Recordar es… cubrirse la espalda
El dos de mayo se realizó en Bogotá un encuentro, más que “homenaje”, con la convergencia de tres revistas con historia: “Golpe de dados” de Mario Rivero, “Puesto de combate” de Milcíades Arévalo, y “Aleph”… Y es de agradecer tan sensible acto, convocado por la “Fundación Santillana para Iberoamérica”, en cabeza del insigne ex-Presidente Dr. Belisario Betancur, y por la “Fundación cultural Letras y Libros”, orientada por Jorge Consuegra, escritor, periodista y promotor cultural de primer orden. Generosa ocasión de reconocimiento a personas que hemos estado ahí, en el mundo de la Cultura, con algunas convicciones, dudas a flor de piel, y en proceso de creación.
La revista Aleph nació en momento singular en nuestra vida de estudiantes universitarios. Palpitante el protagonismo de Marta Traba, desde Bogotá, como directora de extensión cultural en la Universidad Nacional de Colombia, en 1966, con hervidero de actividades y participación múltiple de expresiones y de grupos. De alumnos en la sede Manizales se nos aceptó, por entonces, la propuesta de crear el capítulo regional de aquella área en manos de la inolvidable crítica. A su vez, nuestra Sede se encontraba en interesante resurgir a la vida cultural y académica, con la dirección de veterano ingeniero de minas, y arquitecto formado en París, el maestro Alfonso Carvajal-Escobar.
Marta Traba ejerció estímulo clave para la aparición del número uno de la Revista, incluso con escrito especial suyo, aún no recogido en libro, bajo el título: “Última década del arte colombiano”, en el cual señaló el significado de ruptura que tuvo el “Primer salón Intercol de pintura y escultura”, llevado a cabo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1964. En él criticó la linealidad del arte que venía, pero supo apreciar la presencia de un Alejandro Obregón desde los años cuarentas, a quien calificó como “el hombre mayor del arte nacional”. Y dijo que en la obra ganadora de Fernando Botero, naturaleza muerta con frutas, al igual que en las demás, se “demostró la persistencia del prestigio obregoniano”. Pero al año siguiente, en 1965, el Museo abría las puertas a los artistas disidentes, con miradas al pop, al neofigurativismo, a otras expresiones, con la irrupción de Norman Mejía, Pablo Solano, Luis Caballero, Pedro Alcántara, Miguel Ángel Cárdenas, entre otros, según relaciona ella.
La autora concluye su breve ensayo anunciando el despertar de la plástica, al constatar que “el arte colombiano está vivo y se ha negado a dormitar en la zona de los conformismos provinciales.”
En la historia de cuatro décadas, Aleph ha intentado preservar aquella sabia y oportuna tutoría, en la convergencia de ciencia, arte y humanismo. De igual modo exalto la notable influencia del profesor Luciano Mora-Osejo, matemático, físico teórico y filósofo, de excepcional acceso a teorías de la cultura universal, con perspicacia histórica y dominio de ocho idiomas, incluyendo el griego y el latín, quien desde comienzos de los años 70 se incorporó de colaborador y como guía en lecturas y debates. Y en sus páginas desarrolló la teoría de la “comprensión unitaria”.
Tampoco puedo omitir la presencia desde el comienzo, estimulante, de aguda visión, que ha tenido el profesor Rubén Sierra-Mejía, tanto por las contribuciones escritas como por sus lecciones de rigor y por su protagonismo sobrio en la filosofía y en la cultura, en Colombia e Iberoamérica.
Asimismo destaco la incorporación, por más de tres lustros, del también académico, hombre de ciencia, catador del buen arte y personalidad pública, doctor José-Fernando Isaza, con ensayos de libre discernimiento en ciencia, cultura y sociedad, y, además, como soporte mayor desde la “Fundación Mazda”.
La revista ha recogido expresiones calificadas de la región, del país, y del ámbito internacional, sin perder sentido en la “comprensión unitaria”, con anclaje en visión universalista e integradora de la Cultura, al afirmar en cada entrega su vocación por el humanismo, bajo las formas del ensayo filosófico, epistemológico, sociológico y literario, al igual que en poesía, reportaje, cuento, plástica, aún la música, los manuscritos, y los testimonios del acontecer cultural. De este modo se ha ido configurando, en torno a la Revista, una comunidad intelectual solidaria, sin estatutos, llamados a lista, ni ideologías. Esa experiencia acumulada la Universidad Nacional quiso aprovecharla al crear en el 2002 la “Cátedra Aleph”, ya por la versión octava, a cargo de su director.
La historia, nuestra historia, como la de todo y la de todos, no ha sido fácil. La verdad la tuvo Crescencio Salcedo al decir: “el camino es culebrero”. Pero continuamos en pie, activos, bajo el compromiso de entender en conjunto la Educación y la Cultura como la única posibilidad de construir la anhelada coexistencia en la pluralidad.
Termino con un nuevo intento de interpretación de “Aleph”: Sonidos…/ Luces…/ Rocío sin sombras…/ Larga conquista de los sueños.