| "Soy, ante todo, profesor" |
| por Gloria-Luz Ángel E. |
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Escribe desde los tiempos de la cartilla “La alegría de leer”. Su vida está inmersa en la Poesía. Michel de Montaigne, Albert Einstein y Confucio entre sus paradigmas. La vida académica lo sedujo desde temprano. Estudió Ingeniería Civil por un imperativo del destino. Los libros lo retienen y la Revista Aleph es una obsesión. Humanitarismo.
-¿Cómo se inició en la poesía y en la narrativa? Me inicié en la vida, como es apenas natural, desde el vientre de mi madre, y en esa vida venía involucrado mi acontecer, con las improntas que se han ido evidenciando en el transcurrir propio de los días. Resulté escribiendo desde los tiempos de la cartilla la “Alegría de leer” [de Evangelista Quintana], al amparo de mi maestra de primeras letras, la señorita Margarita, que devino en la matrona doña Margoth Gómez de Hurtado. Por otra parte, con las dificultades de sobrevivencia de la familia, había, paradójicamente, estímulos para la imaginación. Y mi tía más cercana, María de Jesús Martina Ruiz y Mejía, de vocación monarquista, tuvo antenas de lecturas y de fascinaciones que me fueron enriqueciendo la ruta en la niñez. Y poesía es la vida, como continua creación, en proceso de hallazgos insospechados y de fascinaciones sin remedio. -¿El humanismo siempre ha estado presente en su vida, en su trabajo y escritura? En la tradición de la Cultura, humanismo es expresión en casos circunscrita a una formación clásica, de raíces griega y latina, con apogeo renacentista. En mí, con modestia, esas ventanas las conservo abiertas, con las motivaciones que tuve en el bachillerato del profesor Bernardo Trejos-Arcila, con quien accedí a campos deslumbrantes en la historia de la Cultura, con la filosofía, las lenguas clásicas y modernas, y el sentido de disfrute por las artes, proceso que he acentuado en las continuadas lecturas desde entonces, y en el vagar por el mundo. Quizá, en mi caso, la situación sea más de “humanitarismo”, por el sentido de humanidad que me acompaña, en la convicción que la solidaridad es el mejor remedio para los grandes males de las colectividades humanas. -¿Cuáles escritores, filósofos o humanistas han influido en usted? Las influencias podrán ser debidas a los autores que han terminado por acompañarnos en la vida, desde temprano, o que incorporados en algún momento no cesan de estar a nuestro lado. Comienzo por Cervantes con su Quijote, que de niño descubrí de la editorial Tor, en rústica, en un puesto de libros viejos del pabellón de verduras de la galería, y que se ha multiplicado con otras ediciones y fructificado en trabajo que hice con estudiantes de mi “Cátedra Aleph” en la UN, con resultado en edición monográfica de la revista Aleph (No. 129/130, 2004). -¿Por qué son parte de sus paradigmas Michel de Montaigne y Einstein? ¿Tiene otros? Desde el comienzo he advertido la presencia continua en mí de Michel de Montaigne, el referente más emblemático en mi formación, por la razón sencilla de haber descubierto en él a la personalidad, de recia formación humanista, que supo tomar distancia con cierto desdén de las ruindades del poder y de los poderosos, habiendo sido él centro de atención y de consultas por reyes y gobernantes. Y esa distancia lo llevó a un autoexilio en el “Castillo de Montaigne” para escribir sus meditaciones a partir de la singularidad de ser que era. El autor le dice en la primera frase de sus Ensayos al lector: “Este es un libro de buena fe”, y a pocos renglones agrega: “... quiero solo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria”. El tema central de sus ensayos es él mismo, pero desde la humildad en la sabiduría y con moderado escepticismo hacia las ambiciones que resultan desmedidas en el mundo. En 1998 visité, con Livia, como peregrino, el Castillo, no sin oportunidad de éxtasis. -¿Qué ha representado el mundo de la academia en su vida? La vida académica me sedujo desde temprano. Como estudiante universitario fui activista cultural, y la Universidad me atrapó en sus posibilidades, donde me formé y he continuado ejerciendo mi vocación por el saber y el compartir. -¿Las entrevistas y los trabajos que ha hecho para Aleph los considera un trabajo periodístico o literario? En mi escritura constante, de cada día, no me pregunto a qué género pertenecen las páginas que salen de mis manos, mucho menos discernir si en los reportajes que hago, por ejemplo, estoy del lado del periodismo o de la literatura. Para el caso me he preocupado de acercarme a personalidades de gran relieve en el mundo de la Cultura para tratar de asimilar, de beber, algo de sus inmensos saberes, y de compartirlo. Hay reportajes que han salido en la forma convencional de ensayos, otros como entrevistas de meticulosa elaboración. La Universidad de Caldas publicó hace poco un volumen con antología de esos reportajes, bajo el título que han tenido siempre: “Reportajes de Aleph”. -¿Qué prefiere ser: escritor, académico o editor? La vida de los seres humanos transcurre más por destinos que por preferencias personales, o por escogencia racional de camino. En mi caso personal he sido esas tres cosas a la vez. Soy, ante todo, profesor, en la idea de encontrar en espacios universitarios personas jóvenes con capacidad de acompañarme en el “aula del estudiante de la mesa redonda” para desplegar posibilidades de libre examen, con temas anchurosos de la Cultura, en construcción conjunta, sin el viejo criterio de impartir lección, sino de edificar en mancomún con procesos de diálogo respetuoso, basado en lecturas y estudio. En esa necesidad se dan las formas de expresión aludidas en la pregunta: escribir, vivir con intensidad el mundo académico y editar en lo posible resultados de esos procesos, sin esperar que los editores lleguen, y menos de medrar ante quienes tienen en sus manos los aparatos editoriales. Desde temprano he editado libros míos, de manera artesanal casi siempre, en pocos ejemplares, que van por ahí a manos generosas, sin esperar mayores destinos. Se trata, nada más, del cumplimiento de un destino que en lo posible trato de disfrutar, y hasta de padecer. -¿Cómo una persona con tanta sensibilidad terminó estudiando Ingeniería Civil? Mis estudios de ingeniería civil se hicieron también por imperativo de un destino. Ingresé a la Escuela de Ingeniería, como la llamábamos por entonces, en la UN-Manizales, y me formé, con entusiasmo y no sin dificultades, en arduas disciplinas de la Matemática, la Física, las ciencias aplicadas. Pero en simultaneidad esa otra pierna de la Cultura, o del humanismo, permanecía activa. Soy un híbrido de técnico y aprendiz de humanidades. Y ejercí la profesión como constructor de escuelas y de caminos, como diseñador y constructor de puentes, con formación continuada en niveles de postgrado, para enganchar en buen momento en la vida universitaria, de nuevo, como docente, al amparo de esa personalidad a la que también me debo: Alfonso Carvajal-Escobar. Y he tenido un recorrido que no me atrevo a calificar, pero si se que ha sido intenso, de total dedicación, sin mezcla alguna con los intereses monetarios o económicos, que me han sido tan ajenos. -Usted vive rodeado de libros ¿Cuál ha sido el criterio de selección de los 12 mil volúmenes que tiene? No estoy seguro que los tenga: ellos me tienen, me retienen. Desde “La alegría de leer” de mi maestra de letras primeras, la señorita Margarita, los libros se han sucedido como encuentros por el camino. Un libro que se lee lo remite a otros y así sucesivamente. Libros también que uno encuentra referidos en una seductora reseña, o en una conversación, o en una vitrina, o que son hallazgos por estantes de librerías de nuevo y de viejo. O en virtud de temas inquietantes que uno se propone o le aparecen, se busca en los libros respuesta, o elementos válidos para darse las propias explicaciones. Y por tiempos, en razón de la falta de espacio físico, me he visto en la dolorosa situación de salir de muchos de ellos, entregándolos a escuelas, o a universidades, con la idea que sabrán encontrar sus propios lectores. Soy, en simultaneidad, bibliófilo y bibliómano, o en una palabra que he acuñado: bibliofilómano... Es decir, un tipo sin salvación alguna. -Desde estudiante ha estado involucrado en el mundo de las publicaciones, ¿qué han significado éstas para usted, sobre todo Aleph? Antes traté de expresarlo: las publicaciones son una respuesta de trabajo realizado que se desea compartir. He escrito mucho, y sigo escribiendo, más por obsesión que por una disciplina de la racionalidad. Volúmenes permanecen quietos en sus lugares, con espera o sin espera. Y me he propuesto publicar gradualmente algunos de esos libros, a mi cuenta y riesgo, en la medida en que pueda hacerlo, como lo he hecho hasta ahora. No tengo capacidad alguna de competir, ni en mi ejercicio de vida ha cabido la desmesura de la “competitividad”. Voy con laboriosidad haciendo lo mío, lo que me tocó, de la mejor manera posible, sin involucrar ni afectar a nadie. Quizá Livia sea mi única cómplice, con quien suelo leer y releer lo escrito, para pulir y para saber que estamos vivos, gozosos. ---- Así, luego de hacer un rápido viaje por los libros, por las libretas de apuntes, por los casetes que guardan las palabras de numerosos escritores entrevistados para Aleph, por los dibujos para la Revista y de tener una conversación que uno quisiera fuera infinita, nos despedimos de Carlos-Enrique Ruiz y de Livia con la promesa de volver.
Ref.: Papel Salmón No.852; “La Patria”, Manizales, Col., 1 de marzo de 2009; http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticia.aspx?CODNOT=60140&CODSEC=17
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