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Edición No. 170 (4)

Revista Aleph No. 170 (julio/septiembre, 2014 - Año XLVIII)
Monográfico dedicado a la obra de Rafael Humberto Moreno-Durán

Una de las figuras notables de la vida literaria en Colombia en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, fue Rafael Humberto Moreno Durán (conocido entre sus amistades cercanas como R.H.), quien falleció a la edad de 60 años el 21 de noviembre de 2005. R.H. tuvo una amplia presencia en la vida literaria colombiana. Inició su carrera literaria cuando publicó en 1969 su primer texto titulado “Lautréamont, un prolegómeno de la rebelión” en la reconocida revista Eco, y en 1972  apareció su primer libro de ensayo, “De la Barbarie a la Imaginación”.  En 1973 viajó a Barcelona y se residenció allí por quince años donde se dedicó tiempo completo a la producción literaria.  Regresó a Colombia en 1987 y continuó su quehacer literario:  dirigió el programa Palabra Mayor, colaboró en La Jornada Semanal de México, el Magazín Dominical de El Espectador, el Boletín Bibliográfico y Cultural del Banco de la República, a su vez fue miembro del consejo editorial de Tercer Mundo y director de la Revista Quimera (Edición Latinoamericana). Así R.H. fue cobrando estatura en el ámbito colombiano, y latinoamericano igualmente, pero lo notable es que en sus funciones administrativas en la editorial Tercer Mundo y Quimera, siempre fue ampliamente receptivo con variedad de escritores y escritoras que sembraban sus primeros pinitos en el espacio literario.

Tanto en la ficción como en el ensayo pudiéramos considerar que R.H. era un “poeta doctus”, ávido lector, e investigador concienzudo, y sabía muy bien que, para él el periodismo cultural ejercido tanto en la Jornada Semanal, como en Quimera y en el Magazín Dominical con su columna “La esquina del Cuento” era una importante actividad literaria. Ojalá, algún día en un futuro cercano, estos textos del Magazín Dominical –cortos pero reveladores- de R.H. vean la luz en forma de libro.  Cabe agregar que “La esquina del cuento” es significativo porque R.H. nos abrió varias ventanas para presentarnos, y compartirnos, un sinnúmero de autores y autoras, lo cual fue una muestra más de su calidad humana, sin egoísmos, para que “el provincianismo cultural” diciéndolo en palabras de Gabriel García Márquez no se convirtiera en un “modus vivendi” en Colombia.

Aquí y ahora, ante ustedes, quisiera manifestar qué ha significado para mí una muy larga amistad con R.H. Moreno-Durán. Cuando hablo del significado de esta constancia, me refiero a la influencia que su vida y obra literaria  ha ejercido en mi condición de sociólogo y ensayista  cuyo oficio ha sido y es y será pensar todos los días en este enigma llamado Colombia, un pensamiento ejercido desde múltiples perspectivas, una de las cuales es la introspección que he ensayado en un diario que escribo desde hace ya 43 años, cuatro años antes de que conociera a Rafael Humberto en la Universidad Nacional.

Nada más propio para esta remembranza que una librería, con mayor razón si es de la Nacho y si está situada en esta plaza que cruzáramos tantas veces en nuestros años de estudiantes. Lugar impropio, podría decirse también, porque si no mediaran los años, La Librería y no la Bucholz, o la Losada, o la Francesa, o la Central, hubiera sido perfecto objetivo de nuestras “recuperaciones”, como hiciéramos bajo tantos abrigos en las otras, antes de transitar joviales hacia La Florida o El Cisne, donde entre chocolate y una que otra escuálida cerveza repasaríamos nuestra rapiña y nos leeríamos nuestros primerizos intentos literarios.

Yo, gracias a ganar entonces un sonado premio de cuento – de cuyos efectos sociales se ha quejado tanto R.H. por una supuesta falta de cortesía de mi parte al no invitarlo – fungía entonces como promesa de las letras, mientras él – según ha confesado – se figuraba como el futuro político que reuniría a las naciones al sur de México. Yo, que excusé el haber invitado entonces al amigo a la celebración más bien fatal de aquel premio para salvarlo de la trivialidad de la bohemia, corroboraría con el tiempo que la promesa literaria encarnó – y de qué manera - en el amigo, a tiempo que yo no he podido ser ni siquiera el político que pueda reunir sus  fragmentos dispersos en la soberanía de una persona, pese a que, en la derrota, el archipiélago del yo, con los veleros trizados de sus razones y sinrazones, pueda testificar de un saber que bien podría llamarse místico atendiendo a la etimología de lo cerrado y callado. 

1968

Eco: revista de cultura en occidente – Bogotá

Diciembre, n.º104: Lautréamont: un prolegómeno de la rebelión

1969

Razón y fábula – Bogotá

Noviembre, n.º16: Grombowicz y la imprecación adolescente

1970

Eco: revista de cultura en occidente – Bogotá

Abril, n.º 120: Dos opiniones

Junio, n.º 127: Anna Seghers. Lectura de trópico

El Espectador – Bogotá

15 marzo: Domestiquemos al unicornio

12 junio: La larga marcha

El Siglo – Bogotá

18 enero: Nizán, el exilio y la historia

15 febrero: Un prólogo solar y tres himnos

15 marzo: Kawalerowicz y el nuevo cine histórico

Razón y fábula – Bogotá

Mayo-junio, n.º19: Lacoonte: el género y el grito

Revista Imagen – Caracas

Agosto, n.º78: Peter Weiss: para una memoria del conflicto

Vanguardia Liberal – Bucaramanga

18 octubre: Las mujeres de D.H. Lawrence

1971

El Tiempo – Bogotá

17 octubre: Cine antropomórfico – literatura crítica

16 noviembre: Cultura y manipulación

Vanguardia Liberal – Bucaramanga

17 enero: Cuadros de una exposición (cuento)

24 octubre: Todos los cadetes son mortales

12 septiembre: Marcel Proust. Crónicas de supervivencia

Un testimonio admirable de vida (por: Óscar Escobar-Álvarez, I.C., exalumno UN-Manizales). Con motivo de celebrar el 25 de julio como “Día sin humo”, y como parte de una campaña contra el tabaquismo, COOMEVA EPS Cartago, realizó en su pequeño Auditorio una programación en tal fecha, de la cual hice parte como paciente invitado con EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) causado por el cigarrillo, y preparé para el evento unas palabras y un momento musical, como estudiante de piano que soy, para dar testimonio de vida y de mi encuentro con el piano, que siempre fue un proyecto que tuve desde niño y que solo la vida me dio cuando, huyendo de la altura de Manizales y del EPOC, llegué a Cartago buscando su excepcional y medicinal clima cálido seco y menos de 1.000 metros de altura sobre el nivel del mar. El primer día de mi llegada, hace seis años, caminando sus calles, me llamó la atención un bello recinto colonial y cuando pregunté qué era ese claustro tan solemne y monacal, me matriculé de inmediato en el Conservatorio Pedro Morales Pino. La vida me llevó hasta allí, justo en su momento.

Más allá de lo que llaman “pánico escénico”, que nunca sufrí, cuando tuve uso de la palabra en el recinto, empecé a contar el milagro de la vida, un hombre de 66.6 años, ingeniero civil en el pasado, que hace cuatro meses estuvo bordeando el estrecho abismo entre la vida y la muerte por una súbita e inesperada crisis respiratoria (EPOC exacerbado por sobreinfección) que me llevó a la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) en Cartago, donde fui asistido por un ventilador mecánico al que estuve conectado durante diez días por falta de respuesta pulmonar de mi organismo para producir oxígeno. Es decir, hoy soy un caso de recién renacido o alguien a quien se le dio una renacencia. En ese momento de la narración entré en una especie de shock emocional que me dejó sin palabras. Es el nudo aquel que se forma en la garganta y que produce un estímulo tan misterioso en la región del cerebro donde el hipotálamo ordena humedecer con lágrimas un cierto furor que sucede en el que habla o respira. Solo un largo sorbo de agua logró apagar ese incendio que se produce en algún rincón del alma y que dejó en silencio el pequeño auditorio. Pero mi ánimo ya estaba descontrolado.

 

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