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Edición No. 171 (8)

Revista Aleph No. 171 (octubre/diciembre, 2014; Año XLVIII)
Edición monográfica dedicada a Jorge Zalamea-Borda (1905-1969

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Introducción

            “Elogio de la verdad” es un ensayo de Jorge Zalamea que parece haber sido escrito alrededor de 1948. El ensayo consta de siete páginas, está escrito en tinta negra sobre hojas sueltas de papel rayado y se presume que la versión manuscrita utilizada para la trascripción (que se conserva en la casa de su nieta, Patricia Zalamea) es un borrador cuya primera parte, sin embargo, parece haber sido ya pasada a limpio porque no tiene muchas correcciones o cambios que se evidencien por la presencia de flechas, tachones, pies de página, notas al margen, saltos, etcétera.

El ensayo está dividido en dos partes, pero sólo la primera está completa. El ensayo está, entonces, inconcluso, y si las primeras seis páginas están escritas casi sin tachones y correcciones, y con una caligrafía muy clara, la séptima tiene correcciones y tachones hechos posteriormente. Es posible que a Zalamea no le hubiera gustado la manera como había comenzado a escribir los primeros párrafos de esa segunda parte y haya dejado la tarea de terminar el ensayo para otro momento, o tal vez quiso abandonar deliberadamente esas reflexiones. También cabe la posibilidad de que las páginas del manuscrito que corresponden a esa segunda parte se hayan perdido. Dejando de lado esas conjeturas irrelevantes, por la imposibilidad de confirmarlas, la lectura de esta primera parte del ensayo podría resultar interesante en tanto que plantea una serie de preguntas sobre el arte y sobre las manifestaciones artísticas del arte contemporáneo en específico. A esto volveré más adelante.

            El ensayo no ha sido publicado más que en una edición facsímil de la Universidad Católica de Colombia en 2005 con el motivo de la celebración de los cien años del nacimiento de Jorge Zalamea. Junto a esta primera parte del ensayo y la primera página de la segunda parte, en esa edición también están publicados fragmentos de los capítulos V y VI de El sueño de las escalinatas. Este es, al parecer, el primer trabajo de transcripción del ensayo.


Mi cuñada Amelia Costa era una síntesis encantada de belleza, dulzura, sencillez, discreción y paciencia. Todas virtudes indispensables para manejar a un hombre tan difícil como Jorge.

Luis Zalamea

 

En el archivo de Jorge Zalamea Borda que conocí en el segundo semestre del año 2012 predominan los textos políticos, las críticas sociales y las traducciones. Mi tarea era encontrar un texto que me apasionara lo suficiente como para obligarme a desempolvarlo y a mostrarle la luz de la transcripción. Pero ninguno de los textos que sabíamos allí estaban me emocionaba lo suficiente. Yo quería descubrir otro Zalamea, yo quería leer en letra manuscrita una faceta distinta, yo quería palpar con las yemas de los dedos a un autor diferente al ya supuesto.

Detrás de todas esas facetas tan conocidas debía prevalecer alguna, que siendo distinta, lo humanizara para mí y para sus lectores. Así que busqué hasta que encontré un texto corto titulado Noticias para Amelia. Lo leí como por intuición, como por no dejar nada inexplorado y de pronto me abrazaron sus letras, me abrazó el dolor de sus letras. No sabía, en ese momento, quien era Amelia, incluso llegué a pensar que podía ser un personaje ficticio pero un par de preguntas bastaron para reconocer en ella al primer amor de Jorge Zalamea Borda.

Luego, junto con Patricia Zalamea, descubrí varios textos más que el autor había escrito para ella. Todos eran escritos póstumos, escritos que ella nunca leería, pero que la enaltecían como a pocas. Como dice en Memorias de un diletante Luis Zalamea el hermano de Jorge Zalamea Amelia se fue convirtiendo, a través de la lectura, en una síntesis encantada de belleza, dulzura, sencillez, discreción y paciencia. Amelia se fue convirtiendo en una síntesis encantadora que logró acercarme a la idea de ella no solo por mujer sino, sobre todo, por amada.


Entre los diferentes y singulares papeles que hay en el archivo personal de Jorge Zalamea destaca un pequeño cuaderno de tapas verdes marcado con unas letras en chino. Es su diario de viaje cuando estuvo de gira por la URSS entre enero y febrero de 1953. Hay registro de descripciones de paisajes y de ciudades; recorridos por museos e impresiones sobre el arte soviético; visitas turísticas a las obras arquitectónicas más reconocidas de Rusia. Retoma temas discutidos en la casa sede de la Unión de Escritores Soviéticos y habla de diversos intelectuales socialistas de la época que tuvo la oportunidad de encontrar en Moscú.

Zalamea llega a Moscú luego de asistir a la Conferencia de Paz de los pueblos del Asia y del Pacífico en la República Popular China, de haber publicado su reconocido ensayo Reunión en Pekín, y de visitar Checoslovaquia y Polonia. Está desempeñando su cargo como secretario del Consejo Mundial de la Paz (entre 1952 y 1959) lo que le permitirá viajar por varios países europeos, Egipto, Medio Oriente, Sri Lanka y la India. En este periodo El gran Burundún-Burundá ha muerto es traducido a varios idiomas, escribe la primera parte de El sueño de las Escalinatas y en 1958, en una segunda visita a la China, “El Viento del Este da nuevas del Gran Salto”.

No hay que olvidar que durante estos años se desarrolla la primera etapa de la Guerra Fría, con Stalin y Nikita Kruschev a la cabeza de las transformaciones y reformas implementadas para constituir el bloque soviético. Sin embargo, hay un dato interesante. El viaje se realiza a mediados de enero y febrero de 1953, y el 5 de marzo del mismo año, Stalin muere. 

El texto que presento a continuación, y enmarcado en la primera etapa de la Guerra Fría, inicia su recorrido el 13 de enero de 1953 en Moscú, hace una escala en Leningrado, hoy San Petersburgo, continúa hacia Samarcanda, la segunda ciudad en importancia de Uzbekistán, y termina el 16 de febrero de 1953 en la casa de la Unión. Durante su estadía en Samarcanda, Zalamea realiza una descripción juiciosa de las diferentes edificaciones que visita en Uzbekistán, así como de las historias que cada una de ellas contiene. 

Periodista, diplomático, crítico de arte y escritor colombiano, Jorge Zalamea es catalogado como un maestro y uno de los grandes precursores de la cultura y la tradición literaria en el país. Nació en Bogotá en 1905. Se graduó del Gimnasio Moderno de Bogotá y completó sus estudios en la Escuela Militar. Desde joven escribió sobre temas culturales para importantes publicaciones como el periódico El Espectador y la revista Cromos. Entre sus numerosas publicaciones figuran textos propios, traducciones y antologías como Minerva en la rueca y otros ensayos (1949), El gran Burundún-Burundá ha muerto (1966), Elogios y otros poemas de Saint-John Perse (1964), La metamorfosis de su Excelencia (1966), El sueño de las escalinatas (1972), Cantos: del alma, del combate y del atardecer (1975), y La poesía ignorada y olvidada (1988).

Zalamea ocupó varios cargos públicos y fue nombrado embajador de Colombia en México durante la administración del presidente Alfonso López Pumarejo. Esta experiencia le permitió un conocimiento profundo sobre la cultura, la historia, la tradición y el arte mexicano. En el ensayo titulado “Orillas de México”, publicado en 1949 en Minerva en la rueca y otros ensayos, Zalamea escribió: “Dieciocho años es corto tiempo para conocer a México, para comprenderlo y amarlo. Tan variado es su paisaje, tan fabulosa su historia, tan profusa su expresión artística, tan esquiva y honda el alma que se fraguó en los siglos para recibir la herencia de cien encontradas castas”.

 “Orillas de México” es un ensayo escrito por Jorge Zalamea y publicado por la editorial espiral de Colombia en el año de 1949. Esta es la única edición que se conoce del texto además del manuscrito original que se conserva en el Archivo Zalamea conservado por Patricia Zalamea. El texto se empezó a escribir en Cuernavaca, en enero 7 de 1944 en un cuaderno de 400 páginas, el cual también contiene un ensayo incompleto sobre su recorrido por Colombia y otros textos sin terminar en los que habla de sus distintos viajes (similar a un diario de viaje). El manuscrito original donde se encuentra este ensayo trata mayoritariamente de sus experiencias en varias partes del mundo. El único que está terminado y publicado es “Orillas de México”.

 

Ha sido muy comentado, en nuestra historiografía literaria, la insuficiente difusión y recepción de obras latinoamericanas en Europa con la salvedad de las reconocidas obras maestras y, a su vez, de los(as) autores(as) galardonados(as) con premios como el Cervantes, Asturias, Médicis, o el Nobel de Literatura.  En este marco, se encuentran Rubén Darío, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Gabriel García-Márquez, José-Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Jorge-Luis Borges, Alfonso Reyes, Álvaro Mutis,  Julio Cortázar, entre otros.   Pero, esa muralla que alguna vez se levantó para mantener a distancia las letras latinoamericanas se ha venido reduciendo notablemente.

Lo antedicho no significa que no hayan acontecido casos singulares que traspasaron los límites latinoamericanos.  En  Colombia emergió un notable ejemplo con el escritor Jorge Zalamea-Borda (1905-1969).  Primero, porque su relato La metamorfosis de su excelencia (1949) fue traducido por el novelista, y traductor francés, Francisco Miomandre (1880–1959), y posteriormente aparecieron traducciones de este texto en griego y el alemán.[1]  Fue esta obra, la primera de su producción literaria, que cruzó las aguas del Atlántico y obtuvo significativo reconocimiento.  Ahora, cabría preguntar: ¿cuál fue el interés que motivó la obra de Zalamea en Europa?  Se pudiera presuponer que fue el tema de la dictadura, o novelas que trataron el argumento del poder despótico, pues ya existían precedentes en el viejo continente.  En 1904 Joseph Conrad había publicado su novela Nostromo y en 1926 Francis de Miomandre Le dictateur.  De aquí la posible importancia que Miomandre encontrará en la obra de Zalamea para hacerla merecedora de traducción y  difusión. 



[1] Véase Alvaro Mutis. “Jorge Zalamea”, en: Cobo Borda, Juan Gustavo (ed.). Literatura, política y arte, Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Editorial Andes, 1978.

Jorge Zalamea (1905-1969) es una de las figuras más destacadas de la generación de los Nuevos, movimiento que en Colombia convocó a un número muy importante de poetas, ensayistas y periodistas, responsables del proceso de renovación vivido durante la década de los treinta y cuarenta en el país, gracias a su vinculación a la política y a su implicación en los proyectos de Estado llevados a cabo en ese período. Una de las experiencias más importantes en la vida de Zalamea fue su paso por España y el encuentro con la generación del 27, en particular con Federico García Lorca. Este ensayo intenta establecer puntos de contacto entre las dos figuras, respecto a sus concepciones estéticas y a la función que le asignan a la poesía, en tanto acto de comunicación.

Zalamea conoció a Federico García Lorca en torno a abril de 1928. Por la correspondencia entre ellos se deduce que su relación fue profunda, cómplice y edificante. No obstante, faltan las fuentes documentales que permitan establecer una cronología más detallada de esa amistad, pues no sabemos con exactitud cuándo ni en qué circunstancias se conocieron[1]. La única constancia de este hecho son las cartas fechadas que Lorca le escribió y que se recogen en distintas ediciones de su obra, junto al testimonio de Zalamea publicado en homenaje a Lorca, treinta años después de su ejecución y en el que habla de su amistad[2].

Por tanto, faltan documentos sobre encuentros, experiencias comunes, lecturas y proyectos compartidos, si los hubo. En su artículo: “Federico García Lorca, hombre de adivinación y vaticinio”, Zalamea se remite a 1928 cuando le presentó al político colombiano, compañero de generación, Alberto Lleras Camargo, y al verano de 1932 cuando coinciden en la finca de unos amigos en Canillejas, a las afueras de Madrid. Zalamea no dice cómo conoció a Lorca ni cuándo fue la última vez que se vieron. En cambio, destaca aspectos de la personalidad del poeta, su intuición y dotes adivinatorias. Nos cuenta que compartió con él la lectura de Ulises de Joyce y que Lorca posteriormente dio una charla sobre la novela sin haberla leído o, al menos, eso es lo que le confiesa. A Zalamea le impresionó que en la charla Lorca expresara con tanta agudeza ideas sobre la novela que superaban las propias y que, al mismo tiempo, le confesara que no había leído el libro.



[1] Se puede consultar en el Archivo del Ministerio Español de Asuntos Exteriores la notificación oficial de su nombramiento como Agregado Comercial de la Embajada de Colombia con fecha 11 de noviembre de 1930, dirigida por José Joaquín Casas, Ministro de Colombia, a Jacobo Stuart y Falcó, Duque de Alba, entonces Ministro de Estado. Sin embargo, no hay un documento que notifique el cese de su cargo, ni su salida de la Embajada, como generalmente ocurría con los diplomáticos. Tampoco hay pruebas documentales de los cargos que ocupó en la embajada o en el consulado de Colombia en España con anterioridad a esa fecha.

[2] El artículo que fue publicado en el Boletín Cultural y Bibliográfico en 1966, se recoge en el volumen Literatura Arte y política que se cita en la bibliografía.

Palabras en homenaje por su retiro al jubilato. Universidad de Caldas, Auditorio Carlos Nader, Manizales, 30 de octubre de 2014

 

Hacia mediados de la década de los 70, cuando iniciaba estudios de Filosofía en la Universidad de Caldas, entre mis compañeros de curso sobresalía uno porque su rostro difícilmente se apreciaba detrás de una abundante y luenga barba, además de una prominente cabellera. Extraño personaje aquél, quien, por si fuera poco, sus palabras tenían un acento que nos sonaba con el encanto de lo distinto. Pronto descubrimos que el sur también existe. Venía, además, de abandonar sus estudios, ya avanzados, de ingeniería eléctrica que cursaba en la sede vecina de la Universidad Nacional de Colombia, y vaya uno a saber qué bicho raro lo picó para venir a parar a estudiar filosofía. Lo cierto del caso es que ya era una persona muy presente en el medio cultural universitario de la ciudad de Manizales, como quiera que fue promotor de boletines, carteleras y variadas actividades culturales en la sede de la Universidad Nacional, con participación muy vital en el “Cine-Taller Secuencia”, como se conocía el cine club de los 70, cuyas funciones en el teatro Colombia, y algunas veces en el Cumanday, ambas salas ya desaparecidas, contaban con la entusiasta y numerosa asistencia de los universitarios, que por entonces vivían el fervor revolucionario de la época y se sentían impregnados por el ambiente teatral de la ciudad, dado que el festival internacional de teatro andaba en el pleno furor de sus años iniciales. Después a ese grupo de soñadores se les ocurrió emprender la heroica aventura de fundar, en el sector de la Alta Suiza, una sala de cine propia, el teatro “Nickel Odeon” a donde, como espectadores, solo asistíamos con cierta regularidad 20 o 25 universitarios. Nos movía, por supuesto, el interés por gozar del buen cine, pero también un gesto silencioso de solidaridad con Heriberto y su grupo de amigos cinéfilos, cuyo entusiasmo juvenil era lo único que llenaba aquella sala construida con tanto empeño y sacrificio. Creo que incluso hubo proyecciones en las que los únicos espectadores eran los 10 o 12 miembros más constantes del Cine Club, entre ellos, sin falta, Heriberto Santacruz y Mónica. En el “Nickel Odeon”, además de cine, desde agosto de 1979 se realizaron varias “Peñas de la tierra”, como se conocían los encuentros culturales que cada mes organizaba el conjunto musical “Hijos de la tierra”. La aventura duró muy poco y el teatro cerró sus puertas hacia comienzos de los 80. 

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