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Vacío, soledad y muerte en el hombre contemporáneo (aproximación a «Cenizas en la ducha», de Milcíades Arévalo)

En el comienzo era el hombre y luego apareció la soledad, esa carga ineluctable que acompaña al ser humano desde el comienzo de los tiempos hasta la contemporaneidad, hasta el Blade Runner, quizás.
En El pozo, uno de esos libros maravillosos de Onetti – ¿cual no lo es? -, contemplamos una de las escenas que con mayor profundidad anuncian al hombre atribulado y atormentado de la metrópoli, que prefiguran a las criaturas desoladas y derrotadas del “Boom”, acaso al Zavalita de Conversación en la catedral, de Mario vargas Llosa, que no entiende en qué momento se jodió el Perú, se jodió él y nos jodimos todos: “me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre, en las tardes, derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativamente cada una de las axilas” . Esta imagen, de un hombre encerrado en una habitación, que es a la vez celda autoelegida, expresa a plenitud el sentir del individuo de la urbe, de aquel que yace exhausto a merced del vértigo y la prisa, de su propia psicología, que no encuentra compañía en medio del gentío y el arremolinamiento de miles de personas en torno a los grandes almacenes y los descomunales parques. Curiosamente, en este libro anunciador de Onetti, también, como en Cenizas en la ducha, de Milciades Arévalo, los sueños cumplen un papel fundamental, constatan el apego a la oniris como forma paliativa de anhelar la comunicación.
Ya desde el expresionismo y el existencialismo, tal vez los dos movimientos artísticos y filosóficos que con mayor exactitud analizaron y explicaron al hombre indefenso ante la máquina burocrática del siglo XX, se auguraba a este ser inerme, condenado a un infierno en vida, presa constante del delirio frenético de las ideas y de las laceraciones que genera el uso de la razón. Porque pensar, ahora más que antes, se convirtió en dolor, desgarramiento y certeza de culpa ante un ser omnisciente y ubicuo, implacable, frío y prepotente. El señor Mersault de El extranjero, aquella criatura bella e ingenua, que es juzgada por plantearse las preguntas imposibles del siglo: ¿qué se hizo Dios?, ¿dónde está que contempla desdeñoso las masacres cometidas en las horribles guerras?, condensa, de forma precisa, la filosofía existencialista que tantas páginas le procuraran a Jean Paul Sartre en El ser y la nada para intentar sentar las bases de su doctrina. Hay que anotar que en muchos pasajes de la novela de Milciades, su personaje principal, Alejandro, que siempre se expresa en primera persona en una cambiante analepsis, se parece mucho actitudinalmente a Mersault, lo cual para nada significa apropiación indebida del referente, sino que se justifica, más bien, desde la pesadilla compartida de vivir en el mismo siglo, lo cual, obviamente, genera similares respuestas. Basta, para verificar lo dicho, recordar este párrafo de su monólogo: “Al regresar a Bogotá me enteré de la muerte de mi hermana. No lloré al saberlo, tampoco en el funeral ni durante la cremación. ¡Al carajo las lágrimas! No eran más que una disculpa que no servía para remendar las heridas ni para abonar la tierra. La vida iba a seguir para que yo fuera feliz” . Hay que recordar que, en El extranjero, el señor Mersault es acusado, no por matar al árabe, sino por no llorar en el entierro de su madre, por salir luego a ver una película cómica y por acostarse con una mujer a los pocos días. En resumen, su condena procede del acto irreverente y trasgresor de no compartir la moral puritana de los demás, de no fingir y de no aceptar su condición de víctima.
Tampoco Alejandro acepta dicha condición. Marcha por el mundo, desarraigado y derrotado, con un inventario robusto de lecturas y de películas que le permiten menospreciar el éxito ajeno. En cada capítulo – diecisiete en total – vive aventuras de diversa índole, entre fantásticas e irrisorias, que le confieren el carácter de extraño y anormal. Algunas aventuras, casi todas con mujeres, ofrecen un simpático matiz de ser simples sueños, anhelos reprimidos explicados desde su patología de hombre solitario y adicto al ejercicio mental. Esta particularidad de excéntrico y atípico se entiende desde su concepción literaria de antihéroe, arquetipo del hombre de los actuales tiempos. Alejandro no se asume como escritor, no quiere homologar para sí mismo ese oficio sin legitimidad dentro del mundo del progreso y el éxito fácil y a corto tiempo: “Papi, ¿los poetas son vagos?” , le ha preguntado su hijo. Él le responde con evasivas, con la certeza absoluta de la incomprensión a su papel de creador y de la inutilidad de su justificación a una culpa que rebasa su propia naturaleza. Tampoco es crítico, al menos no se asume como tal. Por un lado su jefe, Hiparco, es la representación actual de Nerón, del déspota semiletrado, un dictador con ínfulas de poeta, que le cobra por ventanilla el no aplauso a sus ridículos experimentos poéticos. Durante todos los tiempos, así lo confirma la historia, aparecen a cada rato presuntos poetas del stablishment, que intentan redimir sus latrocinios y sus arbitrariedades contra la humanidad a costa de versos execrables y lamentables. De otro lado, cuando Amanda le pone a disposición su novela para que la lea como crítico, él renuncia a dicha condición y se autoexime de un pago por demás justo: “En Colombia hay cientos de críticos que estarían encantados de darle una opinión más acertada que la mía” . Le dice esto justo después de haber sido descubierto hojeando con devoción un libro de Balzac de la generosa biblioteca de la bella viuda, lo cual testimonia su excesiva modestia o su precaria autoestima en un orden que no reconoce ni legitima su rigor intelectual.
Y este singular Lazarillo del mundo moderno, que entra a la calle dispuesto a que las aventuras le salgan al paso, hunde toda su soledad y su precariedad en el cemento, en el congestionado escenario de la Bogotá céntrica – el barrio La Candelaria – aunque dicho nombre no se revele sino a partir de los recorridos que real o mentalmente emprende, sobre todo en las noches, cuando la ciudad cambia de rostro y deja ver su verdadera apariencia. Aquí, en este punto, el narrador principal parece ser desplazado para adoptar el papel de narrador testigo, un giro en el punto de vista, casi siempre una muda presencia que registra notarialmente el caos y la pesadilla de la Bogotá nocturna, como si estuviéramos en presencia del prototípico narrador del realismo decimonónico: “Bogotá no parecía de este mundo” , o “Bogotá era otra ciudad de noche. Fría, Espectral, miserable” . Como quiera que la novela adopta en ciertos pasajes procedimientos casi cinematográficos, con una cámara fija contemplando plano a plano la realidad, dichas descripciones citadinas nos recuerdan al Travis de Taxi Driver, la tragedia nocturna de Nueva York vista a través del ojo de Scorsese. Por supuesto que en esa sin salida de la novela, cuando la búsqueda parece haber terminado y llegado a feliz término en París, la pesadilla reaparece en toda su dimensión, la soledad, luego del acompañamiento transitorio, vuelve y arropa al atribulado andariego: “En medio del mundo fornicaban un hombre y una mujer, desconocidos, solitarios, perdidos en una ciudad de espanto” . Porque, pareciera sugerirnos la novela, las preguntas del hombre pensante del siglo XXI seguirán sin respuesta por mucho tiempo. Seguirá la soledad carcomiendo cualquier intento por alterar las leyes; seguirá el vacío como resultado necesario de la incomunicación y el individualismo a ultranza; seguirá la orfandad del auténtico creador en medio de seres adocenados y pedestres; seguirá la ausencia de un Dios que responde a los grandes problemas de la humanidad encogiéndose de hombros, silenciando ante el terror y la ignominia; seguirá, como afirmaba Theodor Adorno, planteándose el mismo interrogante: ¿cómo hacer poesía después de Auschwitz?
Pero, como indagación de una soledad que procura dolor a la vez que felicidad, de un vacío que curiosamente no se expresa mediante salidas como el suicidio vulgar de seres normales, la novela registra un amplio inventario de lecturas y acercamientos al arte que nos permiten aproximarnos, sino a una explicación total de la psicología de Alejandro, sí al menos a compartir algunas de sus ideas y sus motivaciones. Él contempla el sexo, pese a su reincidencia en el sueño y la fantasía erótica, desde un ángulo más bien estético, un asomarse a la piel y lo genital desde la mirada del creador, del que se recrea con la armonía de las formas, del cabello como cascada, de la turgencia de los senos o del sabor agridulce que descubre la lengua una vez se incrusta con deleite en la vagina. Casi siempre, después de un contacto sexual, así este se culmine o no, sobreviene una vacuidad inmediata, una sensación ineludible de tedio y un requerimiento urgente de buscar otro objeto amado: Amanda, Nadia, Paloma, Julieta, Ana Magdalena, Argénida, Dahara y hasta la propia Irlena, son constancias del vacío del personaje, salto abismal en que el sexo y la muerte se complementan y se rechazan, ansia desaforada de un asidero definitivo en el cual concluya la búsqueda, un esfuerzo finalmente inútil. Desfilan, por la cabeza de Alejandro, autores como Vallejo, Rimbaud, Huidobro y Pizarnik, nuncios de la soledad y la desesperanza, de la tormenta interior del hombre del siglo XX que no acierta a comprender suficientemente dónde han quedado la ilusión y la arcadia prometida. También, para complementar esta fijación de Alejandro, las referencias al cine son constantes, van desde Fellini hasta Jessica Lange, desde la Dietricht hasta Bogart.
En Cenizas en la ducha, esta muy bien contada novela de Milciades Arévalo, con una estructura y una técnica audaces, cercanas por instantes a los experimentos emprendidos desde lo posmoderno, del apetito canibalesco de la novela contemporánea, y con una prosa que roza por momentos el terreno de lo lírico, que deshace los linderos marcados desde la academia a la prosa despojada del impulso poético, el protagonista es un epítome de soledad y vacío, reflejo más que fiel y detallado de la desintegración de los ideales y del naufragio de las motivaciones esenciales en el mar de la muerte, de la ilusión perdida, del extraviarse sin esperanza alguna de reencontrase, siquiera consigo mismo, cuando ya todos hemos soslayado la posibilidad de contemplar a los otros: “No soy Irlena sino la mujer que soñaste para que tu soledad fuera menos triste” . Estas palabras, de quien más se aproxima a la imagen del amor verdadero para Alejandro, es la confirmación de la infinita desgracia del hombre que debe elaborar en los sueños, no ya en la realidad, el ideal tantas veces acariciado. Algo similar le ocurre al Eladio Linacero de El pozo, todo lo bello le ocurre en los sueños, porque la realidad, por su misma condición, sólo ofrece fealdad y desolación, ruina e inevitable muerte.

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Edición No. 132