Ediciones

ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
Mingobierno

Consejo Editorial

Luciano Mora-Osejo
Valentina Marulanda
Heriberto Santacruz-Ibarra
Lia Master
Jorge-Eduardo Hurtado G.
Marta-Cecilia Betancur G.
Carlos-Alberto Ospina H.
Carlos-Enrique Ruiz

Director
Carlos-Enrique Ruiz

Contacto
Tel-Fax: +57.6.8864085
Carrera 17 No 71-87
Manizales, Colombia,
Sudamérica.
cer @ revistaaleph.com.co

Martes, 21 de Julio de 2009 10:38

Cartas para el maestro Fernando Charry-Lara

por Oscar Collazos, Consuelo Triviño, otros
No sabía, maestro, que andabas en Washington, que allá leerías tus poemas en la National Library. La semana pasada te llamé a tu casa, como siempre, para decirte que te recordaba, que acababa de leer el ensayo de Rafael Gutiérrez-Girardot sobre tu obra poética, la más pulcra y breve, tanto como la del otro poeta que admirabas, Aurelio Arturo, igualmente pulcro y parco, decirte que guardaba la foto que te hizo “El Catire” Hernández de Jesús y que me dedicaste con un abrazo.

Quería saludarte, Fernando, tú que fuiste tan generoso con los escritores que te admirábamos y asistíamos exultantes al milagro de tu poesía, convertida en metáfora de una mujer, “llama donde palidece la agonía.” Iba a pedirte que nos tomáramos un whisky, si Silvia, tu hija protectora, nos lo permitía. Invitaríamos a Rogelio Echavarría. ¿Cómo estás de salud, Fernando?, quería preguntarte porque andabas ya por los 84 años. “Despierto en la noche lleno de palabras”, quería recordar ese verso tuyo, regocijarme con un encuentro. Había vuelto a leer Llama de amor viva, el libro donde recogiste tu breve e intensa obra.
Pero has muerto en Washington, Fernando. Y escribo estas líneas con la compañía de la Antología poética que prologara Juan Gustavo Cobo Borda, a quien escuché esta mañana de jueves casi sollozando, como sollozamos quedamente, con la garganta herida por el dolor, Fernando, porque acabas de morir en Washington, “porque inhumano el mundo se niega a ser eterno”, como escribiste.
Trozos de recuerdos. La entrañable tertulia de la Casa de Poesía Silva, con Fernando Arbeláez, que se fue primero, con María Mercedes Carranza, que quiso irse porque le dio la gana, con Mario Rivero y Juan Manuel Roca y Giovanni Quesseps, Gonzalo Mallarino, Rogelio Echavarría y Álvaro Castaño Castillo, todos en esa oficina de la casona de la Candelaria, unidos en la amistad de tres generaciones, tú siempre pulcro y austero, de terno oscuro y corbata, boina y gabardina, orgulloso al evocar a Vicente Aleixandre , a Jorge Guillén y a Luis Cernuda, de donde se nutrió tu poesía.
Eras el último sobreviviente de tu generación y el primero de la poesía viva colombiana, Fernando. Miro tu fotografía: deambulas por las estrechas calles adoquinadas de La Candelaria, la gabardina colgando del brazo. Estás vivo, me digo. “En la ciudad de bruma la fiesta/De las noches es un bosque/De cabelleras oscuras y de estrellas”, repito contigo.
Se ha ido Rojas Herazo; se han ido Fernando Arbeláez y María Mercedes Carranza, Gómez Jattin y José Manuel Arango, Fernando. Se nos fue Enrique Buenaventura. ¡Qué grandes son esas ausencias! Ya no podremos recorrer la ciudad sin repetir: “Enrojece delira Bogotá como incendio/ Que invade en luces gentes bullicios/ Luego el aire nocturno abriendo lunas/Y escondido en lo oculto un afán/ Oh tú que ignorada rodeas y estrechas y amas (…)”
Vuelvo a verte, Fernando, cachaco santafereño y universal como un sueño. Vuelvo a escucharte hablando del surrealismo, de Bécquer y de José Asunción Silva, de Neruda y de Carranza. Estás sentado en el sillón de tu casa, extraviado en la tristeza de haber perdido a tu esposa, entristeciendo tu vida, apagando tu “llama de amor viva”, adelgazando la voz como un murmullo, dirigiéndote hacia la muerte, Fernando, dejándonos la luminosa estela de tu poesía.
¡Buen viaje, amigo! Era todo cuanto quería decirte, lejos de “la ciudad de los adioses, invernal, cielo gris”, un adiós frente al mar de Cartagena donde, pese al hermoso resplandor de la tarde, todo se me antoja lóbrego e inmóvil. ¡Qué solos nos vamos quedando los vivos, Fernando! (Óscar Collazos, escritor colombiano residente en Cartagena de Indias)

Noche desierta
Cuando muere un poeta se apagan las estrellas y entendemos por qué la palabra ilumina la vida: “Ronda en la noche a veces un sordo rumor de bosques/ y de raudas sombras gigantes y vientos fatigados./ ¿Dónde oír, dónde oírte, delirante gavilla de sueños,/ sino en esta silenciosa, honda penumbra de la noche?”. Eso hago aquí en Oddense. Leer y repetir en silencio la poesía del maestro Fernando Charry Lara, ahora que Cronopios ha traído la noticia. Y créame que duele. Yo lo conocí y tengo dedicado su primer libro Nocturnos y otros sueños. Qué curioso. La dedicatoria dice: “A un lector atento. Espero que este libro y sus poemas le gusten siempre como me dice ahora, Bogotá, 1950)”. Maestro: su libro me ha acompañado toda la vida. Ahora lo tengo aquí en mi mesa de noche. Tantos kilómetros, tanto mar, tanto cielo, tanta distancia y sin embargo tanta cercanía. Y como ya le dije: lo leo: “Rondan bosques, polvo de secas hojas y rumores, viejos caminos/ y una canción, clamante luz que descendió a los labios,/ cruza de sones extraños y temores/ este sueño de piedra/ de las formas dormidas. Un rudo viento y en el viento la canción” (Aurelio Zapp, científico colombiano residente en Dinamarca).

Corazón de sueños
Desde México un abrazo solidario a todos los que queríamos a Fernando, con el que compartimos momentos inolvidables de inteligencia y humor. Mi mejor homenaje es, contrario al Olvido, continuar habitando el corazón de sueños. (Omar Ortiz, poeta colombiano)

Charry vuelve a Bogotá
Uno de los más grandes orgullos de mi vida fue haber sido llamado por María Mercedes Carranza para escribir una conferencia y pronunciar unas palabras en la Casa de Poesía Silva, con motivo de los ochenta años y el homenaje nacional al maestro Fernando Charry Lara. Era el equivalente a la "coronación" de un poeta, algo que ya no se estila en tiempos harto menos poéticos y que desconocen lo que era cuando un país entero se paralizaba para ver una corona de laurel puesta en las sienes de un Voltaire o de un Víctor Hugo.
Creo que nada mejor que titular esta nota, escrita a toda prisa apenas a unas horas de haber conocido la muerte del maestro, y todavía bajo el choque por la pérdida de alguien tan discreto, elegante, sencillo y leal, que jamás se sintió Olímpico y que me brindó una amistad que sólo me honra. Entre las muchas anécdotas de las vidas de los poetas que me contó, algunas de ellas impublicables, sólo me ronda en este momento la imagen del niño de siete años que fue llevado por su padre al Capitolio Nacional a ver el cadáver de un amigo suyo que se llamaba José Eustasio Rivera, que era una gloria nacional y que venía de morirse en Nueva York. Muchos años después, el niño que hoy viene de morirse en Washington escribió este hermoso poema, que hoy repite descaradamente su escalofriante imagen a quienes estaremos acompañando al Maestro Charry en
su adiós definitivo: (Luis H. Aristizábal, escritor colombiano)

Descréditos
Le envío copia del artículo que Cronopios publicó a los pocos minutos de haberse producido la muerte del maestro Fernando Charry Lara. Y lo hago primero conmovido por la pérdida que su fallecimiento significa para este país que tanto necesita de gente pensante y pacífica como él, pero también, segundo, porque como verá usted el diario El País de Cali reprodujo su artículo sin darle ningún crédito ni a usted como autor ni a Cronopios como fuente. Como si fuera poco, hicieron un enlace a una supuesta página llamada Cronoscopios (SIC), que por supuesto no existe. Quizás a usted estas cosas no le afecten ya, como lo dijo una vez en memorable jalón de orejas a la mediocridad de nuestro periodismo, pero no por eso se debe permitir semejantes irrespetos y ligerezas. Paz en la tumba del maestro Charry. Vergüenza en las mejillas del periodismo pirata (Héctor-Mario Cifuentes, suscriptor de Cronopios en Cali).

Férreos afectos, fieras obsesiones
Qué mes... Anabel La nave de la muerte ha zarpado cargadísima este mes. Primero fue Hugo González. Ahora sube a bordo Fernando Charry Lara. Lo vi la última vez este mayo en Bogotá, en compañía de su gran amigo que hoy lo estará llorando, Rogelio Echavarría. Vestía abrigo de paño inglés oscuro. Los bolsillos ladeados de libros, portaba un paraguas, su boina y su galantería, ya que su generación siempre nos ha de ver jóvenes y bellas a quienes de a poquitos nos vamos ancianando a este lado de los cincuenta.
Fernando Charry Lara pasó por la vida como un verdadero bombón, o mejor aún, un confite de tienda, terso, redondo y rosadito, con su lascivia limpia y sus férreos afectos y fieras obsesiones. La muerte de cada artista hiende nuevos roticos en la armadura del cariño, ya sea la de un ser entrañable, cercano en la poesía, como Fernando, o la de un bailaor que sólo conocimos en pantalla, como Antonio Gades, ángel del flamenco, también partido esta semana…qué espléndida temporada veraniega vive el cielo este mes de julio. Y qué tristes estarán esta noche los ojos de Roberta, su alumna italiana en Bogotá años atrás, que con tan cálido afecto me habló de él una tarde. A ella, a Rogelio, a todos/as este abrazo (Anabel Torres, poeta colombiana residente en Barcelona)

Discreta distancia
La muerte del maestro Charry Lara es en verdad una noticia triste, pero la tristeza que deja en mí está teñida de melancolía. Esto es lo que me produce el recuerdo de un ser tan entrañable que vivió como una tenue brisa en medio de las tormentas que agitan nuestra historia, en una tierra, cómo no, de poetas que no siempre se aman y se admiran entre sí. No es este el caso del maestro Charry Lara que tuve la fortuna de conocer de cerca aunque en fugaces encuentros. No quisiera hablar de mí, sino él. Sin embargo, las anécdotas que me lo recuerdan tienen que ver con estos encuentros azarosos, unas veces alrededor de la Revista Pluma que dirigía Alfonso Hansen y que agrupó a unos cuantos intelectuales de ideas abiertas, al margen de los prejuicios de clase que desafortunadamente han empobrecido la cultura en nuestro país. Allí estaba él, al lado de Jorge Child, Ramón Pérez Mantilla o Rubén Sierra, departiendo con ellos, con su fino y a veces picante humor bogotano. Después lo tuve como tutor del trabajo que realice sobre Vargas Vila, para la colección de Procultura que él dirigía. Lo recuerdo en su despacho de abogado de la carrera séptima, señalando los errores que veía en mi libro, dándome lecciones sobre el decadentismo, que alternaba con consejos contra el insomnio que entonces yo padecía. Tanto en sus cartas como en las conversaciones que el destino me regaló, descubrí a una persona generosa que hablaba con devoción de los poetas que admiraba, como Arturo y de Greiff sobre quienes ofreció conferencias tan rigurosas como profundas y de fervoroso amor por la palabra, recientemente, en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Aquí fue invitado a dar conferencias y a hablar con los jóvenes poetas que quedaron cautivados con su manera de estar. A diferencia de algunos poetas, él no ahorraba elogios cuando reconocía el talento, de los más jóvenes y de sus contemporáneos. Al margen de las luchas por alcanzar fama y celebridad, se mantuvo en una discreta distancia, porque en el fondo era muy pudoroso con estos temas y evitaba despertar envidias que tanto daño pueden causar. Coincidía en Madrid con otros poetas acaso más célebres, pero yo me sentí orgullosa de compartir con él una patria. No buscaba las cámaras ni iba detrás de artículos o publicaciones en torno a su obra, no por evitar el ridículo, sino porque sobria y digna era su naturaleza. Quiero recordarlo al lado de su hija Luz Elena, con quien compartió ese viaje al Madrid que él amaba, tan ligado a los poetas de la generación del 27, que adoptó como maestros y con los que tuvo correspondencia, como Cernuda y Aleixandre. Padre e hija, cuidándose mutuamente, compartiendo con un grupo de amigos la noche madrileña, es la imagen que se queda en mi recuerdo. Aún suena el eco de su voz cálida en el mensaje que me dejó en el contestador, aun siento el calor de la despedida cuando nos vimos hace un par de meses en Bogotá, con Armando Romero y Alonso Aristizábal que le profesa tanta devoción como yo.
Adiós, querido maestro, aunque no es un adiós para siempre, porque ya tiene usted un lugar en el corazón de quienes lo admiramos y nos sentimos orgullosos de compartir su actitud, su amor a la poesía y su profunda fe en la vida.
Usted vivirá mientras viva su recuerdo en nuestros corazones y surgirá con la brisa fresca, cada vez que al abrir una página de sus libros emerjan de nuestra alma sus versos. (Consuelo Triviño, escritora colombiana residente en Madrid, España).

Grato recuerdo
Nos causó mucha tristeza la noticia de la muerte del maestro Fernando Charry Lara, especialmente porque no olvidamos una excelente conferencia que dictó aquí en Medellín, donde nos habló de la mejor poesía española y de sus amistades con las grandes poetas de ese país. Desde entonces nunca nos perdimos sus intervenciones cuando venía por estas tierras (Julio Villegas y un grupo de admiradores del maestro, Medellín)

En el Cervantes
Me tomo la libertad de publicar tu texto en el mensaje de despedida que le he hecho al maestro Fernando Charry Lara en el foro del Cervantes. Te mando el enlace con todo mi afecto: http://cvc.cervantes.es/foros/leer_asunto1.asp?vCodigo=20506

El más grande
Hoy estamos con el alma destrozada, por la muerte del más grande poeta vivo con el que contaba Colombia, y entrañable amigo, con quien tuve la fortuna de participar en evento mundial de literatura en Alemania, en 1986, y de recorrer juntos muchos lugares, incluyendo la visita ritual a la tumba de Schumann, en el cementerio de Bonn... (Carlos-Enrique Ruiz, escritor colombiano, Director de la Revista Aleph, exRector de la Universidad de Caldas).

 

Ref.: Cronopios. Diario virtual para hombres y mujeres de palabra. Fundado en 1990 – Edición del jueves 22 de julio de 2004.

Ultima modificacion el Domingo, 18 de Septiembre de 2011 13:58
Copyright ©Potenciado por Ciudadeje.com