¿Es Manizales una ciudad universitaria?
La pregunta que titula este artículo puede sonar impertinente, pues pone en duda lo que para casi todos resulta obvio. En efecto, la ciudad se considera como universitaria simplemente porque hay en ella un número más o menos grande de universidades, la mayoría de las cuales tiene aquí sede propia, mientras que otras funcionan con el esquema de representación. Sinembargo, la mera acumulación de universidades no convierte a Manizales en ciudad universitaria, pues algo similar podría decirse de otras ciudades del país que no reclaman tal título, a pesar de contar con un porcentaje de población compuesto por estudiantes universitarios que, en algunas, es superior al de esta ciudad.
Mi impresión personal es que Manizales comenzó a titularse a sí misma como ciudad universitaria por residuo, al constatar el desmantelamiento de su tejido industrial, la pérdida de su posición como centro financiero, la crisis del café y el traslado del comercio y de firmas de representación a queridísimas ciudades vecinas. Al suceder esto, la sociedad manizalita se percató de la existencia de varias universidades que se habían instalado allí desde antes de que todo esto sucediera y que se convirtieron, por descarte, en uno de los principales argumentos de promoción de la ciudad.
A pesar de ello, insisto, la mera agregación de universidades no convierte a la ciudad en universitaria, sino que debe estar dotada de un plus que la distinga cualitativamente de otras ciudades con una similar participación porcentual de universitarios en su población. Para ilustrar qué queremos decir con tal plus, baste considerar lo que se da en el campo de la industria. Cuando se quiere proyectar una ciudad como industrial se comienza por destinar unos terrenos para un parque industrial, se preparan vías, terrenos, infraestructuras y servicios para tal fin, se tramitan incentivos tributarios para las empresas y se hace toda clase de gestiones en los sectores empresarial y financiero en otras ciudades. En el tema universitario en Manizales, algo así se hizo sólo una vez, en los años cuarenta y cincuenta, con la destinación explícita de terrenos para las universidades públicas. Desde entonces, no ha vuelto a haber planeación territorial y prospectiva de la ciudad alrededor del componente universitario y han sido las propias universidades las que han debido abrirse espacio en la ciudad por sus propias gestiones. Desde un punto de vista urbanístico, el resultado no ha sido, como es lo normal en una verdadera ciudad universitaria, un tejido edificaciones y elementos simbólicos articulados por senderos ambientalmente adecuados para el propósito académico, sino unos edificios dispersos, en gran medida reciclados, rodeados de grandes vías ruidosas, algunas de las cuales han sido creadas o ampliadas en el margen de universidades que ya estaban allí, sin ninguna consideración por la función que ellas cumplen. Este trato urbanístico muestra en qué medida las universidades no han entrado realmente en la concepción de la ciudad más que como un elemento agregado por otros (la Nación, en el caso de las universidades públicas, e iniciativas privadas, en los demás casos) y no como componentes esenciales de una ciudad que se ha concebido más en otros términos, muchos de los cuales podrían ser perfectamente ligados con la academia universitaria. Lamentablemente, en general esto no ha sido así. Una desconcertante prueba de ello es que el proyecto de hacer de la ciudad un eje del conocimiento se ha desenvuelto, paradójicamente, al margen de las universidades. Es de reconocer, sinembargo, que el Alcalde Néstor Eugenio Ramírez ha corregido recientemente este error, al nombrar como gerente del proyecto al Abogado Octavio Arbeláez Tobón, ampliamente conocido como director artístico del Festival de Teatro, pero que es fundamentalmente un auténtico empresario cultural de amplísimo reconocimiento internacional, quien ya ha formulado unas acertadas iniciativas de articulación entre la academia y la ciudad.
Para que Manizales, que ha perdido gran parte de sus argumentos para ser considerada con seriedad en diferentes sectores de la vida nacional, llegue a ser realmente una ciudad universitaria, tendrían que darse varias cosas. En primer lugar, su población y, en especial, sus dirigentes, deberían adquirir una noción más amplia de lo que son y buscan ser hoy en día las universidades colombianas. En el caso particular de la Universidad Nacional, del cual solamente hablo porque es el que mejor conozco (y por ello ofrezco excusas por la omisión de las realizaciones de otras universidades), más que ser solamente un centro de formación superior, desde hace unas dos décadas su esfuerzo se ha dirigido a constituir la investigación en el eje de su vida académica. Además de múltiples proyectos de investigación como tales, se han hecho y se siguen haciendo grandes inversiones en centros de investigación, laboratorios y formación Doctoral de profesores en países extranjeros. Como resultado parcial de este esfuerzo, la Universidad tiene cerca de un diez por ciento de su planta profesoral con título de Doctorado, tiene un número importante de profesores cursando dichos estudios en varios países, se publican los resultados de investigaciones en revistas internacionales de alto nivel, se han consolidado varios programas de Maestría, se apresta a abrir programas de Doctorado y, algo muy significativo, se reciben múltiples invitaciones de sus profesores para impartir cursos y conferencias en diversos centros de Europa y América. Es de justicia reconocer que un sólido apoyo para la actividad investigativa lo reciben por partes iguales las Universidades Nacional y de Caldas de una estampilla sobre contratos, aprobada por el Concejo Municipal y la Asamblea de Caldas. Este paso es una de las múltiples medidas administrativas que, junto con los desarrollos ya señalados, podrían ser articulados en una propuesta de la ciudad ante el Parlamento de constituirse como Distrito Universitario.
En segundo lugar, se requiere una mejor articulación urbanística de las universidades en la ciudad. Además de corregir los problemas ambientales ya mencionados, que nos agobian especialmente en los campus insertos en la malla vial, es necesario plantear proyectos de articulación entre la ciudad y la academia acordes con las funciones de la universidad. En tercer lugar, se necesita dotar a la ciudad de servicios que la hagan atractiva para los estudiantes foráneos, especialmente en lo relativo a la cultura, que permitan dejar atrás el triste estigma de ser la ciudad con mayor consumo per capita de alcoholes y drogas. Igualmente, es necesario hacer la ciudad atractiva para académicos y científicos en eventos y estancias cortas. En la Universidad Nacional, por ejemplo (de nuevo excusas), se ha doblado la cobertura de residencias estudiantiles en los últimos años y se está adecuando el Auditorio del Campus de La Nubia para que sirva como centro de congresos especializados, con la posibilidad de realización de tres sesiones paralelas o de una plenaria, con todos los necesarios equipos de sonido, audio y proyección, que se suma al Auditorio de Palogrande, bien conocido.
En cuarto lugar, urge una estrategia de acogida de los estudiantes egresados de las universidades, no meramente en el sector laboral, sino más bien en el sector productivo, que permita superar el actual estado de la ciudad como exportadora de talentos formados en nuestras universidades. Es evidente que, ante el desmantelamiento de la industria local y el traslado de su actividad financiera y comercial, la ciudad no está actualmente en capacidad de retener a sus mejores talentos jóvenes. Como anécdota, hace unos pocos años impartí un curso de posgrado en el que sólo uno de los dieciocho alumnos era residente de la ciudad; lo curioso es que los demás eran oriundos de Manizales que se habían trasladado a Pereira y Armenia a abrirse paso en la vida. Sinembargo, el tema de la emigración de talentos no parece haber suscitado mucha preocupación entre nuestra dirigencia. A lo largo de los últimos años, las universidades han hecho un esfuerzo de acercamiento al mundo productivo, manifestado en el sostenimiento continuo y paciente de la Fundación Universidad-Empresa, sin que se haya logrado la acogida adecuada de esta entidad. En este punto, hay que llamar la atención sobre el rol que pueden jugar las universidades en los sectores cultural y productivo de una ciudad. No es lo mismo, por ejemplo, plantear la creación de orquestas, parques tecnológicos o centros de I+D (investigación y desarrollo) en una ciudad sin programas curriculares universitarios, de pregrado y posgrado, en las respectivas áreas que en otra que sí los tengan. La existencia de programas curriculares garantiza la disponibilidad continua de estudiantes creativos que alimentaría tales proyectos y la circulación de académicos nacionales e internacionales que ventilarían nuevas ideas de desarrollo.
Una audaz y rotunda idea que permite dar varios pasos adelante en la vía de la superación de las deficiencias mencionadas, que hacen que Manizales no sea realmente una auténtica ciudad universitaria, es la iniciativa planteada por el Rector de la Universidad de Caldas, Prof. Carlos-Enrique Ruiz, de construir el Centro Cultural Universitario – Ciudad de Manizales en predios de dicha universidad, pero que enlaza igualmente, no sólo a la Universidad Nacional, sino a un amplio sector residencial de diversos estratos en los que hay asimismo otras entidades educativas. El proyecto, que comprende una gran biblioteca, museos, salas de exposiciones, conservatorio de música, un auditorio para todo tipo de eventos y, en especial, para música y ópera, tiene además la característica de ser un espacio urbano en sí mismo, ya que su cubierta es una grande, serena y amable plaza desde la que se recibe un paisaje montañoso de amaneceres y atardeceres. El anteproyecto fue encomendado por la Universidad de Caldas expresamente al Arquitecto Rogelio Salmona por ser, de lejos, nuestra figura más representativa en el panorama de la arquitectura mundial, posición que fue confirmada recientemente por el otorgamiento de la prestigiosa Medalla Alvar Aalto en Finlandia, cuyo carácter selecto lo expresa el hecho de que sólo se otorga cada lustro. Con este proyecto Manizales no sólo tendría entonces un lugar de enorme atractivo sino, de fondo, un elemento esencial para canalizar adecuadamente la creatividad de la población académica, especialmente en el campo de la cultura. Por su parte, tienen allí cabida museos de variada índole, entre los que se destaca la sala dedicada al Maestro David Manzur. El conservatorio de música permitirá consolidar la academia de talentos a quienes se debe la ebullición musical de la ciudad en los años recientes y, finalmente, la biblioteca servirá para ampliar y potenciar la comunidad científica local. Al estar cómodamente inserto en un predio de gran amplitud, el Centro tendrá el ambiente adecuado para las labores universitarias del que carecen algunos espacios de esta naturaleza en la ciudad, hostilizados por el tráfico vehicular, símbolo del desarrollo para algunos.
De otra parte, esta propuesta se enmarca en una idea de revitalización de ciudades sobre la base de hitos arquitectónicos de gran significado, la cual ha tenido en los últimos años gran éxito en España, especialmente. Desde el ejemplo de Barcelona, que a partir de los Juegos Olímpicos de 1992 comenzó a realizar múltiples obras emblemáticas firmadas por arquitectos de prestigio mundial (Isozaki Arata, Norman Foster, Richard Meier, etc), Bilbao hizo algo semejante con la construcción del Museo Guggenheim, encargado a Frank Gehry, mientras que Valencia hizo lo propio con la Ciudad de las Artes y las Ciencias, encomendada a Santiago Calatrava. Todas estas obras, la mayoría de las cuales son de naturaleza cultural como es el Centro Cultural Universitario que se propone para Manizales, han significado un incuestionable renacimiento de dichas ciudades y han orientado hacia ellas una suerte de turismo cultivado, cualitativamente distinto del que pretende promoverse en nuestra región con cierta idea que sería brusco mencionar en este contexto. En todos esos casos, las obras arquitectónicas son el objeto de interés en sí mismo, más allá de su contenido. Esto subraya el acierto de encomendar el Centro Cultural Universitario – Ciudad de Manizales expresamente a una gran firma de la arquitectura internacional.
En síntesis, para ser verdaderamente una ciudad universitaria, Manizales debe primero dotarse de una concepción más amplia e integral de lo que es realmente una Universidad y de su impacto potencial en el desarrollo económico y cultural, así como de los elementos urbanos, arquitectónicos, administrativos y empresariales que hagan realmente creíble ese paradigma. El resto del esfuerzo requerido lo están haciendo, calladamente y desde hace años, las propias universidades.