La partida -cuento-
Lo conocí, hace unos cinco años, en el club de ajedrez del barrio Bucaneros. Augusto no pasaba desapercibido: medía casi un metro con noventa, corpulento pero sin gordura, de voz grave y fuerte, se reía a carcajadas y los ojos le brillaban cuando sabía que sería el ganador de una partida. A sus cincuenta años había logrado el éxito económico y social. Era dueño de cinco bombas de gasolina, de una flotilla de taxis y busetas, vivía feliz con su señora Carmencita y sus tres hijas ya adolescentes.
Su origen era incierto, pero él mismo refería a quien quería escucharlo, mientras tomaba café luego de jugar, que fue un niño trabajador, de ancestro campesino, que comenzó a los 13 años de mensajero de una gasolinera y a los 22 años ya era dueño de su primera bomba. Lo decía con una mezcla de humildad y orgullo, con esa convicción de los que aman el trabajo honrado y se han ganado todo en la vida con esfuerzo, paciencia y voluntad. Sólo había hecho la primaria, pero su nivel cultural era sólido, pues siempre fue un autodidacta disciplinado. Buen lector, excelente jugador de ajedrez, respetable corredor de semifondo. No lo volví a ver porque dejó de ir al club. Me contaron que un día decidió cumplir el sueño de su infancia: graduarse de abogado. Por ello se dedicó a validar el bachillerato y luego ingresó a la universidad.
Estas decisiones intempestivas en personas adultas siempre me han fascinado, pues revelan las extrañas criaturas que somos: impredecibles frente a las circunstancias, soñadores a pesar de la dureza de la vida, dispuestos a tomar otros caminos existenciales, incluso en estos tiempos oscuros en los que los seres humanos hemos sido aplastados por las ideologías y las estadísticas.
Por mi profesión de médico internista me he acostumbrado a las sorpresas, todos los días conozco personas que la noche anterior se acostaron pensando en su próximo viaje de vacaciones, o en la cita de amor a ciegas que tendrían al otro día, o en el negocio que los hará ricos, pero el nuevo amanecer les depara otra realidad: la aparición de una tumefacción en el cuello o en un seno, un chorro de sangre en la orina, un dolor agudo en el pecho que los despierta de los ensueños de sus proyectos futuros.
Por eso, cuando Augusto fue al consultorio mi sorpresa fue más por su aspecto físico, que por el hecho de que una enfermedad le hubiese llegado a su vida. Casi no lo reconozco. De los noventa kilos o más que tenía la última vez que lo vi, ahora no alcanzaba ni a los sesenta. El color de su piel era de una palidez de cera, la visibilidad de los huesos de su cara y de sus costillas me hicieron recordar a los prisioneros sobrevivientes de Auschwitz, y su voz, tan fuerte y sonora en mi memoria, era ahora casi inaudible.
Me contó que tres meses atrás comenzó a notar que la ropa le quedaba grande, pero él pensó que era por el trajín de los exámenes finales del cuarto año de Derecho. Luego su señora Carmencita le llamó la atención por la palidez de su rostro, pero él creyó que se debía a la falta de sol, al encierro de tantos días en la biblioteca de la universidad, entre códigos de Derecho penal y litros de tinto negro y sin azúcar. Augusto no había sentido nada. No refería dolores, ni cambios en la orina o en las deposiciones, ni tos, ni sensación de llenura, aunque su apetito era menor del habitual.
El examen físico no mostró ninguna anomalía. No le palpé masas abdominales, ni bultos en el cuello, el tacto rectal descartó pólipos o un crecimiento anormal de la próstata. Los ganglios linfáticos no estaban crecidos, la auscultación de los pulmones y el corazón fue satisfactoria. Su peso exacto en la báscula dio 54 kilos. Decidí hospitalizarlo contra su voluntad, pues él insistía en que fuera de la pérdida de peso no se sentía enfermo. Le expliqué que era necesario realizar exámenes y procedimientos radiológicos para descubrir la causa de su problema orgánico.
Me acostumbré a verlo sentado, casi en todo momento, en un sillón del cuarto de la clínica, terco a permanecer acostado a pesar de su debilidad. Leía sus mamotretos de códigos y jurisprudencias con el placer de una novela policíaca, y alzaba los ojos del libro y me decía: “Mi sueño es graduarme de abogado y lo voy a cumplir”. Yo bajaba los ojos, incómodo y preocupado, pues todos los exámenes llegaban en límites normales y Augusto cada vez perdía más peso y su debilidad alcanzaba un estado peligroso y crítico.
A los 15 días yo estaba desesperado. Los exámenes de sangre y orina sin alteraciones, los rayos X de tórax normales, la ecografía y la tomografía abdominal sin hallazgos patológicos, el examen para el Sida bien, los antígenos y anticuerpos contra el cáncer de próstata, de colon, de vejiga, con resultados negativos, los hemocultivos sin presencia de gérmenes. Augusto ya no podía sentarse, trataba de seguir leyendo acostado, pero los libros se le caían de las manos. Lo estábamos alimentando por la vena, porque ya no era capaz de masticar los alimentos, sólo pasaba algunos tragos de jugo y de leche. Invité a mis colegas de la clínica a una junta médica y les expuse su cuadro clínico. Sólo quedaba por hacer una resonancia magnética nuclear de todo el cuerpo y eso fue lo que ordené de manera inmediata. Su peso había llegado a los 39 kilos. Augusto se me estaba muriendo en las manos y yo no sabía de qué.
El día que el resultado de la resonancia magnética también llegó sin alteraciones, fui con la mayoría de mis colegas a la habitación de Augusto. Quería que ellos mismos comprobaran que el examen físico no mostraba ninguna evidencia de una enfermedad específica, y que él continuaba enflaqueciéndose como si tuviese en sus entrañas un monstruo invisible, inmune a nuestra mirada tecnológica, que lo devoraba con saña y premeditación. Augusto ya no podía moverse por si solo, a veces subía unos centímetros la cabeza y tras unos segundos la dejaba caer como una piedra. Tenía los ojos cerrados, no parecía dormido sino en trance. Yo comenzaba a sentir la atmósfera de las despedidas, cuando las personas se comienzan a ir y no hay forma de retenerlos en esta vida.
Alrededor de su cama discutimos en voz alta, despreocupados de su presencia, algunas posibilidades diagnósticas. Algunos creíamos que debía ser un cáncer de algún órgano, pero ¿de cuál? Otros se la jugaban por una infección crónica y larvada como una brucelosis o una tuberculosis sistémica. El doctor Nader sospechó una sarcoidosis. Incluso mi amigo Tomás, internista y siquiatra, insinuó que podía ser más bien un trastorno de origen mental. El comentario me disgustó, y sin pensarlo le respondí con indignación: “Tomás, los locos no pierden cincuenta kilos por su propia voluntad”. El tono agresivo de mi respuesta tenía que ver con mi incapacidad para aceptar mi impotencia como médico, pues todos habíamos sido formados con un espíritu de optimismo ante el progreso tecnológico. Rechazábamos la muerte, negábamos su presencia ineludible, estabamos convencidos de que si se nos moría un paciente era culpa nuestra o de alguien.
Pero mi mayor frustración, casi intolerable para mi ego de internista, era que Augusto se me iba a morir sin saber su diagnóstico. Se me ocurrió, entonces, que debíamos llevarlo a cirugía y abrirlo para explorar sus órganos internos. Mis colegas protestaron: “Sin una sospecha clínica tu sabes que no se debe llevar a nadie a cirugía y menos con la desnutrición que tiene”. Las voces subían de tono, ya se nos había olvidado la presencia de Augusto, pero de pronto, en un acto inesperado, él abrió los ojos, se incorporó de la cama, se sentó, y con un vigor desconocido, e inexplicable para su estado de postración, nos gritó con su fuerte voz del pasado: “Señores, yo también quiero saber de qué me voy a morir, llévenme entonces a cirugía y háganme una autopsia en vivo”. Luego se desplomó y quedó jadeante, como si este esfuerzo le hubiese quitado la última reserva de energía que poseía.
A los dos días ingresó al quirófano. Pesó 33 kilos con la bata de celofán. Luego de 2 horas de exploración abdominal, Jiménez, el jefe de cirugía de la clínica, me hizo vestir e ingresar a la propia sala de operaciones. “Encontramos al culpable, doctor Valenzuela, por fin va a saber de que se morirá su paciente”, me dijo él en voz baja, y me hizo palpar, escondido entre los metros de intestino, la diminuta cola del páncreas y allí sentí una pequeña arveja, dura, casi cilíndrica. A las 48 horas el enigma se había resuelto: Augusto tenía un cáncer de la cola del páncreas y la apertura y manipulación de la cirugía había hecho visible y tangible lo que permaneció oculto por tanto tiempo. Las radiografías mostraban metástasis a distancia: en los huesos largos, en el hígado, en los pulmones. Ahora sí casi todas las pruebas de laboratorio eran anormales. Augusto se moriría como debe ser según la lógica médica, no como decía un antiguo maestro mío: “no hay peor muerto que aquel que se nos muere químicamente puro”.
No existía ninguna esperanza. El tipo de tumor y el estadío tan avanzado impedían cualquier acción terapéutica curativa, e incluso poco había que hacer con lo paliativo. Al quinto día me llené de valor y fui al cuarto de Augusto. Tenía puesta la máscara de oxígeno, pero estaba sin el tubo endotraqueal. Para su situación, tan crítica, había aguantado muy bien la intervención quirúrgica. Su cuerpo era un largo saco de huesos pegados a un pellejo de piel color cal. Abrió los ojos e intentó una sonrisa. Después movió la mano derecha, se quitó la máscara, y me indicó que acercara mi oído a su cara. “¿Ya saben que tengo?” me susurró. Lo miré y supe que a un hombre como él no se le debía ni se le podía mentir. “Sí, Augusto, ya sabemos la causa de tu enfermedad. ¿Deseas conocerla o mejor no?”. Le dije tratando de conservar una expresión calmada en mi rostro.
Entonces, para mi sorpresa, rió con ganas y habló con cierto tono sentencioso: “Por supuesto, explícame lo que tengo. Además, por favor, sé exacto en el tiempo que me queda de vida”. Creo que fruncí el ceño e hice una mueca, pues Augusto agregó con ironía: “ mejor habla, ya que tus gestos me indican que quizá estoy muerto y no me he dado cuenta”. Le expliqué lo del cáncer del páncreas, la imposibilidad de curación y la conveniencia de no dar límites de tiempo a su existencia, pues hacerlo era como proferir una sentencia de pena de muerte anticipada, que le agobiaría más los momentos de vida que le quedaran.
Volvió a sonreír, de manera extraña, y me insistió: “¿Cuánto tiempo?” Resignado le contesté: “Augusto, nadie puede asegurar cuando se va a morir una persona, así tenga la enfermedad que tenga. Pero desde el punto de vista estadístico el 30% de los pacientes con tu enfermedad y su evolución están muertos al mes, el 60% a los tres meses y — guarde un silencio doloroso pero al final me salieron las palabras en un hilito de voz — el 100% ya no están en este mundo a los seis meses”. Se intentó sentar en la cama y lo logró sin mi ayuda. Tomó aire, la máscara de oxígeno estaba al lado de la almohada, y de pronto volvió a tener el brillo de los ojos cuando jugaba ajedrez y sabía que tenía acorralado a su contrincante.
“¡ Ajá!”, dijo moviendo la cabeza hacia los lados, “pues no me voy a poder morir dentro del tiempo de tu estadística médica. Tendré que luchar y enredar más el juego, a ver si logro tablas y me escapo al jaque mate de la parca. Por lo menos hasta que cumpla mi sueño de niño. Tu sabes cuál es. Me falta terminar el quinto año de mi carrera y luego hacer la tesis o presentar los preparatorios”. Miró hacia el techo, como haciendo cuentas en la cabeza, luego volvió a mirarme a los ojos con firmeza y me ordenó: “Amigo Valenzuela, dame de alta en este mismo instante”.
No valieron las súplicas de Carmencita y de sus hijas para que siguiera hospitalizado, ni los consejos de Tomás que me contó que Augusto se encontraba en la típica fase de negación a la muerte, y que ello lo hacía suponer que él sería capaz de vencer a su enfermedad. Lo único era esperar que aceptara su destino y la propia destrucción de su organismo se encargaría de acabar con sus fantasías de supervivencia. Todavía recuerdo cuando le di de alta: Salió de la clínica en una silla de ruedas, conducido por Carmencita que lloraba en silencio, con una manta gris cubriendo su cuerpo espectral empiyamado de huesos, pellejo y ojeras, pero aferrando con desespero un legajador grande de tapas negras en donde se alcanzaba a leer en letras doradas: Actualización de la jurisprudencia del código penal. Editorial Legis.
Con los días intenté olvidarme de su existencia, los médicos tratamos de borrar de la memoria a los pacientes moribundos, como otra trampa sicológica para negar la presencia de la muerte. Pero una noche que llegué a mi apartaestudio de soltero me encontré en el buzón del correo con un telegrama. “Tres meses y un día. Ya no estoy en el 30% ni en el 60%. 52 kilos en la báscula de Carmencita. Los segundos parciales han sido ganados en su totalidad. Mis caballos se enfrentan a sus alfiles, mi torre izquierda toma un segundo aire y protege a su rey convaleciente. Además juego con las blancas, ella siempre prefiere el color negro de las sombras”.
Que siguiera vivo a los tres meses no era más que la confirmación de la verdad estadística: Augusto pertenecía al 40% de esa población de enfermos que todavía sobrevivirían un tiempo más. Confieso que no sé porqué me molestó ese énfasis en sus palabras, pues me sentí como acusado y retado por él. Tuve la desagradable sensación de que Augusto me había escrito como si yo fuese un hincha del bando de las negras, y fuera necesario burlarse de la torpeza de la parca en finiquitar el juego de su vida con un jaque mate fulminante.
Hablando con Tomás me indicó que la fase de negación a la muerte, en algunos pacientes, era tan prolongada que morían sin aceptar nunca su estado terminal. Ese parecía ser el caso del pobre Augusto. Sin embargo, un nuevo telegrama llegó a mi buzón. “6 meses y un día. Ya no estoy en el 100%. Por lo tanto no existo para el profundo conocimiento médico, pero me siento más vivo que nunca. 70 kilos en la báscula de Carmencita. He vuelto a trotar por las calles del barrio. He terminado el quinto año con la segunda matrícula de honor del curso. He sacrificado un peón pero he ganado un caballo. Mis torres y mis alfiles han superado el encierro de las negras. Por su afán de destruirme ella se ha descuidado y he logrado coronar un peón y de nuevo mi reina está conmigo, el rey ya se siente fuerte, sonríe y sabe que el peligro del mate se aleja”.
Lo llamé de inmediato a su casa y lo cité en mi consultorio al otro día. Estaba irreconocible comparado con la última imagen que tenía de él. La palidez y la cara huesuda ya no estaban, las mejillas sonrosadas y unos cacheticos incipientes ocupaban ahora su rostro sonriente. Incluso su peso actual lo hacia ver más juvenil que antes de su enfermedad. El examen físico fue normal. Para no crear falsas expectativas le pedí que se sometiera, de nuevo, a los exámenes de laboratorio y de imagenología. Él aceptó sin titubeos. Se le veía seguro, inexpugnable, como un gran guerrero medieval que sabía que su espada estaba bendecida por Dios.
La totalidad de las pruebas fueron normales. Lo más impresionante fue ver que ya no existían huellas de metástasis en los huesos largos, ni en el hígado. Los pulmones se observaban limpios por completo. La tomografía abdominal no reveló alteraciones en el páncreas. Sin embargo, sin una nueva biopsia pancreática yo no podía confirmar que Augusto estuviera curado, pero desde el punto de vista clínico era indiscutible que ya no presentaba rastros de su cáncer. Me invitó a jugar una partida de ajedrez al club y a conversar como amigos que éramos. Esto último me lo dijo con afecto, como tratando de disipar mis dudas de la intención que tuvo con sus telegramas.
El club es agradable. Los sillones son confortables. El capuchino con colaciones de la señora Josefina es el mejor de la ciudad. Augusto se veía elegante y feliz. Carmencita le había arreglado los trajes y le quedaban a la medida. Aunque iniciamos una partida, ambos decidimos dejar el juego luego de siete movimientos y dedicarnos a conversar.
— ¿Entonces, amigo Valenzuela, cómo llamamos a esta nueva realidad?— Su forma de expresarse fue delicada, yo sé que él no quería cuestionarme u ofenderme.
— Augusto yo no creo en milagros. Mi formación médica me obliga a encontrar siempre una justificación racional y científica para cualquier hecho.
— Amigo Valenzuela, tu sabes que yo tampoco soy supersticioso y creo en la ciencia. Pero, también creo en fuerzas profundas del ser humano que no han sido descubiertas todavía por la medicina.
— Eso que te ha sucedido si tiene una explicación para nosotros los médicos. Un famoso tratado de oncología llamado Devita refiere que el 1% de todos los pacientes con cáncer, independiente de su estadío y del tipo de tumor, pueden tener una remisión espontánea y alcanzar la curación. Por lo tanto, Augusto, no hay que llamar a tu caso un milagro, pues, como ya te dije, yo soy incapaz de aceptarlos.
Augusto tomó un sorbo de capuchino, sentí que me miró como a un niño asustado por un objeto que nunca había visto, y con una gran tranquilidad sonrió.
— No te preocupes tanto por las palabras, amigo Valenzuela, si en lugar de “milagro” tu prefieres hablar del “1% del tal Devita” para mi está bien. A mi no me interesa cómo llamamos lo que ha pasado, sino que es una situación real que me tiene aquí, conversando contigo, con ánimos y dispuesto a preparar mi tesis y graduarme de abogado.
Miró su reloj, se incorporó del sillón y me dio un inesperado abrazo. No pude evitar hacerle una última pregunta: “¿Augusto, tu crees en Dios?” Volvió a sonreír y me susurró: “Amigo Valenzuela, para mi Dios es lo que no comprendo y por eso creo. Pero estoy vivo porque los seres humanos, en el fondo, tenemos la capacidad de inventarnos a nosotros mismos, de no morirnos si no queremos, de luchar contra los imposibles, de hacer realidad los sueños, de conservar las esperanzas a pesar de que la parca nos tenga cercados con sus torres, los caballos, los alfiles, sus peones y la reina negra”. Luego me dio la espalda y salió del salón caminando como un triunfador.
A los diez meses recibí una tarjeta de participación por su grado de abogado. Iba al club dos veces a la semana, había vuelto a su peso de noventa kilos. A veces, lo veía pasar por las calles en pantaloneta y con un camiseta esqueleto, sudando y trotando con la energía de un adolescente. Por ello, un buen día, se me ocurrió invitarlo a la academia de medicina para que relatara su curiosa experiencia. Aceptó sin condiciones. Tenía un buen dominio de la palabra, sabía contar su historia. Al término de una hora recibió un estruendoso aplauso de un público poco acostumbrado a la generosidad de los reconocimientos.
Para terminar la sesión coordiné una mesa redonda de preguntas y respuestas. La mayoría de los médicos lo elogiaron, le reconocieron su temple y su poderosa capacidad de lucha. Pero cerca del final alzó la mano un colega que tiene el justo apodo de “envidia azul”, pues su rostro se pone, con frecuencia, azuloso cada vez que se entera del éxito de alguna persona que no sea él. Se paró, tomó el micrófono y le dijo: “extraordinaria su historia Augusto, pero tengo una sola duda…usted hizo lo que hizo porque no se quería morir sin cumplir su sueño de la infancia, ese de llegar a ser abogado. Pero, tengo entendido que usted se graduó hace dos meses, ¿entonces, se amañó con la ñapa de vida?”
El silencio y la vergüenza ajena nos salpicó a todos. Augusto hizo primero una mueca de sorpresa, como si se hubiera olvidado del porqué se encontraba sentado ahí. Luego, pálido y con una súbita tristeza en los ojos, le respondió a “envidia azul”: “Tiene usted toda la razón doctor. Gracias por recordarme algo que quizá traté de borrar de mi mente”. Se paró, nadie fue capaz de abordarlo, tampoco yo tuve fuerzas de hablarle, me miró con tristeza y se despidió con un movimiento de su mano derecha.
Una semana después de ese terrible episodio, del cual no puedo evitar sentirme culpable, lo vi venir en mi dirección por una calle del centro. Todavía se observaba vigoroso y con las mejillas sonrosadas, pero su actitud era llamativa: arrastraba los pies, miraba fijamente los escaparates de los almacenes y los rostros de la gente, como si los estuviera reconociendo o despidiéndose. Mi cobardía me impidió darle la cara, por ello atravesé la calle y me perdí entre la multitud de oficinistas que salían presurosos a buscar el almuerzo. Lo último que supe de Augusto es este telegrama que tengo entre la manos.
“18 meses y un día. Nunca creí en las estadísticas, por eso ya no importa si soy del 1% o vuelvo a ser del 100%. No volví a pesarme porque la báscula de Carmencita se la regalé a doña Josefina la del club. Mi título de abogado está colgado en la pared principal del comedor y un niño dentro de mí se imagina que el papel es de chocolate y las letras doradas tiritas de masmelos. Siento que las figuras negras y las blancas están extenuadas, las tablas de la partida se han prolongado hasta el infinito. Mi reina se mueve perezosa por el tablero, mis caballos sólo quieren tomar agua y descansar, mi rey añora convertirse algún día en un simple peón. Ella también juega sin convicción, ni las negras me quieren comer, ni yo tengo miedo de que me coman. El jaque mate, no importa ya quien se lo haga a quien, es más digno que huir a través de las tablas infinitas. A estas alturas no existe un ganador ni un perdedor”.
Hace tres meses me trasladé a otra ciudad. Me estoy empezando a cansar de mi soltería y de mis seguridades intelectuales en una existencia predecible. A veces quisiera, como se lo oí decir alguna vez a Augusto, amar y creer en aquello que no comprendo y que nunca comprenderé.