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Ediciòn No. 131


octubre/diciembre 2004
Ilustración: F.Charry-Lara, Manizales 1986

Conocí personalmente al poeta Fernando Charry Lara mucho después de conocer su poesía. Mi primer contacto con ella fue hace varias décadas, pero la primera vez que la traduje al griego fue cuando incluimos, con el poeta Pedro Lastra, uno de sus poemas en nuestra antología de “Los 100 mejores poemas de amor de la lengua castellana”. Eso fue hace unos diez años. Después traduje otros poemas suyos para una antología general de la poesía hispanoamericana moderna. Y, finalmente, fue su poesía la que nos llevó a conocernos personalmente, y así compartir su amable personalidad y establecer con él contacto y desarrollar nuestra amistad.

Solía recordar el día en que su padre lo llevó al Capitolio Nacional a darle el último adiós al escritor José-Eustasio Rivera, fallecido en los Estados Unidos. Sólo tenía nueve años de edad pero la impresión fue tan perdurable que la registró en uno de sus poemas más estimados. Puede decirse que la poesía de Fernando Charry-Lara se definió siempre por la evanescencia que le da un aura especial a ciertas cosas: al amor que se va, a la música que se diluye en el espacio, al aire fúnebre de los amigos desaparecidos. Todo en la poesía de Charry-Lara es una minuciosa ceremonia del adiós.

Mi querido Fernando:

Mientras me las arreglaba para empezar a escribirte esta carta, memorando días de Bogota o Caracas, me di cuenta de que los avatares y las elipsis del estar me ponían de nuevo frente a esos cuidados prados y jardines que rodean la inmensa torre-catedral de la Universidad de Pittsburgh, y que estaba fijo en el mismo ángulo de hace veinticinco años. Hoy, en esas pelusas verdes, varios muchachos sentados leen sus libros, juegan con pelotas o comen sus emparedados indigestos. Ayer, en el albor de la guerra de Viet-Nam, gritaban y tiraban abajos y arribas con los cabellos largos y sus barbas, sus bluyines florecidos.

No sabía, maestro, que andabas en Washington, que allá leerías tus poemas en la National Library. La semana pasada te llamé a tu casa, como siempre, para decirte que te recordaba, que acababa de leer el ensayo de Rafael Gutiérrez-Girardot sobre tu obra poética, la más pulcra y breve, tanto como la del otro poeta que admirabas, Aurelio Arturo, igualmente pulcro y parco, decirte que guardaba la foto que te hizo “El Catire” Hernández de Jesús y que me dedicaste con un abrazo.
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