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Una visita a Danilo Cruz-Vélez

Conocí al profesor Cruz-Vélez hace ya veintiséis años, en julio o agosto de 1981. Su sobrino Darío Ocampo-Cruz le había enviado conmigo desde Paris una botella de coñac, y pienso que, además del regalo, aquel era también un pretexto del sobrino para que yo conociera al tío tan admirado y tan querido.

Ya desde el año anterior Darío le había enviado un poema mío y la respuesta por correo fue a la vez estimulante e inquietante. El filósofo Cruz-Vélez le escribió que el poema le gustaba, pero que precisamente por eso sentía «pavura» de ver a un joven inclinándose por la poesía en estos tiempos del mundo. «Vivimos en la edad de la técnica», recuerdo que le dijo, «son malos tiempos para la poesía». Alentado por esa suerte de aprobación penumbrosa me animé a visitarlo por primera vez, le entregué su regalo y, claro, aproveché para dejarle otro poema que había escrito en tiempos más recientes.

Alberto Quiroga me había conseguido empleo en una agencia de publicidad, donde nos turnábamos para el uno trabajar mientras el otro leía. Y un día recibí una llamada inesperada: era Danilo. Yo sabía de qué modo él estaba siempre entregado a sus trabajos, de modo que me sorprendió la llamada. «¿Qué piensa hacer con ese poema que me dio?», me dijo de pronto. Yo había escrito el poema pero, por supuesto, no pensaba hacer nada con él. «¿Usted me autoriza a publicarlo?», dijo. Más que autorizarlo, le di las gracias. Mis ambiciones literarias de entonces no daban para codiciar el arduo honor de la tipografía. Una o dos semanas después el poema apareció en las páginas editoriales de El Tiempo. Conmovido por ese gesto, que para mí fue un gran estímulo, me animé a visitarlo de nuevo corriendo el riesgo de importunarlo un poco. Me recibió con alegría y con generosidad, y recuerdo que conversamos por lo menos tres horas, que para mí fueron ciertamente un regalo. Todavía recuerdo cómo fluyó la tarde en un diálogo que yo vivía como la iniciación en un mundo.

Danilo escribía por entonces una columna en la revista Correo de los Andes, que dirigía Germán Arciniegas. Estaba escandalizado porque Germán le había dicho que la revista, de 3.000 ejemplares, modesta en su impresión pero con un cuadernillo central en colores, le costaba medio millón de pesos por entrega. Aunque para Germán, después de cincuenta años de estar publicando revistas, ello no significaba un problema. «Él sabe mucho de esas cosas», precisó, «tiene muy buenas relaciones y sabe siempre cómo hacer una revista: qué cosas le interesan al gran público y qué cosas son más restringidas y especializadas». Le comenté que había visto pasar a Arciniegas en días recientes y que me sorprendió verlo tan vigoroso y activo. «Germán tiene más de 80 años». «Borges tiene casi 83», le dije yo, «y luce agotado. No mentalmente, porque conserva una gran lucidez y sigue publicando libros, pero físicamente». «Una gran lucidez pero en un cuerpo ya gastado», exclamó, y añadió con un gesto de asombro: «No: Germán es un milagro de la naturaleza».

Le comenté entonces que otras revistas estaban en dificultades, sobre todo “El café literario” de Néstor Madrid-Malo, y “Pluma”, la que dirigía Jorge Valencia-Jaramillo. Al parecer estaban tratando de conseguir nuevos suscriptores. “Pero es que una revista no se financia con suscripciones”, dijo Danilo, “tiene que financiarse con avisos. En Pluma anunciaban el Grupo Colombia, Félix Correa y el Grupo Santafé: justamente los tres que quebraron, de modo que se quedó sin financiación. Eco es la única revista que sobrevive, porque la financia un grupo alemán para la cultura: no la patrocina, pero le compra muchos ejemplares para repartir en distintos países”. Habló de las inversiones alemanas en proyectos culturales, de la revista Humboldt, cuyo director había estado en Colombia años atrás, y de la amenaza que se cernía sobre la cultura por la crisis mundial.

Después de su vida de estudiante en Alemania, Danilo llevaba ya mucho tiempo de regreso en Colombia, pero participaba a menudo en encuentros internacionales. Me dijo con admiración que un país donde no se sentía la crisis mundial era la Argentina. Acababa de recibir una invitación para el Congreso de Filosofía, donde estarían presentes Octavio Paz y filósofos y escritores de España y de América. Comentó que a diferencia de Colombia, donde no se podía invitar a nadie, en Argentina no parecían limitarse en gastos. “Ellos siguen invitando, y esos restaurantes lujosos de la Calle Florida siguen llenos. Cuando estuve la vez pasada, nos llevaron en un yate a los visitantes a recorrer el Mar del Plata. Y aunque es verdad que allá en la Argentina la mala administración ha arruinado la industria, todavía está esa pampa infinita. Esa pampa infinita”, repitió, “una tierra riquísima que tiene no sé cuántos millones de cabezas de ganado. Argentina sigue alimentando a Europa. Y hay algo muy curioso: Argentina en realidad no tiene una clase política, allí no se formó una clase política. Se diría que hoy no hay quien gobierne el país: en cambio tiene una vida cultural muy notable. Comparada con Colombia es una distancia como de la tierra a la luna. Aquí no hay una vida cultural notable, Argentina en cambio tiene traductores, investigadores, científicos. Hay una escuela de estudios sobre el Oriente. Y toda esa gente está dedicada a sus disciplinas, es gente no mezclada con la política. Claro que aquí tenemos otras cosas: en un continente deshecho y subyugado por los militares, tenemos un país con cierta estructura jurídica, un Estado de Derecho, una Corte Suprema, un presidente que tiene que acatar la ley. Hay una prensa libre, un cierto orden en medio de unos países desfigurados. Aquí hay instituciones, y una clase política fuerte, y eso ha sido así desde los orígenes. En Argentina los intelectuales son más bien indiferentes a la vida política, y eso es muy bueno para la cultura. En cambio aquí todos se desvían hacia la política, y eso es muy bueno para las instituciones, pero muy malo para la cultura. Nada más en el siglo pasado hay que ver a Miguel-Antonio Caro, un latinista y gramático, dedicado a esas cosas. Y Núñez, y desde la misma Independencia, hombres como Antonio Nariño, Camilo Torres o Caldas, no eran sólo guerreros, eran intelectuales. Fíjese en esa cantidad de escritores convertidos en hombres públicos. Valencia fue candidato a la presidencia. Y en este siglo, grandes estilistas como Alberto Lleras, como López, y López-Michelsen también. Esas cosas son muy importantes. Yo he oído discursos de políticos en Buenos Aires: en cambio aquí un discurso de Alberto Lleras tiene el tono de Marcel Proust. La claridad del lenguaje, el estilo, esas cosas también generan un poder. Aquí la Constitución fue redactada por gramáticos, es una tradición, y ahí está Belisario citando versos en los discursos. En Argentina no hay quien reciba el poder… aunque tal vez si gobiernan los militares puede gobernar ya cualquiera, ¿no? De todos modos quiero ver cómo están allá ahora. Estoy dedicado a los trabajos que voy a presentar, y tiene que ser algo muy serio”.

No sé si ahora, tantos años después reconstruyo con completa fidelidad sus palabras. Lo que verdaderamente quisiera reproducir es la intensidad singular de su voz, sus frases pronunciadas siempre de una manera pensativa, la importancia que suele conceder a todos los temas de los que habla. Y su sonrisa en ese rostro que siempre delata una perplejidad, el modo como la vida ha labrado el rostro de alguien para quien las ideas son grandes acontecimientos. Después de tocar muchos temas me preguntó por mis lecturas de Aurelio Arturo. También la obra del poeta me la había recomendado Darío en las tertulias de Buttes Chaumont. Pero en Paris no teníamos un solo ejemplar de su obra, de modo que tuve que esperar meses, hasta volver al país, para entrar en contacto con su poesía. Danilo ya sabía que esos versos me habían deslumbrado, y que yo estaba intentando escribir un ensayo sobre Arturo. Me preguntó si no me parecía una obra admirable, le dije que me conmovía mucho y que había estado visitando a su familia para averiguar sobre su vida. “¿Se ha encontrado algo más de él, otros poemas?”, me preguntó. “Parece que lo que se ha publicado ya es todo”, le respondí. “Es una obra muy breve”, dijo, “aunque muy notable toda. No hay nada en ella que no sea esencial. En cambio en otros poetas se encuentran ripios. Yo lamento mucho que no haya escrito más. Me parece lamentable porque él ya comenzaba a hacer algo grandioso. Aunque no sé si deba lamentarse… al fin y al cabo la obra de Silva son también unos cuantos poemas y ahí se conserva. Pero es que a Arturo pareciera que no le gustaba escribir. Había que sacarle los poemas, forzarlo casi. Esos últimos poemas los escribió porque Mario Rivero le insistió sin cesar. Y con esa locura de Mario, Arturo finalmente cedió y los copió. Los escribía en poco tiempo porque al parecer los llevaba en la cabeza por años. Y así ocurrió también con Morada al sur. En realidad casi siempre fue debido a alguien que los poemas salían, porque Arturo los guardaba y los pulía. Como si no le importara publicar, ni mostrarlos, como si todo eso lo tuviera sin cuidado. No lo arrastraba esa fuerza que de todos modos nutre e impulsa una obra copiosa. Ese afán de ser conocido, esa tendencia al exterior que tienen Maya y Carranza, y otra gente tal vez con una obra menos notable”. “Danilo”, le dije, “¿no fue a usted a quien Arturo le habló de un poema que quería escribir sobre el Descubrimiento de América?”. “La aventura, se llamaba”, me respondió. “Él habló mucho tiempo de ese poema, pero no lo escribía. Me dijo que ya lo había concebido. Tenía canciones de marineros. Ciertas canciones que cantaban los marinos de Colón, y unas oraciones, unos rezos. Habló mucho de ese poema. Había canciones, y unos soliloquios de Colón durante el viaje. Yo le insistí en que lo copiara”. “Pero se lo llevó con él”, dije. “Eso me parecía desesperante” exclamó. “No sé por qué lo lamento”. Danilo Cruz-Vélez me miró con consternación, con resignación, y añadió: “A lo mejor dijo lo que tenía que decir, lo que podía. A lo mejor no nos privó de nada”.

Me gusta recordar el diálogo de esa tarde de hace más de un cuarto de siglo. Por la realidad que nos ceñía, estábamos en otro país, en otro continente. Qué interesante sería saber qué piensa hoy Danilo de nuestro país y del mundo. Siempre fue muy crítico de esa cultura de cafés, de tertulia y bohemia, que fascinó a nuestro limitado mundo intelectual y que muy a menudo devoró a los intelectuales sin dejar obra ni rastro. Pero recuerdo que hace poco George Steiner en su ensayo sobre Europa definió a ese continente como una región donde los cafés y las tertulias han medido siempre, por así decirlo, el pulso del espíritu. De París a Dublín y a Moscú, de Sartre a Joyce y a Pushkin, esos cafés fueron también el signo de la camaradería de unas generaciones literarias y políticas. Aún así, Danilo resolvió temprano apartarse de esos medios, adelantar en serena soledad sus reflexiones. Pero aquí todo ese mundo ya se esfumó: con los cafés y las tertulias murieron las últimas generaciones de un país que parecía tener centro de gravedad, culto por el lenguaje, pasión por el diálogo. Ese mundo intelectual que describe García Márquez en algunas páginas de sus memorias no existe más, y se diría que después la violencia y la política lo devoraron todo.

Sorprende ver los resultados de nuestros viejos vicios y virtudes. En Argentina, donde como decía Danilo los intelectuales creyeron más en la cultura que en la política, la sociedad civilizada sobrevive; en Colombia, donde creyeron más en la política que en la cultura, somos rehenes de todas las violencias y el Estado a veces parece querer devorarse a sí mismo. Ya no es el tono de Marcel Proust sino un dialecto de energúmenos lo que enardece y aplaca alternativamente a la sociedad. Y las voces que decidieron situarse al margen, pensadores como Danilo Cruz-Vélez, última lumbre de lucidez en una nación aturdida, son casi desconocidos por un pueblo que mira sin cesar las pantallas y parpadea. Y pensar que sólo la labor de hombres como él, austeros, rigurosos, firmes en su pasión y en su búsqueda, podría hacer del nuestro no un mero país de individuos, rapaces, sinuosos, hostiles entre sí, arrebatados por un egoísmo suicida, sino un verdadero país de ciudadanos.

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Edición No. 143