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Cien años de soledad: Nostalgia en penumbra de realidad

Capítulo de trabajo presentado en conferencia y sesión de seminario en la Central Connecticut State University, New Britain, USA, el 4 de abril de 2007, bajo el título general: «Cien años de soledad en el espejismo de la nostalgia».

En el diccionario de la Real Academia de la Lengua se define la nostalgia (del griego nostos: regreso, y algos: dolor) como la «pena de verse ausente de la patria o de los deudos o de los amigos», también como «tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, añoranza.» Por su parte, Alberto Manguel en su «Diario de lecturas» trae la noticia que la palabra «nostalgia» fue inventada por un estudiante alsaciano de medicina en su tesis de 1688: Dissertatio medica de nostalgia, en la que describió enfermedad de soldados suizos que fueron obligados a vivir alejados de sus montañas.[[Alberto Manguel. Diario de lecturas. Ed. Grupo Editorial Norma, Bogotá 2004; p. 144. Alude al estudiante Johannes Hofer, quien el 22 de junio de 1688 inventó la palabra «nostalgia», al combinar las expresiones griegas nostos y algos.]]

En las obras y en la conversación de García-Márquez nostalgia es una palabra recurrente. Se aprecia que para él el paso del tiempo despoja de sensaciones que van quedando como recuerdos, pero en tanto estos sean de momentos placenteros, de dichas compartidas, se rememoran bajo una situación espiritual de melancolía, sin gozo, puesto que el motivo pasó pero ha quedado la marca, quizá con detalles traslúcidos, y entonces el recordar no logra el halo de placidez original. Es como si lo disfrutado en la distancia llegase con algo de carga faltante, en la señal de irrepetible, con la consecuencia de un delicado paso de las imágenes y de las palabras, con los escenarios, en un suave tormento por lo que nunca vuelve, o por la fugacidad. Ahí está el valor de lo que se añora, la nostalgia.

Pero la nostalgia también puede involucrar el temor, la desazón por lo que pudo haber sido y no fue. La angustia de no haber podido configurar de la manera como ahora se piensa ese momento del recuerdo. De igual modo la nostalgia conlleva un ligero esplendor traducible en lo sabroso de aquel instante recordado, o incluso de la época vivida que al presentarse desaparece enseguida, sin saberse de qué manera el tiempo pasó tan rápido.

No siempre se siente la nostalgia en lo recordado, frente a la dicha o al gozo. Pudo haber habido indiferencia en el motivo de la recordación y ahora, cuando vuelve a la memoria, se valora lo que fue y la manera de nuestra displicencia, cobrada en el instante del recuerdo como lamento en la nostalgia. El miedo, de igual modo, aparece por la catástrofe que pudo ser e irrumpe en la memoria, pero al no haber sido, entonces es nostalgia.

Muy al comienzo del «Pedro Páramo», el protagonista dice: «Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros»[[Juan Rulfo, Pedro Páramo; FCE, México 1994, colección popular; p. 8]]. La nostalgia es la rememoración en un ámbito de sorpresa o de ansiedad.

Son los poetas, más que los filósofos, quienes en este caso dan luz y ámbito por sus vivencias de pensamiento. Los poetas suelen echar mano de la nostalgia para desencadenar en las palabras sensaciones de fruición lejana, con cierta ternura que matiza las expresiones, como para la penumbra. El gran poeta hispanoamericano, Fernando Charry-Lara, expresa en su poema “Olvido”: “… Ni el crepúsculo te envuelve,/ ni la tarde te llena de viajes,/ ni la noche conmueve tu obstinada/ nostalgia del amor, cuando/ una tácita doncella surge de la sombra.”[[Fernando Charry-Lara. En: «Nocturnos y otros sueños», 1949. Cfr.: «Llama de amor viva». Ed. Procultura, Presidencia de la República, Bogotá 1986; p. 35]] Hay, en estos versos, la componente inconmovible, persistente, de un amor trascendido que no se perturba en la memoria ni por circunstancias vagabundas de los atardeceres, ni de la hondura de sensaciones en la noche. Nostalgia y penumbra son hermanas. Ellas se encuentran en la encrucijada cuando no sale la solución de sentimientos encontrados, y entonces en sucesión se atan a las palabras con el remordimiento y el desenfado que es el atrevimiento de permanecer en la expresión.

Charry-Lara también nos habla de “… litorales de insistente nostalgia,..”[[En: «Nocturno lejanía». Ibid., p. 48]] y de “ternura húmeda”,[[En: «Tendido en el lecho». Ibid., p. 59]] y de “esta melancólica/ cotidiana hora”,[[En: «El hermano», Ibid.]] cuando se piensa en alguien cercano, por quien se ha sentido fervor o pasión, sin remedio para compensar la tristeza. Entonces, la nostalgia también está asociada a la tristeza, por la conmoción melancólica que representa en la distancia inasible del recuerdo.

Luis Cernuda al igual es importante referente para escudriñar en los sentidos y usos de la palabra. En el segundo canto del “Díptico español”, dice: “El nombre de allí leído de un lugar, de una calle/…, / provocaba en ti la nostalgia/ de la patria imposible, que no es de este mundo./” Y en el mismo comienzo del poema establece: “Cuando allá dicen unos/ que mis versos nacieron/ de la separación y la nostalgia/…”[[Luis Cernuda. En: «Sin título, inacabada», 1956; de: La realidad y el deseo 1924-1962. Ed. Fondo de Cultura Económica, México 1980, tercera reimpresión de la cuarta edición; pp. 336-339]] De conjunto vuelve a la condición de exilio para evocar lugares, obras, autores, entorno a la patria de sus entrañas.

También es la “melancolía” que conmueve a Vicente Aleixandre cuando dice en su poema “Se querían”: “Se querían como las flores a las espinas hondas,/ a esa amorosa gema del amarillo nuevo,/ cuando los rostros giran melancólicamente,/ giralunas que brillan recibiendo aquel beso.”[[Vicente Aleixandre. En: «Poemas amorosos», antología; Ed. Losada, Biblioteca clásica y contemporánea, Buenos Aires 1960; p. 38]]

O en la «Declaración de amor» de Eduardo Carranza: «Te quiero…//// con palomas de llanto en vuelo apasionado/ y cintas en el pico tejidas de nostalgia,/…»[[Eduardo Carranza. En: «Sombra de las muchachas», 1939-1941. Los pasos cantados. Ed. Instituto Colombiano de Cultura, colección de autores nacionales No.8. Bogotá 1975; p. 116]]. O en sus «…/ sombras transidas de nostalgia./…» que dice José Hierro en su «Sinfonieta a un hombre llamado Beethoven»[[José Hierro. Música. Ediciones de la Universidad Alcalá de Henares – Fondo de Cultura Económica, Madrid 1999; p. 74]].

Son interpretaciones de estados de alma en momentos de recuerdo intenso, de alusiones por lo perdido o pasado, lo amado sin nuevo alcance, o referencias a estados de otros, colindantes con la suavidad de un dolor que se soporta entre penumbras y sollozos. La nostalgia suele estar asociada a la soledad, a lo tenue de un sufrimiento, a la luz que huye, a lo más fugitivo de los recuerdos, al color de la esperanza desfallecida, al gusto de la sensualidad de unos labios, al roce de piel tibia en el asedio del deseo, en tono de un pasado que aparece como desliz de imágenes, siempre inasibles.

En 1977 María-Esther Grillo le preguntó a García-Márquez sobre la persistencia de él en sus obras de contar y recontar, en especie de dar giros y giros a las historias, en círculos o en espirales, y le contestó que esa situación le nace de «la nostalgia»[[Revista «Triunfo», Madrid 1977]]. Es decir, los desenvolvimientos circulares de su narración son también una manera de reflejar su profunda y constante nostalgia, por la tierra, por los ancestros, por las historias que de niño le transmitían los abuelos maternos, por las amistades afines en el trasegar de las aficiones intelectuales y de las parrandas, por lo quedado atrás que apenas puede recuperar en recuerdos que se le escabullen como agua entre los dedos, con la fascinación del momento, el destello de un daguerrotipo, o de fotografía con palabras, las levitaciones hasta la lejanía suprema, o la emoción de las guerras parapetadas en sucesivas derrotas, o la muerte inevitable con maneras de declive sin asombro.

Pero en este apartado mi preocupación es por desentrañar el alcance de la nostalgia en «Cien años de soledad», para lo cual enseguida acudiré a revisar su uso en la obra.[[Las alusiones de sitio en la obra corresponden a la siguiente edición: Gabriel García-Márquez, Cien años de soledad. Grupo Editorial Norma, Bogotá 1996]]

En el capítulo 6 describe el estado de ánimo en que se encontraba Arcadio al estar dispuesto a la ejecución decretada por el «consejo de guerra», no identificada por «sensación de miedo sino de nostalgia» (p. 148). Nostalgia por su apego a la vida, y no por el miedo ante la muerte que no puede eludir.

En el capítulo 9, al retornar de las guerras el coronel Aureliano Buendía se reencuentra con Úrsula y con la casa, con recorridos sin los atractivos de los detalles, con las marcas del paso del tiempo, y el narrador dice: «No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios algodones de telaraña en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las nervaduras del comején en las vigas, ni el musgo de los quicios, ni ninguna de las trampas insidiosas que le tendía la nostalgia.» (pp. 207-208). Se da a entender que el coronel ha regresado con nostalgia, pero trata de no dejarse sumergir en ella, y menos de mostrarla. Es un guerrero, que desafía la muerte con las herramientas de la obsesión de combatiente, pero escondiendo la debilidad humana de recordar en el retorno lo que le suscitan las personas y las cosas, por el temor de hacer reminiscencia en capítulos de la vida. Más bien prefirió permanecer «toda la tarde viendo llover sobre las begonias», haciendo las veces de no importarle compartir aquella sensación delicadamente triste del regreso.

En el mismo capítulo, un poco más adelante, estando en el martes del armisticio, en medio de cierto desaliento, tuvo el recuerdo de la timidez temblorosa en su juventud frente a una mujer desnuda. Y cae el coronel en la «trampa de la nostalgia», hasta llegar a pensar «que talvez si se hubiera casado con ella hubiera sido un hombre sin guerra y sin gloria, un artesano sin nombre, un animal feliz.» (p. 211). A pesar de la aparente frialdad del guerrero, no deja de sentir el peso de los recuerdos con la suave tristeza de lo irrecuperable.

En el capítulo 10, en la descripción de la llegada a Macondo de un «grupo de matronas espléndidas» provenientes de Francia, que «cambiaron los métodos tradicionales del amor», con el consiguiente efecto de haber arrasado con la tienda de Catarino transformando la calle «en un bazar de farolitos japoneses y organillos nostálgicos.» (p. 233). Se trata de imprimirle aquel sentimiento a un objeto, por lo que puede suscitar de dolido recuerdo, en la música venida de lejos, y de antes.

En el mismo capítulo el narrador observa al coronel como «taciturno, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa,…» y en su transcurrir aparecía Amaranta, «impávida», «cuya melancolía hacía un ruido de marmita perfectamente perceptible al atardecer.» (p. 239). Ya tenemos aquí el caso de la melancolía tan explícita que a distancia se oye.

En el capítulo 18 hace intervenir la nostalgia en un proceso de fijación y de lejanías irrecuperables, así: «… el alma se le cristalizó con la nostalgia de los sueños perdidos» (p. 425), para aludir a Fernanda del Carpio, en ese proceso de agotamiento en las posibilidades de un mundo que se le desvanecía en las manos. Y también aparece la connotación de tristeza en el sentido, al decir: «Su corazón de ceniza apelmazada, que habría resistido sin quebrantos a los golpes más certeros de la realidad cotidiana, se desmoronó a los primeros embates de la nostalgia» (p. 425). Entonces la nostalgia es tristeza y golpea echando abajo los ímpetus y las fuerzas de un actuar intenso que identifica a la persona.

Es propio de la obra que en esos capítulos finales, cuando la historia de los Buendía y de Macondo declina de manera inexorable, la nostalgia ocupe papel preponderante. Mientras el tiempo pasa y se desvanecen las posibilidades, el recuerdo doloroso asalta a quienes van sobreviviendo con arrebatos de nostalgia sobrecogedora.

Hasta en la tormentosa irrupción de José Arcadio, el del destino fallido a Papa, se dieron arrebatos de risa y de nostalgia: «Era capaz de reír, de permitirse de vez en cuando una nostalgia del pasado de la casa,…» (p. 436), en la antesala de la aparición de Aureliano Amador, el número 17, con la cruz imborrable de ceniza en la frente, único sobreviviente de los hijos del coronel, que a poco no pudo serlo más.

En el capítulo 19, Aureliano deambula haciéndose a la vida como podía, se encuentra en la plaza de los almendros con Nigromanta, la descendiente del último morocho de los cantos papiamentunos, y en su incapacidad de irse con ella a las luchas amatorias no dejó de sentir la tentación y «a la propia Nigromanta le hubiera parecido una culminación natural de la nostalgia compartida,…» (p. 449). Se trataba de cómplices en la decadencia, en el tramo final de la ruina y la desesperación.

En el capítulo final, el 20, la nostalgia se acentúa, como en un esfuerzo por retener lo vivido, pero no sin los toques de dolor, angustia o remordimiento, en cuanto los personajes se diluyen como fantasmas en el tiempo que los abandona. Allí se dice que «… el sabio catalán remató la librería y regresó a la aldea mediterránea donde había nacido, derrotado por la nostalgia de una primavera tenaz.» (p. 464)

Por cualquier motivo el «sabio catalán» vino a dar a Macondo, con su arsenal de libros clásicos y su enorme capacidad de lectura y escritura; ya viejo, asediado por la remembranza de su tierra, y talvez por el desasosiego generado en el entorno, resquebrajado y maloliente, se avivan en su interior los tiempos de la eterna primavera en las costas del Mediterráneo español, y ese recuerdo se le presenta con la ansiedad de volver sin más retraso a su tierra natal a clausurar en ella la vida, con los de su sangre y de sus costumbres. En ese recordar con ansiedad hay angustia, sentido del apresuramiento por el tiempo que queda, y es la palpable nostalgia, con el ingrediente de la urgencia inaplazable de partir. Y su derrota es por lo que le palpita de la tierra de sus mayores, sin similitud en el Macondo de sus lides, a pesar de su constante promoción de la lectura, con el carácter de humanismo clásico, desconcertante en el medio en el que se desenvuelve, donde preponderan las parrandas, la descomposición como secuela de las guerras, pero estuvo acompañado de grupo exclusivo: Álvaro, Alfonso, Germán y Gabriel.

En el mismo capítulo el autor llega a establecer el neologismo «nostalgización» (p. 467) para indicar el proceso que siguió el sabio catalán en su crucero por el Atlántico hacia la meta deseada, proceso que señala entristecimiento, por lo dejado atrás y por las expectativas de lo que habrá de encontrar en el sitio de destino. Situación que enfrenta escribiendo cartas de continuo a sus amigos cada vez más distantes.

Siguiendo el hilo del viaje del sabio catalán, lo describe el narrador en dualidad de nostalgias, que lo aturden al enfrentarse a ellas en especie de dos espejos, con la multiplicación de los efectos que gravitan en el espíritu del ilustre viajero en su retorno, lo que le llevó a perder «su maravilloso sentido de la irrealidad» (p. 468). Se trata de dos nostalgias, por lo dejado más cercanamente atrás en las maravillas disfrutadas a diario, y por lo recordado de los ambientes de su origen. Y la pérdida de la irrealidad está indicando lo alucinante que fue la vida en Macondo, donde todo ocurría a ritmo de rumba trópico-caribe, pero él sustraído y absorto en los clásicos y en la escritura. Ya en el regreso, ensimismado, en la más absoluta soledad, sigue su camino, el que le tocó, hasta su propio final.

Casi al término del mismo capítulo, cuando es ineludible el desenlace de Aureliano, el «sanscritista» que llama Vargas-Llosa, lo sorprende el narrador en la cúspide de la lucidez, en la que «tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso abrumador de tanto pasado. Herido por las lanzas mortales de las nostalgias propias y ajenas, admiró la impavidez de la telaraña en los rosales muertos, la perseverancia de la cizaña, la paciencia del aire en el radiante amanecer de febrero» (p. 482). Con el tremendo drama del hijo con cola de cerdo, arrastrado y devorado por las hormigas coloradas, alcanza un momento de claridad para observar las maravillas de la naturaleza sostenida en su dinámica, a pesar del derrumbe de los bípedos de conciencia, pero siente que tanta nostalgia, tanto recuerdo triste y doloroso, por lo propio y lo ajeno, no puede soportarse. La nostalgia adquiere aquí, en la novela, la máxima drasticidad, por ser la que da el último puntillazo al descifrador de pergaminos.

En Macondo, además de haber sido el hervidero de causas perdidas, de fantasmales acontecimientos, del gozo en sensualidades desbordadas, de la diversión bulliciosa en medio de la tragedia de la vida, la nostalgia se erige como un personaje central, capaz de congregar el hilo de la narración, hasta la entrega final con la clausura del mágico relato, entre realidades irreales, con los toquecitos fascinantes de las mariposas y las flores amarillas, y de los espejos borgesianos, en simultaneidad de la vida y la tragedia.

La nostalgia es el intento de recuperar un mundo ido, lo que no se logra, pero en ese procurar está la sensación leve y acuciosa que denota su sentido. El pasado por recordar lleva su cúmulo de asuntos que al describirse y contextualizarse, en lo lejano, arrecian lo tenue de un cierto dolor por la impotencia de no poder volver a estar ahí.

El frío y racional Jorge-Luis Borges no deja también de ser víctima de la nostalgia, como lo muestra en su poema «Juan, I, 14» (de: «Elogio de la sombra», 1969), al reconocer la convergencia en la persona misma del Es, el Fue, y el Será, con la debida condescendencia al lenguaje que lo identifica como «tiempo sucesivo y emblema». Recuenta lo vivido, pensado y sufrido, hasta el momento de dictar el poema a un hombre cualquiera, pero percibe la fugacidad y culmina diciendo: «A veces pienso con nostalgia/ en el olor de esa carpintería». Está la convergencia figurativa de lo actuado por él y lo asociado con el placer de olfatear las virutas en un taller donde artesanos transforman el árbol en mueble o en utensilio.

Y en otro poema suyo, «Adrogué» (de: «El hacedor», 1960), en su primer cuarteto acude a simular su pérdida en la noche de un parque entre flores negras, espacio que aprecia propicio «a los nostálgicos amores».

La nostalgia es, por consiguiente, el reencuentro con lo ocurrido, por vivido o soñado, en los niveles de la memoria, pero como relato en palabras o en imágenes que se suceden produciendo lamentos en el silencio del ser, con la impotencia de aprehender aquello, o de intervenir de nuevo para acariciar o modificar. Levedad en el peso de remordimientos, culpas, gozos, disfrutes. Dolor de no poder proceder de nuevo, o conformidad en la nueva distancia con lo que pasa rozando el alma, en suaves punzadas, o rasguños, como para afianzar la persistencia de la memoria.

En estudio de Carlos Fuentes sobre la obra de Borges,[[Cfr.: Carlos Fuentes. Jorge-Luis Borges: la herida de Babel, En: Geografía de la novela, FCE 1993]] considera que este autor «crea totalidades herméticas», bajo una aspiración profunda que reconoce ser debida a la humanidad, como es «la nostalgia de unidad». Es otra idea, la de angustia al no alcanzar la coherencia en las obras y procederes de la vida. Se trata de la convicción de que en los avatares de la belleza también está el reto de la perfección, de conseguir que una obra esté acabada con las máximas expresiones en sentido y formalidad, pero al reconocernos imperfectos entonces brota de igual modo la nostalgia, el quebranto de la inconformidad, que entra a ser, en esta consideración, sentido de impotencia. García-Márquez con la complejidad de estructura de «Cien años de soledad», aunque sin hermetismo, porta el sello de la nostalgia en la ambición que pudo no alcanzarse.

La nostalgia también representa en él algo así como el peso del paso del tiempo, en un mundo que no es otro que la metafísica de la nostalgia, como se lo dijo a Juan Gossain en celebrada entrevista de 1989.[[«…: a medida que pasa el tiempo, la nostalgia es siempre mayor y va aumentando. A medida que uno cumple años, la nostalgia se acentúa más. Tiene uno la impresión de que cada vez le queda a uno menos tiempo para recuperar su mundo, que al fin y al cabo es la metafísica de la nostalgia.» Gabriel García-Márquez, En entrevista concedida en México a Juan Gossain: «Lo que más añoro de Colombia es la habladera». «La Prensa», sección: Vivir, Bogotá, sábado 15 de abril de 1989; p. 18]]

Juan Gustavo Cobo Borda lo expresó, de manera elocuente, en su prólogo al «Repertorio crítico»,[[Juan Gustavo Cobo Borda. Repertorio crítico sobre Gabriel García-Márquez. Tomo I. Ed. Instituto Caro y Cuervo, serie «La granada entreabierta», 77. Bogotá 1995. En el prólogo, Cobo dice: «… su creación ha sabido trascender, al mirar con arrasadora nostalgia, un pasado que mantiene vivo para encontrar en él un elocuente espejo de nuestro rostro actual.» (p. XVI)]] al delinear el ámbito de la nostalgia que trajina nuestro García-Márquez, de concepción radical, mirada del pasado para trascender por la creación, y aceptar el presente con el realismo de la multiplicación de imágenes de los espejos, en especie de actuación reiterada y repetitiva de la historia. «Arrasadora nostalgia» llama Cobo a esa cierta angustia de mirar el pasado frente a un presente inabarcable en comprensiones, pero con capacidad de intervenir e interpretarlo, con recursos de la imaginación y de la fábula.

Y concluyo con esta síntesis de mi interpretación:

La nostalgia aparece en la memoria

con el recorte de sombras

entre caricias que huyeron

y olores de brisas lejanas

por el lado de flores humeantes

En simultaneidad

los labios afirman el sentido de lo abrumador

que se empecina en recrudecer los silencios

En el torbellino de los instantes

cada palabra

cada figura

es el desmoronarse del mundo

en los predios de una sed insaciable

O como lo ha dicho el mismo García-Márquez, una y otra vez: ese mundo, el mundo recuperado en «Cien años de soledad» es la nostalgia.

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Edición No. 142