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Danilo Cruz-Vélez

Presentación

La aplicación de Cruz-Vélez en labores docentes le ocupó alrededor de 20 años, en la Universidad Nacional de Colombia primero, y luego en la Universidad de los Andes, habiéndose retirado de ese grato oficio en 1972, para dedicarse a la tarea de escritor, y de este modo publicar con recatada asiduidad sus ensayos en revistas y en libros, en Colombia y en otros países. Originario de la provincia caldense, comenzó el bachillerato en Popayán, para culminarlo en el Instituto Universitario de Caldas, formado luego en Derecho en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá y con estudios intensos de postgrado durante siete años en Filosofía en Friburgo, en la cercanía de Martin Heidegger, quizá atraído por un gen de su bisabuelo paterno alemán, Julius Richter.

Su talante de Maestro lo ha acompañado siempre y ha dejado una severa impronta en quienes fueron sus alumnos en vivo, y en quienes lo son a través de sus escritos. La obra publicada, escrita, de Cruz-Vélez, no es tan abundante como pudiera haber sido, pero si sustancial: «Nueva imagen del hombre y de la cultura» (1948), «Filosofía sin supuestos» (1970), «Aproximaciones a la filosofía» (1977), «De Hegel a Marcuse» (1981), «Nietzscheana» (1982), «La técnica y el humanismo» (1983), «El mito del rey filósofo» (1989), «Tabula rasa» (1991), «El misterio del lenguaje» (1995), y un volumen de conversaciones con Rubén Sierra-Mejía publicado bajo el título «La época de la crisis» (1996). Además de ensayos y artículos suyos dispersos en publicaciones periódicas nacionales y extranjeras.

Su impacto en la construcción de vida sensata de Universidad en Colombia es bien marcado, por cuanto perteneció al grupo pionero que en 1945 se congregó en la Universidad Nacional, en su naciente Instituto de Filosofía, para reactivar la tarea de introducir la cultura moderna en Colombia, sobre antecedentes de los años 30, frente al neotomismo imperante, labor que sobrellevó al lado de Rafael Carrillo, Cayetano Betancur y Abel Naranjo-Villegas -como lo recuerda Rubén Sierra- con pertenencia a la más destacada generación intelectual del siglo XX en Colombia, que de buena manera congregó la «revista Mito», dirigida por el poeta y ensayista Jorge Gaitán-Durán, donde se encontraron personalidades de las letras y las artes como Fernando Charry-Lara, Pedro Gómez-Valderrama, Jaime Jaramillo-Uribe, Luis Flórez, Orlando Fals-Borda, Alejandro Obregón, Edgar Negret, Eduardo Ramírez-Villamizar, entre otros, y que incluyó de igual modo una selecta nómina de intelectuales españoles y alemanes en especial judíos, llegados a nuestro país como exiliados o fugitivos de las guerras europeas. Se ha dicho, no sin razón, que fue la generación más civilizadora que tuvo Colombia en el siglo XX. Tiempos diferentes los de hoy, cuando el intelectual está intimidado por la violencia y sus voces son tímidas, aisladas y casi recónditas, cuando no víctima de ella, o en el exilio, o refugiado en la burocracia oficial.

La formación intelectual de Cruz-Vélez tuvo expresión escrita antes de los 20 años de edad, en artículos que hizo primero para el diario «La Patria» de Manizales y luego para «El Tiempo» en Bogotá. Y hasta se pensó que su escrito de los 18 años sobre Borges (julio de 1939) era el primero publicado en Colombia sobre este autor. Ya en el bachillerato había tenido lecturas asiduas y seductoras, muy de cerca de otro joven inquieto, Guillermo Arcila-Arango, psiquiatra y humanista luego, profesor y rector de la Universidad de Caldas. Sus primeros nexos en la capital de la República fueron con aquellos jóvenes de «Piedra y Cielo» que comenzaban a revolucionar las letras en Colombia. En la literatura tuvo aliento para explorar y escudriñar filosóficamente el lenguaje. De ahí que, como pensador, su estilo alcanzó desde temprano la transparencia, la concisión y el rigor que se le reconoce hoy.

A la filosofía llegó por sus lecturas de Max Scheler, de Husserl, de Hartmann, de Dilthey, y con Heidegger se instaló definitivamente en ella. Sinembargo, de José Ortega y Gasset recibió estilo comprensivo y conexión con el amplio mundo del pensamiento europeo, al igual que con pensadores de este continente como Francisco Romero, y en general por los traductores de la Revista de Occidente.

En su intensa vida intelectual, auncuando discreta en lo social y en lo público, aplicada a la dilucidación de problemas fundamentales, se ha ocupado del ser del hombre, de las relaciones entre el hombre y la cultura, de la esencia de la filosofía, de la relación de la técnica con la cultura, así como del sentido de la palabra, del lenguaje y la poesía. «La filosofía nunca está segura de su horizonte, dice Cruz-Vélez, debido a su historicidad… y tiene que luchar cada vez por asegurar su propio horizonte de trabajo.» Y a este respecto se plantea con ilusión duradera, diciendo: «sostengo que la filosofía no tendrá fin, porque ella pertenece a la esencia del hombre.» Ha señalado también que estamos viviendo el fin de la Edad Moderna y la generalización del nihilismo, como un comienzo del flotar del hombre en la nada, carente de puntos de apoyo.

Ha señalado asimismo Cruz-Vélez la encrucijada en la cual se encuentra la humanidad por el desarrollo vertiginoso de la ciencia y la técnica, poniendo en peligro el ser del hombre y planteándose la posibilidad de manipular la vida, generar nuevas especies, productos de la ingeniería genética, los transgénicos y las clonaciones como ya ocurre, e incluso al hombre mismo. Para él esta cadena loca tiene una lógica interna que podrá terminar con la vida y el mundo circundante, pero con alguna opción salvadora si la humanidad se aventura en reflexionar sobre la esencia de la técnica en su relación con el ser del hombre. De este modo pudiera producirse una especie de ética de la técnica, que con su enfoque denomina «nuevo humanismo», en sus palabras «un humanismo que impulse el estudio de la esencia de la técnica, del origen histórico de la técnica, de las relaciones del hombre con el mundo…»

El espíritu de aquella aseveración no es de suyo esperanzador, menos en el mundo que padecemos, donde los adelantos de la ciencia y de la técnica han venido siendo impulsados por las contiendas bélicas que no cesan. Se conjugan en el mundo de hoy dos factores cruciales: el narcotráfico y la guerra, en un proceso loco de exterminio con el solo interés aparente de los capitales, como en especie de avidez instintiva concentrada en muy pocos. Quienes producen y comercializan armas y droga tienen los grandes capitales cautivos, recogidos de una y otra parte, capitales que a su vez reproducen el sistema en cadena ensordecedora, en el contexto de la mundialización, o globalización. No parece ser otro el signo de los tiempos, donde se conjugan adelantos insólitos que disfrutamos a diario como los computadores, el trabajo en redes, con alta capacidad instalada en programación avanzada y en métodos de modelación y simulación informática de última generación, y el internet, pero que despiertan el instinto de la competencia despiadada, visible en la circulación incontrolable de virus virtuales, en la red mundial, con daños reales, muchas veces catastróficos. Es como si cada logro técnico de la humanidad conllevase el germen de su propia destrucción.

Sinembargo, en las condiciones modernas del intenso flujo de información científica, la técnica puede existir sin conexión directa con la ciencia básica, como se ilustra con el caso del Japón donde la falta de una fuerte tradición en ciencia básica no le ha impedido lograr altos niveles en la creación de nuevas tecnologías. Se dice, de igual modo, que los chinos inventaron la pólvora, la imprenta y la brújula, sin conocer la teoría de su funcionamiento. Tampoco los grandes inventores de la revolución industrial: Edison, Marconi y Ford, se interesaban mucho en la ciencia básica.

De ahí lo trascendental de la propuesta de Cruz-Vélez, al sugerir la reflexión sobre la esencia de la técnica en relación con el ser del hombre.

En el marco de la concepción pragmática que hoy impera, la ciencia busca conocimiento útil, provechoso para el hombre. La ciencia es admirable, pensamos, porque nos da poder sobre la naturaleza y este poder proviene siempre de la técnica generadora de nuevas máquinas y mecanismos. No olvidemos que estamos inmersos en el dominio técnico caracterizado por su capacidad para imponer su propia concepción de la ciencia que deja de ser un medio para conocer el mundo y se convierte en un instrumento para cambiarlo. No fue casual su florecimiento paralelo a la revolución industrial y a la maduración del sistema que hoy rige mundialmente, señalado éste por Naciones Unidas en el informe de desarrollo humano, como causante de las mayores inequidades en el mundo en la última década del siglo XX, situación frente a la cual nos encontramos indefensos y por lo pronto sin escapatoria alguna.

No obstante, en Cruz-Vélez el apogeo de la modernidad, el cúmulo de logros de la cultura de occidente, tiene con la irrupción de la primera guerra mundial un asomo de colapso, o declive y que en su análisis de «La decandencia de Occidente» de Spengler, él esclarece con Unamuno más bien como El hundimiento de Occidente, pero a su vez piensa que «no hay un hundimiento de la cultura occidental, sino una plenitud, pero una plenitud acompañada de la crisis.» Crisis que interpreta como un caducar en el sistema de referencias que imperan, llegando el hombre a una especie de flotar en el aire, ajeno a creencias y a convicciones.

En el suceder de la historia no hay simple ocurrencia de individuos o conglomerados, sino más bien que los grandes pasos de la humanidad son resultado de necesidades históricas, es la comprensión que alcanza Cruz-Vélez. Nos encontramos en los finales de la Edad Moderna, en una época de crisis, o «postmodernidad», para echar mano de un término algo antipático, usado con extrema discreción por el profesor. Cree que se agota la posibilidad de desarrollar aún más el pensamiento filosófico, en un ir adelante sobre los grandes sistemas creados, y que se tiende a confundir la reflexión en torno a una ciencia particular, con vuelta atrás en la recreación y divulgación de lo establecido como paradigmático.

El hombre, al establecer su lugar en el mundo, como desarrollo de la técnica, desborda su contenido y queda la duda, como lo plantea Cruz-Vélez, de si se ha ocupado de «velar por el ser propio del hombre», lo cual no parece estar ocurriendo en tanto el hombre destruye de manera inexorable su propia morada. De ahí la sugerente iniciativa que esboza con la necesidad de una «ética de la técnica». La solución pudiera estar en mirar la actitud que reivindican las culturas de Oriente, y, por qué no, las culturas aborígenes del continente nuestro, en términos de alcanzar un equilibrio entre la pretensión de dominar la naturaleza a nuestro amaño, según los derroteros de la modernidad, y el destino propio de la naturaleza. Ambición de armonía que se puede recoger en testimonios literarios de esas culturas ancestrales y vigentes.

Tanto en los veda como en el mundo simbólico de los náhuatl, como en las culturas arcaicas y vernáculas de Oriente, de mesoamérica o de otras latitudes, persiste la idea de conseguir una vida en armonía entre el ejercicio vital del hombre y su entorno natural, con la convicción de predominar la Naturaleza en esa relación.

El interrogante con respuesta pesimista del mismo eminente profesor se formula en términos de si el hombre actual, al alcance de la modernidad planetaria, tendrá capacidad de recurrir a su interioridad para repensar su relación con el mundo y atender llamados como los de otras culturas, y de este modo detener el instinto de catástrofe desatado por la técnica como portadora de la verdad del mundo, como amo y señor de la naturaleza, una verdad por supuesto siniestra.

Este período de crisis en el que estamos ineludiblemente inmersos, dominado por la técnica, suscita la actitud crítica del intelectual que desde todos los géneros y aún en soledad se pronuncia reclamando dignidad, justicia, respeto y recuperación de la naturaleza, en sus fuentes, en su riqueza extinguible. Cruz-Vélez pronostica que «llegará un momento en que por fuerzas internas de la técnica misma, ésta tenga que frenarse y ceder su poder». Ojalá a tiempo, decimos nosotros.

Quiero, de igual modo, hacer algunas alusiones al pensamiento del profesor Danilo Cruz-Vélez contenido en sus estudios sobre la poesía, en especial sobre Eduardo Carranza y Aurelio Arturo, tomando como punto de partida la concepción que de ella tiene como «un sacar a la luz el ser oculto de las cosas» (reminiscencia talvez a la «fuente subterránea» que palpa en las Coplas de Jorge Manrique), manifiesta en ensayos de su obra «El misterio del lenguaje» (1995), en la singularidad de escudriñar el poder revelador de la palabra, y de la poesía como obra de lenguaje. Ese sacar a la luz también está presente en Octavio Paz, pero con referencia a lo que está oculto en los repliegues del tiempo. Las imágenes convergen en la existencia de las cosas en el mundo. Los grandes pensadores y los grandes poetas, se encuentran en la dimensión de lo desconocido.

Se trata de una zona de misterio, distante del oficio de hilvanar proposiciones con lógica formal, o de aportar referencias históricas o documentales, que exige libertad en el lenguaje. La poesía se plantea desde siempre como otra cosa, en el uso de la expresión en libertad. Es la negación de ataduras formales, como dominantes de la vida. De ahí que los lenguajes del filósofo, del artista y del hombre de ciencia difieran en lo fundamental, en tanto las maneras de proceder de estos van derivando unas cosas detrás de otras, desprendiendo con racionalidad hallazgos que a la postre contribuyen al esclarecimiento de los problemas y a desatar soluciones que puedan asimilarse por otros, o que en este caso de la ciencia permitan desencadenar procesos que la técnica absorbe para construir objetos de consumo, por sofisticados que sean.

La poesía se expresa en imágenes, figuras, metáforas, o en simples merodeos de los conceptos que aluden a sentimientos, u otras expresiones no regulables. De ahí la versatilidad, variabilidad, opción infinita de la poesía, que atrapa en soledad o en conglomerados que se resisten a compartir su soledad.

Cruz-Vélez es exquisito catador de obras. En sus lecturas se encuentra amplio espectro de autores, de diversas lenguas y épocas. Se deleita con finura en las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique, donde capta la «fina vibración sonora» que va «fluyendo a manera de fuente subterránea» en toda la obra. O en Tagore, en quien encuentra «momentos eróticos… constitutivos de la relación amorosa en el mismo grado que los espirituales». Se adentra en ritmos, en cadencias, en asonancias y semánticas para alcanzar a comprender que hay palabras que se repliegan sobre sí mismas y se alejan de sentidos directos para conformarse como «puras palabras». Encuentra que el poeta adquiere «subjetividad autosuficiente y autónoma» que le lleva a penetrar con singularidad el ser de las cosas hasta conseguir ponerlas en aparente evidencia, a su propia manera.

El misterio domina los espacios del poeta, pero el filósofo sensible que es Cruz-Vélez penetra en su intimidad y descubre sentidos, o justificaciones. Discrimina en sus estudios entre el sentido esencial que adquiere el lenguaje poético frente a los juegos de palabras. Sobre la base de los románticos del siglo XIX elabora la comprensión de no darse con la poesía la «destrucción de las cosas, sino su transfiguración», para conquistar lo íntimo frente a la seducción fácil de lo superficial.

Su idea de ser la poesía obra de lenguaje, la sustenta en Aurelio Arturo, el de Morada al sur, quien superpone -en su decir- la propia morada al mundo de la experiencia natural. En este poeta esencial descubre la relación entre las cosas y la luz que le dan posibilidad de ser percibidas, como dimensión metafórica. Le atribuye a la poesía, de igual modo, una opción más para «introducir, mediante el lenguaje, claridad y concierto en la espesura».

En la poesía de Eduardo Carranza encuentra que los versos tienen la capacidad de crear un lenguaje autónomo, sin parecido con la realidad, y corrobora en ella la capacidad de autosuficiencia, autonomía y libertad del lenguaje poético, para desprender, en medio de destrucciones y descubrimientos, su propia aseveración de ser la poesía «el arte de sacar algo a la luz a través de lo prosaico». Asimismo se recrea constatando que en la poesía también transcurre el tiempo, con sus dosis fuertes de desengaño, de horror y de muerte, sin las bellas apariencias de lo que se dice sobre las cosas y los aconteceres.

La poesía, como el arte, es un instrumento más para la comprensión del mundo, por el camino que quiera emprenderse su discernimiento. Todos los tonos han sido incorporados. Cada cual asume en la poesía las fibras que más le tocan. O las que le repelen, como en la suerte de vivir.

No era mi propósito extenderme aludiendo a la rica obra, incluso al sentimiento, a las seducciones estéticas, del eminente profesor Danilo Cruz-Vélez, sino que he querido subrayar la valía de este hombre que ha sido considerado como el filósofo más sobresaliente en Colombia, a quien la Universidad de Caldas honró en el 2001 con su máximo galardón: Doctor Honoris-causa, en reconocimiento a su valía y vigencia intelectuales, paradigma para las nuevas generaciones en formación rigurosa y por la entrega a la elaboración en soledad de su pensamiento, con arraigo en la tradición occidental, pero con visión de libre examen, como buen estudiante de la mesa redonda que ha estado presente sin falta alguna, desde Sócrates y al lado del inolvidable maestro don Germán Arciniegas, su amigo que fue. Y para corroborar esto, repito lo que sobre su talante de profesor escribió su más esclarecido, talentoso y cercano alumno, el también profesor y filósofo Rubén Sierra-Mejía, como el mejor homenaje a su labor:

“… un curso suyo sobresalía por el rigor de la exposición y por la amplitud y solidez de sus conocimientos sobre el tema. Sus lecciones eran meticulosamente preparadas, sin dejar el menor margen a la improvisación. Las ideas se sucedían sin atropellarse, surgían siempre en el momento oportuno. La argumentación era impecable: nada quedaba sin demostrar. Y los textos que comentaba, de Platón a Hegel, estaban siempre a mano, en su lengua original, los cuales iba analizando, explicando el sentido exacto de los términos y los conceptos, y señalando claramente los pasos lógicos del argumento. Era un verdadero maestro de la exposición académica, de la que estaban ausentes los excesos retóricos. Mucho de ese trabajo para sus cursos y conferencias ha sido utilizado después en sus libros y artículos, y quien no haya tenido el privilegio de haberlo escuchado en la clase o en una conferencia pública, puede encontrar esas mismas cualidades en su obra escrita.”

Palabras que al ser de otro eminente intelectual: pensador y escritor, son de suyo el mayor homenaje que pueda hacerse a profesor alguno. Pero quizá haya que tomar de nuevo aliento para concluir recordando, muy a propósito de la crisis que padece la humanidad como signo del fin de la Edad Moderna, que de haber salvación será de la mano del arte, de la poesía y de la reflexión filosófica, como en defensa frente a lo arrasador de la técnica.

Un poeta nuestro de cabecera, el de «la magnificencia triste de las penumbras» y el de «la vida vana y sin belleza» (Fernando Pessoa), ha dicho: «Los soñadores actuales son talvez los grandes precursores de la ciencia final del futuro.»

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Esta edición monográfica de la Revista propicia hacer presente la vida y obra de pensador colombiano, de singular producción escrita que con recato sigue circulando por los escritorios de estudiosos y por las aulas de sucesivas generaciones de alumnos entusiastas por el saber y el comprender. Con aquella finalidad acudimos a número significativo de personalidades, reunidos en estas páginas. En especial debemos gratitud inmensa a Leonardo García-Jaramillo, estudiante avanzado de Filosofía y Derecho, quien con entusiasmo se apersonó de seducir autores, como aconteció con singular efectividad.

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Edición No. 143