Recuerdo de Eliseo Diego
En el memorable Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México, celebrado en 1987, conocí a Eliseo Diego. Suele ocurrirnos que después de intimar con la obra de un autor, como había sido mi caso con la poesía y la prosa de Diego, la relación con sus escritos se nos vuelve familiar, sin bien nos intriga lo qué podría añadir a ello el conocimiento personal del poeta. Nunca he viajado a Cuba, no llegué a ir ni siquiera en los años en que su revolución congregaba la esperanzada simpatía del continente, de modo que no había tenido ocasión de conocer al poeta. Aquella vez en México, junto con el reencuentro de otros poetas por mí tan admirados, como Enrique Molina y Álvaro Mutis, pude conocer a Eliseo Diego y a su esposa Bella. Vestía el poeta una chaqueta oscura de botones cruzados, con una barba de no muchos días.
Me impresionaron sus serenos ademanes, la cálida proximidad de su voz y su trato que, sin embargo, mantenían un aire de calma y ceremonia doméstica, todo ello muy alejado de cualquier afectación. Parecía provenir de un tiempo muy antiguo, con esa demorada naturalidad propia de un lord, pero no de un lord a quien la afortunada herencia le hubiese regalado su título, sino un lord como aquel que el poeta portugués Mario de Sá-Carneiro recrea en su conocido poema de título homónimo: “El lord que fui en las Escocias de otra vida…” Al fin y al cabo, como recuerda Frazer en su célebre obra “La rama dorada”, “toda nobleza tiene origen mágico”. De buen grado me gustaría agregar que no sólo toda nobleza, sino también toda belleza y toda poesía; quien niegue esta verdad no ha conocido al gran Toht, el dios egipcio del lenguaje y la escritura.
Recuerdo que el hermoso hotel que nos cobijaba tenía una escalera de balaustradas de mármol y muchos rellanos. A veces, al despedirnos por la noche, bajábamos de la terraza los cuatro, su esposa y la mía, él y yo, a la planta baja a tomar el ascensor. En cada nuevo rellano, tras la pausa, había un leve gesto de despedida hasta el próximo rellano. Entre los libros que entonces me obsequió, figura el ejemplar de una hermosa edición de “Veintiséis poemas recientes”, publicado en México por las Ediciones El equilibrista, con esta dedicatoria: “A Eugenio Montejo, partidario de la Belleza y el Bien, que son uno, alegrándome de llamarme amigo suyo y de su esposa, con el cariño de Eliseo Diego”.
Años después, cuando me hallaba de viaje por España, solía mencionar su nombre entre amigos poetas, que con frecuencia se extrañaban de no saber a quién me refería. “?Conocemos a Gerardo Diego, pero no hemos oído hablar de Eliseo”, solían replicarme. No faltó la vez en que, para aguzar la curiosidad, zanjaba el asunto con este comentario: “?se trata de un poeta más actual y más fuerte”. En verdad, no me gusta comparar, y mucho menos a la ligera, la obra de un poeta con la de otro. Si lo hacía entonces era para llamar la atención sobre un nombre injustamente desconocido en España, en la España de principios de los noventa. Vino después el justiciero Premio Juan Rulfo, y de su nombre llegaron a saber todos los poetas y literatos españoles. Vinieron también las ediciones de sus obras. Recuerdo la revelación que produjo, entre los avezados cultores del estilo, el tono de la prosa de Diego, sobre todo el de las notas que acompañan a sus traducciones reproducidas en “Conversación con los difuntos”. Ahora, cuando veía los ejemplares de sus libros tan recomendados en los escaparates de las librerías, sentía nostalgia por el tiempo en que el primer poeta de Cuba en el siglo XX apenas era conocido por un puñado de lectores secretos.
Hace poco, para celebrar el número 500 de la colección de poesía de la prestigiosa Editorial Visor, los editores convinieron en solicitar a centena y media de escritores y lectores que seleccionaran un poema que les mereciera alguna significación especial, y que tratasen de razonar su selección mediante un breve comentario. Por mi parte, cuando recibí el amable encargo, seleccioné un poema de Eliseo, Testamento, y le adjunté a modo de pequeña glosa el texto que ahora reproduzco en homenaje a la memoria de nuestro entrañable Lord del Caribe.
* * *
Testamento es uno de los poemas más memorables del poeta cubano Eliseo Diego. Por la acertada entonación con que consigue transmitir su motivo, y sobre todo por la pericia que manifiesta su hechura, creo que bien puede acreditarse la suerte de una perdurable relectura, que es a fin de cuentas el deseable destino de las páginas aquí reproducidas y en general de todo escrito. Es probable que al seleccionarlo ahora obre en mi ánimo el influjo sentimental de la memoria, pues antes de haberlo leído se lo escuché decir a su autor en una lectura pública del Festival de Poesía de la Ciudad de México, que tuvo lugar en agosto de 1987. Es verdad que también leyó entonces varios otros poemas suyos, pero fue Testamento el escogido por su autor para poner fin a su lectura. Y el que más me impresionó de cuantos entonces le oyera.
Diego era, entre otras cosas, un minucioso miniaturista, inclinado a demorarse en la combinación y ajuste de los tonos hasta dar con la nota que tenazmente procuraba. En una de sus páginas confiesa que la traducción de un breve poema de quince versos, debido a Walter de la Mare, le costó nada menos que diez años. Y añade: “No fueron para mí en vano, esos diez años. Mucho aprendí de semejante maestro”. Esa elegante demora es la que con frecuencia le proporciona a su palabra cierta atmósfera atemporal, que mucho depende en su caso del esmero puesto en cada detalle.
En Testamento se percibe un fraseo más bien sobrio, como dicho al desgaire, que encuentra apoyo en la meditada estructura del poema. El ritmo y la medida de los versos lucen, por momentos, adrede desajustados. Es evidente la reiteración del gerundio y la predilección por el uso de preposiciones y conjunciones en las sílabas finales de los versos, las que van creando algunas notas de suspenso, además de acentuar cierto dejo vacilante en el decir testamentario. El poeta parece insinuarnos que quien se encuentra en el trance de “las cortesías de la despedida última”, como él mismo escribiera en otra ocasión, no suele recurrir a un tono demasiado enfático ni pomposo, más bien se vale de una voz franca y desilusionada.
El poema consta de tres tercetos iniciales, cada uno de los cuales es seguido por un verso suelto que hace las veces de un estribillo para ser dicho a contra tono. A renglón seguido se encuentran tres tercetos más, esta vez independientes, que precipitan la aceleración del tono y preparan el efecto del último verso. En la escritura del terceto final no debe sorprendernos que un monosílabo ocupe el lugar del verso del medio, puesto que el mismo autor, en un comentario sobre su poesía escrito varios años antes que este poema, había subrayado “la importancia de la disposición de los versos en la página, ya que los espacios en blanco significan tanto para mí como las propias palabras”. En fin, el último verso, que es apenas un heptasílabo, favorecido por la precedente combinación de tonalidades, parece durar mucho más que sus siete sílabas reales. Y tal vez así sea, pues la conseguida plasticidad prolonga la duración de la palabra tiempo, como si en este caso de sílabas especialmente largas se tratase. El lector, investido por el poema como legítimo heredero, no tarda en advertir que lo que en definitiva recibe como legado es todo el porvenir que le sea dado vivir y aprovechar, una manera cortés, muy del talante de Eliseo Diego, de regalarle a cada quien la porción de eternidad que pueda hacer suya.
Con estas líneas no pretendo fijar una vía única para la lectura del poema. A lo sumo, trato ahora de evocar el instante en que por primera vez y de labios del poeta escuché sus versos, los mismos que incontables veces he releído más tarde. El sentimiento del tiempo, que se halla en relación con la angustia de nuestra brevedad humana, corre a lo largo de estos versos como desde antiguo por varios otros poemas. En Testamento, sin embargo, Eliseo Diego consiguió apresar, a mi ver, una irrepetible manera de manifestarlo y de asombrarnos, que es como decir un modo inédito de referir la infinita vastedad de las horas que rodean nuestros cortos días en la tierra.
Testamento
Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;
habiendo llegado a este tiempo;
y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;
habiendo llegado a este tiempo;
y perdida ya toda esperanza de
algún merecido descanso, de
ver el manar sereno de la sombra;
y no poseyendo más que este tiempo;
no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;
no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;
decido hacer mi testamento.
Es
éste: les dejo
el tiempo, todo el tiempo.
Eliseo Diego