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Viernes, 02 Diciembre 2011 14:18

La democracia sosegada de Spinoza

por  Heriberto Santacruz-Ibarra

para Carlos-Enrique y Livia

La obra de Spinoza es tan compleja y poliédrica como simple y austera su corta vida. Si bien en el ámbito de la filosofía política está antecedido por Maquiavelo y por Hobbes, su compromiso radical con la verdad y con el hombre lo lleva a demoler sin contemplaciones –aunque con prudencia– las concepciones morales y políticas prevalecientes hasta entonces. Trabajo destructor, en parte, pues contribuye a la disolución de las amarras entre el poder civil y el religioso, entre iglesia y estado, por una vía argumentativa diferente de la de Hobbes; trabajo constructor, por otra, puesto que en su filosofía están sólidos ya los cimientos de formas nuevas de concebir la naturaleza, el hombre, el estado, la democracia. Si nos remontamos a su época, no nos queda difícil comprender la saña y la "razón" que asistió a los rabinos que lo expulsaron de su comunidad, tal como nos lo cuenta Yirmiyahu Yovel, en su excelente libro "Spinoza, el marrano de la razón": "... maldito sea de día y maldito sea de noche, maldito en reposo y maldito en su vigilia, maldito en su acercarse y maldito en su entrar; y no quiera el Señor perdonarlo, y ardan en él la ira y el celo del Señor...".


Excomunión de Spinoza del Judaísmo (Amsterdam, 2 Julio 1656)



No era para menos. Quince de los veinte capítulos que componen el "Tratado teológico político", están dedicados a demostrar el carácter histórico de los libros sagrados mediante un tipo de crítica que él inaugura y que deja sin empleo a los sacerdotes y profetas de todos los tiempos, aunque hoy haya todavía quienes se resisten a conseguir otro. Claro que tan revolucionario pensamiento es coherente con su metafísica de la divinidad, en lo que son pares suyos tal vez Aristóteles y Pessoa...

Al afirmar que se trata de una obra poliédrica advierto con ello del riesgo que significa el concentrarse en tan sólo unas cuantas páginas de la misma, como en efecto haré al limitarme a resaltar algunos rasgos, unas pocas ideas sobre la concepción que de la democracia tenía el genio, a lo que se suma la dificultad de que su "Tratado político", quedó inconcluso, debido a su muerte, precisamente cuando había comenzado a desarrollar sus ideas sobre "el tercer estado, el que es totalmente absoluto y al que llamamos democrático".

"No se preocupe... Soy un buen republicano y nunca he tenido otro objetivo que la gloria y el beneficio del Estado", fueron las palabras con las que Spinoza trató de tranquilizar al pintor Hendrick van der Spyck, dueño de la casa en donde Spinoza vivió sus últimos años, al asustarse y temer un asalto por las sospechas de espionaje que recaían sobre el filósofo.

¿Qué significa que Spinoza se declare sinceramente republicano? Lo más obvio es que no es partidario de las monarquías, ni de los príncipes, ni de los señores, ni, en general, de la sujeción del hombre a la voluntad y a la arbitrariedad de otros. Tampoco a la sujeción supersticiosa de dioses trascendentes. Si bien coincide con Hobbes en que "la virtud del estado es la seguridad", la coincidencia no pasa de allí. Mientras que para el más grande filósofo político de Inglaterra –como es ya de general aceptación–, el contrato social ha de garantizar por todos los medios la paz, lo que surge de la necesidad de la conservación de la vida y de la libertad amenazadas de manera permanente en el estado de naturaleza, para Spinoza no todos los medios son válidos.

Aunado a este rasgo se presenta en Spinoza otro: la férrea defensa "de la más completa libertad de pensamiento y de expresión" (lo que le lleva a declinar la oferta de ser profesor en la Universidad de Heidelberg). Se trata, es preciso subrayarlo, de "libertad de pensamiento" y de "libertad de expresión", las que se fundan en una de las claves de la filosofía espinociana, la idea de "conatus", la de que "Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser". Y de la esencia del hombre es su pensamiento y la expresión del mismo, por lo que tales libertades han de ser inviolables. Esta observación conviene no perderla de vista, pues cuando se contrasta con Hobbes nos encontramos que su idea de libertad es de otra naturaleza: la de la más estricta "libertad negativa", como lo manifiesta en el Leviatán: "Se entiende por libertad, según el más propio significado de la palabra, la ausencia de impedimentos externos, impedimentos que, a menudo, pueden quitarle a un hombre parte de su poder para hacer lo que quisiera, pero que no le impiden usar el poder que le quede, según los dictados de su juicio y de su razón" . El concepto clave aquí en Hobbes es el de "acción", lo que genera serias dificultades frente al posible absolutismo del estado. (Pero de esto no voy a tratar aquí). Sobrada razón tiene Leo Strauss al considerar a Spinoza como "el primer filósofo tanto demócrata como liberal".

Dos rasgos más del republicanismo democrático de Spinoza son, por una parte, su carácter representativo. En este sentido es plenamente moderno, pues su democracia no es directa, no es la de los antiguos, según la distinción que muy posteriormente hará con tanta claridad Benjamin Constant, y, por otra, el carácter participativo, según el cual, a diferencia de lo que ocurre en una aristocracia, todos pueden reclamar sus derechos, entre los que se cuentan el derecho a votar y a ser elegidos a las funciones públicas, si bien con varias restricciones. En este sentido, Spinoza se anticipa de manera sorprendente al modelo que David Held –en su libro "Modelos de democracia"– denomina "democracia legal", que tiene como características fundamentales las siguientes: un estado constitucional; el imperio de la ley, y la intervención mínima del estado en la sociedad civil y en la vida privada.

Después de descartar, por lo ya dicho, el sistema monárquico, Spinoza se concentra en el análisis del sistema aristocrático, como tradicionalmente han hecho casi todos los filósofos, comenzando por los antiguos, especialmente Aristóteles. Tal sistema se considera como el gobierno de los mejores, pero Spinoza no se hace ilusiones y al respecto nos dice, en el último capítulo de su tratado, lo siguiente:

"Si bien un estado en el que no son los mejores los llamados a gobernar, sino los que tienen la suerte de ser ricos, o son primogénitos, parece inferior al estado aristocrático, considerando las cosas como son se verá que es la misma cosa. Para los patricios los mejores son los más ricos, o los parientes o los amigos. Si al elegir a sus colegas los patricios estuvieran libres de toda afección común y los guiara únicamente la preocupación del bienestar público, no habría régimen comparable al aristocrático. Pero como lo demuestra la experiencia suficientemente, y hasta con exceso, la realidad es muy distinta, sobre todo en las oligarquías donde la voluntad de los patricios se libra generalmente de la ley por falta de competidores. Allí los patricios desechan cuidadosamente de la asamblea a los más meritorios y tratan de incorporar a los que dependen de ellos, de modo que en un estado de esa índole las cosas marchan mucho peor porque la elección de los patricios depende de la arbitraria voluntad absoluta de unos pocos, librada de la ley."

La agudeza y el realismo de Spinoza en este punto son impresionantes. A diferencia de otros filósofos, que consideran como formas buenas y legítimas, tanto la aristocracia, como la monarquía, como la democracia, y como formas perversas e ilegítimas las correspondientes corrupciones de tales tres sistemas –tiranía, oligarquía, oclocracia -, Spinoza considera que la monarquía es corrupción de la aristocracia, y que esta es corrupción de la democracia. ¿En qué consiste la corrupción? En la paulatina concentración del poder.

Si, como se infiere del texto citado, "considerando las cosas como son se verá que es la misma cosa", el remedio para tales males está en otro lado que en la búsqueda de hombres virtuosos para el gobierno. Y es esto lo que se puede deducir del análisis, tanto de la forma monárquica, como de la aristocrática, que fue lo que alcanzó Spinoza a realizar, como ya dije.

Spinoza se funda en su poderosa sicología de las pasiones. Puesto que lo que mueve al hombre no es precisamente la razón, sino el deseo ciego y los apetitos: la envidia, la esperanza de alcanzar el honor, los presentes o favores, la astucia, la codicia "móvil de la mayor parte de los hombres", la riqueza, y una larga lista de características de la naturaleza humana, que no son ni buenas ni malas, que no son vicios, pues todas ellas apuntan al "esfuerzo de todo ser por conservar su ser", Spinoza se dedica a diseñar, tanto para el sistema monárquico, como para el aristocrático, complejos mecanismos procedimentales –como de relojería– cuyo objetivo es el de impedir la corrupción, basados en el control riguroso de los tiempos de representación, en el número elevado de representantes o de funcionarios de lo que hoy llamamos ramas del poder público, en "los pesos y contrapesos" de los que hoy se habla, y, lo que es más interesante, en la utilización de algunas de las mencionadas características o propiedades de la naturaleza humana a manera de lo que hoy se denomina "incentivos" –el dinero, el goce sexual, y la gloria– como medios para otros fines, como el del buen funcionamiento del estado. Un texto del Cap. VIII, en el que Spinoza muestra la superioridad del sistema aristocrático frente al monárquico, puesto que se parece más al mejor, el democrático, sintetiza de manera clara lo que acabo de expresar. Allí nos dice: "Como en cambio nadie defiende una causa ajena más que cuando cree consolidar con ello su propia situación, es preciso disponer las cosas de tal modo que aquellos que tienen la carga del estado sirvan lo mejor posible sus propios intereses cuando velan con el mayor cuidado por el bien común".

Otro rasgo o tema fundamental de la democracia de Spinoza, en el que han pensado todos los filósofos políticos –como es también hoy, por ejemplo, en el caso de Rawls– es el de la estabilidad del sistema. Conseguido el diseño de la mejor forma de gobierno, ¿cómo hacer para que las circunstancias siempre cambiantes de todos los aspectos de la vida social, no alteren el marco fundamental, la Constitución del Estado?

Al respecto Spinoza no se anda con rodeos y es severísimo:

"Para mantener inmutables las leyes fundamentales del estado habrá que dejar sentado que aquel que proponga en la asamblea suprema la modificación de los derechos fundamentales, por ejemplo la prolongación por más de un año del poder otorgado al jefe del ejército, la disminución del número de patricios y otras cosas semejantes, será culpado de alta traición. No bastará condenarlo a muerte y confiscar todos sus bienes; un monumento público deberá perpetuar el recuerdo de su crimen."

Un estudio riguroso de la concepción espinociana de la democracia exigiría detenerse en cada una de las cortapisas en el funcionamiento del gobierno, cuyo único objetivo es el de salirle al paso al abuso del poder y, con ello, a la corrupción, por ejemplo el de las "penas pecuniarias" para evitar el ausentismo, "disposición sin la cual muchos descuidarían los asuntos del estado para ocuparse en sus asuntos personales". Tal estudio, sin embargo, nos llevaría muy lejos, por lo que resaltaré un par de aspectos más que siguen teniendo plena vigencia.

Aunque todas esas disposiciones que diseña Spinoza son lo que hoy podemos llamar "procedimentales" , tienen, sinembargo, un aspecto educativo o pedagógico, pues para Spinoza es claro que "los hombres no nacen ciudadanos; se vuelven ciudadanos" . Los caminos para que así ocurra son fundamentalmente dos: la estabilidad de las normas, aspecto en el que no se cansa de insistir, y la eliminación de la impunidad, todo con el fin de lograr la ley suprema del estado, que no es otra que la prosperidad del pueblo, así esta noción se desenvuelva en la de paz o en la de seguridad: "El bienestar del pueblo es la suprema ley a que deben sujetarse todas las leyes divinas y humanas". Esta es la única norma sustantiva de la filosofía espinociana.

Un rasgo que no podría omitir en esta nota es el de que, de manera coherente con todo el sistema, la concepción política espinociana de la democracia no es perfeccionista: "Querer someter todo al rigor de las leyes es irritar el vicio, más bien que corregirlo. Lo que no puede impedirse debe permitirse, a pesar de los abusos que de ello nazcan", idea ésta que hace parte del núcleo del liberalismo, lo que exige que no haya "normas suntuarias", como las llama Spinoza, –fronda jurídica, ha dicho de tales un jurista colombiano–, pues el resultado no es otro que el de la burla de la normas, cuya otra cara es el crimen: "Cuando una ciudad debe estar continuamente pronunciándose contra culpables, es porque sufre de un vicio constitucional".

En la democracia de Spinoza no hay partidos políticos, no hay facciones. Se trata de una democracia sosegada, que hace posible el desenvolvimiento de toda la creatividad del ser humano. Cuánta falta nos hace la influencia de su pensamiento.

Al "más noble y más amable de los grandes filósofos", como lo llama Bertrand Russell, no le alcanzó la vida para desarrollar la "Ciencia de la educación de los niños", como anuncia en su "Tratado de la reforma del entendimiento", obra inconclusa, pero inicio del camino que, después de ascender hasta la "Ética", continuará hacia el "Tratado político", que, como señalé, dejó también sin terminar. La gran obra de Spinoza es una cantera riquísima de reflexión, que nos ayuda a comprender, de modo especial, el grado de deterioro político al que hemos llegado por la instauración de la "tiranía de la economía".


Nota

Acervo cultural /Editores de Buenos Aires, hizo una publicación excelente de la obra completa de Spinoza, en cinco tomos, en 1977, para conmemorar los 300 años de la muerte del filósofo. El primero contiene el estudio clásico de Carl Gebhart. sobre su vida y su obra. Me ha servido también, como fuente principal, el estudio imprescindible de Yirmiyahu Yovel Spinoza, el marrano de la razón, editado en Madrid, en 1995 por Anaya &Muchnik.






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