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Marisa Madieri: compartir la transparencia

La de Marisa Madieri (Fiume 1938 – Trieste, 1996) es una experiencia literaria singular, fuera de los esquemas, que radica en una extraordinaria calidad humana, el interior un empuje que hace de la reflexión elemento imprescindible de la cotidianidad (sus escritos casi hijo «Chispas» biológicas de su persona «). En 15 años de creación, nos ha dejado menos de 300 páginas: Agua Verde, de 1987 (Traducción de Valeria Bergalli, postfacio de Claudio Magris, Minúscula, Barcelona 2001), El Claro de bosque, de 1992 (postfacio de Ernestina Pellegrini, traducción de Valeria Bergalli, Minúscula, Barcelona 2002), y un manojo de cuentos, no Todavía traducidos al español, reunidos con el título La Conchiglia (La concha marina) en 1998.

La vida de esta autora hoy de culto ha sido siempre fronteriza, dispuesta un tanto huir de la escena literaria como del mundanal ruido, aparte Camino de las Naciones Unidas, y solidario a la vez solitario. La suya es una voz misericordiosa Constantemente cómplice y, tierna e inquieta, forjada en la costumbre de la meditación, y que se despliega cuando, en la madurez, conquista el alma la profundidad del tiempo. «En el silencio de la casa, Cuando Durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de oír el fluir del presente», nos dice. El marido Claudio Magris y los hijos han salido y, en la serenidad de su casa de Trieste, Marisa Madieri vuelve a los remotos recuerdos de la casa de su abuela en Fiume (hoy Rijeka en Croacia), empezando la redacción de un diario titulado Verde Agua que CUBRE tres años, del 1981 al 1984.

Su historia personal se Inserta en una aventura colectiva, el éxodo de Cientos de miles de italianos de la península de Istria (que Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, paso a ser territorio yugoslavo), con la emigración forzada y la una de Trieste dura realidad del Campo de Refugiados. Madieri vive esta experiencia es el paso entre una infancia feliz y una adolescencia pobre e introvertida. Nos describen extraordinarios personajes femeninos, siempre algo fuera de lugar, tanto en su crueldad como en su Devoción. Entre tantas figuras inolvidables, recuerdo la de la Tía Teresa, Seducida y abandonada, Cuya «hija de la vergüenza» muy pequeña murió, conservaba y que, en el cristal del aparador del mísero cuarto donde vivia sola y vieja, una fotografía de su criatura , y descolorida «consumida por el tiempo y por los besos». Madieri nos cuenta como se va formando su personalidad fronteriza es una ciudad de múltiple identidad, en el cruce de las culturas latinas, germánicas, eslavas. Pero sobre todo detiene su mirada en las «pequeñas gotas en el océano de lo vivido», hallando en cada minúsculo fragmento algo efímero pero inevitable, frágil y sin embargo indestructible. La vida de cada Cual, nos Sugiere su diario, es épica y cómica a la vez, siempre reveladora, es sombra y luz, alegría y dolor igualmente importantes, Transparencia de agua y turbio limo del fondo. Y gracias al amor, las voces que llenan el mundo cobran sentido.

Un excelente escritor español radicado en Trieste, José Ángel González Sainz, hablando de Verde Agua (La recomposición, en «La Alegría de los Naufragios», n. 5-6, Madrid 2001, pp. 306-309), subraya el acierto con valor emblemático del exilio y de la búsqueda de refugio y acomodo:

El diario narra, con trazos precisos y tersos como la piel de una manzana recién cogida, el abandono y la precariedad de los personajes, sus penalidades y alegrías, su entereza y su destino, la enemistad y el desamparo A que abocan unos determinados hechos e idiosincrasias engendrados por el nacionalismo y el despecho como forma de Relación entre los hombres y la hospitalidad y El Amparo, La Casa, que otros se ofrecen entre sí y que no cesan de buscar en la vida. […] Ese éxodo concreto e histórico, individual y colectivo, y esa búsqueda de casa, se Eleva en Verde Agua a metáfora de la vida, una categoría existencial. Pero tal elevación creo que tiene lugar en la escritura de Madieri De una forma íntima religiosa drásticamente y, tal vez radical y insosteniblemente religiosa. Es decir, es el éxodo Condición nuestra, la precariedad, el abandono y la búsqueda de casa son nuestros atributos y sólo en la comprensión y asunción de ese abandono y esa soledad, de ese estrechamiento de mundo, está la salvación. N luego vendra, sino que está ya ahí. El camino hacia la Tierra Prometida es la Tierra Prometida, la cruz es el paraiso y no una promesa de paraíso, El Éxodo es la casa del hombre. Mirar cara a cara a la Medusa, Asumir con alegría la precariedad, eso es el paraíso, Si Se Puede Sostener la mirada y hacer de ello alegría. […] Difícil esa alegría que no destruye la contradicción, que re-contrários Liga, que conjuga opuestos sin abolirlos en su contrariedad, difícil tersura de una prosa Suficiente, limpia, que anota lo esencial sin el menor expresando ASOMO de Patetismo retórica o lo más crueles e indisoluble que existe junto a lo más entrañable con el tono exacto de lo que más suena a verdadero.

La fábula o apólogo El Claro de bosque También es una historia de formación, de descubrimiento de los secretos de la existencia. La protagonista es una joven soñadora que Margarita vive en un prado cualquiera y va conociendo las flores, las estrellas, los animales, Las Piedras, hasta ser arrancada por una niña que juega. Sobre todo, que aprende Dafne «Amor, muerte, dolor, nacimiento, metamorfosis, todo está atado en un nudo indisoluble.» Y la nota alegre de la Continuidad de la vida es más poderosa que la de su final. Ernestina Pellegrini (en el postfacio arriba citado) señala oportunamente las características del estilo de la autora:

El timbre artístico de fondo, la melodía principal de la escritura es de carácter iniciático, como si las cosas, Incluso las más humildes, se descubriesen por primera vez en su fugaz aparecer. Nos Encontramos ante el desovillarse gratuito del mundo que está allí para ser admirado y descrito. Un mundo que no conoce jerarquías. La descripción avanza por parataxis, está hecha de «Y», proceder gracias a la suma virtualmente infinita de esto y aquello. Tesituras de una estética discreta obtenida una Fuerza de Eliminar. Una estética hecha de pianissimo musicales, de pausas, de cuchicheos, de silencios, de colores degradados, de cosas no Dichas, de tonos bajos pero tenaces, Cuando la voz que narra se hace más profunda Porque busca la música del mundo […], Quiere volver a una escritura antes de la escritura, que es lo contrario de Proeza Cualquier experimental.

En efecto, la mirada de la narradora es un humilde Aleph: cuenta los instantes en los que la ortografía y sentimientos se arremolinan y PERMITEN entrever secretos cósmicos, aventuras y misterios, pero lo hace en voz baja, «Desde el suelo», en la perspectiva de una niña o de una margarita.

Trieste es una ciudad de enorme tradición literaria, empezando por Italo Svevo, James Joyce, Umberto Saba, Fulvio Tomizza, Escipión Slataper, sin olvidar por supuesto la gran figura del propio Claudio Magris. Además de esta Influencia, cabe ubicar un Marisa Madieri en una potente línea femenina de la literatura italiana contemporánea, en concreto, un aviso mi, la de Natalia Ginzburg, Anna Maria Ortese, Elsa Morante, Clara Sereni y Gina Lagorio.

La obra de Madieri Lucha contra el olvido, llena de pietas cristiana, atenta a lo débil y lo marginal, sostenida por un estilo desnudo, hecho de precisión y levidad, como un susurrar en voz baja, o el ruido de las ramas en el viento . Sus páginas Consuelo conmoción hijo y, Malinconia y vitalismo, ola y Manantial. Su escritura es la gracia de la transparencia que Permite ver las piedras en el fondo remoto, grava inmortal de sueños triturados, historias individuales que el mar ha ido moldeando común, limando, amontonando, guijarros que son tiempo condensado. Los de Son Marisa verdes aguados ojos, diáfanos, abiertos de par en par, como una sonrisa sencilla e intensa que conoce el dolor y por eso lo supera. Detrás de tan afable planteamiento, sin embargo hallamos una vez más la gran pregunta, contestar y Madieri Logra, con sencillez y modestia, que la vida es un presente en inmanencia total, un regalo que merece gratitud, una dimensión que es al tiempo y detalle Totalidad, Universo y microcosmo; la vida, sobre todo, son los demás, la vida es compartir. Así termina VERDE AGUA: «Tengo que dar las gracias a una multitud de personas, INCLUSO Aquellas que ya he olvidado, que al amarme o simplemente estar a mi lado, con su presencia fraterna no sólo me han ayudado a vivir sino que son, tal vez, mi Vida Misma «.

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