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Crónica de un amor poético

Nunca imaginé que escribir una biografía pudiera asimilarse a una historia de amor. Dicho así es como uno de esos chistes que dicen: ¿en qué se parece un elefante a una hormiga? O más bien, parece un binomio fantástico como los que promovió Gianni Rodari en su Gramática de la fantasía. Escribe una historia entre un perro y un armario. Y a partir de allí uno puede volar.

Eso fue para mi la escritura de la biografía de Rafael Pombo. Y como toda historia de amor, tiene un comienzo y un final.

Y eso es lo que voy a narrar.

“La viuda de Pombo”. Así me llamó una amiga cuando le conté la dificultad que tuve para escribir el capítulo en que había que enterrarlo. -No puedo matarlo, le dije. No quiero desprenderme de él. La sonora carcajada de mi amiga hizo eco y se unió a la misma risa, un poco más grave, de otro amigo, un año más tarde cuando el libro ya había salido a luz pública, y le conté mi historia de amor -porque aún la viuda hacía el duelo y dijo: – eso es una perversión. ¡Qué mujer se enamoraría de Pombo!

Me molestó su comentario, es más, me dio rabia, la rabia del amor. Y agregó: -¡ese hombre tan feo, tan nervioso, tan encorvado!. Y yo callo y pienso, sí, ese hombre maravilloso, que además de escribir unos cuantos poemas eternos, era un ser humano ingenuo. De esos que ya quedan pocos, y por eso se burlaron de él, y por eso lo coronaron. Porque en este país de fariseos, tuvieron que hacerle un desagravio, de tanto insulto público. Si, escribían burlándose de él en los periódicos. Lo atropellaron públicamente. Pero él se hacía el que no se daba por enterado. Y se refugiaba en las cartas a los amigos, en los poemas a las mujeres imposibles y en su poesía..

Me quedó sonando la frase de mi amigo y pensé: lo extraño es que me haya enamorado de un fantasma. Tuve que viajar en el tiempo, convertirme en una dama decimonónica y pasarme a vivir a las calles de la Bogotá de 1860, y luego al Nueva York de esos años. ¡Qué difícil le tocaba a las mujeres en esa época!. Y él las defendió. Estamos en la década del 70 del siglo antepasado. Varios poemas escribió a favor del derecho de la mujer al conocimiento. No comprendía por qué esos seres tan bellos, tan creativos, tan cercanos a la naturaleza no podían ser. Y escribía en los periódicos sobre el derecho de la mujer a estudiar, y sobre todo, a expresar su creatividad. Tenía casi un diccionario de mujeres que habían entregado algo a la humanidad: nombraba a Santa Teresa, Isabel primera, Madame de Stäel, George Sand, Catalina de Sena, Teresita Carreño, y seguía con su catálogo como prueba de que ellas eran quizás más creativas que los hombres. ¡Cómo no voy a quererlo!

Y todo esto lo fui descubriendo poco a poco, mientras leía en las bibliotecas de la ciudad. Porque ese fue mi refugio, mi posibilidad de escribir el libro. Toda creación necesita de un espacio y un tiempo propios. La escritura exige soledad, recogimiento y dedicación. Y para mi fue un viaje por las bibliotecas. Allí estaba él diluido en el olvido. Y quizá sea esa la naturaleza de un fantasma. Mi primera tarea fue recoger las piezas, armar el rompecabezas. Pero antes, me dejé sorprender. No tuve que hacer mucho esfuerzo. Al contrario, todo me asombraba. ¿Quién era este hombre a quien los colombianos recordamos por unos cuantos poemas? ¿Qué hizo? ¿Cómo fue su vida? ¿Era de Cartagena? No, de Popayán… pero en todas partes dice que nació en Bogotá. No había nada claro. Muy pocos sabían que había vivido diecisiete años en Nueva York.

Empiezo a leer. Y no leo sólo sobre él, también sobre el contexto, la época, las costumbres de la ciudad, las descripciones de las calles. Me sumerjo en las Reminiscencias de Cordovez Moure, y encuentro el talismán perfecto para viajar en el tiempo, una escena me lleva a otra, y un texto a otro texto. Así voy tejiendo. Preparo el armazón, la urdimbre para el telar. Luego vendrá la escritura. Por ahora soy lectora y me entrego. No pongo resistencia, no hay método. Todo fluye. Paso tardes enteras en la biblioteca del Instituto Caro y Cuervo en Yerbabuena y otras tantas en la biblioteca de la Academia de la Lengua, (que dicho sea de paso, harían bien en desempolvar; hay tesoros allí que nadie conoce) y varios meses me sumergí, me encerré en el cubículo en la Luis Angel Arango, donde encontré todo lo que buscaba y lo que no. Otras tantas me olvidé hasta del hambre en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, donde una muy buena parte del material está protegido y microfilmado. Me di cuenta del tamaño de la ignorancia sobre la historia de mi país. No lo podía creer. Como una adolescente de undécimo grado, me dije, ¡Cuántas mentiras nos contaron! ¡Nos cambiaron los próceres! Y me fui quedando con la letra menuda de la historia. Porque si necesité conceptos, datos o fechas, fue sobre todo para armar el esquema y para entender por ejemplo, cuál era la causa de cada revolución. ¡Nueve en menos de un siglo, qué locura!

Pero yo ya no necesitaba esquemas ni datos. Ya eran suficientes. Ahora, lo que quería era nutrirme del cotidiano para poder darle vida. En ese momento, Pombo aún era apenas un boceto. No lograba crearlo. Y una biografía es la historia de un ser humano. Puedes tener toda la documentación que quieras, pero si no creas al personaje, te queda un tratado de historia. Y ahí estaba el mayor reto.

Leí como nunca había leído. Siempre he sentido pasión por la lectura. Pero esto era diferente. Leía buscándolo, tratando de dibujarlo, de crearlo, de que se hiciera visible. Conocí primero a todos sus amigos y enemigos. Me leí cuanta biografía encontré de Mosquera, de Núñez, de doña Soledad; semblanzas de la época y de poetas muy cercanos a él: Diego Fallon, José Eusebio Caro, Gregorio Gutiérrez González, y hasta me topé con Calendario Obeso en un bar del centro. Escuché los discursos inteligentes y locuaces de José María Samper, y leí la prosa limpia de su mujer, la otra Soledad, la bien reputada. Lecturas inolvidables, como aquel libro que encontré esculcando en la librería Merlín, donde hay que ir si uno busca libros del siglo XIX. Me topé con Cómo se evapora un ejército de Ángel Cuervo, precisamente uno de los amigos más cercanos de Rafael, el hermano de Rufino José, el del diccionario y de la gramática. Ángel era un sibarita, un buena vida. Y sus crónicas de París son maravillosas. Pero este libro es una joya. Es su descripción de la guerra de 1861, cuando el general Mosquera sube desde el Cauca y se toma Bogotá. Ángel era apenas un niño y se alista en las filas. Sus descripciones de las batallas o de las costumbres de los habitantes cuando están en campamento son de una precisión y una fluidez inolvidables. Va uno a la guerra con él. Y de nuevo José María Samper con su Historia de un alma, o La pobreza en Bogotá, de Miguel, el otro Samper, que le da a uno un principio de realidad sobre la miseria de esta ciudad, que para entonces era un pueblo perdido a la misma altura de los 2600 metros arriba de las estrellas. Y me voy al nuevo edificio del Archivo de Bogotá, y acaban de comprar el Atlas de la ciudad y me quedo viviendo allí en ese pueblo absurdo, donde se combinan la oscuridad, las calles de tierra, el fétido olor, con la ópera en el teatro Colón, las conversaciones en soneto en la casa de los gramáticos, la tertulia en el Altozano de la catedral, el mercado sucio y desordenado con el sonido de lo cascos de los caballos.

A la vez que conocía el mundo que lo rodeaba, que leía sobre los personajes que tuvieron que ver con él, sobre la situación política, social y cultural de la época, saboreaba sus poemas, tratando de meterme en su alma, de habitarlo, de poseerlo, como se posee al amante. Y fue su poesía la que me permitió por fin hacerlo mío. No sus versos menores, aquellos llamados de circunstancia en los que Rafael hace una verdadera crónica social de su época, y se burla y critica y se divierte con tanta banalidad. Esos me permitieron conocer al personaje público, al cachaco de fino humor y fácil palabra. Los otros poemas, a los que se les puede dar el nombre de poesía, me mostraron al ser. Y como en el poema de Rilke, comencé a entrar en un estado casi beatífico del amor. ¿Cómo sujetar mi alma para que no roce la tuya?/ ¿Cómo arrastrarla lo bastante, por encima de ti, hacia otras cosas? … Comencé a sentir que vibraba en la misma frecuencia que el poeta.

Había aplazado la escritura por temor a enfrentarme a una tarea que cada vez consideraba superior a mis fuerzas. El día que decidí empezar (y como siempre pasa cuando la ansiedad es mucha, algo se “atranca” en el fluir energético del universo) el computador del estudio se dañó. De inmediato llamé al técnico y como no llegaba decidí rebelarme frente a la tiranía de la tecnología, saqué mi cuaderno de notas y, como en los viejos tiempos, comencé a escribir. De un solo tirón salió en el lento y delicioso ritmo de la escritura hecha a mano, el primer capítulo de la biografía.

Una vez iniciada la escritura, acompañé al poeta a todas partes. Me volví su confidente, su guardiana, su compañera de desvelos. Sentí su frustración cuando tuvo que matricularse en el colegio militar y traicionar su propia naturaleza; me entusiasmé con él en Popayán cuando apenas tenía veinte años y se sentía libre de la mirada rigurosa de su padre; cabalgué a su lado por el campo de batalla cuando la revolución contra Melo; contemplé la exhuberancia del paisaje durante el viaje por el Río Grande de la Magdalena, con el sueño y el miedo de llegar a la gran metrópoli a ejercer como diplomático; lo acompañé durante su crisis existencial en Nueva York que casi le cuesta la razón; me molestaba su manía de coleccionista y su inseguridad frente a las mujeres; pero a la vez me daba rabia que las gringas se burlaran de él; lo acompañé a cuanta ópera, obra de teatro, o espectáculo dramático llegara a Nueva York; disfruté con él recorriendo las librerías y los museos; entendí sus motivos para dejar ir a Socorro Quintero, la venezolana que casi logra casarlo; fui testigo de la angustia que sentía al pensar en su madre aquí sola, después de la muerte de don Lino. Lo acompañé cuando regresó a Bogotá después de diecisiete años lejos de su tierra. Compartí su empeño en hacer de Bogotá una ciudad cultivada en las bellas artes y su insistencia en apoyar a los pintores y músicos jóvenes. En fin, viví con él lo que está narrado en la biografía. Pero lo más difícil de todo fue asistir a su encierro durante siete años bajo el signo de una fuerte depresión, o quizás, de un acto de inteligencia al comprender que afuera ya no había mucho más que ver. Y cuando tuve que enterrarlo lo lloré como se llora la pérdida del compañero de la vida. Por eso este estado de viudez sólo podrá ser superado cuando inicie un nuevo libro.

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Edición No. 138