Las maestras y la educación en dos momentos de la historia argentina
«Obrera sublime, bendita señora/ la tarde ha llegado, también para vos,/ la tarde que dice, descanso, la hora,/ de dar a los niños un último adiós.// Más no desespere la santa maestra/ no todo en el mundo del todo se va/ usted será siempre la brújula nuestra/ la sola querida, segunda mamá./»
Ayer
Por esas cuestiones de la memoria recuerdo estas dos estrofas que he puesto en el epígrafe y que pertenece a una poesía que yo leía año tras año en la tapa del álbum de fotografías que me sacaban cuando cursaba mi escuela primaria, la cual hace referencia a un modelo de docente, de maestra, que posiblemente – la idea es pensar en ello- haya cambiado. Se me ocurre pensar a priori, para iniciar esto, en dos imágenes distintas, pero íntimamente relacionadas: la de aquellas maestras (tal vez de las décadas del 30 hasta los años 70) y las de ahora. Por un lado, la primera de ellas, ubicada hace más de cuatro décadas (perdón por la imprecisión temporal pero no me interesa por ahora precisar sino tan sólo pensar). Miembro de una familia de clase media, ella desarrolla su vocación apoyada por sus padres. Recuerda tal vez haber leído alguna vez, cuando cursaba su cuarto grado esta lectura:
«Susana vivía diciendo:
– ¡Yo quiero ser maestra!
Lo ponemos con signos de admiración por el tono de energía con que lo expresaba.
Cuando se quedaba a solas con sus muñecas o bien cuando venían a visitarla sus primas u otras niñitas del barrio, ella hacía de maestra… Queremos decir que Susanita jugaba a dar clases.
El patio se convertía en un aula. Hasta había conseguido una tabla pintada de negro, bastante grande, que su hermano mayor le había colocado en un caballete. (…)
A veces había tantos niños que Susana debía recurrir a todas las sillas de la casa . lo cual poco le gustaba a la mamá -; pero la dejaba hacer porque finalmente ella y las demás criaturas dejaban cada silla en su sitio, y hasta pasaban la escoba limpiando el piso muy bien, allá donde había caído polvo de tiza»
(Capdevilla y García Velloso, 1958: 175 – 176).
Estudió la carrera porque su madre también era maestra y además, como pensaba casarse muy rápido, nunca pensó en tratar de acceder a la universidad. Desde los 18 años trabaja como maestra y ama lo que hace, siente que ésa es su vocación, su “llamado a ser”. Y sí, la docente era eso, una vocación (tal vez por eso era una actividad predominantemente femenina (Yannoulas, 1996: 11) y no un trabajo (obvio que desde la concepción, no desde el hecho en sí), excepto para algunas -muy pocas por cierto- que reclamaban sus derechos. Su vocación y su papel en la sociedad se evidencia en las dos estrofas que se han usado como epígrafe las cuales dan cuenta de una lugar asignado, de un papel, ser la segunda madre, lo cual “habla a las claras de la maniobra compensatoria que se ofrece a la devaluada condición femenina” (Barrancos, 2002: 10). Como egresada del magisterio se sentía parte de esa gran legión de docentes, destinados a civilizar a la población inculta (Gvirtz, 2004: 20). Misión divina, consideración social por una de las tareas de mayor prestigio en esos momentos. Era reconocida como “la maestra” pero para sus alumnos, sin importar su edad, era “la señorita”. Al respecto Fernández (1992: 17) dice, irónicamente “es casada pero es señorita; es virgen pero es madre”. Es, sin lugar a dudas, la persona ideal para ocupar esa función. Tal como se sostiene en una publicación oficial “la experiencia ha demostrado efectivamente que la mujer es el mejor de los maestros, porque es más perseverante en su dedicación a la enseñanza, desde que no se le presentan como al hombre otras carreras para tentar su actividad o su ambición, porque sus salarios son más económicos, y porque se halla, en fin, dotada de esas calidades delicadas y comunicativas, que la hacen apoderarse fácilmente de la inteligencia y de la atención de los niños. Con la presencia de la mujer, dice el educacionista americano (Mann), la escuela ha dejado de ser esa prisión sombría, que entristece y desalienta a los niños, para convertirse bajo su dulce influencia en una prolongación del hogar doméstico. La gracia misma y la belleza dan un encanto secreto a sus lecciones (Avellaneda, en Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, D: 1903 en Yannoulas, 1996: 79).
Sabe que no gana bien, que no tiene muchos derechos laborales pero sin embargo – por ser mujer – se puede dar el lujo de hacer lo que le gusta (total el que lleva la plata a la casa es su marido). Mañana o tarde, no más que eso. Tan sólo un turno para trabajar porque tiene que atender a su familia y con tan sólo eso puede «despuntar el vicio». Su sueldo, posiblemente se destinaba a comprar algunos elementos para su casa, ropa para ella y sus hijos y darse tal vez algún que otro gusto.
Y si hablamos de imágenes, de ideas, tal vez a todos nos venga a nuestra memoria más de una de las maestras que tuvimos. Tal vez una de sus ocupaciones diarias era -entre otras tareas domésticas fuera de la escuela – lavar, planchar y almidonar el blanco guardapolvo, el que cada mañana o tarde lucía orgullosa, impecable, pensando en el ejemplo que era para otras personas, en especial para su alumnos, su pulcritud.
Como concluye Yannoulas (1996: 122) «el pasaje del concepto de madre educadora al de educadora profesional tuvo consecuencias significativas en cuanto a la definición de la tarea docente (vocación, prolongación de las actividades maternales en el hogar, etc.), el establecimiento de bajos salarios y la construcción, dentro del imaginario social, de la figura de la maestra como sinónimo de docente. También tuvo consecuencias importantes para las mujeres en un contexto que limitaba su incorporación al mercado de trabajo y restringía sus posibilidades dentro del sistema educativo».
Hoy
La segunda de las imágenes corresponde al complejo presente. Como hemos visto antes, «tiempo atrás, cuando la vida transcurría en el suelo sólido y en consecuencia nuestro modo de habitar el mundo se construía en condiciones relativamente estables y previsibles, ser madre (…) o maestro, no era problema» (Duschatsky, 2003). Hoy, ya no pertenece a esa clase media de la imagen anterior -salvo algunas excepciones -, y la docencia ya no es para ella una actividad complementaria: los cambios en el mundo laboral (la desocupación, el cierre de fábricas, la implementación de las medidas neoliberales, etc.) la llevaron a ser, en muchos de los casos, el sostén del hogar. Su actividad, que hasta hacía no mucho era considerada tan sólo vocacional, hoy le permite vivir (a ella y a los suyos). Pero esto no asusta a nadie y no llama la atención, pues es tan sólo una más de las consecuencias de los grandes cambios del sistema capitalista y de cómo los mismos afectaron a la población de la Argentina a partir de los años 90 (Tedesco, 2000 y Gvirtz, 2004).
En nuestro presente, y pensando es estas maestras, la cosas han cambiado. Por suerte, piensan algunas, desde el año 84, por un decreto presidencial ya no es obligatorio el uso del guardapolvo blanco en las escuelas pero igual lo sigue usando. Las modas han cambiado y el viejo guardapolvo blanco mutó en dos formas. Por un lado en lo colores que hoy dividen el amplio universo de las docentes entre quienes trabajan en escuelas estatales y quienes lo hacen en privadas. Además, ese viejo modelo de largas mangas fue cambiando hasta ser remplazado por diminutos camisolines. Pero al igual que ayer, hoy también es una bandera, tal vez no de la pulcritud, sino de la defensa por la educación pública estatal. Se ha transformado en una bandera a levantar en cada una de las marchas que hubo y hay por pedir un salario digno, entre otras cosas, y en cada mañana o tarde en la cual les muestra a los alumnos que el sueño de la educación no es utópico.
¿Ganas de estudiar? Sí, por supuesto, pero fundamentalmente de seguir trabajando. Y para hacerlo, necesita caer en la vorágine de la mediocridad. Ahora bien, posiblemente como lo sostiene Toffler (1992) se generó una nueva sociedad, la del conocimiento, en estos últimos tiempos, pero sinembargo en su caso, en el de las maestras, su conocimiento y su capacitación han caído dentro de las leyes del mercado y sabe, porque lo sufre, que más que capacitarse en realidad necesita hacer cursos para sumar puntaje y de esa forma tener mayores posibilidades de conservar su trabajo el año entrante o tal vez conseguir un nuevo puesto. Por su desconocimiento en algunos temas vinculados con la capacitación, hizo cursos de perfeccionamiento docente en la Ciudad de Buenos Aires pero se enteró, al presentarlo en su lugar de trabajo, la provincia de Buenos Aires, que esos cursos por los que había pagado no le servían pues eran de otra jurisdicción. Además, los cambios la llevaron a perfeccionarse en otros ámbitos. Ya no hace cursos de lengua o de matemática sino de convivencia, de abordaje de las dificultades socioeconómicas, etc. Para poder estar acorde con las nuevas necesidades.
La maestra ya no trabaja un turno (la idea no es generalizar sino ver si en realidad hubo algún cambio) sino tres (sí, aunque parezca extraño pues trabajo mañana y tarde en una escuela primaria común y por la noche en una escuela de adultos). ¿Por gusto? No, por necesidad. Ya no es la que lleva algún elemento de lujo al hogar y se compra ropa sino la que mantiene el hogar. Y sí, aunque parezca extraño, pero la crisis provocada por el 2001 y el desarrollo del modelo neoconservador terminó en esto. ¿Quién hubiera pensado hace cuatro décadas que una mujeres, una maestra, sería capaz de mantener a su marido y a sus hijos? ¿Si todo tiempo pasado fue mejor? No, tan sólo es un cambio más. Lo positivo es el hecho de que la maestra hoy pueda defender sus derechos y que por medio de su trabajo digno pueda permitirles a los suyos una vida más digna. Lo negativo, tal vez la pérdida de las ilusiones, el sentir sobre las espaldas la pesada carga (y no pesada por el hecho de ser mujer, desde las clásicas discriminaciones) de trabajar 12 horas diarias, desde el amanecer hasta el ocaso para que su familia viva, pero a veces, olvidándose ella de vivir. Ser maestra fue un honor ¿hoy lo es? Coincido con Ivonne Bordelois (82) cuando sostiene «que el honor de ser maestro hoy día sea vilipendiado por el Estado y despreciado por la sociedad» es uno de los mayores infortunios de la Argentina. En este proceso, llevado a cabo en los últimos años y especialmente a partir de 2002, el educar tal vez sea una mera ficción: lo importante es contener. ¿Contener de qué? De la violencia, de los vicios de la calle, para no caer en el hambre, la violencia o la corrupción.
¿Descontentos? Sí, muchos. Pero por sobre todas las cosas una lucha interior por tratar de recuperar ese lugar perdido. Para ello ya no educa sólo a los niños, ahora lo hace con los padres y con todo el entorno cultural. Ahora una luchadora, pero no sólo por un mejor salario – como muchas veces se dice – sino por conseguir algo más digno para esos que la siguen llamando señorita (o tan sólo seño) y por los cuales se le llenan los ojos de lágrimas cuando los ve en la indigencia a las que los destinó un Estado insensible. Sabemos, como sostiene Terigi (2006: 7) que no es posible volver a aquella época dorada (en realidad no sé si lo fue) pero al menos se debería intentar revertir algunas situaciones para que el trabajo docente vuelva a ser un placer y que «el ser maestro» (o tan sólo la seño) vuelva a ser un territorio respetado.
Referencias bibliográficas
Barrancos, Dora (2002) Inclusión/Exclusión. Historia con mujeres, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Bordelois, Ivonne (2005) La palabra amenazada, Buenos Aires, Libros del Zorzal.
Capdevillla, Arturo y García Velloso, Julián (1958) Ruta gloriosa. Libro de lectura para cuarto grado, Buenos Aires, Kapelusz.
Davini, María Cristina y Alliaud, Andrea (1995) Los maestros del siglo XXI. Un estudio sobre el papel de los estudiantes de magisterio, Buenos Aires, Miño y Dávila.
Duschatsky, Silvia (2003) «¿Qué es un niño, un joven o un adulto en tiempos alterados?» en: Revista Infancias y Adolescencias. Teorías y experiencias en el borde, Buenos Aires, Novedades Educativas.
Fernández, Alicia (1992) La sexualidad atrapada de la señorita maestra. Una lectura psicopedagógica del ser mujer, la corporiedad y el aprendizaje, Buenos Aires, Nueva Visión.
Gvirtz, Silvina (2004) Hacia un sistema educativo justo, democrático y de calidad: construyendo un futuro para la Argentina del siglo XXI, Premio Vigésimo Aniversario de la Academia Nacional de Educación (versión preliminar).
Morgade, Graciela (2000) «¿Por qué son maestras tantas mujeres?» en: I Congreso Nacional de Educación. La educación frente a los desafíos del tercer mundo, Córdoba, 2000.
Morgade, Graciela (Comp.) (1997) Mujeres en la educación. Género y docencia en la Argentina 1870 – 1930, Buenos Aires, Miño y Dávila – Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación de la Universidad de Buenos Aires.
Narodowski, Mariano (2004) El desorden de la educación. Ordenado alfabéticamente, Buenos Aires, Prometeo.
Tedesco, Juan Carlos (2000) Educar en la sociedad del conocimiento, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Terigi, Flavia et al (2006) Diez miradas sobre la escuela primaria, Buenos Aires, Siglo XXI editores.
Toffler, Alvin (1999) El cambio de poder, Barcelona, Plaza James.
Yannoulas, Silvia (1996) Educar: ¿una profesión de mujeres? La feminización del normalismo y la docencia (1870-1930), Buenos Aires, Kapelusz.
