Una saga del monte
La epopeya de la colonización antioqueña, con sus miserias y grandezas, ha sido muchas veces contada desde el ámbito de la historia, de la sociología o la economía. Así que el que desee rastrearla para volverla materia literaria, quiéralo o no se encontrará con un acervo de datos, de debates, de discusiones y puntos de vista cuya cantera, como las vetas de oro del pasado minero del país, pueden apabullar al narrador. En manos de alguien que guardara excesiva servidumbre a la historia, bien podría asediarlo la novela de tesis o la novela que de manera discutida y discutible se ha dado en llamar histórica. Señalo esta posible talanquera, pero hay otros precipicios que resultan difíciles de sortear a la hora de emprender una obra ambiciosa como esta. Uno de ellos es el costumbrismo. Otro es la repetición de usos y maneras del lenguaje que, no obstante haberse cerrado de manera lúcida con don Tomás Carrasquilla, pervivió en algunas novelas de Manuel Mejía-Vallejo y en algunos seguidores de una literatura regional hecha para la teja y la lágrima, para la nostalgia y una mirada pasadista que pensaba que por fortuna se murieron los abuelos. Pero así como Guimaraes Rosa no hace costumbrismo cuando habla del sertao brasilero, o Rulfo no hace folclorismo cuando traza las costumbres y el habla popular mexicana desde unas estructuras y una visión moderna y expresionista, el tema esperaba en Colombia quién lo llevara más allá de los linderos anacrónicos de la novela vernácula, quién le diera un segundo aire. Creo que ese alguien es Octavio Escobar-Giraldo y que la novela es 1851, folletín de cabo roto. No es una novela histórica, aunque siembre sus raíces en esa lonja, en esa parcela de nuestra historia. No es una novela costumbrista, aunque se haya volcado de manera tan rigurosa en el conocimiento de la cultura del desarraigo y en sus costumbres. No es una novela política aunque rastree tantos hechos de violencia, tantas confrontaciones ocurrida entre colonos y terratenientes que aprovecharon la llamada «ley de vagancia» cuando no el despojo forzado de tierras, en algo que es aún nuestro gran problema insoluble: la tenencia de ellas. Desde esos tiempos, hasta estos días del para-militarismo, el país, casi sin darse cuenta o sin querer hacerlo, ha ido comprobando que se ha hecho una contrarreforma agraria sin que haya existido antes una reforma. Sortea muchas tentaciones esta novela. El paisajismo excesivo o el regodeo en exteriores, pues cuando describe esas montañas despeñacabras o ciertos parajes idílicos, lo hace por la necesidad de ubicación del hombre en una geografía, y no como un simple escenario exotista. La novela trata del año de penurias, dolores y amores dolorosos de Juan Escobar, uno de tantos olfateadores de oro de la Antioquia profunda que hace el tránsito de Medellín a Salamina en busca, diría Barbajacob, de mejores aires. Todo es ajeno para Juan: la tierra, la mujer que ama y que vive con su primo José-Alonso Escobar, y hasta ajeno es su propio destino. Es el prototipo del transterrado, del que merodea inclusive en sí mismo. Y es una suerte de triángulo de amor y soledades lo que comparte con Serafina Jaramillo y con su primo, personajes de carnadura humana, creíbles y descritos de manera un tanto elusiva, a través de un gran virtuosismo en los diálogos. Así ocurre con Pablo Arango, una mezcla de lo que después se llamaría pájaro y que hoy se llama sicario, un mercenario a merced de un gran señor de destinos y caminos, Elías González, enemigo rastrero de los colonos. Las pequeñas y grandes historias que germinan en medio de la gran historia, la mirada atenta a una legión de seres sin heráldica, sus amores y sus fobias, tienen bajo la mirada amorosa pero no pocas veces pérfida del narrador, un soporte, una suerte de distanciamiento, en ciertos ramalazos de humor en medio de su controlado lirismo.
Escrita a la manera de un folletín, por entregas mensuales, la novela de Octavio Escobar-Giraldo nos atrapa, esta vez sin entregas. En cada uno de los meses resuenan voces y guiños literarios que van desde Cervantes y Cordobés Moure hasta Gregorio Gutiérrez-González, un poeta sado-mazorquista que nos endilgó sus largos versos sobre el maíz, y que acá recupera el novelista de manera ejemplar. No se afilia tampoco esta novela a un trasunto puramente político. Aunque hay espigadas y bien calibradas observaciones desde ese ámbito. Juan Escobar, por ejemplo, es alguien que «si fuera un hombre más reflexivo se preguntaría por qué un país tan joven pertenece a unos cuantos ricos de siempre, pero no acostumbra tales pensamientos», afirma el creador del personaje, con lo cual, por vías de la negación de lo político lo pone de relieve en un sesgo malicioso e inteligente. La botánica, las plantas que acompañan el viaje de los arrieros y de los colonos. La arquitectura, ese reino de la guadua que fue todo: ducto y viga, pared, canoa para el agua. La comida, una bronca comida hecha para hombres sin reposo, para jornaleros sin tregua. Los juegos, como el tute al que se jugaban caballos y mulas e imposibles.
Los 33 lances con machete en la contienda. El mapa minero de mister Parsons. Unos trozos de panela que por momentos resultaban tan apreciables como el oro, esa suerte de vellocino tras el que van los hombres enfebrecidos. Por el oro, por la lucha en pos de las minas, se abandonaba todo. Ese oro que según las palabras de Escobar devino en alhajas para los políticos, los militares y los terratenientes, un oro que servía lo mismo para hacer copones y custodias que cinturones de castidad. Como telón de fondo, siempre, los pasos lentos y tercos de la arriería. Es como si los arrieros hubieran llegado a pensar que no hay patria más deseable que la lejanía. Todo esto es visto por Octavio Escobar-Giraldo desde una larga y rigurosa investigación de tiempos y usos del lenguaje. El pasado clerical, la fe del carbonero o la doble moral cristiana asisten muchas de las páginas. Es un retrato colectivo de una suerte de naturaleza dividida. Esa naturaleza hondamente humana que pecaba en un español procaz, como el de Sara la boquisucia, pero que recibía la absolución del cura en un sacralizado latín de sacristía. 1851, folletín de cabo roto es una narración en la que el lenguaje también es un gran protagonista, por su mesura y ductilidad, porque es un lenguaje bien habitado. Es una novela de la que se hablará no solamente como de la más lograda de las obras hasta ahora escritas por Octavio Escobar-Giraldo, sino, muy seguramente, como uno de los nuevos y escasos hitos de la actual narrativa colombiana. (Ref.: Suplemento «Papel Salmón», La Patria, Manizales, 29 de julio de 2007)
(Escribe: Juan-Manuel Roca). La epopeya de la colonización antioqueña, con sus miserias y grandezas, ha sido muchas veces contada desde el ámbito de la historia, de la sociología o la economía. Así que el que desee rastrearla para volverla materia literaria, quiéralo o no se encontrará con un acervo de datos, de debates, de discusiones y puntos de vista cuya cantera, como las vetas de oro del pasado minero del país, pueden apabullar al narrador. En manos de alguien que guardara excesiva servidumbre a la historia, bien podría asediarlo la novela de tesis o la novela que de manera discutida y discutible se ha dado en llamar histórica. Señalo esta posible talanquera, pero hay otros precipicios que resultan difíciles de sortear a la hora de emprender una obra ambiciosa como esta. Uno de ellos es el costumbrismo. Otro es la repetición de usos y maneras del lenguaje que, no obstante haberse cerrado de manera lúcida con don Tomás Carrasquilla, pervivió en algunas novelas de Manuel Mejía-Vallejo y en algunos seguidores de una literatura regional hecha para la teja y la lágrima, para la nostalgia y una mirada pasadista que pensaba que por fortuna se murieron los abuelos. Pero así como Guimaraes Rosa no hace costumbrismo cuando habla del sertao brasilero, o Rulfo no hace folclorismo cuando traza las costumbres y el habla popular mexicana desde unas estructuras y una visión moderna y expresionista, el tema esperaba en Colombia quién lo llevara más allá de los linderos anacrónicos de la novela vernácula, quién le diera un segundo aire. Creo que ese alguien es Octavio Escobar-Giraldo y que la novela es 1851, folletín de cabo roto. No es una novela histórica, aunque siembre sus raíces en esa lonja, en esa parcela de nuestra historia. No es una novela costumbrista, aunque se haya volcado de manera tan rigurosa en el conocimiento de la cultura del desarraigo y en sus costumbres. No es una novela política aunque rastree tantos hechos de violencia, tantas confrontaciones ocurrida entre colonos y terratenientes que aprovecharon la llamada «ley de vagancia» cuando no el despojo forzado de tierras, en algo que es aún nuestro gran problema insoluble: la tenencia de ellas. Desde esos tiempos, hasta estos días del para-militarismo, el país, casi sin darse cuenta o sin querer hacerlo, ha ido comprobando que se ha hecho una contrarreforma agraria sin que haya existido antes una reforma. Sortea muchas tentaciones esta novela. El paisajismo excesivo o el regodeo en exteriores, pues cuando describe esas montañas despeñacabras o ciertos parajes idílicos, lo hace por la necesidad de ubicación del hombre en una geografía, y no como un simple escenario exotista. La novela trata del año de penurias, dolores y amores dolorosos de Juan Escobar, uno de tantos olfateadores de oro de la Antioquia profunda que hace el tránsito de Medellín a Salamina en busca, diría Barbajacob, de mejores aires. Todo es ajeno para Juan: la tierra, la mujer que ama y que vive con su primo José-Alonso Escobar, y hasta ajeno es su propio destino. Es el prototipo del transterrado, del que merodea inclusive en sí mismo. Y es una suerte de triángulo de amor y soledades lo que comparte con Serafina Jaramillo y con su primo, personajes de carnadura humana, creíbles y descritos de manera un tanto elusiva, a través de un gran virtuosismo en los diálogos. Así ocurre con Pablo Arango, una mezcla de lo que después se llamaría pájaro y que hoy se llama sicario, un mercenario a merced de un gran señor de destinos y caminos, Elías González, enemigo rastrero de los colonos. Las pequeñas y grandes historias que germinan en medio de la gran historia, la mirada atenta a una legión de seres sin heráldica, sus amores y sus fobias, tienen bajo la mirada amorosa pero no pocas veces pérfida del narrador, un soporte, una suerte de distanciamiento, en ciertos ramalazos de humor en medio de su controlado lirismo.
Escrita a la manera de un folletín, por entregas mensuales, la novela de Octavio Escobar-Giraldo nos atrapa, esta vez sin entregas. En cada uno de los meses resuenan voces y guiños literarios que van desde Cervantes y Cordobés Moure hasta Gregorio Gutiérrez-González, un poeta sado-mazorquista que nos endilgó sus largos versos sobre el maíz, y que acá recupera el novelista de manera ejemplar. No se afilia tampoco esta novela a un trasunto puramente político. Aunque hay espigadas y bien calibradas observaciones desde ese ámbito. Juan Escobar, por ejemplo, es alguien que «si fuera un hombre más reflexivo se preguntaría por qué un país tan joven pertenece a unos cuantos ricos de siempre, pero no acostumbra tales pensamientos», afirma el creador del personaje, con lo cual, por vías de la negación de lo político lo pone de relieve en un sesgo malicioso e inteligente. La botánica, las plantas que acompañan el viaje de los arrieros y de los colonos. La arquitectura, ese reino de la guadua que fue todo: ducto y viga, pared, canoa para el agua. La comida, una bronca comida hecha para hombres sin reposo, para jornaleros sin tregua. Los juegos, como el tute al que se jugaban caballos y mulas e imposibles.
Los 33 lances con machete en la contienda. El mapa minero de mister Parsons. Unos trozos de panela que por momentos resultaban tan apreciables como el oro, esa suerte de vellocino tras el que van los hombres enfebrecidos. Por el oro, por la lucha en pos de las minas, se abandonaba todo. Ese oro que según las palabras de Escobar devino en alhajas para los políticos, los militares y los terratenientes, un oro que servía lo mismo para hacer copones y custodias que cinturones de castidad. Como telón de fondo, siempre, los pasos lentos y tercos de la arriería. Es como si los arrieros hubieran llegado a pensar que no hay patria más deseable que la lejanía. Todo esto es visto por Octavio Escobar-Giraldo desde una larga y rigurosa investigación de tiempos y usos del lenguaje. El pasado clerical, la fe del carbonero o la doble moral cristiana asisten muchas de las páginas. Es un retrato colectivo de una suerte de naturaleza dividida. Esa naturaleza hondamente humana que pecaba en un español procaz, como el de Sara la boquisucia, pero que recibía la absolución del cura en un sacralizado latín de sacristía. 1851, folletín de cabo roto es una narración en la que el lenguaje también es un gran protagonista, por su mesura y ductilidad, porque es un lenguaje bien habitado. Es una novela de la que se hablará no solamente como de la más lograda de las obras hasta ahora escritas por Octavio Escobar-Giraldo, sino, muy seguramente, como uno de los nuevos y escasos hitos de la actual narrativa colombiana. (Ref.: Suplemento «Papel Salmón», La Patria, Manizales, 29 de julio de 2007)