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Lunes, 26 Febrero 2007 00:41

Elogio de la profundidad

por 

Albert Camus, que en su juventud fue centro delantero de la selección Argel, decía que sólo un acontecimiento le generaba mayor felicidad que encontrar la palabra precisa en una frase: hacer un gol. Pero esta relación que insinúa Camus entre el fútbol y la literatura creo que va más allá. El fútbol como arte en una de las mejores metáforas de la literatura como arte.

La incertidumbre del resultado se impone sobre las tácticas del entrenador, sobre el conocimiento teórico del equipo rival, y hacer un gol es siempre un hecho fortuito e inesperado. De igual manera, la solidez de un texto no depende del proyecto literario previo, de las lecturas que posea el narrador, y lograr juntar de manera adecuada las palabras para que reflejen a la vida, es tan azaroso y sorprendente como hacer un gol olímpico o de chalaca.

La tradición histórica pesa en ambas disciplinas y veo una similitud entre el estilo de una selección nacional y una literatura nacional. Los países juegan al fútbol con el mismo ritmo con que sus escritores usan las palabras. Los alemanes, imbatibles en el juego aéreo, con sus delanteros gigantescos como tanques de guerra, milimétricos en la táctica, se parecen a la escritura maciza de las voluminosas novelas de un Thomas Mann, a la elegancia varonil de un Gunther Grass. La velocidad de los ingleses, los tiros inesperados y certeros al arco contrario se equiparan al humor negro y la levedad de un William Golding, de un David Lodge. La pasión y la sutileza en los pases de los franceses se identifican con la prosa de Proust, de Gide, del mismo Camus.

En América Latina, o se es hincha de Brasil y su juego bonito; o de Argentina y su juego profundo. Yo confieso mi fascinación por el fútbol argentino y su estilo: desde el segundo inicial del partido todo el equipo piensa en hacer el gol. Es un típico juego de profundidad: hacia adelante, luchando todos los balones, pocos pases laterales, un número diez o un nueve cerebral y con rasgos de genialidad (Di Stéfano, Maradona, Riquelme, Verón), punteros veloces y ágiles (Saviola, Aimar), goleadores que mezclan la intuición y la fortaleza (Kempes, Batistuta, Crespo) y un arquero que vuela de palo a palo y cuyo saque llega al arco rival (el loco Gatti, Fillol).

Por ende, confieso mi admiración por la literatura argentina y su profundidad. Su constante: No hay textos superfluos, ni concesiones con las modas internacionales, ni epígonos pusilánimes de corrientes narrativas exitosas. Son ellos mismos o, por lo menos, tratan de se ser ellos mismos. Como lector me he nutrido de poemas, cuentos, novelas, ensayos, y cada uno de los autores es muy distinto, pero a la vez es parte de un equipo que ha hecho de la literatura una actividad que sigue fiel a las tierras subterráneas de los símbolos y los abismos del corazón humano.

Como un homenaje a esta otra selección de las letras, daré testimonio de mi equipo narrativo ideal: los once jugadores de la palabra escrita que me han dado el placer de la lectura y el privilegio de pensarme a mi mismo a través de la escritura de otros. Así como recuerdo el gol de Maradona con "la mano de Dios" contra Inglaterra en el mundial de México de 1986; o una vieja película, en blanco y negro, donde Di Stéfano elude a ocho rivales húngaros y explota la bola en la red; voy a referirme a textos, a fragmentos, a obras, que he incorporado a mi propia vida y memoria de lector y de escritor.

Eduardo Ladislao Holmberg

Médico, botánico, narrador. Hace poco leí con asombro su cuento Horacio Kalibang o los autómatas, publicado en 1879. Conocía de su existencia por referencias y se decía que el cuento estaba influenciado por la narración El hombre de arena del alemán Hoffman. Mi lectura difiere de esa interpretación. Mientras en el cuento de Hoffman la atmósfera está inmersa en lo sobrenatural, proveniente de las corrientes neogóticas, este cuento de Holmberg es lo opuesto: la existencia de los autómatas está dada por los conocimientos científicos de su creador, Oscar Baum u Horacio Kalibang. Es decir, los autómatas del cuento son el producto del desarrollo científico, pues el inventor está convencido que: "la mecánica es una ciencia sin límites, cuyos principios pueden aplicarse no sólo a las construcciones ordinarias y a la interpretación de los cielos, sino también a todos los fenómenos de la materia cerebral".

Sin lugar a dudas este relato es un típico cuento de ciencia ficción dura, primer caso en toda la literatura latinoamericana, y también uno de los primeros textos de la incipiente narrativa mundial de la ficción especulativa de ese siglo. De hecho, estos autómatas de Holmberg llegan a confundirse con los seres humanos y se anticipan al drama Los robots de Rossen (1922) de Karol Kapec, y a los futuros androides de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) de Philip K. Dick.

En una época donde la mayor parte de la literatura del continente hablaba de los paisajes y del amor romántico, Holmberg vislumbró la era cibernética y los simulacros de la Inteligencia artificial. ¡ Sorprendente !.

Jorge Luis Borges

La única manera de explicar la existencia de una obra tan colosal y diversa, como la de Borges, es imaginando que su mente era un Aleph. Pues son sus páginas, y no el poema farragoso de su personaje Daneri, en las que se describe la totalidad de los libros de las bibliotecas conocidas y desconocidas, los símbolos sagrados de las mitologías y las religiones de Oriente y Occidente, las sagas arcaicas de los celtas y los vikingos, los sueños de los poetas griegos y de los románticos ingleses, las pesadillas de Poe, Shakespeare y Schopenhauer, el olor del séptimo círculo del infierno de Dante, los cuchillos ensangrentados de los compadritos y matones de los arrabales de Buenos Aires y hasta los secretos del ajedrez, el Go y el truco.

Se explica así el énfasis en algunas ideas centrales de su obra: la biblioteca total es una imagen del universo y éste es un tejido de correspondencias secretas entre ciencia y magia, cielo y tierra, palabras y cosas, sueños y realidades. Existe para Borges un alfabeto sagrado, cuyas letras y combinaciones crean los objetos del mundo y los múltiples mundos. Lo dice la Cábala, lo comprueba Coleridge al soñar el palacio del Kubla Khan y componer el poema que corresponde a cada patio, ventana y color del palacio. Lo sabe Borges que comprende que la escritura de Dios y su nombre secreto se encuentra en las rayas del tigre arquetípico, en su propio rostro de sabio encerrado en el laberinto del tiempo, en cada mirada, en cualquier poema, en una flor de loto, en el color sangre de un crepúsculo de Buenos Aires o de una página ilustrada de las Mil y una noches.

De Homero a Whitman, de Dante a Joyce, de Cervantes a Menard, de la Biblia al Martín Fierro, es decir, escritores y libros son sólo fragmentos y voces del gran libro que la divinidad piensa y escribe por medio de los amanuenses de todos los tiempos, que son los escritores que han existido, existen y existirán. Pero los escritores no son los autores, el único autor es la mente divina o el inescrutable soñador del universo. Por eso la literatura es independiente de los nombres particulares y los libros son formas simbólicas de un mismo arquetipo eterno. De allí que sólo existan cinco o seis metáforas, en toda la historia de la literatura universal, que varían ligeramente en el lenguaje y en los vehículos estilísticos, pero que dicen y reflejan idénticos mitos y símbolos a la humanidad.

Con Borges la literatura se libera del prejuicio del "yo" del autor y sus únicos límites son los mismos del lenguaje y de la imaginación. La literatura concebida desde el interior de un Aleph es la primera manifestación de un nuevo canon, de un canon todavía ausente, donde el conocimiento vuelve a ser una unidad en la multiplicidad y cada palabra contiene en sí misma la totalidad del cosmos y de los tiempos.

Después de Borges todos somos, si acaso, un pie de página de cualquiera de sus textos.

Roberto Artl

Molesta el lugar común de varios críticos: "Artl es Dostoyevski en lunfardo". No, Artl es Artl en un español que se hunde en el lecho metafísico del alma de los inmigrantes del río de la Plata. El universo narrativo de Artl está poblado por personajes sórdidos, amorales, angustiados, que deciden odiar sin ningún motivo y utilizan el crimen, la venganza y la traición para encontrarle sentido a un mundo sin dioses y sin leyes, en donde lo monstruoso y lo demencial revelan el otro rostro de lo humano.

Si la cultura occidental quiso exorcizar la presencia del mal negándolo con la fórmula agustiniana "el mal es la ausencia del bien" y, por tanto, desconociendo su realidad autónoma; la literatura moderna, desde Sade hasta Genet, explora el mal como una fuerza que habita el corazón de los seres humanos. Los personajes de Artl (como Endorsain de Los Siete Locos o Astier del Juguete rabioso) escogen el camino de la maldad, sin remordimientos, como una vía posible para una humanidad "inacabada", que por medio de la crueldad gratuita y la exploración de la perversidad, terminará tomando un rumbo que ni siquiera somos capaces de imaginar hoy.

Los personajes de Sábato y los de Artl son hermanos. Los sótanos de esa Buenos Aires mítica, habitada por la legión de ciegos malignos, que están en Sobre Héroes y tumbas de Sábato, se encuentran prefigurados en la sociedad secreta de criminales que el astrólogo y Endorsain organizan en Los Lanzallamas. Pero lo que más me asombra es el carácter profético de esa Buenos Aires de Artl que reconocimos, hace alguno años, en esas muchedumbres que golpeaban cacerolas en la Plaza de Mayo, que despedazaban reses vivas en los campos, que lloraban su impotencia de ciudadanos empobrecidos, mientras la "sociedad secreta de los criminales" se burlaba y se regocijaba de su malignidad gratuita.

Julio Cortázar

Sus cuentos (releo con la misma fruición de la primera vez Autopista al sur, La señorita Cora, Continuidad en los parques, La casa tomada), su ensayo sobre Rimbaud, su texto biográfico sobre Poe, su aproximación crítica a la teoría del cuento, su nouvelle El Perseguidor. Pero su gran jugada, la que merece un monumento, es Rayuela.

Se sabe que cuando Cortázar terminó Rayuela le tenía otro nombre. La novela se iba a llamar Mandala y esto es muy sugerente, porque el Mandala es un símbolo gráfico que representa las capas espirituales más profundas de un ser que se busca. Veamos el contenido de sus casillas.

Casilla 1: Llega a Buenos Aires proveniente de Bruselas siendo un niño de cuatro años, que sólo habla francés y apenas ensaya algunas palabras mal pronunciadas en español. Sus compañeros de escuela se burlan de él, su padre lo abandona para siempre, su cuerpo crece de manera desproporcionada, sus huesos son débiles y se parten con facilidad al caer de una bicicleta. Entonces, se encierra en el armario de su cuarto, en total oscuridad y comienza a escuchar los sonidos de esas otras dimensiones que después las conocimos sus lectores por él. Cortázar inaugura así en la literatura hispanoamericana un género fantástico distinto al de Felisberto Hernández y al de Borges: es lo sobrenatural dentro de lo natural, lo fantástico siempre está en la realidad si sabemos mirar y oír de una manera diferente.

Casilla 2: El tímido maestro de escuela primaria. Se sonroja por todo. Se empieza a cansar de sus fantasmas y decide leerse toda la cultura occidental. En menos de dos años lee y traduce a sus escritores favoritos en lengua inglesa. Son años de lector compulsivo que le dan la sólida cultura que conoceremos luego por sus ensayos críticos y, sobre todo, por la futura erudición de Oliveira.

Casilla 3: En una tarde de sol, caminando por la calle Corrientes de Buenos Aires, se encuentra con dos pasiones simultáneas que terminan siendo una sola: la música del Jazz y el amor desenfrenado de Aurora Bernardez. Descubre que el ritmo lo es todo. Sólo la música penetra la máscara de las palabras, las sombras chinescas de los conceptos, el frío muro racional del pensamiento cartesiano. Una sola fuga de Bach derrumba el monstruoso edificio arquitectónico de las categorías de Kant. De ahí ese personaje enigmático del Perseguidor, que al poseer el don del ritmo de las otras dimensiones, es capaz de penetrar lo sagrado por medio de su saxofón.

Casilla 4: Un puente de París en una noche de lluvia. Cortázar mira el agua del río Sena y siente un profundo deseo de tirarse y de morir ahogado. No sería el primero ni el último. Se ha desencantado del mundo, está solo al igual que el universo en donde vive. Estas son las tierras arrasadas por el olvido de un Dios ausente. No es que se le haya extraviado el sentido de la vida, porque uno nunca pierde aquello que jamás ha tenido. Simplemente toca fondo. Morir en París, puede ser mejor que seguir viviendo en el infierno mental de su angustia.

Sinembargo, cuando decide quitarse el abrigo y regalárselo a un Clochard, para que no se desperdicie en el fondo del río, le surge la idea de su novela, su Rayuela, Oliveira, la Maga, Rocamadur, los miembros del Club de la Serpiente, Morelli, la utopía de la novela total, o sea, de la antinovela, escribir una novela que mate la literatura pomposa y seria. Jugar a decirlo todo desde el principio, con otros lenguajes de los que, al igual que el poeta Hofmannsthal, él tampoco conocía ni una sola palabra. Rayuela nace esa misma noche en la que el hombre Cortázar renunció a encontrarle a su existencia una certeza metafísica. Por eso, la auténtica literatura es asunto de descreídos y nunca de militantes.

Casilla 5: Cortázar es los otros: cada uno de sus personajes es un pasadizo oculto de su inconsciente que se muestra a la luz del mundo. La Maga es el arquero Zen: el descubrimiento del budismo, la ilusión del yo, la vacuidad, el lenguaje del silencio, el rechazo a la dialéctica, el zambullirse en la vida misma sin los flotadores existenciales de los prejuicios o de las esperanzas.

Oliveira es el flaneur en las calles del París de Baudelaire, el "matador de brújulas" que sabe que la ciudad luz es una metáfora de su propia angustia: Cada esquina, cada barrio, cada avenida es el mapa incompleto del sentido oculto de su propia vida. Oliveira es Cortázar antes de renunciar a la ilusión de las certezas metafísicas, un ateo que mientras niega la existencia de un Dios, se arrodilla a pedir perdón por lo que no comprende.

Casilla 6: Le llega a Cortázar la fama literaria universal. Incluso, mientras todavía cree que: "No me hago la ilusión de que podré lograr algo trascendental".

Casilla 7: Cortázar sigue creciendo. Pero esto no es una metáfora sino un signo de reactivación de su antigua enfermedad: la acromegalia. A su vida y a su obra las impregna la nostalgia, esa nostalgia del tiempo perdido que había descrito en Rayuela, cuando le hizo decir a Oliveira que: "Después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás".

Casilla 8: Julio y su novia Carol se contaminan por una transfusión de sangre a comienzos de los años ochenta. A los cuatro años ambos estaban muertos.

Casilla 9: Cada vez que leemos a Cortázar sabemos de su inmortalidad y recordamos sus palabras: "Cuando se ha salido de la infancia... se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato".

Casilla 10: Esta casilla es el cielo. Pero como dijo muy bien Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio".

Ernesto Sábato

 ¿Quién existe en la realidad del mundo interior de Sábato? Sus demonios corporizados en la totalidad de esos personajes inolvidables de su trilogía narrativa (El Túnel, Sobre héroes y tumbas, Abaddón el exterminador). Sábato nació en el pueblo de Rojas en 1911, al igual que Fernando Vidal Olmos. Juan Pablo Castel, el pintor, mató a María Iribarne a los 38 años, la misma edad que tenía Sábato cuando escribió El Túnel. Sábato confiesa que sus personajes son él mismo, su lado oscuro, sus espectros nocturnos. El escritor, el pintor asesino, el genio paranoico. La literatura como transmutación alquímica.

Por eso abandona su profesión de Físico, de investigador de la radioactividad en el laboratorio de Marie Curie en París y vuelve a una Buenos Aires de sótanos míticos, ratas gigantescas y ciegos tenebrosos. El viaje de Fernando Vidal Olmos a las cloacas de la ciudad, en El Dragón y la princesa, es una pieza magistral de auténtico terror metafísico. Cuando Vidal Olmos, manipulado por la magia de esa ciega arquetípica, desciende a ese espacio donde se mezclan lo real y lo onírico, descubre el simbolismo del ojo maternal que lo observa incrustado desde el clítoris de la prostituta milenaria: Nunca podremos escapar a las transfiguraciones del mal.

El fuego producido por su hija, Alejandra, que lo quemará en su propia casa se justifica, hasta cierto punto, en Abaddón el exterminador; cuando el profesor Gandolfo, erudito de saberes gnósticos, revela que el mundo es obra del demonio, que Dios fue descuartizado por los ejércitos de la noche.

Fernando Vidal Olmos, hijo alucinado del surrealismo y la teosofía, tiene la fuerza mítica de las nubes de sangre que no han dejado de llover sobre el cielo de Buenos Aires y del resto de este planeta, territorio cósmico del pequeño demiurgo sin nombre.

Adolfo Bioy Casares

 Es un excelente escritor que casi siempre me ha dejado frío. Sinembargo, me quedo con su "perfecta" (según Borges) novela La invención de Morel (1940). Con esta nouvelle Bioy fue el primer escritor latinoamericano en crear una novela plausible de ciencia ficción dura, al haber extrapolado la idea del holograma (1936), del científico Denis Gabor, a la trama de su relato.

 Héctor Tizón

 Me encantan esas voces entre dientes, mascullando las palabras atravesadas de oralidad, de color local, de sus verosímiles personajes de provincia, de los indios, de los solitarios de las pampas. Su novela Sota de Bastos, Caballo de espadas me hizo soñar y anhelar esas pulperías que nunca conocí. Con su cuento El jactancioso y la bella me pasó algo que me sorprendió al principio, luego me atemorizó y ahora lo disfruto. Es lo siguiente: siento que no he podido comprender bien el cuento. Lo he releído varias veces y algo se me sigue escapando: el boliviano Vilte en su carro saliendo del pueblo, su bella mujer de ojos claros, el asesinato de Alejandro Bara, la voz del juez. Quizá este cuento de Tizón es como la vida elemental de los días cotidianos. Uno cree que nada pasa y sinembargo...

Ricardo Piglia

Los intelectuales como personajes de novela fracasan, la mayoría de las veces, por abundancia de conceptos y precariedad de hechos. Pero Emilio Renzi en Respiración Artificial logra lo impensable: la mayor parte de la novela está sentado en una mesa con otros intelectuales, ironizando de ciertos escritores y de la historia de su país, y en su voz los conceptos se vuelven tan concretos y apasionantes como la mejor trama policíaca. Renzi, artista del descreimiento, que define la historia como una parodia, a Borges como "una caricatura de Shakespeare", a Mujica Lainez como una "cruza de Hugo Wast y Enrique Larreta" y señala con agudeza la complejidad del estilo de Artl: "Cualquier maestra de escuela primaria puede corregir un página de Artl, pero nadie puede escribirla".

Pero el arte narrativo de Piglia está en no decir lo que pasa mientras ellos conversan y se burlan de los otros y de sí mismos. Lo que nadie se atreve a pronunciar se introduce entre los silencios de la conversación: la tragedia de los desaparecidos, las pavorosas noches de cristales rotos contra los disidentes de la dictadura militar. Al final de la sesión, como dejándolo caer sin intención, Renzi dice: "En literatura lo más importante nunca debe ser nombrado".

Plata quemada, su novela negra, es otra cosa. Las primeras veinte páginas fueron una prueba para el lector colombiano que soy: aparece una arrevesada sintaxis de las voces narrativas, que no dejan comprender las palabras. Pero luego, como en un acto de prestidigitación, la novela se abre y la sintaxis se hace clara, entendible, fascinante. Es decir, revela sus secretos al lector. Es la sintaxis de la oralidad de los bajos fondos bonaerenses de los años sesentas.

La historia: una banda de compadritos citadinos que roba un banco y huyen a Montevideo. Allí son acorralados, en un apartamento, por la policía. No se entregan, deciden resistir y morir. Al final, queman los billetes y los arrojan por la ventana. Es la "plata quemada" y de esta trama policíaca, como algo no buscado por parte del autor, se va revelando una impresionante metafísica de la rebeldía y del sentido de la vida en los diálogos de estos personajes sin cultura libresca: el nene Prignone, el gaucho Dorda, Malito. Para el lector todos los códigos terminan entrecruzándose. ¿Quiénes son los malos? Los ladrones como el gaucho Dorda que dice: "La vida es como un tren de carga, no viste a la noche pasar un tren de carga, lento, no termina nunca, parece que no termina nunca de pasar, pero al final te quedás mirando la lucecita roja del último vagón que se aleja". O el dueño del banco robado, que sin aparecer en la trama siempre se encuentra en cada página de la novela, pues el epígrafe de Bertold Brecht que escogió Piglia lo hace omnipresente: "¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?"

El Piglia ensayista de Crítica y ficción es tan grande como el Juan José Saer de El concepto de ficción, pero ambos, por supuesto, son hijos de Borges.

Mempo Giardinelli

Su voluminosa novela El Santo oficio de la memoria revela, entre otras cosas, la complejidad cultural de los orígenes argentinos. Nación de inmigrantes. Giardinelli logra plasmar, con sutileza y ternura poética, a través del recuerdo de los abuelos italianos, de sus padres, de sus tíos, ese sentimiento sin resolver de los argentinos: con un pie en Buenos Aires, otro pie en el terruño de sus ancestros, el corazón en el aire, oscilando como las olas del mar.

Su nouvelle Luna Caliente es una obra maestra de parodia intertextual. Araceli, la ninfuleta de trece años, que hace la vida imposible al treintañero Ramiro hasta llevarlo, una y otra vez, al crimen paradójico de alguien que no muere: es la lolita de Nabokov con el rostro y la personalidad de Mafalda de Quino. Pero, también, al igual que Emilio Renzi de Respiración artificial, la verdadera historia se encuentra en los ominosos años de la dictadura militar y en una escena que hoy sabemos tiene una sustentación histórica: En los sótanos donde se torturaban a los miles de jóvenes, viejos y mujeres no se oían gritos, sino las canciones de los transistores viejos de los torturadores, que tarareaban con nostalgia las letras de Palito Ortega, de Heleno, de Leonardo Fabio.

Giardinelli es un maestro de la literatua actual y su narrativa posee múltiples grados de elaboración. En otro plano interpretativo Luna Caliente es la recreación de una variante del mito de la licantropía y del efecto transformador de los rayos lunares sobre la naturaleza humana.

Carlos Chernov

Conozco de este escritor y psiquiatra un solo libro: Amores brutales. Pero, para mí, es tan inaudito que Chernov merece un puesto en la titular de mi selección narrativa. Son cuentos o, tal vez, historias clínicas de sus propios pacientes enmascaradas como ficciones. Nunca había leído algo parecido y después no he vuelto a leer nada similar. Este breve libro es una singularidad. Ni siquiera sé si es un buen libro o no, en términos de crítica literaria.

Las voces son tan descarnadas y cínicas, que suenan como extraídas de un manicomio. Los personajes son estrambóticos pero, de manera increíble, parecen verosímiles: El pacifico gordo Wally, que se cansa de comer carne muerta y se transforma en un asesino en serie que ejerce un canibalismo aderezado con ensaladas de alta culinaria. Una extraña pareja de actores porno, donde Bob sufre un extraño delirio paranoide frente a su propio sexo. Eugenia, la autista, que muere y es comprada por un neurocirujano fetichista de cadáveres que se enamora de su cara, similar a la de Grace Kelly.

La comunidad necrófila de Buenos Aires y el "gordo Gómez" que provee de material fresco a su selecta clientela. Un club que crece como un tumor y le hace decir a uno de sus miembros: " - No sé cómo será en otros lados, pero la necrofilia es una pasión muy argentina".

Claro, los múltiples ecos contextuales de la frase hacen de Chernov el psicoanalista de una época que quizá todos desean olvidar. Sinembargo, es un libro inolvidable.

Beatriz Sarlo

Sus ensayos sobre Artl y Borges son luminosos. Su libro Escenas de la vida posmoderna es una lección de cómo se profundiza en el corazón mítico de una ciudad y de una cultura, sin necesidad de jergas académicas o tecnicismos pedantes. Tampoco ha sido devorada por la máquina de pensamiento borgiano. Beatriz Sarlo es un caso excepcional: escribe con lucidez, liberada de las páginas infinitas de Borges.

Roberto Juarroz

La profundidad es también lejanía y perspectiva de otros mundos dentro de este mismo mundo. La voz de Juarroz, tan argentina y tan universal, siempre me ha gustado. Hubiese podido recordar cualquiera de sus poemas. Pero este, tan simple y tan complejo, creo que sintetiza bien a todos los escritores que he recordado:

Todo viene de lejos.


Y sigue estando lejos.



¿Pero lejos de qué?


De algo que está lejos.



Mi mano me hace señas


desde otro universo.


Sólo hay once titulares sobre el terreno de juego. Pero están listos para ingresar a la cancha y tener la misma profundidad: Leopoldo Lugones y sus cuentos de Las fuerzas extrañas; Mujica Laines y su erudita novela Bomarzo; Tomás Eloy Martinez y su novela Santa Evita; Juan José Saer y su novela histórica y antropológica El entenado; Oswaldo Soriano con sus relatos de fútbol y la novela breve Cuarteles de invierno; Manuel Puig con su novela El beso de la mujer araña; Angélica Gorodischer y su saga fantástica Kalpa imperial; Marco Denevi y sus textos breves de Falsificaciones; Abel Posse y su divertida novela histórica Los perros del paraíso; Eduardo Goligorski y sus relatos fantásticos A la sombra de los bárbaros; Ana María Shua y el arte de las minificciones, a veces perfectas, en sus libros La Sueñera, Casa de Geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas; Sergio Gaut vel Hartman y su libro de cuentos de ciencia ficción Cuerpos descartables.

La selección de fútbol de Argentina no fue campeón en Alemania. La literatura argentina no tiene, todavía, un premio Nobel. Pero, ¿Acaso importa? ¿Alguien podrá preferir la recia defensa del campeón italiano en lugar de los talentosos delanteros argentinos? ¿Cannavaro en vez de Messi? ¿Italo Calvino y Umberto Eco en remplazo de Borges? La profundidad no necesita de notarios, ni de sepultureros.



Cecilia Basavilbaso (Galería de la Recoleta, Buenos Aires)

 

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