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Héctor-Juan Jaramillo es un caso singular en las letras de nuestra región, y quizá del país. Desde temprano en la vida se marcó su vocación por la lectura y la escritura, con sentido de explorar en escritores relevantes y de afinar su pluma en comprensiones y estilos, sin limitarse por los géneros. Incursionó en los estudios de Filosofía en la Universidad de Caldas, con el propósito de afianzar conocimiento de autores y obras, desde las culturas clásicas, sin la más mínima aspiración al notablato de los títulos. Humilde en su avidez de conocimiento, con inteligente e ilustrada capacidad para el diálogo, sin presunciones ni poses. Hizo parte del grupo de la "Revista Siglo 20" (años 60s), al lado del valioso escritor y erudito, Hernando Salazar-Patiño, su director-fundador, publicación que aireó de buena manera las letras, al incorporar voces nuevas y nexos intelectuales de amplio espectro.
En lo personal tengo recuerdo imborrable, puesto que fuimos tres estudiantes universitarios, en los sesentas, los que en especial rodeamos en tertulias a Rubén Sierra-Mejía, hoy uno de los más notables pensadores hispanoamericanos, quien llegó a Manizales al término de sus estudios de postgrado en Alemania, para ocupar posición de relieve en la docencia de la Universidad de Caldas, vinculado por el entonces rector, doctor Ernesto Gutiérrez-Arango. Rubén, muy joven, quizá con seis o siete años mayor que nosotros, tenía una preparación de alto nivel en filosofía, literatura y en la apreciación de las artes plásticas y la música, además del manejo de lenguas clásicas y varias modernas. Pronto fue centro de atención en clases, conferencias y en coloquios de pequeños grupos. De espíritu abierto, con claridad de conceptos y opiniones francas, y hasta mordaces, frente a la mediocridad imperante. Esos tres estudiantes, un tanto alumnos informales de Rubén, fuimos Héctor-Juan Jaramillo, Hugo Marulanda-López y quien esto escribe. El primero de filosofía y los otros dos de ingeniería civil en la Universidad Nacional, pero con análoga inquietud por la Cultura, con pasión por los libros, y de escarceos en el escribir.
Diálogos enriquecedores con Rubén, por lugares diversos: caminando por El Carretero, en la residencia de alemana donde vivía (próxima al Triángulo), en La Cigarra, y en uno que otro sitio insólito. Nosotros éramos en lo fundamental receptivos y preguntones, lo que nos permitía recibir sugerencias de libros, de películas y de música, además de apreciaciones generales sobre el acontecer en la Cultura, con visión de independencia y universalidad. Fuimos ocasionales contertulios del recién llegado profesor, quien ejerció la cátedra de Estética, entre otras, y rápido ascendió a la posición de decano en la facultad de filosofía y letras. Pocos años estuvo en Manizales, tiempo suficiente para sembrar orientaciones intelectuales de largo aliento, como en realidad ocurrió, con reformas sustantivas que introdujo en la facultad a su cargo, con sentido de rigor y visión cosmopolita en la Cultura. Tuvo alumnos de las calidades de Norma Velásquez, Leonor Gallego, Valentina Marulanda, Adolfo-León Gómez, José Chalarca, Eduardo López-Jaramillo, entre otros. Fue atraído luego por la Universidad del Valle y posteriormente por la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, donde todavía sigue en labores, ahora en seminario del doctorado en Filosofía, con indagación del pensamiento colombiano, y asombrosos libros publicados -del seminario- en colaboración.
De aquellos encuentros juveniles nos quedó la marca de las notables enseñanzas de Rubén, ante todo de ese talante inconforme, drásticamente crítico, frente a la medianía cultural del medio, y por la convocatoria permanente para abordar temas y problemas, con acceso a fuentes primarias y desarrollos de rigor. Pasado algún tiempo, y habiendo quedado yo con la continuidad en conexión con el Maestro, éste llegó a comentarme que de los jóvenes inquietos que había observado en Manizales, Héctor-Juan era el más promisorio, quien alcanzaría estadios superiores en su vocación de estudioso y escritor.
Circunstancias debidas a los destinos insoslayables, no permitieron que Héctor-Juan cumpliera con la vocación advertida por Rubén. Sinembargo, un tanto en soledad, cumplió con la dignidad de su vocación, sacando a flote algunos de sus escritos, y compartiendo, en encuentros fugaces, lecturas de autores de cabecera, en especial de Nietzsche, sobre quien habrá dejado importantes escritos por rescatar. Trabajó el ensayo, el cuento, incluso la poesía. Y penetró en el entendimiento de la cultura latinoamericana, con interpretaciones singulares, al rastrear autores y entrelazar de ellos conocimientos e ideas fundamentales.
En nuestra Revista Aleph (fundada en 1966, con vigencia actual), en algo pariente y coetánea (en origen) de "Siglo 20", quedaron testimonios de la pluma del inolvidable Héctor-Juan, como por ejemplo su estudio sobre tres poetas latinoamericanos (Nicanor Parra, Enrique Lihn y José-Emilio Pacheco), quien desde la inmensidad sin sospechas atisbará el desenvolvimiento de estos mortales que persistimos en la vida con el mismo destino de fatalidad o azar, pero con sentimientos palpitantes en la amistad y en el reconocimiento por lo que significó aquel joven en discreción, sin medrar ante poderes políticos, sociales, económicos, incluidas las editoriales mercantilistas. En sus indagaciones supo apreciar la metafísica y el humor en la poética, con la participación de lo intuitivo y lo racional, delimitando campos, en la tarea preferente en algunos creadores singulares como León de Greiff, Borges, Rubén Darío, con los mencionados Parra, Lihn y Pacheco.
De aquellos tres estudiantes ávidos de leer y conocer, y de conquistar formas de expresión, he quedado yo de supérstite, con sensaciones crecientes de soledad y vértigo que le caminan a uno por el espíritu.
Debo testimoniar también su participación central en acto que promoví desde el rectorado de la Universidad de Caldas, a principios de esta primera década del siglo en marcha, como reconocimiento público que le hicimos a la "Revista Siglo 20", en cabeza de su director-fundador, Hernando Salazar-Patiño. Héctor-Juan, recién recuperado de una delicada cirugía en el cerebro, llevó la palabra, con magistral improvisación, recordando detalles de "Siglo 20", en escritos, colaboradores y en ecos despertados incluso en lugares de asombro. Fue elocuente, fluido, con reminiscencias oportunas, y valorativo en la distancia con ejemplar sindéresis.
Los dioses del Olimpo sabrán sostener el recuerdo palpitante de un escritor formado por fuera de las patentes enfermizas, de cuadrícula, y con ejercicio aislado, al margen de grupos o generaciones. Su voz delicada y con medida seguirá acompañándonos por este sendero de las sorpresas y las incertidumbres.
¡Héctor-Juan vive!
[29.VIII.10]
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