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Domingo, 27 Febrero 2011 11:39

Lo que nos dice el Arte

por  Carlos-Alberto Ospina H.

En un reciente encuentro personal con estudiantes de Artes Escénicas de la Universidad de Caldas [Manizales], recordaba el extraordinario suceso que, como todos los suyos, vivió Don Quijote de la Mancha y su fiel escudero, en una de las ventas donde solían descansar de sus andanzas. Una noche el titiritero Maese Pedro, representaba con sus títeres la huída de Don Gaiferos y su amada Melisendra quienes se veían perseguidos por la caballería de los moros. El noble Don Quijote, ante tremendo acoso en escena, no supo contener sus ímpetus caballerescos, saltó de entre los espectadores y la emprendió con su espada contra el retablo y los muñecos que representaban a los jinetes moros, para socorrer a la pareja de enamorados (2, XXVI).

El gesto de Don Quijote significa un intento por retornar al mundo del arte y su sentido de realidad, a la verdad del arte que se vincula con la vida y no con los conceptos. La verdad lógica y conceptual es propia de la ciencia y busca explicar con certeza los hechos del mundo, pero esa verdad muy a menudo se desentiende del trasegar de la existencia, que transcurre indomable e inquieta en medio de sentimientos, afectos y pasiones.

Distinto a la materia inerte, estar vivos significa estar moviéndonos impulsados por la necesidad de mostrarnos, la cual se hace realidad de acuerdo con la capacidad que cada uno tiene de aparecer ante los demás. Y aparecer siempre implica “parecer”, el cual cambia según el punto de vista y la perspectiva de quienes nos perciben. La realidad humana está constituida por algo más que por cosas y objetos que hay en el mundo; está conformada por temores, ilusiones, esperanzas, valores, desengaños, triunfos y fracasos. Los objetos son fácilmente aprehensibles, los sentidos nos los muestran, y la ciencia y la técnica los arrinconan en el reino de las explicaciones exactas, del dominio y la manipulación. En cambio los asuntos humanos están ahí, pero por su estrecho vínculo con la existencia necesitan aparecer y la mejor manera de lograrlo es con el arte. El arte es apariencia verdadera y no un simple producto de la fantasía destinado a servir sólo de espectáculo para entretener las masas.

Precisamente el teatro tiene la particularidad de corporeizar los asuntos humanos, que por naturaleza son invisibles, para que aparezcan ante los ojos y los sentidos de los hombres y los hagan pensar las cosas de la vida cotidiana, colectiva, íntima y personal. Por supuesto que utiliza la representación mágica y la ilusión, pero no como un mero juego insustancial y caprichoso, sino como un juego serio y placentero que nos recuerda que la vida sin fantasmas y sin fantasías sería imposible de vivir. En general los hombres particulares, que somos los que en verdad habitamos la Tierra, no “el hombre” universal de la definición, logramos vivir en medio del mundo disolvente de las sensaciones, y del infinito número de datos empíricos particulares, merced a la ilusión de semejanza y unidad con la que, como lo señala Nietzsche, ponemos en orden el caos original de los seres singulares, ninguno de los cuales en realidad es igual a otro, así como –dice Schiller- una hoja de un árbol nunca puede ser idéntica a otra de sus hojas.

Asimismo, la realidad se nos manifiesta como un “me-parece”, dependiendo cada vez de los puntos de vista particulares y de nuestra posición en el mundo, porque siempre se da un elemento de ilusión en toda apariencia que algunas veces puede ser corregido y otras veces no, y es cuando genera otras ilusiones necesarias para vivir, las que aceptamos y adoptamos en la vida práctica teniendo muy claro y siendo conscientes de su carácter ilusorio, porque dejan siempre una sensación de realidad. Cuando los griegos asistían a la tragedia no lo hacían solo para gozar de un espectáculo, era sobre todo porque veían representadas sus propias vidas, puestas frente a sus ojos por la magia del teatro, incrementado así el placer de vivir, pese a la dureza propia de la vida. O permitiendo tener experiencias nuevas que en el mundo empírico sería imposible de obtener, vale decir, ampliando el mundo de la experiencia y haciendo más profundos los sentimientos, al tener la ocasión de enfrentar figuras que encarnan los asuntos humanos propios y ajenos.

Cuando, mediante las obras de arte, vamos descubriendo elementos comunes que, no obstante su diversidad, compartimos con los demás hombres y no habíamos advertido todavía, se ensancha nuestra humanidad y nuestra sensación de plenitud, vale decir, comprendemos cosas que antes no comprendíamos, comenzamos a ver lo que estando ante nuestros ojos no veíamos, muchas sombras se iluminan y muchas ocurrencias y fantasmas toman vida. En últimas, el mundo adquiere sentido. Y es así, con sentido, como tenemos que ver el gesto del Quijote de la Mancha, como una reacción, propia de su nobleza, a la injusticia que percibió encarnada en los títeres de maese Pedro, pero cometió “el error” de retornar a los orígenes de la poesía, cuando era ella, y no la filosofía y la ciencia, la que les decía la verdad a los hombres; las palabras del poeta eran las únicas portadoras de verdad y sabiduría antes de serle arrebatada esas funciones por la razón. El Quijote acertó en emprenderlas contra la injusticia, pero se equivocó al no percatarse de que, a las puertas del mundo moderno, a la realidad ya no le es permitido confundirse con la ilusión.

No obstante lo anterior, es la fantasía del arte la que nos lleva de vuelta a la realidad del mundo humano, porque tiene la propiedad de hacer aparecer todos los seres que lo habitan. El arte, por ello, es ilusión, apariencia, mentira que no busca “engañar”, sino mostrar la apariencia como apariencia en la que aparece otra realidad incomparable con la empírica. La verdad, en este caso, es la fuerza que la ilusión artística tiene para convencernos de la visión que ofrece, de su poder transfigurador y de la energía que acompaña la sensación de realidad que transfiere. La obra de arte es verdadera porque su contenido no es diferente de su apariencia, donde consigue hacer aparecer cosas y mundos no hechos, ni dados de antemano, pero que nos emocionan, nos conmueven y nos confrontan como lo real mismo.

El teatro, de nuevo, tiene la gran ventaja sobre las demás artes, porque al valerse del propio cuerpo no tiene que extremar sus recursos representacionales para encarnar lo humano, pero tiene que transfigurar el alma de los actores, para que asuman la personalidad de quienes van a representar. Recordemos que personalidad no significó alma, sino la máscara del alma; así, entonces, en la representación teatral los actores tendrán que estar dispuestos a ponerse la máscara del alma no sólo de personajes, llámense Edipo o Hamlet, sino igualmente de las cosas del hombre, para que de alguna manera también aparezca la personalidad del mundo humano.

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