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Grietas y abismos en tres novelas y un libro de cuentsos colombianos

Tenía ya un cierto tiempo desempeñándome como lector infrecuente de novelas y cuentos, cuando me aconteció, en mayo pasado y gracias a la X Feria Internacional del Libro de Caracas, el encuentro con un grupo de nuevos narradores colombianos. Fue entonces cuando me hice de algunas de las obras que los diligentes representantes venezolanos de sus casas editoriales pusieron al alcance del público que acudió a escuchar a estos autores acerca de sus experiencias y expectativas como tales.

Recuento

Por esos días, estaba cerca de emprender el viaje de dos meses a Colombia que con mi esposa habíamos ensoñado y programado; pero llegué a tener tiempo para leer las novelas Tamerlán de Enrique Serrano y Érase una vez el amor pero tuve que matarlo de Efraim Medina Reyes, y comenzar La historia de Horacio, de Tomás González. Prosigo haciéndoles saber que el año anterior había incorporado a mi lista de narradores colombianos leídos, a Fernando Vallejo con la novela El desbarrancadero y Almas en pena, chapolas negras, la nueva edición de su biografía detectivesca de José Asunción Silva; a Jaime Echeverri con los mini-relatos de Versiones y perversiones y la novela Reina de picas, y a Orlando Mejía Rivera con la novela Pensamientos de guerra. Así como también, que durante junio y agosto pasados, es decir, en los días de la inolvidable permanencia en Medellín, Bogotá, Manizales y nuevamente Bogotá, terminé de leer La historia de Horacio y leí la novela Primero estaba el mar del mismo Tomás González, la (anti)novela Los cuadernos de N y los cuentos Oniromanía del también poeta Nicolás Suescún, la novela Después de todo de la también poeta Piedad Bonnett, El mensajero, la biografía novelada de Porfirio Barba Jacob por Fernando Vallejo, la novela Rosario Tijeras de Jorge Franco Ramos y la novela El álbum de Mónica Pont, más los cuentos De música ligera, de Octavio Escobar Giraldo. Aunque en realidad, mi primer contacto con la generación colombiana de narradores inmediatamente posterior a Fernando Vallejo fue cuando, años antes, Maruja Dagnino, quien acababa de traerlo de Bogotá, me dio a leer el Tratado de culinaria para mujeres tristes, de Héctor Abad Faciolince.

Hasta aquí sólo he puesto en exhibición la materia prima de las observaciones que hoy he venido a proponerles; y el hecho es que otro de los impulsos decisivos de mi actual interés por esta veta de la literatura colombiana, proviene también de una experiencia de lectura. Les cuento.

Uno de los primeros libros que mis ojos escogieron al abrirse la sala de exposición y venta del XIII Festival Internacional de Poesía de Medellín, fue precisamente La generación mutante. Nuevos narradores colombianos cuyo autor, Orlando Mejía Rivera, como acabo de decirles, ya había ingresado en mi lista de esos autores que desde el primer contacto nos llaman a conocerlos mejor. Fue Valentina Marulanda, mi esposa, hoy también aquí entre nosotros, quien puso en mis manos la novela Pensamientos de guerra y en mis oídos las palabras que me animaron a leerla. Así lo hice y, por supuesto, ella tenía razón. Desde el comienzo este libro atrajo toda mi atención, y no solamente la sostuvo sino que la gratificó capítulo a capítulo con su franqueza de estilo y su intensidad e inteligencia netamente novelescas. Por otra parte, la enorme amplitud de las plurales dedicaciones intelectuales de Mejía Rivera, que en otros casos me hubiera podido resultar más bien impertinente, en el suyo afianzó lo que de este libro más me sigue interesando: la convincente alianza entre narración y reflexión que en él se patentiza. De manera que no me costó mucho conciliar su experiencia narrativa con su bibliografía acerca del destino cultural de la muerte, el humanismo, la enfermedad, la ética, la ciber-civilización, la historia de la medicina, y la poesía. ¿Qué otra cosa se podía esperar de un escritor formado inicialmente como médico, y desde muy joven profesor de filosofía y de literatura en la Universidad de Caldas, Manizales? Pues bien, y aunque sus lectores todavía no lo supiésemos, se podía esperar la sorpresa de un nuevo libro dedicado, precisamente, a los narradores colombianos de su generación.

Cabeza, tronco y extremidades

Héme aquí, pues, frente a unos escritores cuyas obras apenas he empezado a conocer y desde el principio estimo por su inscripción en el cuerpo virtual de una materia prima simbólica francamente distanciada de la de sus predecesores; héme aquí al lado de La generación mutante, libro que empieza a conferirles a tales obras y autores una fisonomía crítica y testimonial cónsona con sus designios y sus logros; y héme aquí en el momento de mi vida en que un viaje a Colombia, bastante más largo y abierto a los demás y lo demás que mis visitas anteriores, continua valiendo para mí como uno de tres acontecimientos recientes que estimo fundadores del futuro.

La generación mutante, en efecto, es un libro de aportes múltiples. En la introducción y los dos primeros capítulos, se podría decir: en su cabeza, la reflexión se inscribe en la triple perspectiva de la literatura universal, la literatura colombiana y la generación de escritores de que trata; y el tercer capítulo, diríamos: el tronco y las extremidades, lo forman un ensayo sobre cada uno de los autores considerados (que son Juan Diego Mejía, Julio César Londoño, Rigoberto Gil Montoya, Santiago Gamboa, Octavio Escobar Giraldo, Philip Potdevin, Héctor Abad Faciolince y Jorge Franco Ramos) y las conversaciones de cada uno de ellos con el autor. Además, en el cuerpo entero de este libro me parece que debo destacar por lo menos los siguientes dos rasgos de su enfoque. El primero, que Mejía Rivera parte de la subdivisión de la literatura universal contemporánea en cuatro campos de efectuación y calidad, que son, en un sentido, los dos extremos consagrados por la voluntad de creación o por la obediencia al mercado, y en el otro, las obras de calidad que llegan a conseguir el favor del mercado y aquellas que, aunque regidas por las expectativas del consumo, alcanzan sin embargo una calidad estética suficiente como para separarlas del torrente desechable.

El otro rasgo a destacar es que para Mejía Rivera los integrantes de la generación mutante representan “una estética de ruptura con respecto a la narrativa colombiana tradicional y deben ser estudiados no con el canon vigente, sino con un distinto canon crítico que asimile los elementos culturales de su literatura.” Elementos entre los cuales es notable la actitud que a estos escritores les permitió encontrar, dice, “otra memoria del ‘agua de tilo y la magdalena’ diferente a la memoria de Gabo y no porque no lo hayan leído o lo rechacen, sino debido a que el universo de Macondo ha sido asimilado como otro gran cosmos de la literatura universal…” Agrego por mi lado que cuando Mejía Rivera habla de esta generación, no se refiere solamente a los ocho autores presentes en su libro: considera y menciona como sus integrantes a otros diecisiete narradores.

Grietas y abismos

Ahora permítanme ponerlos más o menos al tanto de lo que tienen que ver con esta intervención las grietas y los abismos proclamados en su título.

Mi apelación a estas palabras se desprende de una doble afluencia, de una venturosa confluencia que no hace mucho tuvo lugar en mí. El afluente al que desde hace mucho he tratado de ofrecerle hospedaje, se relaciona íntimamente con la cuestión del vínculo entre texto y mundo, ese tema tan llevado y traído que a uno casi le da vergüenza ocuparse de él en público. Para ir de una vez al grano y no distraer la atención de ustedes en este punto más bien informativo, me limito a decirles que la pregunta por la relación entre texto y mundo me parece, en primer lugar, que no puede plantearse como si esta relación dependiera de trasladar un referente supuestamente objetivo, o sea, que se encuentra por ahí ocupando su debido lugar en el tiempo, el espacio y los afanes de la gente, a una escritura que lo espera, como las cónyuges de otros tiempos, dispuesta a complacerlo en todo. Y que si el cometido de relacionar estéticamente el mundo y el texto no se puede resolver así, es simple y llanamente porque ni el mundo es un depósito de cosas que se puedan manipular con tanta arbitrariedad, ni la escritura estética permite que se la degrade a funcionar como una especie de recipiente sin forma, de red mal tejida que deja escapar los peces.
Al contrario, la relación entre texto y mundo hay que pensarla como una convergencia nada mecánica ni perezosa, sino que requiere ser suscitada y sostenida por las energías más acordes con la vivacidad del vivir. No importa cual sea la tonalidad en cada caso adoptada por la fecundidad vital de estas energías, quiero decir, si la aflicción o la euforia, la serenidad o la vacilación, el drama o la tragedia, el amor o la muerte. Cualquiera sea el temple asumido, la obra literaria no alcanza su condición realizadora de humanidad sino como cúlmine del impulso hacia el hallazgo, hacia el logro incalculable, hacia la creación como una posibilidad y una experiencia tan humana como todas las demás, pero distinta por su capacidad de iluminar a todas ellas.

De manera que es más o menos contra este fondo de incitaciones, como he venido acogiendo las resonancias de mis todavía escasas lecturas de la nueva narrativa de Colombia. La consonancia entre ellas y los incentivos del pensamiento que acabo de referir, ha resultado ser tan sugestiva para mí como los vínculos que encuentro entre las novelas y cuentos que hasta ahora he leído. Me refiero a las distintas encarnaciones de la relación entre lenguaje narrativo y lenguaje de la vida narrada que se hace patente en cada una de estas obras; y también, a la firme decisión que en ellas percibo de alcanzar una suficiencia artística bien definida frente a las opciones ya cumplidas en la narrativa colombiana.

Al mismo tiempo, en el conjunto de las obras consideradas percibo también una especie de morfología del vivir colombiano. La historia de Horacio, de Tomás Gonzáles, es la que nos lleva más lejos hacia atrás, hacia el pasado no solamente del tiempo sino de la vida vivida gracias o a pesar de los tiempos. El pequeño universo de sus personificaciones y escenificaciones, a mitad de camino entre el vivir del campo urbanizado y el de la pequeña ciudad ruralizada, marca en este sentido una especie de término medio antropológico entre el presente del calendario y sus pasados más remotos. Es sólo este presente, por lo demás, el que aparece en Pensamientos de guerra, Rosario tijeras y De música ligera. Un presente que se exhibe aflictivo y convulso en las dos novelas mencionadas en primer lugar, y dramáticamente festivo en el libro de cuentos.
Ahora bien, si La historia de Horacio es virtualmente el término medio entre las más antiguas vidas escritas en Colombia por la narrativa anterior y las tres obras a que acabo de referirme, al cambiar de óptica para fijarnos en el ámbito ahora delineado por el conjunto de los cuatro libros, la novela de Tomás Gonzáles pasa a ser uno de los dos extremos del nuevo diagrama temporal. El punto medio de la escala lo marca De música ligera, libro de cuentos de Octavio Escobar Giraldo que ritualiza, con verbo circunscrito y sereno temperamento textual, la sentimentalidad desencadenada por la música que la radio y el disco popularizan en una generación cuya entrada en la primera juventud ha debido tener lugar hace poco más de veinticinco años. Y en otro extremo, el que encarnan Pensamientos de Guerra y Rosario tijeras, el presente histórico narrado viene a ser la aniquilación y el retorno a la vida de un profesor de filosofía y de un ilustre filósofo; y la desenfrenada entrega a esa simbiosis de carencias, autoafirmación y violencia para la cual y de la cual vive y muere la transitoriedad del ser sicario. Véamoslo más detenidamente.

La historia de Horacio es una novela alejada con prestancia de los más frecuentes y acérrimos causales del fracaso literario. En el tenso transcurrir de su escritura, y en el modo como los acontecimientos de la historia narrada se diversifican, suceden y entrecruzan, se comprueba el designio de novelar un pequeño mundo estrictamente caracterizado en el tiempo, el lugar, los caracteres y las condiciones del vivir. La aptitud para novelar de Tomás Gonzáles transcurre aquí como una celebración del vínculo entrañable entre una muy singularizada vocación estilística con el microcosmos escogido para hacerlo propio, desde una actitud estética que valida entrañablemente el sentir y el habla, la relación entre sentir y decir en que este microcosmos se sustenta.

Pensamientos de guerra, de Orlando Mejía Rivera, se afianza en la escogencia de fabular trágicamente el pensamiento, de convertir en materia narrativa la compenetración del vivir y el pensar como último reducto de la vida. Sus personajes nucleares son dos individuos, o una individualidad simbólica que se desdobla; en todo caso, una encarnación sui generis de ese experimento irrepetible de la naturaleza que es cada vida humana según Hermann Hesse. Aunque quizás la entidad protagónica sea más bien la conciencia de la individualidad: esa reciente hechura humana que la modernidad hizo posible y al mismo tiempo acosa con toda clase de tentaciones y amenazas.

En los hechos se trata de un profesor de filosofía en la universidad colombiana arrancado de su vida por la vía del secuestro, y de un filósofo austriaco absorbido en la tormenta de la primera guerra mundial. Cuando todo comienza, ya la primera hecatombe se ha puesto en marcha; y cuando todo termina, tan sólo continua vibrando como un parpadeo el último aliento de una persona despojada de su ser y cuya energía pensante, su único y último recurso, le hace compañía hasta el final sobreviviéndolo por un instante. Entre una y otra instancia, la tragedia se desdobla al transferir la experiencia del prisionero a la experiencia del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, quien al efecto es invocado como soldado, pensador desestabilizado por los desastres de la guerra y persona interferida en su vida amorosa por la devastación de unos valores hasta entonces tenidos por inalterables y universales. Por último, esta duplicación del proceso destructor de la vida se engarza tácitamente con la polarización, que al trasluz de la novela se dibuja, entre dos configuraciones de la equivalencia que generalmente establecemos entre humanidad e historia. En esta especie de gran imagen suprema y virtual, se vislumbra un nosotros sustentado por una relación con el pensamiento que apenas si alcanza para dar forma al último aliento en la disputa con la muerte; y a la vez se percibe un individuo tan europeo como filosófico, al final gratificado por la capacidad de pensar, salvado de la guerra por la aptitud para aprender de su horror, y listo ya para seguir pensando cada vez mejor.
Rosario tijeras, de Jorge Franco Ramos, nos traslada al vivir de una humanidad para la cual vivir es arrasar vidas en defensa propia, o sea, respondiendo con las vidas entrecruzadas de víctimas y victimarios a la capacidad de destrucción propia de un mundo labrado por el desafuero y la crueldad. De modo que el lenguaje novelado, el modo de decir de la escritura, se ciñe a los caracteres y las instancias del acontecer a través de una verbalidad ajena a la pura contemplación. Al contrario, se nos pide leer al ritmo casi autosuficiente de su devenir, apegándonos estrictamente a un relato que se mueve al compás de la marcha febril de sus acontecimientos.

Al mismo tiempo, percibo que la experiencia del idioma que contribuye a formar la textualidad sucinta y veloz de esta novela, sería inconcebible sin la apertura afectiva y la afinidad estética con lo narrado que en ella se trasluce. Su concepción como tal, y no solamente su escritura, responde a un impulso que no se queda en pura intención, ni se agota en su esquema, ni se acoge a cláusula alguna de facilidad, ni dispone de doctrina con la cual disimular cualquier salida por esta tangente. Lo suyo es la conmemoración doliente del amor enardecido a la vez que frustrado por el peligro y la consumación repetida de la muerte infligida.
Así pues, Rosario tijeras marca uno de los extremos entre los que se va escribiendo la vida, y no solamente en Colombia o en cualquier otro de los países latinoamericanos, sino dondequiera que sus desafíos sean proporcionalmente respondidos por la imaginación fabuladora. En uno de los más acogedores estratos de la normalidad que a esta vida también caracteriza, bulle el mundo y proliferan los personajes que Octavio Escobar Giraldo acogió en De música ligera, el único libro de cuentos entre las lecturas a que me refiero. Su escritura es la más llana de las cuatro; el decir que la caracteriza en sus once piezas, luce una inmutable unidad de tono y de textura cuya razón de ser pareciera encontrarse en el deseo de no interferir el sonido protagonista, de no entrar en confrontación con él, de mantenerse apartada de la refriega musical en aras de la mejor escucha de los sones que sus protagonistas han escogido como sumos maestros de sus cuerpos y sus almas.

Pero esta permeabilidad al encantamiento sonoro, no cabe confundirla con resignación a servir de fondo escritural al acontecer melódico. Si el devenir propiamente narrativo de estos cuentos se somete sin tensiones a una escritura decididamente franca y ajena al efectismo, no es por timidez o comodidad estilística, sino precisamente como bienvenida obsequiosa al delirio musical. Este acopio de delicias y rasgaduras, esta degustación de escucha mezclada con su baile y con su vividura, resulta ser a fin de cuentas el principal material de construcción, cuando no el personaje central de esta accesible dramaturgia. Es en el curso del drama melódico con que esta manera de contar sintoniza, donde ocurre todo, tanto los transportes propios del fanatismo oyente como las historias personales con que se entrecruza su lectura.
En todo lo que ocurre en estos cuentos, se transparenta el mismo mundo escrito cuyos flancos hemos visto aflorar en La historia de Horacio, en Pensamientos de guerra, y en Rosario Tijeras; sólo que esta vez nos es dado contemplar a todos sus habitantes mientras celebran el ritual que a más de ellos convoca y que a más de ellos les gusta celebrar.

Coda

Cuando uno se lee a sí mismo, lee también el mundo; cuando uno lee el mundo, se lee también a sí mismo; pero cuando uno lee escrituras de creación, textos, figuraciones del decir prodigioso, entonces lee el mundo y se lee a sí mismo al mismo tiempo.

Entre la lectura de estas escrituras prodigiosas y la lectura de cualquier otro escrito, puede darse una mínima distancia o abrirse un foso abismal, según que uno se limite a la lectura de lo escrito o aborde la legibilidad del decir escrito dentro de la infinitud del decir en general.

El caso es que estas dos factibilidades de la lectura no engendran necesariamente una separación rotunda entre experiencias humanas irreconciliables, sino tan sólo acentos diferentes dentro de un mismo género de la experiencia. Y que si entre ellas se ha de reconocer una desemejanza, ésta en ningún caso sería drástica sino que de hecho puede crecer o decrecer, pasando de valle a grieta o hendidura cuyos bordes se los puede abarcar con una sola mano.

Asimismo, insisto en que esta diferencia de acentos la puede marcar tanto una grieta como por un intersticio, o sea, puede darse como una hendidura trazada en la superficie de un mismo campo simbólico o como una escisión entre distintas simbolizaciones.

En el conjunto de los campos simbólicos aquí comentados como muestra de las narraciones mutantes de Colombia, ¿cuánto hay de abismo, grieta o intersticio?
¿Cuánto de tales alternativas se halla en cada una de las obras abordadas? ¿Cuánto en la escala de experiencias fechadas que ellas completan, y en el tejido textual formado por estas cuatro obras?
Es decir, entre la vida y la muerte que en estos libros aparecen, ¿cuánto es abismo, cuánto es grieta, cuánto es intersticio? Me refiero, por supuesto, a la distancia que a la vez une y separa a la vida sostenida por la inercia y la rutina, y a la vida en cada caso suprimida, arriesgada o en peligro. Y también, a la vida así clasificada y la vida recorrida por corrientes de agua o de aire que les pertenecen, pero no se ajustan a esas definiciones polarizadas, sino más bien las contradicen o complican con su inyección de heterogeneidad.
Lo mismo habría que preguntar acerca de la interpenetración entre la muerte como alucinación que nos acompaña hasta el último trecho, y la muerte que nos hace suyos sólo cuando matamos o nos matan. Así también, entre la muerte definida como catálogo de las maneras de llegar o de ser sorprendidos por el fin, y la muerte como caldo de cultivo, como líquido amniótico que nos entusiasma a vivir y nos permite confundir con la vida nuestra constante dedicación a aplazarla lo más posible.

Y todo ello, entrelazado con la experiencia de vivir y de morir en el idioma, en la aventura peligrosa del habla, en la escritura riesgosa del cuento y la novela; pero también, diversificado en los modos respectivos de escribir y de leer, de ser escritos por la lectura y leídos por la escritura. Lectura y escritura que, como la vida y la muerte, nos acompañan, nos asaltan, o nos abandonan.

Por mi parte, he de seguir apostando por libros como estos de la generación mutante, preguntándoles todo lo que se me ocurra y dispuesto a atesorar en la frágil alcancía de mis lecturas las correspondientes ganancias. A lo largo de los últimos meses he leído, junto con El retorno a casa, libro de cuentos de Nicolás Suescún que muy bien pudiera resurgir como un notable antecedente de estas mutaciones: de Juan Diego Mejía la novela Camila todos los fuegos, de Octavio Escobar Giraldo la novela El último diario de Tony Flowers, de Jaime Echeverri la novela Corte final, de Julio Paredes el libro de cuentos Guía para extraviados, y de Héctor Abad Faciolince, justamente el autor por el que hace ya unos cuantos años comenzó este cuento, la novela Fragmentos de amor furtivo.

Caracas, noviembre 2003

 

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Edición No. 128