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Artificios

A K. L.

Mi hermana

I

El primero en llegar fue Héctor. Yo no lo llamé. No tuve ganas de hacerlo. Lo llamó Ester, la sirvienta (o asistente, como le gustaba llamarla a papá. Decía que nadie era digno de ser servido y mucho menos él, un simple arriero del Eje Cafetero).

Ester es una buena mujer, algo sonsa como dice mi hermana Eugenia, pero quiere a papá, es leal y de confianza. Ha estado en casa desde que yo tenía quince años, tres años antes de mi accidente. Precisamente era Ester la que decía que no había nada que hacer conmigo, que sólo se podía esperar la muerte, que había visto hombres más grandes y más machos morir por menos que eso. Sinembargo papá nunca le creyó, a pesar de que siempre fui un hombre muy débil y frágil.

Papá se hubiese resistido a cualquier posibilidad de mi muerte. Yo era su hijo preferido. Me lo confesó una tarde después de esperar llamada de Héctor o de Eugenia que ya vivían en la capital. Me dijo que sabía que no llamarían pero, de igual manera, no le importaba mucho. Que del único que se podía esperar algo importante en esta vida era de mí. No se refería a que consiguiera el éxito monetario que mis hermanos buscaban, sino al éxito humano que ya nadie busca, lo que quiera que eso signifique.

Lo único que me reprochaba papá era que nunca me gustó leer. Ni los libros de ficción, ni los de historia, ni mucho menos los de veterinaria que atestaban la rústica biblioteca de mi papá.

Yo lo veía todas las tardes, sentado en su escritorio o en la mecedora del corredor frontal, con su cigarrillo en la mano y su taza de aguapanela caliente, leyendo, absorto en las letras, distante. Me decía que era necesario cultivar la imaginación, aun más que la memoria o el conocimiento, incluso más que el estómago. Por eso me pedía que leyera, que no importaba si se era débil de músculos como yo, que era mejor ser fuerte de la mente.

Muchas veces entraba a la biblioteca de papá y tomaba cualquiera de sus libros, no importaba cual. Lo abría en cualquier página y miraba las letras, las palabras. No miraba lo que ellas decían, no leía el libro. Simplemente jugaba con esos garabatos que papá miraba durante horas enteras y, durante horas enteras yo los miraba como emulándolo. No es que no supiera leer. Mamá me enseñó cuando yo era muy niño. Pero con los libros de papá era diferente. Ya era lo suficientemente mágico hacer lo que él hacía, como para que me distrajera la historia que en las letras se escondía.

Lo curioso es que ni a Héctor ni a Eugenia les pidió jamás que leyeran. En realidad papá se preocupaba poco por ellos. Veía a Héctor como a un desagradecido que siempre renegó de su condición de campesino y a mi hermana como una mujer ingenua y sin intereses reales.

Nunca entendí los motivos de mi papá para juzgar así a mis hermanos. Yo nunca tuve un interés real y jamás di las gracias por nada. Sinembargo yo era diferente para él. Alguna vez le pregunté por qué. “Lo veo en tus ojos”, fue su respuesta.

De cualquier forma me desagrada que Héctor llegue apresurado a visitar a papá, sólo por que sabe que de esta recaída no se levantará más. Y no sólo eso, además trajo a su esposa Beatriz y a su pequeña niña Mariana.

No tengo nada en contra de Beatriz, sólo que desde que mi hermano se casó con ella, dejó de comunicarse con papá. No creo que fuera la influencia directa de ella. Como ya dije, o como decía papá, no esperaba ningún agradecimiento de Héctor.

En cambio la niña es preciosa. Tiene los ojos de mamá y es la única que habla conmigo. Hablamos de lo que ha aprendido en su colegio y sobre lo que yo hago en el día. Es una niña muy inquieta y sagaz, a pesar de su corta edad. El día que llegaron la sorprendí husmeando en la biblioteca y ojeando algunos libros, tal vez en busca de ilustraciones.

Me conmovió profundamente verla sentada en el suelo con el libro en la mano buscando los dibujos que jamás encontraría. Me trajo a la memoria mis hábitos de lectura, si se pueden llamar así.

En realidad siempre fui muy callado, como dije anteriormente. No me gustaba hablar con nadie, excepto con papá. Por eso me entusiasmaba hablar con Mariana. Ni siquiera con mamá hablé mucho mientras ella estuvo viva. Ella nunca me entendió. Siempre le molestó que yo mantuviera la cabeza en otro mundo, como ella decía. Le irritaba verme sentado en la chambrana del corredor lateral, mirando hacia donde estaban sembradas las moras. Se me acercaba por atrás y me abrazaba fuertemente, como tratando de traerme al mundo nuevamente. Era un instante de gran felicidad para mí, aunque duraba muy poco, porque cuando me preguntaba en qué estaba pensando y yo le contestaba que en las plantaciones de moras que habría en la luna, ella me jalaba suavemente mis orejas y me decía que no pensara en tonterías. Imaginaba que era gracias a las moras que el cielo se enrojecía en los atardeceres. Luego ya no quise contarle lo que pensaba.

Con mis hermanos tampoco tuve mucha comunicación. Ellos me miraban con recelo, tal vez presintiendo la evidente predilección de papá por mí. Con ellos no me interesaba mucho hablar. Sólo lamento no haberme podido comunicar más con mamá.

Ni siquiera hablo mucho con Ester. De hecho, aunque vivimos en la misma casa y ninguno de los dos sale nunca, nos encontramos realmente poco en el día.

Ella no se encarga de mí, sólo de papá. Yo mismo organizo mi habitación a la que ella nunca entra y yo mismo me sirvo la comida que ella deja sobre el fogón.

Siempre de niño fui silencioso, como ya dije. Pero mi abstracción se incrementó luego del accidente en el caballo cuando tenía dieciocho años.

Llevaba un año fuera de la finca. Me había mudado a la capital a estudiar economía. En las vacaciones de mitad de año volví a visitar a papá y a Ester. Mamá ya había muerto (murió cuando yo tenía doce años) y mis hermanos vivían en otras ciudades.

Una mañana papá y yo fuimos a caballo en busca de un ganado que había desaparecido del cerco frente al río, al sur. Yo no era y nunca fui buen jinete y estando en el corral me caí del caballo y me golpee en la cabeza contra una piedra. Quedé inconsciente inmediatamente. No recuerdo nada de los días que siguieron al accidente. Luego me enteré que estuve al bordo de la muerte y que mis hermanos viajaron a visitarme. Supe también que por esos días papá cayó enfermo.

Cuando recobré el conocimiento papá estaba en cama y todos decían que había sido producto de la tensión de mi accidente. Es otra de las razones por las cuales mis hermanos me miran con recelo. Mi hermana dice que si el accidentado hubiera sido otro, papá no se hubiera enfermado y no se habría preocupado tanto.

Ahora mi hermano pasa toda la tarde en la habitación de papá sentado al lado de su cama, como disculpándose por algo, como agradeciéndole algo, reclamándole algo. Papá lo mira y parece no reconocerlo. No sería extraño dado su estado. En ocasiones le pregunta por mí y mi hermano le toma la mano y le contesta que por ahí debo estar.

Mi hermana llegó al otro día que mi hermano, pero ha estado desinteresada. Se la pasa caminando por la casa, quejándose por el abandono en que está sumida y conversando con Beatriz sobre cualquier cosa. Eugenia nunca se ha interesado por nada realmente.

Sólo queda esperar la muerte de papá que llegará en cualquier momento. Supongo que luego mis hermanos volverán a sus ciudades y sólo regresarán a vacacionar con amigos o con sus familias, como si esto fuera un chalet o algo por el estilo. Supongo que no se preocuparán por mí o por lo que yo diga. Yo tampoco me preocupo por mí cuando papá muera. Será un golpe del cual me he estado preparando todo este tiempo. Yo seguiré acá, con Ester seguramente, pero sumido en la total soledad.

II

Parece que a papá no le importó que hubiera viajado todos estos kilómetros sólo para estar con él antes de que muera. Volver a la finca no es muy sano para mí. Los corredores, las habitaciones, la finca en general, incluso papá, me recuerdan todos los años de cariño mendigado que él nunca me dio.

Era evidente que al que más quería de los tres era a Esteban. Solamente hablaba con él y con Eugenia y conmigo sólo se limitaba a decirnos lo necesario. No culpo al viejo. Esteban era el único que lo escuchaba cuando él narraba sus historias apócrifas. Ellos eran los que preferían vivir soñando, mientras que Eugenia y yo heredamos de mamá la necesidad de mantener los pies en la tierra.

Me perturba la actitud de Mariana desde que llegamos. Sólo se ha interesado por la biblioteca y por la habitación de Esteban, que permanece cerrada. Parece que está buscando algo y ella sabe muy bien qué es. Es la primera vez que viene conmigo a la finca pero parece que la conociera de años. Eugenia lo ha notado también y me lo ha hecho saber. A Beatriz parece no importarle y dice que simplemente son cosas de niños.

Ayer en la tarde la encontré revisando los libros de papá. No le dije nada. Simplemente me quedé observándola largo rato, mientras ella seguía husmeando algo que parecía de su pertenencia.

Tantas veces estuve yo en esa habitación, leyendo, intentando complacer a papá. Creo que leí todos los libros que hay allí. Incluso los de veterinaria. Fue en vano pasar tantas tardes en esa cárcel que configuraba los libros, tratando de entenderlos, tratando de maravillarme con las absurdas historias de hombres insecto, de perdidos en el Orinoco, de locos héroes caballerescos.

Trataba de engañar a papá haciéndole creer que me había dejado atrapar por las historias, pero no era cierto. Me acercaba a él para hablarle del insecto y él simplemente me decía: “tú jamás lo entenderás”. Eran momentos de gran melancolía para mí. Lo único que quería era que me hablara. No importaba de qué. No importaba si hablábamos de esas cosas tan inútiles como son los libros.

Ahora la casa está a punto de caer llevándose al mundo de los escombros también la biblioteca, y nadie quiere hacer nada al respecto. Creo que lo mejor es que cuando papá muera la lancemos al abandono total o intentemos venderla. No creo que Eugenia quiera quedarse con ella y yo tampoco quiero. Sólo nos recuerda a mamá y hace más insufrible su ausencia. Nos recuerda también el abandono al que nos tuvo sometidos papá durante tantos años.

Ester dice que papá preguntaba mucho por nosotros y que siempre esperó que lo llamáramos. No estoy muy seguro de que sea verdad. Papá nunca fue así, nunca hubiese esperado que lo llamáramos y mucho menos lo hubiera anhelado. Ester lo dice para que le demos un poquito de crédito al viejo.

De todas maneras no puedo evitar querer a papá. Tal vez lo quiero porque es mi padre o porque aún espero que me dé el reconocimiento que siempre quise. Pero su actitud es desmotivadora.

Esta mañana estuve en su habitación otra vez viéndolo dormir. A pesar de su prolongada enfermedad parece muy fuerte. Cuando despertó me trató con indiferencia, como haciéndome creer que no me reconoce, pero yo sé que sí lo hace. A papá una enfermedad no le iba a quitar su monumental memoria.

Vi que comenzó a mover su boca como tratando de decirme algo. Por un momento pensé que me iba a decir que le alegraba verme, que me había extrañado. Pero no. Sólo me preguntó por Esteban. Parece que eso sí no lo recuerda.

No tuve el valor para decirle que Esteban había muerto ese día en el filo. Tal vez lo habría perturbado nuevamente como cuando sucedió. Lo perturbó de tal forma que lo lanzó a la cama de la cual no se ha levantado en años y que lo tiene al borde de la muerte. Es mejor dejar que olvide. Eso puede hacerle bien, aunque yo no creo que viva más de unos días. Yo simplemente le contesté que por ahí andaba.

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Edición No. 138