Don Quijote
No veo Dulcineas, Don Quijote,
Ni gigantes, ni islas, nada existe
De tu sueño de loco.
Sólo molinos, mujeres y Baratarias,
Cosas reales que Sancho bien conoce
Y para ti son poco.
José Saramago
Dos ilusiones, la misma
Todo el mundo habla, en Hispanoamérica y aún más allá, de Don Quijote y Sancho, y, de contera, de Cervantes. Son personajes creados por la literatura que han sido incorporados como símbolos en la vida diaria de nuestras sociedades. Las personas, aún sin leer la obra magna, aluden a ellos atribuyéndoles personalidad, conductas. A Don Quijote se le asimila como un loco gracioso, lleno de aventuras, de figura magra y rostro idealista, con mirada a lo lejos que vislumbra gigantes de pelea, o entuertos por desfacer, a horcajadas sobre Rocinante para recorrer caminos sin meta ni otra ambición que conquistar reinos, hasta rendirse a los pies de la amada que lleva construida en su corazón, la Dulcinea del Toboso. Es, quizá, el poema lírico más extenso de toda la literatura universal. Unamuno ha aludido a nuestro héroe como loco, pero no tonto, con patética diferencia.
Y a Sancho se le tiene como el fiel escudero, que sigue a pie juntillas a su amo, Don Quijote, con visión realista, aún más, pragmática. Su meta no es otra que la de acompañar, estar al lado del Señor, para advertir y prevenir penalidades, así le corresponda asumirlas ante el doliente cuerpo de su amo.
La literatura ha cumplido, en los casos de Don Quijote y Sancho, un papel protagónico, sin fronteras entre la imaginación y la realidad. Se habla de ellos como existencias vivas, con personalidad propia. En el mundo hispánico, todos somos un poco del uno y del otro. Y las organizaciones sociales también. Y los gobiernos. Con los altibajos propios de la condición humana dibujada por Cervantes.
Algo similar ocurre con obras de Shakespeare. Y en tiempos contemporáneos con obras como “Cien años de soledad” de nuestro García-Márquez. Es como si la literatura hiciese el papel de testimoniar la vida aportándole a ésta elementos para mantenerla palpitante, con nuevos ingredientes de sentido, sin que la imaginación de fábula llegue a distanciar los pormenores de la vida diaria.
Don Quijote ha sido objeto de interpretaciones las más dispares, y el conjunto de la obra sigue dando pie para especulaciones que compiten unas con otras en busca de un sentido de verdad, o de realidad, o de qué quiso significar el autor en cada escena, en cada aventura, o en cada frase. Todo válido tratándose de una obra cuya vigencia está dada por sobrevivir al paso del tiempo, en manos sucesivas de lectores e intérpretes.
Pedro Henríquez-Ureña se refiere a la obra como “la gran epopeya cómica”, pero a su vez se aventura a valorar en mayor grado la segunda parte, publicada dos lustros después, la que encuentra “llena de matices delicados, de sabiduría bondadosa, humana”, en contraste con la primera que la ve “más regocijada y ruidosa”.
Hay intérpretes que aseveran, como Alfonso Reyes, que la locura de Don Quijote es una ficción. Él se la inventa para montar sátira sobre la sociedad de su tiempo. Lo cierto del caso es que en varios momentos de la obra Don Quijote aporta claves de su estado interior en cordura, el cual aflora por instantes, como en el mismo final de la obra. Don Quijote se las da, pasa de largo, protagoniza su papel, y hace reír y rabiar a los más. El personaje se pasea no solo por su tiempo, recogiendo las gracias de las historias de caballería que le anteceden, sino que se ha prolongado por siglos haciendo de las suyas, dando pie a risas, conjeturas y llantos.
Dámaso Alonso califica a su vez la obra como “gran poema de la fe”. La identifica en simultaneidad como “el último gran poema antiguo y la primera y máxima novela universal”. Ante la creencia generalizada de ser una obra para las risas en cadena, por las aventuras de despropósitos que protagoniza Don Quijote, Alonso se resiste a entrar en esa onda, al reconocerla también como la primera gran novela moderna, en un “glorioso nacimiento, pero triste”. Y agrega: “... ese libro, que es todo un tesoro de cambiante humor, que ha hecho contorsionarse en carcajadas a millones y millones de rostros humanos, [es] en verdad profundamente triste. A muchos nos hace llorar.”
Don Quijote se ha inmortalizado en la elocuencia de las derrotas, y en la lucidez de su comprensión del papel que cumple y de su alianza con el destino. La invención de Dulcinea del Toboso, señora de sus afectos más continuos y profundos, podrá ser una burla del amor eterno, y aún del sentido de la fidelidad. Él idealiza al configurar los dones y dotes de la amada, que no consigue encontrar en mujer alguna. Y va por el mundo topándose con desventuras, pero bajo el acicate de encuentro y unión imposibles.
Se tratará de un recurso de Cervantes para representar la motivación del “ideal”, o de la “utopía”, que ha venido a reconocerse como “quijotismo” en el emprendimiento de propósitos o empresas, individuales o colectivas, para llevar adelante la vida propia o de grupo, así sea arrastrando la tragedia del mundo, pero bajo la esperanza de encontrar mejor destino, una suerte de satisfacciones que puedan compensar los esfuerzos. Al fin y al cabo el encanto está en el camino, más no en la llegada.
Nuestro Eduardo Caballero-Calderón, que también se aventuró a buscar sentidos en El Quijote, advierte el desarrollo siniestro de los armamentos, las guerras, la destrucción..., al invocar la falta de ideales en la humanidad que puedan hacerle soportable las miserias que arrastra. “El hombre -dice- no puede vivir y sobrevivir sino en función de una esperanza, una creencia, un temor, una ilusión...” El ideal de la obra que señala Caballero-Calderón lo identifica en una concepción dual del hombre: “el sentimiento de una superioridad moral que debe ejercitarse socialmente mediante la lucha por la libertad y la reparación de las injusticias terrenas.”
El Caballero de la Triste Figura ha sido tema de cuatro siglos y seguirá siéndolo por muchos más. Y Sancho le es un contrario indisoluble, el complemento del quehacer humano, el contrapunto en las controversias y en las salidas de improviso. No ha faltado quien, como Franz Kafka, desde otras latitudes y sensibilidades aventure la interpretación de ver a Sancho como el personaje más importante, al verdadero y único protagonista, quien se inventa a Don Quijote, llegando a calificar a Sancho como un hombre libre, a cabalidad (Cfr.: F.K., Escritos póstumos, “Cuaderno en octavo G”, 1917).
Don Quijote y Sancho son una suma armónica de contrarios, cuyos merodeos de palabras delinean caminos en medio de multitudes desconcertadas, bajo el signo de la sorpresa. En Latinoamérica sus huellas también han recorrido siglos. Creo que no habrá escritor de nombradía que no esté influido por aquel acontecimiento de la Cultura, de manera implícita o confesa. Muchos han incorporado sus nombres de leyenda en prosas y versos, en análisis de interpretación, a tal grado que pareciera no poderse encontrar algo novedoso. Quizá, el destino de los dos personajes se confunde con el destino de nuestro subcontinente, en la expresión de las letras, las que han ocupado el lugar no tenido todavía por la historia. Nuestra literatura sigue siendo el testimonio de los acontecimientos sociales, con las tragedias y los esplendores fugaces que rubrican el panorama continental con los siglos. La dinámica de la vida diaria de nuestras comunidades ha venido siendo materia valiosa para cuentos y novelas, en testimonio de lo que ocurre, con grados diversos de abstracción, incluso con preponderancia de la crónica, con escarceos o derroche de inventiva.
Y en todo aquello están Don Quijote y Sancho, en sus personalidades de contraste, con la complementariedad de miseria y grandeza, reunidas en cada uno de los personajes y en actuaciones de mutua influencia. Igual acontece en los individuos y en las sociedades, con una Latinoamérica ejemplarizada en sus antagonismos, en la miseria, y en las glorias explícitas en la voz, en la paleta o en las notas de sus creadores singulares. William Ospina asegura “que nos reconocemos en los personajes de la literatura, no tanto por las afinidades exteriores, sino porque el texto que los gobierna se asemeja al texto en que está inscrita nuestra conducta”.
En la poesía
Dulcinea
Quién eres tú no importa, ni conoces
El sueño en que nació tu rostro:
Cristal vacío y mudo.
De la sangre de Quijote te alimentas,
Del alma que en él muere es que recibes
La fuerza de ser todo.
José Saramago
Por curiosidad en este trabajo he querido hacer incursión en la obra de algunos poetas que en versos tratan de identificar, de interpretar y de apersonarse de la naturaleza de aquellos dos personajes, con una realidad consumada en la misma forma de la novela primigenia. La curiosidad es tanto más riesgosa, por cuanto trato de aludir, o tomar apoyo, en la poética del maestro Rafael Gutiérrez-Girardot, cuyos estudios profundos en busca de lo esencial, consideran nexos culturales, contribuciones estéticas y los fundamentos diacrónicos, desde Hölderlin y Nietzsche, hasta Antonio Machado, José-Ángel Valente, José-Emilio Pacheco, Aurelio Arturo y Fernando Charry-Lara.
Gutiérrez-Girardot establece el problema de la hermenéutica, en su estudio de la poesía de Nietzsche, como el de la subjetividad de toda interpretación. Tal subjetividad de ninguna manera excluye la pregunta por la pertinencia o por la validez, en sentido de la vigencia en el tiempo de formas y mensajes. Quizá hasta por la verdad en la expresión poética. Verdad sin elusión a los recursos creativos en metáforas, o a las explosiones de imaginación. En cualquier caso, la verdadera poesía, aquella que nace para durar, se apersona de maneras peculiares que marcan en el entorno cultural y hasta en la época, con base en mundos de invención, de sueño, en tanto reflejo de vivencias profundas.
Guillermo Valencia, en un soneto, alude a Don Quijote como el de “corazón de corazones./ El paladín sin tacha, el andariego,/...”, a quien también califica de “bravo pensar”. A su vez Unamuno se refiere a él como “tú, mi mejor yo”. Álvaro Mutis deduce de las aventuras del personaje una lección en pregunta: “¿Cómo hace España para albergar tanta/ impaciente savia que sostiene el desolado/ insistir de nuestra vida, tanta obstinada/ sangre para amar y morir según enseña/ el rendido amador de Dulcinea?”. Dora Castellanos le adjudica en un soneto la condición de “Vagar por el mundo buscando una Idea”. Rubén Bonifaz Nuño lo sorprende en el postrer respiro, en el “Soneto del vencido”, de la siguiente manera: “Es, pero no es él mismo. Triste cosa./ Perdió el lujo de haber vivido loco,/ en la miseria de morirse cuerdo.” (Cfr.: “Antología poética sobre el Quijote”, Ed. Fundación Cervantina Eulalio Ferrer, A.C., México 1989, con introducción y recopilación de Francisco Cervantes)
Rubén Darío se ocupó del tema, en el canto “A Juan Montalvo” (1884), en los siguientes versos: “... Tu obra grande/ es una voz que suena poderosa/ dando aliento y vigor. Loor eterno/ al hispano gigante celebrado/ que creó la epopeya de la burla/ mezclada con las lágrimas dolientes;/.... ¿Cómo no has de acercarte hasta la cumbre/ si Cervantes te lleva de la mano?/” Hay allí la exaltación natural por la gloria de Cervantes, pero a su vez se subraya su creación de burla aunada con las lágrimas, el sufrimiento, el dolor de la derrota. La unidad de contrarios -la gloria y el fracaso- que arrastra al ser humano, y a veces, o casi siempre, hasta arrasar con él. Una lucha sin tregua que produce esplendor en el arte y desolación en los campos de batalla, en los espacios del simbolismo y en la realidad.
En el breve poema del primer epígrafe, José Saramago marca la clara diferencia entre el estado mental del Ingenioso Hidalgo y de su fiel escudero. A éste le atribuye la facultad de estar en la realidad, la que percibe y enuncia, al contrario de aquel, quien delira, trajina contiendas inventadas y va camino de una amada inexistente.
Expresiones de la poesía iberoamericana que muestran a las claras los modos de recoger un legado de símbolo, y de comprenderlo en la cultura de nuestro tiempo. Las figuras obvias son de exaltación, bajo la variopinta condición de los creadores. Pocos asumen la reflexión en profundidad, con matices novedosos.
Muy a pesar de los textos de valía que encontramos, es mucha la tinta derramada sobre las huellas y las señas de Don Quijote y Sancho, en nuestro continente idiomático del habla y la discusión eternas, con derivaciones infinitas por las ramas. Gutiérrez-Girardot mismo muestra críticamente la situación, en globalidad, en uno de sus estudios sobre la obra de Fernando Charry-Lara, en los términos siguientes: “En una época de desmesuras literarias, de canonización punitiva de las abundancias verbales, de clamores vanidosos, de renacimientos de superficies pirotécnicas, de mesianismos individuales, es heroico proponer y practicar la depuración, la profundidad, la fidelidad a la pasión intelectual y poética, la soberanía y la serenidad, y el silencio.” Apreciación tan válida para el autor al que alude como para Borges.
En Jorge-Luis Borges
William Ospina recuerda que “Borges declaró alguna vez que muchos veneradores del Quijote habían preferido ver en él un herbario de metáforas y un refranero”. Pero a su vez esa permanencia en agite muestra el impacto que sigue teniendo la imperecedera obra de Cervantes. Cuatro siglos son suficiente edad para volver una y otra vez sobre ella. Todos los géneros literarios han sido influidos, o han asumido formas que de allá provienen. La poesía no es ajena. Por ser expresión donde puede acampar el facilismo, abundan los versos meramente recitativos, discursivos y simplones, en honor del caballero de la triste figura, de su fiel escudero y de la amada en el vértigo del delirio. Una manera de medir hasta qué punto puede ponderarse con inteligencia la influencia o el recuerdo, es la obra de Jorge-Luis Borges, quien asumió el tema. He aquí una muestra suya que examinaré:
Sueña Alonso Quijano
El hombre se despierta de un incierto
Sueño de alfanjes y de campo llano
Y se toca la barba con la mano
Y se pregunta si está herido o muerto.
¿No lo perseguirán los hechiceros
Que han jurado su mal bajo la luna?
Nada. Apenas el frío. Apenas una
Dolencia de sus sueños postrimeros.
El hidalgo fue un sueño de Cervantes
Y don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo
Está pasando que pasó mucho antes.
Quijano duerme y sueña. Una batalla:
Los mares de Lepanto y la metralla.
(Del libro: “La rosa profunda”, 1975)
En este soneto está presente el juego de espejos tan esencial en la obra de Borges. Hay una persona que es el creador, de carne y hueso, que en sus devaneos como resultado de una vida de agites y meditaciones, sueña personajes, los crea, son su prolongación, y entre ellos mismos hay derivaciones que se confunden con el origen. Alguien se mira al espejo y ve detrás otras presencias, más actuaciones. El delirio ocupa el lugar del sueño. Y de ahí en adelante la imaginación se vuelve más palpitante que la realidad.
De la batalla, sintiéndose vivo aunque maltrecho, queda la sensación de si se es el mismo que antes de la contienda. O si no siéndolo, es la creación de sueño como personaje que tiene que seguir un destino. No queda más que asumir la condición y continuar el rumbo. “El hidalgo fue un sueño de Cervantes/ y don Quijote un sueño del hidalgo”. ¿Pero quién es el hidalgo? Tan hidalgo Quijano como don Quijote. Don Quijote parece no confundirse con Quijano, es su creación y éste a su vez de Cervantes. Los sueños hilados van produciendo realidades distintas. Las novedades se confunden con las quimeras, los intentos de ver otras realidades y quedar en medio del camino de la vida regados, con el desconsuelo a cuestas, tratando de soportar la carga de los sueños, del juego de espejos, de los senderos que se bifurcan. Al final, la realidad más pasmosa es el sonido de la metralla con sus efectos.
En la historia, el personaje se identifica al comienzo, sale al ruedo, pergeña sus ilusiones y da rienda suelta a las quimeras, entre molinos y ventorrillos, entre personalidades consagradas por el pueblo y las desventuras de unos y de otros, malandrines supuestos o reales, mujeres que delinean de pronto el rostro bello de la quimera, con su talante, pero sin materializarse, y pronto se desvanecen en la atmósfera de conflictos y disquisiciones siempre en busca de un sentido. Al final, la conducta se recompone, ya no hay delirio ni locura. La muerte se avecina, y no queda más que soportar la cruda realidad. Es la identidad en el rechazo de los contrarios.
Hay un doble, triple sueño. Cervantes mismo es un sueño de su tiempo. La historia lo recoge, en la multiplicidad de personalidades, y hoy no sabemos si el libro que motiva la conversación es una realidad o una ficción. Lo tenemos entre manos, en sus múltiples ediciones, de todos los gustos, pero al penetrar en sus palabras, son abismos, imágenes que se prolongan como en los espejos enfrentados, con la infinitud del tiempo real, desparramado en la geografía, donde cada quien se asemeja al uno o al otro. Todos somos ambos. Y los hechiceros que juran el mal bajo la luna somos todos, confundidos en leyenda, en el símbolo de personajes dibujables por la forma, por el porte, por la manera de mirar y de hablar, hasta por el caminar y el vestir. “El Quijote configura más que una ideología, un universo congruente, que busca la justicia”, dice Francisco Cervantes, escritor mexicano.
Al final, el doble sueño que comienza, el múltiple e infinito sueño que se desencadena, nos comprende a todos, nos reúne en la incertidumbre y en la sospecha. Terminamos tocando con los dedos nuestros cuerpos y pensando si somos los mismos de antes de la batalla, de tantas batallas, o si somos los sueños que dejaron las troneras en los campos. Y como sueños nos ponemos en pie, desempeñamos nuestros papeles, unos en las tareas de decir qué hacer, y otros en el hacer que se dice. Pasado el tiempo, los sueños caen, el globo se desinfla, y se aproxima la dimensión de cual-largo-es. Surge entonces la memoria, y las historias siguen sus cursos, como ríos que van a la mar, pero que convertidos luego en nubes, dan comienzo, una y otra vez, a las historias.
Borges elude la nostalgia, sabiéndose poseedor de los sueños como espejos, como laberintos, como senderos que se bifurcan. En Walter Benjamin hay la idea de que “El laberinto es la patria de los que dudan”. Y en ese breve y denso ensayo del mismo Borges intitulado “Magias parciales del Quijote” (En: “Otras inquisiciones”, 1952), comprende al Quijote como una secreta despedida nostálgica en preponderancia al antídoto de las ficciones representadas por las novelas de caballería y las pastoriles. Entonces, en Borges pudieran los espejos y los laberintos ser una conjunción de nostalgia no manifiesta, en tanto despedida gradual, con la duda de lo que puede ser y no es, de lo que sin ser puede ser. Confusión premeditada entre lo objetivo y lo subjetivo. Despedida de una época e irrupción de otra. Los personajes peregrinan en aventuras de choque, con acumulación de frustraciones o derrotas, pero con la imaginación encendida por los propósitos y los deseos, hasta la culminación, el declive, la muerte. Frente a todo ese suceder no tenemos seguridad de la realidad, o de si lo real es lo otro, lo que sorprende como imaginación, como derivaciones que se esfuman y vuelven en imágenes sorpresivas, sobrecogedoras.
En aquel ensayo, Borges también refiere las maneras de contenerse una obra en si misma, al igual que un mapa se incluye, al conocer que los personajes protagónicos del Quijote son lectores de la misma obra, en forma semejante como ocurre en el Hamlet de Shakespeare, o en Las mil y una noches, o en el Ramayana, preguntándose sobre el por qué esta situación nos inquieta, hasta llegar a plantear la posibilidad de ser ficción nosotros sus lectores.
Gutiérrez-Girardot lo estableció en su estudio de “Borges, el Hacedor” (1964): “Si todo es uno y todo está en todo, la función analítica del entendimiento se reduce a la combinación conjetural, se anulan el tiempo y el espacio”. El personaje, con sus consecuencias, que se crea como sueño del que sueña, rompe las barreras de la realidad monda y lironda, se establece por fuera de las medidas del tiempo y del espacio. Y en sucesión, los sueños del que sueña que sueña, con creaciones narrables, lleva a la combinación de conjeturas, al derrumbe de la función analítica del entendimiento. Pero al final, al final de los finales de los que sueñan, se recoge el hilo como en procedimiento inverso. El soñado por el que fue soñado en otro sueño, se congrega en el que le sigue, hasta dar con el que tuvo el primer sueño. Y ya es el final de los finales, la muerte. El periplo del existir reúne el uno en el todo, y el todo en el todo, para regresar al todo en el uno. Es la idea misma del Aleph, la pequeña esfera que congrega el universo.
En otro soneto, “Un soldado de Urbina”, Borges también lo dijo: “Sin saber de qué música era dueño;/ Atravesando el fondo de algún sueño,/ Por él ya andaban Don Quijote y Sancho.” (Último terceto, En: “El otro, el mismo”, 1964). De este modo, Sancho y Don Quijote se encuentran simbólicamente contenidos en una tradición, primero española, luego latinoamericana, y en alguna medida universal, en tanto las traducciones de la obra de Cervantes han llevado a otras latitudes y culturas una sensibilidad, las posibilidades del soñar despierto, del jugarle a las imposturas, para enriquecer la realidad, así ésta no sea tan asible como los sueños. Sueños que, como los espejos, amplían la mirada, el sentido de la búsqueda, para múltiples encuentros.
Es pertinente recordar que en el poema “Los espejos” (En: “El Hacedor”, 1960), Borges manifiesta su horror frente a ese tipo de cristales, sinembargo los aprecia en la posibilidad de no estar solo en una alcoba, puesto que aparece en ellos el otro que es él mismo, y establece la conexión con los sueños como un producto de la creación que lleva a la persona a ser consciente de que es en simultaneidad reflejo y vanidad, con sensación de alarma, o de perturbación. En los espejos descubre la impresión de prolongarse la incertidumbre de este mundo, además calificado de vano, con entramado de vertiginosa telaraña.
Vargas-Llosa, con refrescante alusión borgesiana, en su prólogo a la edición oficial del cuarto centenario del Quijote, le adjudica a Cervantes más la condición del “Caballero de los espejos”, que en la obra tiene Sansón Carrasco, por ese despliegue de ingenio que le llevó a construir una obra donde todo, absolutamente todo, se desdobla y multiplica en imágenes, como un juego de espejos.
En palabras de Gutiérrez-Girardot: “Borges deplora que él y el mundo son reales, porque él concibe la realidad como un enigma, que se le representa siempre de nuevo como realidad, como algo que es pero no puede ser, porque no es reconocible.” Hay aquí un paso adelante: el enigma. Es decir, la incógnita, lo que no puede saberse con seguridad, por no tener una interpretación. Lo que se alude, con incertidumbre, y por tanto, con cabida a interminables especulaciones. Los sueños de los sueños van distanciándose en la profundidad del espejo, hasta no llegar a saberse con precisión de qué se trata. Surge el enigma. Pero ese enigma es la propia realidad. La realidad en sí misma, entonces, conlleva, sin dimensiones de tiempo y de distancia, la confusión de las imágenes, de lo soñado. Hay una simbiosis entre lo soñado y el que sueña, sin límites en la cadena. Y también con el motivo que ocasiona el sueño, si acaso el soñar requiriese un soporte para desprender el vuelo. Es, asimismo, el laberinto borgesiano, la “escritura circular” llamada por sus analistas, que aúna desconcierto y perplejidad, con el enigma incluido.
En los dos primeros versos del soneto de Borges: “El hombre se despierta de un incierto/ Sueño de alfanjes y de campo llano”, se tiene la sensación de la vida como un campo de batalla, pero con la oportunidad de poder mirarse en si mismo y en el entorno, para descubrir que estamos asediados de peligros, como armas que apuntan sobre nuestras endebles constituciones, en territorios expandidos, fuera de nuestro dominio. Así Don Quijote, así Sancho, así Cervantes. Así nosotros. Y el mundo continúa rodando en el sin fin de las contradicciones, de los agudos contrastes, de la beligerancia. En las culturas aborígenes de América, se sugiere que cuando el equilibrio de contrarios se rompe, viene el caos, y es entonces cuando las personas sabias de la comunidad deben intervenir para intentar devolverle el orden al mundo.
En el quinto y sexto versos, del soneto en cuestión, Borges alude a los hechiceros que han jurado bajo la luna hacerle mal a Quijano, o al mismo Cervantes, de lo cual se tiene testimonio en la obra cuando la aventura de los molinos de viento: Don Quijote herido por las aspas, tiene insistente recriminación de Sancho porque no eran gigantes sino molinos, pero aquel le advierte que son los maleficios del sabio Frestón, a quien le adjudica los robos del aposento y de los libros, cruzado de nuevo en su camino para transformar por arte de hechicería a los gigantes en molinos.
Pero el hombre se despierta para seguir soñando, construyendo quimeras, ilusiones que se desvanecen unas en otras. Hay en todo esto una poética que se expresa en medio de las barahúndas de la vida, en los retorcijones que es la lucha por sostenerse a flote en los naufragios. La conciencia del peregrino y del náufrago, como manifestación simbólica que mejor congrega la idea del trasegar en el mundo, cuyas aventuras llegan a configurar, o a ser expresadas, por el arte, en cualquiera de sus formas. De conjunto en aventura poética. En otra forma de mirar el mundo, con artificios y engaños. Así Don Quijote y Sancho, en su cúmulo de travesuras, bajo el destino del desvarío, del ir y venir con circularidad y reflejo en los cristales.
Gutiérrez-Girardot, en su estudio sobre “La poesía de Nietzsche” (2000) establece que “La causa de la mentira del poeta es insondable, es un Absoluto que tiene su trono en Nietzsche mismo. Su conciencia de si, la del poeta a quien no se debe preguntar porqué...” Idea que también desarrolla en su estudio sobre la poesía de José Ángel Valente: “La rosa es sin porqué” (En: “Heterodoxias”, 2000), en términos del “... imperativo poético del asedio...”, con el oscilar del poeta moderno entre la verdad y la mentira, como superposición de los contrarios.
La pregunta que recoge Borges en el soneto, si se está herido o muerto, es también el reflejo de la conjunción de verdad y mentira. En el campo de batalla, Cervantes estuvo herido, pero al encontrarse como símbolo de una historia que no termina, la pregunta se traslada a los personajes centrales (el personaje) que involucra en su obra, por fuera del tiempo. Y es la pregunta que nos hacemos a diario: ¿Somos o no somos? ¿Cómo hemos quedado después de la noche, como batalla por la vida? ¿Y después del día? La pregunta de si se está herido o muerto, aviva la contradicción. Si se está herido, es porque la vida está ahí, con él. Pero hay la duda, y quien se la formula es el mismo personaje. Entonces el espacio de movimiento sigue siendo el de los sueños, con las conjeturas a bordo, las opciones en contrario. Si se está muerto, no pudo haber quedado solo herido; ocurrió algo más que le condujo al fin de la vida. Pero en la pregunta misma, al formularse, está la duda de quien la hace. Y en esa duda juega la lucha de los contrarios, más bien como superposición.
Borges es un poeta moderno; no cabe la menor duda, con “la busca de la palabra adamítica e inmortal”, reclamada por Gutiérrez-Girardot. ¿También podrá haber ironía y sátira en ese soneto de Borges? Hurguemos un poco a este respecto.
Al tocarse la barba con la mano, para ver si está tan solo herido, o si está muerto, hay indudablemente ironía en el soneto de Borges. Existe conciencia en el que cayó, bien sea Cervantes o Don Quijote. Y al tener conciencia para decidir mover la mano, aparece la duda de si se podrá estar muerto, con algo de conciencia. Para eso el hombre lleva la mano a la barba. La ironía está en que el estado de conciencia que le conduce a esa primera decisión, genera la duda sobre la validez de ese estado, sobre su utilidad práctica, y lo mejor será ir al grano, para saber si por fin se está con vida, ahí tendido. La conciencia del derrotado, como víctima, ha de ser una conciencia cautiva, sujeta a comprobación por otras formas de actuar. Pero el hecho mismo que esa conciencia no reporte de manera cabal el estado de sobrevivencia, resulta irónico.
¿Al introducir Borges esta ironía habrá dado un paso hacia la burla? La ironía es una burla ingeniosa y disimulada, dice el diccionario. Pero no tan cerca habrá de estar la burla de la ironía. En la ironía hay un sentido de contraste que se manifiesta, como de exageración, más que de ridiculizar. En la burla está el poner en evidencia lo ridículo de una actuación. Pero al tocarse la barba el herido que yace en el suelo, con la duda de estar vivo, se configura la ironía, con dosis de burla, puesto que si se hace la pregunta es porque hay un estado de conciencia, y resulta risible indagar por la posibilidad de estar muerto. Entonces también Borges apela a la doble condición de ironía y burla en esos versos. La burla le agrega a la ironía el hacer el ridículo.
Talvez sea algo parecido a lo que con sutileza encuentra Gutiérrez-Girardot en la poesía de José Ángel Valente, al considerarla como un don que da a la ironía el sesgo ético de la sátira. Para el caso, la conducta de examinar el movimiento de la mano hacia la barba, para saber si se está con vida, puede conllevar una actitud de compasión consigo mismo, al saberse en la derrota pero con oportunidad de reconocer que aún se respira y se siente. Un sesgo ético podrá alentar esa mirada propia, en momento de frontera, o de sospecha casi indecible. El personaje se conmueve ante si, por la eventualidad que le angustia como una amenaza inminente, su muerte.
Complemento y afirmación
La manera de apreciar el impacto de Cervantes, en el caso especial de Don Quijote y Sancho, con el empleo de la poesía en Iberoamérica, en particular con una mirada más detenida en un soneto de Borges, ha sido producto de intentar, en libertad, echar mano de elementos de aquella poética que ha desarrollado el Prof. Dr. Rafael Gutiérrez-Girardot en sus estudios perseverantes que indican su preocupación central por aquella forma de creación que recorre el tiempo, la historia, la geografía, siempre con asomos sustantivos en singulares exponentes, como los que él ha tratado en profundidad.
Logros del Maestro que en especial se reflejan en uno de sus estudios sobre la poesía de César Vallejo. Veamos: “Por su naturaleza metafísica, el hombre está condenado a buscar consciente de que nada hallará; a preguntar, consciente de que no puede haber respuesta. El hombre se mueve entre la incertidumbre esencial y el vacío intolerable. La plenitud de la libertad, la dicha, la armonía solo subrayan que son un motor indispensable que impulsa a una meta inalcanzable. La vida del hombre es un círculo vicioso. Ese círculo de preguntas sin respuestas posibles, de búsqueda sin meta alcanzable, priva de sentido al lenguaje. El hombre está condenado, por naturaleza, al balbuceo, a ser un ademán sonoro”. (“Teoría y praxis en César Vallejo”, En: “Insistencias”, 1998). Poética del balbuceo que en lo fundamental aprecia el Maestro en los “Poemas póstumos” de César Vallejo, como en poetas sobrevivientes del Holocausto.
Por otra parte, en la poética Gutiérrez-Girardot ha tomado especial interés en dilucidar dos tajantes cuestiones. Por un lado, aquella de Hölderlin, en pregunta: “... ¿para qué poetas en tiempos de miseria?”, contenida en “Pan y vino”, estancia 7, de “Las grandes elegías” (1800-1801). Y, por otra parte, la afirmación radical de Theodor W. Adorno: “Escribir un poema después de Auschwitz es bárbaro e imposible”.
La primera la responde apelando a Paul Celan en su poema “Tubinga”: “Viniera,/ Viniera un hombre al mundo, hoy, con/ La barba de luz de los/ Patriarcas: podría,/ Si hablara él sobre este/ Tiempo, él/ Podría/ Solo balbucear y balbucear,/ continua, continua/ mentalmente./...” (R. Gutiérrez-Girardot, La mudez expresiva de la poesía de Paul Celan ,1999, En: “Entre la Ilustración y el expresionismo - Figuras de la literatura alemana”, F.C.E., 2004.).” De donde desprende el tema de “poesía balbuciente”, por el a veces si y por el a veces no, como “lenguaje ambiguo del poeta moderno, de la poesía del silencio...” Una poesía “incesante y huidiza del momento que tampoco se deja apresar como la vida”, según dijera al referirse a José-Emilio Pacheco.
Para la respuesta a Adorno, en la segunda cuestión, acude Gutiérrez-Girardot a la obra del mismo Celan y a la de Nelly Sachs, como refutación, en demostración clara que a pesar de la barbarie universal que representó el Holocausto, no era posible olvidar, ni dejar que la palabra también hubiese sido incinerada. La monstruosidad cometida contra el pueblo judío abrió profunda herida en la Humanidad, y los lenguajes recogieron el testimonio; se ahondó el silencio, pero la palabra continuó su camino en busca del sentido, también de la recreación y del derecho a percibir los vaivenes del tiempo, con expresión en las elaboraciones del arte. Gutiérrez-Girardot termina por formularse interrogantes insolubles, como: “... ¿No se poetiza lo impoetizable? ¿Qué lenguaje y qué actitud admiten y exigen la memoria de los asesinados, la historia que condujo a esa persecución, la frialdad de los verdugos, la obstinación hipócrita y solapada de los acusados, el olvido interesado y cínico de la posteridad? ¿El de la acusación, el del lamento? ¿Y en tal caso, a quién se dirige?” (De: “Moriré callando - Tres poetisas judías; Gertrud Colmar, Else Lasker-Schüler, Nelly Sachs”, 1996).
*
Para terminar, y justo en el marco de la convocatoria global de este Coloquio, no resisto la tentación de recordar importantes alusiones de Juan Goytisolo, personalidad literaria recia y uno de los pocos intelectuales dignos, con voz pública, representativa de conciencia ética en nuestro tiempo. Por una parte, en intervención suya en foro sobre Cervantes, que él tituló: “Cervantes, España y el Islam” (En: “Contracorrientes”, 1985), se refiere a la escasa influencia de la obra de Cervantes en la propia España, pero sí desde temprano en otras literaturas, con singularidad en la inglesa; destaca autores que recibieron su “huella fecunda” como Fielding, Sterne, Diderot, Gogol, Dickens, Flaubert. Asimismo, resaltó que esa influencia aparece con vitalidad solo en el siglo XX, en especial en las letras latinoamericanas con Borges, Fuentes, Roa Bastos, Cabrera Infante... Goytisolo subrayó luego, con base en sus lecciones en la Universidad de Nueva York (En: “Un océano en la Mancha”, 2004), la llamada por él “polinización cervantina”, en dos obras narrativas capitales, creadas bajo la influencia inocultable de Cervantes, y en especial por motivo del “papel fundacional del Quijote en cuanto libro de los libros”, en sus palabras: Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, y Terra nostra de Carlos Fuentes. E incluso el Don Julián, del propio Goytisolo, también hace parte de esa “polinización” bienhechora. Recordemos de igual modo que Borges se deleitaba con el mismo propósito: “... promover la ambición de construir un libro absoluto, un libro de los libros...”, como dice al principio de su “Nota sobre Walt Whitman”.
*
El motivo de esta exposición, en torno al símbolo cultural que es la conjunción Don Quijote/Sancho, no ha sido otro que rendir homenaje al Maestro Rafael Gutiérrez-Girardot, un pensador que profundiza en nuestro tiempo la condición y la obra intelectual en Latinoamérica de Alfonso Reyes, Pedro Henríquez-Ureña y José-Luis Romero, entre otros. Por merecimientos propios reflejados en una densa obra, reconocida internacionalmente, se le confirió en México en el 2001 el “Premio Alfonso Reyes”, motivo de exaltación mayúscula.

