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Domingo, 27 Febrero 2011 10:45

José María Vargas-Vila

por  Jorge Valencia-Jaramillo

Pocas figuras más controvertidas en la historia literaria y política de nuestro país que la de Don José María Vargas-Vila. Nació en Bogotá el 23 de junio de 1860 y murió, en Barcelona, España, el 22 de mayo de 1933. Cuando nace, su padre, el general José María Vargas-Vila, no está presente en el momento del parto pues se encontraba combatiendo bajo el mando, nada menos, que del General Tomás Cipriano de Mosquera. Nace, por lo tanto, Vargas-Vila, en medio de la guerra, bautismo perfecto, como si hubiese sido escogido, premeditadamente, por un destino misterioso y lleno de poderes, dirigido, entonces, a quien estaría, toda su vida, en trance de combate total y sin cuartel, contra gobiernos, iglesias, instituciones, historias, mitos, personas, ideas. Contra una mera pluma en el aire, sí, contra lo que fuera lucharía, durante toda su larga y extraña vida.

Tal como correspondía a su vanidoso talante portó siempre, con orgullo, el nombre de su padre –sus dos nombres y sus dos apellidos–. De Doña Elvira Bonilla Matiz, su madre, sólo quedó una que otra expresión para el recuerdo y el registro familiar. Y un escrito para el día de su muerte que se cumplió al pie de la letra, como veremos después. Cuando un hijo lleva sólo el apellido de su madre se dice, en el lenguaje popular, que es un hijo “natural” y no legítimo. Vargas-Vila, por el contrario, jamás llevó los apellidos de su madre, como si ella no hubiera existido. Pero, cosas de la vida, su padre muere cuando el niño José María tiene únicamente cuatro años de edad. Su madre queda, por lo tanto, viuda, en medio de grandes dificultades económicas y con cinco hijos a cuestas, dos de ellos mujeres que, quién lo hubiera imaginado siendo parte de aquella familia, después serían monjas. ¡Monjas!, gritaría Don José María, ¡monjas!, por Dios, ¡monjas!

Vargas-Vila sólo alcanza a estudiar –dada la falta de recursos– la primaria y la secundaria. De allí, en adelante, fue un autodidacta toda su vida, y no obtuvo, jamás, un grado académico. Con su vanidad y orgullo característicos escribió, cuando ya tenía 59 años, en sus Diarios, cuaderno XV, lo siguiente:

“Fui el autodidacta apasionado y completo; a los veinte años la antigüedad clásica me era familiar; había leído a Homero, Tucídides, Esquilo, Xenofonte y Cicerón. Tenía pasión por Tácito y desprecio por Suetonio; traducía al Dante e imitaba a Virgilio. Todo eso aprendido y leído en la biblioteca de un cura de pueblo que había sido fraile y que poseía el don de la elocuencia. Se llamaba Leandro María Pulido y era cura de almas en el pueblo de Siachoque (...)”

“Durante las vacaciones que el profesorado que yo ejercía desde los diecinueve años, me dejaba, yo me encerraba con él que ya era sexagenario; su reclusión llena de libros me daba una especie de manía por la lectura, aquella era mi universidad (...). Era político enragé (rabioso), conservador y fanático a outrance. ¿Cómo pudo convivir conmigo que era el polo opuesto de sus creencias? Tal vez por la ley de los contrarios”.

El joven combatiente Vargas-Vila crece mientras en Colombia nace y muere el Radicalismo Liberal entre 1860 y 1878. Dicho Radicalismo propugnaba por la constitución de un Estado republicano, completamente laico, por una Iglesia dedicada exclusivamente al culto religioso y por una auténtica democracia económica, social y política. Sobre este movimiento escribiría, más tarde, en su obra: “Los Divinos y los Humanos”, Vargas-Vila lo siguiente:
“¡Qué época! ¡qué generación! ¡qué hombres!
era una como flora gigantesca y extraña, abriéndose en la sombra;
tenían la virilidad, la fuerza, el heroísmo de los grandes novadores;
la Elocuencia, el Talento, la Virtud; todo residía en ellos; los apellidaron los Gólgotas;
antes de ellos, el liberalismo había sido un ensayo débil, pálido, confuso, herido por el militarismo arrebatado por la negra y furiosa ola conservadora;
todos venían de abajo, de la sombra, del pueblo; cunas humildes, de lejanos puntos del país los habían mecido; sangre de campesinos, sana y robusta, circulaba por sus venas; vientos de nuevas y generosas ideas, soplaban sobre ellos; ideales luminosos, sublimes utopías llenaban sus cerebros, y con la piqueta demoledora y el verbo sublime de las grandes revoluciones, escalaron la cima para anunciar al pueblo la buena nueva;
el partido conservador imperaba omnipotente; fundado por el General Bolívar, para sostener su dictadura, los conservadores, como los leones de la Libia que se escudan con las reverberaciones del sol, para no ser vistos, se amparaban con las glorias del héroe inmortal para dominar la República;
generales mediocres, y políticos rutinarios, ocupaban la cima y formaban un Olimpo grotesco;
el pueblo, embrutecido por la ignorancia, y dominado por el sacerdocio, no pensaba ni vivía vida intelectual;
todo era sombra en el horizonte.
Santander había muerto. (...)”

Vargas-Vila contaba sólo 16 años cuando decide enrolarse en las fuerzas liberales comandadas por el General Santos Acosta para defender de la rebelión conservadora el que, a la postre, sería el último gobierno del Olimpo Radical y que, a la sazón, estaba en peligro: el gobierno de Don Aquileo Parra Gómez.

A los 20 años de edad, ya con algunos conocimientos militares y después de múltiples lecturas, hechas todas con inmensa pasión, sobre el culto a las glorias del pasado, a los héroes puros del Radicalismo, a los ideales de un gobierno que rompiera con todas las cadenas que ataban a Colombia, decide, con gran pena, marcharse, al no encontrar una mejor oportunidad en su ciudad natal, para la ciudad de Ibagué donde funge como maestro de escuela.

Después de algún tiempo regresa a Bogotá y, por esas cosas del destino, su destino, entra a trabajar como profesor en el colegio “Liceo de la Infancia”, dirigido por el sacerdote Tomás Escobar, colegio en el cual, según cuenta la historia, se educaba lo más selecto de la sociedad bogotana –se dice, por ejemplo, que uno de esos alumnos fue José Asunción Silva–. Tenía a la sazón, Vargas-Vila, 24 años de edad. Molesto, por las más diversas razones, con el rector del colegio, resuelve, un día cualquiera, acusarlo, públicamente, de homosexual, afirmando que, a escondidas, tenía amores con muchos de sus alumnos. Lo hace publicando un artículo en un periódico radical llamado “La Actualidad”, dirigido, nada más y nada menos que por Juan de Dios Uribe, apodado el “Indio Uribe”, una de las plumas más afiladas y venenosas que haya conocido Colombia. El escándalo fue mayúsculo. Vargas-Vila sometido a juicio y los estudiantes llamados a declarar. Ni que decir que Don José María fue condenado por difamador, blasfemo e impío y, obviamente, expulsado de la institución.

Ante la imposibilidad de conseguir un nuevo trabajo en la ciudad pues la opinión, manipulada por la Iglesia Católica, se había volcado toda en contra suya, emigró, en busca de nuevos aires, a la ciudad de Tunja, donde fue a parar, quien lo creyera, -su destino, ya dije- a la casa del canónigo Leandro María Pulido.

Estando de maestro en Villa de Leiva, puesto que le consiguió, precisamente, el canónigo Pulido y habiendo cumplido 25 años de edad, lo sorprende la revolución del 85. Acepta trabajar, como secretario del General radical Daniel Hernández, quien decide encabezar un alzamiento contra el presidente Rafael Núñez, jefe del partido “nacionalista” y caudillo indiscutible de la “Regeneración Nacional”. Nada le atrae más que ir de nuevo a la batalla a jugarse -en medio del humo de la pólvora- la vida, todo por el ideal romántico del Radicalismo Liberal. El levantamiento se había iniciado, precisamente, en el Estado Soberano de Santander. Y por este camino de la guerra llegan él y sus compañeros, a la histórica batalla de La Humareda. Allí, creyendo ganarlo todo, lo pierden todo. Muere el propio General Hernández. Vargas-Vila, ante la incertidumbre que se cierne sobre su vida, tiene que huir a los Llanos Orientales donde, el también General Gabriel Vargas Santos, lejano pariente suyo, le da protección y abrigo en su hacienda “El Limbo”, nombre por demás curioso, en verdad. En medio de aquella soledad y presa del desencanto por lo sucedido, escribe una encendida diatriba contra Núñez y la Regeneración, titulada: “Pinceladas sobre la última revolución de Colombia; Siluetas Bélicas”. No ahorró en ella ni adjetivo ni vituperio contra los jefes políticos de la Regeneración, mostrando, de manera caricaturesca, su vil sometimiento a las negras sotanas; poniendo en ridículo las supuestas virtudes de estos llamados prohombres; presentándolos como seres humanos despreciables, únicamente interesados en adquirir el poder para su propio beneficio.

Pero más se tardaron en ser conocidos sus escritos que su cabeza quedara, de manera inmediata, puesta a precio. Ante la inmensa gravedad de la situación el General Vargas, de la manera más sincera, le dice que no hay otra alternativa que la de escapar a Venezuela. Vargas-Vila lo piensa, largamente, pues no desea abandonar su país. Pero el riesgo de perder la vida a edad tan temprana era superior a sus sentimientos y deseos. Mira queda y sombriamente a su patria, como si fuese a verla por última vez pues sabe, ciertamente, que el Coronel Pedro Mesa comanda el pelotón que tiene la orden de llevarlo a Bogotá, vivo o muerto. Premonitoriamente siente que su corazón se desgarra y que, tal vez, jamás pueda regresar a su tierra. Empezaría así un interminable peregrinaje por el mundo que sólo terminaría, muchos años después, con su muerte en Barcelona.

Con Vargas-Vila van también, de hecho, al exilio, otros grandes luchadores políticos: Juan de Dios Uribe, “el Indio”, de quien ya hablamos, César Conto y Diógenes Arrieta.

Vargas-Vila, ya en Venezuela, decide instalarse en un pequeño pueblo llamado Rubio, localizado en la frontera. No quiere alejarse de su patria, pues tal vez mañana pueda regresar. Funda un periódico: “La Federación” y empieza con pasión, –cuándo no–, decisión y la mayor violencia posible, un ataque despiadado contra Núñez y contra toda la Regeneración. El gobierno de Colombia, naturalmente, se queja y presiona por todos los medios posibles ante el gobierno dictatorial de Guzmán Blanco de Venezuela para que se prohíba esta publicación. Éste vacila, pero, finalmente, cede ante las ingentes gestiones diplomáticas de Núñez y decide, por lo tanto, que el periódico debe clausurarse. Vargas-Vila, desilusionado y perseguido, se traslada a Maracaibo pero con la decisión y la pasión que prácticamente nunca lo abandonarían, reanuda sus escritos contra la Regeneración en distintos medios de esa ciudad. Escribe, por lo tanto, en lo que se lo permita, sea importante o menor la respectiva publicación, no importa, con tal de atacar a Núñez. De esos momentos de su vida son: “De la Guerra de 1885” y “La Regeneración en Colombia ante el Tribunal de la Historia”. Podríamos afirmar también que en esos instantes hace suyos y para siempre, los principios e ideales del Romanticismo Liberal.

Ante diversas circunstancias, especialmente de carácter económico y con el deseo de buscarse un espacio más amplio, Vargas-Vila decide trasladarse a Caracas. En 1887 funda allí la revista Eco Andino. En el mismo año y en compañía de “el Indio” Uribe y Diógenes Arrieta, funda la revista “Los Refractarios”. El nombre, no hay que ser muy imaginativo, lo dice todo: sólo y exclusivamente aceptarán publicar lo que esté de acuerdo con sus principios y creencias, lo demás irá a parar al cesto de la basura. “Refractarios somos”, dirán, “refractarios”.

Y fue allí, en Caracas, en 1888, precisamente, que a la muerte de su compañero y gran amigo, Diógenes Arrieta, y habiendo publicado, muy recientemente una de sus novelas más comentadas y escandalosas: “Flor de Fango”, que Vargas-Vila pronuncia la oración fúnebre que quedaría eternamente grabada en la memoria de sus amigos y seguidores, la que se recuerda tal vez más que ningún otro de sus escritos, la que dejó estupefactos a todos sus compañeros en aquel día de infortunio, la que se considera su obra maestra.

Dijo, en aquel cementerio, Vargas-Vila, lo siguiente:

“señores:
la grandeza de este muerto, proscribe de aquí la religión;
no hay aquí más rito, que el rito del cariño;
no oficia aquí, sino un sacerdote: el dolor;
suplamos las preces de la piedad, con las preces de la amistad;
¡oh! el gran muerto;
ya se hundió en la sombra eterna, en la tiniebla insondable, en el abismo infinito;
la fe cree ver el vuelo de las almas, en la región oscura de ultratumba, en un viaje mitológico hacia no sé qué lejano horizonte poblado de quimeras;
el pensador se inclina sereno a la orilla del sepulcro, y ve en el polvo, que hacia el polvo rueda, la solución completa de la vida;
ni Calvario, ni Tabor; nada es la tumba;
ni castigo, ni redención, nada es la muerte;
es el descanso eterno...; la infinita calma... la quietud suprema...
¡el Nirvana Redentor!;
el sueño del cual nunca se despierta, en brazos de la madre primitiva;
¡felices los que se prenden, primero que nosotros, al pezón inagotable de esa madre, siempre joven!
salidos de su seno, al seno vuelven, y duermen al abrigo del dolor;
todos allí tornamos;
y, entre tanto...
¡oh! pensador augusto;
te saludo.
¡salve! ¡salve, gladiador vencido!
sobre tu duro cabezal de piedra, tu frente de coloso reverbera;
como un nidar de águilas marinas, que la espantosa tempestad de nieve, sorprende y mata sobre el nido mismo, así en tu cerebro luminoso, muertas quedaron las ideas soberbias, sin vida los grandiosos pensamientos, cuando la muerte, con su mano ruda, te oprimió el corazón y la garganta;
tus labios, catarata de armonías, como un torrente exhausto, yacen mudos;
como un pájaro herido, la palabra plegó las alas, rebotando el vuelo; y expiró sollozando entre tus labios;
¡oh¡ cantor inmortal!
¿quién como tú hará las estrofas demoledoras, esos cánticos bravíos, esas rimas sacrílegas, iconoclastas, que como verbo de Lucrecio y acentos de Luciano, pasaban por los cerebros, disipando sombras, expulsando dioses, azotando errores, borrando de las almas inocentes las últimas leyendas del milagro, los cuentos de los viejos taumaturgos?
¡oh¡ tribuno prodigioso!
aún me parece oír la severa armonía de tus frases, bajando de la alta cátedra, donde brotaban las ideas cantando, mariposas de luz, aves canoras, que tenían del águila y la alondra, de los panales que libaba Homero, y del encanto que fulgía en Platón;
y, ¡aquellos días de luchas tribunicias...!
aún me parece escuchar, vibrando en el espacio como una catarata en la montaña, el rumor de tu verbo portentoso;
como una tempestad en el desierto, pasaba así, tu acento de tribuno, dominando las hoscas multitudes, o haciéndolas erguirse amenazantes cual las olas de un mar embravecido; y, encadenando a ti las almas todas;
y, pasaba como un huracán, por sobre los espíritus asombrados, desarraigando las creencias que alimentan la ignorancia, citando al error ante tu barra, atacando al monstruo en su guarida;
y, trayendo a tus plantas, ya vencido, y aún sangriento y hosco: el fanatismo;
¡oh! tu acento aquel, que recordaba el soplo poderoso que atraviesa por las páginas incendiadas de la Biblia, ardiendo zarzas, incendiando montes, hendiendo rocas, deteniendo ríos, y fijando el sol sobre los cielos, para alumbrar una hecatombe siniestra;
¡oh¡ patria mía!
¡oh¡ patria infortunada...!
de a orillas de esa tumba, te saludo;
en esta tempestad de lodo, que ha nublado tu cielo antes brillante, y ha anegado tus bosques, tus plantíos, tus valles, tus montañas, tus palmeras, produciendo no sé qué extraña floración exótica, que ha envenenado el aire con sus miasmas; y, una fauna de monstruos y reptiles, que viven en el fango que han formado;
bajo este viento, que viniendo de no sé qué incógnitas neveras, ha hollado las cimas y los llanos, haciendo vacilar los grandes árboles e inclinarse encinas gigantescas;
en esta pavorosa noche moral, que ha caído sobre ti, ver apagar los astros en tu cielo, llena las almas de un horror inmenso;
en esta hora trágica de tu historia, ¡oh¡ mártir infortunada! ¡oh¡ Níobe americana, la muerte de tus grandes hijos, es más triste!
en el reinado del crimen, la muerte de la virtud, es un castigo;
cuando Catón se suicida, César vive;
de sus entrañas desgarradas, brota el monstruo;
cuando Thraseas sucumbe, Nerón ríe;
la sangre del Justo, alimenta sus verdugos;
mas, no envilezcamos la historia, comparando;
¡aquellos que te oprimen, patria mía, bien la deshonran con pasar por ella!
¡cómo se van tus grandes hombres!
ayer, no más, Francisco Eustaquio Álvarez, el Foción de tu tribuna, el que hizo enmudecer con su elocuencia, los sicorantas garrudos del César; y, cegar con el esplendor de su palabra, a los traidores, mudos de vergüenza;
hoy, Arrieta, el más grande orador, que muerto Rojas Garrido, haya pisado tu tribuna;
llora, ¡oh¡ patria infortunada!, ¡llora tus hijos muertos!
en este éxodo doloroso, a que el despotismo condena tus grandes caracteres, cuando la caravana doliente de tus hijos va marcando con los huesos de sus muertos las playas de Europa y las de América, llorar esos grandes desaparecidos es tu deber;
mientras tienes la fuerza de ser libre, guarda el derecho augusto de estar triste;
Sión, de los pueblos americanos, ¿no te alzarás jamás?
madre de Macabeos, vela tu rostro y desgarra tu vientre profanado, si es que infecundo es ya para la gloria;
y, tú, ¡oh¡ muerto ilustre!
duerme en paz, al calor de una tierra amiga, a la sombra de una bandera gloriosa, lejos de aquel imperio monacal que nos deshonra;
duerme aquí en tierra libre;
tu tumba será sagrada;
aquí no vendrán, en la noche silenciosa –como irían en tu patria–, los lobos del fanatismo a aullar en torno a tu sepulcro, hambrientos de tu gloria;
los chacales místicos no rondarán tu fosa;
y, las hienas, las asquerosas hienas de la Iglesia, no vendrán a profanar tu tumba, desenterrando tus huesos, para hacer con ellos, el festín de su venganza;
¡duerme tranquilo!: has muerto en una patria, en que sería glorioso haber nacido;
descansa, ¡oh¡ maestro! ¡oh¡ mi amigo!;
duerme para siempre;
los muertos como tú, no se despiertan; ni escuchan la trompeta del arcángel; ni acuden a la cita final en Palestina;
sobre tumbas como la tuya, donde la luz impide que germine la beatífica luz de la quimera, no se detiene el Cristo mítico, ni abre su floración de sueños el milagro;
nadie los llama a juicio;
tú lo dijiste:
Aquel que dijo a Lázaro: ¡Levántate! No ha vuelto en los sepulcros a llamar;
¡no llamará en el tuyo!
¡duerme en paz!.”

Pues bien, como fruto lógico de todas estas acciones en contra del gobierno de su país, la permanencia de Vargas-Vila en Venezuela se complica en extremo. El ejecutivo colombiano continúa y profundiza su protesta pues no acepta que un país “amigo” dé albergue a quien de manera tan terrible y despiadada lo ataca. Venezuela vacila pues no quiere aplicar la censura y callar a este escritor ya bastante popular pero, finalmente, cede y le pide que abandone el país. Vargas-Vila, desconcertado, pues no pensó nunca que tal cosa fuera a suceder, no sabe hacia dónde ir. Después de considerar varias opciones se decide por Curazao y Nueva York. No sería esta, sinembargo, una buena elección, como se verá después. Allí, en la populosa ciudad, conoce a Eloy Alfaro, importante político ecuatoriano. Consigue empleo en el periódico El Progreso. Y, ni corto ni perezoso, disponiendo de una nueva tribuna y sin importarle donde estuviera, retoma su pluma y reinicia su carga de artillería contra los tiranos de Colombia y Venezuela. Pero tanta dicha y tanta libertad duran poco y los dueños del periódico, preocupados por los escritos de su colaborador, deciden retirarlo. Pero él no iba a cruzarse de brazos, ni más faltaba. Funda, entonces, –otra más–, la revista Hispano América donde, además de los consabidos ataques, publica varios cuentos que después recogería en su libro Copo de Espumas. No obstante, su situación económica y social se torna difícil. Piensa que lo mejor tal vez sea irse para Europa pero no encuentra fácilmente algún oficio que se lo permita. Pero ya su fama de escritor es considerable. Su amigo Eloy Alfaro había llegado al poder en el Ecuador en 1895. Vargas-Vila le pide ayuda y aquél lo nombra, en 1899, ministro plenipotenciario en la embajada del Ecuador en Roma. En esta ciudad publicaría, más tarde, su muy conocida obra: “Ante los Bárbaros”, toda ella contra los Estados Unidos de América. En 1900 pasa a París. Allí inicia su amistad con Rubén Darío, el gran poeta nicaragüense. Durante estos años ya se va dedicando más a sus escritos literarios y menos a los de carácter periodístico. Entre 1900 y 1903 escribió “Rosas de la Tarde” e “Ibis”. Estas narraciones terminaron por darle una gran notoriedad en toda Latinoamérica.

“Ante los Bárbaros” es uno de sus libros más famosos. Es una diatriba violenta, implacable y total contra los Estados Unidos, país en el cual, precisamente, había vivido como exiliado. El escándalo de esta publicación no pudo ser mayor. En él dice cosas como estas:
“El yanki; he ahí el enemigo”
(...)
“Es esta hora trágica y sin ejemplo, la que escojo para la publicación de este libro...
él, sintetiza y, condensa, veinticinco años de batallas verbales, al pie de un mismo ideal...
veinticinco años de profetización estéril, sobre esas mismas murallas, ya medio derruidas y, en parte ocupadas... por los bárbaros;
inútil, estéril, como todo Verbo de Profeta, que anuncia el castigo y no lo evita...
relámpago que alumbra la boca del Abismo y, no impide al ciego caer en él...
inútiles fueron mis palabras, ante los pueblos ciegos, que no supieron sino insultarlas...
en plena guerra, hispano-yanki, yo dije la inutilidad del sacrificio, y anuncié que de la bella Isla disputada, no se haría nunca una nacionalidad independiente...
y, la Isla Heroica, no hizo sino cambiar de Amo...
la fatal Elena, cambió de lecho...
no dejando a sus defensores, sino el triste derecho de cambiar de idioma...
el sacrificio de Martí, estéril fue, y, no tuvo el Héroe Soñador, otro triunfo, que la suprema derrota de verse convertido en piedra...
y, dicen que en las noches, su estatua llora, sobre la tierra esclava...
yo, anuncié la separación de Panamá, cuando la inútil crueldad de José Manuel Marroquín, asesinando a Victoriano Lorenzo, estranguló en lo alto de la horca, la paciencia de aquel Pueblo...
un puñado de colombianos, arrancó después a Colombia esa estrella de su escudo...
y, esa estrella ha sido atraída fatalmente, hacia el sistema de las constelaciones del Norte...
yo, anuncié la Conquista de Nicaragua, y, la conquista fue...
y, como todos los profetas, fui lapidado a causa de mis profecías...
y, ellas perdidas fueron, como tragadas por la mar profunda o devoradas por la selva inmensa...
de esas profecías vencidas hago este libro...
es un tropel de gritos en la Noche;
de gritos encadenados...
voces vencidas...
los hombres y, los acontecimientos me vencieron...
estoy tristemente orgulloso de ese vencimiento;
mis derrotas, valen más que esas victorias...
ser vencido con la Libertad, eso es la Gloria...
vencer la Libertad, eso es el Crimen...
y, yo caí, vencido con la Libertad...
Los gritos de ese combate forman este libro;
permanezco fiel a ellos...
fiel a ese Ideal, de mi juventud y de mi edad madura;
entro en la vejez abrazado a él...
espero el triunfo lejano de ese Ideal;
creo en ese triunfo, que mis ojos mortales no han de ver...
esperar es la forma más bella de creer...
yo, he matado en mí la Fe, pero no he matado la Esperanza;
ella canta en mi corazón...
Yo espero;
arrojo la semilla en el surco, y, espero el nacimiento del Sol, sobre los cielos remotos;
desde el fondo de mi Soledad, yo saludo el levantar lejano de esa Aurora.”

En 1903, pretendiendo que nada ha pasado con la publicación de su libro, regresa a Nueva York donde funda la revista Némesis (en la mitología griega Némesis es la personificación del sentimiento de la venganza divina ante lo injusto), el nombre, pues, es totalmente deliberado, escogido cuidadosamente para que sus enemigos supieran de antemano lo que allí iba a publicarse. Aparecen, entonces, y siempre lanza en ristre, virulentos ataques contra todas las dictaduras latinoamericanas. También, cómo no, ataques furibundos contra Norteamérica, por sus acciones en Centroamérica, en Cuba, en las Filipinas, en Haití y, especialmente, por la toma de Panamá. La revista pronto se torna famosa. Vargas-Vila la edita cuidadosa, apasionadamente. Pero, obviamente, los Estados Unidos no iban a tolerar semejantes injurias hechas bajo sus propias barbas y un día lo declara “persona no grata” y lo obliga a empacar apresuradamente sus maletas y marcharse, de nuevo, hacia Europa.

Tiene, sinembargo, la gran suerte de que su amigo Rubén Darío lo hace nombrar cónsul general de Nicaragua, en Madrid. Era, a la sazón, el año de 1905. Es ya, sin discusión alguna, intelectualmente admirado, pero también temido y odiado por las academias, la mayoría de los escritores y, prácticamente, todos los gobiernos. Su vida personal es cada vez más difícil: neurótico, huraño, distante, solitario, sin ninguna compañía que se pudiera calificar de íntima. Se torna agresivo e intolerante con las personas cercanas. Su médico le receta que busque otros aires y que descanse. Se va a vivir a Venecia. Pero es un breve paréntesis. No se siente a gusto, regresa a París, pero el gobierno de Nicaragua lo envía a cumplir funciones consulares a Madrid. Pero, definitivamente, Vargas-Vila no era, ni de lejos, hombre para la diplomacia. Abandona su cargo y se dedica a la edición y publicación de sus libros y, después de cortas estancias, entre París y Madrid se radica en Barcelona. Podría decirse que fue entre 1900 y 1914 que sus novelas alcanzaron una gran difusión y eran muy buena parte de la vida de la juventud latinoamericana. Románticas, radicales, extravagantes.

En 1910 publica “Los Césares de la Decadencia”, una de sus obras más violentas y memorables. Allí ataca con toda la violencia de que es capaz a dictadores y políticos. Sobre Núñez dice que “pertenecía a la raza triste de los tiranos filósofos”. De Miguel Antonio Caro dice “no usó el poder sino para empequeñecerse” y que “hubo dos cosas inseparables en él: la tiranía y la gramática”. Agrega, además, que “fue un sátiro de las rimas”.

Vargas-Vila llegó a recibir grandes sumas por las regalías de sus libros y su popularidad como escritor fue inmensa. Sinembargo, hoy día, su nombre casi no se menciona en las antologías literarias. Pero para nada de esta suerte lo pondría triste. En su “Diario”, en febrero de 1920, escribiría: “La idea de que en el porvenir yo pueda ser juzgado como un literato me entristece. La literatura no fue para mí sino un vehículo de mis ideas, y fue en ese sentido que yo escribí mis novelas y juicios críticos y libros de estética pura. Yo no quiero ser desnudado de mis arreos de combatiente, ni aún en el fondo del sepulcro”

En 1924 resuelve hacer una gira por América Latina. Visita Brasil, Uruguay, Argentina y México. Tiene pensado visitar Bogotá pero al conocer las constantes y duras diatribas contra él, especialmente del clero, sólo llega hasta Barranquilla. Los curas ofrecían desde los púlpitos llamas eternas a quienes leyeran sus libros lo cual hizo que sus libros volvieran a venderse con fuerza en el país. Pero ante tanta hostilidad regresa a Barcelona, donde pasa los últimos años de su vida, en la más completa soledad. Los obreros españoles lo leían con el mayor entusiasmo, lo consideraban un anarquista y un socialista.

A propósito de su situación había escrito en su “Diario”, en el cuaderno XIII, en 1918, lo siguiente: “El amor no fue pasión mía. (...). El aprendizaje de la soledad no fue penoso; yo había nacido un solitario y lo fui desde mi niñez... nunca tuve amores, nunca tuve amigos; las mujeres que fatigaron mi sexo no entraron jamás en mi corazón, cuando entré en la soledad no tuve que expulsarlas de ella...”


Vargas-Vila fue siempre un defensor y un apóstol de las ideas libertarias y un apasionado contradictor de la Iglesia Católica. Consideraba que eran desmedidos sus privilegios y que era ella la causa fundamental del dogmatismo y la intolerancia que imperaban en nuestra patria. Blandió, pues, por el mundo entero, los emblemas de la libertad y la justicia.

En el año de 1980, quien estas palabras hoy pronuncia, “encuentra” en Barcelona, guiado por el ilustre cónsul de Colombia en esa ciudad, Don Benjamín Montoya, la tumba de Don José María Vargas-Vila, en el cementerio de “Las Corts”. Considera, al igual que el señor cónsul y muchos otros colombianos, que sus restos deben ser repatriados. Emprendo, en consecuencia, la tarea y es así como el 24 de mayo de 1981 llegan dichos restos a Bogotá. Allí descansan, en el Cementerio Central y estoy seguro que no precisamente en paz. Están, en el panteón masónico, pues masón fue Don José María.
Su voluntad, para el día de su muerte, había sido:
“Cuando yo muera, poned mi cuerpo desnudo,
como a la tierra vino;
en una caja de madera de pino;
sin barniz, sin forros, sin adornos vanos de recia ostentación;
poned mi pluma entre mis manos;
y el retrato de mi madre sobre mi corazón;
y como epitafio, grabad únicamente esto:
Varga Vila”.
Y ese ataúd que mis ojos, sí, estos ojos, vieron, era de pino, sin barniz, sin adorno alguno. Y desnudo lo enterraron y allí, sobre su pecho, el retrato de su madre. Todo, exactamente todo, como él lo había querido. El retrato de aquella madre – ¡que dolor!- de la que no llevó nunca sus apellidos pero con la que, en postrer sentimiento, quiso viajar a la eternidad.
Añoró a su Patria cientos y cientos de veces pero también la maldijo. Por eso, antes de morir, escribió: “sólo pido al viento misericordioso, que no sople hacia occidente, y no lleve un átomo de ellas hacia las playas de mi patria. Yo no quiero ese último destierro; lloraría de dolor aquel átomo de mis cenizas”.

Pero mi corazón de poeta, no obstante, en un acto de intrepidez, se negó a cumplir su última voluntad y por ello es bien probable que esta misma noche él mismo maldiga, desde los propios infiernos, el discutible homenaje que ahora le hago. Prefiero no obstante sus maldiciones, absolutamente las prefiero, a imaginarlo solo y abandonado, allá, en tierra extranjera. La suerte del destierro, del exilio, que jamás quisiera para mí, para él, para nadie en este mundo.

 

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