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El encuentro de dos autores: Cervantes y García-Márquez

Las expresiones artísticas no han sido, jamás, un simple adorno de las sociedades. Son manifestaciones culturales mediante las cuales los artistas socializan sus emociones, sus sentimientos y sus pensamientos y ayudan a los demás a construir su identidad personal y colectiva.

El Himno a la alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven, el Guernica de Picasso, la Victoria de Samotracia, la arquitectura gótica de Nuestra Señora de París, los poemas de Rubén Darío, la obra de Marcel Proust, descargan en nosotros un caudal de emociones y conocimientos.
Música, pintura, escultura, arquitectura y literatura, expresan y comunican, mediante la materia prima que utilizan y modelan, la interrelación del artista con el mundo que lo circundó y la propuesta estética en la que se objetiva. El arte que nos ocupa, la literatura, abarca la Poesía, el Teatro, la Narrativa (novela y cuento).

He anunciado en el título, que voy a referirme a dos autores. Precisaré, entonces, que se trata de dos novelistas, de dos narradores.

El teórico ruso Mijail Bajtín, estudiado desde hace varios años con especial interés, hace remontar el origen de la novela, como género, a las primeras parodizaciones de los géneros serios con los que se iniciaron las literaturas universales.
En efecto, el diálogo socrático, la Sátira Menipea, El asno de oro y otras muchas obras de la Antigüedad griega y latina, y de la alta y baja Edad Media, conformaron la tradición de lo joco-serio, es decir, de la literatura satírica. Tradición que, en el Renacimiento italiano, francés y español, dio tres obras estelares: El Decamerón, Gargantúa y Pantagruel y El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, esta última conocida universalmente como El Quijote, a secas.
Tres cumbres que han desafiado el imaginario de sus contemporáneos y de los lectores de los siglos siguientes, y que han sido releídas con pasión e involucradas en otros universos literarios, en una fecunda red de intertextualidades y reescrituras.

Con admirable erudición, el teórico ruso ha desglosado las categorías estéticas del género cómico-serio, que él califica de heterogéneo, por la flexibilidad de su composición.
Una de estas categorías es la carnavalización de la literatura, es decir, la utilización de elementos que pertenecen a una manifestación de la cultura popular, llamada carnaval, y cuyo origen se remonta a la estratificación de los hombres en dos clases sociales muy diferenciadas: la alta y la baja.
A nivel estético-formal, en las obras de arte verbal, la carnavalización se evidencia en el uso de ciertos recursos o ingredientes recurrentes.
De manera genial, Cervantes hace cuatro siglos y García Márquez en el presente, los han utilizado como paradigmas estructurales de sus obras, es decir, como elemento constante de la arquitectónica de sus novelas.
Sobre esta similitud, está construida la presente disertación.

I

Para presentar este “encuentro de novelistas”, y de los dos mundos donde nacieron y crearon, he escogido estudiar tres ingredientes carnavalescos: las peripecias extravagantes, la parodia, y la hipérbole, en Cervantes y García Márquez.
Estas tres formas son ambivalentes, porque su peso cómico causa risa y porque debajo de cada una de ellas subyace una meditación profunda sobre el mundo, es decir, sobre la realidad histórica de los momentos o contextos de cada uno de los dos autores.
Como bien lo sabemos, El Quijote ha tenido muchos lectores: niños, ancianos, “discretos”, “simples” o “prudentes”, como lo anheló su muy ingenioso creador. Lectores de caracteres y cosmovisiones variados; de contextos geográficos e históricos muy diversos. Lo cierto es que, en estas múltiples recepciones del texto cervantino, ha mediado siempre una primera respuesta y ella es la risa.

Todos hemos reído, capítulo tras capítulo, al mirar un “mundo al revés”, carnavalizado, ambiguo y ambivalente. Esto nos ha divertido y nos ha sacado de la rutina cotidiana. Durante las horas de lectura “se hacen posibles los imposibles…”, como diría Don Quijote, cuando habla de Dulcinea… por ejemplo.
Sí, lo carnavalesco hace reír. Hoy y mañana y ayer. Aquí y allá. En todas las coordenadas temporales. En este nivel, hay una constante en la recepción del texto, porque lo carnavalesco es lo popular; va en contra de lo oficialmente establecido; distensiona el cuerpo y la mente.
Basta recordar algunas de las peripecias extravagantes que realiza Don Quijote, para ilustrar nuestro planteamiento.
Reímos cuando Don Quijote detiene en el camino a unos mercaderes desconocidos y los amenaza a quemarropa de pelear con ellos si no afirman que Dulcinea es la dama más hermosa del universo. Reímos cuando –era de prever- dichos mercaderes le contestan con golpes y lo dejan en el suelo, en una postura protoheroica, porque ellos no se iban a dejar ofender gratuitamente ni iban a afirmar algo que no era evidente.
Reímos cuando Don Quijote ataca, con terquedad y ahínco, los inanimados molinos de viento de la provincia de la Mancha, que a él le parecen gigantes enemigos, sordo a los gritos de Sancho quien le advierte repetidamente que ellos son “sólo” molinos.
Reímos cuando Don Quijote hiere e insulta unos odres llenos de vino, con la satisfacción victoriosa de haber matado a unos ladrones muy “follones”.
Reímos de las palabras de Don Quijote cuando quiere defender la estatua de la Virgen cargada en las andas de un “paso”, en procesión de rogativa, por la sequía que azota los cultivos en los campos, porque él cree que se trata de alguna dama secuestrada, que debe ser rescatada y puesta en libertad.
Estas y otras peripecias extravagantes son grotescas, caricaturescas, fáciles de escenificar y de representar, por la gran plasticidad del estilo cervantino, rico en acotaciones dignas del mejor hombre de teatro. Por eso mismo, han sido reescritas en películas, tiras cómicas, plagios televisados, guiones teatrales y otros géneros, para hacer reír.
Pero el “discreto” lector, en la acepción renacentista de “perfecto”, descubre las estructuras subyacentes, las que tejen el significado semántico y simbólico de toda la obra y le confieren, teleológicamente, su sentido verdadero.
Debajo de cada “aventura” grotesca y carnavalesca subyace otra aventura, sin comillas, y nada grotesca. Es la aventura de las ideas y de los conceptos que sostienen al hombre en el camino de la vida.
Sucesivamente, pues, en los episodios referidos, la fe, la justicia, la verdad, la vida, la institución de la Iglesia, están puestos en tela de juicio y cuestionados. Están fuertemente sacudidos, confrontados y discutidos.
Es que Cervantes escribió hace cuatro siglos, al finalizar el Renacimiento, período fecundo en ideas y teorías, y percibió hondamente la crisis de valores que sería planteada, en adelante, por el estilo barroco, retorcido, complicado, angustiado y desesperado, del siglo XVII.

Entonces, Cervantes teorizó. No directamente, sino indirecta y simbólicamente, sobre la decadencia de los valores, como lo son la vida, la libertad, la justicia, la tolerancia, la fe, la razón, la verdad, valores golpeados por los cambios sociales provocados por la emergencia de una clase social nueva, la burguesía, surgida del primer capitalismo europeo.
Mediante la artística fusión de lo serio y de lo cómico –toda estética es una ética– mostró que la verdad no es “una” sino múltiple. De su imaginación portentosa (“lo único superior a la ciencia es la imaginación”, dijo Einstein) salió una reflexión infinita sobre la condición humana, mediante “aventuras” que son desventuras, mediante la locura del hidalgo, mediante contrastes, parodias, y otras formas de la exageración, rasgo sobresaliente del genio. Hizo oscilar, así, lo monolítico de la historia y de la cultura de España e impugnó un sistema rígido y cerrado, en cada página de su novela humorística, barroca, de intención polémica y apologética, por supuesto.
Esta obra de arte verbal, de un autor cuya fecha de muerte -23 de Abril- ha pasado a ser el Día del Idioma para los países de idioma español, se puede cotejar con la de un colombiano que es un glorioso eslabón en la cadena discursiva de la literatura excelente. Este colombiano es Gabriel García Márquez.

II

Los Conquistadores trajeron un idioma que se enriqueció al contacto con las lenguas indígenas, habladas en los territorios ocupados por ellos.
En Colombia, ha crecido una literatura en lengua española, testimonio de maduración de la lengua y de las ideas.
La genialidad de García Márquez, al igual que la de Cervantes, se mueve dentro de la EXAGERACIÓN, término heredado del romanticismo, específicamente del poeta Víctor Hugo.
Los ingredientes formales de la carnavalización le permiten a este gran novelista indagar la realidad colombiana, escenario de una cultura triétnica.

De Cervantes, hemos interpretado el recurso cómico de las peripecias extravagantes. De García Márquez, interpretaremos los recursos cómicos de la hipérbole y de la parodia, con el fin de sustentar la función cognoscitiva y concientizadora de la gran literatura y de reforzar la comparación que establecemos entre los dos novelistas.

La hipérbole es la realidad magnificada, con intención de burla. La parodización es el manejo de la palabra doble, en la que oímos, al mismo tiempo, dos discursos: uno serio, perteneciente a la cultura oficial y otro, lingüísticamente subversivo de las normas de etiqueta, que pertenece al pueblo. Hipérboles y parodizaciones garciamarquianas hacen reír a carcajadas y percibimos en ellas, si las estudiamos a fondo, la fuerte sátira que aflora en la ambivalencia de la risa.

En el AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA, el relato de la noche de bodas del aristocrático médico Juvenal Urbino y de Fermina Daza, mujer de clase popular, en el trasatlántico que los llevaba a Europa, es la parodización, no del amor ni de la luna de miel, sino de la novela rosa, género alienante que el autor ataca despiadadamente.
“fue en la primera noche de buena mar, ya en la cama pero todavía vestidos, cuando él inició las primeras caricias, y lo hizo con tanto cuidado que a ella le pareció natural la sugerencia de que se pusiera la camisa de dormir. Fue a cambiarse en el baño, pero antes apagó las luces del camarote; y cuando salió con el camisón, embutió trapos por las rendijas de la puerta, para volver a la cama en la oscuridad absoluta. Mientras lo hacía, dijo de buen humor: Qué quieres, doctor, es la primera vez que duermo con un desconocido.
El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes en el mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de que él se había desnudado por completo, mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio, mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo”.
Éste es, tan sólo, un fragmento de la nada dulzarrona ni idealizada descripción de la luna de miel, de una pareja colombiana de principios de siglo, tiempo en el que se sitúa la anécdota de la novela.
En esta obra, también, otro personaje, Florentino Ariza, novio eterno de la ya casada Fermina y lector infatigable de mala literatura, trabaja durante años como escribiente en un puesto del Estado. En un chorro de hipérboles, se desliza la alusión al estilo cursi de Florentino y al mal gusto, tan generalizado: “hacía llorar hasta las lápidas de los cementerios… escribía cualquier cosa con tanta pasión, que hasta los documentos oficiales parecían de amor. Los manifiestos de embarque salían rimados, por mucho que se esforzará en evitarlo, y las cartas comerciales de rutina tenían un aliento lírico que les restaba autoridad. El tío en persona (León XII) se apareció un día en la oficina con un paquete de correspondencia que no había tenido el valor de firmar como suya, y le dio la última oportunidad de salvar el alma. Si no eres capaz de escribir una carta comercial te vas a recoger basura del muelle, le dijo”.
García Márquez, al igual que Cervantes, fustiga a los poetas menores que se rebajan al nivel del lector inculto, en vez de educar el gusto de los ciudadanos, y prefieren la popularidad a la calidad.
En El general en su laberinto, el autor expresa su bolivarismo y su antisantanderismo con imágenes grotescas: “Una vez, en Guayaquil, contó (Bolívar) que lo había soñado (a Santander) con un libro abierto sobre la panza redonda, pero en vez de leerlo le arrancaba las páginas y se las comía una por una, deleitándose en masticarlas con un ruido de cabra. Otra vez, en Cúcuta, soñó que lo había visto cubierto por completo de cucarachas. Otra vez (…) soñó que el general Santander, mientras almorzaba a solas con él, se había sacado las bolas de los ojos que le estorbaban para comer, y las había puesto sobre la mesa”.
Esta última hipérbole expresa grotescamente la ceguera de Santander y de su grupo en los asuntos políticos.
Y, para satisfacer totalmente a los enemigos de la figura histórica de Francisco de Paula Santander, añade el autor en otro episodio:
“Esta vez Manuela necesitó de más tiempo para que (Bolívar) le permitiera seguirlo, pero cuando por fin lo hizo fue una mudanza de gitanos, con los baúles errantes en una docena de mulas, sus esclavas inmortales, y once gatos, seis perros, tres micos educados en el arte de las obscenidades palaciegas, un uso amaestrado para ensartar agujas, y nueve jaulas de loros y guacamayas que despotricaban contra Santander en tres idiomas”.
De otra índole, a veces peyorativa, a veces amenazante, la burla nos trae hipérboles inesperadas, en esta misma obra. “(…) aquí hace tanto calor que las gallinas ponen los huevos fritos”. O “los peces tendrán que aprender a caminar sobre la tierra porque las aguas se acabarán”.
García Márquez reivindica la risa como expresión libre de una conciencia artística e histórica, buscadora de la verdad, con la conciencia que el pueblo tiene de ella. Noveliza con brillantez narrativa la grandeza y, también los grandes padecimientos del glorioso general Simón José Antonio de la Trinidad Bolívar y Palacios.
Evidentemente se propone denunciar todos los males humanos, sus causas y sus consecuencias. Y lo hace en el tono del habla popular, deseoso de que las generaciones venideras recobren la memoria histórica. Su crítica al colonialismo cultural es aguda y recurrente.

En Crónica de una muerte anunciada, Santiago Nasar es un, entre comillas, conquistador, un cazador de amores. El autor hiperboliza grotescamente su virilidad, en esta cita:
“Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor (…) pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero”.

En Cien años de soledad, lo solemne y lo oficial de la clase aristocrática a la que pertenece Fernanda del Carpio, esposa de Aureliano Segundo Buendía rechazada por la familia, está desmitificado en la evocación burlesca de las maneras refinadas que Fernanda quiso implantar en su hogar: “A pesar de la visible hostilidad de la familia, Fernanda no renunció a la voluntad de imponer los hábitos de sus mayores. Terminó con la costumbre de comer en la cocina y cuando cada quien tenía hambre, e impuso la obligación de hacerlo a horas exactas en la mesa grande del comedor, arreglada con manteles de lino y con los candelabros y el servicio de plata. La solemnidad de un acto, que Úrsula había considerado siempre como el más sencillo de la vida cotidiana, creó un ambiente de estiramiento contra el cual se rebeló primero que nadie el callado José Arcadio Segundo. Pero la costumbre se impuso, así como la de rezar el rosario antes de la cena, y llamó tanto la atención de los vecinos, que muy pronto circuló el rumor de que los Buendía no se sentaban a la mesa como los demás mortales, sino que habían convertido el acto de comer en una misa mayor”.

El refinamiento del lenguaje aristocrático de Fernanda -recordemos que Cien años de soledad es la confrontación de dos momentos de la historia: la Colonia y la República– está desacralizado en la escena en la que el narrador le hace proferir una cantaleta, muy del lenguaje actual de todo pleito matrimonial. Dice así, en estilo indirecto: “… era Fernanda que se paseaba por toda la casa doliéndose de que la hubieran educado como una reina para terminar de sirviente en una casa de locos (…) que ella había aguantado todo con resignación por las intenciones del Santo Padre, (…) pero no había podido soportar más, cuando el malvado de José Arcadio Segundo dijo que la perdición de la familia había sido abrirle las puertas a una cachaca, imagínese, una cachaca mandona, válgame Dios, una chachaca hija de la mala saliva, de la misma índole de los cachacos que mandó el gobierno a matar trabajadores, dígame usted, (…) ella que tenía derecho a firmar con once apellidos peninsulares (…), para que luego el marido dijera muerto de risa que tantas cucharas y tenedores, y tantos cuchillos y cucharitas (en la mesa) no era cosa de cristianos sino de ciempiés”.
Un día entero dura el torrente incontenible de la rabia de Fernanda del Carpio, ahijada del Duque de alba, “hija única y bienamada de doña Renata Argote y don Fernando del Carpio”.
En realidad, el leit-motiv garciamarquiano es el de la explotación a la que ha estado sometida América Latina, desde los tiempos de la Colonia hasta la actualidad y en todos los dominios. Por eso, lo vimos, su sátira es política, religiosa, económica, social y cultural, contra todo lo que penetró en el Continente y se impuso en lo terrígeno. Muchos ejemplos más pueden ilustrar este planteamiento reiterado en su prolífica producción. Pero uno, en particular, tiene una pasmosa actualidad.
Es la parodización del Diario de Colón, documento oficial, en la que el genial aracateño le presta a los indígenas “descubiertos” unas reflexiones burlonas, con las que los ubica en condición de igualdad con los hombres que llegaron del Viejo Mundo. Esta parodización se encuentra en El otoño del patriarca.
Por su extensa vida, al Patriarca ha presenciado muchos acontecimientos. Aquí, él recuerda la llegada de Colón y el relato de uno de sus hombres, quien hablando en un plural colectivo, expresó el sentir autóctono:
“(….) y contemplando las islas evocó otra vez y vivió de nuevo el histórico viernes de octubre en que salió de su cuarto al amanecer y se encontró con que todo el mundo en la casa presidencial tenía puesto un bonete colorado, que las concubinas nuevas barrían los salones y cambiaban el agua de las jaulas con bonetes colorados, que los ordeñadores en los establos, los centinelas en sus puestos, los paralíticos en las escaleras y los leprosos en los rosales se paseaban con bonetes colorados de domingo de carnaval, de modo que se dio a averiguar qué había ocurrido (…) y por fin encontró quien le contara la verdad, mi general, habían llegado unos forasteros que parloteaban papagayos a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando en torno a sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad que bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, y los cabellos gruesos y casi como seda de caballos, y habiendo visto que estábamos pintados para no despellejarnos con el sol, se alborotaron como cotorras mojadas gritando que mirad que ellos se pintan de prieto y ellos son de la color de los canarios, ni blancos ni negros, y dellos de lo que haya, y nosotros no entendíamos por qué carajo nos hacían tanta burla mi general si estábamos tan naturales como nuestras madres nos parieron y en cambio ellos estaban vestidos como la sota de bastos a pesar del calor (…) y tienen el pelo arreglado como mujeres aunque todo son hombres, que de ellas no vimos ningunas, y gritaban que no entendíamos lengua de cristianos cuando eran ellos los que no entendían lo que gritábamos, y después vinieron hacia nosotros (…) y nos cambiaban todo lo que teníamos por estos bonetes colorados y estas sartas de pepitas de vidrio que nos colgábamos en el pescuezo por hacerles gracia (…) y, como vimos que eran buenos servidores y de buen ingenio, nos los fuimos llevando hacia la playa sin que se dieran cuenta, pero la vaina fue que entre el cámbieme esto por aquello, y le cambio esto por esto otro, se formó un cambalache de la puta madre (..) y hasta querían cambiar a uno de nosotros por un jubón de terciopelo para mostrarnos en las Europas, imagínese mi general, que despelote, pero él estaba tan confundido que no acertó a comprender si aquel asunto de lunáticos era de la incumbencia de su gobierno, de modo que volvió al dormitorio, abrió la ventana del mar por si acaso lograba descubrir una luz nueva para entender el embrollo que le habían contado, y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habían abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, las tres carabelas”.
En esta suculenta página que mezcla el español antiguo con el actual, el autor nos deja, entre risa y chanza, una gran pregunta por resolver: ¿Quién descubrió a quién?
Cuando reímos, el cerebro descarga sustancias euforizantes; y si el humor que recibimos es humor con talento, reímos y aprendemos.
Claro que añadiría el Patriarca “…no se vive, carajo, se sobrevive, se aprende demasiado tarde que las vidas más dilatadas y útiles no alcanzan para nada más que para aprender a vivir”.

El novelista español y el novelista colombiano se han encontrado. El punto de encuentro ha sido el debate dialéctico que ambos han entablado, en sus obras, con la conciencia de sus contemporáneos, a través de la risa liberadora, de la risa cuestionadora.

De esta manera, ambos han conquistado la “gran temporalidad”, hermosa expresión de Bajtín, en su libro Estética de la creación verbal, para nombrar el tiempo sin tiempo de los grandes artistas que trascienden las etnias, las mentalidades y las ideologías, eternizándose en su desvelo por mejorar la “condición humana”.

 

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Edición No. 129/130