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Viernes, 23 Junio 2017 06:59

"Martín Paz" de Julio Verne y la novela en la Independencia de Hispanoamérica

por  Albio Martínez-Simanca

Patriotas

Durante los primeros treinta años del siglo XIX la independencia política de América con respecto a España se había logrado; sinembargo, fuertes cadenas de opresión ideológica mantenían atados a los americanos a la Metrópoli, de tal suerte que las manifestaciones libertarias seguían muy limitadas, situación que se manifestaba en cualquier expresión artística. Por consiguiente, la novela estará sujeta a las ataduras religiosas y políticas que fueron legadas por el aparato de dominación que durante cuatro siglos se impuso a los americanos; la novela recogerá entonces diversas manifestaciones sociales, entre ellas las guerras, los usos, las costumbres, el folclor, y en general, la confrontación de la lucha por el poder, todo matizado con el romanticismo de la época.

Durante ese período, los hombres que encarnaban la lucha por las ideas políticas en América se mantuvieron demasiado ocupados en expulsar al ejército invasor; el aparato ideológico estaba muy arraigado, de tal manera que cualquier expresión literaria tenía la impronta de ser una narrativa impregnada de valores morales y religiosos, combinados con acciones administrativas, injusticias, opresiones y, lógicamente, alzamientos originados por esta misma situación. No era fácil que los americanos se pusiesen de acuerdo en un proyecto continental en donde se inscribían en un caldo de mestizajes los españoles que quedaron, los criollos que vieron la oportunidad de acceder al poder, los indios y negros sojuzgados y los zambos y mulatos que sin esperar mucho, deseaban por lo menos algún tipo de dignificación como seres humanos.


El patriotismo afloraba en esta nueva literatura,  con héroes extraídos de estas vertientes raciales. Los autores que trataban de reflejar la situación de América empezaron a construir y narrar historias sobre las cenizas de un pasado saturado de conflictos, con un mestizaje en proceso de asentamiento, de construcción de unos imaginarios en bruto, sazonados con mitos, leyendas y creencias que continuamente se estaban enriqueciendo.

El proceso de enseñanza dependía del sistema educativo trazado desde Roma, hecho que se dio desde el momento en que España puso pies en territorio americano, pues el báculo estuvo presente desde la llegada de Colón, con el papado de Alejandro VI, de la familia de los Borgia, originarios del reino de Valencia. Alejandro VI fue el  Papa  214 y gobernó la iglesia durante 11 años, entre 1492 y 1503.

 

La novela de la Independencia

Durante cuatro siglos de férrea dominación española, quedaron crónicas, registros de situaciones sociales que no adquieren la denominación propiamente de novelas; en ocasiones son relatos escuetos que cuentan sucesos muy particulares. Justo, este año (2016), se han cumplido los doscientos años de la publicación de lo que podría denominarse la novela de América: El Periquillo Sarniento (1816), del escritor mejicano José Joaquín Fernández de Lizardi, obra que marca el límite entre la independencia y la caída del Virreinato de la Nueva España. Es trascendental en la medida en que recoge las tensiones de América en ese momento de resistencia, matizada con la picaresca, la sátira y el humor. Pero en la medida en que se dieron las sublevaciones y el clima de confrontación les dio estatus a los criollos americanos, se crearon las condiciones para que poco a poco fuera surgiendo un tipo de novela de la independencia en América.

La inscripción de la novela Martín Paz de Verne, en el conjunto de la novela de la independencia, estará delimitada así: como tiempo tomamos la primera mitad del siglo XIX; el espacio, una pequeña porción del Tahuantinsuyo, justo donde se dan como temas el poder político y el mestizaje. Estudios recientes e innumerables han surgido acerca de la novela en América, escogeremos el de Juan Carlos Orrego Arismendi quien en su tesis doctoral de 2013, cita el trabajo crítico de Donald McGrady, acerca de la mención que hace de las principales novelas de la época, que van a rodear a Martín Paz:

 

En "La novela histórica en Colombia 1844-1959" (1962), Donald McGrady dedica un capítulo a once novelas indianistas escritas en el periodo, entre las cuales cuatro se ocupan de los incas (Huayna Capac [1856], Atahuallpa [1856], Los Pizarros [1857] y Jilma [1858], todas de Felipe Pérez), dos de los muiscas (El último rei de los muiscas [1864] de Jesús Silvestre Rozo y El Dorado [1936] de Eduardo Posada) y una, respectivamente, de los indios de Calamar (Yngermina o la hija de Calamar [1844] de Juan José Nieto). (Orrego, 2013: 11).

 

El Imperio del Tahuantinsuyo

El poderoso imperio del Tahuantinsuyo (siglos XV y XVI), “sin rival en el mismo continente y segundo en el hemisferio americano”, según palabras del escritor colombiano Felipe Pérez, estuvo limitado así:

 

Extendíase desde el Chimborazo y el Soratá hasta el Pacífico y desde el Atacama hasta el Rumichaca. De modo que estaba encerrado entre el océano de agua y el de arena y entre los volcanes de cráter altísimo y el río de lecho subterráneo. Le servía de doble muralla el cordón montañoso, largo como la orilla del mar, que se alza en picos desiguales y se parte en cordilleras menores; alcanzando muchas veces su lomo hacia la región de las nieves. (Pérez, 1856:1).

 

Los tres largos siglos de presencia física de España, desde y durante la Conquista de América, habían dado sus frutos con un entrecruce de etnias, de donde surgieron los mestizos, zambos y mulatos que se regaron por el continente. De esta mezcla de razas, conformada por nativos, blancos europeos, negros africanos, criollos y pardos, surgieron los líderes americanos que, cargados de nuevas ideas libertarias, arrojo y valentía, aunaron esfuerzos y concibieron el proyecto de independencia del Nuevo Mundo.

El personaje principal de la novela Martín Paz, y que da el título a la obra, es un indígena que encarna la rebeldía de los pueblos americanos y de manera especial a los descendientes de Manco Capac. Con la publicación de esta obra, Verne buscaba generar un espíritu de conciencia nacional y racial en América, hombres que van a cobrar parcialmente a los colonizadores las humillaciones y vejámenes cometidos en tierras americanas, oprobiosa situación que se dio durante un oscuro periodo en el que se cometieron toda clase de vejámenes.

Afirma el profesor Alberto Hernández Vásquez, que durante este largo periodo no hubo novelas en Hispanoamérica, como resultado del impedimento y persecución física e ideológica de que fueron objeto los nativos y residentes de esta parte del continente por parte de la corona española, (Hernández, 2015: 3); por ello el valor que representa la nouvelle Martín Paz de corte histórico-romántica, trasciende a través del tiempo y deja un formidable registro documental que nos muestra un cuadro al óleo, en el que Verne recoge las tensiones entre las diferentes clases sociales que se concentraban en la ciudad de Lima, la que califica como “teatro de revoluciones siempre renacientes” (Verne, 1971: 292)

 

La primera novela peruana

En un corto periodo de seis meses, entre 1843 y 1844, apareció por entregas en el diario El Comercio de Lima la primera novela peruana, titulada Lima de aquí a cien años del autor, de filiación masónica, Julián Manuel del Portillo (1818-1862); para este ensayo hemos tomado como referencia su reciente edición realizada en 2014 por el crítico literario Marcel Velásquez Castro. En cuanto al contenido, el autor recurre al recurso de la anticipación, a través de la hibernación para detener el tiempo y proyectarse hacia un futuro utópico en el año de 1944, momento en el que puede hablar sin talanqueras acerca de la situación política que agobia al Perú, “la suerte de la patria y la nuestra” ─dice. En la novela se exaltan los valores morales y el deseo de una patria mejor y una visión futurista en calidad de vida para los habitantes de este país suramericano. En estos términos quedaba planteado por boca de Del Portillo el ideal de cambio y el deseo de patria estable para las naciones del continente americano. El proyecto masónico al que pertenecía su autor era continental y al unísono las logias aportaban sus ideales de prosperidad y cambio desde lo americano.

 

Unidad de americanos en Europa

Cuando los miembros de la logia Lautaro, creada por Francisco de Miranda en 1797, propiciaron la organización de las fuerzas políticas insurgentes de los suramericanos que estaban en Europa, siempre tuvieron como propósito la alianza con otras logias europeas, quienes por su formación humanística y por principios en defensa del ser humano, fueron opuestos a toda clase de colonialismo. Los intelectuales franceses tenían presente que lo hecho por España con los pobladores de nuevos territorios conquistados era una violación a los principios universales del humanismo, a la usurpación de los territorios y a la agresión de las comunidades tribales del continente recién descubierto, hecho que se tradujo en humillaciones, muertes, sacrificios y vejaciones, cuyas tensiones han sido difíciles de superar no obstante el tiempo transcurrido. La muerte de Atahualpa, el rey Inca, aún persiste y se siente el engaño de cobrar por su rescate una cantidad de oro que arrojó como peso 24 toneladas, catalogada como el mayor robo en la historia de este precioso metal. Los primeros cuarenta años de esta barbarie fueron descritos por Fray Bartolomé de las Casas, en su Breve relación de la destrucción de las Indias, crudo relato en el que da cuenta de la ferocidad y humillación con que fueron tratados los nativos y los esclavizados en el continente americano. Muertes, desolaciones, violaciones, ahorcamientos, engaños; el ser humano llevado al extremo de la barbarie.

 

La Negación del Conocimiento

Negadas las posibilidades de acceso al conocimiento, América estaba aislada; quedaron vedados la escritura, la lectura y el arte que no fuera religioso; cualquier conocimiento proveniente de Europa estaba prohibido. Los denominados criollos pudieron acceder a algunas disciplinas, bien porque salieron hacia países europeos o Estados Unidos, o porque las relaciones sociales al tener familiares pudientes se lo permitieron. La literatura que no fuera religiosa estaba proscrita y con mayor razón la creación artística que pudiera encarnar focos de rebeldía. La Inquisición se encargaría de que esto se cumpliera cabalmente; la vida de los pobladores transcurría entre la humillación, los latigazos y la imposición de normas, amén de la monotonía de los sermones religiosos, el encerramiento en claustros, así como el recogimiento espiritual, o el cegamiento de la vida ante cualquier intento de rebeldía; era la forma de vida del común de las gentes, situación onerosa que soportaron durante la dominación ibérica.

El encerramiento fue una práctica social para que no se supiera nada diferente de la enseñanza impartida por la Metrópoli. La aplicación efectiva de la cédula real del 13 de septiembre de 1543, por parte del entonces príncipe Felipe II, prohibía el acceso a cualquier literatura novelada denominada de “mentirosas historias”; tales prohibiciones fueron aplicadas con la rigidez de la dominación española. La cédula real argumentaba que de difundirse las novelas estas “harían perder autoridad y crédito a las sagradas escrituras”. El poder religioso, soportado en las armas, fue utilizado como forma de “convencimiento” para los nativos, que no pudieran escapar del sometimiento, y el cerramiento ideológico; fue la negación a cualquier tipo de literatura profana lo que castró la imaginación en la alborada americana; la opción y la defensa de las ideas bajo la forma de literatura escrita, tuvo, pues, limitadas sus posibilidades. No obstante, los nativos y negros cimarrones se las ingeniaron para lograr que sobrevivieran vestigios de sus culturas, entre ellos diversas formas de comunicación; hoy día existen algunas lenguas nativas, así como multiplicidad de vocablos y topónimos, situación que ha permitido que en un complejo proceso de reconstrucción paleográfica y sonora se haya podido rearmar el armazón fonético de algunas de ellas.

 

Poder e ideología

Los criollos en su conjunto se formaron en un discurso libertario siguiendo el trazado de la revolución francesa; los ingleses por su parte estaban más interesados en arrebatarle las colonias a España con la mira puesta en sus riquezas; en tal sentido apoyaban cualquier tipo de insurrección, con tal de mellar el poderío de los ibéricos. Los rebeldes americanos se movían en Europa buscando recursos y armas para la insurrección, pero ¿dónde quedaba la literatura que apoyaría este proceso? No era fácil, máxime cuando se sabía que no era factible ingresar de Europa a América alguna producción que incitara el levantamiento. Antonio Nariño se esforzó y logró imprimir y repartir algunos ejemplares de su periódico La Bagatela, en la Nueva Granada. Pero liberarse era un decir; el sometimiento ideológico seguía intacto. Los cerebros seguían enajenados por la legislación imperante y la religiosidad.

 

El imaginario de Verne trasciende el Océano Atlántico

Durante el siglo XIX Francia seguía imbuida en una fuerte tensión e inestabilidad que se generaba en las clases sociales enfrentadas internamente. El país galo era un caldo de cultivo de levantamientos, rebeldías y creación artística y literaria que reflejaba los conflictos; es un periodo de florecimiento de una literatura que propiciaba la oposición a todo tipo de colonización. En 1850 Julio Verne, quien ya tenía 22 años y su generación, era la del posconflicto de la revolución francesa, sabía que desde la literatura se podría incidir en un cambio de actitud de las personas, y se podía al menos denunciar el sojuzgamiento que ejercían los países dominantes sobre las colonias. La literatura podía cumplir este papel; en tal sentido estos creadores encaminan sus energías con singulares producciones literarias, dando lugar a una serie de obras muy bien escritas, con enorme trascendencia, posteriormente denominadas tanto ellas como sus autores: clásicos de la literatura francesa. Para esa época la intelectualidad del país galo había heredado de la italiana un tipo de libro de bolsillo, fácil de cargar, que oscilaba entre el cuento largo y la novela corta, denominada nouvelle, y que permitía el fácil acceso a su lectura; esta tuvo su origen el relato corto medieval. Era además de fácil edición, cuyo propósito era la incidencia en la creación y en la formación de una conciencia colectiva, que propiciara la fácil circulación y que en la mayoría de los casos contribuyera a reforzar los alzamientos y movimientos libertarios. Era evidente que con estos criterios surge para Verne su pequeño relato América del Sur, costumbres peruanas: Martín Paz, publicado en la revista Musée des familles por Pitre-Chevalier. El escenario del argumento de esta nouvelle está ubicado en la ciudad de Lima, edificada por los españoles sobre las ruinas materiales de una de las urbes del antiguo imperio del Tahuantinsuyo. Y en cuanto a la relación de Verne con el Perú y su compromiso con los lugares más apartados del globo terráqueo, es descrita por el ingeniero Cristian Tello de la Cruz en su entrada de blog ensayo «Verne y el pueblo de los Incas» (2016):

 

la lejana América del Sur no podía escapar a su incomparable sed de descubrimiento. Martín Paz, obra de 1852, es una curiosidad dentro de su vasta producción literaria: se ambienta en el Perú. Es una novela corta de juventud que corresponde a la época de su iniciación como novelista, antes de ganar el prestigio que le dieron, más adelante, sus libros futuristas.

 

El simbolismo verniano de Martín Paz

En cuanto al simbolismo que pudiera encerrar el nombre de la novela y el personaje, nos vamos a apoyar en Ariel Pérez, en sus investigaciones acerca de lo que pudiera significar para Verne y sus propósitos de enseñanza. Cuando introdujo este nombre, empezaba para él una especie de juego dentro del juego literario, concediéndole una gran la importancia, porque sabía que estaba incidiendo sobre el lector; cuando utilizó el nombre de Martín tenía claro que significa guerrero en lengua latina y que proviene del dios Marte. Verne quiso dar la connotación de rebeldía de los líderes de las razas americanas opuestas al colonialismo. Martín representa a todos y cada uno de los líderes que forman parte del mestizaje, pero ante todo de la resistencia; en ese sentido podría ser Manco Capac (s. XIII), el fundador de la cultura Inca, o Lautaro (1534-1557), el audaz cacique mapuche, o Atahualpa (1500-1533), el último de los gobernantes del Imperio Inca. Era también la forma de representar a los criollos americanos entre quienes sobresalieron José de San Martín (1778-1850), por la afinidad con su apellido, o tal vez Simón Bolívar (1783-1830), o Bernardo O’Higgins (1778-1842); en fin, aquellos guerreros que cargaron sobre sus hombros la independencia de América y cuyas campañas fueron decisivas en la ruptura con la Metrópoli. De los pensadores de la independencia americana, además de Francisco de Miranda (1750-1816), y de los educadores Andrés Bello (1781-1865) y Simón Rodríguez (1769-1854), José de San Martín es quien tiene mayor formación educativa, política y militar. Nació en Argentina, y desde niño, en 1784, se trasladó con su familia a España. Contaba con seis años cuando fue matriculado en el Seminario de Nobles de Madrid y con trece años ingresó como cadete al Regimiento de Murcia. Consagrado al espíritu de las armas, emprendió una exitosa carrera militar que por sus acciones y confrontaciones en el campo de batalla lo condujeron rápidamente a obtener meritorios ascensos como capitán de infantería en 1803 y teniente coronel de caballería en 1808.

Además de su formación castrense era un humanista, la que pudo obtener gracias a lo que le inculcaron sus padres y a su ulterior contacto con las logias tanto de Europa como de América. Él mismo encerraba una contradicción personal, situación que lo llevó a abandonar el ejército español para unirse a la causa de la independencia americana; dejaba atrás una carrera de 22 años de servicio y una experiencia militar que estaba llena de grandes méritos. José de San Martín es un líder muy querido en toda América y de manera especial en el Perú, por ser él quien inició desde 1920 la campaña liberadora del antiguo territorio de los Incas.

Veamos ahora qué pudo conducir a Verne a asignarle el apellido Paz, al personaje de su imaginario. Aparentemente deviene del nombre de la capital de Bolivia; los historiadores han considerado la ciudad de La Paz, fundada en 1548 por el capitán Alonso de Mendoza, como un epicentro de singular belleza por el paisaje que la rodea, por el sitio donde fue construida que es un remanso de tranquilidad, desde donde se observa la majestuosidad  y exuberancia de los Andes. Está a una altura de más de 3.000 metros sobre el nivel de mar, es sinónimo de la pureza del aire; además, su cielo es un tributo a la naturaleza; como se colige por diversas razones, la ciudad de La Paz es considerada una de las actuales maravillas del mundo. Su nombre puede aludir a la restauración de la paz, después de la guerra civil que siguió a la insurrección de Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, primer virrey del Perú.

Desde siempre La Paz es un lugar de concentración de indígenas que pueblan sus alrededores, es un lugar de adoración, de tributo a sus dioses tutelares. Los nativos se convocan a las festividades que en ella se realizan y la recorren mostrando el colorido y elegancia de sus atuendos. Fue epicentro en 1781 de una revolución indígena, liderada por Tupak Katari, quien la sitió impidiendo el paso de personas o mercancías. Recordando todos estos aspectos, el nombre Martín Paz encierra una contradicción: es guerra en la defensa y paz en la esperanza de los pueblos americanos, condición inseparable de equilibrio para quienes deseaban una forma de vida diferente al sojuzgamiento a que fueron sometidos.

 

Se disuelve el proyecto continental

La trama de la novela Martín Paz está ubicada con fecha probable hacia el año de 1829, durante la presidencia del general Agustín Gamarra Messía (1785-1841), político y militar; en él pesaban los deseos de servir a la nación y a sus gentes, había sido soldado de la independencia y mantenía vivo su interés de lo que había sido su servicio a la causa de la independencia. Los innumerables títulos de que hacía gala los había obtenido en el campo de batalla: Gran Mariscal Restaurador del Perú, Benemérito de la Patria en grado heroico y eminente; portador de las medallas del ejército Libertador, de Junín, Ayacucho y Ancashy; Generalísimo de las fuerzas de mar y tierra y Presidente Provisorio de la República. Expidió en Huancayo la Constitución Política de la República Peruana el 10 de noviembre de 1839.

Es el momento de las tensiones derivadas de la guerra entre La Gran Colombia y el Perú (1828-1829), conflicto armado surgido entre líderes locales enfrentados por un lado quienes propiciaban el régimen vitalicio de Bolívar, cuando aún no se había consolidado la independencia. Por otro lado, quienes se resistían a la continuidad del régimen bolivariano. Rotas las relaciones surgieron duros enfrentamientos y la consiguiente disputa por territorios y poblaciones limítrofes. Entre los americanos se observó la falta de audacia y preparación política para encarar la defensa del proyecto continental y la incapacidad para sacar adelante una verdadera independencia de América. Los líderes se diluyeron en luchas intestinas que dieron al traste con las ideas románticas de conformar un territorio americano unificado. El proyecto de independencia llegó a un final feliz cuando se alcanzó la expulsión de las fuerzas colonizadoras, pero careció de un liderazgo político que mantuviera solidez en el discurso libertario de unificación a partir de bases ideológicas firmes, exentas de las influencias religiosas que siguieron opuestas a la libertad de pensamiento, de creación, de educación. A través del cordón umbilical, los colonizadores siguieron enviando los mensajes de subyugación y por mucho que quisieron hacer sus líderes, no se logró la tan anhelada unificación de líderes o caudillos que disgregaron lo que consiguieron en heroicas batallas. El proyecto continental siguió enredado en luchas internas y sus caudillos se empecinaron en defender sus pequeños territorios; finalmente toda América quedó imbuida ideológicamente en el conservadurismo, en la defensa de sus pequeñas parcelas y en la religiosidad de que se precia.

 

Independencia del Perú. Lima 1829

La independencia del estado peruano tiene su origen en la expedición liberadora procedente de Chile al mando del general José de San Martín, quien en 1821 la proclamó en Lima y bajo su protectorado se formó el primer Congreso Constituyente del país; pero las cosas no concluyeron allí. El estado peruano sostuvo su guerra contra los realistas hasta 1824, año en que intervinieron las fuerzas al mando de Simón Bolívar en las campañas de Junín y Ayacucho. Con la victoria de las fuerzas bolivarianas capituló el ejército realista y llegó a su fin el virreinato del Perú. A partir de ese momento las fuerzas quedaban liberadas y una nueva aurora surgiría para las artes, la literatura y las letras. La situación aparece descrita en Martín Paz en un cuadro fotográfico:

 

Había, pues, gran movimiento en la plaza Mayor, ese foro de la antigua Ciudad de los Reyes. Los artesanos disfrutaban de la frescura de la tarde, descansando de sus trabajos diarios, y los vendedores circulaban entre la muchedumbre, pregonando a grandes voces la excelencia de sus mercancías. (…) Los indios pasaban sin levantar los ojos del suelo, no creyéndose dignos de mirar a las personas, pero conteniendo en silencio la envidia que los consumía. Los mestizos, relegados como los indios a las últimas capas sociales, exteriorizaban su malestar más ruidosamente. En cuanto a los españoles, los orgullosos descendientes de Pizarro, llevaban la cabeza erguida, como en el tiempo en que sus antepasados fundaron la Ciudad de los Reyes, envolviendo en su desprecio a los indios, a quienes habían vencido, y a los mestizos nacidos de sus relaciones con los indígenas del Nuevo Mundo. Los indios, como todas las razas reducidas a la servidumbre, sólo pensaban en romper sus cadenas, confundiendo en su profunda aversión a los vencedores del antiguo Imperio de los Incas y a los mestizos, especie de clase media orgullosa e insolente. (Verne, 1971: 287-288)

 

Insurrección y amores correspondidos

La trama de la novela la construye a partir de un imposible social de la época: el indio Martín Paz se enamora de una bella joven española de nombre Sara; y, mejor aún, su amor es correspondido. El judío Samuel, padre adoptivo de Sara, está ligado a maniobras turbias y a los hechos políticos que desestabilizan al Perú, entre ellos la insurrección de los indígenas ligada a la traída de armas en la goleta Anunciación de propiedad del judío. En palabras del Zambo, dirigida a su ejército de nativos: “Las armas que nos han enviado de Sechura han llegado a nuestro poder, están escondidas en las montañas de la cordillera y dispuestas para desempeñar su oficio cuando vosotros estéis preparados para cumplir vuestro deber.” (Verne, 1971: 315).

El papel de Samuel consagrado sólo a la truculencia de las ganancias, que le otorga Verne, da pie al antisemitismo cristiano del escritor, proveniente tal vez de una de sus creencias, como es el mito del judío errante, en el que se hace referencia a un personaje semita que le negó agua a Jesús cuando iba camino a la Crucifixión. El judío fue condenado por Jesús a errar por el mundo hasta el retorno del Mesías a la Tierra. La truculencia de Samuel, radica en que además de hacer negocios sucios, no le guarda fidelidad a nadie, le vende las armas a los indios, pero no es por defender su causa. Cuando rescató a Sara del naufragio del galeón San José, hecho contado en la novela, su interés es criarla y después venderla como lo hizo.

Verne no desaprovecha para traer a colación el tema de los ancestros de la cultura incaica: “volviendo del Callao a Lima, se deleitaba en la contemplación de todos aquellos monumentos funerarios que contenían los restos de la gran dinastía de los Incas” (Verne, 1971: 331) y Martín Paz es aguijoneado continuamente cuando el Marqués le recuerda lo que parece ser su misión:

 

─¿Por qué amigo mío, una pasión vulgar (el amor) te ha de hacer renegar de la nobleza de tus abuelos? ¿No desciendes del valiente Manco Capac, a quien su patriotismo elevó a la categoría de héroe? ¿Qué papel representaría un hombre que se dejara abatir por una pasión indigna? ¿Acaso habéis desistido los indios de reconquistar algún día vuestra independencia?

─Para eso trabajamos señor  ─contestó Martín Paz, y no está lejos el día en que mis hermanos se levantarán en masa. (Verne, 1971: 311).

 

Conclusiones

La novela Martín Paz es un deseo romántico de Verne de abogar por las revoluciones en América, en especial la de los indígenas, en contra del colonialismo español. Narra acontecimientos sociales y políticos al otro del mar, donde se combinaron de manera romántica las insurrecciones y las rebeldías de una raza oprimida y sojuzgada.

El marco es una novela de corte romántico en la que Martín Paz el personaje principal se enamora de Sara, la española, en una relación imposible para la época postcolonial en la que se desarrolla la trama; sinembargo utiliza esto en el argumento para mostrar el panorama social que se vivía en el antiguo Perú, las contradicciones y el mestizaje, con las costumbres sociales, el vestuario de la época, los atuendos y las fiestas populares en unos cuadros pintorescos dibujados en fina policromía.

Todo indica que por su edad juvenil, parece que este es su primer viaje extraordinario con el que trataba de mostrar la otra parte del mundo, desconocida, con una panorámica diferente, era un mundo lleno de exuberancias y paisajes sobre el que volvería más tarde.

 

Bibliografía

 

Del Portillo, J. M. (2014): Lima de aquí a cien años. Edición y estudio preliminar de Marcel Velásquez Castro. 2ª Ed. Lima. Editorial San Marcos, Casa de la literatura Peruana.

Hernández Vásquez, A. (2015): “Ausencia de la novela en Hispanoamérica durante la Conquista y la Colonia”. Festival de Literatura de Córdoba y del Caribe, El Túnel, Montería, Colombia.

Orrego Arismendi, J. C. (2013): La novela colombiana de tema Inca. Tesis doctoral en Literatura. Medellín, Universidad de Antioquia.

Pérez F. (1856): Huayna Capac, en:  http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/huayna/huayna6.htm

Verne, J. (1971): Lo mejor de Julio Verne. Martín Paz. Barcelona, Ediciones Nauta, S.A., volumen XVI,  pp. 285-342.

 



[1] Se transcribe según la ortografía actual.

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