Cargando sitio

Confrontaciones: A propósito del 40 aniversario de la fundación de la Revista Siglo 20 (1963-1969)

1. Un proceso necesario

Tuvo usted [Carlos-Alberto Ospina H.] la deferencia de enviarme el original de su ensayo sobre Siglo 20 que escribió para la revista Aleph*. Al leerlo y por afectarme, de inmediato, igual que a Santayana, «hay algo que evidentemente sucede, al menos en mí; siento un impulso instantáneo y complejo de la existencia que me fuerza a decir lo que pienso y lo que soy» . Y por el tema, lo que fuimos y aún somos. Nada tengo que objetarle a la agudeza de su contenido y menos a la claridad mental y estilística de su exposición. Me recuerda otra vez -la cito a menudo- la frase de Flaubert que dice que quien piensa bien, escribe bien. Por eso nos acogotan los que escriben mal, que no son lo mismo que los malos escritores -ojalá lo fueran-, pues estos no existen, al menos en literatura.

Aparte de comportar, para la historia viva de la cultura, una puesta en escena de la revista que nació hace cuarenta años en la Universidad de Caldas, con lo que tiene de conmemorativo y de reviviscente, de su texto se desprende un generoso homenaje a la actitud de un grupo generacional, que no ha sido analizada ni contextual, ni comparativamente.

Le da usted a la revista -por fin alguien- la significación exacta que tuvo en un tiempo y en un medio, muy singulares, con un registro cierto de sus principales connotaciones por las que se infiere su irradiación y se hace verificable su proyeccion histórica.

Aparte de la que hice en la Biblioteca del Banco de la República, con motivo de los veinte años, en 1983 , y una tesis de grado que suscitó (1984)*, más otras puntualizaciones mías, la valoración que intentó hacer Jaime Eduardo Jaramillo en el suplemento «Grafía Plena» es el único antecedente con que cuenta su trabajo. Más contemporáneo con nuestro grupo, si no más afín, sí más familiarizado con nuestros intereses, el sociólogo situaba por primera vez en veinticinco años a la generación de Siglo 20 en el rango que le corresponde dentro de la perspectiva de la cultura en Caldas. Ahora usted, más ajeno a sus vicisitudes, filósofo con mayor distancia de tiempo y de sensibilidad, centra y profundiza la renovación y el aporte dinámico y universalista de la publicación estudiantil, en una dimensión intelectual insospechada y rebasadora.

Se echa de menos todavía y quizá vengan en un futuro próximo, el balance crítico de esa generación; el análisis individual de la obra, buena o mala, de sus integrantes; el juicio sobre sus posiciones o su concepción de la cultura; su validez, su influencia o su legado, si es que existe y si es posible determinarse; la confrontación con las más nuevas, e inclusive por parte de éstas, la controversia dialéctica en el sentido original de Zenón de Elea, como erística, como querella . No seguir con el «ninguneo» de que hablara Octavio Paz , el cual nos ha sometido a un continuo vaciamiento de la memoria por el caño del olvido.

Ese proceso es necesario Carlos Alberto, no sólo para señalar culpas o establecer saldos literarios, sino para amojonar la secuencia de las mentalidades en el devenir de la historia, así sea en el de estas montañas. Sólo la llamada generación grecolatina de los años treinta ha sido llevada al banquillo por todas las que la han sucedido, en intermitentes juicios indebidos, hasta llegar, en el más reciente, al extremo de responsabilizarla de la violencia política colombiana de mediados del siglo pasado, germen para muchos de la actual. A estos desfases, a los que no escaparon los «encomiastas» de que hablé entonces en la revista , en paródico lenguaje barroco y «huguesco», no se les ha puesto fin y ni detractores, ni nostálgicos, ni epígonos, han logrado con ello esclarecer qué es eso de «Grecolatinismo» como fenómeno literario, ni los verdaderos signos del estilo político y humano de sus representantes.

Estos, que formaron parte de la conocida nacionalmente como generación de «Los Nuevos», hicieron sindicaciones a su arribo a las anteriores, a la centenarista o republicana, y aún, a la de los Mil Días. Ya, en el manifiesto inicial, en el primer número de la publicación con la que quisieron asumir una identidad, le entablaron juicio de residencia a la generación precedente .

Para no hablar de ese trabajo de pica con el que intentaron demoler el imperio único y solitario de Guillermo Valencia. Desde el impetuoso libelo que el juvenil Eduardo Carranza escribió con un implícito «no más», bajo el título de «Bardolatría» muy poco antes de la muerte del maestro Valencia, hasta el famoso prólogo de Maya, que, payaneses ambos, desconcertó a sus paisanos, desilusionó a sus parientes de sangre y de espíritu, y estremeció las columnas grecorromanas del parnaso nacional .

2. De inquisiciones, reconciliaciones y amnistías

Es la desmitificación que no se ha hecho y que harta falta hace, respecto de García Márquez y de Álvaro Mutis. Al primero, sólo unos griticos envidiosos, provincianos y torpes, que unos cuantos emitieron cuando los sobrecogía la inesperada e indetenible gloria del macondiano -y a la que no sé si al fin se resignaron-, insonoros ante el estruendo de la fama, patentaron la propia ridiculez. Como la de un paisano nuestro, que planeaba hacer una quema pública de las obras de García Márquez, en protesta por la concesión del Nóbel. Y entre el coro alabatorio en torno a Mutis, sólo la voz discordante de Harold Alvarado Tenorio, ha revelado las hábiles mañas de su éxito.

Pero no se trata de exteriorizar latrías o fobias, sino el necesario llamado a cuentas que debe hacer una generación a la otra. No temer, por ejemplo, aludir al adulador y anacrónico monarquismo de Mutis o a la artificiosa nebulosidad de sus novelas, cuya magnificación desequilibra la excelencia de sus primeros libros y la riqueza de su poesía, o confesar que la maravilla del lenguaje y el hechizo de la imaginación, en García Márquez, no deja el menor espacio al pensamiento.

Sobre el magisterio de Guillermo Valencia, con la excepción, escandalosa y polémica, primero, y después arrepentida de Bernardo Arias Trujillo, a propósito de la traduccion de la «Balada» de Wilde ; contrario sensu, los nuestros, Silvio Villegas y sus congéneres, se declararon siempre indefectibles discípulos del autor de «Ritos» .

Hay una página de Alfonso López Michelsen, de 1950, recogida mucho después en un libro , que comienza así: «Hablar mal de los centenaristas es algo que está tan pasado de moda como hablar mal de Dios y presumir de ateo», para admitir que él también, como venían haciéndolo las generaciones anteriores a la suya y lo continuaban «todos los novatos en menesteres literarios», al inicio de su carrera literaria, resolvió lanzarse arma en ristre contra la generación del Centenario, y que ese término, «centenarista», llegó a tener un sabor peyorativo que llenó el ámbito nacional, como sinónimo de muchas cosas y frente a otros conceptos considerados como válidos y más modernos.

Cuando escribió aquello, recogía seguramente los materiales para lo que iba a ser su novela «Los elegidos» . Pues bien, quisiera parodiar a López Michelsen y decir que hablar mal de los grecolatinos es algo tan pasado de moda como hablar mal de los curas o presumir de marxista ortodoxo. Pero no. Todavía el apelativo de «grecolatino» es despectivo, sobre todo en el sentido reduccionista de «grecoquimbaya» y se sigue denostando al grupo con generalizaciones absurdas, por la incapacidad de someterlo a un serio balance histórico-crítico.

Claro que hay una posición peor que la de desvalorizar ese estilo, y es la de imitarlo, o sintiéndose su epígono o continuador, la de deformarlo. En pleno siglo XXI, también usted, Carlos Alberto, se habrá topado en los periódicos «de casa» con columnas plenas de «efluvios» y epinicios y de un «casi pérfido empleo de adjetivos insólitos», en las que se hace la apología de los jefes políticos y de los detentadores del poder, en un edulcorado estilo churriguresco muy semejante al de los ya casi extinguidos coronadores de reinas de los pueblos. En el estentóreo y compulsivo deseo de confesar un espíritu cortesano, esa extrovertida manera de escribir, como diría acerca de esto el ineludible Octavio Paz, está distante de la introversión reflexiva creadora de una escritura «sobria, inteligente y afilada, que huye del resplandor tanto como del grito y que lejos del discurso» y de la adulación, se recata cuando habla de sus amigos .

No obstante ser la sobriedad, y demás virtudes citadas, muy a propósito, profesor, para caracterizar su estilo personal y literario, del que el ensayo que motiva esta carta es perfecta muestra, no quiero distraerlo del punto que quiero subrayar sobre el proceso inquisitorial y con el tiempo, rectificativo y valorizador, que ha enfrentado y debe enfrentar el necesario enjuiciamiento y diálogo recíproco de las generaciones.

Justo es también recordar que Los Nuevos se ocuparon con interés y agudeza de la obra literaria o de la significación política de muchos de sus predecesores. Los ensayos críticos de Rafael Maya, o los sedimentados perfiles de Juan Lozano y Lozano en los suplementos de «Sábado» , son los mejores ejemplos de ello. Pero el sonetista de Joyería y La catedral de Colonia, las había emprendido además contra los piedracielistas, ayudado en los flancos por Caballero Calderón. Por otra parte, sobre la poesía colombiana existe un recorrido grato y reconciliador escrito por Eduardo Carranza .

Alguna vez leí, en un periódico manizalita de los años veinte, un escrito del mencionado Silvio Villegas sobre los poetas caldenses que en esos años alinderaban la lírica comarca; sobre los de más larga y conocida trayectoria y sobre los que comenzaban a invadir de poemas las publicaciones de ese tiempo. No sobra recordar que este escritor delineó un panorama, muy general y perspectivista de la literatura colombiana de las primeras décadas del siglo XX, en la que destaca nombres de caldenses que, de otra manera, serían aún más ignorados .

La siguiente generación, la de Milenios, también se pronunció sobre aquella que le abrió las páginas de diarios y revistas, las puertas de sus casas, las vitrinas de sus bibliotecas, y puso atención y oído sensible a sus decires. Fue más cálida, complaciente, por no decir cómplice, y demasiado amistosa en la apreciación de sí misma, y los más activos en el ajetreo periodístico, no dejaron de comentar los haceres mentales y los libros de cada uno, al momento de su aparición, y con frecuencia, al de su convocación.

Lo que en 1971 no le impidió a Ovidio Rincón la dureza de este concepto: «Ninguno de los grandes valores de la literatura caldense parece superar el área doméstica, el comarcano prestigio» . Sinembargo, un opinador por antonomasia como el inigualable periodista, poeta descontinuado y cuentista, no se atrevió a pronunciar ni una tímida opinión sobre las promociones coetáneas a la aparición de su primer libro, al comienzo de la cuarta década del siglo XX, ni a mencionar un solo nombre, para bien o para mal, de los que emularon con él, o de los que los seguimos. Pasó por alto cuarenta años de esa supuesta cultura caldense.

3. Solipsismos y pretermisiones

Con la generación de Siglo 20 ha pasado algo parecido. De ahí la novedad de su ensayo, cualidad que suma a las otras. Usted no solo la reivindica ante la historia de la cultura y la descubre a las nuevas generaciones, incluida a la suya que es más o menos su sucesora, sino que la reivindica respecto y frente a nosotros mismos, los que hicimos parte de ella.

Porque con aisladas e inadvertidas excepciones, a los de Siglo 20 nos ha particularizado una feroz autocrítica, el menosprecio o la callada admiración por el otro, inexpresiva ésta en lo oral e inexistente en lo escrito, con una postura dijéramos solipsista dentro de un marco de escepticismo, que es el que nos encierra junto a todos los relacionados con la literatura en Colombia, a los nacidos entre 1940 y 1950.

Eduardo García Aguilar nos caricaturizó, con más afecto que burla, en una de las novelas suyas que tienen a Manizales de cartabón y de fondo, a la Manizales literaria, política y social que heredamos y que vivimos. En ella nos destruyó fantásticamente, en una tácito reconocimiento a lo que significamos o a lo que cree debernos. Por ejemplo, aparezco como Eleazar Patiño y de mi osatura fue desprendida la cabeza, la que jamás pudo hallarse . Y en la colección de Siglo 20 usted puede deleitarse con dos cuentos, uno de Herman de los Ríos, el estupendo narrador que murió a punto de editar su libro, en el que según me confesó años después, nos «brujeó» con mucha gana a otro escritor de la revista y a mí; y otro de Jaime Echeverri, no recuerdo si lo firma con su seudónimo, en el que decepcionado hace una parábola satírica del mejor de sus amigos de entonces, hoy un personaje nacional, y por eso, quizá predictivo. No le doy más datos y lo dejo con la intriga. Pero hasta ahí se han ocupado o nos hemos ocupado de nosotros. Esa ha sido la manera de «divulgarnos». Lo cierto es que Siglo 20 ha sido tema solo de «connaisseurs». Usted, ahora, a la cabeza.

Mientras que siempre se supo y se sabe aún, aunque menos, cuál fue la significación de la generación del centenario en la vida nacional, y en la de Caldas, que surgió al mismo tiempo con ella; y que la de «Los Nuevos» presidió el país literario y el país político hasta los años sesenta, hasta los mismos que duró la influencia y el eco de una época de grandeza del Gran Caldas, en su versión mental grecolatina y en la económica y política de la escuela de Manizales; y que se daba el mutuo reconocimiento, la aserción de una obra o de un carácter en la de «los cuadernícolas» y en la del Frente Nacional, para no hablar del continuo ensalzamiento entre los nadaistas, que dura todavía, sin olvidar que padecieron un rechazo buscado por parte de la burguesía cultural, a la que terminaron acomodándose y asimilándose, más temprano que tarde; y que las generaciones que siguieron, la que Harold Alvarado Tenorio llamó «desencantada», e Isaías Peña, en vez de llamarla «innominada» la clasificó como «la generación sin nombre» -que es en Caldas la de Siglo 20-, y las más nuevas, a nivel nacional, para no rabasar fronteras, se han mirado a sí mismas, y han mirado a las otras, hacia arriba y hacia abajo, con observaciones cuidadosas y manifestaciones exaltadas. No deja de ser llamativo el hecho de que la nuestra, la que hic et in illo tempore puso en ascuas a la Universidad y al medio intelectual caldense, haya sido pretermitida por todos, incluidos, reitero, por los que hicimos parte de ella.

Sin dejar de mantenerme desconcertado, tengo, claro, mi propia explicación del fenómeno, pero aparte de la que de esta especulación deduzca usted, Carlos Alberto, no es a espigar en él, a lo que apunta. Sólo para insinuar, una vez más, cómo la lección suya, acorde con toda una tradición literaria, es con relación a la revista Siglo 20 y a la generación que albergó, insular y ejemplarizante.

Porque, como le digo, la generación de Milenios, que asumió desde los años 50 hasta bien entrados los 70 la dirección editorial, política y literaria de La Patria, no le puso mucho interés ni le concedió mayor beligerancia a nuestra generación, vale decir, a nuestro tarea intelectual, aunque sí prestó alguna atención a las apariciones de la revista y las registraba con entusiasmo, en notas en las que se apreciaba la pluma, la mente y el corazón abiertos de Jorge Santander Arias. Y como bien lo detectó usted, Alberto Londoño Álvarez, José Vélez Sáenz, y otros pertenecientes o afines a aquélla, colaboraron con nosotros. Pero aunque la mayoría, o la casi totalidad de quienes estuvimos vinculados a Siglo 20, desde Manizales, hemos escrito crónicas, artículos y hasta editoriales en el diario local, o sostenido columnas permanentes por algunos períodos y hasta dirigido páginas especiales, nunca se dio una incorporación duradera al periódico ni tuvimos ascendencia alguna en su orientación mental ni en lo político ni en lo intelectual.

Ninguno de nosotros pudo o llegó a sentirse dentro de La Patria. O fungir de representante literario nuestro en sus páginas, como sí se ha dado en las generaciones recientes. Acépteme este registro como un hecho que no implica juicio de valor. Y le cuento Carlos Alberto, y a los investigadores, que Jaime Echeverri (K. Eros), Humberto de la Calle Lombana (Pedro Esse), Héctor Juan Jaramillo (Julián Bermejo), Oscar Jurado, José Chalarca y otros, fueron mucho tiempo y en diversas ocasiones, con seudónimo o sin él, columnistas del diario.

Podría mi óptica parecer sesgada, si se citan casos aislados como el de Augusto León Restrepo, que estuvo en su dirección, o los de columnistas como Néstor Gustavo Díaz (Huasipungo) y Antonio Mejía Gutiérrez, y quizá alguno más, pero cualesquiera hayan sido o sean los motivos, partidistas, políticos, sociales o de índole menos perceptible, que los ligaron o ligan al periódico, aparecen inversamente proporcionales a sus vínculos literarios con Siglo 20 como grupo, como revista y como apuesta generacional.

Son aspectos, mi querido filósofo, que pasan por alto, pero que para la historia de las mentalidades, para la fenomenología de la cultura, para explicar el ethos literario y similares, que singularizan el por qué de una conducta o los resultados de una producción intelectual, y que nadie observa ni a nadie le interesa observar, o reflexionar y, menos, actuar con respecto a ello. Déjeme agregarle dos más, bastante ilustrativos.

4. El sentido generacional

La generación que hizo posible el Frente Nacional y que quizá lo disfrutó mientras nosotros lo padecimos, algo mayor que la de Siglo 20 pero menor que la de Milenios -para seguir con las identidades circunscritas a nuestro ámbito-, la que se asomó a publicaciones nacionales como La Calle, La Gente, la Gaceta de Tercer Mundo, Prometeo, en fin, la de Estanislao Zuleta y Mario Arrubla con su Estrategia, a la izquierda, y otras como las citadas, a la derecha y al centro, no tuvo, que recuerde, un periódico o una revista que dejara huella en Manizales.

Sé y he escrito sobre las aventuras periodísticas y literarias que corrieron cuando colegiales o universitarios, en las aulas o en los pueblos de origen, pero apenas hacen parte del curriculum personal de cada uno, de esos pequeños hechos que día a día son la vida, pero que también son, de algún modo, la cultura. Para que nos situemos, aludo a la de Mario Calderón Rivera, Hernando Giraldo, Rodrigo Marín Bernal, Rodrigo Giraldo Jaramillo, Néstor Fraume, César Hincapié Silva, Oscar Tobón Botero, Alfonso Giraldo Jiménez, Héctor Ocampo Marín, Iader Giraldo, Rodrigo Ramírez Cardona y otros muchísimos nombres -ya son los ancianos de la tribu-, de los que muy pocos le dicen a usted algo, porque en su mayoría derivaron hacia el mundo de la política, de la empresa, de la jurisprudencia o del periodismo neto, cuando no murieron todavía jóvenes. Sospecho que olvido involuntaria y momentáneamente otros, quizá más significativos para nuestro tema, pero sí le garantizo que los nombrados nos eran familiares en los tiempos universitarios.

Una inspección más variada y completa de esta generación, que no tengo a la mano y que intenté glosar en su oportunidad, la ha pergeñado en más de una ocasión uno de sus miembros, César Montoya Ocampo, de asidua presencia en hojas periódicas del medio caldense con la destreza y facilidad de su escritura, que por su emocionante anacronismo, los lectores de provincia reciben como un decorado regalo en el que el envoltorio o envase adornado y brillante, mejora sus objetos o eufemiza sus euforbios -para utilizar un término que debe serle grato-, pero cuya pertinencia literaria hoy, ambos, usted -presumo- y yo, nos abstenemos de recomendar.

Además de ser un gesto noble, aún en su abrumadora prodigalidad, las enumeraciones comentadas de Montoya Ocampo constituyen un necesario testimonio histórico, poco común dentro de la avaricia de mente y espíritu de los caldenses. El momento y la exaltación que hace de los que fueron o son sus amigos, no se queda en la intención de preservar del completo olvido a seres en los que percibió algún fulgor premonitorio de gloriosos logros, no importa si los alcanzaron o no, sino que rescata un tiempo y unas actitudes, con la que responde a esa vaga e íntima conciencia de que se trasciende como grupo humano.

El sentido generacional va de la mano del sentido histórico y si se carece de éste menos se adivina aquél. La generación del 98 como la del 27 en España, la «generación perdida» o la «beat generation» americanas, el grupo de Boedo y el de Florida en Buenos Aires, la generación política colombiana que Carlos Lleras Restrepo consagró en sus «Crónicas» , al identificarlas, lo que se consigue es resaltar las individualidades en toda su especificidad y su propio valor.

Otro aspecto que al suceder en Manizales pasaba inadvertido, sintomático de un modo de pensar, con sus consecuencias, fue el de que por un largo lapso de la década de los 80, con la excepción de Jorge Emilio Sierra que era periodista de planta, el diario local no contaba con un solo colaborador menor de cuarenta años en sus páginas editoriales. Por la inquietud que esto me causaba, dada la cerrazón al dinamismo del pensamiento y a nuevas ópticas de apreciación de la cultura y de la sociedad, recabé sobre ello al director de La Patria de entonces, Ignacio Restrepo Abondano. Hay maneras de coincidir hacia el futuro y no puedo decir si mi reclamo tuvo relación con la posterior aparición de Orlando Mejía Rivera y Germán Eugenio Restrepo, estudiantes aún de medicina y de derecho, y de otros jóvenes de provincia, quienes como el ensayista y el poeta citados, son parte muy destacada del presente vivo y actuante del hacer cultural caldense.

5. Los maestros franceses

Todo este recorrido, Carlos Alberto, le indica cómo continúa arraigado en mí el concepto de generación, para muchos superado, inexacto o desorientador. La personal inclinación y experiencia que delatan una concepción colectiva -que no masiva- de la cultura, los referentes que abordé arriba y la ineludible escuela orteguiana -sin su fijación cronológica, porque diría, como Gutiérrez Girardot, o como Agosti, «líbrenos quien sea de caer en pecado de orteguismo» que con la de Julián Marías, me marcaron tanto como mis maestros de historia crítica y de literatura francesa.

El principal, sino el primero, Albert Thibaudet (1874-1936), a quien Lanson le atribuye «la idea ingeniosa de repartir a los escritores en generaciones sucesivas», deseoso, dice, de terminar el proyecto de otro de mis autores favoritos, Sainte Beuve, «profesor de inteligencia» -lo es no obstante mi amor por Victor Hugo, el hombre y el poeta y a pesar del «Contra Sainte-Beuve» de Proust-, que consistió, nada menos, que en «hacer la historia natural de los espíritus».

A Thibaudet «le gustaba comparar, clasificar, y establecer relaciones», pero lo fundamental para él, como buen bergsoniano, era comprender lo particular, lo esencial, de cada autor, de cada obra, de cada movimiento, de cada generación. «Por razón de su carácter y de su inmensa información, ha servido de agente de enlace entre el pensamiento extranjero y el pensamiento francés, entre la crítica universitaria y la literatura viva, entre las letras, la historia y la filosofía» , escribía el maestro de historia literaria, Gustav Lanson, al señalar la categoría central de Thibaudet en la literatura francesa de la primera mitad del siglo XX.

En uno de mis libros inéditos*, un tratado de identidades, escrito también en forma de carta, incluyo este perfil que como puede observar -usted que ha seguido con atención que me halaga muchos de mis apuntes, inéditos o no-, es, para usar la metáfora de Platón, en letra grande, a lo que en letra pequeña propónese asimilarse mi silenciosa tarea. Que no separa la crítica de la historia ni lo contrario, y que aspira menos a instruir que a hacer pensar y a la vez, hacer reaccionar, de acuerdo a un postulado muy francés: «Ce genre de critique vise moins à nous instruire qu’à nous faire penser et réagir à notre tour» .

En unas instituciones de la ciudad llevé a cabo tiempo atrás, un ambicioso proyecto sobre la Historia Social de la Cultura en el Gran Caldas aplicando el sistema generacional, comenzando con la generación fundadora de antes de 1850. Y su ensayo cita el mío sobre las dos generaciones, la de Siglo 20 y la de Milenios, segmento de un trabajo mucho más extenso que quedó incompleto, y que fue desarrollado teniendo quizá presente, así fuera en la inconsciencia, a otro maestro francés, Jacques Bainville, «el tipo del intelectual puro, es decir, del hombre hecho para comprender» según se lee en uno de los párrafos que le dedicara Silvio Villegas , quien en mis lecturas iniciales me incitó hacia su «Historia de Francia» para situar el ambiente de los personajes de un infantil esbozo de novela «jesuítica».

No es ninguna revelación para usted mi inclinación por la historia, que me encantó desde niño, al contrario de aburrirme como recuerdo que confiesa Bainville en el prefacio de aquel libro , pero como él lo descubrirá más tarde, la antipatía por la historia lineal era la que entorpecía su vocación, como es la que aduzco Carlos Alberto para justificarle estos aparentes desvíos.

Pues «Historia de tres generaciones 1815-1918», es una obra de Jacques Bainville, admirador de Voltaire y de Michelet, discípulo y colaborador de Maurras, maestro de Raymond Aron, y «el más brillante y el más penetrante de los historiadores filósofos» , del que se admira su poder de clasificación y la precisión, nitidez y elegancia de su estilo. Bainville fue más conocido entre los lectores latinoamericanos por «Los Dictadores» en el que hace un recorrido «abreviado pero fantástico», lleno de inexactitudes, lo que no lo hace excepcional entre los historiadores europeos con respecto a nuestro continente, y como Marius André*, habla del positivismo comtiano de la teoría bolivariana y de la dictadura imperial que soñaba el Libertador, llama «científica» la dictadura de Porfirio Díaz en México y considera que la de Núñez, a quien tilda de verdadero caudillo, «fue sin discusión la edad de oro de Colombia». Sin perjuicio de su mentalidad derechista, creo pertinente reivindicarle esta anotación: «No se puede vencer a las ideas oprimiéndolas, menos aún si no se les puede oponer otras ideas» (p.162) .

Cuatro o cinco años más joven, Bainville murió el mismo año que Thibaudet, sobre el que aquí he querido insistirle por cuanto apareció en las letras francesas como un espíritu inmensamente cultivado, muy inteligente y muy original, que por su competencia en historia, en filosofía, en literatura y en otras disciplinas, podía darse el lujo de multiplicar con propiedad y soltura sugestiones, comparaciones e ingeniosas paradojas, pero especialmente por la noción que nos ocupa, que a Héctor Juan Jaramillo y a este su corresponsal nos atrajo siempre como la mejor perspectiva para pertenecer a nuestro tiempo y para analizarlo, la de generación, la que Thibaudet explica en el apasionante libro póstumo que leímos y releímos en las noches de Siglo 20, de esta manera feliz: «La ventaja de seguir muy de cerca la marcha de la naturaleza, de coincidir más fielmente con el cambio imprevisible y la duración viva, de adaptarse mejor a las dimensiones ordinarias de la vida humana, a la realidad y el producto de una actividad humana: es el orden por generaciones» .

Y es esta asunción, Carlos Alberto Ospina, una de las diferencias de Siglo 20 con publicaciones y con hornadas de escritores con las que coincidió y con las que vinieron después.

6. Los definitivos sesentas

Usted de algún modo compara esa «obsesión» personal que para su único director ha sido la revista Aleph, con Siglo 20, al ocupar el espacio vacío que dejó ésta y la que, modelo de tenacidad individual, continúa viva y vigente con invariable calidad o variable solo para acendrarla, tocándole formular persistente, el certificado de existencia a Manizales como espacio de cultura, ante la proclividad ambiente por obtener el de defunción.

Muchos de los que en esa expresa labor de conjunto que fue Siglo 20 y que en forma tácita contribuyeron o participaron en ella, también colaboramos y aun lo hacemos en la revista Aleph, como usted lo señala, al igual que representantes muy solventes de las nuevas generaciones, y cuenta siempre con rigurosos pensadores que la aprestigian a cada salida.

No hay necesidad de entrar en análisis o en detalles, porque los propósitos primigenios y la continuidad de un estilo signan una y otra publicación. Para decirlo en una casi perífrasis, aquellos jóvenes escritores y hasta los que no lo eran tanto, escribían en Siglo 20; muchos somos los escritores que hemos escrito o que escribimos para Aleph. Como tampoco quiero extenderme en el por qué la de Siglo 20 constituyó una generación, lo que usted aprehende y delimita en su escrito, y para lo cual el citado ensayista argentino Héctor P. Agosti nos sería muy útil , pero es en otra parte donde discurro sobre este tema tan discutible.

Empresa particular, desinteresada, importante y rica y amorosa, sobreviviente todavía y modelo en el país, es la revista Manizales, una verdadera ventana al mundo, fundada en 1940 por los poetas Juan Bautista Jaramillo Meza y su esposa Blanca Isaza, y que sigue en las manos filiales de Aída Jaramillo Isaza. Estoy casi seguro de que es la revista de origen privado no institucional que más ha perdurado en Colombia y probablemente, en América Latina.

El referente de escribir en estas revistas y el de haber escrito en Siglo 20 varía no apenas en cuanto a que en la nuestra se promocionó un grupo designable e identificable, sino en cuanto a darle sentido a un pensamiento o a su significación, en lo que no incide la heterogeneidad de sus contenidos, pues si se quiere, entre otros, el lineamiento antropológico de sesgo americanista, fue notorio en Aleph en la primera mitad de su vida, como en medio del amplio eclecticismo que la caracteriza, se pueden desprender otros de la tradicional y ya antañona Manizales.

Con todo, al fijar usted, como buen filósofo, las propiedades de la revista Siglo 20, y por ende, las de nuestra generación, perfiló con enorme perspicacia que suple la sutileza de delegarme el peso de establecerlas , sus diferencias con las nuevas generaciones; que van más allá de las naturales y comunes que conllevan tiempos muy distintos y en los que se han dado profundas transformaciones en todos los ámbitos del hombre. No. Son las que se aprecian de bulto en el aquí y el ahora de esta provincia cultural que es el Gran Caldas y particularmente, Manizales.

Del librito ya citado , desconocido cuadras abajo de la Plaza de Toros, permítame traerle de nuevo, aunque sea al pie de página, el aparte que escribí sobre el contexto en el que surgió Siglo 20, resonó el «boom» y apareció «Rayuela», para reiterar y complementar el tan ilustrativo suyo, y porque los años sesenta siguen siendo una mina para la interpretación de nuestra época.

Pero en esta ciudad entonces con escasos 200 mil habitantes, en «el corazón puritano» de la cordillera andina, parecida a Fall River, Massachusetts, según la describe Lustgarten -tan admirado por Borges y Bioy-, en que «la gente sentía mucho interés por los asuntos de los demás» debido a un supérstite sentido de comunidad fuerte todavía, aquí también, Carlos Alberto, quién lo creyera,»sucedieron» algunas cosas, entre las que no fueron de poca monta, que la Casa de la Cultura fuera orientada, no por dos «señoras», sino por dos mujeres poetas, personalidades fuera de serie; o que el dominio crítico nacional lo instaurara Ebel Botero desde estos lares; o que al frente de la insurgencia estudiantil en días de huelgas y autonomías por el Informe Atcon y de ministros del Opus Dei, del «hombre de la llama», del Moec de Larrota y del orto de las guerrillas, llegara a nuestra Universidad Jaime Arenas, el brillante estudiante de la UIS que terminó víctima de la ilusión revolucionaria; o que se echara a rodar la virgen de la Casa Mariana o que un conato de incendio o de bomba en el Colombo Americano del que el exdesignado De la Calle puede contarnos más, sacudiera el reaccionario marasmo de los arcontes; o que se prohibiera la presentación de la Dolce Vita y buscáramos el sitio clandestino donde verla; o que los dramas que se montaron y la vis teatral que se vivía tuvieran lógica culminación con los festivales de teatro; en fin, cada quien podrá recontar a su manera y de acuerdo a como le fue en él, algún acontecimiento que a pesar de darse dentro de la apacible, conservadora y casi intimista capital de Caldas, tenía su conexión vibratoria con el voltaje nacional, por no decir, universal.

Entonces, es en el contexto donde radica la principal diferencia, no por los hechos en sí, ni por los privilegios de la década, sino por el modo del acontecer y su relación con las gentes. Siempre he dicho que lo único que pasa en Manizales, es que no pasa nada. Pero a nivel del país, del continente o del mundo, podría decirse lo mismo, pase lo que pase. La ajenidad de los seres con lo que ocurre, a no ser para padecerlo, es el signo que expresa esta coyuntura entre dos siglos. No obstante los mecanismos de participación democrática, las solidaridades, las organizaciones comunitarias, las protestas colectivas, nunca antes el individualismo, bajo la religión del éxito y en medio de la masificación de los espíritus, del avenamiento de los deseos y de los sueños, había dominado tanto sobre sus propios estragos.

La aparente paradoja es que se trata de un individualismo masivo. No es el fetichismo de la mercancía de que hablaba Marx, ni la mercantilización del hombre, sino su equiparación; objetos del consumismo, el ser humano y las cosas se utilizan, se promueven, se desechan o se eliminan de acuerdo con las apetencias creadas, impuestas y mediáticas del consumidor del momento. Desde las guerras hasta la literatura; desde la política hasta la naturaleza. Son «los hombres contra lo humano» como reza el título de uno de los libros que más quiero de Gabriel Marcel , no sabemos con qué fin, mas con el mayor derroche de fantasía tanto como de técnica. Pienso que vivimos en un tiempo en el que el hombre, por primera vez en la historia, no sabe qué es lo que quiere y para dónde va, con la novedad que de ello es ahora plenamente conciente.

Puede ser que por eso no se habla de crisis de la novela ni de novela de la crisis. Porque no hay ni la una ni la otra, o no importa que las haya. Parecería, por los anuncios, las ediciones, las librerías y los «best-sellers» que sucede lo contrario. Volviendo a la paradoja me viene aquel comentario de Andre Gide, de que las patrias de la novela son, a la vez, las del individualismo: «Los pueblos que son grandes productores de novelas, son también aquellos en donde el individuo se distingue más, y con mayor agrado, de la masa» . Dentro del individualismo masivo es muy difícil distinguirse unos de otros, aunque todos luchan por hacerlo con todas las armas, pero como al contrario del Natanael gideano , son aceptada y perfectamente reemplazables, se llega, no sé si como deducción o moraleja, a hacérsenos más explicable el por qué ya no hay grandes novelas, y por maravillosas, recursivas, interesantes o entretenidas que sean las aparecidas en las últimas décadas del siglo XX, queda en ellas un sedimento que las asemeja.

Quizá encuentre en mi reflexión los vestigios de una filosofía y de una época de compromiso. De toma de conciencia, de la que Siglo 20 no se sustrajo, ni se podía sustraer. De ahí lo atinado de su escrito al destacar la autenticidad como el máximo reclamo de nuestra generación a las otras y a nosotros mismos. No podría responder ahora qué significaba, pero sé que para algunos de nosotros, al igual que el arte como intuición para Croce , adquiría inmediatamente una significación particular a cuenta de todo lo que implícitamente negaba y debe negar todavía.»¿Qué negaciones se comprenden en la respuesta?» ¿o en la falta de ella?

7. Simulación y autenticidad

La primera, la simulación, que es, por ejemplo, una de las notas de mayor relieve en la actualidad cultural de Caldas, absolutamente institucionalizada, protegida, aplaudida y por lo tanto estimulada. No interesa glosar cómo o por qué se llegó a esta situación, pero es el sometimiento, la complicidad, la indiferencia, cuando no su aprovechamiento, por parte de las nuevas generaciones, lo que marca ya una distancia con la de Siglo 20. «Es la aceptación de los valores dados y la búsqueda del éxito dentro de ellos», esa forma de esclavitud contraria a la nietzscheana voluntad de poder . No han sido jóvenes las últimas juventudes pensantes. No en eso, creo.

Es la ausencia de expresiones contestatarias, de rebeliones de pensamiento, de condenaciones enérgicas, de asonadas poéticas, de temeridades imaginativas, de sustentadas prepotencias mentales, de declaraciones encendidas con fuego sagrado, de siquiera manifiestos de conjunto de repudio a lo engañoso, a lo deleznable, a lo mediocre, lo que me ha llevado a esa conclusión. Escucharles algo así como «nos es forzoso avivar rudamente el mortecino rescoldo espiritual de nuestros escépticos contemporáneos» o algo por el estilo, no ha sido posible. En alguna ocasión, cito de memoria, decía Gide que los jóvenes «no saben lo que quieren, pero saben lo que rechazan y esto ya es mucho» . Hoy no podría decir lo mismo, porque sabemos más lo que aceptan, o asimilan. Actitudes funambulescas en vez de gestos de carácter. Las vestimentas o los disfraces externos o incluso, interiorizados; omnívoros, todos los consumos; el arribismo, universitario, intelectual, social o político; sólo la desacomodación provoca gesticulaciones, más que argumentos; a veces me pregunto si los tatuajes del cuerpo responden a la incapacidad de tatuar el alma.

En esto no pretendo exactamente comparar a las que nos siguieron, con nuestra generación, que no fue rebelde en la acción, no al menos el grupo de Siglo 20, sí otros muchos del país, de la misma edad, que fueron los que le dieron consistencia ideológica, calidad humana, actitud idealista, sentido de justicia y fervor revolucionario, a los movimientos insurgentes nacidos en los años sesentas y setentas. Sí lo fue de pensamiento, en la posición y en el concepto. Ni la provocación per se, que usted anota en los nadaistas, ni la publicidad, que lograron éstos a fuerza de desplantes más que de literatura, que siguieron alcanzando, ya con obras, y que hoy sesentones, logran todavía con discursos nostálgicos y recopilaciones, nunca estuvieron entre nuestras miras. Casi todos los nadaistas terminaron como «creativos» de agencias de publicidad.

En las nuevas generaciones del contorno, sea como aprovechamiento de oportunidades, mitificación de la imagen, mediación macluhaniana, aplicaciones de la acción comunicativa de Habermas, métodos difusores o de simple y llana sintonización con la época, ya que es común allende la globalizada comarca, aquí sí lo ha sido la publicidad, un animus teleológico.

Fuimos provocadores a nuestra manera; sin rehuirla ni hacer de la bohemia una perspectiva vital, ni de la intransigencia religiosa, política o siquiera literaria juveniles dogmatismos, la irreverencia -usted lo adivinó- fue siempre más una consecuencia que una motivación. Incitamos a la polémica no por retaliaciones o nombradías, sino para fijar concepciones. Y necesitaría un capítulo especial, que echo en falta, para puntualizar en qué y cómo nuestra generación, por una especie de prognosis, dando coces contra todos los aguijones y contra todos los muros, deseosos y seguros de lo que estaba detrás de ellos, los minamos y aflojamos lo suficiente para estar expectantes ante su derribo. Por eso, preformativos, protagonistas virtuales, envidiosos de los actores y solidarios con ellos, el mayo del 68 fue también nuestro, muy nuestro.

Le decía Carlos Alberto, que no planteo una comparación, ni un reclamo, al confrontar lo que he alcanzado a observar en las generaciones que sucedieron a la de Siglo 20 -en lo que han adoptado y en especial, a lo que se han adaptado-, con sus características o con las de otras del dintorno caldense o nacional, pero sí, ilimitándolas, quisiera situarlas de algún modo, ya que no sé si se han situado a sí mismas, con respecto a lo que me atrevería a llamar valores universales de las juventudes, comunes en las de todos los tiempos y de todos los lugares. Necesario para este propósito, es un libro que me regalara cuando me gradué en derecho -«no por tu patente de corso, sino por tu insobornable vocación de haber sido fiel a ti mismo» como reza la dedicatoria- un espíritu afín a nuestras emociones y a nuestras sensibilidades, Alberto Castro, titulado Historia social de la juventud , que se remonta a las del antiguo oriente y a las del mundo clásico y medieval, hasta llegar a las contemporáneas, en el que habla de juventudes inexistentes, ideologizadas, frustradas, exasperadas, integradas, etc., pero si el autor contemplara a las que circunscribo en estos párrafos, las rotularía, sin duda, de juventudes acomodadas. No es un ademán vanidoso si copio el texto de la felicitación que acompañó el obsequio -lo que con ayuda de Spinoza le quedará claro más adelante-, sino porque indica que la acomodación, en casi todos los casos, estuvo lejos de los de Siglo 20, al menos cuando jóvenes o desde jóvenes. Si se quiere, se afiliaban a muchas tendencias o ideas, pero no se acomodaban.

No es por una exigencia, sino por curiosidad que marco las cesuras -no censuras- entre las manifestaciones de las dos últimas generaciones y la de Siglo 20. Excluyo la que comienza, de cuyos positivos augurios avisto signos y escucho ecos «con el temblor de la esperanza y la impaciencia de la expectación» Quizá sí hayan tenido aquéllas expresivas impugnaciones de los servilismos, de las complicidades y de las deformaciones del hacer y el aparecer de la cultura en el Caldas de los últimos años, sin darme yo cuenta, pero serían aisladas y habría que ver si respondieron o responden a la conjugación de mentes y voluntades. De las que me he percatado, permeadas quizá por las de complacencia o adhesión, son más las manifestaciones individuales de impotencia que las de delación o rechazo.

De ahí que de cualquier voz solitaria, no sepamos si se origina por resentimiento, desaire, ruptura, desencanto, o si, de verdad, es independencia y firmeza. Acabo de leer, y ya era hora, por parte de uno de los miembros de la autodenominada «generación invisible», alusiones a «la forma diabólica como funciona el aparato cultural de la región y del país… en donde el gestor cultural sólo es una pequeña ficha de la mafia burocrática» . Falta ver si este insular, tardío, un poco abstracto y generalizado señalamiento, que tiene el atractivo de concernir al acápite de «la ética de la simulación», patentiza un nuevo temple apreciativo o es apenas un despecho circunstancial.

Recuerdo en este instante -y es bien sintomático- que comenzando los estudios universitarios nos alertábamos, además de solazarnos, con el libro Sociología de la autenticidad y de la simulación del filósofo colombiano Cayetano Betancur quien, según el parecer de Rubén Sierra , fue el que más aprendió de Ortega, pero creo que con beneficio de inventario. Claro que «autenticidad» era una palabra de indudable estirpe sartreana. Ya en el primer capítulo de la primera parte de El ser y la nada, hablando de las negatividades del ser del hombre, planteaba Sartre la «mauvaise foi» que es la misma inautenticidad, la cual implica un proyecto de engaño a los otros a la vez que de autoengaño, enmascaramiento en el que no hay dualidad, sino la unidad de una conciencia .

Entre esas «conductas de la mala fe» , la segunda, para Sartre, es la indiferencia: ante la simulación, ante la estupidez, ante el ridículo. ¿Me leyó usted hace poco, en la que aludiendo a las continuas farsas de políticos y vendedores disfrazados de representantes culturales, concluí mi columna en El Tiempo diciendo que los individuos tienen derecho a hacer el ridículo, pero las sociedades no? Repase por donde quiera las obras de Nietzsche y verá Carlos Alberto en sus subrayados, o en sus cuadernos de lecturas, o en sus fichas, o en el disco duro, donde sea que lo antologice, la constante fustigación a los “filisteos”.

También está el «trascendentalismo», que a los de Siglo 20 nos endilgó Ebel Botero en el diario El Espectador. Relacionada con la anterior, interpretábamos quizá, aunque no de manera consciente, la «facticidad» y la «trascendencia» , los dos aspectos de la realidad que, según el filósofo francés, el inauténtico trata de combinar. Sea lo que fuese, aunque un retintín despectivo sonaba en la clasificación del crítico manizaleño, la tradición del bien escribir y el mejor pensar, con respaldo en un bagaje amplio y bastante consistente -para la edad que lucíamos- de fuentes válidas que considerábamos «eternas», era una convicción internalizada, en ocasiones paralizante, menos por la insuficiencia o el desmayo, que por lo inaudible del eco.

8. Los deberes de la inteligencia

Sí Carlos Alberto, es esa honradez intelectual que usted indica como el proceder natural de la mayoría de los integrantes del grupo Siglo 20, la presea que condecora la conducta y la creación literaria de la generación representada en nosotros. Sin que entrañe moralidad su comentario, ni el mío cualificación del resultado.

Creíamos y nos quedó la impronta, en los que Aníbal Ponce llamó «deberes de la inteligencia» el primero de los cuales es el obedecerse a sí mismo, sin mediaciones ni condicionamientos, lo que tanto tiene que ver con la dignidad personal. «Nada que pueda merecer un reproche, nada que pueda merecer una obsecuencia» .

Es ese decoro en lo que se escribe, en lo que se piensa, en lo que se propone o en lo que se proyecta u organiza, ese mínimo principio del que parten nuestros actos o nuestras meditaciones, el que gravita al asombrarnos de la generalización de la cultura espectáculo, promocional y politizada, del arte como entretención o comodín burocrático o publicitario, de las autocondecoraciones florales con ovaciones del claque del poetariado, pero peor aún, ante todo ello, de la indiferencia que es «la saciedad política» según dijo alguna vez Lenin, en esta frase que toma el mismo Ponce de otra fuente: «Confesar la indiferencia es confesar al mismo tiempo que se pertenece al partido de los saciados» . ¿Es comodidad? ¿O es la indiferencia otra forma de indagación? Usted que lo maneja mejor, puede aclararme este desglose de Heidegger: «…esto no es fe ni preguntar, sino indiferencia, y ésta puede ocuparse de todo e, inclusive, interesarse mucho, tanto en ella como en el preguntar» .

Como ve, profesor, es el contraste exacto con la «intensa pasión por mejorar las cosas» que usted reconoce en la que fue nuestra postura. ¿Y con la óptica de Zuleta, no consideraba Nietzsche que la misión fundamental de la filosofía, es hacer que la tontería adquiera mala conciencia de sí, o sea combatirla? Lo que no calcularon los pensadores marxistas, fue que en nuestros días, a esos satisfechos, ya ahítos de la política, los acosaría una nueva insaciabilidad, la del prodigarse publicitario, la de la instrumentalización de todos los medios, aún la de las personas mismas -si fungen en un cargo- con tal de verse impresos, invitados a certámenes o palmoteados en el hombro, se tenga o no qué decir; en síntesis, toda ella se resume en la del aparecer sobre el ser, mientras en cuanto ha estado a nuestro alcance, intentamos nosotros -realizando la teoría del conatus de Spinoza- en «perseverar en el ser» , aunque siempre nos ha inquietado y querramos indagar, como Sartre, «el ser de ese aparecer» .

Hasta el punto de que en esa admirable fecundidad de los nuevos nuestros, se hace difícil escarmenar entre lo que hay de disciplina creativa, de puntaje universitario, de escalafón docente, de oportunidades editoriales o de la simple e inescrupulosa simulación, sobre la que acompañado de Montaigne, de Emerson o de Erasmo, podría abrumarlo, pero ya los he paseado por otros documentos en los que no puedo ocultar mi repugnancia ante esa acción que nos rebaja con el solo permitirla.

Recién salido de la formación recibida por los educadores de la Compañía de Jesús, retumbando en mis oídos, como en los de Stephen Dedalus , las admoniciones sobre el pecado y la muerte, sobre las tentaciones de la carne y los autores prohibidos, perturbado por el Unamuno sintiente, que mencionaba su nombre a través de casi todos los capítulos de su libro , era yo, y en cierto grado también los compañeros provenientes de colegios laicos, éramos, le repito, y casi todos lo seguimos siendo, espinocistas, qué importa que de ello no se haya sido consciente entonces o todavía, pero a esa libertad de ser lo que se es, en lo que radica la libertad para Spinoza , no quisimos ni hemos querido o podido renunciar, so pena de rechazarnos o de descender frente a nosotros mismos, que esto sí, para los griegos, es el verdadero pecado. De él también aprendimos que la humildad es una falsa virtud y como la generación de Goethe, «quien reconocía de buena gana lo que debía a Spinoza» , en forma tácita la nuestra «hallo en él la expresión clásica de sus convicciones y, en particular, de su afán de unidad» como, en palabras de Eucken, debo reconocerlo.

Esto es parte, entonces, con todas las objeciones válidas y las excepciones individuales que puedan alegarse, de lo que diferencia a la generación de Siglo 20 con las nuevas generaciones. No sé si es éste el momento para inquirir hasta dónde nos es permitida «esta libertad de pensar y de decir lo que se piensa» . Lo curioso es que sea a partir de su página conmemorativa, que se dé el pretexto para hacer esta especie de corte de cuentas, y no en la diana del «clarín de una generación que se alza» que es de donde debió partir esa iniciativa.

9. El poder y los podercitos

Con todo, es la propincuidad, la labilidad, el continuo cortejo con relación al poder, y a los poderosos, sea cualquiera su estirpe, política, social, intelectual, periodística o universitaria, por parte de las nuevas generaciones, lo que más ha contribuido a la fijación de linderos con la de Siglo 20.

Les tocó «la irrupción de la horda salvaje en el coto del espíritu» . Tal vez el complejo de culpa de la capital de Caldas por la tridivisión del Departamento a partir de 1966, del que el centralismo real o aparente más que un pretexto, fue una razón, y el surgimiento de modestos caciques pueblerinos con toda su clientela política, que fueron convirtiéndose en figurones imprescindibles de convenciones, directorios y cuerpos colegiados, con la consecuente expulsión de la inteligencia del manejo de cualquier mecanismo social, bien fuera la imprenta, el periódico, el instituto cultural, los colegios, las academias, las secretarías de educación, etc. -y no digamos nada de los otros-, para ser reemplazada por la astucia, y la formación intelectual subsumida por la capacidad de adulación, propiciaron el que de todas las provincias, se precipitaran los que por sus inquietudes, sus aficiones o su superioridad sobre el resto de su comunidad, eran los jóvenes de mostrar, las promesas de sus pueblos.

Pero instrumentalizados ab initio, tuvieron que medrar a la sombra de aquellos políticos, poco menos que analfabetas, directa o por interpuesta persona, para canalizar su apetencias hacia otros jefes, más cultos o más decisivos, y empezar a acceder a centros donde ejercitarse y desplegarse, de acuerdo con sus necesidades o ambiciones intelectuales.

Por emulación, competencia o camaradería, o porque se convirtió en un proceder común, imprescindible o deseable, buena parte de los nacidos en Manizales, no todos, claro, adoptaron por fuerza de los hechos o por su familiaridad, los mismos patrones, políticos y de conducta. Hacen parte de la llamada democratización de la cultura, que tiene las ventajas conocidas, pero a la que le es o le vuelven implícita «la ausencia de valoraciones».

Así es como vimos buscar prólogos y obtener prólogos, o «pujar» por todos los medios y en todos los medios, nuevos nombres que poco a poco, con constancia admirable y no poco trabajo, mas insoslayables méritos, constituyen desde hace tiempo la primera fila en el orden literario del Caldas contemporáneo; pero se multiplicaron a su lado «afortunadas mediocridades… secuaces o discípulos de los grandes, … imitadores serviles o chafallones -cuando no copiantes o plagiarios» .

Esa manipulación continua de los instrumentos de poder, en forma activa o pasiva, engolosinó a los más destacados representantes de estas nuevas generaciones, a las primeras por costumbre, y por contagio a las segundas, y el organizar semanas y ferias culturales; hacer parte de una junta, de un cuerpo de redacción, de un centro académico, de un comité editorial; ver su nombre en todos los impresos, participar en todos los concursos, decidir qué se hace y quiénes lo hacen, cursos, conferencias, diplomados, maestrías, etc. y escribir bien o mal, pero publicar, ante todo publicar y publicar, abultar la bibliografía por exigencia o recompensa universitaria, acceder a cualquier puesto decisorio, y tener un poder grande o cualquier poder, son los determinantes más notorios en sus realizaciones intelectuales, y los más diversos de los de Siglo 20.

No discuto el valor de muchas de las obras literarias que han aportado a la región y al país, y la estatura mental de varios de los escritores que ya hacen parte de la historia de la inteligencia caldense. Que en algunos se trate de una vocación legítima y de una opción vital, no logra disipar que casi siempre quede en el aire la sensación de que la literatura y la cultura, en su concepción generacional, es un medio y no un fin. Las fronteras son indecisas porque las sombras y los acentos del poder, no dejan percibir con nitidez la pureza del acto creador.

El arte y las letras decaen transformados «en un medio y en un momento de distinción, de recreación y no en un momento de confrontación con el sentido de la vida» como lo mostraba Nietzsche perdiendo así la relación fundamental con aquel a quien se dirigen. Los vínculos se volvieron más importantes que las mismas obras o el talento, para su edición o promoción. Si no las logra, sea o no hipotético su magín, el artista se vuelve un resentido. Y como acierta el fértil e insospechado Josep Pla: «Si puede comer buenos bocados se vuelve orondo y se convierte en un foliculario indefectible de quien manda» . Tanto en un caso como en otro, es el aplauso externo y la imagen los condicionantes.

Asociado a esto, me llama la atención lo fácil que es adivinar dentro de nuestros círculos quiénes asistirán o faltarán, con seguridad, a una conferencia, a un acto o a una ceremonia que tenga que ver con la inteligencia o la estética. Por sobre la entidad misma, intrínseca, del protagonista, o de la materia, es el aura de prestigio social o su reflejo, en la medida en que los contenga, por sobre los valores intelectuales o artísticos, los que por su atractivo, por su beneficio, para hacerse amigo o para que se les tenga en cuenta, hará movilizar a nuestros mandarines. Es parte del funcionamiento de los mecanismos provincianos de poder.

Por otra parte nos ha tocado presenciar lo que llamara Papini «el advenimiento de los murciélagos de la filosofía» y hasta a los mejores los vemos como Trías a Adrian Leverkün, librados «a la desmesura de una espiritualidad ensoberbecida» .

10. Revueltas y herencias culturales

No hay nada de lo que aquí afirmo que no sea controvertible, y es pertinente, en gracia de la objetividad, traer el apunte de Rubén Sierra Mejía en la solapa con la que se presentó mi libro Herejías, al preguntar si no era arbitraria, a su modo de ver, la generalización -en la que acostumbro caer, como ahora- de predilecciones personales como si fuesen tendencias de mi generación . Sigo ofreciendo y asumiendo ese plano, dijéramos anamórfico, corriendo los riesgos de inexactitudes en nombres, rasgos, inclinaciones o ritmos, pero la visión panorámica, con su telón de fondo, pienso que se aproxima bastante a la realidad percibida, si se quiere, como psicología literaria, la que Santayana dice que «es el arte de imaginar cómo sienten y piensan» los que sometemos a nuestra mirada a la vez analítica e intuitiva y de encontrar en el dato real esencias evidentes de actitudes mentales.

Es que por tener el privilegio de vivir una época en la que fuimos bastante más que testigos, que nos abrió el mundo y nos lo ofreció para hacerlo nuestro, inmenso pero asible; recibimos una herencia cultural del pasado y vivimos y soñamos y pensamos con la que se comenzaba a acumular. Lo que se traduce en la peculiaridad de nuestra cultura, por cuanto, para decirlo de algún modo, nosotros conocíamos y conocemos los autores que conocían nuestros padres y abuelos y leímos los libros que ellos leyeron, pero que las generaciones que nos sucedieron no conocieron ni leerán ya; y conocimos y conocemos los autores que han encantado a las nuevas generaciones y leímos y leemos los libros que han leído y que leen, pero que nuestros mayores no alcanzaron, pudieron o quisieron leer.

A su vez, Héctor Juan Jaramillo piensa que nosotros echamos por la borda buena parte de la herencia cultural que nos legaban o imponían los predecesores, pero la conocíamos a fondo, mientras las nuevas generaciones parecen haber decidido hacer lo mismo con la rica o pobre que empezamos a dejar, pero sin conocerla. Ni una revuelta en el lenguaje, ni en los géneros, ni en las ideas, ni apóstoles, ni profetas de novedosas eras, ni posiciones anarquistas ni de vanguardia, ni planteamientos o posiciones que sacudan el alma, han identificado o revestido su asomarse a nuestra historia. Dejarán huellas individuales, quizás, pero no estela.

Las revoluciones literarias o estéticas se hacían dentro del respeto de los valores, porque la cultura era una continuidad -escribió Claude Mauriac – ante las tentativas de algunos de sus contemporáneos de subvertir y cambiar fundamentalmente la escala de valores, deificando y sacralizando a Sade, Lautrémont, Rimbaud, Mallarmé, Jarry, Apollinaire, Roussel y todo el malditismo de la literatura, como profetas de un nuevo tiempo. Los nadaistas en Colombia se inauguraron con una quema de las obras canónicas de todas las literaturas.

Sin llegar a extremos, con un equilibrio que no nos impidió elegir, asumimos la responsabilidad del espíritu sin permitir que terminara en una ficción . Hemos estado más atentos a las producciones, revelaciones y plenitudes de los que vinieron después, que a las de nosotros mismos. Ya le dije que los de Milenios y los de antes de ellos, se miraron entre sí y estudiaron a sus progenitores literarios. Los de Siglo 20 se desentendieron los unos de los otros y han operado más la amistad, en la asunción nietzscheana de anudamiento fundado en una esperanza común y una exigencia común de darle forma a la vida y a la cultura , y las evocaciones o los desconocimientos cuando no las exclusiones, que la descomposición de sus trabajos o el interés por éstos. Menos la exaltación y la que se hace sincera, no se escribe. Porque también tuvimos bastante de Boedo y de la Florida y de esa discriminación clasista, que tuvo mucho de autogestión, quedan rescoldos de mezquinas pequeñeces.

El tanteo especular de común cultivo entre nuestros antecesores y nuestros sucesores, practicado por ellos y hacia ellos o hacia otros, y omitido hacia nosotros y también por nosotros, fuerza a ser osados al examinar o absolver la cuestión, y «si se me permite hablar en psicólogo diré que es un sentimiento característicamente compuesto de orgullo y de inferioridad, de menosprecio y de temor», lo que aventuro como hipótesis, ya que se nos atravesó Leverkün -el personaje de Mann-, remitiéndome a parte del largo discurso que le espeta Saul Fitelberg , pero cualquiera es válida, aún lo de «la obra más bien escasa» a que usted hace referencia, lo que no es justo si tenemos en cuenta la de Jaime Echeverri, la de Adolfo León Gómez, la de William Ramírez Tobón, o la de Eduardo López Jaramillo, ese hombre del Renacimiento que acaba de morírsenos, para no alargar la lista, o lo de una supuesta precariedad cualitativa de la del grupo fundador de Siglo 20.

Ese juego de espejos, de recíproco reflejo, es uno de los aspectos más especiales, admirables y envidiables de las nuevas generaciones. Se agrupan, se antologizan, se comentan, se promueven, se discuten, se desaprueban, se incluyen o excluyen, pero se atienden o desatienden, porque se mantienen pendientes unos de otros. No comprendo entonces porqué tomaron el nombre de «generación invisible». Ya que no solo se muestran sino que se ven por todas partes, en permanente batalla por la visibilidad. Es cierto que les ha faltado continuidad en las publicaciones de grupo y han ensayado muchas y distintas. Sus contactos o su ascendiente en el diario local, como que ha estado sujeto a altibajos, lo que nos ha pasado a todos, pero tuvieron en Orlando Sierra su pica en Flandes. Eso sí, su dependencia de los factores políticos ha sido más notoria en ellos. Las figuras que han traído para presidir los Juegos Florales, por ejemplo, tienen su peso en la irradiación pública que los acompaña más que en la densidad o en el rigor de una construcción intelectual e incontaminada de elementos exógenos, que la haga más respetable.

Me siento con autoridad y con miedo, filósofo amigo, para confrontar a los que nos siguieron en el tiempo. Para que el tiempo funcione no puede haber más que el reinado de las diferencias, concluye Zuleta en el librito que le he citado, comentando a Anaximandro y a Heidegger. En muchos de ellos he puesto mis mejores complacencias. He escrito sobre algunos, aunque la prueba de esto es un texto reactivo que despertó iras, pero no discusión . Es mi estilo, y como le escuchara al cineasta Ettore Scola, el estilo es un modo de colocarse ante los demás. No la quisieron o no fueron capaces de darla. La Universidad debió de haberla propiciado. El «Juicio» fue asumido como una especie de «Epístola invectiva» similar a la que contra Juan de Prado, amigo de Espinoza, escribiera el energúmeno Isaac Orobio de Castro, filósofo médico y «cazador de herejes» . Ojalá con esta no pase lo mismo. Gracias, Carlos Alberto, por haberla estimulado.

Le estrecha la mano,

Hernando Salazar-Patiño

Compartir: