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Lunes, 10 Septiembre 2007 16:44

Honra y opinión pública en la novela picaresca española

por 

Introducción

En el Tratado III de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades aparece uno de los personajes más famosos del libro y, en consecuencia, de la historia de la literatura no sólo en lengua española. Se trata del tercer señor de Lázaro, el hidalgo pobre que el joven pícaro, el primero de la serie literaria, encuentra en la ciudad de Toledo.


Ese hidalgo sin nombre es también el paradigma del efecto de la honra en la vida de los españoles contemporáneos del anónimo autor -y también de la sublime generación de narradores del llamado Siglo de Oro. El hidalgo del Lazarillo lleva una existencia miserable, pasando hambre y calamidades por conservar inmaculada su honra. Por no comprometerla abandonó su tierra natal en Castilla la Vieja y se fue a Toledo dejando todo lo que tenía, que, bien es verdad, no era mucho. El único bien que se llevó a Toledo fue su honra, sin duda el más pesado de cargar. El hidalgo se resistía a tomar cualquier trabajo manual, pues tal tipo de actividad era incompatible con las exigencias de la honra. Sólo como escudero en casa de algún noble se podía el pobre diablo imaginar su vida. Y así, en medio de la más absoluta miseria, va arrastrando su hidalga figura por los mercados y las iglesias de Toledo, a veces con una paja entre los dientes simulando estar limpiándoselos después de una comida que nunca tuvo lugar. A pesar de la miseria, Lázaro admira la presencia de ánimo de su señor: "¡Y verle venir a mediodía la calle abajo, con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra, que dicen, honra, tomaba una paja, de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes, que nada entre sí tenían ..." (p.123). El escudero despierta incluso la compasión del maltratado Lázaro, supuestamente su sirviente, pero que en realidad le está ayudando a alimentarse. El hidalgo de El Lazarillo es la víctima más famosa, con justicia, de la tiranía de la honra en la España de los siglos XVI y XVII. Pero no era la única, como vamos a ver, ni mucho menos.

El objetivo de este trabajo es ayudar a descifrar el enigma de la fuerza que la honra ejercía sobre el individuo. Y para ello, nada mejor que relacionar la vivencia de la honra individual con el concepto social-psicológico de la opinión pública. La presión ejercida por la opinión pública es la clave para explicar la obsesión de los españoles del Siglo de Oro por la honra, de sus afanes y trabajos para mantener limpia su fama, de su miedo cerval por el "qué dirán".

Honor y honra

El primer paso, quizás, para entender el laberinto del honor es establecer una diferenciación semántica entre los términos honor y honra, una peculiaridad de la lengua española no tan relevante en nuestros días como en el tiempo en el que surge y florece la novela picaresca. Américo Castro (1916) se refiere a la diferencia existente en la España del Siglo de Oro entre el término honor, ideal y objetivo, y la proyección de ese ideal en la vida de cada individuo, la honra. El honor tiene una existencia propia más allá - y al margen - de la experiencia individual, mientras que la honra siempre pertenece a alguien. Por ello la mayoría de los escritores contemporáneos de Cervantes y Quevedo se referían por un lado al honor como concepto inmutable, mientras que por otro lado hablaban de los más concretos casos de honra. Naturalmente, la honra, entendida como experiencia individual, adquiere una mayor relevancia literaria y vital que el ideal del honor. La honra se convirtió, como este trabajo va a tratar de demostrar, en un objeto de la opinión pública, algo que se podía atacar y destruir. El honor, según Américo Castro, formaba parte del corpus de valores incuestionables que caracterizaban el espíritu de la época.

La edad conflictiva

La honra es, sin lugar a dudas, el más importante elemento de la literatura del Siglo de Oro y un denominador común de todos los géneros narrativos. Especial relevancia merece la honra en las llamadas Comedias, denominación genérica para el teatro durante el Siglo de Oro. Sería difícil identificar otra manifestación o género literario que se concentrara en un solo tema con la misma intensidad. Sin llegar a los extremos de la Comedia, la honra juega también un papel decisivo en la ficción picaresca. Marcel Bataillon (1969) llega incluso a afirmar que la honra es el eje sobre el que giran todas las penas y alegrías (más penas que alegrías) de los pícaros que pueblan las páginas de tan castizo género literario.

El concepto de la honra, tal y como aparece reflejado en la mayoría de las obras literarias de la época no sólo deja constancia de la importancia del fenómeno en la sociedad y la vida del individuo, sino que también nos sirve de valioso palimpsesto para estudiar el sistema de valores que caracteriza la sociedad española del Siglo de Oro. Américo Castro (1972b) describe tal sistema como una rígida jerarquía de castas que podía reducirse, en última instancia, a la nobleza familiar - o pureza de sangre, como era expresión corriente en la época.

La pureza de nacimiento era una conditio sine qua non para pertenecer a la "casta" privilegiada: la de los cristianos viejos, un linaje exento de mezclas con la población judía o árabe. Durante una buena parte del largo periodo conocido como Edad Media, estos tres grupos religiosos y étnicos habían coexistido en la península ibérica de una forma más o menos pacífica. Este equilibrio desapareció con la consumación de la Reconquista. En su lugar apareció un nuevo sistema de valores basado en la honra - y en el agente ejecutor de los casos de honra, la opinión. El triunfo militar de los cristianos significó lógicamente la hegemonía social de este grupo religioso. La jerarquía de castas establecida con la victoria militar y sancionada por la opinión pública se empezó a hacer evidente en repetidos asaltos a las juderías, los barrios tradicionales de los judíos, en las más importantes ciudades españolas. Los Reyes Católicos promulgaron un decreto en 1492 que obligaba a los ciudadanos nos cristianos de sus reinos a convertirse a la religión católica. La medida, más política que religiosa, tenía como objetivo principal evitar los desordenes sociales que se venían produciendo en ciudades como Toledo o Sevilla. La consecuencia real fue que el decreto otorgó validez legal al sistema de castas que ya se había impuesto en la opinión pública. Los bautismos en masa crearon una nueva figura jurídica y social, la del cristiano nuevo o converso. Esta nueva figura designaba a todo aquel ciudadano que decidió, para poder seguir residiendo en sus lugares de origen, renunciar a la fe de su familia y convertirse al catolicismo. Inmediatamente, los conversos, o cristianos nuevos fueron considerados ciudadanos de segunda categoría, pertenecientes a una casta inferior. Este estigma se extendía a todos sus descendientes. Fundamentalmente, los conversos y cristianos nuevos eran individuos sin el preciado bien de la honra. El sistema de castas creó un laberinto social y político, que, como veremos más adelante tuvo repercusiones económicas para el naciente imperio español. Américo Castro (1972) se refiere a esta singular etapa de la historia española como La Edad Conflictiva.

La honra que uno podía adquirir por nacimiento no era un bien seguro, ni mucho menos. Cada individuo estaba obligado a velar por su honra cada instante de su vida. Sobre el individuo, la honra ejercía la autoridad de una ley, una ley no escrita, por supuesto. Toda la vida de los españoles de los siglos XVI y XVII giraba, según Maurice Molho (1972), en torno al honor, o lo que en el lenguaje de la época significaba lo mismo, en torno a la fama o la reputación. Por ello conviene indagar en los elementos de los que dependía ese honor. La novela picaresca nos ofrece una precisa instantánea de esa sociedad. En la mayoría de ellas podemos observar como la opinión pública juega el papel que Friedrich Nietzsche atribuía al coro original en la tragedia griega, como "das Symbol der gesamten dionysisch erregten Masse" (el símbolo de toda la masa anónima en éxtasis dionisiaco) (1954, p.53). La opinión pública vigila, juzga, condena y ejecuta las penas en los casos de honra.

La idea de que la opinión pública es una fuerza social que promueve el control social en base a leyes no necesariamente escritas, ha sido popularizada por la pensadora alemana Elisabeth Noelle-Neumann (2001). Sinembargo, la idea no es ni mucho menos invención suya. Ya en el siglo XVIII John Locke se refiere en su obra "An Essay Concerning Human Understanding" (1959, 1690) a la law of opinion, fashion, or reputation (ley de la opinión, moda o reputación). Esta ley, junto a la "civil law" (ley civil) y a la divine law (ley divina), tiene, la función de soportar el edificio social en su totalidad. Según Locke, las tres leyes se reparten la tarea del control social. La particularidad de la ley de opinión, es que utiliza la naturaleza social del ser humano para llevar a cavo su función. Los agentes ejecutores de la law of opinion, fashion, or reputarion, son, siempre siguiendo a Locke, "praise" y "blame", el elogio o la condena de los vecinos.

La estricta ley de la honra se ajusta a la perfección a lo descrito por John Locke: es una norma no escrita en cuya sanción colaboran todos los miembros de la sociedad. Su poder es mucho mayor que las legislaciones paralelas de las que habla el autor inglés. En general, las ofensas de la honra exigían el derramamiento de sangre. De ello hay abundantes testimonios en la literatura del Siglo de Oro. Sobre todo en el género teatral, las comedias terminaban con un baño de sangre que tenía un efecto catártico tanto en los personajes como en las audiencias. Este gusto por la venganza sangrienta demuestra la preponderancia de la honra sobre leyes humanas y divinas contrarias a tales prácticas bárbaras. Es también la demostración de la naturaleza irracional de la opinión pública entendida en su sentido social-psicológico, pues al final la honra se ha convertido en un ídolo mas importante que lo que la ha producido, la pertenencia a la fe católica.

John Locke define el castigo para aquellos que atentan contra la ley de opinión, el aislamiento social, y llega a la conclusión de que es una de las penas más severas que puede sufrir el ser humano. Este es también el castigo para aquellos que pierden su honra. Mateo Alemán nos define con precisión la crueldad del castigo impuesto por la sociedad

"¿Y como queda el hombre discreto, noble, virtuoso, de claros principios, de juicio sosegado, cursado en materias, dueño verdadero de la cosa, que dejándole sin ella se queda pobre, arrinconado, afligido y por ventura necesitado a hacer lo que no era suyo por no incurrir en otra cosa peor?". (1991, p.378)

La presión social, naturalmente, produce conformismo. Un cierto grado de conformismo es siempre necesario para darle cohesión a la sociedad. Al mismo tiempo, la presión ejercida por la opinión pública suele crear algunas válvulas de escape que evitan la estagnación social y abren la puerta a la transformación de las ideas y las costumbres. La ley de la honra producía una presión brutal que favorecía el conformismo y la integración del individuo en el conjunto de la sociedad, pero el sistema de castas creado era tan rígido que el individuo no encontraba esas válvulas de escape. La presión de la honra era tan fuerte que estrangulaba al individuo y, como veremos mas tarde, condujo a la sociedad española a la estagnación política y, lo que aún resultó más grave, económica.

El mejor ejemplo del efecto integrador de la honra, de su presión para promover el conformismo nos lo ofrece, de nuevo, el hidalgo pobre de El Lazarillo. Este personaje prefiere morirse de hambre antes que desarrollar cualquier actividad que pudiese reducir lo que Pierre Bourdieu (1979) llamaría el "capital social" del honor. Es la mejor demostración del tremendo - y también siniestro - poder que ejerce la opinión pública sobre el individuo. El Hidalgo del Lazarillo se somete sin la menor actitud crítica a esas leyes que le condenan a pasar hambre y vivir en la más absoluta de las miserias. Cuando Lázaro oye inadvertidamente a unos vecinos hablar de "la casa triste y desdichada, la casa lóbrega y oscura, la casa donde nunca comen ni beben." (p.123), refiriéndose a la muerte, piensa en su inocencia que están hablando de la casa de su señor. El conformismo de ese patético personaje es tal que incluso llega a encontrar su comportamiento virtuoso. Esta es la interpretación que el hidalgo hace de su obligada dieta: "Virtud es esa - dijo él -, y por eso te querré yo más. Porque el hartar es de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien." (p.117) Lo que el escudero sin trabajo llama "comer regladamente" le parece a su mozo morirse de hambre. Este es el estado final de la integración provocada por la presión de la opinión pública, cuando las víctimas de esta presión consideran que su situación es la normal y correcta. Esto significa que han interiorizado las leyes impuestas por la presión del grupo, las han aceptado como propias. A partir de ese momento, como sostiene Michel Foucault (1980), las mismas víctimas van a ejercer esa presión sobre los otros miembros de la comunidad.

Tiranía de la honra

El ejemplo del hidalgo pobre en El Lazarillo no representa un caso único en la literatura de ese brillante periodo. Quevedo nos ofrece en su Buscón una fantástica colección de estos hidalgos tristes que sólo viven para cuidar su honra. Los hidalgos zarrapastrosos, vestidos con lo que Quevedo llama "ropillas tísicas y con dolor de costado" (p.56) no alcanzan la profundidad humana del retratado en El Lazarillo, pero Quevedo utiliza su talento para la caricatura para exagerar los rasgos ridículos de su comportamiento. Muy parecido es el espíritu satírico que encontramos en la novela de Francisco López de Úbeda La pícara Justina. La desvergonzada protagonista de esta inusual novela describe de esta manera a uno de los hidalgos que aparecen en la novela: "Y preciábase tanto de serlo, que nunca escupí sin encontrar su hidalguía. Podía ser que lo hiciese de temor que no se olvidase de que era hidalgo, y no le faltaba razón, porque su pobreza era bastante a enterrar en la huesa del olvido más hidalguía que hay en Vizcaya." (p.1097). Similares hidalgos hambrientos encontramos en la novela de Jerónimo de Alcalá Yánez y Rivera El donado hablador Alonso y en La vida de Marcos de Obregón, la obra de Vicente Espinel, quien llega incluso a afirmar que este fenómeno social es característico y exclusivo de la sociedad española.

Don Tomé es el nombre del hidalgo pobre que aparece en Las aventuras de bachiller Trapaza, la novela de Castillo Solórzano. En esta novela, el personaje muestra un grado todavía mas extremo de patetismo, pues, debido a su afán de honra, es el objeto de las bromas pesadas que traman el estudiante Trapaza y algunas damas de la sociedad mas refinada de Sevilla.

También a este respecto merece mención la obra magna de la época, Don Quijote de la Mancha. Aparte de la aparición de algunos de estos personajes en su novela, hay que resaltar la cercanía del personaje principal con los hidalgos pobres que pueblan la literatura de ficción de la época. Américo Castro (1972a) llega incluso a señalar que el hidalgo de El Lazarillo es un claro precedente de Don Quijote. Y en verdad, los primeros párrafos de la novela que usa Cervantes para presentar al hidalgo por antonomasia de la literatura española nos describen un estilo de vida más bien humilde en los exterior, viviendo de las rentas de gloria del pasado, pero en una situación de decadencia extrema que resulta de la ociosidad obligada por su condición de hidalgo. Mas adelante, en el capítulo 44 de la segunda parte de la novela, Cervantes nos ofrece una crítica de este tipo de vida en boca de Cide Hamete Benengeli. El imaginario narrador de Cervantes se permite una lúcida y triste reflexión sobre este tipo de vida en España cuando al pobre Don Quijote se le descosen sus viejas y desgastadas medias.

La presencia de este arquetipo en la literatura española del Siglo de Oro parece indicar que estos hidalgos ficticios eran en un reflejo, a veces distorsionado, de la realidad social de la época. Pero no solamente la literatura nos da testimonios de esta realidad social. La mentalidad colectiva impuesta por el ideal de la hidalguía tuvo unas consecuencias devastadoras para la economía del entonces todavía poderoso imperio español. Ya en el año 1541 se contaban en los reinos de Castilla y León 781.582 contribuyentes, es decir, trabajadores normales que pagaban impuestos, y 108.358 hidalgos. Esto quiere decir que 13% de las familias del reino no pagaban impuestos ni desarrollaban ninguna actividad profesional. Aquellas sagas de hidalgos vivían, según Américo Castro (1957), como una "casta cerrada". Comercio, artesanía y trabajo manual eran actividades en manos de familias judías o árabes. Muchas de ellas tuvieron que emigrar al no querer aceptar la fe católica. Del mismo modo, ciencia y cultura eran actividades menospreciadas por la opinión pública de la época. En estas actividades destacaron sobre todos los miembros de la comunidad judía en España. Este grupo de la población también monopolizaba la actividad bancaria, la medicina y la jurisprudencia, actividades todas ellas despreciadas por los hidalgos. Al final del siglo XVI, según Maurice Molho (1972), la proporción entre trabajadores y personas que no hacían absolutamente nada para ganar dinero, era de uno a 30. Naturalmente, esta situación es una de las causas, probablemente la más importante, de la rápida decadencia del imperio español, el más extenso que hasta ese momento había conocido la historia.

La honra era el único bien de aquellos miserables condenados a pasar hambre. Y ese bien, más que ventajas representaba una carga. Guzmán de Alfarache, el pícaro creado por Mateo Alemán, describe así el sacrificio de arrastrar a cuestas la honra:

"¡Oh - decía - lo que carga el peso de la honra y cómo no hay metal que se le iguale! ¡A cuánto está obligado el desventurado que della hubiere de usar! ¡Y qué mirado y medido ha de andar! ¡Qué cuidadoso y sobresaltado! ¡Por cuán altas y delgadas maromas ha de correr! ¡Por cuántos peligros ha de navegar! ¡En qué trabajo se quiere meter y en qué espinosas zarzas enfrascarse!"(p.372).

El miedo a perder la honra es también la más clara manifestación de la naturaleza social del ser humano. Es esta naturaleza social, la necesidad de calor humano, la imposibilidad para el individuo normal de vivir al margen de la comunidad, lo que posibilita según Noelle-Neumann (2001) el efecto integrador de la opinión pública. La ausencia de esa naturaleza social es un indicador de excepcionalidad. Ser inmune a los juicios ajenos representa una condición psicológica anormal que sitúa al individuo en cualquiera los dos extremos de la escala moral de comportamientos, pues, como dijo Ross (1969, p.104), sólo el criminal o el héroe moral no se preocupan por lo que los otros puedan pensar de él.

Honra: el ser y el parecer

Tratar de honor y honra es, en primer lugar, tratar de valores morales. El orden generado por las normas del abstracto honor, que se concretan en la honra individual, es un orden ético. Y la relación de la honra individual con la religión deja en evidencia el carácter moral del fenómeno. Los cristianos viejos poseen la honra porque ellos están también en posesión de lo que la opinión pública de la época consideraba "verdadera" fe. Por ello la posesión de honra conlleva una serie de atributos relacionados con la experiencia moral, como la virtud, la bondad, la decencia o la honestidad. Lo curioso del caso es que estas virtudes no decidían a quien correspondía la honra y a quien no, sino todo lo contrario: las virtudes son atribuidas automáticamente a aquellos que, por simple nacimiento, se hacían acreedores de honra. La lógica de la honra sigue, pues, sus propias leyes.

La opinión pública de la época aceptaba la estricta jerarquía de castas dócilmente y la legitimaba a través de su acción uniformadora. El siguiente pasaje de la obra de Jerónimo de Alcalá Yánez El donado hablador Alonso nos sirve como ejemplo del giro de la lógica provocado por la opinión pública: "Mis padres que Dios haya, aunque yo no los conocí, me dicen que fueron personas de cuenta en mi pueblo, y téngalo por cierto, por mis buenos respetos y no haber sido jamás inclinado a cosas bajas y que desdicen de honrados términos: señal evidente y clara de la buena sangre que me dejaron." (p.145). La idea expresada por el autor es clara. El personaje deduce por su buena condición, por su tendencia natural a actuar virtuosamente, que su origen debe de ser noble. Esta idea, con toda su absurdidad, parece haber sido común en el sentir popular de la España del Siglo de Oro.

El hispanista Marcel Bataillon (1969) llama la atención sobre el hecho de que en la vida diaria de los españoles del siglos XVI y XVII la experiencia de la honra llegaba a incluso a sustituir la idea de la moral. La honra es la consecuencia de la fama, o de la opinión (la opinión de los demás, como los autores no se cansan de repetir), pues esa opinión pública es la que va a decidir el juicio moral que la comunidad se ha formado de cada individuo. Y ese juicio moral se materializa en la honra individual. Honra y virtud se convirtieron en conceptos sinónimos. En La hija de la Celestina, la novela de Salas Barbadillo, se expresa la identificación de virtud y honra en la mentalidad colectiva y la dependencia de esta última de los juicios de opinión: "Dábanle limosnas liberalísimas [...] porque era en la virtud igual la opinión" (p.1141).

Si honra y virtud, acaban siendo sinónimos, y la honra depende en última instancia de la fama que el individuo disfruta, de su reputación en la comunidad, podemos concluir con la precisión de un silogismo que la virtud depende de la opinión pública. La moral, tal como era experimentada por los españoles de la época, y tal como nos la presentan los autores de la novela picaresca, no tiene una dimensión privada, sino meramente pública. El concepto de una consciencia independiente que juzgara la calidad moral de los propios actos estaba muy poco desarrollada entre el público en general. La lógica consecuencia fue que el individuo acababa interesado sólo por el aspecto público de la moral. Sólo se comportaba de forma virtuosa cuando había testigos que pudiesen dar fe de la honra. En privado, todas esas barreras morales caían. La virtud no residía en el ser, sino simplemente en el aparecer. La mera apariencia de virtud valía para salvaguardar la honra, del mismo modo que la mera apariencia de transgredir contra sus leyes bastaba para perderla. Hay cientos de episodios en la novela picaresca que dan testimonio de esta dimensión pública de la moral.

Una de las novelas ejemplares de Cervantes incluida por la crítica tradicionalmente en el género picaresco, La ilustre fregona, nos muestra una escena de esta característica esencial de la vivencia del honor. El protagonista de la escena es un hombre enamorado que no puede sujetar/controlar más su pasión y necesita disfrutar los favores de su dama. Una noche el despechado y desesperado amante logra introducirse en los aposentos de la dama con la intención de satisfacer sus deseos carnales. Interesante para esta investigación es el argumento que utiliza para someter la voluntad de la dama:

"Vuesa merced, señora mía, no grite, que las voces que diera serán pregoneras de su deshonra; nadie me ha visto entrar en este aposento; que mi suerte, para que la tenga bonísima en gozaros, ha llovido sueño en todos vuestros criados, y cuando ellos acudan a vuestras voces no podrán más que quitarme la vida, y esto ha de ser en vuestros mismos brazos y no por mi muerte dejará de quedar en opinión vuestra fama." (1191a, p.211)

El argumento tiene una fuerza paralizadora, la misma fuerza paralizadora que caracteriza, según Walter Lippmann a la opinión pública. La mujer cede al chantaje y deja al desesperado galán disfrutar sus favores sin emitir el menor sonido, porque, en última instancia, lo que realmente cuenta es la apariencia de la honra. Haberse resistido y llamado la atención de los vecinos habría producido un escándalo que, de acuerdo a la lógica moral de la época, hubiera sido mucho más perjudicial para su reputación.

El mismo Cervantes nos da otro ejemplo de la dimensión pública de la experiencia moral en otra de sus novelas ejemplares, El coloquio de los perros. La vieja bruja Cañizares da una lección de moral pública al perro Berganza, que en su confusión confunde con el hijo de Montuela, una compañera en las artes de la brujería:

"Rezo poco, y en público; murmuro mucho, y en secreto; vame mejor con ser hipócrita que con ser pecadora declarada: Las apariencias de mis buenas obras presentes van borrando la memoria de los que me conocen las malas obras pasadas ... Mira, hijo Montiel, este consejo te doy: que seas bueno en todo cuanto pudieres; y si has de ser mala, procura no parecerlo en todo cuanto pudieres." (1991b, p. 272)

Cuando la honra se ha perdido - naturalmente en la opinión de los vecinos - la vida del individuo está arruinada. La consecuencia es que todas las barreras morales se derrumban porque la moral sólo tenía una dimensión pública. En la segunda parte del Guzmán de Alfarache encontramos una historia paralela que muestra perfectamente este hecho. Una joven viuda se resiste numantinamente a los acercamientos de un joven galán para proteger su honra. A pesar de su resistencia, el vulgo comienza a comentar las visitas del galán a la viuda. En poco tiempo, la virtud de la mujer se encuentra en entredicho. Los vecinos de la ciudad comienzan a dar por hecho que existe una relación ilícita entre ambos. Y cuando el público adopta esa opinión, sin la menor base lógica, los efectos son los mismos que si estuviera basada en hechos reales. Interesante es la reflexión de la mujer, cuando, a pesar de su reticencia, la opinión pública da por consumada la pérdida de su honra:

"Más como sabes y has visto, no sé como sea posible ser nuestro trato seguro de lenguas, pues aún faltando causa verdadera y habiéndose dado de mi parte algún consentimiento a lo que por ventura deseo, ya se murmura por el barrio y en toda Roma lo que aun en mi casa y contigo, que sola pudieras venir a ser el instrumento de nuestros gustos, no he comunicado. Y pues ya esta en términos que la voz popular corre con tanta libertad y yo no la tengo para resistirme más del amor de aquese caballero, lo que te ruego es que lo dispongas y trates con el secreto mayor que sea posible." (p.513)

El propio Guzmán, el protagonista absoluto de la novela de Mateo Alemán, acaba sucumbiendo a esta lógica que hace el sentido del honor superfluo cuando la opinión pública ha determinado su caducidad. En la segunda parte de la obra, Guzmán se casa, aunque no es ésta la solución a sus pesares, ni la llave para un estilo de vida convencional. El matrimonio tiene dificultades económicas. Amenazado por la miseria una vez más, Guzmán comienza a permitir en su casa sesiones de juego y encuentros amorosos. El omnipresente vulgo, guardián de costumbres, descubre pronto las actividades que tienen lugar en la casa del protagonista. El juicio de la comunidad es unánime. El matrimonio ve como su honra se ha quebrado en las bocas de sus vecinos. Siguiendo una lógica fatalista, Guzmán desciende a lo mas hondo del pozo de la deshonra: la prostitución de su mujer, de la acaba convertido en proxeneta: "Hice mi cuenta: Ya no puede ser el cuervo más negro que sus alas. El daño está hecho y el mayor trago pasado; empeñada la honra, menos mal es que se venda." (p.677)

Alan Francis (1978) establece una interesante diferencia entre autores críticos y conformistas en el género picaresco. Los autores críticos tienden a presentar la realidad social española de la época en toda su crudeza, que la mayoría de la población aceptaba como algo normal. Especial hincapié hacen estos autores en diferenciar una moral verdadera e inmutable, al margen de las veleidades y los cambios de la opinión pública, y no basada exclusivamente en la fachada. Los autores conformistas, por el contrario, sólo buscan entretener a sus lectores. Para ello no dudan en utilizar sus personajes como monigotes para provocar la risa fácil.

Al grupo de los autores críticos pertenecen, por poner sólo algunos ejemplos, el anónimo autor de El Lazarillo, Mateo Alemán (Guzmán von Alfarache), o Francisco López de Úbeda (La pícara Justina). En el lado de los conformistas aparece El Buscón de Quevedo cuyos personajes responden a una intención satírica deshumanizada, inteligente, pero sin corazón. Quevedo es implacable con sus personajes, pero no con la sociedad y el sistema de valores que los crea. Todo lo contrario que el autor de El Lazarillo, que no tiene piedad con la sociedad, pero si retrata a sus personajes con delicada ternura. Otros autores conformistas, según Alan Francis, son Vicente Espinel (Marcos de Obregón), Salas Barbadillo, Alcalá Yáñez o Castillo Solórzano. Al margen de todos estos autores, Francis sitúa a Cervantes con las novelas tradicionalmente inscritas en el género picaresco: Rinconete y Cortadillo, La ilustre fregona y El coloquio de los perros; pues, según el mismo autor, el genio de Cervantes no se deja encerrar en géneros, grupos o categorías.

El colmo del conformismo nos lo presenta Alcalá Yáñez en El donado hablador Alonso. El protagonista de la novela cuenta una historia inverosímil para el lector contemporáneo. La situación recuerda en parte la descrita por Cervantes en La ilustre fregona, a la que ya me he referido. Un joven se adentra en los aposentos de una dama, otra vez una viuda, de humilde, pero noble origen para saciar sus comunes apetitos masculinos. Por medio de una argucia la dama consigue encerrarse en su habitación y protegerse así de las ansias del frustrado galán. Éste, presa de la ira al verse burlado, coge al hijo de la mujer, todavía lactante, y amenaza a la madre con matarlo si no se entrega a él. La mujer demuestra con su respuesta que valora mucho más su honra que la vida de su hijo: "Haz lo que quisieres, desventurado, y se verdugo de es ángel y envíale al cielo, para donde se crió; que si pretendes, por perdonarle a él, que yo pierda mi honra, vives muy engañado; que primero, a tenerlas, perdiera mil vidas." (p.211).

En una escena de tremenda brutalidad, incluso para el lector contemporáneo, el frustrado galán agarra al bebé por un pie y machaca su cráneo contra la pared que está protegiendo la honra de su madre. Este es, sin duda el mayor sacrificio que exige la honra en toda la historia de la literatura española.

Los autores críticos, sinembargo, utilizan la ficción para poner de relieve la tiranía de la honra y su dependencia de la opinión pública. Sin duda la más famosa reflexión crítica sobre la honra aparece en la primera parte de La vida del Guzmán de Alfarache, del sevillano Mateo Alemán. La diatriba sobre las vanas honras se extiende en esta obra a tres capítulos, lo que da idea de los fuertes sentimientos del autor sobre el tema. En el momento de iniciar su reflexión, el protagonista acaba de empezar su vida de vagabundo y se encuentra de camino entre Sevilla, su ciudad natal, y Madrid. En este camino, Guzmán será iniciado en las miserias del mundo. El eje sobre el que se centra toda la crítica es la dependencia de la honra de la opinión pública. En su opinión, la honra debería ser el resultado natural de las buenas acciones, por lo que no depende de nadie más que del propio individuo:

"Que diz que mi honra ha de estar sujeta de la boca del descomedido y de la mano del atrevido, el uno porque dijo y el otro porque hizo lo que fuerzas ni poder humano pudieran resistirlo. ¿Qué frenesí de Satanás casó este mal abuso con el hombre, que tan desatinado lo tiene. Como si no supiéramos que la honra es hija de la virtud, y tanto que uno fuere virtuoso será honrado, y será imposible quitarme la honra si no me quitaran la virtud, que es centro della." (p.218)

Es muy curioso constatar la cercanía intelectual de Mateo Alemán con Cervantes, aunque tuvieran grandes diferencias personales, pues en Don Quijote, Cervantes hace a su inmortal personaje decir algo parecido sobre el tema: "Cuanto más que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y si esta a ti te falta, negándome lo que tan justamente me debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tu tienes." (1965, p.308).

En Alemán y Cervantes, como también ocurre en el caso de Fernando de Rojas, autor de La Celestina, y el anónimo autor del Lazarillo, se deja sentir claramente la influencia de Erasmo de Rótterdam (Bataillon, 1966). En su Enchiridion militis christiani, Erasmo también se ocupa del tema de la honra y su dependencia de la opinión pública. El autor duda de la capacidad de juicio del vulgo, al que considera abyecto. Según el padre del humanismo renacentista, el honor individual nunca debería depender de la opinión pública o común. La honra exterior, o la dimensión pública del honor, le parece una aberración moral y un absurdo. (Erasmo, 1962, p.153)

Deshonra y libertad

Para Maurice Molho (p.51), Lázaro y su tercer señor, el hidalgo muerto de hambre, representan un hermoso díptico de la tiranía de la honra y la indiferencia con respecto a ella.

El castigo de la opinión pública para aquellos que reciben cualquiera de los estigmas que genera la opinión pública en cualquier época o lugar será sufrir un aislamiento que lo conducirá a la marginalidad social. Esta situación es uno de los más crueles destinos que puede acontecer al ser humano. Elisabeth Noelle-Neuman (2001) se refiere en este sentido a nuestra "soziale Haut" (piel social), su metáfora preferida para ayudarnos a visualizar la sensibilidad del ser humano ante las opiniones de los demás. Estas, según la autora alemana, determinan de forma directa la autoestima del individuo convencional. El proceso de acoso público culmina, en palabras de Ross (1969, p.102), cuando el miembro muerto se desprende del cuerpo social.

Sinembargo, para el individuo que puede acomodarse a ello, la muerte social - o la deshonra en la terminología de la España de los Siglos XVI y XVII - puede reportar ciertas ventajas. Y en realidad, algunas de las novelas picarescas críticas pueden ser perfectamente interpretadas como una absoluta provocación a las rígidas leyes de la honra, a la idolatría de la fama y al poder inquisidor del "que dirán".

De todas los personajes de ficción que pueblan el universo picaresco, la mayor provocación a la honra la representa Justina, la pícara creada por Francisco López de Úbeda. En el caso de Justina, lo que termina por atrofiar toda su sensibilidad social, o sentido de la vergüenza, el poco que pudiera restarle, es la evidencia de su mal venéreo. Del aislamiento social, Justina se ríe resueltamente. Nada parece incomodarle de su infame destino. Antes bien lo considera una forma de libertad.

El único pícaro que puede igualarse a Justina en desvergüenza es Estebanillo González, autor, según la crítica, de sus propias memorias. Estebanillo, bufón de profesión y escritor por vocación en el ocaso de su existencia, no necesitó ingresar en la "hermandad de Grimillón" (la forma irónica usada por Justina para referirse a la sífilis) para perder su sensibilidad social. En su caso son las bromas, burlas y humillaciones que tuvo que sufrir por su profesión. Al final, Estebadillo descubre también la felicidad al margen de la honra y las jerarquías sociales. En el tiempo de ocio que su deshonrosa vida le depara, Estebanillo filosofa sobre las ventajas de su existencia: "Echaba mi barriga al sol y me reía de los puntos de honra y de los embelecos del pundonor, porque todas las demás son muertes y sólo es vida la del pícaro." (p.849).

A pesar de la miseria ligada al modo de vida picaresco, una vida privada de honra, son varios los autores que reconocen la liberación que puede sentirse al no tener que preocuparse mas por las propia honra, que es la preocupación por los juicios de los demás. Cervantes nos presenta en La ilustre fregona, el caso de Carriazo, un joven de casa noble que renuncia a todas las ventajas de su vida nobiliaria para disfrutar la libertad vagabunda del pícaro. Mateo Alemán nos describe por boca de su personaje Guzmán las delicias que pueden justificar una decisión tan radical: "Mas, después que me fui saboreando con el almíbar picaresco, de hilo que me iba por ello a cierraojos. ¡Qué linda cosa era y qué regalada! [...] Era bocado sin hueso, lomo descargado, ocupación holgada y libre de todo género de pesadumbre." (p.372)

Lo que puede hacer placentera la pérdida del honor, es no tener que estar sometido constantemente a la vigilancia de la opinión pública. La muerte social significa, pues, el nacimiento a una nueva forma de vida. La marginación social y la miseria material a las que con frecuencia condenaba la deshonra, les parecen a algunos autores un precio que merece la pena pagar.

Conclusión

Sinembargo, estas últimas reflexiones presentan el estilo de vida del pícaro de forma idealizada. La realidad de una vida sin honra ofrecía en la España de los siglos XVI y XVII pocos motivos para el regodeo, por muy filosófico que éste pudiera ser. El pícaro, marginado, humillado, odiado por sus vecinos, sufría las consecuencias de un estigma cruel. A pesar de los intentos de algunos de los autores de presentar el lado positivo de la muerte social, resulta evidente que no cualquier individuo encontraría la presencia de ánimo para acomodarse a un destino tan miserable.

El género picaresco se nos muestra como el palimpsesto ideal para estudiar la realidad social de la España del Siglo de Oro. Lo que ese grupo de novelas nos muestra es una sociedad rígidamente dividida en un sistema de castas que refleja una específica jerarquía social: la preponderancia de los llamados cristianos nuevos. Ese sistema de castas tenía su instrumento más efectivo en el concepto de la honra, que no es sino la vivencia individual del más abstracto concepto del honor. Por temor a perder su honra, los individuos de la época adaptaban su comportamiento a un complejo y asfixiante laberinto de reglas no escritas. La presión social sobre el individuo se presenta como una amenaza constante para su honra. Y esa presión era ejercida por la opinión pública.

Lo curioso del caso de la presión ejercida por la opinión pública es que cada individuo perteneciente a la comunidad es, al mismo tiempo, víctima y agente ejecutor de esa presión. También resulta evidente en el análisis de las novelas picarescas que la constante amenaza contra la honra individual es el mejor freno para evitar que el individuo atente contra ese rígido esquema social o el sistema de valores que lo sostiene. Esta es la forma en la que la opinión pública velaba por el status quo en la llamada por Américo Castro Edad Conflictiva. La compleja situación histórica nos muestra también que la opinión pública, que es según Noelle-Neumann, un fenómeno pancultural, es decir presente en cada cultura y en cada época, actúa por completo al margen de la racionalidad. El sistema de valores que reinaba en la España de los pícaros - que encontraba su manifestación más evidente en la vivencia individual de la honra - condujo al reino a una estagnación económica que precipitó su fulminante decadencia.

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