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NOTAS

Dos voces, un ámbito (por: Valentina Marulanda. Publicado en el periódico “La Patria”, Manizales, 26 de marzo de 2008). Dos de los escritores más interesantes de Colombia en este momento los tiene Manizales: Orlando Mejía-Rivera y Octavio Escobar-Giraldo. Médicos ambos, el primero ejerce la profesión desde su costado más humanístico y ha hallado en la fascinante cantera de su oficio una de las vías de penetración de su obra ensayística y narrativa. Después de esa pequeña joya que es “Pensamientos de guerra”, entrega ahora, en el sello Bruguera, otra nouvelle: “El enfermo de Abisinia” , sobre Artur Rimbaud. A partir de una hipótesis médica que el lector sólo conoce a última hora, sobre el mal que aniquiló al genial y precoz poeta francés, Mejía-Rivera arma un acertijo que cruza la vida, la enfermedad y la muerte de este hombre que, a los 20 años, con dos obras maestras, cerró cuentas con la literatura, y a los 30 abandonó bohemia y amigos para refugiarse en Etiopía. Mediante el recurso de documentos, casi todos apócrifos, cartas y artículos de prensa, se cotejan dos visiones, dos juicios, dos aproximaciones antagónicas: una es la representada, difundida y perpetuada hasta el día de hoy por el más urticante conservadurismo francés de finales del siglo XIX, según el cual Rimbaud, el pervertido, el decadente, el mafioso, habría muerto de sífilis, enfermedad maldita y repugnante utilizada entonces en Francia “como una especie de arma ideológica contra los que cuestionan los poderes de la sociedad tradicional”. Otra, la del hombre de bien, honesto, estudioso del Corán y siervo de Alá, es la que el autor pone en boca de un médico, también apócrifo, alter ego de Mejía-Rivera, quien habría tratado a Rimbaud y quien suscribe, basado en un conjunto de síntomas y signos, el diagnóstico letal por plumbismo, envenenamiento por plomo, o saturnismo, término éste, por cierto, más sugestivo, por aquello de los “Poemes saturniens” de Verlaine, quien fuera su entrañable amigo. Un cierto suspenso, a partir de la sífilis, enunciada desde un principio, hasta el dictamen médico final, conduce el interés que suscita esta hermosa, inteligente y bien tejida narración, en la que un autor tocado por el talento rinde tributo a otro: “Esa extraña criatura portentosa (…) ese hombre que vino al mundo como la exhalación de un cometa proveniente de una estrella desconocida y misteriosa”.

Aunque caldense hasta la médula, Octavio Escobar-Giraldo había incursionado en una narrativa despegada de lo regional y local. Sus cuentos y novelas, de alcance más bien cosmopolita y citadino, tenían como referencias el cine, la música, el erotismo, y como protagonistas y destinatarios a los jóvenes: el presente, pues. Ahora, con “1851 Folletín de cabo roto” (Intermedio 2007), da un giro vertiginoso, echa un vistazo al pasado y conjura esa herencia histórica y cultural tan poderosa que significa proceder de las “duras y austeras montañas de Antioquia donde no es blando ni el paisaje”, para tomar las palabras de Héctor Abad-Faciolince. Sí, de la Antioquia que se hizo grande por la vía de la colonización y llegó hasta Salamina y Pácora, por esas breñas se despliega esta obra concebida como un folletín en entregas, que recorre un año de aventuras y andanzas de campesinos, labriegos, agricultores, y también bestias, mulas, perros que, de manera sugestiva tienen su identidad y su papel en la narración, con la guerra, siempre la guerra, como telón de fondo. Novela pues rural, de dimensión social e histórica, pero centrada en la gesta menor, en los anhelos, ambiciones y frustraciones de un puñado de hombres y mujeres: “Estas montañas son el futuro, Juan// Seguramente, pero el mío está embolatado”, es un diálogo que refleja el pesimismo de este muy bien logrado personaje que es Juan Escobar. Obra ambientada en el habla, en el decir de un pueblo, en la que Caldas y Antioquia no son expresadas en el paisaje ni en la geografía sino en su ser verbal. En el decir, en esa singularísima manera de decir, donde se decide todo, donde toma entidad la cosmovisión de una gente emprendedora y recia. Y así el autor ha construido una original y estupenda novela, la mejor, a mi juicio, de su catálogo, y con la cual salda, con creces, una deuda personal.

Octavio Escobar-Giraldo, poeta (por: Felipe García-Quintero, Universidad del Cauca). Mientras otros narradores consagrados lo dan hacia atrás, el salto de Octavio Escobar-Giraldo a la poesía es hacia adelante. Lo comprueba la publicación de su primer libro de poemas: “Historias clínicas”, título con el que obtuvo el VI Premio Nacional de Poesía convocado en 2016 por la Tertulia Literaria de Gloria Luz Gutiérrez a obra inédita.

La noticia pudo sorprender, por tratarse de un solvente escritor que no había dado muestra de su interés creativo por este género, y eso despierta cierto asombro en nuestro medio, despojado de editores, y en los pocos lectores del género, incluso entre el mismo gremio que no estima la poesía como un factor de originalidad que al cabo define el universo literario con rasgos singulares, basado en asimilar diversas influencias, como sostiene Harold Bloom. Baste recordar la ascensión al cielo de Remedios “la bella” para comprender el papel de la poesía en otros ámbitos artísticos, y más aún el lugar de oculto privilegio que ocupa en la formación de un escritor.

Cuando yo supe del fallo, dado por un jurado de gran nivel, conformado por poetas y narradores al mismo tiempo, como son Luis García Montero y Pablo Montoya, además de Rómulo Bustos, poeta y pintor, recordé el puñado de poemas que Octavio había publicado a mediados de los noventa, incluidos en un volumen colectivo titulado “La manzana oxidada”, cuyo tono no delataba inexperiencia, mas sí un poco de experimentación. En su conjunto eran poemas breves y algo formales, es verdad, y no solo por estar bien escritos y contar por entonces con un acento particular, sino por lo que sugerían decir desde el margen moderno de quien mira al sesgo pero vigilante de la tradición poética de su país.

De ese ejercicio inicial acaso se deriva la intención de escribir un libro orgánico, de unidad temática diversa por el eje del cual gira: la enfermedad, como el que yo leí con la expectativa de encontrarme tal vez con la obra residual del narrador, pues Antonio María Flórez había deslizado un dato que me hizo suponer lo que nunca hallé: si bien “Historias clínicas” no es de modo alguno nada marginal del universo literario de Escobar-Giraldo, por lo contrario, constituye un espacio propio y autónomo de su obra, vinculado por supuesto a su experiencia personal y profesional de médico. “Concebido inicialmente como un libro de cuentos —sostiene Antonio María— se adecuaba más al registro poético”.

Y el resultado fue un acierto, ya que el poeta Octavio Escobar-Giraldo ni elude la ambigüedad poética que poco tolera la ficción narrativa, ni sólo incurre en la mera descripción; tampoco acude a la mixtura de géneros al no concebir, por ejemplo, prosas líricas, poemas en prosa o líneas de prosa cortada, y consigue en cambio que cada uno de los 37 poemas de su libro alterne, según el caso clínico, con dos elementos característicos de la poética moderna: analogía e ironía, los caminos de la poesía en Occidente desde el romanticismo hasta la vanguardia; un proceso social, cultural, político y religioso que explicó Octavio Paz en las Charles Eliot Norton Lectures en la Universidad de Harvard, origen de los ensayos de su célebre libro “Los hijos del limo” de 1974, dedicado a pensar la modernidad en el pensamiento poético. 

Porque elegir la poesía para revelar esa vida que resta en personas recluidas en un hospital, es buscar inscribir la memoria de los seres anónimos, semejante pero diferente al modo en que Edgar Lee Masters lo hace en su “Antología de Spoon River”, cuando el lector recorre las páginas que testimonian y mitifican la visita al campo santo para leer en las lápidas la historia de cada paisano y contar con ello la vida del pueblo y el ser de todo un país, de un tiempo y su mundo. Un mundo fantasmagórico por las honduras que alcanza a tocar, del que sospechara R. H. Moreno Durán proviene Comala de Juan Rulfo.

Si bien Octavio Escobar rinde tributo a los habitantes de Spoon River en la dedicatoria de su libro que también recorre una galería de nombres con su edad, nuestro poeta procede con otros recursos, ya que no da la voz, sino que escucha para prestar la suya y así no incurrir en esa impostura tan legitimada y convincente de hablar por otro. De este modo se cuenta cada historia desde una posición marcada por la circunstancia del paciente, espacio humano donde los contornos de la vida y la muerte parecen perder sus linderos.

Un libro de tan cuidada confección y estructura me hizo recordar el tópico recurrente en la literatura latinoamericana del siglo XIX (verbi gratia “María”, “Amalia”, “Cecilia Valdéz”); novelas donde la trinidad terrenal se instaura: enfermedad, paciente y médico. Ahora son otras las miradas que comparten ese aire de familia surgido de la vida cotidiana en su expresión más sensible frente al dolor físico, la dolencia espiritual y la muerte natural o violenta. Destaco “Diario de los seres anónimos” de Omar Ortiz o “La sal de la locura” de Freddy Yessed, y un volumen olvidado de ese grande poeta que es Helcías Martán-Góngora, dedicado a los enfermos de una unidad siquiátrica. Por la obviedad del lugar común omito mi elogio, además de innecesario, a “Reseña de los hospitales de ultramar” de Álvaro Mutis.

Estos son algunos eslabones de la tradición poética en Colombia que honra el libro seminal de poemas de Octavio Escobar-Giraldo.

 

La obra de Adalberto Agudelo-Duque (por: Adalberto Agudelo-Cardona). Para abordar una obra literaria, hay planchas, garfios, cuerdas y escaleras de mano en cantidad igual o mayor a la de los términos que pueden usarse para definir el fondo de esa misma obra. De hecho, habrá tantos abordajes como lectores lleguen a aprehenderla. Sinembargo, de todas esas palabras, solo unas pocas alcanzan el estado de Hechizo Mágico capaz de develar el misterio de la obra.

En el caso de la extensa producción literaria de Adalberto Agudelo-Duque, tanto en el campo lírico como en el narrativo, El Hechizo es uno solo, y poderoso, por añadidura: Es la Ciudad. Desde aquella sobrecogedora y poco conocida introducción literaria, fruto puro y notorio del autor que vivió en carne propia los sesentas y que se titula “Suicidio por Reflexión”, pasando por la poesía enmarcada entre asfalto, ventanas y fantasmas de “Los Espejos Negros” y “Una Puerta en la Calle 74”, hasta la visión barroca, muy urbana, de las historias contadas en “De Rumba Corrida”, es la ciudad el Leit Motif que enlaza relatos y poemas. La ciudad mágica que guía los pasos del enamorado hasta su amada, la ciudad ominosa, gótica, que oscurece el horizonte del pensador. La ciudad en ciernes por la que viven y mueren los colonizadores. O la ciudad futura donde el porvenir tiene toda la fuerza para sostener la perpetuación del amor.

Siempre la ciudad. Y aunque sin nombre y ubicación definidos, se trata en casi todas las ocasiones de la misma ciudad: la Manizales natal del escritor, “(…) Herida horizontal en mitad de la montaña (…)”, que ha sido maestra, muy estricta la mayoría de las veces, para Adalberto Agudelo-Duque.

Quedan los otros abordajes, los otros barcos en los cuales navega con propiedad: El Ensayo, La Historia, La Literatura para niños en la que ha conquistado algunos galardones importantes como el Premio nacional de Literatura infantil patrocinada por Confamiliares del Atlántico, 2004.

En un mundo de niebla y roca, de frío y soledad, el fútbol se convierte en la pasión, en el motor que impulsa los corazones y las mentes de personas cuya vida cotidiana no es más que una sala de espera antes del momento supremo de los pases, los cabezazos, de dominar la esférica para dirigirla al ansiado y esquivo golazo. Hombres que cambian la pala, la maceta, el tractor por el mediocampo, la defensa o la ingrata y solitaria posición de guardameta.

No son jugadores profesionales, no son superestrellas, pero juegan con y por amor: al juego, al balón improvisado, a la emoción pura de jugar por jugar, aunque tras el pitazo final no quede más que la rutina del tractor, la maceta, la pala, de la vida cotidiana tan gris o tan colorida como las almas que la viven.

“Pelota de trapo” es más que una novela: es una crónica de la vida del hombre común, del trabajador, contada desde el fútbol, pero el verdadero, el que juegan los amigos, los compañeros, los que saben que los goles no son para cobrar en efectivo sino para llenar el alma.

 

“El álbum de Mónica Pont”, de Octavio Escobar (por Antonio-María Flórez). La novela es el largo prólogo de una presunta segunda edición de «El Álbum», que escribe un autor innominado para un grueso manojo de hojas que Leonel Orozco le ha enviado desde Tánger, y que tiene un gran éxito al ser publicado en España… Mónica Pont es sólo un recurso, un artilugio, para crear la novela, el verdadero protagonista de la misma es Leonel Orozco, un escritor colombiano que se obsesiona con la actriz y escribe sobre ella una especie de diario emocional, «El Álbum». Pero «El Álbum» es también la historia de su desgarramiento interior, de su desarraigo, de su trato con la Madrid que lo emociona, y también de su relación con Tayzha, una bailarina magrebí que conoce en un cabaret, que lo hace vivir y sentir una forma escandalosa de la felicidad.

Octavio Escobar construye una obra que recrea otra de las grandes cosmópolis contemporáneas, tal como hiciera con New York en El último diario de Tony Flowers y con la ciudad del centro comercial de Hotel en Shangri-Lá, su reciente Premio Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia. Esta ciudad fragmentaria, descrita con una prosa concisa y precisa, recoge las características esenciales de la posmodernidad.

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Edición No. 183