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Martes, 21 Julio 2009 10:25

Carta a Fernando Charry-Lara

por  Armando Romero

Mi querido Fernando:

Mientras me las arreglaba para empezar a escribirte esta carta, memorando días de Bogota o Caracas, me di cuenta de que los avatares y las elipsis del estar me ponían de nuevo frente a esos cuidados prados y jardines que rodean la inmensa torre-catedral de la Universidad de Pittsburgh, y que estaba fijo en el mismo ángulo de hace veinticinco años. Hoy, en esas pelusas verdes, varios muchachos sentados leen sus libros, juegan con pelotas o comen sus emparedados indigestos. Ayer, en el albor de la guerra de Viet-Nam, gritaban y tiraban abajos y arribas con los cabellos largos y sus barbas, sus bluyines florecidos.

Hoy, con la cabeza adornada de zarcillos, los muslos tatuados, los manuales de negocios por biblias; ayer, Walt Whitman y Ginsberg, hoy Michael Crichton y Rush Limbaugh; ayer era para nosotros la primigenia proyección de un futuro que avecinaba nuevo siglo; hoy, realidad frente a mi ventana, el cuadro de un pasado aferrado a permanecer como futuro. Y el tiempo que va y viene, como si lo estuviera manejando Borges con el dedo meñique, me lleva entonces a tus poemas desparramados en la mesa, a tu ser poeta como si fueras a nacer hace doscientos años, a la antigüedad de tu permanecer presente, a tu palabra honda y precisa que no ha dejado de repicar en mis oídos cuando tuve la fortuna, a pesar de mis rabietas vanguardistas de provincia, de hallarla en mis primeros años de exilio por países de alpacas y desiertos, y luego, en el ardiente trópico de la pequeña Venecia, comprender el por qué de tu verdad cuando dices:

He venido a cantar sobre la tierra las cosas
que se olvidan o se sueñan,
he venido a buscar una respuesta con palabras
que no recuerdan nada.
.
No fue fácil leerte, no es fácil el camino para quien apenas comienza. Porque así como con todos los que en poesía son poetas, siempre estamos empezando aunque al final esté el mar y sea la vida. ¿No lo querían así Valery y Eliot? 0 me equivoco y era el eterno Heráclito, siempre lo mismo.
No voy a contradecir lo dicho, sólo hacer memoria con palabras que dibujen nuestros encuentros a mi paso apresurado por Bogotá tratando de vivir en el presente lo que gano en el pasado. Creo que todo poeta, después de Baudelaire, no es una montaña, o un volcán, o un río con cataratas y anteojos, sino una ciudad, una ciudad como la que amaba el inolvidable Julián del Casal, como la que Aurelio Arturo sintió al sur de los mapas, la ciudad transeúnte de Rogelio Echavarría. Borges (no lo podemos olvidar por un instante) decía que etimológicamente él era una ciudad: Burgos, Borges. Así, tú, mi querido Fernando, eres esta Bogotá, "ciudad de bruma", aquí donde el "verso llega de la noche', para decirlo con tus palabras.
Recuerdo hoy, bajo los tendales de esta biblioteca desde donde te escribo, nuestros pasos por tu ciudad, tu oficina de la Séptima, el parque Santander, tu casa de enorme biblioteca, un restaurante detrás de la Bucholtz por donde pasó raudo Jorge Gaitán Durán, ya muerto para los otros pero más vivo que nunca para nosotros, tu Volkswagen zigzagueando por la Caracas, como si escribiera un poema de Apollinaire, nuestras charlas interminables mientras le ibas poniendo mar a las avenidas, volvías por los rostros de las muchachas griegas, colocabas un cielo a los días de lluvia, y le dabas noche a los deseos encabritados y encabrillados por las presencias, y yo sentía que por ese marco reluciente se iba caminando ese tu ser de la poesía que entra al poema haciendo fantasma de su imagen, viajero de su sueño. Y así lo vislumbras en tu poema "Ciudad":

Alguien en el viento cruza por las esquinas y es
un instante .
Su mirada como puñal que arañara la sombra.
Desde el desvelo se oyen sus pisadas alejarse en
secreto
Por la calle desierta tras un grito.

Si Caracas fue poesía a nuestro encuentro, tal vez es la maravillosa figura de palabras y vida en "espacios calidos" que fue Vicente Gerbasi quien la corona. Invitémoslo a venir hoy aquí que es día de homenajes.
Recuerdo que juntos lo visitamos en su casa entre cerros y colinas, oímos la voz tronante de ese viajero del Orinoco, gustamos su vino carrasposo caminador de sello negro, y eran dos ciudades grandes, mayores, tú y él hablando, orando por los amigos idos y venidos. Y allí en medio, yo, entreverado en sonreír y oír, niño de niñez cautiva entre esos dos Niños con mayúscula: salpicón el uno de metáforas como luz que enceguece; duermevela el otro como sombra que oscurece; pero en ambos, como ofrenda de los dioses, el relámpago de la poesía, eterno, intemporal como la historia de ese instante, y de otro instante, allí mismo, esa tarde, cuando Vicente se levantó de su asiento, el vaso de licor ardiente entre sus manos, y me miró sagaz, délfico, y dijo: "Chico, yo te he publicado tus poemas en mi revista, y hemos conversado de muchas cosas por horas, pero todavía no te he bautizado". Y del dicho al hecho, todo su vaso de whisky se volteó desde mi cabeza a mis pies. Tú te reías, celebrando que por fortuna estábamos en el corazón del trópico de Caracas y no en las sabanas frías de Bogota, esa ciudad "vencida por la lluvia" como tú la escribiste.
Hay algo aquí, en este momento, que me trae el recuerdo de tus palabras:

No existe sino un día, un solo día,
Existe un único día inextinguible,
Lento taladro sin fin royendo sombras.

Hace algunos años, tú recuerdas, y en un libro que ya va siendo historia de la historia, intenté aproximarme a tus poemas y a los de algunos de tus contemporáneos. Allí, entre pecados y perversiones profesoriles que tienden a clasificar y agrupar, quise decir del silencio y la noche de tu poesía, algo que significara una puerta, un vacío, un entrar y un salir. No voy a repetir lo allí ya dicho, tal vez quisiera en lo que resta de papel ver con tu poesía lo que resta de este siglo, lo que resta del poeta, lo que lo suma, lo divide y multiplica, así no lo quieran desde el lado de allá de lo insensible los que lo hacen a imagen y semejanza del abandono y el olvido.
Podría afirmar que tu obra, como la de todo gran poeta, es una defensa de la palabra, y por ello instauración de un lenguaje que crea el mito y nos ilumina con el ritual de su presencia. Moderno por obligación pero no post-modemo por lo incomprensible de esa infatuación, nunca has estado a la moda, porque el oficio del poeta, entonces, ya no es tanto descubrir como soñaron los románticos de todas las vanguardias, sino mantener, conservar, sostener el edificio del lenguaje cifrado en poesía. En nuestro bárbaro siglo nada ha sufrido más embates, ataques, que el lenguaje. El poeta, su defensor, su hacedor, es así el pararrayos en el desierto de nuestra sociedad violenta. Las iras de los extremos se confunden y forman previsibles figuras geométricas. Y de estos triángulos inscriptos en el poder salta la necesidad del dominio mayor: el del lenguaje. No es difícil concluir por qué el poeta es eje y centro de sus risas y burlas destructivas, cuando no es la indiferencia, el abandono, como decía antes. Los realismos burdos de las maquinas cibernéticas y sociales imponen la dictadura de la monotonía, de la mismidad que tanto temía Vallejo.
Desde Mallarmé a los jóvenes tirapalabras de finales de este siglo la tarea del poeta es preservar, y para ello ha tenido que ir a todos los fondos, a todas las formas. Ha dado a la sintaxis el golpe que la inquieta para recoger en sus fragmentos la voz de lo que está en movimiento, al verso el ritmo de una aglomeraci6n de tiempos y espacios, a la rima que viene y va y se aleja y aproxima, al grito forma, al aullido garganta, a la tensión cansancio; y del aire saca silencios, de la violencia la voz de los asesinos, de la paz el cuello cortado de la paloma, de la tierra la voz que permanece y se esfuma, la que dice de mudez, del azar de los encuentros.
Y allí estás tú y tu poesía, esos contados versos que has cantado con todas la fuerza de tus registros nocturnos, al frente y alerta a la defensa: libre para ser ella de ella misma como también de todos nosotros.
Ha dicho Gottfried Benn:, "El que hace poesía está, en, efecto, contra todo el mundo. En contra no quiere decir enemigo. Solamente un efluvio de profundidad y silencio absoluto lo rodea". A esto yo añadiría: ¡Que triste y trágico es el destino del poeta que tiene que hacer ruido para que se oigan sus silencios!
Pero tú, más cercano a las fuentes, sabes que ese silencio no se logra con los bombos, las bombas, las maracas y el traquetear de las pantallas y los periódicos, se logra a pasos lentos por las calles, en el lecho sagrado del amor, en la oración que exorciza la tragedia, en la risa que detiene el pensamiento, en "El solitario" que es tan hermoso como tu poema cuando dices:

andando solo sobre tu sombra
Por la calle también hechizada
Al acecho ahora del taconeo inaudible
Se repiten en el recuerdo
Fascinaciones fugitivas paraísos
La luz de muchas tardes en tu frente
El curso de los astros en tu rostro
Labios pasos nostalgias.

Fuera de las marquesinas del poder y la efímera gloria hiciste desde joven camino de poeta a conciencia de trabajo y reflexión constante, herido al centro de lo
sensible por la realidad de violencia y crueldad que ha marcado nuestro país te fuiste encaramado en el grito de dolor, señalando la tragedia con el índice de tus poemas, y como consecuencia expulsado al exilio interno que nos caracteriza desde Silva, León y Arturo, esas tres constelaciones del exilio.
Yo te escribo hoy, mi querido Fernando, desde este otro exilio donde me entrometo con mis fantasmas, exilio que escogí al trote de mi soberbia que respondía al no poder comprender, por eso siento, como el que más, lo que de valor y fuerza hay en el quedarse en esta tierra colombiana para hacer de la vida de todos los días el manantial que crea y salva. A gota precisa y preciosa tú nos has hablado del exilio y su dolor: "Puñal siempre en el pecho es la memoria".
Hoy, desde esta ventana a donde vuelvo, veo que allá en los prados frente a la catedral universitaria que tengo por delante, una madre juega con su hijo, un indio de Otavalo, con quien hablé el otro día, vende sus bufandas, un hombre de pelo blanco y ojos ciegos camina a los pies de Newton. Cae la tarde y los muchachos, futuros compradores y vendedores de las baratijas que todos los días inventamos, se han ido a los bares, engolosinados tal vez con el fru-frú de las muchachas. Vuelvo entonces al tiempo, a tus libros sobre la mesa, a mis pies que empiezan a buscar las sandalias que me regresan a la tierra que compartimos en ausencia y presencia, y me levanto con esta carta a mano para el correo. Ya hoy y ya fue mañana como celebro con ella lo grande de tu poesía, de tu ser poeta en el mundo que está en este mismo mundo.

Contigo siempre,

Armando Romero - Universidad de Pittsburg

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