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Domingo, 27 Febrero 2011 11:13

El regreso de Vargas-Vila

por  William Ospina

Tenemos que creer que es el personaje quien nos habla, no el autor de la novela disfrazado con la ropa del personaje, ni un conjunto de datos históricos amontonados y cubiertos finalmente por una máscara. Ese desafío es mucho mayor si el personaje es un escritor, porque el novelista corre el riesgo de creer que el tono en que escribimos es el que da la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino. Ese error puede hacer que le demos a Víctor Hugo la voz de trueno que tienen sus versos, que impongamos a la vida de Flaubert la extenuante precisión que gastaba en sus obras, que soñemos que Borges se agotaba en fantasías enciclopédicas e ignoremos las minucias increíbles de su vida cotidiana.

Pero la verdad es que hay una diferencia entre la voz pública de un escritor y su voz íntima. José Asunción Silva, que era patético y melancólico en sus versos, muy posiblemente era festivo, ingenioso y artificioso en su vida diaria. Gabriel García Márquez es mucho más contenido y austero, menos desenfadado, cuando habla directamente de sí mismo que cuando nos narra sus imaginaciones.

Ese desafío de encontrar la voz verdadera de un personaje era casi insuperable en el caso de José María Vargas-Vila, porque el tono de sus libros y de sus libelos es continuamente clamoroso y efectista, y hasta la disposición tipográfica de sus novelas y de sus ensayos quiere abrumar al lector con efectos declamativos y escénicos. Se diría que Vargas-Vila no escribe sus libros sino que los maquina, los maniobra, los entona y los proclama con una intencionalidad insidiosa, hasta el punto de que si hay algo que se nos escapa es la noción de su soledad, de quién puede ser ese señor frondoso y decorativo cuando está solo, cuando no tiene público, cuando no está atrincherado en la escenografía de sus panfletos.

No quiero decir con eso que Vargas-Vila sea un autor desdeñable. Al contrario, creo que es uno de los autores más llamativos de nuestra literatura, y que muy posiblemente lo mejor de su obra es él mismo, la imagen que se construyó, sus fugas y sus clamores, sus odios y sus calumnias, el soplo de sus leyendas y el rastro de rumores que dejaba a su paso, ese universo pasional y mental del que arrancaba la desfallecida y memorable ambientación de sus páginas.

Y creo también que la célebre y maligna frase con que Borges intentó despacharlo al olvido es más ingeniosa que justa. Borges era tan celoso de sus autores que nunca se animaba a mencionar a alguien si no se proponía convertirlo para siempre en parte de su mitología, en una forma perdurable de su canon. Al decir que Vargas-Vila es autor del insulto más espléndido de la literatura, le confirió un lugar de privilegio en su cielo literario, aunque a continuación tuviera que medirse con él, e intentar despacharlo con una ofensa equivalente. Ese era el sentido del juego.

Vargas-Vila, fácilmente descalificable desde la teoría literaria, y desde las delicadezas o las vanidades de la crítica, tiene a su favor el haber sido el autor más leído en el ámbito de la lengua castellana por décadas, precisamente en esas décadas que siguieron al Modernismo, cuando estaba renaciendo esta lengua para el mundo; y tiene además la virtud de que sus lectores, como los de Almafuerte, eran la gente del común, lo que no es inexacto llamar con ese nombre mítico: el pueblo.

Si bien es verdad que su literatura nos parece hoy ardua y farragosa, también lo es que muy a menudo sus páginas nos deparan verdaderas joyas de la expresión, del ingenio, de la pasión y de la indignación.

A veces hay que navegar y sumergirse y casi ahogarse por aguas procelosas e ingratas, pero al final encontramos la perla. Y esos pequeños destellos son tan notables que justifican la paciencia y la espera. Si Borges, tan mesurado, se anima a decir que el insulto de Vargas-Vila contra Santos Chocano (“los dioses no consintieron que José Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él, ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia”) es la más espléndida injuria, es porque Vargas-Vila impone la hipérbole. Vargas-Vila es hombre de momentos, de ráfagas, a veces necesita acumular emociones, énfasis, indignaciones, hasta llegar al clímax que le permite darles forma a sus frases deslumbrantes. Los autores de aforismos, cuando son buenos, nos dan piadosamente sólo sus momentos afortunados. En Vargas-Vila tenemos que asistir a largas y coléricas gestaciones, digresiones vanidosas, extravíos, antes de que aparezca el relámpago. Es divino cuando descarga el rayo, pero nos parece demasiado humano mientras lo está forjando. Con un autor así, nada más difícil que encontrar el tono, no de su literatura, sino de su alma, de su soledad y de su monólogo interior.

Consuelo Triviño lo ha logrado de un modo asombroso. Su novela en tono autobiográfico sobre “el divino” Vargas-Vila, La semilla de la ira, es una larga, serena y sostenida obra de arte. No se ha tomado simplemente el trabajo de leer y de estudiar a su personaje, se ha posesionado de su existencia con una pasión, una sobriedad, una profundidad y una belleza pocas veces vistas en nuestra literatura. Este libro sobre Vargas-Vila es un libro grande, elocuente, argumentado, sabio, que no sólo nos entrega el alma de un hombre sino el tono de toda una época y muchas claves del destino de nuestro continente.

He escrito sobriedad, y ya adivino las voces de algunos lectores que preguntarán con razón si escribir con sobriedad sobre Vargas-Vila no equivale a traicionarlo para siempre. El lenguaje nos cobra sus servidumbres. El tono en que escribe Consuelo Triviño en La semilla de la ira es mucho más sobrio, mucho más equilibrado y controlado que la conocida retórica de Vargas-Vila, pero sabe seguirlo por el camino de su pensamiento, de su estética y de su pathos de profeta vanidoso y errante. Y es allí donde la labor de la novelista alcanza su mayor virtuosismo, porque no renuncia a los ornamentos parnasianos y simbolistas, a los pasteles y las acuarelas de la estética decadentista de finales del siglo XIX, no renuncia a los cisnes ni a los ópalos, a los lirios y las ánforas, a las cabelleras áureas y las bellezas lánguidas de sus personajes de camafeo, pero logra hacernos sentir todas esas cosas, no como adjetivos de las imposturas y las decadencias de un hombre, sino como el espíritu de una época. Esta es una verdadera y virtuosa reconstrucción histórica, un fresco de la “belle époque”, una delicada novela con todos los motivos espaciales y emocionales de eso que llamaron el “fin de siècle” y que era en realidad el final de un mundo.

Sus arboledas brumosas, sus “crepúsculos del jardín”, sus “ebúrneos cisnes”, su naturaleza y su estatuaria están en otros, en Darío, en Lugones, en Herrera y Reissig, en Valencia, y antes de ellos en Leconte de L’isle, en Verlaine, en D’Annunzio, pero aquí no están como las formas ingenuas de un credo estético sino como los eficaces símbolos de un alma arrebatada por el estilo de su época, ebria de esas ilusiones que siempre nos hacen confundir las verdades eternas con los vanos énfasis de la actualidad. La fuerza del lenguaje de Consuelo Triviño logra destacar la originalidad de un hombre entre los decorados de una época. Y Vargas-Vila emerge de estas páginas como un personaje mucho más complejo de lo que nos enseñó la tradición. Emerge como el signo de un momento de Occidente en que los grandes hombres tenían no sólo sed de idealidad sino de irrealidad. El sueño de la belleza encarnado en un ideal luciferino y mórbido era una manera de luchar contra el prosaísmo de la vida; en nuestras naciones postergadas era un grito contra las brutalidades de la política y contra las hipocresías de la religión; y en todo el ámbito de la cultura, era la eterna rebelión contra las mucho más conmovedoras erosiones y descomposiciones del tiempo.

Vargas-Vila vuelve en este libro como un luchador de la libertad, más verdadero por su pasión que por los instrumentos que afinó para divulgarla, un sacerdote de la belleza atrapado en las vanidades estéticas de una época, un hombre que, como todo artista, quiso hacer fortaleza de sus debilidades, luz de sus tinieblas, y triunfo de sus minuciosos e ineludibles fracasos. Un hombre que bien podría ser el hazmerreír de los genios, pero que por gracia de su pasión y de su lenguaje logró convertirse en una suerte de Jeremías de los huérfanos arrabales.

 

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