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Sábado, 25 Agosto 2012 17:06

La muerte de José Lezama-Lima

por  Omar Vargas

En algunas ciudades de Asia, al pasar de la vida a la muerte, no se saca al muerto por la puerta, sino se rompe un muro de la casa como esperándolo para una nueva causalidad.

                                                 José Lezama Lima, El reino de la  imagen, 360

  

En el libro Cercanía de Lezama Lima, en el fragmento “Un triste privilegio”, Roberto Fernández Retamar afirma que él fue el último de los miembros del círculo de amigos de Lezama que tuvo el honor de estar a su lado antes de su muerte. Relata cómo fue testigo de su traslado de la casa de Trocadero 162 al pabellón Borges del hospital universitario Calixto García y cómo, en medio de bromas y muestras de afecto, le dijo:

Joseíto….tienes que portarte bien y dejarte hacer todo lo que sea necesario. Fíjate que te han traído al pabellón Borges, que es donde traen a los buenos poetas. Si no lo haces, te mandarán al Sánchez Galarraga. (127)

Aclara Fernández Retamar que este “Borges” no tiene nada que ver con el escritor argentino, sino con Jorge Elías Borges, médico y mártir de la revolución; y que Sánchez Galarraga —probablemente Gustavo Sánchez Galarraga (1893-1934)— fue un poeta mediocre. Tal vez las últimas palabras de Lezama fueron dichas poco después a Fernández Retamar, esta vez en conversación telefónica desde el hospital: “Cuando creían que había descendido a la mansión del Hades, me encuentran en Guanabacoa bailando una rumba.” (128).


Registro escueto de la muerte de Lezama en  el diario
 Juventud Rebelde, martes 10 de agosto 1976

 

Tumba de Lezama en el Cementerio Colón

Durante mucho tiempo el testimonio de Fernández Retamar fue la única referencia escrita que se tuvo de la muerte de Lezama, hasta la aparición de “Últimos días de Lezama”, la contribución de José Luis Moreno del Toro al dossier “Secularidad de Lezama Lima”, el cual fue publicado por la revista Casa de las Américas en su número 261, de octubre-diciembre de 2010, como parte del homenaje al centenario del nacimiento del poeta. También poeta, Moreno del Toro (Cuba, 1943) fue el médico personal de Lezama durante un poco más de diez años. La relación, tanto de médico-paciente como de discípulo-maestro que se dio entre ellos (Moreno fue  además uno de los participante del “curso délfico”, el magisterio creado por el Lezama para jóvenes poetas), se remonta a la asistencia que le prestara Moreno a raíz de la fuerte depresión en que cayó el autor de Paradiso con motivo de la desaparición de su madre, acaecida en 1964. Fue a él a quien le correspondió, por tanto, la ingrata tarea de firmar el acta de defunción del poeta. Moreno ofrece en su relato, en donde emergen algunas discrepancias con el de Fernández Retamar, detalles médicos de las complicaciones que le costaron la vida a Lezama: sus débiles pulmones, tan atormentados por una vida de asma, no resistieron la sepsis urinaria que lo atacó durante los primeros días del mes de agosto de 1976, causándole una fatal bronconeumonía[1]. Al enterarse de esto, Eloísa Lezama, desde su exilio, cuestionó la idoneidad del doctor Moreno y de los servicios de salud de la isla, calificando la muerte de su hermano como desproporcionado producto de una “tonta neumonía” (Casa 133). Moreno, en su defensa ante estos señalamientos, establece una cadena de significativas coincidencias presentes en la historia médica de la familia Lezama: recuerda cómo el coronel Lezama murió de una bronconeumonía, durante una epidemia de gripe, en 1919; Rosa Lima, la madre del poeta, falleció en 1964 a causa de una sepsis urinaria complicada con una falla renal; y final e irónicamente, Eloísa Lezama murió en Miami en 2010 a causa de otra “tonta neumonía” (133).


José-Luis Moreno del Toro. La Habana 2011

Uno de los detalles más sobrecogedores del relato de Moreno tiene que ver con el hecho de que, después de mucha insistencia de su parte, consigue que María Luisa y el propio Lezama accedan al traslado del poeta, al filo del mediodía del domingo 8 de agosto de 1976, al pabellón Borges del Calixto Ochoa. Para tal efecto se había dispuesto una ambulancia cuyos recursos y personal tropezaron con la inesperada dificultad de que, dada la obesidad y la precaria condición de salud de Lezama, no fue posible sacar la camilla con su cuerpo por la puerta de la casa, razón por la cual fue necesario:

….romper el herrumboso y viejo candado que guardaba las rejas de la primera ventana de la sala, para sacarlo, no sin dificultad, en la camilla, ya que las dimensiones estrechas de la puerta, la angulación existente entre  ella, la escalera a los pisos superiores y la puerta principal del edificio de Trocadero 162, así como la posición de la camilla y el paciente, dificultaban la maniobra. (131)

La muerte y Lezama se encuentran entonces en una página distinta y desgarradora, después de incontables merodeos y seducciones. Y es que, además del fatídico 9 de agosto de 1976, a lo largo de toda su obra, la muerte aparece en Lezama en forma constante, elocuente e inquietante: su primer poema es “Muerte de Narciso”; el cuarto apartado de su primer ensayo es “Muerte de Garcilaso”; otro de sus ensayos, publicado en 1953 en Analecta del reloj pero firmado en 1941, es “Muerte de Joyce”; en Tratados en La Habana también aparece un corto texto,  del 15 de diciembre de 1954, titulado “En la muerte de Matisse”; mientras que “Muerte del tiempo” es originalmente publicado en 1942, en el número 6 de la revista Nadie parecía. El último texto que jamás apareció en una edición de la revista Orígenes, en su último número 40 de 1956, es una “Nota de la dirección”, firmada por Lezama con sus iniciales (J.L.L.) y titulada “En la muerte de José Ortega Gasset”[2]: no sorprende que la muerte de Orígenes se cumpla como una más de las muertes de Lezama.

El concepto de la muerte en Lezama es múltiple y comúnmente está asociado con la ausencia, con un evento que, en lugar de final, marca el origen, el centro inestable de la vida; un hecho simbólico y decisivo en el que se captura la esencia de la existencia. Pero, por supuesto, la muerte es mucho más que eso. Es posible establecer, para empezar a determinar otras variantes de su multiplicidad, una relación entre Lezama y Jorge Manrique a propósito de la muerte. En cierta forma toda la obra de Lezama, como un perpetuo latido de la ausencia, puede ser vista como una  complejísima configuración “hipermetafórica” a la manera de “coplas a la muerte de su padre”. Don Rodrigo Manrique y el coronel Lezama son hombres de notables y valerosas ejecutorias en el campo de la estrategia militar[3], cuyas batallas son memorables y cuyos actos son siempre modelos de los más altos valores éticos. Por lo menos esa es la imagen que acompaña a sus hijos. Al mismo tiempo, este paralelo entre los Manrique y los Lezama nos conduce a un nivel más abstracto del problema padre-hijo, cuyas diversas aristas permean prácticamente todas las principales preocupaciones conceptuales de Lezama. Es aquí precisamente en donde la causalidad encuentra su punto de quiebre, donde mejor se manifiestan las nociones alternas de tiempo y muerte y donde también cobra especial valor la doctrina de la generación eterna de Orígenes, a la que parece suscribirse Lezama.

La aparición de la muerte en Manrique alcanza grados de profundidad metafísica. Continuando con una tradición medieval ya planteada por ejemplo por Juan Ruiz en el Libro del buen amor, a propósito del lamento por la muerte de la Trotaconventos (estrofas 1520-1575), en principio, la muerte es referida como un personaje siniestro, como un enemigo despiadado e implacable, cuya aparición se da en el momento final de la vida. El hombre se encuentra con ella en un desafío que unas veces recuerda una batalla militar y otras veces un juego de ingenio, como el ajedrez[4]. Típicamente se trata de una confrontación desigual entre el hombre y la muerte en la que sólo la intervención divina puede equilibrar las cargas y conducir a la victoria del hombre. En las coplas, la muerte inicialmente es una presencia externa y discreta; sin embargo, cuando Manrique se aventura a hacer consideraciones más filosóficas, establece una distinción entre ese personaje y “el morir” (“Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en el mar,/ qu’es el morir”). La vida es como un camino  —algo transitorio, una estación— en el que hay que andar sin errar, lo que constituye una invitación al buen juicio. Hay una vida terrenal que sirve para llegar a la otra vida. Manrique presenta entonces el conflicto entre lo “temporal” y lo “eterno”, reivindicando entonces dos facetas del tiempo. Más adelante, el poeta recrimina a la muerte (copla XXIII); la trata como cruel, cruda, fuerte y enfadada. Incluso le inquiere por el lugar a dónde se lleva a los muertos. Para la copla XXXIV, en un desplazamiento de perspectiva subjetiva, el poeta plantea el instante del encuentro entre don Rodrigo y una muerte que ahora tiene voz y responde. Se trata de otro tipo de muerte, más sensata y sabia, que expone sus razones y plantea la idea de tres vidas: la de este mundo (estados mundanales), la de la fama, y la vida perdurable. El encuentro entre la muerte y don Rodrigo es lo que Manrique llama “el morir” (copla XXXVIII[5]). Don Rodrigo es persuadido por una muerte que ya no es un enemigo despiadado, sino una especie de agente de la voluntad de Dios. Este encuentro implica tres cosas: un buen morir, “cercado de su mujer/ y de sus hijos e hermanos/e criados”; el entregarle su alma “a quien ge la dio/ (el cual la dio en el cielo en su gloria)”; y una nueva forma de vida pues “que, aunque la vida perdió/déxonos harto consuelo/su memoria”.

La desaparición de Rodrigo Manrique, el 11 de noviembre de 1476, está enmarcada dentro de unas circunstancias que llevan a su hijo a darle distintas dimensiones a su poema: religiosa, moral, política e histórica. Pero más allá de estas consideraciones, lo que sobresale es su tratamiento del tiempo. La inclusión en el poema de las distinciones entre sustantivo y verbo (vida/vivir y muerte/morir), por ejemplo, introducen una perspectiva singular que está en concordancia con el consenso que involucra tres características fundamentales del significado del tiempo: la dirección única o flecha del tiempo; las diferencias categóricas entre pasado, presente y fututo; y el reconocimiento de un presente en estado de continua formación, el “constant becoming”, lo cual implica esencialmente la distinción de lo que Lezama llamará “los dos extremos del tiempo” (el “being” y el “becoming”: el “destino” y el “viaje”) que en las coplas se manifiesta como vida terrenal y eternidad. Incluso Manrique llega a especificar este instante de tránsito entre la vida y la muerte  en las coplas V y XXXV[6].

De manera que, en un primer barrido, la invocación a la muerte por parte de Ruiz, Manrique o Lezama, contiene básicamente los mismos elementos: es provocada por la desaparición de un ser querido (la Trotaconventos, don Rodrigo Manrique, el coronel José María Lezama y Rodda); y presenta a la muerte en principio como un personaje espectral, para eventualmente situarla más conceptualmente como parte de un proceso, una faceta más de la vida, cuya complejidad y misterio empiezan a arrojar alguna claridad en tanto se reconocen las tensiones de los dos extremos del tiempo los cuales, a su turno, marcan la distinción entre los tres niveles de vida: la terrenal o mundana, la de la memoria y la eterna.

¿En dónde empieza, pues, a configurarse un concepto propiamente lezamiano de “muerte”? Son tres los elementos que perfilan esta demarcación. En primer lugar, a diferencia de Ruiz o de Manrique, quienes abordan la experiencia de la muerte con herramientas poéticas (es decir: van de la muerte a la poesía), Lezama reconoce en toda experiencia poética la presencia de la muerte (o sea, va de la poesía a la muerte). Más aún: hay para él una correspondencia entre el acto de creación estética y la muerte. Por eso, como ya veremos, su idea de la muerte se confunde con la proclamación de su teoría estética. En segundo lugar, en concordancia con lo planteado en “Incesante temporalidad”, la muerte para él no es un evento final, puntual y aislado, no remite a un estado único —“being”—, sino que está en perpetuo estado de producción —“becoming”—; el tránsito entre la vida y la muerte es, por tanto, un incesante e intercambiable camino abierto, una página en blanco. Y por último, más allá de su alineamiento dogmático y filosófico, en el que se destaca un énfasis no en las condiciones de la otra vida, sino en el proceso de resurrección, Lezama reivindica el trayecto y la vigencia americana del proyecto cultural latino, católico e hispano, sin dejar de lado, en un singular sincretismo, sus apropiaciones de “El libro de los muertos”, el confucionismo, el budismo y el orfismo.


Obras consultadas
 

Beaupied, Aída. Narciso hermético. Sor Juana Inés de la Cruz y José Lezama Lima. Liverpool: Liverpool University Press, 1997. Print.

Benítez Rojo, Antonio. La isla que se repite. 2nd ed. 1989. Hannover: Ediciones del Norte, 1996. N. pag. Print.

Bergson, Henri. Introducción a la metafísica. Trans. Carlos Sabat Ercasty. Montevideo: Claudio García y Cia, 1944. Print.

Centro de investigaciones latinoamericanas, Universidad de Poitiers, Francia. Coloquio internacional sobre la obra de José Lezama Lima. Vol. 1: Poesía. Madrid: Editorial Fundamentos, 1984. Print.

Coveney, Peter, and Roger Highfield. The Arrow of Time. New York: Ballantines Books, 1991. Print.

1942. Print.

Espinosa, Carlos. Cercanía de Lezama Lima. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1986. Print.

Griffin, David Ray, ed. Physics and the Ultimate Significance of Time. Bohm, Prigogine, and Process Philosophy. Albany: State University of New York Press, 1986. Print.

Heller, Ben A. Assimilation/Generation/Resurrection: Contrapuntual Readings in the Poetry of José Lezama Lima. London: Associated University Presses, 1997. Print.

Herrera, Fernando De. Anotaciones a la poesía de Garcilaso. Ed. Inoria Pepe and José María Reyes. Madrid: Ediciones Cátedra, 2001. Print.

Levinson, Brett. Secondary Moderns: Mimesis, history, and Revolution in Lezama Lima’s “American Expression.” London: Associated University Presses, 1996. Print.

Lezama Lima, Eloísa. Una familia habanera. Miami: Ediciones Universal, 1998. Print.

Lezama Lima, José. Analecta del reloj. Ed. Maiteé Gómez Fernández. 1953. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2010. Print. Obras Completas.

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- - -. Diarios (1939-1949/1956-1958). Comp. Ciro Bianchi Ross. Ciudad de La Habana: Ediciones Unión, 2010. Print.

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- - -. El reino de la imagen. Caracas, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1981. Print. Selección, prólogo y cronología por Julio Ortega

- - -. Fragmentos a su imán. Primera  ed. México, D. F.: Ediciones Era, 1978. Print. Poema-prólogo de Octavio Paz

- - -. “Guerra atómica o la ironía de la especie.” El Diario de la Marina 23 Feb. 1950: n. pag. Print.

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- - -. La cantidad hechizada. 1970. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2010. Print. Obras Completas. Edición y corrección: Adrián Fernández Diez

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- - -. “La inundación de citas o un nuevo rico.” El Diario de la Marina 19 Nov. 1949: n. pag. Print.

- - -. “La muerte de José Ortega Gasset.” Orígenes 40 (1956): 76-8. Print.

- - -. Obras Completas. México, D. F.: Aguilar editor S.A., 1975. Print. Vol. 1 of Novelas/Poesía completa. 2 vols. Introducción de Cintio Vitier con 13 ilustraciones.

- - -. Obras Completas. México, D. F.: Aguilar editor S. A., 1975. Print. Vol. 2 of Ensayos/Cuentos. 2 vols.

- - -. Oppiano Licario. Ed. César López. 1977. Madrid: Ediciones Cátedra, S.A., 1989. Print.

- - -. “Oppiano Licario.” Orígenes 34 (1953): 322-51. Print.

- - -. “OVNI o el ninivita arcádico.” El Diario de la Marina 25 Mar. 1950: n. pag. Print.

- - -. Paradiso. Madrid: Colección Archivos, 1988. Print. Edición Crítica. Cintio Vitier, coordinador

- - -. Paradiso. Ed. Eloísa Lezama Lima. Tercera ed. Madrid: Ediciones Cátedra, 1989. Print.

- - -. Paradiso. 1991. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2009. Print. Obras Completas. Edición y corrección: Rogelio Riverón y Anet Rodríguez-Ojea

- - -. Tratados en La Habana. La Habana, Cuba: Universidad Central de Las Villas, Departamento de Relaciones Culturales, 1958. Print.

Manrique, Jorge. Coplas a la muerte de su padre. Madrid: Editorial Castalia, 1983. Print. Con cuadros cronológicos, introducción, bibliografía, notas y llamados de atención, documentos y orientaciones para el estudio a cargo de Carmen Díaz Castañón.

Moreno del Toro, José Luis. “Últimos días de Lezama.” Casa de las Américas 261 (2010): 127-33. Print.

Ruiz, Juan (Arcipreste de Hita). Libro de buen amor. Ed. Alberto Blecua. Madrid: Cátedra, Letras Hispánicas, 1992. Print.

Valoración múltiple, José Lezama Lima. La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas, 2010. Print. Edición al cuidado de Roberto Méndez Martínez

 

 Notas



[1] Para empezar, Moreno del Toro, además de médico personal y discípulo del Curso Délfico, también era amigo de Lezama. Por tanto, debió ser él, y no Fernández Retamar, “el último de los miembros del círculo de amigos de Lezama que tuvo el honor de estar a su lado antes de su muerte”. De otra parte, el relato de Retamar no ofrece los detalles del traslado de Lezama al pabellón Borges. Parte de estas discrepancias se explican por la no inclusión del testimonio de Moreno en el volumen Cercanía de Lezama Lima, editado por Carlos Espinosa en 1986,  publicado con motivo de la conmemoración del décimo aniversario de la muerte del poeta. Las razones de esta exclusión no son muy claras. Moreno sostiene que fue su decisión voluntaria no tomar parte en ese libro.

[2] En el índice del volumen VII de la compilación de los 40 números de la revista Orígenes, realizada conjuntamente en 1992 por Ediciones del Equilibrista, de México, y por Sociedad Estatal Quinto Centenario Turner Libros, de España, se corrige el error de edición y se titula la nota como “La muerte de José Ortega (y) Gasset” (Página 502).

[3] La figura de Garcilaso encaja con esta aproximación.

[4] En la estrofa 1531 del LBA se lee: “ca la vida es juego”; en la copla XXXIII de CAMP hay una alusión directa al hecho de jugarse la vida contra la muerte como en un tablero de ajedrez: “Después de puesta la vida/tantas veces por su ley/al tablero;/después de tan bien servida/la corona de su rey/ verdadero…”

[5] Non tengamos tiempo ya/en esta vida mesquina/por tal modo/que mi voluntad está/conforme con la divina/para todo/e consiento en mi morir/con voluntad plazentera, /clara e pura/que querer hombre vivir,/ cuando Dios quiere que muera,/es locura)

[6] Copla V: Este mundo es el camino/para el otro, qu’ s morada/sin pesar;/mas cumple tener buen tino/para andar esta jornada/sin errar;/partimos cuando nascemos,/andamos mientras vivimos/y llegamos/al tiempo que fenecemos;/assí que cuando morimos,/descansamos. Copla XXXV: “Non se os haga tan amarga/la batalla temerosa/qu’esperáis,/pues otra vida más larga/de la fama glorïosa/acá dexáis,/(aunqu’ esta vida d’honor/tampoco no es eternal/ni verdadera);/mas, con todo, es muy mejor/que la otra temporal,/peresçedera.”

 

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