Con ello coronó, sin percatarse de ello, el desmoronamiento social del país que había sido puesto en marcha veloz por la desesperada reacción popular ante el asesinato de Gaitán. En ese desierto volvieron a surgir los anacrónicos párrocos de la miseria intelectual: los “predicadores” laicos que ni siquiera dominaban el arte de la mala improvisación. Para recuperar la dignidad intelectual de Colombia era preciso volver a sentar medidas. Pero estas tenían que ser de alta exigencia, indicar el camino para mantener lo que Pedro Henríquez-Ureña llamó “ansia de perfección”. Esta aspiración tenía que nutrirse de un esfuerzo en dar a Colombia la conciencia de su pertenencia al mundo contemporáneo, de la necesidad del cosmopolitismo. El país se había aislado, volvía a ser a ser un Tíbet vergonzante y sangriento. La aspiración coincidió con la estancia en París y Madrid de Gaitán-Durán y Valencia-Goelkel, los fundadores de la revista Mito, quienes junto con Eduardo Cote y el que esto escribe habían abandonado la patria boba y ciega de Laureano Gómez en 1950. Desde la distancia se divisaban con plena claridad la miseria del país y a la vez se tenían las suscitaciones para recuperarlo.
En 1950 Europa se encontraba en reconstrucción. París irradiaba las ondas del existencialismo y Sartre publicaba su revista Les Temps Modernes que determinaba la discusión filosófica, política y literaria. Jorge Gaitán vivió intensamente esos años de entusiasmado renacimiento intelectual, se empapó de ellos, pero no se galicó. Aprendió una lección básica de taller y divisó la posibilidad de promover un despertar de la inteligencia colombiana, de fructificar las fuerzas latentes que no habían sucumbido al desierto, de darles la palabra y un motor que las mantuviera en creación vigilante. A su regreso a Colombia, en 1955, fundó con Hernando Valencia la revista Mito. Por el formato, delataba la suscitación de la revista de Sartre. No la imitaba, pero tenía de común con ella la actitud crítica y renovadora, fundada en la calidad de los artículos que publicaba y que en vez de poner en tela de juicio a los fervorosos usufructuarios de la mediocridad, mostraba cómo se elaboran y crean ensayos, poemas, narraciones, cómo el resultado de la disciplina, la honradez intelectual, la sólida fundamentación es la alta calidad.
Ejemplos de este ‘estilo' son los ensayos ‘Sade contemporáneo', de Gaitán-Durán, y ‘Poesía y declamación', de Hernando Téllez. Gaitán explica con textos e interpretaciones recientes (de Beauvoir, Camus) la ambigüedad y las contradicciones del “divino Marqués” que en una actitud que ilumina nuestra condición: “insurge contra lo temporal y transige con lo absoluto”. El ensayo tenía un mérito doble: trataba a un autor socialmente endemoniado con serenidad, es decir, desafiaba un pétreo prejuicio. El ensayo de Téllez examinaba un hábito muy frecuente en la vida literaria latinoamericana: el de la recitación, que favorecía el vicio de la verbosidad y desvirtuaba la poesía. A ese propósito, Téllez se sirve de una sociología literaria in nuce para fundamentar y sostener la autonomía de la poesía. Criticaba tácitamente el exceso con que la sociedad convertía en ornamento a la poesía. Los ejemplos pueden multiplicarse, pero en su variedad y en la de toda la revista es preciso destacar un tipo de crítica, que cabe llamar crítica ejemplar: la disciplina, el rigor intelectual, la serenidad desplazan de por sí a los numerosos mediocres que forman la clientela de lo que Henríquez-Ureña llamó “la pereza romántica”, es decir, el ejemplo los relega a márgenes estériles, a sus habitáculos.
Mito dio otras lecciones no menos valiosas: la convivencia intelectual y, consecuentemente, la social. La revista no se adhirió a una determinada ideología ni a determinados intereses y vanidades políticas. Sus colaboradores eran de todos los colores, si así cabe decir: de izquierda, de conservatismo provinciano, de liberalismo moderado, apolíticos. La calidad y la honradez intelectual eran el único mandamiento y el lazo humano que los unía. En un país de enemigas facciones políticas esto era una lección de moral ciudadana y nacional. Esta fue la sustancia que silenciosamente impulsó a los colaboradores a “conquistar, merecer la patria”, como dijo Alfonso Reyes sobre la esencia del patriotismo auténtico. Los colaboradores representaban todas las edades: desde Téllez hasta Valencia-Goelkel, desde Gerardo Molina hasta García-Márquez, pasando por Gómez-Valderrama, desde Danilo Cruz hasta Jorge-Eliécer Ruiz. Esta representación se complementaba con la gama de géneros literarios que cultivaban los colaboradores: poesía, narración, ensayo, crítica y artículos socioliterarios, de modo que la revista constituyó una totalidad, la suma de lo más sobresaliente de la literatura colombiana. Entre los renovadores es preciso destacar a los poetas Charry-Lara, Fernando Arbeláez, Cote-Lamus, Gaitán-Durán, sin mermar la significación de otros notables como Héctor Rojas o Rogelio Echavarría.
La convivencia intelectual estaba enmarcada en una apertura al mundo, que corroboraba la apertura de la revista a ámbitos hasta entonces poco a nada cultivados como la crítica de arte y de cine. Esta última la había ejercido en EL TIEMPO Hernando Salcedo, pero la sistematizaron Gaitán-Durán y, principalmente, Valencia-Goelkel. La crítica de arte fue introducida en su plenitud por Marta Traba. La ampliación del horizonte requería consecuentemente su extensión al mundo cultural occidental contemporáneo. Las traducciones de Saint John Perse de Jorge Zalamea y Fernando Arbeláez, de Blake, Benn y Pound, ensayos sobre Hegel, Nietzsche, Husserl y Heidegger, colaboraciones de Octavio Paz, Jorge Guillén, Aleixandre, Cernuda, entre tantas más sobre la discusión política de entonces (Lukacks, Brecht, Baran) un número especial sobre Borges, son testimonios de esa apertura, de ese conocimiento y asimilación de la cultura ‘universal', esto es, de la que acunó y expresó la conciencia del mundo contemporáneo, que de por sí ponía en tela de juicio y hasta desplazaba el aislamiento provinciano y mediocre, con el que la usurpadora ‘clase dirigente' mantenía al país en un estado de pomposa y violenta inercia. Para un país degradado a hacienda de unos pocos que la administraban, por así decir, como una parroquia, la apertura al mundo que realizó con soberanía la revista era un desafío revolucionario.
Como de costumbre, por táctica moratoria e ignorancia defensiva, esos clientes de la opresión lucrativa con máscara de beatos, no la sofocaron porque sospechaban que el muro que habían construido y fortalecido en siglos, era indestructible. La revista mostró que Colombia no era eso. Y aunque su revolución cesó hace poco más de 40 años, los resquicios y grietas que abrió y la actitud de exigencia creadora que legó corroboran la permanencia y urgencia de sus lecciones. Mientras el muro no se derrumbe por su podredumbre, el ejemplo de la revista adquiere el valor de ser la única alternativa a la sangrienta hipocresía provinciana que celebra su autoritarismo sin querer percatarse de que hunde al país en un canto del cisne.
Uno de los resquicios que abrió fue el de la rehabilitación del erotismo. La necesidad de hacerlo era de fundamental dimensión. En un documento ilustrado con fotografías titulado ‘Historia de un matrimonio campesino' dio a conocer cómo un campesino puso candados en la vagina de su esposa para evitar la infidelidad. No sólo denunciaba los efectos de una castidad pervertida y perniciosa, extendida en Colombia, sino un rasgo medieval de la cotidianidad nacional. Era un rasgo, pues la feudalidad medieval era el sustento de los hacendados opresores.
En la medida en que el mundo exterior, su comercio al que se venden los feudales, va imponiendo cambios sociales y modernizando cautelosamente el rostro de Colombia, el legado de la revista aparece como un indicador de camino hacia esa plenitud nacional, tolerante, socialmente justa, consciente de su situación en el mundo, dueña de sí misma, digna de todos y para todos, a que aspiraban los colaboradores de la revista. Mito fue la Utopía concreta: universalidad, convivencia social y, consecuentemente, paz social. Por la fama que adquirió en Nuestra América, se entroncó con el espíritu de nuestros nobles héroes generosos de su inteligencia: Bello, Sarmiento, Martí, Henríquez Ureña, Reyes. Los colaboradores hicieron suyo, sin conocerlo posiblemente, el lema de Reyes: “Entre todos, lo hacemos todo”.
Ref.: eltiempo.com / lecturas, 21 de abril del 2005
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