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El hecho político más importante de los tiempos recientes en Colombia se dio cuando los tres ex–alcaldes de Bogotá abandonaron sus intereses particulares, sus propios egos, para unirse en un proyecto común: Antanas Mockus, Lucho Garzón, Enrique Peñalosa. El hecho adquirió mayor dimensión cuando Sergio Fajardo, abandonando también sus intereses personales, legítimos, se unió al proyecto común.
¿Por qué éste es un hecho tan importante?
Porque la solución a los descomunales problemas de la sociedad colombiana no es posible conseguirla sin la colaboración de todos los colombianos. Pero, más importante aún, porque Mockus y su equipo coinciden en el diagnóstico de la fuente de los problemas: lo que nos impide vivir en paz y adentrarnos en el sendero del desarrollo no depende de la falta de recursos económicos. Depende de un problema cultural, pues todavía no hemos entrado completamente en el curso de la modernidad, es decir, no hemos aceptado que para vivir bien y seguros de nuestra vida y de nuestra libertad, es necesario someternos al gobierno de las leyes y no al gobierno de los hombres. Esos cuatro hombres comprendieron cabalmente que, si queremos transformar la realidad colombiana, tenemos que unirnos respecto de un proyecto común, de enorme dimensión.
La verdad, yo no me sentiría mal representado por las personas de Petro, o de Pardo o de Vargas. Ni siquiera –aunque haciendo un gran esfuerzo–, por Noemí.
Si uno se toma el trabajo de hacer un análisis comparativo de las distintas propuestas de los seis candidatos que cuentan en las encuestas –incluyendo las de Juan Manuel Santos– puede constatar que todas realizan un diagnóstico acertado sobre los problemas que es necesario resolver para vivir bien y que, excepto en importantes diferencias de enfoque para solucionar algunos de ellos, no sería difícil alcanzar un “acuerdo sobre lo fundamental”, que era la consigna de ese hombre incomprendido que fue Álvaro Gómez Hurtado, cuando, al final de su vida, había adquirido la talla de estadista. Sinembargo, el único que comprende a cabalidad el fondo del problema es Antanas Mockus y su equipo, razón suficiente para elegirlo.
En Colombia, por distintas razones que no es del caso explicar ahora , el entramado moral de origen católico que cohesionaba la sociedad dejó de cumplir su función desde hace unos treinta o cuarenta años. Este es un hecho reconocido del que hace por lo menos veinte años viene hablando el sacerdote jesuita Francisco de Roux, provincial ahora de la Compañía de Jesús, quien desde entonces ha hablado de la necesidad de reemplazar esa ética católica por una “ética civil”. No se trata de recuperar la moral católica, sino de reemplazarla por otra. ¿En qué se distingue una de otra? No propiamente en los valores o normas, que en lo básico son los mismos: valor de la vida, honradez, sinceridad, solidaridad, confianza, cumplimiento del deber, etc., etc., sino en la justificación o fundamentación de tales valores o normas. Mientras que desde el punto de vista de la moral o ética católica tales normas se cumplen porque están fundadas o justificadas en una autoridad: Dios, los padres, los maestros, el policía, las leyes jurídicas, etc., desde el punto de vista de una moral o ética civil, tales normas y valores se cumplen por el reconocimiento del otro, por tener en cuenta a los otros, que son iguales a mí, por lo que, en el caso de no ser honrados, veraces, solidarios, sinceros, etc., es decir, cuando no cumplimos esas normas o no seguimos esos valores, sentimos vergüenza, indignación, presión social. En el primer caso, en el de la moral católica, las normas morales se cumplen porque alguna autoridad las hace cumplir, pero “cuando el gato se va, los ratones hacen fiesta”. En el segundo caso, en el de la ética civil, las normas o valores se cumplen aunque la autoridad no esté presente
Si no conseguimos este cambio en Colombia, podremos hacer “infraestructura” y todo lo prometido por los distintos candidatos, pero no mejoraremos en “vida buena” para los colombianos, es decir “no conseguiremos vivir en paz”. Decir esto no es “justificar la violencia”, es tratar de explicarla. Pero: ¿cómo conseguimos tal cambio? Por el camino propuesto por Mockus y su equipo, como puede leerse en las propuestas de la página web del Partido Verde:
“Queremos una sociedad donde todos los colombianos cumplamos nuestros deberes ciudadanos y podamos disfrutar de nuestros derechos. Donde la vida se respete como el don más preciado y los recursos públicos sean sagrados. Donde la gente sea capaz de confiar y acepte las diferencias. Para lograrlo:
1. Fomentaremos una cultura de la legalidad para afianzar el respeto, la admiración y el cumplimiento de la ley y las normas. En alianza con la ciudadanía y las autoridades regionales y locales, trabajaremos por aumentar la conciencia y la cooperación entre ciudadanos en el rechazo de los atajos y las justificaciones para el incumplimiento de la ley y las normas. Cero condescendencia con las actividades ilegales. 2. Promoveremos la cultura ciudadana para que los colombianos, mediante el cambio de comportamientos, facilitemos la convivencia, la confianza, la tolerancia, la solidaridad, el imperio de la ley y la democracia. 3. Impulsaremos la actualización del Código Nacional de Policía mediante procesos democráticos y llevaremos a cabo las acciones pedagógicas necesarias para garantizar su difusión, interiorización y cumplimiento por parte de la ciudadanía.”
Aunque esta tarea es descomunal, es posible, y Antanas Mockus lo demostró durante su gobierno en la alcaldía de Bogotá. Si no se realiza, nunca podrá funcionar el sistema judicial. Para que las normas jurídicas funcionen y su incumplimiento o violación no quede impune, es indispensable que la vida cotidiana de buena parte de la población se rija efectivamente por el entramado de las normas morales. De lo contrario, por más que se incremente en miles y miles el número de funcionarios del sistema judicial, éste siempre estará desbordado, produciéndose la impunidad, lo más grave que le pueda ocurrir a una norma jurídica, tanto que, si la norma jurídica no se cumple, es preferible que no exista, porque los efectos de la impunidad son desastrosos en la vida política. Para ilustrar este aspecto, baste considerar que bien distinto es un país en el que hay diez, doce, cien…, homicidios por año, a un país, como el nuestro, en el que se producen veinte, veinticinco mil homicidios por año, la mayoría de los cuales quedan en la más absoluta impunidad. Aunque habrá muchos funcionarios del sistema judicial que son tramposos, incumplidos, etc.etc., en su mayoría no lo son. Y no le podemos pedir peras al olmo.
¿Por qué no ni Santos ni Noemí? El pasado cuenta
“Lo que sean los maestros, eso será la nación”. Ésta es una idea de don Agustín Nieto Caballero, un filósofo de la educación, de principios del siglo pasado, que nos ayuda a comprender lo que quiero expresar.
Por “maestro” no hemos de entender solamente las personas que en Colombia, con abnegada, incomprendida y maltratada labor han dedicado sus vidas a la educación de los colombianos. Maestro son también los padres de familia, los sacerdotes, las instituciones, las ciudades, los gobernantes.
Al presidente Álvaro Uribe Vélez habrá que agradecerle siempre su incansable labor en la recuperación de buena parte de la soberanía nacional, que estaba en manos de las FARC, un grupo de subversivos que se dejó corromper por lo peor de la condición humana. Lo que las FARC le han hecho al pueblo colombiano no tiene nombre. También habrá que agradecerle el haber tomado en sus manos –aunque no del todo– la conducción de la “Fuerza del Estado”, hasta el punto de que no se volvió a escuchar la expresión “ruido de sables”, frecuente antes cuando se presentaban discrepancias entre el estamento militar y el estamento civil.
Se equivocó, sinembargo, el Presidente Uribe, al considerar que era lo único que había que resolver. Utilizó siempre la metáfora de la culebra: “La culebra está viva!” –refiriéndose a las FARC–, cuando, en realidad, lo que tenemos es una Hidra, un monstruo de muchas cabezas que es preciso cortar simultáneamente: la desigualdad, la pobreza, la discriminación y todos los puntos respecto de los cuales los candidatos a presidente enumeran en sus propuestas.
Los ocho años del gobierno del Presidente Uribe han conseguido, en buena medida, que el monopolio de la fuerza por parte del Estado, condición fundamental del estado de derecho, se extienda a buena parte del territorio nacional. Y este es un hecho –repito– que hay que agradecerle. Sinembargo, las causas profundas que han conducido al malvivir de los colombianos no se han atacado. La principal de ellas, la nauseabunda desigualdad entre los colombianos. Que la mitad de ellos, es decir, que veintitrés millones de personas vivan en la pobreza, lo que significa que esos veintitrés millones de personas viven con $ 4.000 pesos diarios ($ 120.000 mensuales) y que un 16%, es decir cerca de un millón de personas viva con $ 2.000 diarios ($ 60.000 mensuales) es algo que tiene que causar vergüenza y dolor.
No haber podido resolver tales problemas, sinembargo, no es lo más grave. Lo más grave son las numerosísimas lecciones de corrupción que los colombianos hemos recibido de este gobierno. Los hechos todos los conocemos, aunque no sobra recordar el tortuoso proceso para hacerse reelegir, o el siniestro manejo del espionaje a su servicio. La lista es larga, pero nunca se insistirá lo suficiente en la gravedad de los “falsos positivos”.
En un país políticamente decente, el responsable político de semejante aberración habría sido de inmediato marginado de la vida pública, bien porque supiera de lo que estaba aconteciendo dentro da la institución bajo su responsabilidad, bien porque no lo supiera. Pero en Colombia no: el hombre –Juan Manuel Santos– “cayó parado”, y pasó, como si nada, a candidato presidencial. De semejantes aberraciones es también responsable político el partido conservador, razón suficiente para descartar a quien lo representa.
Ese tipo de “maestros” no lo queremos más, pues el daño que hacen es imponderable. Con Mockus y su equipo, de entrada tales lecciones de corrupción nunca se darían, razón suficiente para elegirlo.
Una campaña política de “cascaritas”
La expresión “cascaritas” se refiere a un tipo de preguntas –mala costumbre pedagógica– que muchos profesores formulan a sus estudiantes con la clara intención de “hacerlos caer”. Se trata por lo general de preguntas cuyas respuestas requieren de conocimientos puntuales y que distraen la atención de los aspectos generales del tema. Pues bien; así se ha desarrollado la campaña en los debates.
Que si Antanas es ateo o católico; que si extraditaría a Uribe; que cuánto se les debería pagar a los médicos y sinfín de temas que, si bien en sí mismos son importantes y de extensa discusión, las respuestas requieren de un contexto imposible de dibujar en un minuto. La desgracia es que estas “cascaritas” han cambiado la intención de voto de prestigiosos columnistas.
Por otra parte se pretende que el candidato de los Verdes sea perfecto; que diga exactamente lo que queremos oír, “que no meta las patas” mientras que a los otros candidatos se les aceptan las respuestas generales, vacías, escurridizas, en lo que son expertos y están bien entrenados, uno de ellos por JJ., al extremo, como ya sabemos, de pervertir, al volverla artificial, una reacción tan natural como es el llanto, para engañar al televidente.
Pienso y propongo que no nos dejemos los electores distraer del núcleo de lo central que proponen y a lo que se comprometen Mockus y su equipo: a gobernar con decencia. A modificar la cultura del desprecio de la vida. A usar los recursos públicos en la solución de los problemas de todos y no permitir que se vayan a los bolsillos de los amigos del gobierno ("Agro ingreso seguro". ¿recuerdan?).
Conviene también aprender a discrepar y a defender propios y legítimos intereses sin que ello afecte el trabajo de la “minga”. En muchos aspectos nunca podremos ponernos de acuerdo, y comprender esto no debería ser óbice para colaborar en la construcción y en muchos aspectos reconstrucción de este País que se merece caminar por la oportunidad que se nos presenta con Mockus y su formidable equipo de gobierno que seguramente tendría. Yo discrepo, por ejemplo, de la apreciación que hizo Mockus sobre un sector del Polo. El Presidente Uribe y su gobierno siempre quisieron comprometer al Polo en relaciones con las FARC, y nunca presentaron evidencia alguna. Se trataba simplemente de estigmatizar a sus líderes y de infundir miedo. Pero esta discrepancia no me aparta de la razón suficiente para elegir a Mockus.
Finalmente, será necesario un gesto de gran generosidad, tanto del Partido Verde, para aceptar el apoyo del Polo, representado por Petro, como del Liberalismo, representado por Pardo. Incluso de Cambio Radical. Y será necesario al mismo tiempo un gesto de gran generosidad de estos líderes políticos para apoyar al candidato del Partido Verde, de tal manera que ese hecho político tan importante del que hablé al principio, se amplíe con personas y grupos que, sin abandonar sus enfoques respectivos de la vida política, contribuyan en el proceso de la educación política que merecemos los colombianos.
[22.V.2010]
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