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Viernes, 10 Junio 2016 14:01

Los albores de la novelística de Hazel Robinson-Abrahams

por  Ariel Castillo-Mier

Gracias a una pregunta sobre San Andrés, formulada en una columna de El Espectador en 1959, a la cual respondió una joven nacida en la isla, y de padres nativos, el 27 de junio de 1935, quien había realizado los doce años de estudios formales en colegios insulares y del continente cuyos nombres no quiere repetir,[1] se dio a conocer al país el nombre de Hazel Robinson Abrahams.


[1]  Correo electrónico de Hazel Robinson al autor de estas líneas el 14 de diciembre de 2009.

[2]  Véanse sus artículos publicados en el Magazín Dominical de El Espectador entre 1959 y 1960, bajo el título de «Meridiano 81». Véase al final el listado de artículos «Meridiano 81»

 

Don Gabriel Cano, director del periódico, y Gonzalo González, GOG, responsable del suplemento dominical, contentos con la respuesta de Hazel, quien por esos días trabajaba en la Caja Agraria, la invitaron a escribir una columna para el Magazín de los domingos. Así nació «Meridiano 81».[2]

 

  Publicadas con amplio despliegue fotográfico, las treinta entregas de la columna de Hazel, cuya vigencia, pese al paso de los años, amerita una reedición, se concentraron en un objetivo primordial: informar sobre el archipiélago, más allá de las imágenes estereotipadas del turismo. Dueña de naturales dotes narrativas y con un gran dominio del castellano, la autora, empeñada en dar a conocer la historia y la geografía de sus islas (sobre todo, las del caballito marino de San Andrés y la de la mojarra de Providencia) escribía amenas crónicas acerca del idioma, las rutinas de la vida cotidiana, las tradiciones culturales propias de la población raizal, las fiestas, las costumbres, las creencias, las heridas y las esperanzas del Archipiélago de San Andrés y la belleza natural de ese territorio tan colombiano como olvidado, en parte por la lejanía, pero también debido al centralismo crónico de los gobernantes despreocupados por el desarrollo equitativo de la nación.

Tal vez el motivo más recurrente de las crónicas fue la semblanza de personajes ejemplares, ignorados por el país, como los comerciantes Rubinstein; los Livingston, tres generaciones de pastores; Francisco Newball, abogado, fundador del periódico The Searchlight ; Emily Fredericks de Lewis quien encarnaba el espíritu de solidaridad entre los isleños, creadora en Panamá, en 1935, de una institución que funcionaba como un seguro social: The Colombian Patriotic Club; y el valiente militar George M. Hodgson, general en Nicaragua. Gracias a las columnas, el lector se entera de los hitos principales de la historia de la isla, cuyo nombre indígena era Abacoa, probablemente descubierta por Cristóbal Colón, en 1510, y denominada Henrietta por los ingleses, en 1619, en honor a la reina de Inglaterra. En 1629, en la víspera de la Navidad, arribaron los puritanos; en 1633 llegaron los primeros esclavos a Providencia; en 1822 las islas pasan a la República de Colombia, incorporadas a la Provincia de Cartagena; en 1823 comienza la vinculación con los Estados Unidos iniciada por la firma Cotheal Bros., de Nueva York, merced a la compra y transporte de algodón; en 1843 se establece la Iglesia Bautista organizada por la American Baptist Board of Home Missions; en 1853 queda abolida la esclavitud; en 1912 se aprueba el proyecto de crear la intendencia; y en 1953, al ser declarado puerto libre, el país abre los ojos a la existencia de San Andrés, y con la construcción en 1956 del aeropuerto, comienza para el archipiélago una actividad desconocida hasta entonces.

Hay un tono de inocultable, aunque suave nostalgia, en las evocaciones que hace Hazel de las islas antes de la llegada de los aviones tipo Catalina que acuatizaban en la bahía levantando una ola inmensa y espumosa, y se abrían como una lata de galletas de la que salían muchos visitantes que eran transportados, en botes, a tierra firme. Con los veloces aviones, cuyo vuelo remplazó al de las gaviotas, se inauguró una era de prisas y ajetreos, que no esperó la transición de una generación, sino que se introdujo de manera traumática, de un día para otro, con las palmeras derribadas para la construcción de las calles y el aeropuerto y el inicio de la fiebre del cemento que sustituía las viejas casas de madera de estilo inglés (edificadas de arriba para abajo y sin puertas, en predios holgados poblados de palmeras, matas de plátano y tamarindos, cuyos pisos se brillaban con aceite de coco), y acabó con un ritmo de vida pacífico y sencillo, regulado por el arribo de las goletas anunciadas por la voz sorda y perezosa de los caracoles que trancaban las puertas del segundo piso de las viviendas, al tiempo que los pobladores raizales gritaban «sail ahoy! ¡Viene la vela!», y con las naves aparecían los seres queridos, los encargos, las provisiones, las medicinas, las cartas, las noticias y los enfermos curados.

En esa época el tiempo se medía por las sombras y los bautizos se efectuaban en la playa, y en San Andrés los automóviles eran los primitivos «tres patadas», y todo se hacía a caballo: las prédicas de los misioneros ingleses, los cortejos de los matrimonios de los miércoles, el día nupcial, el transporte de los cocos de la plantación a la carretera o a los depósitos, las carreras deportivas en la pista de arena blanca de la playa sobre la cual los jinetes isleños volaban como las gaviotas sobre el mar, y el sábado era el día de los dulces caseros —de yuca, batata, arroz, plátano y maíz— y de los niños, y los domingos nadie trabajaba ni se bañaba en el mar ni abría almacenes ni bailaba ni cogía una aguja o una plancha de hierro calentada en carbón de palo, porque era un día de regocijo espiritual, de canto en los coros de las iglesias bautistas, de misas católicas, de visitas a los enfermos y lecturas bíblicas, y el único alboroto era el juego del chance que dependía de los datos de la lotería en la radio de Panamá. En esos años el comercio de los cocos con los Estados Unidos no se había venido a menos —el coco era vital en la existencia de los isleños— y la gente tenía trabajo y ganaba en dólares, y Providencia, famosa entre las islas vecinas por la dulzura de sus naranjas, era un lugar idílico donde había un solo automóvil, pero ningún analfabeta.

Si bien, como se ha dicho, la intención central de «Meridiano 81» era proporcionar al país las informaciones que contribuyeran tanto al aprecio del archipiélago a partir de un conocimiento real como a la solución de las muchas necesidades de los isleños, cuatro de las crónicas, «You will Come Back to Rock Hole», «El niño y el mar», «Sail Ahoy, la voz solidaria del caracol» y «Nuestro inglés», cuyo designio es más bien de carácter estético, y en las que pueden identificarse elementos (imágenes, frases, nombres y características de personajes) que luego reaparecen en su primera novela, No Give Up, Maan!, nos proporcionan las claves del proyecto novelístico de Hazel Robinson: la recreación, con apoyo en la sugestión imaginativa de la leyenda, del hechizante paisaje de la isla caribeña y su dolorosa historia, para dotar al archipiélago de una ficción arraigada en la realidad, que ahonde en la condición humana y estimule el sentido de pertenencia nacional de los isleños. De igual manera, en tales textos, hallamos, en ciernes, los rasgos que singularizan el orbe narrativo de Hazel Robinson: el manejo diestro y eficaz del lenguaje, la presencia incesante del mar y del ambiente del puerto, la habilidad para urdir y sostener el hilo del suspenso y los nexos del relato con la historia.

En la columna «Nuestro inglés» se establece un «paralelo entre lo que fue y representó la Reina Isabel Tudor y la trayectoria de nuestro pueblo », destacando cómo la “brillante e indómita joven tuvo que lidiar con las conspiraciones que tramaban hombres inescrupulosos, desesperados por llegar al poder y sufrir el odio fanático de María, su media hermana. Sus armas eran una inteligencia vivaz, un dominio completo de sí misma y un apasionado amor por su patria. Gracias a estas dotes abrió para Inglaterra una era de paz y prosperidad”. En ese retrato, sin duda, se sintetizan los rasgos que identificarán, años después, a Elizabeth, la heroína de la primera novela de Hazel, No Give Up Maan!, publicada en 2002 con el apoyo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Caribe. La dedicatoria de la obra, «A todos los que en una época llegaron contra su voluntad a estas islas y se fueron sin la oportunidad de contar su historia»., enfatiza la intención de narrar el pasado de las islas, sus orígenes ignorados tanto por quienes han llegado a ellas como por los que se han ido.

Cuando a finales de 2009, Melba Escobar me habló del proyecto de la ministra de Cultura Paula Marcela Moreno Zapata de una Biblioteca de Literatura Afrocolombiana que recogiera la producción literaria de los descendientes de los africanos en Colombia, no dudé en proponerle el nombre de Hazel Robinson, cuya novela inicial era por sus temas y su visión del mundo una de las más pertinentes para la colección, en la medida en que recreaba la historia de la isla, desde los comienzos de la sociedad insular, pasando por el episodio de ignominia de la esclavitud, hasta los umbrales de su abolición, poniendo de manifiesto una notable admiración y respeto por las tradiciones culturales de resistencia de los raizales de la isla, su particular manera de entender el mundo y de relacionarse con este. La reedición, años después, de esta obra por Casa de las Américas de La Habana parecen confirmar esa apreciación.

Hazel Robinson ha publicado tres novelas que conforman un proyecto coherente de recreación del universo isleño: No Give Up, Maan! (2002), Sail Ahoy (2004) y El príncipe de St., Katherine (2009), las cuales se inscriben en la incipiente tradición narrativa de la isla, de la cual forman parte, a su vez, los libros de cuentos  Bahía sonora (1976) de Fanny Buitrago y Sobre nupcias y ausencias (1988) de Lenito Bent Robinson, y las novelas Los pañamanes (1979) de Fanny Buitrago y Entre ráfagas de viento (2006) de Claudine Bancelin. Hazel tiene a la espera de publicación la novela Da So Ee Go. That`s How it Happened. Así pasó. [1] 

 

Referencias bibliográficas

Bancelin, C. (2004). Entre ráfagas de viento. Bogotá: Maremágnum.

Buitrago, F. (1976). Bahía sonora. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Colcultura.

-------- (1979). Los pañamanes. Barcelona: Plaza y Janés.

Robinson-Bent, L. (1988). Sobre nupcias y ausencias. Bogotá: Fundación Simón y Lola Gubereck.

Robinson-Abrahams H. (2002). No Give Up, Maan! Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

-------- (2004). Sail Ahoy. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

-------- (2009). El príncipe de St., Katherine. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Nota bibliográfica

Hazel Robinson publicó los siguientes artículos en el “Magazín Dominical” de “El Espectador” entre 1959 y 1960, bajo el título de “Meridiano 81”:

1959

1. Junio 14, «San Andrés y los piratas»

2. Junio 14, «Los tres Livingston»

3. Julio 19, «San Andrés holiday»

4. Julio 26, «You will come back to Rock Hole»

5. Agosto 2, «Las islas y los cayos»

6. Agosto 9, «Beetle el insecto sagrado de las islas»

7. Agosto 16, «Wednesday, wedding day. Miércoles, el día de casarse en San Andrés»

8. Agosto 23, «La goleta Persistence»

9. Agosto 30, «Sail Ahoy, la voz solidaria del caracol»

10. Septiembre 6, «De la goleta al avión, pero aún nos falta el servicio de energía»

11. Septiembre 13, «Trailer isleño, los Himnos»

12. Septiembre 20, «Providencia»

13. Septiembre 27, «Como se hace una casa, en San Andrés, se construye de arriba para abajo»

14. Octubre 4, «La vuelta a la isla»

15. Octubre 11, «The Searchlight. Un periódico isleño en 1912»

16. Octubre 18, «San Luis y Luisito. Ese afán de comprar en puerto libre»

18. Octubre 25, «¿De quién son los cayos? ¿Son nuestros o no?»

19. Noviembre 1º, «Algo de ayer y hoy»

20. Noviembre 8, «The Colombian Patriotic Club: una especie original de seguros sociales»

21. Noviembre 22, «Nuestro inglés»

22. Diciembre 20, «Meridiano 81, Paralelo del olvido. Providencia: capital Santa Isabel»

23. Diciembre 27, «La isla Absoluta»1960

1960

1. Mayo 1º, «El niño y el mar»

2. Mayo 8, «Aquí debió ser el paraíso. Pero hoy se consume en el olvido»

3. Mayo 15, «Ha bajado la marea»

4. Mayo 22, «¿Dónde es que queda San Andrés? En una esquina y un cuadrito del mapa»

5. Mayo 29, «Gracias a Dios»

6. Junio 5, «Tuvimos un valiente general sanandresano: George M. Hodgson»

7. Junio 12, «Papi Forth. Presidente del concejo de la isla»



[1]Todas las ediciones de las novelas de Hazel Robinson han contado con el apoyo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Caribe, y se han integrado a proyectos institucionales bajo la dirección del profesor Santiago Moreno G.

 

 

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