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Justicia y totalitarismo

Aspecto de la relación gobernante-gobernado en La República de Platón

I

La teoría platónica de la justicia y el Estado expuesta en La República ha sido duramente criticada por su carácter totalitario, que se manifiesta particularmente a través de propuestas como la estructura de las clases sociales y sus relaciones, la necesidad de un filósofo rey y, sobre todo, el utopismo.

El totalitarismo que se identifica en la obra comentada aleja la especulación de Platón de los presupuestos morales propios del Estado moderno. Sin embargo, hay aspectos de la teoría que son relevantes para el desarrollo de la idea de justicia en el Estado moderno. De ellos, uno especialmente importante es el relativo a la naturaleza de la relación gobernante-gobernado, pues de la posición de Platón se desprenden consecuencias morales que condicionan dicha relación en beneficio de la justicia. El objeto de este breve ensayo es analizar algunas consecuencias que se pueden derivar de la discusión que, en torno a este tema, expone Platón por las voces de Sócrates y Trasímaco (República I 338c y ss).

II

La exposición de Trasímaco en el Diálogo da cuenta de la postura de los gobernantes inicuos en el ejercicio de sus funciones: “Afirmo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte” (I 338c). Esta expresión es refinada por el interlocutor de Sócrates, al ser increpado por éste, y explica que con ello se refiere a que la justicia es “lo que conviene al gobierno establecido, que es sin duda el que tiene la fuerza…”(I 339a), de modo que “lo que el más fuerte entendiera que le conviene –es lo que– debe ser hecho por el más débil, y esto es lo que ha de considerarse como justo” (I 340b). Según esta posición lo justo es “lo que al más fuerte le parezca” (I 340c) pues “el gobernante, en tanto gobernante, no se equivoca, y al no equivocarse establece lo mejor para sí mismo y esto es lo que ha de hacer el gobernado” (I 341a).

La afirmación de Trasímaco es refutada por Sócrates mediante la comparación del arte de gobernar con otras artes, tales como la medicina, la equitación o la del piloto. Según este argumento “a un arte no corresponde buscar otra cosa que lo que conviene a aquello de lo cual es arte” (I 342b). Es por ello que “la medicina no examina lo que conviene a la medicina sino al cuerpo…ni el arte de la equitación examina lo que conviene a ese arte sino lo que conviene a los caballos y ninguna otra arte examina lo que conviene a sí misma, ya que no está en necesidad de nada, sino sólo examina lo que conviene a aquello de lo cual es arte.” (342c).

Al aplicar estos principios a la relación gobernante-gobernado ha de concluirse que “en ningún tipo de gobierno aquel que gobierna, en tanto gobernante, examina y dispone lo que le conviene, sino lo que conviene al gobernado (342e)… a aquél que es más débil, no al más fuerte” (346e). A pesar de que en estas artes se percibe un salario, esto no debe entenderse como parte fundamental de ese arte; por el contrario, el salario debe asociarse con el arte del mercenario, que en muchas ocasiones complementa otras artes. Así, la medicina, la equitación o el gobierno conservan sus fines respectivos, a pesar de que quienes la ejerzan puedan percibir un salario por ello.

III

Si bien, como se ha dicho, un examen detallado de la teoría platónica del estado puede mostrar rasgos totalitaristas, ellos no deben dejar de lado las profundas implicaciones que el pasaje de La República bajo estudio conlleva. Los totalitarismos son un fenómeno que, a pesar de haber existido a lo largo de toda la historia política, han sido una preocupación especial a partir de la segunda mitad del siglo XX, fundamentalmente debido a las trágicas atrocidades a que han dado lugar, así como al desarrollo y refinamiento de la concepción de los Derechos Humanos y de sólidas doctrinas democráticas asociadas directa o indirectamente a ellos.

Los totalitarismos o dictaduras contemporáneas son una forma de absorción total de los poderes del estado (confusión del ejecutivo y el legislativo en una misma persona, o ejercido por un grupo dependiente de ella, y subordinación del poder judicial al ejecutivo) invocando valores nacionalistas o de defensa de los menos favorecidos que pretenden encubrir un poder personalista, usualmente ejercido o tutelado por fuerzas militares, y que, en definitiva, implican la subordinación del ciudadano a los dictámenes de quienes detentan el poder, poder éste ilimitado o precariamente limitado dada la ausencia o condicionamiento de los controles institucionales.

Desde esta perspectiva los totalitarismos contemporáneos estarían muy alejados de una justificación platónica. En efecto, ha de notarse en primer lugar que, de la definición hecha en el párrafo anterior, los totalitarismos tienen como finalidad el beneficio de quienes gobiernan en detrimento de los gobernados, a pesar de que pretendan cubrir este proceder con proclamas de corte populista. Así, es absolutamente obvio que los gobiernos totalitarios no hacen más que reproducir las ideas expuestas por Trasímaco en cuanto a la relación gobernante-gobernado, posición abiertamente refutada por Platón. En efecto, según expone el autor, por voz de Sócrates, la finalidad de todo buen gobierno ha de ser el beneficio de los gobernados y no el de los gobernantes, tal y como se expuso en la sección anterior. De allí que, en este sentido, se establece un constreñimiento de orden moral al gobernante que es ajeno a los gobiernos totalitarios, que procuran su propio beneficio sobre el de los gobernados.

Este argumento consigue, además, otro sustento en las virtudes que se corresponden con el estado, a saber: la sabiduría, la valentía, la moderación y la justicia. La virtud cardinal de las cuatro es, sin duda, la justicia pues, en palabras de García Bacca, es la “virtud co-ajustadora”, aquella que se da cuando cada cual realiza lo que le corresponde. Para que impere la justicia en el estado deben coexistir las virtudes (sabiduría, valentía, moderación). Según Platón para que un acto sea justo debe estar subordinado a los designios de la razón, de allí que los gobernantes deban ajustarse a esta máxima y, en consecuencia, actuar racionalmente. En este contexto, el gobernante que sólo busca su propio beneficio no actuaría conforme a este principio de racionalidad, pues ya Platón ha comprobado que el gobernante que hace lo que le conviene en detrimento del gobernado actúa de forma contraria a la propia naturaleza del arte de gobernar en particular, y de cualquier arte en general, que es la realización del fin al que sirven. Si, como se sabe, según Platón la finalidad del arte de gobernar es beneficiar al gobernado, proceder en contra de este principio no sería acorde con una decisión sometida a la razón sino al capricho de quien gobierna. En efecto, si se parte, como lo hace Platón, de que todo gobierno justo es un buen gobierno y todo gobierno bueno debe ejercerse en función de sus gobernados, debe concluirse que todo gobierno justo es aquel que se ejerce en función de sus gobernados. Así, cuando se gobierna en beneficio de los gobernantes se violenta la conclusión del razonamiento y, en consecuencia, se presenta una injusticia.

Pero además, el dictador, al gobernar en beneficio de sí mismo, está incurriendo en un exceso mediante el cual sus placeres y necesidades tienen prioridad sobre las de los gobernados. En este sentido, nos conseguimos con un tipo de gobernante que obedece más a la concupiscencia que a la moderación, concepto este definido en La República como “esta concordia y esta armonía natural entre lo peor (irracionalidad) y lo mejor (razón) en cuanto a cuál de los dos debe gobernar, tanto en el estado como en cada individuo” (432a) (paréntesis agregado). En otras palabras, la moderación proviene de la subordinación de los apetitos a la razón. Siendo esto así, un gobernante que de preferencia a sus beneficios personales por encima de los de sus gobernados, cometería una injusticia, pues actúa en contra de la virtud de la moderación que es otro elemento fundamental para la realización de la justicia en el estado platónico.
Los modelos totalitarios modernos, al carecer de estos dos elementos, razón y moderación, no pueden ser considerados como justos en el contexto platónico.1

Otro aspecto incompatible entre los totalitarismos contemporáneos y el modelo de estado platónico es el hecho de que, comúnmente, los primeros son ejercidos por gobiernos militares o de tutelaje militar. En el contexto de La República este elemento altera las relaciones entre gobernantes y gobernados, pues los guerreros deben estar dedicados única y exclusivamente a la defensa de la ciudad (estado) y no a otra labor, ya que la justicia en el estado se da en la medida que cada quien haga lo que le corresponde.2 Es por ello que los gobiernos militaristas tampoco pueden avalarse por la teoría de la justicia de Platón.

No puede dejar de mencionarse que los gobiernos totalitarios son comúnmente populistas, pues su proceder va dirigido a crear ficciones de bienestar y promesas de realización de utopías. En este punto nos conseguimos, una vez más, con otro escollo difícil de resolver. Innegablemente, Platón es un referente del utopismo, y una interpretación teleológica de La República subordina en buena medida su comprensión a ideales abstractos. No obstante, en cuanto al proceder concreto que debe tener un gobernante, hay en el Diálogo un condicionamiento moral de relevancia que no puede dejarse de lado a la hora de analizar específicamente el populismo. La República es en gran medida un ensayo para la definición de justicia. En el texto comentado Platón hace un esfuerzo por definir desde una perspectiva ontológica el concepto de justicia, con la finalidad de distinguir lo que verdaderamente es la justicia de lo que en apariencia lo es. Es por ello que el autor afirma, a través de Glaucón, que “la más alta injusticia consiste en parecer justo sin serlo” (361a). Los gobiernos populistas no se corresponden con esta concepción ontológica de la justicia pues su proceder genera una apariencia de justicia en detrimento de lo que verdaderamente ella es. En efecto, como se ha visto, la concepción de la justicia como lo que conviene al más fuerte es contraria a lo que el concepto en cuestión significa ontológicamente en el estado; de lo que debe concluirse que, desde una perspectiva platónica, el hecho de que las propuestas populistas parezcan justas no puede ser sustento moral de estos perversos modelos, pues en la esencia de ellos no se encuentra una concepción de verdad ontológica de la justicia sino una simple apariencia de ella, que es desdeñada por Platón y que, en definitiva, no puede ser considerada como justa.


IV

De todo lo expuestos puede observarse que, pese a dificultades conceptuales y metodológicas que implican un estudio más detallado de la teoría de la justicia y el Estado de Platón, la justicia es de fundamental importancia para entender su concepción del Estado. Ahora bien, la idea de la justicia según la cual lo justo es lo que conviene al más fuerte es ajena a la concepción platónica, que predica que la justicia, en cuanto al gobernante, es hacer lo que conviene a los gobernados y no a quien gobierna. Este concepto se fundamenta, a su vez, en virtudes propias del gobernante justo, como la sabiduría y la moderación, así como en una concepción ontológica de la justicia que busca lo que verdaderamente ella es, en oposición a lo que aparenta ser. El aspecto aquí estudiado de la teoría platónica, lejos de favorecer perspectivas totalitarias, establece un claro límite moral a los gobernantes que pretendan ser justos, el cual consiste en una realización ontológica de un modelo de justicia que rechaza el uso del gobierno en beneficio de quien lo ejerce. En esta medida puede afirmarse que, en lo que respecta a este aspecto de la relación gobernante-gobernado, hay razones para pensar que Platón lejos de sustentar el totalitarismo, lo censura.

1 Si bien opinamos que los estados totalitarios tampoco tienen la virtud de la valentía, este aspecto del texto de La República es un poco más controversial en este punto y, en consecuencia, amerita un análisis y una argumentación mucho más detallada y compleja que excedería la intención de este trabajo.

2 Es cierto que este concepto (hacer cada quien lo que le corresponde), per se, es un claro indicio de totalitarismo en Platón, pues conllevaría una forma de impermeabilidad social que es impropia. No obstante, no deja de ser un aporte importante el hecho de separar necesariamente el ejercicio y la mentalidad militarista, que tanto daño ha hecho a Latinoamérica, del ejercicio del gobierno civil, al que debe estar subordinado el estamento militar.

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Edición No. 147