Ediciòn No. 131

octubre/diciembre 2004
Conocí personalmente al poeta Fernando Charry Lara mucho después de conocer su poesía. Mi primer contacto con ella fue hace varias décadas, pero la primera vez que la traduje al griego fue cuando incluimos, con el poeta Pedro Lastra, uno de sus poemas en nuestra antología de “Los 100 mejores poemas de amor de la lengua castellana”. Eso fue hace unos diez años. Después traduje otros poemas suyos para una antología general de la poesía hispanoamericana moderna. Y, finalmente, fue su poesía la que nos llevó a conocernos personalmente, y así compartir su amable personalidad y establecer con él contacto y desarrollar nuestra amistad.
Mi querido Fernando:
Mientras me las arreglaba para empezar a escribirte esta carta, memorando días de Bogota o Caracas, me di cuenta de que los avatares y las elipsis del estar me ponían de nuevo frente a esos cuidados prados y jardines que rodean la inmensa torre-catedral de la Universidad de Pittsburgh, y que estaba fijo en el mismo ángulo de hace veinticinco años. Hoy, en esas pelusas verdes, varios muchachos sentados leen sus libros, juegan con pelotas o comen sus emparedados indigestos. Ayer, en el albor de la guerra de Viet-Nam, gritaban y tiraban abajos y arribas con los cabellos largos y sus barbas, sus bluyines florecidos.

