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Edición No. 175 (10)

Revista Aleph No. 175 (octubre/diciembre 2015; Año 49)
En memoria del historiador/académico
Jaime Jaramillo-Uribe (1917-2015)

Cortesía NTC ... Edición digital-virtual de la revista completa; 94 páginas 

Formato Google Drive:
https://drive.google.com/file/d/0B-ABjQmYGMXbNnZkUDkxT3F6eDA/view

Formato Calameo:
http://es.calameo.com/read/0009483280bed14fcdf93

 

Este es un intertítulo, extraído  del capítulo: “La formación de campos académicos en las ciencias sociales en Colombia”, que aparece en el texto de mi autoría elaborado para la promoción a Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia (Este intertítulo está inédito). Bogotá. 2005

En este capítulo me he referido especialmente al liderazgo intelectual de Orlando Fals Borda, como investigador de temáticas referentes al campesinado y  fundador y primer decano de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, en la inicial conformación de un campo de la sociología en Colombia. Con fines contrastativos, y sin el nivel de profundización que he desarrollado para dar cuenta de la incidencia del profesor Fals en los años sesenta, en la constitución de la sociología como disciplina y profesión en el país, me referiré en este intertítulo a ciertos aspectos de la relación del profesor Jaime Jaramillo-Uribe con la sociología y a su incidencia en la inicial conformación de un campo académico de la historiografía en Colombia, también concebido como saber disciplinar, organizado dentro del sistema universitario y, de modo correlativo, como una práctica profesional, reconocida y legitimada. Así, cuando la Universidad de los Andes le confirió a su Profesor Jaime Jaramillo-Uribe, el título de Doctor Honoris Causa en 1.994, expresaba con justicia:

“En el curso de los últimos treinta años, los estudios históricos en Colombia han entrado por el seguro camino de las Ciencias Sociales al inaugurar una investigación científica propia de la disciplina. No sería exagerado referirse a Jaime Jaramillo-Uribe como el iniciador de este nuevo camino en la Historia y, por lo tanto, como el padre de la historiografía profesional en el país. A él se debe la noción del historiador profesional y fue quien precisó las virtudes propias de quien realiza este trabajo”.
 

Jaime Jaramillo-Uribe, el historiador, el amigo, el padre que acaba de morir, fue una de las principales figuras de la cultura colombiana en el siglo XX. Aunque tal vez no sea muy conocido por sus compatriotas, las instituciones lo destacaron –recibió doctorados honoris causa de la Universidad de los Andes y de la Universidad Nacional, Cruz de Boyacá, y premios de historia que se le daban y tendían a morir poco después, quizás por la dificultad para encontrar otros candidatos a su altura: en 1974 ganó el premio nacional de historia establecido por el Banco de Colombia, en 1995 el Premio Vida y obra del Archivo General de la Nación, en 1998 el Premio Planeta de Historia, y en 1999 fue escogido por El Tiempo entre los 100 personajes  del siglo que terminaba.

Fue un maestro y escritor que nunca hizo alardes de sus contribuciones,  pero no es difícil señalarlas. En forma casi rutinaria, desde hace unos 30 años, he dicho algo que tiene algo de paradoja frívola: Jaime Jaramillo-Uribe, en vez de empeñarse en cambiar el país, en hacer la revolución, en sacudir las estructuras fundamentales a Colombia, le cambió el pasado. Fue una transformación dramática y brutal: mientras que la historia colombiana, hasta hace medio siglo, era un relato de heroicos descubridores y valientes militares, de presidentes esforzados, de brillantes constituciones y de dirigentes empeñados en mejorar la condición de sus compatriotas, esa historia, cuando se enseña hoy a los niños o a los estudiantes universitarios, es una historia de conflictos sociales, de esclavos e indios, de ideas políticas, de estilos de familia, de modos de vida cotidiana, de cambios en la ropa, las comidas y las formas de rezar, de artesanos, obreros y empresarios. Y puso a la mayoría del pueblo, a los mestizos, en el centro del cuento: ellos, según su relato, desorganizaron la sociedad de castas, lucharon por la independencia y terminaron aprovechando buena parte de sus frutos.
 

Por vocación intelectual y por imperativo de conciencia,  Jaime Jaramillo-Uribe se decide en el 2002 a recontar su vida, en los trajines de  una personalidad surgida casi de la nada, con una vocación ardiente por el saber, que supera obstáculos tempranos construyendo su cauce para avanzar sin pausa hacia metas ambiciosas. Su hijo, Lorenzo, pintor prolífico y de calidad, de enormes inquietudes intelectuales, le insistió en la importancia de escribir las memorias, lo cual hizo dejándole a la vista un texto de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que el autor reproduce al principio de las Memorias, con el mensaje de la importancia en recoger el testimonio personal de lo vivido, soñado, pensado y elaborado.

La estructura del libro comprende cuatro partes: Los años de formación (capítulos I al VI), La experiencia europea y los años cincuenta en Colombia (del VII al IX), Academia y producción intelectual (del X al XIV), y Entre Europa, Colombia y América Latina (del XV al XVII); un total de diecisiete capítulos.

Nacido en Abejorral (1917), pero a los dos años de edad la familia se traslada a Pereira (que el autor identifica como "Otún" en las Memorias), y en ambiente de provincia transcurre su infancia. Al recontar la vida de la familia, no oculta las penurias que padeció para hacerse a una educación básica, la primaria y el bachillerato, habiendo suspendido por tres años éste con el propósito de trabajar para el sostenimiento y para continuar el estudio. Se ocupó de monaguillo primero, luego como empleado de comercio, a la muerte del padre. La vocación inquebrantable de estudio le permitió mirar siempre adelante, con metas graduales que alcanzaba con tenacidad


Jaime Jaramillo-Uribe. Memorias intelectuales. 
Ed. Taurus & Universidad de los Andes,
Bogotá 2007; formato: 15x24 cms.; 304 pp.   ISBN: 978-958-704-480-5

Trabajos recientes han puesto de presente la importancia de la minería en la Nueva Granada durante los últimos años del régimen colonial. Los datos permiten afirmar que dicho sector tuvo participación central en un crecimiento de la economía durante la segunda mitad del siglo XVIII, y que ese crecimiento fue mayor del que se ha reconocido tradicionalmente (1).

Una segunda referencia (2) da cuenta de la experiencia económica de dicho virreinato desde mediados del siglo XVIII hasta la ruptura del régimen colonial, experiencia cuyo pivote fue la extracción y circulación del oro, metal que hizo de Colombia y Brasil casos muy diferentes a los de México y Perú, cuyo punto de apoyo fue más bien la plata. 

Con base en estimaciones de algunas fuentes y las suyas propias, en un reciente libro (3) Poveda Ramos muestra unos datos muy reveladores:

PRODUCCIÓN DE ORO EN COLOMBIA

1700-1810   15’100.000 onzas troy

1811-1900   10’731.000 onzas troy

Comparación 1493-1810

Colombia     1.070 toneladas métricas

El mundo     5.365 toneladas métricas

Ahora están abriéndose  las rutas

 

A plenitud

 

Mientras hablan sobre las energías del archipiélago

Las carnes que aman al continente

(Son los idiomas cantando

En el creol de los barracones y la lengua francesa amalgamada

como el español amasado en América)

 

Es esa fuerza trémula

Esa soledad libre que empuñaba de golpe todas las riberas

conocidas

Todas las estaciones

Todas las posibilidades

          Desde el sol de Marsella a los sentimientos de Santo Domingo

                   Conferencia en el Centro Cultural de España (Cordoba, Argentina), el 30 de marzo de 2012

Agradezco la invitación de Eugenia Cabral quien,  con el auspicio del Centro Cultural de España y de la Universidad Nacional de Córdoba,  ha organizado este justo e impostergable Homenaje a Juan Larrea; según creo,  el primero que se le hace en el país.  Por tal razón, y por el respeto que siempre he guardado por el  poeta español  que vivió y murió en esta ciudad,  no podía excusarme de venir a traerles modestamente  mi palabra, en  la que intentaré volcar mi conocimiento personal del amigo,  y las motivaciones que me hacen impulsar el homenaje.  Luego  de evocar mi encuentro personal con el poeta,  intentaré desplegar algunos aspectos de su vida,  su  trayectoria poética,  su  labor hermenéutica y profética –poco comprendida en ciertos momentos y aún hoy en los ámbitos universitarios-  antes de centrarme en su visión de  América y su decisiva valoración de la misión del poeta.


Mi encuentro personal con el poeta Larrea

Ante todo diré que descubrí la existencia de Juan Larrea a través de su obra Rendición de Espíritu, en el Instituto de Lenguas  y Literaturas Modernas de la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza, donde trabajé  a partir de 1958, como  Ayudante Diplomada de Investigación.   Leí esos dos volúmenes  -que me esperaban intonsos-  con deslumbramiento y pasión,  descubriendo a la par a un poeta-vidente  de excepcionales condiciones, y a un hermeneuta que aplicaba a la Historia misma su capacidad revelatoria.  Debo decir que ambos  mensajes  - el sentido de la poesía y  el destino de América-  entrelazados por   una mirada profética,  me marcaron para siempre, tiñendo todo mi quehacer,  ya iniciado entonces  como poeta, americanista y estudiosa de las letras. Pido perdón por esta referencia personal pero es imposible obviarla si quiero explicarles  mi inmediata visita a  Larrea,  a la que siguieron otras hasta el año de su muerte, a la par que mi correspondencia con él acerca de temas que otros consideran delirantes,  y en fin, mi pretensión de continuar de algún modo al  Instituto del Nuevo Mundo a través del Centro de Estudios Latinoamericanos que fundé en Buenos Aires en  1970.  En la actualidad, el Centro de Estudios Poéticos “Alétheia”, y el  Aula “María Zambrano” en la Universidad de La Plata, prolongan  esa fe en la poesía y en la figura misional  del poeta. Hasta aquí la ineludible referencia a mi condición amical y discipular con relación al maestro, lo cual no significa negar  algunos matices que me diferencian de él.  

Cuando una revista colombiana de cultura se apresta a cumplir 50 años de continuas ediciones trimestrales, siempre con rigor en los campos del pensamiento, la literatura, las humanidades y las artes, casi habría que calificar el acontecimiento como un milagro editorial. Sobre todo en una época caracterizada por la atonía moral, la frivolidad y la ligereza, la abundancia de información superficial, la cultura como especculo y no como estimulante de un nivel superior de conciencia.

La revista Aleph nace en 1966 en la sede Manizales de la Universidad Nacional de Colombia, caracterizada por congregar expresiones científico-cnicas y humanísticas, al amparo del naciente Departamento de Extensión Cultural de la misma institución. Más adelante, la revista se centra en expresiones humanísticas, con vinculación estrecha al ámbito académico. Como desde temprano de de ser órgano institucional, su destino desde entonces que bajo la responsabilidad de su fundador y siempre director, acomo de quienes por el camino le han brindado sus esfuerzos solidarios.

Son varios los antecedentes y las circunstancias que favorecieron la fundación de Aleph. Habría que señalar el nuevo clima creado entonces por la modernización y el desarrollo cultural impulsados en la Universidad Nacional por el rector José lix Patiño y, muy en especial, la brillante gestión directiva del ingeniero y arquitecto Alfonso Carvajal Escobar, un decano que consolidó la sede Manizales y la lle a ocupar una posición importante en la región y en la propia Universidad.

Viernes, 04 Diciembre 2015 17:16

"Don Arnoldo"

por

Hacía unos pocos días había quedado desempleado, después de trabajar durante 10 años en dos librerías que ocuparon, con distinto nombre, el mismo local: el 107 P del Centro Granahorrar.  No era, realmente, la mejor época para estar mirando libros por ahí. Y, al mismo tiempo, si lo era. No tenía claro qué iba a hacer de mi vida a partir de ese momento. Llevaba 10 años como empleado y me enfrentaba, por primera vez, a la realidad de no tener un salario y empezar de nuevo. Decidí darme un mes sabático mientras dejaba que mi cabeza diera vueltas y vueltas hasta que decidiera mirar en una sola dirección para poder reanudar el camino. No es que estuviera perdido del todo, por supuesto. Siempre he tenido claro lo que quiero y pretendo ser: un librero. Eso. Lo que pasaba es que no veía la senda por la cual volver a marchar. No reconocía mis “marcas en la brecha”.

Esa mañana del 27 de abril de 1998 entré a una librería y me quedé mirando la mesa de descuentos: la que tiene los precios escritos. Así no hay posibilidad de conflictos ni malentendidos.

Un lomo ajado y con algunas letras borradas me llamó: “Arnoldo Palacios Las estrellas son neg as 19”

Lo tomé sutilmente para que no fuera a terminar de borrarse. Miré la carátula de color verde con una ilustración, en blanco y negro, de Alipio Jaramillo. Era ese: el libro del que alguien me había hablado, el del escritor chocoano que vivía en Francia desde hacía 49 años. La primera edición de Las estrellas son negras, publicada en Bogotá por la Editorial Iqueima en 1949. La primera novela de Arnoldo Palacios.

              El escritor Arnoldo Palacios (der.) con el escritor-librero Álvaro Castillo-Granada

La vida es un hilo frágil en el que vamos ensartando nuestras experiencias diarias, nuestras emociones y algunas, maravillosas epifanías.  Encuentros casuales con otras almas que nos conmueven y enriquecen. En Aire y Agua, Palabras que no Pesan, Andrés nos invita a compartir muchas de sus encuentros y experiencias de vida, cambiantes como las nubes que ilustran su libro. 

Porque Andrés también va cambiando: primero es el niño alegre que crece en la casi mítica Santa Rosa de Osos, con su ritmo campesino, sus oraciones y procesiones de Semana Santa. Luego es el joven rebelde, dispuesto a salvar al mundo y merecedor de la  furia de los Caballeros del Santo Sepulcro quienes lo definen como “uno de esos que nunca trabajan, hay que mantenerlos, son comunistas, ateos, andan con indios, fuman mariguana, se arrejuntan, usan sandalias, son barbados y llevan la contraria”. Y ahora, aquí lo tenemos, formal y encorbatado, ilustre profesor de semiótica, ética, estética, política y otras esdrújulas. 

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