“Chakapatapi chakaykuy: sobre el puente sé puente”
Apuntes sobre la in/justicia
en José María Arguedas
La justicia, del latín justitia (jus = derecho), invoca rectitud, conformidad al derecho. A su vez, el juicio (judicium) engloba tanto el acto de juzgar, como el de “poder subsumir bajo reglas” (Kant, Crítica de la razón pura). En el fondo subyace el concepto griego krinein (separar, cribar, criticar), cuyo amplio rango incorpora las apelaciones acotadas al derecho, pero permite también juicios morales y estéticos más complejos.
Dentro de una polaridad general entre criba y mestizaje –ligada de entrada por tanto, etimológica y sociológicamente, a consideraciones de justicia– la obra literaria y etnográfica de José María Arguedas (Perú, 1911-1969), particularmente atenta a las separaciones y subsunciones entre el mundo indígena y el mundo de la herencia española, resulta ser una de las reflexiones más afiladas producidas en América Latina sobre la galopante injusticia que nos corroe.
En un borde de la civilización como el nuestro, hemos tenido que confrontarnos permanentemente con nociones de negación: la in/justicia, en particular, es sin duda mucho mejor conocida, entre los latinoamericanos, que la justicia. Toda la obra de Arguedas se eleva sobre ese clamor del despeñadero, sobre ese abismo de desolación y de injusticia donde los menos afortunados inevitablemente se hunden. El rocoso ronquido de Los ríos profundos (1958), una de las más bellas y atormentadas novelas latinoamericanas del siglo XX, evoca los altos y peligrosos trayectos del alma americana, frágil y magnífica a la vez, cribada y mestiza, desgarrada en pos de fragmentos elusivos de identidad, hondamente torturada por los atropellos que los poderosos ejercen sobre los más débiles. En un fragmento central de la novela, las mujeres chicheras, que se han amotinado contra los patrones de la Recaudadora, escapan por un puente sobre el precipicio del Pachachaca y cantan en quechua a los guardias que las persiguen: Chakapatapi chakaykuy (“sobre el puente sé puente”). El llamamiento, dirigido a los enemigos, invoca toda la rica complejidad del universo de Arguedas: polaridades de opresión y de liberación, de bajeza y de dignidad, de violencia cultural y de compenetración con la naturaleza, astilladas por una perpetua injusticia, que, sin embargo –tal vez y sólo tal vez– podría ser obviada gracias a mediaciones iteradas (puente sobre el puente) y a un diálogo real (canto) entre los extremos polares.
Los huak’chos –huérfanos, despojados, “sub-hombres” en palabras mismas de Arguedas– pueblan todo el universo del novelista. Mancillados por una justicia ciega, que nunca los contempla realmente, los desposeídos guardan sin embargo en su cultura indígena todas las simientes de riqueza ética y estética que les permite superar sus duras condiciones de vida. Gran conocedor y recopilador de los cantos de la tradición quechua, Arguedas re/inventa una maravillosa musicalidad de la resistencia, que trasciende el desahucio de la vida cotidiana. Mediante el mestizaje del español y del quechua, la escritura misma de Arguedas permite trascender las cribas y las separaciones artificiales, y nos entrega la posibilidad de un mundo profundo en donde los lazos éticos y la invención estética de la comunidad indígena permiten paliar los desajustes de derecho y de justicia con los que la comunidad debe luchar hacia afuera. Arguedas propone así la visión de un “derecho” realmente más “justo”, que trasciende reglas y normas nunca cumplidas, y que resiste gracias a la fuerza de ocultos ríos profundos de sensibilidad y de coraje.
Lastimosamente, como es de esperarse, la visión utópica y la cruda realidad chocan y se desgarran. El llamado utópico a “ser puente sobre el puente” no consigue concretarse. Todas las sangres (1964) describe una serie de encuentros violentos entre patronos y humildes, con valencias opuestas en las que no cabe el entendimiento. El zorro de arriba y el zorro de abajo –la novela póstuma (1971) de Arguedas, donde inserta las duras reflexiones que le llevarían a quitarse la vida– termina potenciando las grandes tensiones (tinku: combate entre bandos contrarios) de su narrativa: las luchas irresolubles entre sierra y costa, condiciones andina y occidental, naturaleza y cultura, musicalidad y silencio, profundidad y artificialidad, esperanza y horror. Si el ideal tiende a “ser puente sobre el puente”, y si la obra de Arguedas alcanza en buena medida ese propósito, la confrontación de lo ideal con lo real no puede ser más abrupta –conduciendo al suicidio mismo del escritor. La tensión entre obra y vida, lancinante desde los primeros románticos hasta La muerte en Venecia, llega al paroxismo con Arguedas; las escalofriantes injusticias en las que ha vivido desde niño dan lugar a su magnífica obra, pero acaban con su vida.
Desde la desaparición de Arguedas, las perspectivas en América Latina no parecen haber mejorado mucho. Las formas de dominación –y de consiguiente injusticia– son cada vez más finas y difíciles de erradicar. La bajeza ética e intelectual de nuestros gobiernos (independientemente de sus “ideologías” –véanse las monstruosidades comparables de Uribe y Chávez) no parece tener fin. La impreparación de nuestros gobernantes raya el absurdo; es difícil imaginar otro país del mundo que, como Colombia, coloque entre rejas al tercio de sus congresistas y no asuma el consiguiente descalabro del gobierno. En vez de mixturas (“misturas” diría Arguedas), toda suerte de cribas insisten en separar cada vez más la auténtica integralidad humana que debe cobijarnos. No puede existir mayor hundimiento en las oscuridades de la sinrazón que el “exterminio” de los enemigos al que ha llamado –sin la menor vergüenza– algún Ministro. La injusticia nos invade de todas las maneras posibles. El resultado es un desgobierno completo, que las instituciones del poder en Colombia han convertido en pan de cada día. El lastimoso hablado coloquial de Uribe –reflejando en sus dichos nuestra más generalizada mediocridad, y, por ello mismo, obteniendo asombrosos índices de apoyo– no ha tenido igual en toda la historia del poder institucional en nuestro país. Mientras tanto, no sólo se pierde capacidad crítica (no se ha conocido un periodo más atolondrado en la política colombiana) y, por tanto, capacidad de juicio, sino que se olvida la existencia misma de una justicia estable, que no debería depender de los “patrones” del momento. Una triste constatación en América Latina parecería indicar que sus grandes momentos –tallados por sus grandes pensadores (Henríquez Ureña, Reyes, Ortiz, Picón Salas, Martínez Estrada, los hermanos Romero, Rama, Gutiérrez Girardot, etc.) o por sus grandes creadores (Borges, Rulfo, Arguedas, Guimaraes Rosa, Onetti, Reverón, Tamayo, Matta, etc.)– se encuentran irremediablemente alejados de la justicia, irremediablemente mancillados por infames desgobiernos.
Ojalá el futuro pueda reservarnos cambios radicales en nuestra clase política. Sin esos cambios –dirigidos a una plena acción de la justicia en nuestras frágiles sociedades– continuarán emergiendo grandes obras como la de Arguedas, a la vez que se seguirán destrozando sin contemplación múltiples vidas.