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Viernes, 08 Junio 2012 16:13

Las enfermedades de Jean-Jacques Rousseau

por  Orlando Mejía-Rivera

Pero el historiador quiere saber más sobre la enfermedad de Rousseau. Empresa arriesgada, que solo tiene sentido si nos resignamos con antelación a la posibilidad del fracaso o de la incertidumbre. Si pretendemos que los documentos nos contesten con un sí o un no, conseguiremos que digan lo que nosotros queramos y no habremos avanzado casi nada.
Jean Starobinski. Jean-Jacques Rousseau. La transparencia y el obstáculo (1983)

1

Juan-Jacobo Rousseau (1712-1778) fue y es una figura incómoda en la tradición histórica de los intelectuales. Más allá de su rechazo al progreso de las ciencias y de las artes, de su idealismo romántico por el "buen salvaje" americano, de sus profundas contradicciones personales, de sus conversiones religiosas hipócritas, de ser un precursor ideológico de los totalitarismos políticos modernos, lo que no se le perdona es su repudio radical al proceso mismo del pensamiento racional, que dejó bien expresado en su comentario: "Si la naturaleza nos ha destinado a estar sanos, casi me atrevo a afirmar que el estado reflexivo es un estado antinatural y que el hombre que medita es un animal depravado".


Pilar González-Gómez

Para Rousseau los enfermos más graves son los intelectuales, esos pensadores que construyen mundos paralelos de ideas y prejuicios para adueñarse de la realidad cotidiana de las personas, y que viven en las madrigueras de las abigarradas y sucias ciudades, intoxicados de conceptos, de palabras, de vanidades, de ajenjo y licor, esclavos de los rituales de la alta sociedad, sepultureros de las emociones auténticas del corazón. Se entiende así el furor y la lucidez vengativa de su enemigos contemporáneos: Voltaire lo acusa de "loco furioso y asesino", Diderot insinúa que es "un malvado", Hume afirma que "es un monstruo indigno de la estima de las gentes honestas", Melchor Grimm le enrostra con ironía que "ha nacido con todos los talentos del sofista".

De hecho, filósofos y escritores actuales no se han quedado atrás en seguir cobrándole a Rousseau su traición a la cofradía de los intelectuales. Bertrand Russell en su Historia de la filosofía occidental (1945) lo condena al infierno agnóstico de la abominación histórica: "Hitler es un resultado de Rousseau; Roosevelt y Churchill, de Locke". El historiador Paul Johnson, en su libro Intelectuales (1988), lo caracteriza como un ejemplo de falsedad, mezquindad, irresponsabilidad, crueldad, ingratitud y lo denomina "un loco interesante" aludiendo a la frase de Sophie Houdetot, la mujer que él amó de manera "platónica" y que le inspiró la heroína de su novela Julia o la nueva Heloísa.

¿Por qué tanto resentimiento contra Rousseau? Quizá porque él representa un papel análogo al griego Epiménides, el de la paradoja lógica, cuando afirmó que: "todos los griegos son mentirosos". Cuando Rousseau, exquisito escritor de brillantes frases aforísticas y gestor de la pedagogía educativa moderna gracias a su Emilio, reniega del valor humano del pensamiento reflexivo está invalidando a todos los pensadores de Occidente y sus construcciones cognitivas. La única solución es demostrar que Rousseau está "loco", que su pensamiento es, en realidad, un pseudopensamiento.

De allí que no son los que pretenden exculparlo los que afirman que sus alteraciones mentales le distorsionaron su raciocinio, como afirma Starobinski, sino por el contrario: sus enemigos (léase los pensadores de la Ilustración) se salvan de sus dardos dialécticos envenenados en la medida que lo consideren el discurso de un "loco", de un "enajenado", de un "falso" pensador. Si Epiménides es "un mentiroso" el resto de los griegos conservan su credibilidad y la frase no es verdadera, al igual que si Rousseau está "loco", no es cierto que los demás intelectuales sean unos "animales depravados". El depravado es Rousseau, el mentiroso es Epiménides, casos excepcionales y singulares que no vulneran a los ciudadanos de Grecia ni al gremio intelectual.

Las Confesiones, al contrario de la lectura canónica, no es la defensa de un demente para justificarse ante la posteridad por sus acciones involuntarias, sino la de un pensador que reniega de si mismo por sus abismales contradicciones vitales, pero que mira al lector a los ojos y le dice: "He prometido mi confesión, mas no mi justificación, por lo tanto, me detengo aquí. A mí me toca ser exacto, al lector ser justo. Nunca le pediré más".

El primer interesado en no ser considerado "loco" es el propio Rousseau. Pero esta dramática y valiente decisión solo se entenderá mejor en el siglo XX cuando Louis Althusser, el gran intelectual marxista de Francia, estranguló a su mujer Hélène y fue diagnosticado como inimputable, debido a una enfermedad depresiva severa, y él escribe su libro El porvenir es largo (1992) donde recuerda conmovido a Rousseau: "Por desgracia no soy Rousseau. Pero al dar forma a este proyecto de escribir sobre mí y el drama que he vivido y vivo aún a menudo he pensado en su audacia inaudita (...) Pero creo poder suscribir honradamente su declaración: "Diré en voz alta: he aquí lo que he hecho, lo que he pensado, lo que fui". Y yo añadiría sencillamente: "Lo que yo he comprendido o creído comprender, aquello de lo que yo ya no soy totalmente el dueño, sino en lo que me he convertido". Althusser escribe su libro para responsabilizarse de sus acciones, no quiere el perdón social de "la locura", usa la escritura para demostrar que todavía piensa y que debe ser tomado en serio.

Sinembargo, al igual que Rousseau en el siglo XVIII, Althusser es considerado otro "loco interesante" y no se acepta la validez de su dialéctica discursiva ni sus confesiones íntimas, porque la perturbación seria mayor en el ámbito de la racionalidad occidental. Que Althusser pida ser juzgado como un ser pensante que sigue siendo un "animal reflexivo" implica sospechar de la racionalidad misma y su capacidad de matar de manera gratuita a lo que más ama. De allí, el énfasis de los historiadores europeos en afirmar que los campos de exterminio masivo de los nazis fueron creados también por "enajenados", pues admitir que los asesinos alemanes eran racionales y la organización de los campos fue un producto "eficiente" de la "lógica burocrática", como lo señaló Kertesz, es inaceptable para Occidente.

En este contexto los lectores de Las Confesiones de Rousseau, en el siglo XVIII, y de El porvenir es largo de Althusser, en el siglo XX, leyeron a los dos "locos" de manera similar: con desconfianza, con sospecha, con escepticismo, pero también con el miedo que vislumbró Foucault, en su Historia de la locura en la época clásica (1964), porque el discurso de la "locura irracional" se mimetizaba de "racional" y por los intersticios de la luminosidad ilustrada se colaban de nuevo las sombras "del mal". En este siglo XXI la "locura" ha sido domesticada, en apariencia, con el Prozac y los antipsicóticos, sinembargo los intelectuales siguen incómodos con Rousseau, Peirce, Althusser, Céline, Artaud, Pynchon, entre otros, como si las arquitecturas de las palabras y las ideas construidas por ellos fueran, en realidad, las murallas en ruinas de una frágil y asustadiza ciudad letrada que presiente, de nuevo, el acecho de los "bárbaros".

2

¿Fue Rousseau, en realidad, un enfermo? Su relato pormenorizado de Las Confesiones, su voluminosa correspondencia, los testimonios de sus contemporáneos y sus biógrafos permiten afirmar que tuvo dos grandes problemas médicos: su conducta mental y trastornos de tipo genitourinario. Estos últimos quisieron ser mimetizados cuando la autopsia realizada a su cuerpo, el 3 de julio de 1778, no mostró, al parecer, ninguna alteración macroscópica en la uretra, la próstata, los uréteres, la vejiga y los riñones. Entonces, predominaron los diagnósticos psiquiátricos: neurastenia (Joly), Delirio sistemático de persecución y paranoia (Chatelain, Moebius), histeria simuladora (Espinas), psicastenia (Janet), neurastenia arteriosclerótica (Régis, Sibiril).

Todos ellos, con la excepción del delirio, fueron rotulaciones decimonónicas y tienen en común lo siguiente: una constitución psicológica frágil e hipersensible que le dificulta al paciente adaptarse a la realidad. El componente neurótico e hipocondríaco es el determinante principal de los síntomas del enfermo. Para los defensores de las psicastenias e histeria esto se debe a un mal funcionamiento de la conciencia, pero las neurastenias sí implicaba una alteración cerebral estructural. Además, el diagnóstico de "neurastenia arteriosclerótica" se basaba en una "constitución neuropática" heredada por el enfermo de las taras de familia. Aparecen los "degenerados" que serán llevados por Lombroso al campo del derecho penal y por Zola al de la literatura naturalista.

El diagnóstico más aceptado, en el siglo XIX y comienzos del siglo XX, fue el de que Rousseau era un "neurasténico arteriosclerótico y neuroartrítico". Es decir "un degenerado" que anticipó a los otros "degenerados": los poetas malditos del romanticismo europeo.

En el siglo XX los diagnósticos psiquiátricos cambiaron su rumbo. La influencia de Freud es definitiva. Las explicaciones psicoanalíticas quedan bien sintetizadas en la hipótesis de Laforgue (1930): sus obsesiones y compulsiones se deben a reacciones histeriformes por una homosexualidad latente y negada de Rousseau. Claro, en este contexto psicoanalítico, se podrían agregar otros factores de enorme importancia biográfica: la muerte de la madre después del parto del recién nacido Juan Jacobo y sus posteriores sentimientos de culpa. La hostilidad implícita del padre contra él, que canalizó con las lecturas compartidas de novelas con el niño. El masoquismo, descubierto a los siete años cuando su cuidadora le dio unas nalgadas, como una forma inconsciente de "autocastigo" por ocasionar la muerte de su mamá. El uso sistemático de las sondas uretrales, por parte del adulto Rousseau, sería otra manifestación desviada de su "placer masoquista".

La limitación paradójica de la teoría psicoanalista es su capacidad de ser usada de manera casi ilimitada. Lo dijo Popper cuando la rechazó como una teoría científica auténtica y lo ha enfatizado el filósofo contemporáneo Michel Onfray, en su demoledor libro El crepúsculo de un ídolo. La fábula freudiana (2011), donde Freud ha quedado reducido a la categoría de charlatán y el psicoanálisis a una práctica pseudoreligiosa.

Ahora bien, el diagnóstico psiquiátrico más exitoso y convincente sobre Rousseau fue realizado por Sereiux y Capgras en su famosa monografía Las locuras razonantes: El delirio de la interpretación (1909). Allí se plantea que él tuvo un "delirio de interpretación resignado" que se inició a los cuarenta y cinco años con un delirio persecutorio, evolucionó a una auténtica psicosis, a partir de los cincuenta y ocho años, con una sistematización de la persecución delirante, hasta llegar a la última etapa de su vida donde se establece "el periodo de irradiación del delirio: ya no sólo teme a los filósofos y a los magistrados sino también a los jesuitas, a los jansenistas, a los médicos, a la Congregación del Oratorio; la alianza en su contra se hace universal, se continúa generación tras generación". Sinembargo, como ellos anotan, Rousseau no presentó nunca fenómenos alucinatorios y conservó sus dotes intelectuales hasta la muerte.

Las cartas que ellos citan son pruebas irrefutables de la existencia del delirio de persecución de Rousseau y su evolución hacia la psicosis. Basta con transcribir un fragmento de la carta que escribió, el 17 de febrero de 1770, a la edad de cincuenta y ocho años, a Monsieur de Saint-Germain:

Desde que se ha convenido en que soy un hombre tenebroso, se me atribuyen falsamente toda clase de crímenes. Quien ha cometido uno puede cometer un centenar, y veréis cómo pronto iré por ahí violando, incendiando, envenenando, asesinando a derecha e izquierda sencillamente por gusto, sin que me estorbe la multitud de vigilantes que no me pierde de vista, sin parar mientes en que los techos que me cubren tienen ojos, que las paredes que me rodean tienen oídos, que no doy un sólo paso que no sea contado, no muevo un dedo sin que sea anotado, y todo eso sin que en ningún momento nadie haya tenido la caridad de prevenir a la fuerza pública para que me impida continuar todos esos horrores que se contentan con ir tranquilamente apuntando. Pero no importa, ya que de lo que se trata es de imputarme grandes crímenes, así que os garantizo que monsieur de Choiseul será poco exigente en cuanto a pruebas, y que después de mi muerte todas estas estupideces se convertirán en hechos incontrovertibles, porque monsieur tal y monsieur cual, madame de esto y madame de lo otro, todos ellos gentes de la mayor probidad, así lo habrán atestiguado y yo no voy a resucitar para contradecirles.

Si Las Confesiones son la obra de un hombre hipersensible, pero en mi concepto todavía cuerdo, que quizá exagera a veces en sus recuerdos, pero que conserva un juicio autocrítico y que no pudo ser desmentido por sus biógrafos más honrados en los odios, persecuciones y burlas reales que sufrió a manos de los enciclopedistas franceses, los filósofos ingleses y la aristocracia de París y Ginebra. Lo cierto es que en sus dos obras posteriores: Rousseau juez de Juan Jacobo (escrita entre 1773 y 1776 y publicada de manera póstuma con el título de Diálogos) y en las Ensoñaciones del paseante solitario (obra inacabada que escribió entre 1777 y 1778) se hace evidente su paranoia delirante.

De hecho, es significativo que Las confesiones están escritas en primera persona, mientras Los Diálogos lo están en tercera persona. El autor de la primera es un hombre agobiado y cuerdo que presiente la "locura", la cual asoma por momentos y se retira ante los esfuerzos titánicos de un Rousseau que se aferra al principio de realidad a través de la honestidad interior, la grandeza espiritual y la fortaleza de su intelecto. El escritor de los Diálogos se ha escindido por completo. Es una sombra, envilecida por la psicosis, que habla del "otro" Juan Jacobo como un ser perseguido por toda la humanidad que:

A fuerza de ultrajes sangrientos pero tácitos, a fuerza de impertinencias, de cuchicheos, de mofas, de miradas crueles y feroces o insultantes y burlonas, han conseguido echarle de toda reunión, de todo espectáculo, de los cafés, de los paseos públicos; su objetivo es echarle finalmente de las calles, encerrarle en casa, tenerle allí cercado por sus cómplices y hacerle al fin la vida tan dolorosa que no la pueda ya soportar.

Un psicoanalista reconocido del siglo XX como lo fue Jacques Lacan, esa compleja y exótica quimera intelectual formada por Freud y Heidegger, está de acuerdo con el diagnóstico y lo denomina "psicosis de interpretación" aunque lo acompaña de una "perversión masoquista" de estirpe freudiana. Jean Starobinski, médico e historiador de las ideas y el gran erudito de Rousseau, también comparte esa hipótesis y lo menciona con el nombre de "un delirio sensitivo de relación".

En la actualidad no existe el diagnóstico psiquiátrico de "delirio de interpretación", pero se puede ubicar, de acuerdo con la clasificación nosológica vigente del DSM-IV, como uno de los "Trastornos delirantes crónicos" que cumpliría en el caso de Rousseau los criterios clínicos de tener ideas delirantes no extrañas, ausencia de síntomas de esquizofrenia, ausencia de consumo de drogas, la inexistencia de una causa orgánica aparente. Sinembargo, a mi modo de ver no se cumpliría el requisito de que no esté presente "un síndrome depresivo ni el síndrome maniaco completo".

Desde el texto pionero de Sereiux y Capgras se negó la presencia de síntomas depresivos en Rousseau. Incluso, ellos son rotundos en afirmar que antes de los cuarenta años no hay evidencias de trastornos afectivos en el pensador ginebrino. No obstante, la lectura detallada de Las confesiones muestran lo contrario. Es claro que desde su adolescencia él tuvo episodios frecuentes y constantes de melancolía acompañada de llanto fácil, tristeza inexplicable, aburrimiento, deseos de no levantarse de la cama, inactividad física extrema que llamaba "languidez". Por ejemplo, al recordar su vida transcurrida entre los 11 y los 15 años dice:

En los períodos de calma soy la indolencia y la timidez mismas. Todo me arredra, me desanima. El vuelo de una mosca me asusta. Alarma mi pereza tener que hacer un gesto o decir una palabra. El temor y la vergüenza me dominan hasta el extremo de que quisiera hacerme invisible a todo el mundo. Si conviene obrar, no sé qué hacer; si hablar, no sé qué decir; si me miran, me turbo. Apasionado, doy a veces con lo que debo decir, pero, en la conversación ordinaria, no encuentro absolutamente nada que decir; me es insoportable por el mero hecho de que me obliga a hablar. (libro I: 29).

Refiere llegar "a los 16 años" en un estado de inquietud y "cansado de todo y de mi mismo, fastidiado de mi situación, ajeno a los placeres propios de aquella edad, devorado por deseos cuyo objeto ignoraba, llorando sin motivo determinado, suspirando sin saber por qué" (Libro I: 29). Estas manifestaciones se repiten varias veces y se puedan encontrar en unos veinticinco episodios del libro.

Además, a ese estado de "melancolía" (Libro V: 203) casi continua, se le intercalan episodios menos frecuentes de exaltación, de hiperactividad del cuerpo, de ideas megalómanas, de entusiasmos arrebatadores, de pasiones instantáneas por desconocidos como el bohemio Bacle y el músico Ventura, de decisiones absurdas que lo llevan a creerse y hacerse pasar por maestro de canto y compositor musical en Lausana: "Heme constituido en maestro de canto sin saber leer música siquiera" (libro IV: 133) y "Ventura sabía de composición, aunque no lo hubiese dicho; yo, sin conocerla, me jactaba de compositor delante de todo el mundo, siendo incapaz de poner en música una copla" (Libro IV: 134). Estos son auténticos impulsos irrefrenables compatibles con episodios cuasi maniacos sin psicosis, que él no fue capaz de controlar a pesar de saber que no era lo que decía ser. Eventos de manía similares se encuentran referidos en otros ocho fragmentos de la obra.

Entonces, la lectura de Las confesiones me permiten sustentar otra hipótesis: Rousseau pudo tener, desde su juventud, un trastorno bipolar tipo II, caracterizado por episodios repetidos de depresión mayor combinados con algunos episodios de hipomanía. Incluso, varios de sus contemporáneos lo rotularon de "melancólico" y es muy significativo que él mismo haya rechazado esa acusación: "Me suponéis desgraciado y consumido por la melancolía. ¡Oh señor, cuánto os equivocáis! Era en París donde estaba así; era en París donde una bilis negra devoraba mi corazón".

De hecho, existen dos dibujos realizados a Rousseau que lo asocian a la iconografía de la "melancolía": el primero se titula Jean-Jacques Rousseau at Montmorency y fue pintado por Jean-Pierre-Louis-Laurent Houel en 1760. Allí se observa un Rousseau cabizbajo y meditabundo, en un estudio con algunos libros, con un gato en su regazo y un perro flaco y triste a su pies, que evoca el famoso cuadro de La Melancolía I de Alberto Durero. El otro es un dibujo denominado Rousseau on Lake Bienne pintado por Gabriel Ludwig Lory, en 1820, y que muestra a Rousseau recostado en una barca, pensativo en mitad de un lago, acompañado de un perro, y recuerda la posición corporal y la actitud arquetípica del dios Saturno, la deidad de la melancolía, famosa en el grabado de Giulio Campagnola del siglo XV.

Estas alusiones confirman que varios contemporáneos de Rousseau lo ubicaron dentro de la categoría de la "enfermedad inglesa", patología acuñada por el médico y filósofo George Cheyne, en 1734, para referirse a una entidad que constaba de síntomas histéricos, hipocondría, decaimiento del espíritu (languidez) y un aburrimiento o hastío permanente bautizado como "Esplín", que nace de la palabra inglesa "Spleen" (bazo) pero significaba el humor melancólico, la animosidad sombría que luego inmortalizaría el poeta Baudelaire en sus Flores del mal.

Ahora bien, la aparición descrita antes del "delirio de interpretación" de Rousseau es inobjetable y está referida su coexistencia, aunque es rara, con la enfermedad bipolar. Este podría ser su caso, aunque debo señalar una última característica de la personalidad de Juan Jacobo, que ha pasado desapercibida por sus biógrafos y por los médicos que han estudiado su historia clínica. Me refiero a esa llamativa imposibilidad de conservar su atención ante cualquier estímulo externo, la dificultad de sostener una conversación, la falta de concentración durante la lectura, la curiosa memoria que poseía basada en el recuerdo a posteriori de lo vivido, pues mientras se encontraba en presencia de una situación le parecía que su percepción de los hechos fallaba.

En un detallado fragmento de Las confesiones él dice lo siguiente:

Preciso es que yo no haya nacido para el estudio, porque una atención continuada me fatiga de tal modo, que me es imposible ocuparme con actividad durante media hora sin interrupción de una misma cosa, sobre todo siguiendo ideas ajenas; pues algunas veces me ha sucedido que, a pesar de detenerme mayor tiempo en las mías, he logrado un resultado favorable. Cuando me he fijado en algunas páginas de un autor que debe ser leído con atención, mi espíritu le abandona y se cierne en los espacios. Si me obstino, me fatigo inútilmente, se agotan mis fuerzas y nada veo; pero cuando se suceden asuntos diferentes, aun sin interrupción, uno me hace descansar del otro, y sin necesidad de descanso sigo más fácilmente. (libro VI: 216).

Aunque parezca increíble este relato corresponde a un cuadro típico de déficit de atención, y otros similares son contados en cinco oportunidades más. Además se le agrega, en siete u ocho ocasiones, la extrema necesidad de moverse, que no siempre coincide con los eventos de hipomanía. Esta hiperactividad corporal la dejó bien plasmada al referir que "cuando estoy quieto, apenas puedo discurrir: es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu". (Libro IV: 147). Incluso, en un recuerdo que tiene de 1756, con 49 años de edad, señala: "Todos estos proyectos me ofrecían motivos de meditación para mis paseos; pues, como creo haberlo dicho, no puedo meditar sino andando; tan luego como me detengo, no medito más; mi cabeza anda al compás de mis pies". (Libro IX: 375).

¿Acaso existe una entidad psiquiátrica que explique los problemas de atención, la hiperactividad del cuerpo, el trastorno bipolar y el delirio de interpretación? Sí, se denomina Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) del adulto (hipermotricidad, impulsividad y falta de atención) y con frecuencia posee comorbilidades psiquiátricas asociadas que incluye a los trastornos delirantes crónicos, a los trastornos bipolares y a los trastornos compulsivo-obsesivos. De todos modos es una entidad todavía mal conocida, que parece tener una predisposición genética mendeliana, y que obliga a descartar primero causas orgánicas como las enfermedades tiroideas y los trastornos convulsivos. Esto seria imposible de ser confirmado o negado en nuestro paciente Juan Jacobo Rousseau.

3

Las alteraciones genitourinarias de Rousseau son innegables al estudiar sus cartas, Las Confesiones, los testimonios de amigos, familiares y algunos médicos. Él mismo estaba convencido de la realidad de sus molestias urinarias y por eso tuvo la idea de que se le hiciera una autopsia a su cuerpo: "La extraña enfermedad que me ha estado consumiendo durante los últimos 30 años y que, según todas las apariencias, acabará con mis días, es tan diferente de todas las demás enfermedades con que los médicos y cirujanos siempre la han confundido, que creo que será favorable al bien público si se examina en su auténtica localización tras mi muerte".

Su curioso interés en que se demostrara que tenía, según le había dicho el hermano Côme, el "foco del mal" en la "próstata o en el cuello de la vejiga o en el canal de la uretra y probablemente en los tres" se debía a dos razones: la primera buscaba desvirtuar las acusaciones de sus enemigos de que era un "enfermo imaginario" como el personaje de Molière. La segunda permitiría refutar la injuria de Voltaire que había dicho que si era verdad que él tenía problemas para orinar lo más seguro es que fuera por una enfermedad venérea. De hecho, varios médicos que lo trataron y que de manera infructuosa intentaron pasarle una sonda uretral en sus retenciones vesicales más exacerbadas, creyeron que su enfermedad se debía a secuelas de una sífilis, pues era conocido por la medicina de su tiempo que esta patología podía causar una grave estenosis de la uretra como complicación tardía.

La indignación de Rousseau ante los médicos y su posterior negativa a volver donde ellos y aceptar sus tratamientos se debió, además de sus obvios fracasos terapéuticos y el agravamiento de sus síntomas luego de absurdas manipulaciones uretrales, sangrías y diuréticos, a que le ofendía que los clínicos y cirujanos dudaran de su versión de que nunca había sufrido venéreas y que solo en una ocasión se había acostado con una prostituta. El desdén se transformó en incredulidad ante la ciencia médica, pues aunque él había sido examinado por los clínicos más afamados de Francia nunca acertaron en diagnosticarle alguna dolencia específica.

De hecho, en un episodio agudo de palpitaciones, disnea (asfixia) y acúfenos (zumbidos en los oídos) que tuvo a los 25 años de edad (que luego detallaré) viajó a Montpellier para ser tratado y descubrió con rapidez, como refiere en Las Confesiones, que:

Era evidente que mis médicos, que no habían entendido nada de mis dolencias, me tomaban por un enfermo imaginario, y me trataban en consecuencia con su quina, aguas y suero. Enteramente al revés de los teólogos, los médicos y los filósofos no admiten como verdadero sino lo que pueden explicar, y hacen de su inteligencia la medida de lo posible. Estos señores no entendían nada de mi enfermedad; luego yo no estaba enfermo; pues, ¿cómo suponer que unos doctores no lo supiesen todo? Vi que no buscaban más que entretenerme y hacerme perder el dinero. (Libro VI: 237).

En este contexto se debe comprender que cuando Rousseau solicita su futura autopsia para corroborar la realidad y naturaleza de su enfermedad, está también dirigiendo un desafío a los médicos y él quiere demostrar, luego de su muerte, y ante la posteridad que ellos fueron los incompetentes y que se equivocaron. Tal vez así se explique mejor el informe de la autopsia (transcrito en su totalidad por Sibiril, 1900), realizada por los cirujanos Gilles, Casimir, Chenu, Rourret, Bruslé y Casterès, en presencia del clínico, conocido de Rousseau, Guillaume Le Bègue de Presie, profesor de la Universidad de París.

La descripción central de la disección del cadáver de Rousseau parece orientada a refutar la existencia de las anomalías macroscópicas de las vías urinarias, la próstata y los riñones, lo cual se hace de forma poco detallada, pues se limita a referir que el tamaño de dichas estructuras es normal y que no se encontraron estrecheces de la uretra ni en el cuello vesical, ni tumores o cálculos en la vejiga. Sinembargo, no se menciona la coloración específica de estos órganos, ni su consistencia al tacto, ni tampoco se hace explícita la presencia o no de tejido esclerosado en los riñones.

Del resto de las estructuras del cuerpo se dice, de manera vaga, que estaban normales, sin referir ningún detalle. Solo se especifica que encontraron restos de "café en su estómago"; que él estaba fajado en su abdomen y al quitar las vendas hallaron "dos hernias inguinales" bilaterales, que no mostraban signos de inflamación o necrosis; al abrir el cráneo descubrieron un "liquido seroso abundante" que se encontraba entre el cerebro y las membranas meníngeas. Concluyen, de todos modos, que no es posible descartar que en vida de Rousseau existiera algún espasmo funcional del esfínter uretral o vesical y que su muerte se debió a una "apoplejía serosa".

¿Fue, acaso, esta rudimentaria e incompleta autopsia del cadáver de Rousseau lo único posible de hacer para su época? Es obvio que no. Desde el texto de Bonet, titulado el Sepulchretum y publicado en 1679, se encontraba explicada la técnica sistemática de realizar, interpretar y describir las autopsias. Pero, además, la monumental obra de Giovanni Battista Morgagni denominada De sedibus et causis morborum per anatomen indicatis había sido publicada en 1761 y era evidente que en 1778, cuando se abrió el cadáver de Rousseau, ya era un libro de texto en las facultades de medicina de Europa y gracias a él nació la anatomía patológica con la realización y descripción de autopsias con bases científicas modernas, que en buena parte han perdurado hasta la actualidad. Entonces, a la luz de la ciencia de finales del siglo XVIII, a Rousseau no se le hizo una verdadera autopsia, sino solo se disecó su cadáver para confirmar o descartar la obstrucción estructural de sus vías urinarias.

Es muy posible que los cirujanos ni siquiera hayan extraído y examinado los pulmones, el corazón, las estructuras esqueléticas, el hígado, el bazo, el páncreas. Ni tampoco describieron los genitales del filósofo, ni su ojos ni el oído interno y medio. Es decir, considerar que a Juan Jacobo le hicieron una verdadera autopsia es desconocer el desarrollo de la patología de su tiempo. Ahora bien, a partir de lo analizado no podemos sospechar mala fe de parte de los cirujanos y debemos creerles que, en realidad, ellos no encontraron obstrucciones orgánicas u anomalías en los órganos que describieron. Sinembargo, lo que parece claro es que la razón de hacer una disección tan precaria y antitécnica se debió a que no se tomaron en serio las enfermedades del ginebrino y les bastó con refutar al "loco" y su "imaginaria" obstrucción de la uretra, la vejiga y la próstata.

Los resultados conocidos del informe de la necropsia llevó a los médicos a reafirmar el origen hipocondríaco de sus síntomas, o a tratar de identificar causas nosológicas funcionales. En ese sentido se explican algunas de las hipótesis planteadas para sus problemas de retención urinaria: "afección espasmódica de la uretra" (Soemmering), "inflamación crónica de la mucosa uretral" (Amussat), "inflamación uretral por masturbación crónica" (Lallemand), "válvula en el músculo del cuello de la vejiga" (Mercier), "retracción congénita de la uretra" (Poncet, Leriche), "neurastenia espasmódica obsesiva" (Régis).

La doctora Suzanne Elosu publicó, en el año de 1929, el libro La Maladie de Jean-Jacques Rousseau y, por primera vez, alguien intentó relacionar los síntomas psiquiátricos y los genito-urinarios. Su diagnóstico fue el de un "delirio tóxico de interpretación" debido a que una posible "retracción de la uretra" le produjo la dificultad para orinar y esto lo llevó, con los años, a una "uremia renal crónica" que le generó la "intoxicación de las células cerebrales" y su ulterior delirio. El éxito de este diagnóstico ha llegado hasta nuestro tiempo y algunos biógrafos lo consideran la mejor teoría para las patologías de Rousseau. En contra de esta hipótesis está la inexistencia de la estrechez uretral en la necropsia, la ausencia en Rousseau de cambios clínicos de insuficiencia renal crónica avanzada, como lo son la anemia, la insuficiencia hepática, los dolores y las deformidades óseas, el color amarillo pajizo de la piel, el aliento fétido, el decaimiento extremo que impide cualquier actividad física e intelectual. Hay que recordar que a pesar de su abatimiento y su psicosis persecutoria, Rousseau escribió hasta antes de morir sobre botánica, siguió redactando su Diccionario de música y elaboraba sus Ensoñaciones.

Además, los trastornos psiquiátricos asociados a la uremia son las alteraciones de ansiedad y los estados depresivos, y solo se presentan formas delirantes y sicóticas cuando el enfermo se reagudiza y deja de orinar, o cuando el daño renal es muy avanzado. Estas situaciones tampoco están descritas en los últimos años de la vida de Juan Jacobo. Ahora bien, si es factible que él hubiese desarrollado una insuficiencia renal moderada, secundaria a la uropatía obstructiva, a expensas de la retención urinaria crónica.

Macdonald, en 1909, reorientó el diagnóstico y afirmó que el autor del Emilio había tenido "un hipospadias". Lester Crocker, un biógrafo contemporáneo y reconocido, refirió, en 1968, que estaba seguro del hipospadias de Rousseau. Pues los cinco hijos que, de manera supuesta, tuvo con Thérése y regaló sin conocerlos a los hospicios, había sido un invento de ambos, o que ella los tuvo con otro y se los adjudicó a él para que no la abandonara. Es cierto que para sustentar este diagnóstico hay que dudar de la paternidad del filósofo, porque el hipospadias es una alteración genética que consiste en la localización ventral del meato uretral y en un encurvamiento del pene que impide tener relaciones sexuales satisfactorias.

Sinembargo, existen argumentos sólidos para refutar esta teoría. El primero es clínico: los pacientes con hipospadias no hacen retención urinaria, ni tienen incontinencia urinaria permanente, ni polaquiuria (micción frecuente y escasa). Lo característico es que orinen sentados para no mojarse los zapatos. El segundo argumento es histórico: el defecto del hipospadias fue descrito por Galeno en el siglo II en su obra De usu partium, luego por Ambrosio Paré en el siglo XVI y todos los médicos universitarios europeos del siglo XVIII sabían diagnosticarlo. A Rousseau lo examinaron, ente otros, los doctores "Morand, Tyerri y Daran", que eran expertos clínicos y cirujanos. Si Rousseau hubiese tenido un hipospadias ellos lo hubieran diagnosticado con el primer examen realizado en sus genitales.

George Androutsos y Stéphane Geroulanos, médicos e historiadores de la medicina, publicaron, en el año 2000, un interesante artículo titulado La porphyrie aigüe intermittente: une nouvelle hypothèse pour expliquer les troubles urinaires de Jean-Jacques Rousseau (1712-1788). Allí plantean que la enfermedad que pudo tener Rousseau fue una Porfiria aguda intermitente, que es una patología metabólica por una deficiencia enzimática que lleva a un aumento de la excreción de porfofilinógeno en la orina. La entidad presenta un cuadro abdominal, neurológico y psiquiátrico. Los argumentos de los autores son los siguientes: la retención urinaria y los trastornos psiquiátricos están descritos en esta entidad. Además, el primer episodio grave lo hizo Rousseau a los 25 años y ello coincidiría con la aparición habitual de la enfermedad.

El excesivo "frío y calor" descritos por el mismo Rousseau como los desencadenantes de varias de sus crisis de retención urinaria, sería compatible con la historia natural de la Porfiria. Ahora bien, ellos aseguran que él "recobraba su salud casi por completo entre los ataques". Lo anterior no es exacto, pues luego de los cuarenta años de edad Rousseau se tuvo que sondear siempre, y su incontinencia urinaria fue permanente. Además, si bien es cierto que presentó una gran crisis a los 25 años, él comenzó a manifestar las retenciones urinarias desde muy niño y, de hecho, refiere que las tuvo desde el nacimiento. Los ataques de porfiria son transitorios y el paciente está asintomático fuera de las crisis. Además, si la porfiria explicara los trastornos delirantes y las problemas urinarios, él no hubiese tenido el delirio sistemático y permanente durante los últimos años de su vida.

Un último argumento clínico en contra de la hipótesis de la porfiria: los dolores abdominales tipo cólico están presentes en más del 90% de los ataques. Es decir, es su síntoma más constante y Rousseau nunca refirió dolores abdominales, pues en la última década de su vida tenia una indisposición abdominal vaga, que se puede atribuir mejor a un ardor urinario constante explicado por los múltiples sondajes uretrales.

Hiroschi Saito, nefrólogo japonés, ha estudiado el caso clínico de Rousseau en su artículo J.-J. Rousseau and His Urologic Diseases (2004) y ha propuesto que él pudo tener una estenosis uretral congénita, valvas uretrales congénitas o una vejiga neurogénica. También piensa que el agravamiento de los síntomas de retención urinaria, después de la cuarta década, se debió a los traumatismos uretrales por la manipulación con las sondas. Además, plantea que en los últimos años Juan Jacobo tuvo un dolor uretral severo que sería explicado por el desarrollo de una inflamación crónica de la próstata.

Los argumentos de Saito son sólidos desde el punto de vista clínico y los comparto en sus líneas generales. Sinembargo, pienso que le faltó profundizar en una de las posibilidades mencionadas: la vejiga neurogénica. De hecho, como me enseñaron mis maestros de medicina interna, los recordados doctores Carlos Nader y Jaime Márquez, cuando un caso clínico es confuso, los médicos han generado diversos y contradictorios diagnósticos, pero el paciente no se mejora, hay que hacer Tabula rasa y volver a empezar con el enfermo mismo: que nos cuente en detalle sus síntomas y examinarlo con minuciosidad. Lo último ya no lo puedo hacer, pero lo primero sí.

He vuelto a leer todas las descripciones clínicas que hace en Las confesiones y en parte de la correspondencia. Al paciente hay que creerle, le enseño a mis estudiantes, y yo le creo a lo que nos ha dicho Rousseau, con claridad y exactitud, acerca de su sintomatología. Entonces, es indudable que él tuvo desde niño retención de orina ("Un vicio de organismo en la vejiga me hizo experimentar durante los primeros años de mi vida una retención de orina casi continua" (Libro VIII: 330), incontinencia urinaria por rebosamiento (siempre estaba mojado por gotas de orina que se le salían sin querer) y una persistente sensación de urgencia miccional (dice que nunca lo abandonó "la necesidad de orinar frecuentemente" Libro VIII: 330). No obstante, logró sobrellevarlo gracias a la fortaleza natural de la juventud.

A los treinta años llega a Venecia, luego de tener una relación sexual completa con "la paduana", y presenta un cuadro típico de infección urinaria, con ardor uretral, polaquiuria, dolor de espalda y febrícula. Una infección en un hombre joven solo se comprende si tiene un factor predisponente y en él lo había: la retención urinaria. Luego de este episodio nos dice que: "en lo sucesivo jamás he recobrado completamente la salud" (Libro VIII: 330). Al parecer mejoró de su cuadro agudo, pero a los pocos días vuelve a tener una recaída y dura cinco o seis semanas en la cama. Nunca volvió a sentirse saludable.

Alrededor del año 1749 o 1750, con 35 o 36 años de edad, tuvo un episodio grave de retención severa de orina y malestar general. La señora Dupin llamó al afamado médico Morand "quien, a pesar de su habilidad y de la destreza de su mano, me hizo sufrir cruelmente sin que lograra sondearme nunca" (Libro VIII: 330). Él le recomendó que intentara con las "candelillas más flexibles" de Daran, las cuales le sirvieron un tanto y le dijo que le quedaban unos seis meses de vida. A partir de este momento requiere cada vez con mayor frecuencia usar las sondas para aliviar la presión vesical de la retención urinaria.

Desde los 39 años ya no tendrá ningún día tranquilo hasta su muerte. Las diversas manipulaciones de los médicos y de él mismo para sondearse debieron agravar su vejiga neurogénica y convertirlo en un incontinente por rebosamiento permanente, pero insatisfactorio.

Unos ocho años después nos cuenta que a pesar de que "entonces mis retenciones de orina me dejaban poco descanso en el invierno, y durante una parte no pude hacer otra cosa que cuidarme de las sondas" seguía trabajando con intensidad en sus obras y "fue la época que pasé más grata y con más tranquilidad desde que me fijé en Francia" ( Libro IX: 400). Esta actitud descarta una hipocondría típica, pues los hipocondríacos se refugian en su enfermedad imaginaria, para eludir sus responsabilidades adultas, mientras Rousseau, por el contrario, se esfuerza en escribir y trata de olvidar sus molestias.

Con 46 años, en 1759, Juan Jacobo refiere un hecho de gran significado clínico:

Apenas establecido en mi nueva vivienda, cuando me acometieron fuertes y vivos ataques de retención de orina, que se complicaron con la nueva molestia de una hernia que me atormentaba desde hacía tiempo, sin saber que lo fuese. A poco me vi presa de los más crueles accidentes. El médico Thierry, antiguo amigo mío, vino a verme, y me hizo saber el estado en que me hallaba. Las sondas, las candelillas, los vendajes, todo el aparato de las enfermedades propias de la edad avanzada reunido en derredor mío, me dió a entender duramente que el corazón no puede continuar impunemente siendo joven cuando el cuerpo ha dejado de serlo. (Libro X: 447).

Es fundamental la descripción de Rousseau de que una "molestia" que tenía corresponde a una hernia inguinal. De hecho, en la autopsia, como ya lo mencioné, los cirujanos confirmaron la existencia de dos hernias inguinales bilaterales. Estas se asocian a la vejiga neurogénica. Son hernias inguinales adquiridas por el esfuerzo constante del paciente para tratar de orinar, que va debilitando la pared posterior del canal inguinal. Esto explica también porque encontraron su cadáver con una faja abdominal.

En una carta a un amigo hace una descripción, casi patognomónica, de los síntomas de la vejiga neurogénica: "Mi mal es un estado habitual. Nunca orino colmadamente y tampoco la orina desaparece nunca por completo, sino que su curso se encuentra solamente más o menos entorpecido sin ser nunca totalmente libre, de manera que siento una inquietud y una necesidad casi continua que nunca puedo satisfacer bien".

Pienso que existen evidencias semiológicas rotundas para afirmar que, en efecto, Juan Jacobo Rousseau tuvo una vejiga neurogénica, que no podía ser detectada en la rudimentaria autopsia que le hicieron, porque las alteraciones son microscópicas (histológicas) y se encuentran en el detrusor y en la fibras musculares de la pared vesical. Ahora bien, existen algunas causas de vejiga neurogénica con incontinencia por rebosamiento que se pueden descartar en él: los cálculos vesicales, el cáncer de próstata, la estenosis de la uretra.

¿Existirá en Rousseau otra causa plausible que pueda explicar su vejiga neurogénica? o debemos, quizá, aceptar con resignación el juicio de Starobinski: "Lo que hay que comenzar por admitir es que el expediente médico de Rousseau, por rico que pueda ser, no contiene nada más que las declaraciones del paciente. Toda verificación nos está vedada. El mejor "olfato clínico" no vale nada cuando el recurso a los hechos es imposible: sobre los contumaces no se pueden construir más que hipótesis". Aunque respeto el profundo conocimiento que tiene Starobinski de Rousseau, difiero de él en este punto, porque podemos encontrar, por lo menos, un testimonio objetivo sobre algunas dolencias y características físicas que lo agobiaron.

Me refiero a la descripción que hace Bernardino de Saint-Pierre (el autor famoso de la novela Pablo y Virginia a quien tanto le debe Jorge Isaac en la elaboración de María), quien lo visitó en el mes de junio de 1772. Allí lo retrata en detalle y, entre otros datos que analizaré luego, dice lo siguiente: " Uno de sus hombros destacaba más alto que el otro; posiblemente debido a un defecto natural, o a la posición que asumía en su trabajo, o a la edad, pues ya contaba con sesenta años; en otras partes se veía bien proporcionado". (Graham, 1882: 218). Que a Bernardino le llamara la atención que un hombro estuviera más alto que el otro es de gran significación médica, pues cuando este defecto se hace notorio en alguien vestido implica la existencia de una escoliosis (desviación lateral) severa de la columna vertebral. Al revisar la iconografía sobre él he encontrado un grabado atribuido a Rob Hart, donde se muestra a Rousseau con una indiscutible asimetría de sus hombros, siendo el hombro derecho más alto que el izquierdo.

En el retrato de Maurice Quentin de La Tour , hecho a él en 1753, con 41 años, no se ve esta asimetría, pero ello se puede explicar porque la escoliosis se aumenta con los años y para esta fecha quizá no era tan manifiesta. O también, que al ser el propio Rousseau el que encargó el retrato le pudo decir al pintor que no fuera a hacer explicita esta alteración. Además, tal vez esto explicaría porqué él comenzó a vestirse con el exótico traje de "armenio", con el que podía disimular sus defectos de la columna vertebral, al igual que las sondas vesicales que cargaba a todas partes.

Pero lo más importante de este hallazgo es lo siguiente: una de las causas de la escoliosis es la existencia de una anomalía congénita conocida como "hemivértebra" y este defecto es, también, una de las causas de la vejiga neurogénica. Entonces, me permito sintetizar y plantear una nueva hipótesis: Juan Jacobo Rousseau presentó una vejiga neurogénica causada por la existencia de una hemivértebra congénita, que se infiere a partir de la escoliosis progresiva que evidenciaron algunos de sus contemporáneos.

Estas patologías no podrían relacionarse, de manera directa, con sus trastornos psiquiátricos, pero sí con otro espectro de síntomas que han sido descuidados por sus biógrafos. Me refiero a sus episodios frecuentes, desde la infancia, de palpitaciones cardiacas, cansancio y asfixia con el esfuerzo moderado. Estos síntomas se incrementaron en un evento agudo, sucedido a los 25 años, que él describe así:

Una mañana, sin estar más enfermo que de costumbre, levantando una pequeña mesa sobre su pie, experimenté en todo mi cuerpo una revolución súbita y casi inconcebible; con nada puedo compararla mejor que con una especie de tempestad que se levantó en mi sangre y recorrió en un solo instante todos mis miembros. Mis arterias latían con tanta fuerza, que no solamente sentía sus sacudidas sino que hasta las oía, sobre todo las de las carótidas. A esto se unió un gran ruido en los oídos, ruido que era triple o mejor cuádruple, a saber: un zumbido grave y sordo; un murmullo más claro, como de agua corriente; un silbido muy agudo, y la agitación arriba mencionada, cuyas pulsaciones podía contar fácilmente sin tocarme el pulso ni el cuerpo con las manos. Este ruido interior era tan grande que me quitó la delicadeza de oído que antes tenía y me dejó, no enteramente sordo, pero sí con una dureza que la conservo desde aquel entonces. (Libro VI: 209).

Los acúfenos pulsátiles, la sordera súbita, la danza arterial carotídea, pueden evidenciar una arritmia cardiaca paroxística supraventricular con una posible disfunción valvular cardiaca estructural. Además, estos síntomas, menos intensos, se hicieron casi constantes. Por la hiperactividad física compulsiva él siguió caminando en su juventud, pero en varias ocasiones cuenta que le faltaba el aire y debía sentarse a descansar. De igual manera, las palpitaciones cardiacas eran muy frecuentes y las refiere en unos quince fragmentos de Las Confesiones. De hecho, llegó a pensar, luego de aficionarse a leer libros de medicina, que tenía un "pólipo en el corazón" (Libro VI: 228), pero acepta que puede estar imaginándolo y aunque es obvio que aquí se manifiesta un rasgo "hipocondríaco", al hacer consciencia de ello, lo libera de la sospecha de que sus palpitaciones fueran imaginarias.

En la vejez la fatiga, el insomnio y la disnea de esfuerzo le impidieron continuar sus paseos y la persistencia de las palpitaciones, acompañada de latidos visibles en las arterias carótidas del cuello, le eran molestas. Aunque nunca refirió cianosis peribucal (labios azulosos) ni edema (hinchazón) de los pies. ¿Fueron estas palpitaciones y la asfixia de origen neurótico o tuvieron una base estructural cardiaca? De nuevo el testimonio de Bernardino de Saint Pierre es crucial. En el relato ya anotado insinúa que a Rousseau se le observaban los latidos de las arterias del cuello y en otro fragmento de su descripción, citado por Lagassagne (1913:14), dice que le sorprende que tenga "couleurs aux pommettes des joues" (las mejillas coloradas como manzanas). Es obvio que no es maquillaje puesto que Saint Pierre nos lo hubiese referido, ni se explica que sea la tez de un hombre acostumbrado al sol, ya que él en esa época no salía casi al exterior. Cuando se revisa su iconografía me llama la atención que coinciden los pintores Hart, Quentin de La Tour y Allan Ramsay en mostrarlo con las mejillas sonrosadas.

Esta característica podría corresponder al signo clínico denominado "facies mitral" que se encuentra en la estenosis mitral, la cual puede ser congénita o adquirida. Además, la disnea y las palpitaciones desde la infancia son compatibles con algunas malformaciones congénitas cardiacas como el "Conducto arterioso persistente", la "Comunicación interventricular" (CIV) o la "Comunicación Interauricular" (CIA) que en sus formas leves nunca dan cianosis y se pueden asociar a episodios repetitivos de arritmias supraventriculares y de fibrilación auricular. La asociación entre estenosis mitral congénita y defectos del septo cardiaco está descrita en la literatura científica.

Existen, entonces, razones clínicas sugestivas, aunque no concluyentes, de que Rousseau tuvo, quizá, malformaciones cardiacas congénitas sumadas a la malformación congénita vertebral y a su vejiga neurogénica. De hecho, su talla no superó los 1,50 metros de estatura y esto revelaría cierto retardo pondoestatural. Además, fuera de su miopía severa ("Mi vista corta me engaña a cada instante". Libro I: 30) y de una intoxicación aguda por sulfuro de arsénico ("Tragué oropimente y cal y estuve a la muerte". Libro V: 200) queda una cuestión, de enorme interés, para intentar dilucidarla.

Me refiero a los fracasos continuos de los médicos por pasar las sondas a su vejiga. De hecho, luego de varios años el único que logró atravesar la uretra y entrar de manera completa a la vejiga con una "algalia muy fina" fue el hermano Côme. El propio Rousseau lograba sondearse de manera parcial con las sonditas de Daran, pero tampoco podía llegar con plenitud a la vejiga. Lo anterior es muy curioso, porque la técnica de introducir sondas uretrales era bien conocida por los cirujanos del siglo XVIII y la mayoría de las veces era una práctica clínica habitual y exitosa.

Además, ya dimos las razones para descartar un hipospadias en Rousseau, que sí podía explicar esta dificultad. Sinembargo, hay un único episodio relatado en Las Confesiones que en mi concepto es clave para comprender este asunto. Luego de que se acostó con "la paduana" él estaba temeroso de haber adquirido una enfermedad venérea y decidió consultar a un médico. Su pene y sus genitales fueron examinados por el clínico y Rousseau agregó:

Yo no podía concebir que pudiese salir, impune de los brazos de la paduana; el mismo médico no logró tranquilizarme sino con gran trabajo, persuadiéndome de que estaba conformado de un modo particular que hacía muy difícil que pudiese quedar infestado; y, aunque yo me haya expuesto quizá menos que otro a esta experiencia, por ese lado jamás ha sufrido menoscabo mi salud, lo cual prueba la razón del médico. Sinembargo, esta opinión no me ha hecho temerario, y, si efectivamente he recibido de la Naturaleza esta ventaja, puedo decir que no he abusado de ella. (Libro VII: 289-290).

¿Cuál pudo ser esa "conformación particular" con la que nació su miembro, que no le impedía tener relaciones sexuales pero si generaba una gran dificultad para introducir una sonda uretral? La respuesta más factible es: una displasia peneana. Se explicaría de esta manera las dificultades técnicas para los sondajes y se haría más significativo que los cirujanos que disecaron su cuerpo refirieran que su uretra era normal, pero guardaron silencio absoluto sobre las características de su pene. En esa época revelar al público una anomalía genital hubiese sido una conducta censurable y repudiada por todos, incluso por los enemigos de Rousseau.

Si reunimos todos los hallazgos analizados, nos aparece un cuadro clínico insospechado: Rousseau pudo haber nacido con malformaciones congénitas vertebrales, vesicales, cardiacas y peneanas. Ahí sí estaría justificada, con plenitud, la frase con que él comienza sus Confesiones: "Nací casi moribundo. Había pocas esperanzas de salvarme. Vine al mundo con el germen de una dolencia que los años han reforzado y cuyos intervalos sólo me sirven para sufrir más cruelmente de otra manera". (Libro I: 4).

Linda Quan y David Smith describieron, en el año de 1973, la presencia en recién nacidos de un "espectro de defectos genéticos asociados" que incluían alteraciones vertebrales, atresia anal y esofágica, defectos óseos y renales. La denominaron Asociación VACTER, un acrónimo para la asociación de anomalías vertebrales (V), atresia anal (A), anomalías cardiovasculares (C), fístula traqueoesofágica (T), atresia esofágica (E), anomalías renales (R). No tienen que estar todos los criterios para hacer el diagnóstico. Después se han incorporado al "espectro clínico" otros defectos como la displasia peneana, el escroto bífido y el pseudohermafroditismo. Las hemivértebras son las anomalías vertebrales más frecuentes y la persistencia del conducto arterioso y los defectos del septo son las más comunes de las malformaciones cardiacas. La enfermedad no ha sido comprendida en su totalidad, pero parece tener relación con una alteración en el desarrollo embrionario que sucede en las primeras tres semanas de la organogénesis del embrión. La variabilidad clínica es amplia y pueden nacer niños con defectos incompatibles con la vida y otros pueden ser leves y no producir la muerte a corto ni mediano plazo.

No me es posible afirmar que él haya tenido, en realidad, lo que hoy denominaríamos una Asociación VACTER. Pero, de manera indudable, si el bebé Juan Jacobo Rousseau hubiese nacido en el mundo actual, cualquier médico estaría obligado a pensar en este diagnóstico y a descartarlo con las herramientas tecnológicas que poseemos.

4

La muerte de Rousseau no posee ningún misterio médico. En la mañana del 2 de julio de 1778, en su residencia en Ermenonville, se levantó a desayunar y de un momento a otro se quejó de un fuerte dolor de cabeza, mientras ingería una taza de café. A los pocos minutos cayó al suelo de forma súbita, quedó inconsciente y murió. La autopsia, como ya lo dije, confirmó una "apoplejía serosa" como la causa de su fallecimiento. En un contexto clínico contemporáneo, tuvo un accidente cerebrovascular hemorrágico, secundario a una posible crisis hipertensiva, que se explica bien por la Insuficiencia Renal Crónica debida a la uropatía obstructiva causada por su vejiga neurogénica.

Ahora bien, a pesar del informe de la necropsia dado por los cirujanos, sus contemporáneos crearon otra fantasía alrededor de su muerte. Sus enemigos difundieron el chisme de que se había suicidado al ingerir un veneno con el café, agobiado por su locura o por los sentimientos de "culpa" por sus "crímenes". Algunos de su amigos y, en especial, los primeros adoradores que quisieron "santificarlo" se inventaron una conjura donde, según ellos, su propia mujer Thérèse le había fracturado el cráneo con un objeto contundente.
Los rumores crecieron, en Francia y Europa, hasta el punto que los médicos Coraneez y Roussel exhumaron sus restos, en el año de 1897, y confirmaron que no existía ninguna fractura craneana.

¿Se podrá agregar algo nuevo a su muerte? Pues creo que sí. El artista Houdon moldeó la máscara mortuoria de Rousseau y varios años después el fotógrafo Raspail tomó dos fotografías de ella, que el médico Cabanés obsequió a su colega y académico Lagassagne y éste las publicó en su monografía titulada La mort de Jean-Jacques Rousseau. Allí no se hace ningún comentario sobre la máscara mortuoria, ni encontré en toda la pesquisa bibliográfica realizada, ninguna alusión a ella. Pues bien, luego de observar las fotografías puedo señalar que se confirma, de manera objetiva, el Accidente Cerebro Vascular de Rousseau, pues se observa, con claridad, la existencia de una parálisis facial izquierda, con una desviación de la comisura labial izquierda y un lagoftalmo del ojo izquierdo. Reproduzco al final la imagen frontal de la máscara mortuoria.

En conclusión Juan Jacobo Rousseau, sin lugar a dudas, fue un hombre agobiado por varias enfermedades orgánicas y hasta cierto punto sus trastornos psiquiátricos se justifican y explican, en parte, por una vida de sufrimiento corporal continuo y severo. No obstante, fue un prodigio intelectual que realizó una obra descomunal y profunda, que pocos seres humanos sanos han igualado. Incomprendido por la sociedad de su tiempo, la medicina del siglo XVIII no tuvo las herramientas científicas ni tecnológicas para aliviar sus síntomas y menos para reconocerlos y curarlo.

No obstante, este hombre nacido en Ginebra, pero ciudadano del universo, tuvo tiempo, incluso, para hacer una sugerencia, que terminó dando a la medicina uno de sus grandes descubrimientos. Cuenta el reputado historiador de la medicina Fielding Garrison, que cuando él visitó en la prisión de La Bastilla a Denis Diderot, le comentó que los mendigos ciegos, que pululaban por las calles de París, podrían llegar a beneficiarse si se creaba un "sistema de impresión en relieve" que les permitiera "leer" con los dedos. Al parecer esta idea terminó llegando a Louis Braille en el siglo XIX. Rousseau vivió y murió angustiado y enfermo, pero siempre pensó en el bienestar de la humanidad.


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