libertad, la igualdad y la fraternidad, al menos, como eslogan del gobierno nacional.

Las interpretaciones que se ofrecieron para poder definir el tema del orden ético de Confucio toman lugar dentro de los argumentos de Nelson Vallejo. Para él, la educación es la pieza fundamental si se quiere llegar a comprender la concepción de cultura, la capacidad de relaciones sociales y la idea de humanidad. Describe, asimismo, que el ser humano tiene unos conocimientos innatos, pero sostiene que la fuerza de dichos conocimientos se obtiene sólo a través de la actuación… Más claro: el ser humano nace con capacidades pero depende de él desarrollarlas mediante las distintas artes que le rodean. Percepciones similares eran las que defendía Confucio, así como Edgar Morán, quienes coincidían en que la cultura es algo que se genera permanentemente en la cotidianidad humana y, por ningún motivo, debe entenderse como algo abstracto, distante e impropio del ser, pues él se convierte, precisamente, en el generador de la cultura provocando una inevitable relación entre la ontología y la noción de humanidad.

Para gusto propio y de todo el auditorio, un sabroso choco-break se cuela en medio de las refinadas posturas de Vallejo, permitiendo digerir mejor toda su tesis y, por ahí derecho, abriendo el apetito de la hora del almuerzo… Es tan delicioso que ni siquiera Juan-David elige si es mejor quedarse con su manzana o sacar el bocado de chocolate de la envoltura; escoge ambas, a lo mejor para no incurrir en los tediosos rechazos y discriminaciones que comentábamos párrafos atrás.

El choco-break que recibe Vallejo debe aguardar un rato más, debido a que es necesario dejar claro que el orden ético no son reglas y normas que deben aprenderse de memoria, sino más bien una acertada interiorización de humanidad que recae en un compromiso con los demás. Nelson se remite a una analecta en la que se hace hincapié sobre la capacidad que cada uno debe poseer para servir a los hombres, a aquellos que suponemos conocer, pues de no ser así ¿cómo podríamos servir al resto de abstracciones que componen el mundo? Las claras referencias del compromiso, la bondad y la generosidad nos conducen, de inmediato, a lo que Nelson considera que es el nudo gordiano de  las Analectas: la práctica de una vida humana. Llegado a este punto, nuestro invitado procura conservar objetividad en el asunto que empieza a desarrollar, aseverando que la práctica de una vida humana se conquista si se albergan manifestaciones de benevolencia, de cortesía, de lealtad; debe existir, igualmente, un vínculo filial y respetuoso por el otro capaz de establecer un conocimiento del entorno en el que se desenvuelve. Pero para lograr este acometido, Nelson afirma que es imprescindible reconocer la simpleza, observar mucho, escuchar lo suficiente, valorar el silencio como espacio de reflexión y explorar lo que está a la mano, puesto que todo ello, a fin de cuentas, es lo que nos causa consciencia por ser verdaderamente lo palpable dentro de nuestra dimensión humana. Vallejo confirma que mediante este tipo de acciones puede adquirirse una evolución humana que admite una obligación con los demás. Aprovecha el momento para invitar a defender la lucha de la salvaguarda por la humanidad.

Una segunda pregunta se entromete dentro de los postulados de Nelson Vallejo, al cuestionarse sobre la posibilidad en la que podríamos ser humanos por el camino, por la vida. La contestación se torna sencilla al declarar que todo se resume en amar a todos, incluso a los bárbaros, como está escrito en las Analectas. Vallejo aclara que en occidente tenemos la concepción de tres clases de amores: uno erótico, el otro filial o amistoso y uno más que se asemeja con el término agape, muy relacionado con la piedad y la caridad. Sin embargo, nuestro ponente colombo-francés, añade que para Confucio el amor es cuestión de comportamiento y actitudes en las que la ejemplaridad sea protagonista y siempre quepa la opción de corrección en caso de equivocación; jamás debe primar una exclusión por el otro, ya que el ser resulta siendo inimaginable sin articulaciones sociales, sin un sentido de reciprocidad. La carencia de esta condición atenta contra su imagen de perfil integral, ocasionándole el reduccionismo y limitándolo a los ya comentados algoritmos contemporáneos.

La osadía de interferir en medio de las palabras de Nelson Vallejo la tiene una llamada que entra al celular de Carlos-Enrique, quien esboza una cara de “qué más se va a hacer” ante el posible entorpecimiento de las ideas que Vallejo-Gómez viene poniendo sobre la mesa. Por fortuna nuestro invitado no se inmutó ante la incauta llamada, aunque Carlos-Enrique le hace saber que los colegas y compañeros de viaje a Colombia ya lo estaban solicitando en la Universidad de Caldas. Ni esta advertencia logra descompensar la paciencia del invitado, quien sigue anudando argumentos. Esta vez se da la oportunidad de hacer una lúcida apreciación en la que hace un llamado de atención sobre la urgencia que cada persona se conozca a sí misma, de forma muy íntima, ya que, de acuerdo con Vallejo, en entreno del alter-ego facilita el conocimiento de los demás y nos enseña la perspectiva de cultivar un ethos realmente ocupado en tejer lazos sociales. Lo que importa acá es una cabeza bien puesta, no una cabeza llena, pues ese es el modo para alcanzar una mente universal, para percibir un medio de empatía y para formar un cerebro asimile la obligación de compartir el entorno.

Nelson Vallejo, próximo a terminar su intervención, resalta la existencia de un enemigo jurado frente a todo este proceso de humanización diciendo que aquello a lo que le ponemos precio, le asignamos título y lo jerarquizamos se transforma en una perniciosa manera observar el mundo, de conocer al otro. Nelson sentencia que este tipo dañino de interpretaciones conducen a una incompatibilidad con el más elemental sentido de justicia y solidaridad… ¿Dónde se forma hoy en día esa conciencia de humanidad? Esa una gran pregunta de difícil respuesta que, no obstante, debemos encontrarla si no queremos dejar de ser, junto con otros, los intérpretes de nuestra vida, los artesanos de nuestro mundo. “Apenas estamos redescubriendo los principios que articulan al individuo, la sociedad y su medio.” 

Luego de haber transcurrido una hora y diez minutos, Nelson Vallejo-Gómez dio por terminada su ponencia. Un silencio se apoderó del salón tras el común enmudecimiento de quienes nos encontrábamos en él.

De repente se escucha una voz diferente, la de Carlos-Enrique, quien pide el favor de comenzar con el enriquecimiento de la sesión a través del aporte de más opiniones. Es entonces cuando el profesor Salas decide manifestar que encontró una relación entre los aportes hechos por el invitado y las clases que él suele dictar: sostenibilidad en la ingeniería y materiales para la construcción. Andrés Salas nos adelanta 1500 años en el futuro, al avisarnos sobre el tiempo que una botella plástica puede tardar en degradarse. El profesor, también director del Centro de idiomas, extiende la exhortación para que seamos más consecuentes con nuestro modelo de vida y tengamos una mayor reflexión frente la estrecha relación que poseemos con el medio ambiente, ya que todo esto impacta, durante largos periodos, los ciclos que se generan en el entorno. Nelson Vallejo reacciona ante los comentarios de Salas diciendo que la ingeniería debe ayudar a mejorar las capacidades del ser humano y jamás debería crear secuelas negativas ni para la humanidad ni para el espacio en el que se desarrolla.

En busca de más apreciaciones, Carlos-Enrique consulta a Manuela si tiene algún comentario y ella, con naturalidad, responde afirmativamente. Manuela se permite hacer una pregunta en voz alta que le causa intriga en su vida: ¿hago bien al estudiar una carrera, un gusto evidentemente personal, o por el contrario debería estar afuera, en la calle, reclamando acciones para contrarrestar la desigualdad del país y luchando contra los actos incoherentes que atentan contra lo colectivo? Vallejo acota su contestación ante la pregunta diciendo que hace bien preparándose personalmente, porque ahí puede fomentarse el autoconocimiento que reclamaba anteriormente y sugirió no atormentarse por esta dualidad, pues habría una certeza que la lucha de Manuela y la colaboración que pudiese ofrecer sería muy visible unos años después, cuando se desempeñe como una profesional capaz de ahorrarle problemas al país. Se notó, entonces, parte de tranquilidad en Manuela.

De repente Ricardo pide la palabra para revelarnos que el secreto es amar a Dios. Nuestro ajedrecista de cabecera, igualmente, razona sobre la importancia de cimentar unos principios y rechazar temores no fundamentados. Retoma una pieza clave tratada por el invitado especial: jamás nos preguntamos si el gozo, la diversión que hoy tenemos, ocasiona una cadena tan simplista y local que sea incapaz de satisfacer lo que anhelamos. Ricardo decide asociar la lógica contemporánea del gozo como un aspecto cuantitativo y no cualitativo. Ahora le llega el turno a Vallejo, que simplemente invita a que el amor a Dios no sea por tradición, sino más bien un encuentro con el entreno de mi alter-ego.

Con la suficiente elocuencia, Nicolás nos comenta que hacía algún tiempo, había leído un texto en el que se manifestaba que la tenencia de un título de filósofo, doctor, máster, entre otros, eran solamente patrañas y que lo realmente trascendental era conservar una actitud, más que un título, de persona gentil, honrada y dadivosa. Sin titubear, Vallejo retoma el concepto de mente universal y complementa el concepto de Nicolás al agregar que todo lo que se aprende y lo que se refleja son solo estructuras que forman los demás y recrimina el elevado interés que hoy albergamos por dar una configuración personal maquillada, en la que entra en juego la reputación y no la esencia de la consciencia humana.

Tal y como en el ajedrez, en Aleph también se reclaman revanchas. Ricardo aclara su concepto de humanidad y accede a una nota aclaratoria en la que propone emprender un cambio en occidente sin necesidad de ser radical frente a una postura religiosa. Nelson sólo precisa la importancia de prestarle atención a palabras polémicas y frases como amor a Dios, pues históricamente, asegura Nelson, las mayores batallas han tenido lugar por discrepancias teológicas.

Un nuevo interventor aparece en la sesión. Es Adrián-Arturo, quien se toma el tiempo para debatir sobre las componentes académicas que se aplican actualmente, criticando la casi nula capacidad de estas componentes para fomentar y propiciar el desarrollo de las artes y la cultura. A sus comentarios adhiere que este hecho lo percibe claramente en Colombia y, de forma general, en el modelo educativo latinoamericano y anota que en Europa pueda tenerse algo distinto para ofrecer y verdaderamente exista una relación cultura-sociedad mucho más fuerte en el viejo continente. Nelson Vallejo confiesa que muchos latinoamericanos pueden conocer mucho mejor la historia y la cultura que un europeo y amplía su argumento de afrontar la propia contemporaneidad cuando echa mano al libro “El laberinto de la soledad” escrito por el mexicano Octavio Paz. Vallejo remata trayendo unas palabras más específicas: un ser está tan conectado, articulado con su mundo y tan consciente de él como lo quiera estar ya que se recalca con insistencia la construcción personal, el ejercicio de conocimiento íntimo para así poder empezar a vincularme con mi entorno.

Una nueva voz entra a complementar el desarrollo de la tesis que se ha venido formando en la sesión. Juan-David difiere ante el postulado “amar a Dios sobre todas las cosas” debido a que en esa frase, piensa él, se encierran fundamentos radicales. Juan-David más bien nos extiende la propuesta de amar su obra y sus principios ya que en ellos podríamos estar frente a rasgos más certeros de humanidad. Tras la contribución de Juan-David va nuevamente Nelson Vallejo, quien con simple naturalidad declara que amar a Dios sobre todas las cosas presume no amar las cosas o, por lo menos, darles un valor menor al merecido.

Así como Confucio, Paz o Morán reviven durante el avance de la sesión, los monjes tibetanos también son invocados para seguir hilando y perfeccionando la teoría de nuestros diálogos. Diana-Carolina reclama el espacio que merece y ante todos revela que las lecturas asociadas con la cultura del Tíbet y el conocimiento de las Analectas de Confucio, le hacen sentir más atracción hacia ellas que hacia el propio cristianismo, porque según Diana, los monjes y las Analectas plantean un conjunto de buenas acciones y una sabia filosofía que se asemejan de forma más directa con el real concepto de humanidad. Vallejo-Gómez indica que el proyecto de edificación de la dimensión espiritual humana va más allá de seleccionar una religión y aprueba que los instantes de silencio, los mismos de los que habló Diana-Carolina al referirse a los monjes y su cultura, se convierten en momentos productivos de acercamiento personal.

“¡Con la mayor brevedad posible!”, advierte Carlos-Enrique Ruiz a los próximos interventores. Por supuesto, nuestro director de la Cátedra, ingeniero de crepúsculos y en esta ocasión fotógrafo oficial, jamás pretendía censurar los comentarios y opiniones venideras; simplemente recalcaba, con algo de genialidad, la necesidad usar las palabras precisas, pero completas para transmitir nuestros argumentos. Ahora todos entendíamos la apremiante acción de optimizar los últimos minutos de conversación con Nelson Vallejo.

Consciente de la prontitud con la que debía tratarse el resto del tiempo que le quedaba a la sesión, Manuela puntualizó tres comentarios: el primero es una contradicción que ella nota en la frase de amar a Dios sobre todas las cosas, pues la perspectiva personal le hace concebir la omnipresencia de Dios y su manifestación en la naturaleza y en los objetos que adecúan un paisaje, un entorno. La segunda idea viene a colación con la importancia de albergar un amor por nosotros a través del fomento de buenos hábitos cotidianos, la práctica de actitudes saludables y el interés de buscar una renovación permanente que nos aleje de retrasos y estancamientos. La tercera y última valoración brindada por Manuela está representada en la noción de culpabilidad; ella no pone en duda que los peores verdugos de la vida somos nosotros mismos y que ciertamente deberíamos permitirnos una enmienda más propositiva en la que la culpabilidad no nos confunda ante la búsqueda de enfoques restauradores.

De manera apurada, pero contundente, Ricardo nuevamente se hace sentir al garantizarnos que la perspectiva de Dios es, sin ningún género de duda, un juicio personal.

Vallejo-Gómez prestaba atención al igual que Carlos-Enrique y todos tratábamos de seguir el ejemplo. El desprecio hacia algún punto de vista no tiene cabida en Aleph, que todo lo alberga, que todo lo contempla. Sin embargo, desde los apuntes hechos por Manuela ya no hubo conversación ni contestación para las opiniones, aunque seguramente existió, en la cabeza de cada quien, la generación de más pensamientos y la instauración de más discernimientos.

Ya estábamos próximos del final y Carlos-Enrique insistió en que nos tomásemos una fotografía para el recuerdo de una sesión que catalogó como histórica. Nos fuimos acomodando contra una pared del recinto mientras él buscaba el mejor ángulo desde el lado opuesto del aula; el fotógrafo de la cátedra y de los atardeceres pareció recibir el mejor comentario de la sesión en el instante en el que el profesor Salas amablemente se ofreció a tomar la foto. A Carlos-Enrique le emocionó la idea de poder hacerse una imagen con su grupo, muy cerca de su amigo Nelson Vallejo-Gómez. Terminamos de organizarnos, sonreímos y el ya conocido “uno, dos, tres” fue dicho por Salas. El flash se disparó y Carlos-Enrique, posando en la parte central del grupo, pregunta a Andrés Salas si acaso no existe repetición de la foto por si las dudas… Salas, entonces, nuevamente encuentra la posición adecuada para la obturación, oprime el botón y una segunda fotografía atrapa las siluetas de cada uno de los integrantes que, guiados ya bajo un concepto más amplio de humanidad, reflejaban un ethos solidario, un alter-ego más instruido y comprometido. El par fotografías se convierte, a su vez, en un registro testimonial para las memorias de esta sesión.

Carlos-Enrique agradeció enormemente a Nelson Vallejo su acompañamiento y el formal gesto de habernos compartido el desarrollo de su tesis que ayudaba a ensanchar el sinfín de dictámenes y juicios formados en esta sesión y en sesiones previas. Un aplauso colectivo sirve para dar las gracias y la despedida al invitado, quien permaneció con nosotros hasta pasadas las 10:45 de la mañana.

Con todo empacado en los morrales y listos para salir, los libros que suelen rifarse en la cátedra nos hacen detener. Dos obras, una del escritor cubano Alejo Carpentier y otra del español Javier Marías, son entregadas al par de integrantes que fueron favorecidos por un aletazo de buena suerte. Por su parte, Carlos-Enrique anuncia adelantos de la sesión que se cumplirá la semana entrante (es decir, hoy martes 4 de abril) y aconseja leer el primer capítulo del libro “Momentos estelares de la humanidad”, el cual conserva un vínculo con Cicerón.

Termino: la voz que leyó este documento quiso ser el eco de las voces conjuntas de Nelson Vallejo, de Carlos-Enrique y de cada uno de los integrantes de esta sesión. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ustedes han tenido.

 

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