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Domingo, 27 Febrero 2011 10:55

¡Resurrección, Lutecia!

por  Consuelo Triviño-Anzola

D’ogni dolcezza vedovo,/ tristo; ma no turbato, /
ma placido il mio stato,/ il volto era seren.
G. Leopardi

Próximo a cumplir cuarenta años, edad en la que un hombre empieza a reflexionar sobre su presente y su pasado, me encuentro en una encrucijada; entre dos continentes, uno que me arroja furioso a los mares y otro que me recibe con su calma abacial. Al mirarme en el espejo de mi soledad, surge una pregunta que me atormenta; ella siembra terribles dudas que intento despejar en estas memorias, en las que mi alma se presenta desnuda. ¿Por qué no pude ser el poeta del pueblo y para el pueblo, cuando la suerte parecía encomendarme esa tarea? Acaso porque a mi lira le faltaron tres cuerdas: fe, patriotismo y amor.

Perdí la fe en la infancia cuando postrado ante la imagen del crucificado la turba fanática se agolpó en torno a mí y temí ser devorado por aquellas criaturas salvajes; dejé de defender las banderas del patriotismo cuando tomé conciencia de mi destino americano y aún más, me hice hombre universal cuando comprendí que el arte no tiene patria; renegué del amor cuando me di cuenta de que era una de las más humillantes formas de esclavitud. ¿A quién podía cantarle entonces? No tuve dios, no tuve patria, no tuve un amor; en mí sobrevivió sólo una única pasión, a la que no he renunciado jamás y por la que he sacrificado todo cuanto soy: ¡LA LIBERTAD!

En esta mítica ciudad empieza la segunda parte de mi vida; de ella quedará constancia en estas páginas que trazarán los rasgos de mi cara, a lo largo de los años; mientras las musas me asistan, me sentaré a la luz del candil, cuando el pájaro de Atenea levante el vuelo. En el silencio de mi estudio, desataré las cuerdas de esta tela de sueños que ha sido mi vida; y bordaré el tapiz más hermoso con las fibras más íntimas de mi ser. Daré cuenta de mis noches y mis días, reviviré el instante fugaz y me deleitaré al verme vivir en el umbral del siglo que se aproxima, con sus luces multicolores y sus fastuosas celebraciones. Entro en esta segunda etapa de mi vida con el siglo naciente, mirando hacia el futuro, sin poder olvidar el pasado oprobioso.
[...]

Una niebla tenue envuelve la solitaria calle donde se sitúa el hotel en que me albergo; sobrio y confortable, en una zona discreta, entre el Arco del Triunfo y el Arco de l’Etoile; es el refugio ideal para las meditaciones de mi espíritu, ansioso de alcanzar las cimas. Las miradas perversas, las sentencias, que me persiguen en los sueños, no llegan hasta aquí. Quedan atrás las tormentas tropicales que azotan a aquellas repúblicas amenazadas por el despotismo, donde marchan los heraldos negros. Esa manada de cuervos ávidos de carroña, caen sobre los señalados por los sabuesos a sueldo del régimen. Allá los campos abandonados están sembrados de muerte, la guerra hunde en la miseria a la patria. La inteligencia no tiene otra posibilidad que la huida hacia las ciudades europeas. Allá las madres lloran a sus hijos sin atreverse a mirar el cielo para no insultar al dios cruel que permite el reinado del mal. Allá mueren de rabia y de impotencia los que alguna vez soñaron con la libertad. Allá el pueblo humillado se arrastra hacia los confesionarios donde la bestia apocalíptica se regodea en su dolor.

Sentado ante la ventana escucho los rumores de los transeúntes ocasionales, mientras mi corazón ausente da la espalda a los campos desolados de aquel país que me ha sido tan fatal. Mi jornada de trabajo en esta ciudad termina a las once de la mañana y empieza a las ocho. Antes de sumergirme en el mundo de mis creaciones realizo mis habituales abluciones sin prisa alguna. A eso de las siete pido el desayuno que me traen a la habitación y enseguida retomo el ritmo de trabajo intenso que alimenta mi espíritu y fatiga mi cuerpo. A las once y media me preparo para dar un breve paseo, antes de regresar a la hora del almuerzo.

El hotel Florida, donde me albergo, fue inaugurado por un francés argentinizado que arribó a Lutecia con el ánimo de hacer fortuna gracias a la Exposición Universal; no le va a ser difícil, cobrando entre 11 y 30 francos por pensión completa, como si del Bristol o del Ritz se tratara. Los precios han subido casi hasta un 50 por ciento debido al magno acontecimiento; la usura de los mercaderes no da tregua y aprovecha cualquier ocasión para despojarnos del fruto de nuestro esfuerzo, en mi caso, de mi pluma, el único instrumento de trabajo que me ha dado el destino. La severa dieta contra la dispepsia, prescrita por mi médico, contribuirá a incrementar la fortuna de este hombre de negocios. Una taza de té al desayuno, acompañada de tostadas y fruta; un plato de verduras, pechuga de pollo hervida, como almuerzo; una ensalada y pescado a la hora de la cena; nada de azúcar, ninguna clase de licor, salvo en las inevitables reuniones sociales. Semejante menú no constituye un gasto excesivo, aunque a mí me corresponda añadir una cantidad extra a la cuenta del hotel.

A los treinta y nueve años me persigue la fama de hombre austero, unida a la de excéntrico. La plebe no perdona a aquellas personas que se atreven a diferenciarse del común; ignora la complejidad del hombre contemporáneo, desconoce su psique, desconfía del artista hiperestésico que necesita la soledad para darse a sus creaciones. No ha mucho esta misma ciudad albergó mis tristezas en el quartier latin a donde llegué, buscando una brújula que me señalara el horizonte, ante la persecución de que fui objeto por parte de los emisarios del tirano. Aconsejado por aquella alma generosa y noble que sacrificó la vida por la patria, me di a la tarea de escribir mis libelos. La motofobia me mantuvo encerrado, prácticamente en la penumbra, aterrorizado ante el bullicio callejero.

Recuerdo haber pasado cerca de dos años sin atravesar ninguno de los puentes que llevan de la rive droite a la rive gauche. Residía en mi petit apartament de la rue Jacob, atormentado por los fantasmas que me perseguían. Solo entablé amistad con un anciano profesor de la Facultad de Medicina que solía comer en el mismo restaurante al que yo acudía y quien me instruyó sobre el mal que padecía.
El bullicio de los bulevares me resultaba intolerable, por lo que evitaba los gritos de los vendedores de frutas y verduras, que todavía se cruzan en mi camino, ofreciendo los más exóticos productos, sombreros, telas, jaulas de pájaros; los voceadores de la prensa que dan cuenta de los sucesos más sensacionalistas; los timadores, siempre a la caza de extranjeros incautos. Entonces, sólo encontraba consuelo en los clásicos latinos que ya conocía en mi temprana juventud. De vez en cuando recibía tristes noticias procedentes de aquellas bárbaras tierras. Y tuve que cerrar las puertas de mi corazón para no enfermar de dolor. Hoy trato de mantenerme indiferente al clamor de la juventud huérfana de héroes, después de comprobar la tragedia de la historia.

El mozo que trae el journal se despide al marcharse con una venia, agradecido por la generosa propina que le acaba de extender monsieur, l’ecrivain de l’Amerique Latine. Dedico una hora a la lectura de la prensa, por lo general el Petite Journal a la mañana; y en las tardes, el Débats, únicas publicaciones que encajan con mis preferencias ideológicas. Por encima de mis convicciones políticas, yo no fui, no soy ni seré más que un escritor. El horizonte que se abre ante mí está poblado por mis obras, las que estoy escribiendo y las que ya tengo en mente para el día siguiente. Si los dioses castigaran mi arrogancia, les bastaría con amputarme las manos; aun así dictaría mis obras a quien pudiera escribirlas en mi nombre. En esta nueva era que se inicia me he hecho a mí mismo la promesa de no apartarme de mis creaciones, de no sucumbir a la tentación de la hora trágica que reclama la palabra afilada para combatir a la tiranía. Sinembargo, ese propósito se diluye con las noticias que me llegan del otro lado. La pasión política me roba un tiempo precioso que estaría mejor empleado en la búsqueda de la belleza y hago oídos sordos a la juventud liberal de aquel país que me reclama. Mis creaciones cargadas de intensa pasión y erotismo trágico, son en este momento lo más apreciado, lo más querido y a ellas pienso entregar el resto de mi vida.

Después de las cruentas batallas libradas desde los periódicos fundados y financiados por mí, pese a la amenaza de los servicios secretos yanquis, la barca me trae a puerto seguro, a la ciudad donde reposan los restos del más grande de los genios, el divino Hugo. Aquí aguardo la llegada de mi hijo, que regresará en un mes para acompañarme a Roma. Mi pluma, ávida de tempestades, se agita nerviosa por las tragedias que me habitan y que exigen ver la luz, para conjurar el sufrimiento del artista incomprendido, las pasiones feroces que lo dominan y el deseo profundo de belleza que lo arrastra, incluso hasta las aguas turbias donde florece una diosa terrible. La única medicina contra las pesadillas nocturnas es el diario ejercicio. Escribir me deja exhausto pero me reconforta, mantiene vivo mi espíritu y despierta mi imaginación.

Yo que libré en soledad todos los combates, he de vivir en soledad el peso de mis derrotas, tanto como el orgullo de mis victorias. Haber vivido en las entrañas de la fiera y disparado contra ella mis flechas envenenadas, ha sido el mayor de mis triunfos. En esta hora aciaga dirigen los destinos de la América Latina los siervos de la gleba al servicio del yanqui: Sanclemente en Colombia, Estrada Cabrera en Guatemala, Porfirio Díaz en México, reelegido por cuarta vez, y en Venezuela, Andrade. Muchos de estos déspotas se hacen llamar a sí mismo liberales y escudándose en el Partido Liberal han desgarrado las entrañas de la democracia. Díaz le arrebató la espada a Juárez; Estrada Cabrera, a Rufino Barrios y con ella flagela al pueblo de Guatemala. Yo, como escritor liberal, acuso a esos asesinos del noble ideal.

Mi hijo permanece en Nueva York dado a ordenar la contabilidad y a cerrar los proyectos heroicos de mi juventud errante, Hispanoamérica y La Revista. Fruto de mis entrañas, éstas vieron la luz en 1893 y se han alimentado de mi pluma cuando nos vimos obligados a dejar la tierra que nos acogió. Ellas son mi única arma contra los tiranos que amordazan la libertad. Las dos deben clausurarse para que Némesis, mi diosa de la venganza, agite sus rayos en esta ciudad grata a mi espíritu atormentado. Ibis, la flor más rara de mi jardín, reposa en los cajones de mi escritorio, próxima a ser enviada a la imprenta de Gaetano Pistolezzi con quien he entrado en contacto. Me asusta el coste de la edición, pero mi hijo me empuja a hacerlo con la promesa de que se encargará de todo, como hasta ahora ha hecho. Desde el mes de marzo no he parado de trabajar en la corrección del libelo que acapara mi tiempo. Sus páginas dormían en una quietud despectiva, en un silencio indolente en el que mi alma desdeñosa quiso envolverlas. Al arribar a esta ciudad, ellas mismas han pedido ver la luz. ¡Que sus rayos atronadores se escuchen a todo lo largo y ancho del continente americano sacrificado por el despotismo! ¡Que la juventud despierte de su letargo y arroje del templo a los mercaderes! Sí, estoy a punto de finalizar la corrección de Ante los bárbaros, cuando empiezan a brotar las hojas de los árboles y los almendros mecen sus ramas floridas. Los rígidos inviernos del Norte, en la gigantesca urbe acerada, poco tienen que ver con ésta primavera parisina cuyos árboles sensuales tienden las ramas a la luz y ostentan el verdor de sus tiernos brotes.

Al otro lado, la infamia se enseñorea y enturbia mi reposo con los ecos que me llegan, cuando alguna vez departo en el café con compatriotas exaltados. Éstos se lamentan por el atropello a las libertades en la lejana patria. A la postre, sólo piensan en sus pequeños comercios amenazados por la crisis económica; los tiranos nos cubren de oprobio, nos obligan a pagar un precio muy alto por su servilismo ante el extranjero. Gracias a la crápula, los bárbaros marchan triunfales sobre los campos, adueñándose de las riquezas de nuestro suelo; estos chacales son los mismos que asolan la isla maravillosa por quien el apóstol entregara su vida; ahora ella pertenece a los bárbaros del norte que extienden sus garras por el suelo de la América Central, financiando pequeñas guerras y colocando en el gobierno a sus títeres. Recuerdo cuando en Nueva York visité a Martí en su despacho donde se entregaba en cuerpo y alma a la tarea de redimir de la esclavitud a los cubanos. Entonces pude escuchar de sus labios el acento melancólico del alma de su pueblo; el tono de su voz, a veces, se alzaba vibrante, poderoso y terrible; el héroe convencía porque su elocuencia era la del corazón; sus frases manaban teñidas de tonalidades oscuras y radiantes que traían a mi mente las palabras Patria y Libertad.

Martí colaboraba para la revista La América en la que también escribía un ser de extremada pequeñez mental como César Zumeta. Paradojalmente el destino hizo coincidir en las mismas páginas la grandeza del genio, por un lado, y la estulticia, por otro. A las órdenes de Andueza Palacio, asumió la dirección del El Pueblo en 1890, iniciándose así en el diarismo, aunque lo suyo fue medrar a la sombra de los poderosos y traicionarlos, cuando su ambición desmedida vislumbraba la derrota de unos y el triunfo de otros. Le conocí en Caracas encontrándome yo al servicio de mi gran amigo el presidente Joaquín Crespo, a quien yo asesoraba por entonces, luego lo volví a ver en Nueva York despotricando contra su antiguo benefactor. Pensando en el apóstol, me apresuro con la publicación de este libelo en el que denuncio la ignominia, no vaya a plagiarme Zumeta que aprovecha la menor oportunidad para alcanzar celebridad en la prensa extranjera. Sólo hay que leer los periódicos para comprender el avance hacia el sur de los chacales del norte y sus intenciones sobre el istmo. Ante hechos tan abominables, el hombre de pensamiento debe hablar alto y sin miedo en las horas trágicas de la Historia. Como una rosa de oro y púrpura, la palabra reveladora brotará de los labios prodigiosos; el verbo vibrante debe sacudir los nervios de la multitud dormida, despertar las pasiones heroicas, mover a la rebelión. Yo sólo tengo mi pluma; es lo único que puedo ofrecerle a la patria.

¡Oh, lo que daría por borrar de mi memoria los años oscuros de mi juventud mancillada! En aquel tiempo era un joven que aspiraba a defender la bandera de la libertad para plantarla en las cimas de los Andes; yo seguía a los valerosos radicales que expusieron su vida por la dignidad del pueblo, allá por el año de 1876. Los rizos cubrían mi frente de arcángel cuando tomé el fusil para unirme a los generales en defensa de la patria que hollaban siniestros conservadores y sotanudos, agazapados en los confesionarios. Me estremezco al pensar que uno de ellos ha hecho de esta ciudad la cueva de sus vanas elucubraciones filológicas. Un compatriota, a quien la envidia envenena la sangre, me comenta, con su tono relamido insoportable, que Rufino José Cuervo, residente en París, mantiene correspondencia con lo más granado de las letras españolas, alemanas e italianas. Es claro que la cerveza produce delirios en este filólogo que se dice clásico y del que tan orgulloso se sienten mis compatriotas; quien en otro tiempo se entregara a la tarea de lavar botellas y barriles, quien se enriqueciera emborrachando a la plebe, el infame cobrador que acosaba a los dueños de las fondas y las tabernas de la capital colombiana, es ahora un distinguido y respetable gramático. Nada me ha parecido más despreciable que los gramáticos de limitado horizonte, espermatozoarios del arte, a la caza de gazapos ante la ausencia de grandes ideales. Cuervo es uno de esos cuatro académicos que ha dado el país, momias que pierden el tiempo discutiendo por una coma, escribiendo silvas anacreónticas, sonetos al pecado original, o haciendo traducciones de Virgilio.

Pronunciar los nombres de Caro y Cuervo es evocar la carroña, nada más y nada menos que llamar a las hienas a mancillar la tumba de los espíritus libres, azuzar a los verdugos que torturan al pueblo indefenso con sus sermones escorpiónicos. Defensores de las ideas más retrógradas, refractarios al progreso, como todos los conservadores, inclinaron la cerviz ante la madrastra y se hicieron eco de los valores más abominables de la hispanidad: la religión y esa lengua anquilosada en el medioevo, que estaría muerta si no fuera por la sangre americana que corre por sus venas, con sus ansias de libertad y sus deseos expansivos. En mi infancia me horrorizaba escucharlos. Entonces hubiera sido capaz del mayor sacrificio para evitarle al Cristo los padecimientos de la cruz. Temía, sobre todo, a aquellos seres cuyas fúnebres maquinaciones finalmente pusieron los ojos en mí para deshonrarme. No sé cuál otro hubiera sido mi destino si la pobreza, con su rostro de Gorgona, no hubiera amenazado permanentemente el humilde hogar que me vio nacer. Era yo el designado por los dioses para redimir a los míos y tuve que ejercer la tarea de educar a los cachorros de la patria. Fue entonces cuando el destino me enseñó lo que es la maldad humana, haciéndome padecer la calumnia. Se había acomodado en el poder aquella hiena inmunda, el tirano esfinge que pondría precio a mi cabeza, Rafael Núñez, el déspota que después de defender la libertad se sentó en la silla presidencial para escribir el más vergonzante evangelio de reacción, el que asesinó la democracia naciente en aquella triste república que dejó de llamarse Estados Unidos de Colombia, por obra y gracia del tirano, para designarse Colombia en 1886. Calumniado, lapidado y perseguido, tuve que buscar refugio en Venezuela. Durante su mandato presidencial se fraguó el más siniestro de los planes para asesinar la libertad. En nombre de la dignidad y de los más altos valores, los radicales nos resistimos desde la prensa, pero la guerra sucia contra nosotros no daba tregua. En 1885 se me desterró y escapé hacia los Llanos orientales sin poder ahorrarle a mi madre el dolor de la pérdida, ni la incertidumbre en que se sumía la familia con una mísera pensión que las aves rapaces intentaban arrebatarle.

En aquella tierra noble, cuna del Libertador, recibí la protección de los amigos y admiradores de mi pluma que apoyaron mis juveniles empresas, publicando esos primeros escritos que, pese a mi voluntad, me han dado tanta fama. Testimonio de esos años oscuros son mis Siluetas bélicas. Aquel país de valerosos llaneros me compensaba así de tanta mezquindad; allí fue donde la fortuna puso ante mí a este hijo que es la luz de mis ojos. Muy pronto partiré con él hacia Roma, la ciudad eterna, donde mi buen amigo Eloy Alfaro ha tenido a bien nombrarme representante diplomático. Defensor del ideario liberal, esta alma noble recorrió el mundo llevando su mensaje; tras vencer al tirano Veintemilla, es elegido presidente en 1897, ahora lucha por conseguir la separación entre la Iglesia y el Estado en el Ecuador, mientras Colombia va en dirección contraria ¿Cómo es posible semejante ignominia? Por todo eso me repugna tener que presentar mis respetos a esa momia que se hace llamar León XIII.

En Lutecia donde la libertad ejerce su reinado, todo es grato a mi espíritu; la música de la lengua francesa, que aprendí en mi juventud de un reputado profesor nativo, llega a mis oídos como un bálsamo en esta tierra libre que me acoge con sus dulces sonoridades y sus embriagadores ritmos. Hacia 1883 enseñaba yo ese idioma a mis alumnos de los colegios de la capital de aquella salvaje república, que pese a todo sigo llamando patria, mientras me desempeñaba como maestro de escuela, que es como llaman despectivamente en sus selvas a los que nos dedicamos a la noble tarea de formar almas. Fue a través de los autores franceses que aprendí a amar la libertad. Sí, yo un simple maestro de escuela, lo repito con orgullo ante aquellos que mancillaron mi honor, conocía por entonces a los enciclopedistas, a Voltaire, a Diderot y a Montesquieu, y al gran Hugo, ellos fueron para mí los maestros de negación y atrevimiento, ante el fanatismo que dominaba y aún domina la jungla en donde las fieras agazapadas conspiran contra la democracia.

En este refugio, en la zona de Trocadero, estoy cerca de los pabellones que empiezan a instalarse para la próxima exposición. El entorno, surcado por grandes avenidas que parecen contagiarse del silencio, promete la visita de las musas. La ciudad luz es como un rumor de almas que se desplazan cual cisnes recogidos, encerradas en sus propios pensamientos; su secreta belleza me inspira poemas que acaban siendo sacrificados por los rayos vengativos de la justicia. Ello se debe acaso a que las calles aledañas llevan nombres de guerreros y de batallas, Kléber, Marçeau, La Grande Armée, se dirían espadas aceradas de ese haz de victorias ganadas con la espada de aquel hijo de Córcega. Es justamente por la avenida Kléber que voy hasta la zona de Trocadero para seguir de cerca las obras ya muy avanzadas para la exposición; los pabellones se sitúan en torno al Campo de Marte, a la otra orilla del Sena.

Como al águila solitaria, huyo de las bandadas sonámbulas, evito esa turba inconsciente, caminando hacia Montmartre, lugar histórico ligado a los acontecimientos de la Comuna, convertido en centro de la vida artística y de la bohemia que me es tan ajena y donde ahora se construye una enorme catedral de tipo romano-bizantino. En la distancia vislumbro los tejados de la ciudad, se dirían rocas envueltas en velos de tul, tras las azulidades pálidas del cielo. La contemplación del paisaje trae reposo a mi agitado corazón. En este lugar respiro un hálito de paz, lejos del bullicio citadino, de la inquietud de la foule que se concentra en los bulevares.

La ciudad es como un gran archipiélago de islas con vida propia, con sus pequeños comercios que abastecen a los ciudadanos, con sus brasseries, cafés, librerías y galerías. En la esquina de la rue Léo Délibes con la avenida Kléber, donde se sitúa mi hotel, se encuentra el lujoso Baltimore donde se alojan ricos americanos que vienen atraídos por las novedades de la Exposición. París alimenta la imaginación, enciende el ánimo con sus luces nocturnas que llenan de magia el paisaje urbano y ofrecen tentaciones a los transeúntes. Pero, una vez asimilados a la urbe, cuando habitamos un barrio, es como si viviéramos en una isla, puedes pasar meses sin traspasar los límites de tu distrito, donde el vendedor y el camarero se acostumbran a tu presencia; de modo que se preguntan por tu estado de salud cuando faltas a la cita acostumbrada. Cada isla tiene su propio ritmo, su propia respiración, aunque en el fondo nadie conoce a nadie. Sólo el embarque de Citerea sirve de punto de encuentro; esa isla maravillosa está enclavada en pleno corazón de París y va desde las columnas de la Madeleine hasta la Place de la Republique donde la austeridad de Minerva parece lamentar los desafueros de su opuesta Venus, poderosa rival que emerge de las plateadas olas de este pantano. Por momentos, esas aguas nos dan la ilusión de un mar turbio y tormentoso a la vez, con la más frágil de todas sus naves: la virtud. Los seres que amamos la soledad, gustamos de estas islas en las que nuestro pensamiento puede emprender el vuelo.

Yanquilandia con su gigantesca urbe que mide el valor de las cosas no por la calidad sino por el tamaño y la cantidad, me permitió sobrevivir gracias a mi pluma. Allí comprendí que era preciso fundar mis propios periódicos para no padecer la humillación de obedecer a un amo. Y fui libre entre los proscritos de todos los pueblos que en Nueva York seguían el agitado y endemoniado ritmo de la vida moderna, entre comerciantes e individuos solitarios cuya meta se medía en cifras económicas gracias a la libertad de comercio, que erigía su antorcha en el firmamento. La tribuna sin libertad como dijo Hugo, no es aceptable sino para el orador sin dignidad. Los Estados Unidos han erigido su estatua a la Libertad que para ellos se reduce a comerciar sin barreras y saquear impunemente a los vecinos del sur. En cambio, en París la libertad de prensa permite la existencia de 160 periódicos políticos entre las 2.400 publicaciones que incluyen revistas, diarios y semanarios. La prensa libre, donde es posible el debate de ideas, es un faro que ilumina la marcha de la sociedad. Tal vez sea ésta la razón de la tranquilidad que me invade y que por breves instantes me devuelve la ilusión de la juventud. Presiento que en esta ciudad florecerán los laureles rojos, que seré aclamado por los espíritus libres, por aquellos que aman la belleza de las rosas manchadas de sangre, en cuyos pétalos se agita la vida como un temblor de alas.
Ahora puedo abandonar mi refugio para deambular bajo la azulidad melancólica, entre las arboledas. En ausencia de mi hijo, paseo por los Campos Eliseos, cercanos al hotel. He rehusado a los amigos, me he negado al amor, hasta crearme fama de misántropo; raras veces concedo entrevistas y sólo en ocasiones especiales me cito con los pocos escritores que admiro. Tengo enemigos domesticados, criaturas temerosas de mi pluma que se acercan con halagos, como aquel mozo guatemalteco, andrógino mórbido, que un día fue a visitarme a mi hotel a pedirme una carta de recomendación. Al principio se aprovechó de la pasión común que nos vinculaba a Darío, pero después dejaría al descubierto sus intereses ocultos. Quería que le escribiera a Ignacio Andrade, presidente de Venezuela, y a Gumersindo Rivas, director del diario oficioso de aquella república. No tengo ninguna relación con el enano trágico que gobierna el país que me acogió en mi juventud combativa, ni con el vil asesor que pone su pluma al servicio de la infamia. Aunque tuviera trato con esas bestias abyectas, no hubiera sucumbido a la pretensión de este mozo que dice ser el amante de Verlaine. Omitiría su nombre para detener la náusea, pero no puedo. De no ser por Darío a quien tan unido está, no le hubiera dirigido la palabra en las numerosas ocasiones en que, por desgracia, hemos coincidido y en las que habríamos de coincidir posteriormente. Semejante espécimen es Gómez Carrillo, tengo que decirlo para liberarme de la bilis que me produce su forma de avergonzar a la bohemia. Empeñado en buscar abrigo bajo los harapos de la gloria, siempre se cobijará bajo el árbol más frondoso, como el propio Zumeta de quien me dice mi hijo, va a publicar un libelo similar al mío que llevará el título de “La ley del cabestro”. La oscuridad sobre el pasado puede corromper las mentes más lúcidas y es evidente que en el caso de este huérfano, adoptado por Tomasa Zumeta de Foxerost, su oscuridad lo conduce por senderos pantanosos. No le auguro demasiados éxitos a ese cuadrúpedo al que es preciso llevar a rastras. Sinembargo, he de adelantar la publicación del libelo mío por un segundo motivo.

[...]

Mi hijo anuncia su llegada al puerto de Le Havre en el vapor “L’Espagne”; no hallo la hora de abrazarlo en Saint Lazare. El tren arribará pasado mañana, según el telegrama que me envía. Mi corazón se agita ante la idea de reencontrarlo, de escuchar de su boca las noticias relacionadas con la situación de las frágiles repúblicas centroamericanas, unidas a forzosamente o separadas con sangre, de acuerdo a los intereses yanquis; allí estaré para darle la bienvenida, ansioso de empezar a trabajar por nuestros proyectos y organizar los asuntos que nos llevan a la Ciudad Eterna. Conviene salir con tiempo para instalarnos en Roma donde he de presentar mis credenciales y firmar el contrato con el editor a quien mi hijo le ha enviado las rosas rojas bañadas con mi sangre... alea jacta est. Sólo me resta esperar a que el mar proceloso deje escuchar las reacciones histéricas de los que se escandalizan de la verdad del arte. El rencor es la forma negra del amor que mi verbo irradia desvelando la verdad de mi ser, mientras los hipócritas, ocultos tras frases convencionales y afectadas maneras, son incapaces de afrontar sus sentimientos.

Ha llegado la hora de desvelar las verdades de la condición humana, de desenmascarar la mentira del amor burgués, proclamado por la Iglesia; de poner en evidencia la esclavitud que ese vínculo representa para los espíritus nobles. El joven soñador se ve atrapado en esas mentiras que tras la apariencia de una bella mujer, lo conducen a la ruina del ideal. Mi Ibis, esa rara avis de las riberas del Nilo, es fruto de un sueño magnífico que se adueñó de mí en ese medio comercial de brutalidad y cosmopolitismo que domina la ciudad de Nueva York. Allí hube de alejarme de todo ambiente artístico e intelectual que no fueran las propias ideaciones, surgidas de mi entraña y reservarlas para estas latitudes pletóricas de energía, dispuestas a defender los ideales de libertad, escritos con sangre en épocas pasadas.

Al fin se acerca el momento de fulminar con los rayos atronadores de la pasión el reinado de la ignominia. Mis libros, sembradores de pavor, dejarán huellas en las generaciones futuras. Mi nombre hará rabiar a los tiranos, a todo lo largo del Continente Americano, y cuantas criaturas han arrojado su baba nauseabunda sobre mi rostro. Como Cristo dirigiéndose al Gólgota, fui asediado por multitud de rostros deformados por la perfidia, con los ojos anegados de llanto, impotente ante la calumnia. A esas visiones debo acaso los males que me atormentan, las alimañas nocturnas que me persiguen y contra las que me defiendo con mi pluma. De Roma me atrae el gran D’Annunzio que me será presentado en una recepción a la que asistirá lo más granado de la nobleza toscana. Mi hijo y yo hemos sido invitados por el editor que me augura una amistad duradera con este genio capaz de escribir tragedias líricas como El placer. Acabo de leer esa magnífica obra de arte, sorprendido ante las semejanzas que nos unen. ¿Cómo es posible que yo, un escritor nacido en la austeridad de las montañas andinas, guarde tantas afinidades con este príncipe de las letras? ¿Cómo es posible que comparta con el genio italiano la sensualidad que es privilegio de los pueblos mediterráneos, cuyo contacto con la belleza ha refinado sus gustos hasta hacernos perder el sentido?

Para estar a tono con la ocasión he visitado al sastre a quien pienso encargarle el smoking que llevaré el día de la ceremonia; ordenaré un chaleco de seda a juego para completar la ya numerosa colección que se ha convertido en un signo de distinción en mí; no hay periódico que no se ocupe de mi indumentaria y yo leo con desprecio las opiniones de los diaristas que me consideran un hombre estrafalario. Desde mi juventud cuido con esmero mi toilette; le pido al barbero que preste atención al moustache que ahora tiene un toque algo chic. Mis labios sensuales destacan en la fisonomía, según, he oído decir, se comenta entre las damas. Alrededor del cuello llevo una cinta de seda que remato con un broche de plata en cuyo centro reposa, cuasi prisionera, una esmeralda a la que le tengo especial aprecio por ser precisamente la piedra emblemática de mi ingrata tierra. Soy poco dado a los perfumes baratos, por eso mantengo siempre un agua de colonia de Gallé con la que me refresco durante los periodos estivales. Ahora peino mis cabellos hacia atrás, para dejar totalmente al descubierto mi altiva frente. La originalidad ha sido mi consigna y la aplico en todos los aspectos de mi vida. Quien ha querido designarme con el apelativo de “apóstol de la literatura mulata”, debió haber mirado con codicia el corte de mis trajes a la medida, los innumerables chalecos, mi gusto por los bibelots que decoran el ambiente que me circunda, las joyas raras que encargo al joyero como aquella curiosa serpiente al estilo de Lalique con incrustaciones de piedras preciosas, que he mandado tallar al mejor joyero de París. En mi tocador abundan los sofisticados frascos de Gallé con intensas esencias, al lado de sus vasos de cristal tallado, que emulan formas de inspiración oriental con sus tonalidades opalinas las cuales, vistas a través de la luz, ostentan sus delicadas líneas.

Muchos querrán verme en los cafés de esta ciudad, pero yo rehuyo esos ambientes donde se dan cita, por lo general, charlatanes y buscones indignos. Prefiero la soledad de los jardines donde mi mirada se pierde en los detalles, desde el bordado de los trajes de las damas hasta los delicados pétalos de una flor, en la que se posa una mariposa temblorosa. Cualquier motivo extraño o curioso puede inspirarme bellas imágenes que al llegar a mi refugio quiero inmortalizar, ya sea en una historia de pasión y de dolor o en un canto de amor desesperado e imposible, de aquellos que conmueven hasta las lágrimas. El imposible, como el infinito, ese horizonte de belleza que se despliega, expande el espíritu del hombre y lo anima a volar cada vez más alto.

Ante la magnificencia del paisaje, en los atardeceres silenciosos, mi alma se recoge como el cisne pensativo; huyo del bullicio de los café-concert, de los teatros, de los restaurantes ostentosos como el Maxim’s que acaba de inaugurarse y a donde acuden los herederos de las grandes fortunas. Con sus revestimientos de madera caoba, con sillones de cuero, amplios espejos, cerámicas y terciopelos, su estilo da mucho que hablar incluso entre quienes no tienen forma de traspasar el dintel de la puerta. Huyo del lujo excesivo tanto como de los seres vulgares que sucumben con aspavientos al despilfarro de materiales nobles; sólo el venerable Nicolás Estévanez, que heroicamente se opuso en Cuba a los crímenes de la Corona Española, abandonando el ejército, es capaz de llevarme a la tertulia del Cluny donde comentamos los artículos de la prensa referidos a la situación de Centroamérica, a la que tan ligado está. La sencillez de este noble republicano indigna a la masonería con sus jerarcas y sus principios. Siendo el más revolucionario entre los miembros del Partido Republicano Federal, era por naturaleza enemigo de la monarquía retardataria y tuvo que exiliarse tras la restauración aunque regresaba por periodos breves a España para encontrarse con sus compatriotas. Amigo de Pi i Margall con quien lucha por el establecimiento de la II República, tras la muerte de éste quedaría muy atribulado. El maestro de negaciones que fue Estévanez, jamás se aprovechó del ejercicio de la política para enriquecerse, ni para proyectar sus personales ambiciones. Ahora está por completo entregado a escribir sus memorias y yo me siento muy honrado con las confidencias que me hace sobre la situación política europea.

[...]

Tan intensos han sido los días en Roma que no tuve la calma necesaria para plasmar mis impresiones desde que arribé de nuevo a Lutecia. El editor me esperaba allá con los brazos abiertos, augurándome fama y fortuna. Al escucharlo sonreía de sólo pensar en la inversión tan grande que habíamos hecho mi hijo y yo y de la que aún no veíamos beneficios. Tenía sobre su escritorio los manuscritos de Ibis que había releído; emocionado, prometió darlos a la luz en otoño, época del año en que según él, corren mejor suerte las novedades. Tras un verano intenso en el que fuimos invitados a disfrutar la campiña y a visitar las bellas y sagradas ciudades italianas, regresamos a Roma. Esta ciudad se adueñó para siempre de mi corazón y ya no podré sustraerme a su influjo; tanto me sugestionó su belleza que vagué por las siete colinas como un cautivo que no quiere huir del lugar donde está su amor. París ahora me despierta otros sentimientos, pese a lo que ella representa para mí. Esta ciudad es la Minerva prodigiosa e inagotable de cuya belleza parte todo el pensamiento y luz mental que hay en el mundo. Pero no ha capturado por completo mi ánimo y mi atención, como sí lo ha conseguido aquella Sibila pensativa que es Roma.

Mi júbilo fue mayor cuando, al volver, el editor cumplió su promesa y al mes tuve entre mis manos a Ibis recién salida de la imprenta en el luminoso otoño de 1899. ¡Ve, libro mío, hay áspides en el desierto: no los temas; no temas a Livor, la furia triste!, dije para mis adentros, mientras cerraba los ojos para capturar la sonrisa de mi madre, que dentro de mí se complacía. Has de saber que la lengua de la sierpe no es un cincel; ella lame, no talla y su mordedura es una caricia para el mármol de que estás hecho. Cuánta distancia entre este medio embriagado por el arte y la sensualidad y aquel otro pacato y vergonzosamente comercial, como el de Nueva York donde un agente pretendió la publicación de Ibis. Las autoridades se escandalizaron de la carátula que tenía por sujet una mujer desnuda con la caballera larga como único atavío. El pudor yanqui sufrió un estremecimiento de horror al ver la belleza puesta al desnudo. Ante la castidad de esa imagen, enrojecieron los aranceles y la obra fue confiscada por inmoral en la aduana. No acaba de ver la luz y este libro mío ya provoca reacciones viscerales que le auguran un futuro glorioso.

[…]

Regresamos a París para asistir a la Exposición que se inaugura el 15 de abril y que se viene preparando desde hace casi diez años; el propósito es despedir el siglo, abrir los brazos al naciente siglo XX con las muestras de modernidad de que pueden hacer gala los franceses. Nos instalamos de nuevo en el hotel Florida, 5, rue Léo Delibes, en la zona de Trocadero. El dueño del establecimiento nos ha mantenido la reserva los meses que permanecimos en Roma. Mi hijo opina que debemos buscar un petit appartement, ante las expectativas que empieza a despertar Ibis entre los editores; éstos prometen interesantes contactos que nos obligarán a venir a menudo. Por ahora he tenido una propuesta de la casa Bouret que está muy interesada en las obras que proyecto escribir. Mi hijo opina que a pesar de mi misantropía debo aceptar invitaciones a tertulias y dejarme ver de los editores y los directores de revistas que se reúnen para intercambiar cotilleos, pero también para ofrecer y sonsacar información sobre proyectos literarios. Acaso por su juventud ignora lo que es la traición. Mi fama es obra mía y de nadie más, pero no niego que la envidia ha contribuido a acrecentarla. En cuanto a los editores, serán ellos los que vengan a mí, debido al éxito que está teniendo Ibis.

En cierto modo estoy arrepentido de haber dejado Roma para venir a este hormiguero humano que es París, con motivo de la Exposición. Aquí todo me parece a gran escala y en proporciones colosales. Son 112 hectáreas de terreno a lo largo del Sena donde se sitúan los distintos pabellones. No me impresionan estas soberbias muestras de grandeza, como a Darío que mira con asombro los adelantos del progreso en el que ya no creo, y que tanto se asemeja a la colosal arrogancia de la raza anglosajona implantada en América. En el Palacio de la Horticultura se exponen hasta la fatiga las variedades de flores y frutos y yo, al contemplar el espectáculo, pienso en las filigranas y en las finas sedas donde han de ser bordados esos abigarrados motivos. Como una basta joyería perfumada se proyectan suavísimas coloraciones que inspirarían a nuestro padre Hugo. Ni el Gran Palais con sus magníficas columnas, ni el Petit Palais con sus capiteles jónicos y sus mármoles, me sorprenden después de haber estado en Grecia. Las obras de ingeniería civil, en el Pabellón de Medios de Transporte, me apabullan. Pretenden hacernos transitar por el vientre de la tierra, en el Metropolitano que se inaugurará en el mes de julio. El trayecto Este-Oeste abarcará la zona comprendida entre Vincennes y Maillot. Ni atado de pies y manos me llevarán por esos vagones, avanzando como un gusano ciego bajo la tierra. Los trabajos para lo que será el Metropolitano, un portento de la ingeniería humana, tienen alborotada la ciudad, más que el caso Dreyfus que acaparó la atención de la prensa. Los entendidos dicen que el Sena es el eje principal de dicha exposición. Trabajadores van y vienen acarreando materiales, todos se apuran por concluir las obras y empiezan a llegar representantes de los países participantes. Me ocupo por entero de este libelo mío que debe salir a la luz, ante las pretensiones de Zumeta. Lo doy por concluido en la ciudad de París el primer día de este florido abril de 1900. Enseguida partiré con él a Roma, después de cumplir con algunos compromisos en Lutecia; lo he dedicado a la memoria inmortal de Juan de Dios Uribe, diarista invencible, proscrito irreductible, muerto en el destierro la noche genésica del triunfo, en la hora augural de la victoria.

Recibo noticias de Ibis. Mis libros empiezan a alborotar la grey en aquellas tierras bárbaras. Las trágicas negaciones del maestro ruedan de boca en boca y yo permanezco ajeno al reclame, reticente a la gloria; una vez siembro mis rosas, las dejo crecer libres y empiezo a cultivar otras flores extrañas. Mi hijo se ocupa de recoger la nutrida correspondencia relacionada con Ibis. Este libro mío es como una explosión nitrácea que no aspira a otra cosa que a derrumbar el templo de la tradición para que pueda verse un pedazo de cielo libre, que arrojará luz sobre tanta mentira. Por encima de todas las filosofías, se impone la grandiosidad del ser humano que es capaz de sobrepasar los límites morales para defender la más profunda verdad de la existencia.

He aquí que recibo una carta amenazadora de una joven que me acusa de haber llevado al suicidio a su joven amante. ¿Qué puedo decirle? Que me enorgullezco de ver brotar manchadas de sangre las rosas que he sembrado... Le pido a mi hijo que prepare una carta para mi amable enemiga y la acompañe de una postal con la imagen de la doncella más bella que imaginarse pueda. A su dolor sólo puedo enfrentar la belleza. Acaso algún día llegue a comprender la grandeza del suicidio de un muchacho que ha preferido sacrificarse antes que ejercer sobre ella su dominio. Hermosa Salomé que mandó degollar al profeta en su inconsciencia trágica, terrible Dalila que le robó la energía a su amor. Soberana triunfal, vencedora de todas las batallas, tuyo será siempre el reino indiscutible de la belleza y de la muerte. Con esa frase termina la carta firmada por mí, enviada a esa virgen que sin saberlo está encadenada al dragón del deseo, con su hábito de castidad a punto de ser destrozado por las garras de la bestia.
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Ref.: Primer capítulo de la obra “La semilla de la ira” (La gran novela sobre José María Vargas-Vila), Ed. Seix Barral – Biblioteca Breve, Bogotá 2008 (pp. 7-27)

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