Epicuro y las rosas rojas
La figura de Tulio Bayer provoca una especial atracción, al tiempo que evoca una anécdota de juventud: algunos notables de la ciudad habían creado una historia calumniosa acerca de la librería Mi Libro por que su dueño, Pablo Pachón, vendía libros de Marx y Engels.
Nadie se atrevía a acercarse a la librería por su fama de lupanar, a todos se les prohibía acercarse al librero por su imagen de proxeneta; los más osados se atrevieron a preguntar por una supuesta rosa roja que abría de inmediato las puertas de la lujuria.
Llegué una tarde con dos compañeros de colegio y cien mil pesos en los bolsillos -una fortuna en 1979 -, compramos colecciones enteras sobre el materialismo histórico, varias versiones de Nikitin y algunos trabajos literarios que no se si aún reposan en la biblioteca del Instituto Universitario.
Tenga mijo este libro que es una joya – dijo Pablo Pachón –
Se trataba de La Carta Abierta a un Analfabeta Político, un libro iniciático y esclarecedor sobre el sentido de la política, escrito por el médico Tulio Bayer. Lo leí después varias veces, comprendiéndolo mejor en cada oportunidad. La vida nos ayuda a entender los libros, dice el viejo Borges.
Ahora estoy seguro que Tulio Bayer no era un marxista, pero sí un revolucionario en el sentido vital. Ahora también tengo claro que la sociedad crea imaginarios perversos en todas las latitudes, y que esa tarde visité por primera vez la casa de Epicuro para celebrar una orgía literaria, sin rosas rojas.
Eternamente Nazario
Recuerdo una noche en el café Osiris, mientras tomábamos el vigésimo tinto con el entrañable Mambrú, a Nazario en la puerta del establecimiento rascándose con frenesí las piernas.
Había oído hablar de él muchas veces en la casa del viejo barrio de los Agustinos. Al lado del loco Quijano, Nazario hacía parte de la selección más destacada de orates de la ciudad con la que solían compararnos a la hora de calificar alguna de las acciones disparatadas de la adolescencia:
– Con esas ideas tan raras, vas a terminar rascándote las piernas en la carrera veintitrés, solía anunciar mi madre.
No sé porqué la imagen vívida de Nazario me acompaña desde hace varios días, me pican las piernas y le acabo de comprar la ruana verde al vigilante de la cuadra. Siento un deseo incontenible de pararme en las puertas de los bares para mirar con ojos encendidos a los contertulios que a su vez observan con diversión y piedad.
En la mesa cinco del Osiris encuentro sentado a Mambrú tomándose el mismo tinto, leyendo Sin Remedio y canturreando las canciones argentinas que aprendió solo en la cantina de Chucho Milonga. Del otro lado de la calle, se ve pasar lentamente una ciudad que no ha resucitado sus locos y aún no ha enterrado con dignidad a Quijano.
– Es que el paraíso todavía está ocupado, lee Mambrú en una página del escritor Antonio Caballero.
Mambrú se fue a la guerra
Por estos días el país sabe a trapo, se ha puesto sobre la mesa toda la capacidad de maniobra de los sectores en conflicto, aparecen los rostros desnudos del poder y se emplean hasta el límite las tácticas mil veces efectivas de la calumnia y la desinformación.
Mientras parece que la vida se jugara en cada afán electoral, el país ve desfilar sus jóvenes enrolados en ejércitos de todos los colores; profesor, ¿por qué Mambrú se fue a la guerra?, me preguntaron esta mañana dos estudiantes universitarios con curiosidad sociológica.
¡Mambrú se fue a la guerra!, que dolor, que dolor, que pena, exclamé, sorprendido por la noticia; en realidad había conocido de cerca al personaje desde niños, cuando hacíamos rondas sencillas y estimulábamos con cánticos a los conductores para que aumentaran la velocidad de los buses en los paseos de fin de año escolar.
Mambrú se fue a la guerra, no se si volverá. – Se le escuchó decir con un dejo triste a una de las estudiantes-.
Doo re mí, doo re fa, recordé, así les cantábamos a los conductores antes de llegar al sitio de recreo en una zona cuatro grados más caliente que el centro de la ciudad.
Quizá, dije a los estudiantes ensayando una respuesta, Mambrú, como tantos otros emprendió el camino encendido de la confrontación armada para tratar de resolver de una vez y de la peor manera el gran lío que tenemos como nación; también es probable que fuera reclutado contra su voluntad por paramilitares o guerrilleros, o que la situación económica lo empujara a trabajar de mercenario en las comunas de Medellín.
Que horror, que dolor, que pena… se fueron diciendo a corro las estudiantes.
Asombro
Sus sentidos no captaban la realidad con precisión, sentado en una butaca del parque, Mambrú veía como algo descendía por la calle, la gente corría despavorida sin saber con exactitud que cosa amenazante se acercaba, se oía un rugido como de tierra que se abre o de avalancha que acumula desgracia.
Ladrón, cójanloooo, agárrenlooo gritaban todos al paso de un muchacho que corría empuñando en la mano izquierda un reloj de mujer y unas astromelias amarillas en su mano derecha. Detrás de él, muy cerca, casi tocándolo, corría una morena muy joven. Ambos pasaron a pocos centímetros de Mambrú y se alejaron por la pendiente que comunica al parque con la estación de policía.
La muchedumbre seguía gritando cosas, pero esta vez a favor del hombre que a esta altura debería estar llegando con su botín de pétalos a la estación.
-Aún hay esperanza si alguien corre detrás de una flor, les dijo Mambrú con ánimo de trova poética a los curiosos que se acercaron para comentar el suceso.
-En asuntos de amores, es mejor desear que evocar, señaló un viejo de nariz apiñada que tenía una botella de licor blanco en la mano.
– Prefiero lo que caiga al patio, dijo un taxista de gafas oscuras mientras se acomodaba las güevas con destreza; mi amor, me llamo Oscar Augusto, se escuchó cuando le dijo a una caderona madura y le extendía la mano para despedirse por un momento.
Yo me acuerdo mal de usted
Se agita con fuerza por estos días el ambiente político del país, se discute con en todos los lugares el alcance de las reformas sociales, la elección de alcaldes y gobernadores, la reforma política, las propuestas de cambio en la estructura de la justicia y el acuerdo probable del gobierno con los grupos armados.
Va pasando el país de castaño a oscuro con los apremios electorales, se intensifica la búsqueda de candidatos a las corporaciones públicas que garanticen las lealtades políticas y la elaboración afanosa de las propuestas de gobierno para los entes territoriales. Revive el país electoral con sus prácticas conocidas en las que se conjugan lo sublime y lo ridículo, la ingenuidad y el cálculo, la generosidad y la codicia, las mil díadas que hacen ser capaces de todo y la muerte.
Se aviva el chismorreo, la intriga y el conjuro. Se precipitan los encuentros vallenatos y la salsa puertorriqueña, las reuniones de barrio, el aguardiente insípido y las consultas al astrólogo; se declaran en silencio las batallas de colores y se aplaza para otro día la vuelta amorosa del tiovivo.
Parafraseando a Julio Cortazar, se diría que los tiempos electorales recuerdan que la palabra tiene un sentido exacto y divisorio, para luego sumergirse una vez más en la ambigüedad y la derrota. Talvez por eso el país sólo se acuerda de sí mismo cuando una tarde el representante político de turno se acerca a la puerta investido de la misma sonrisa y un nuevo argumento:
– Cuando habla de política yo me acuerdo mal de usted.- le dice Mambrú con sonrisa socarrona.
Daguerrotipia
Cada vez que viajo a Bogotá, busco la manera de hacerle la visita a Mambrú en su tienda del viejo barrio de la Candelaria.
Casi siempre lo encuentro parado en la puerta arrojándoles maíz a las palomas que por decenas se le posan en la cabeza y los hombros; a su lado un perro criollo gruñe a los extraños que pasan a esa hora en dirección a la calle 19.
– Pase, tómese un aguardiente.
Me recibe con la misma frase y el mismo trato delicado que durante tres años recibí en condición de vecino del barrio la Concordia, ubicado al lado de la Candelaria. Mambrú no se ha percatado aún de mi cambio de domicilio, cosa que ocurrió hace más de siete años, y mucho menos se ha enterado de las mil cosas que pasaron por dentro y por fuera después del tránsito por Bogotá.
– ¿y… como está don Paco? pregunta, refiriéndose al compañero de apartamento de la época que hace varios años vive en la ciudad de Málaga, en España.
-Bien, respondo para sacarlo del paso mientras bebo el primer Néctar de la tarde. En seguida Mambrú repasa una a una las mismas historias del vecindario que parecen tomadas de algunas páginas de las novelas de Luis Fayad:
El suicidio de estelita, el crimen del apartamento 402, la gordura de la novia de Luisito, las borracheras de Maria Eugenia Dávila, la captura en el vecindario de Caraballo -el comandante del EPL -, su viaje sólo y en tren por la Europa de la posguerra y los recuerdos de los tiempos del ruido.
Lo visité por última vez hace dos semanas, a sus años estaba en la tienda con el vigor de siempre, rememorando las mismas anécdotas y haciendo gala de finas maneras bogotanas con una clienta joven de piel blanca, vestido negro y ojos grandes.
– Pase, tómese un aguardiente- dijo como si siempre, como si cada día, como si nada…
El rostro de Manu Chau
Hace poco tiempo el músico Manu Chau estuvo de incógnito en un festival de la niebla en Manizales. Confieso que sólo hasta el año anterior escuché a la fuerza algunas canciones de este español que parece integrar con acierto elementos del rock y el hip – hop.
No se si la velocidad con que aparecen y desaparecen los grupos musicales en los tiempos que corren, permita decir que Manu Chau es un símbolo generacional; me atrevo a pensar que sus temas recogen a pedazos las imágenes de los jóvenes que veo en las calles: » (…) welcome to Tijuana, tequila, sexo, marihuana…».
La mezcla de ritmos, la incorporación de fragmentos y ruidos callejeros, cargan con una sonoridad dislocada las canciones que termino tarareando cuando suenan en el radio del carro: «… me gusta la Habana, me gustas tu…». Debo confesar que me seducen la voz lenta y el desparpajo en el tono de Manu Chau, expresan la cadencia de los tiempos que corren y el ritmo contenido de las conversaciones de los corredores. Su interés por cantarle a la clandestinidad civil y al anonimato masivo convierten sus letras en crónicas urbanas:» correr es mi destino para burlar la ley, fantasma en la ciudad mi vida va prohibida, dice la autoridad…”.
Es posible hacer una colección infinita de representaciones con estas músicas y sentirse acompañado a la hora de arremeter contra el dislate de las acciones humanas; Manu Chau habla por los jóvenes cuando se revelan contra los íconos: «mentira el amor, mentira la verdad, mentira la que mata,… mentira la comandan». Pocos hablan como él de la ferocidad contenida en las guerras interiores que se libran en estos tiempos, sus textos ayudan a comprender el sentido de los tatuajes y el alcance de una comunicación por monosílabos.
Manu no es grito o ruido, es música epocal que expresa los múltiples sentidos del arete que porta sin vanidad el joven solitario que miro ahora desde mi ventana.
Dado que nunca he visto su rostro, debo imaginarlo como a la niebla.
JSB (Juan Sebastián Bar)
A las siete de la noche se abre la puerta, el aparato de sonido comienza de inmediato a reproducir la música y los invitados inician el desfile de entrada, todos parecen entablar de nuevo y sin afán una conversación interrumpida la noche anterior.
Cada uno de los recién llegados golpea una, dos o tres veces la puerta dependiendo del lugar que ocupará en la escena.
– Bienvenido señor – Así suele iniciar Mambrú su saludo, imprimiéndole al sitio un tono hermético para los encuentros de esa noche.
En el oriente del lugar, ascendiendo cinco escalones y empotrada a la pared, una estructura rectangular de madera contiene mil discos compactos debidamente clasificados. Un hombre de uniforme rojo cuida con celo la música de manera que ninguno de los asistentes pueda alterar el orden y la disposición geométrica de los discos en la estantería. Una luz cenital cae sobre él e ilumina los movimientos mecánicos que realiza cada noche: sus dedos localizan con facilidad la caja del disco que sonará enseguida, al mismo tiempo examina con rigurosidad al personaje que acaba de ingresar golpeando la puerta una sola vez.
La atmósfera está cargada de tonos grises, un ritmo ácido suena al fondo. Erguido, en el centro del local, Mambrú vestido de traje blanco con las letras JSB, negras, gravadas en los puños del saco, enciende las primeras luces operando un mecanismo electrónico remoto. Pintada en las paredes, indeleble, en una noche eterna, aparece la ciudad en tamaño natural.
El recinto es de unos cuarenta metros cuadrados distribuidos en forma de ele, las mesas y las barras están dispuestas para iniciar el ritual. Bienvenidos señores a esta cantina.- exclama el anfitrión dando la largada y ocupando su lugar en occidente entre los músicos de Massiv Attack.
– Los grandes rituales son profanos y se sacralizan con el vino – dice un hombre que ha ingresado al lugar con tres toques de puerta.
– Te hace sabio la virtud o el vicio – Exclama una mujer de dos toques, dejando al salir una estela de olor a farenheith.
Un vaso estalla en el suelo, una mujer fuma mirando al techo, Mambrú le enseña a los recién iniciados el significado de las tres letras misteriosas, dos hombres pierden el tiempo diseñando una trampa para engañar por primera vez al guardia del uniforme rojo.
Glocalidades rebeldes
Asistí por estos días a un seminario sobre las transformaciones de las culturas locales en el marco de los procesos de globalización. El eje teórico del asunto consistía en el tratamiento de los cambios en las identidades motivados por los nuevos términos del desarrollo económico.
Escuché con atención las mil intervenciones teóricas, hasta cuando por la puerta posterior del recinto hicieron su entrada casi todos los viejos amigos y compañeros de los tiempos de la revolución permanente. Llegaron con fardos de poeta, camisa azul, libro en mano y cien nostalgias amorosas convertidas en tiestos literarios. Como diría Whitman, todos aparecieron con el reflujo del océano de la vida.
Qué más viejo/ entonces qué…/ que tal compañero,/ bien./ Como está el trabajo,/ qué hay de asuntos./ Y usted,/ como están las cosas/ rico verlo…/ leí sus cuentos en la red,/ me gustó Epicuro y las rosas rojas./ Lo publicó ayer la prensa/ ah, que bueno./
Media hora más tarde, un olor a chirusa, chisme, chisgua y chivo se tomaba el aire de los pasillos. Avivados hasta el límite el conjuro y la intriga, se precipitaron los encuentros, las citas literarias y la crítica social; todos declararon finalizadas y en silencio sus viejas batallas políticas.
Ahora tenemos la literatura urbana y los relatos locales – dijo con severidad el escritor de Epicuro.
Léenos el cuento – sugirió otro.
Epicuro y las rosas rojas
La figura del médico Tulio Bayer sigue generando, cincuenta años después, una atracción especial en la ciudad, al tiempo que protagoniza una anécdota de las pocas pasiones políticas de la generación muda.
Algunos notables idearon una historia calumniosa acerca de la librería Mi Libro porque su dueño vendía libros de Marx y Engels. Nadie frecuentaba la librería por la fama de lupanar, nos prohibían hablar con el librero proxeneta; los más osados se atrevieron a preguntar un día por una supuesta rosa roja que abría de inmediato las puertas de la lujuria.
Llegué una tarde con dos compañeros de colegio y cien mil pesos en los bolsillos (una fortuna en 1979), compramos colecciones enteras sobre materialismo histórico, varios textos de Hegel y algunos trabajos literarios; nadie sabe si esos libros aún reposan en la biblioteca del colegio.
Tenga joven este libro, es una joya – dijo el librero –
Se trataba de La Carta Abierta a un Analfabeta Político, un libro esclarecedor sobre el sentido de la política local, escrito por el médico Tulio Bayer. Lo leí después varias veces saboreándolo mejor en cada oportunidad. Ahora estoy seguro: Tulio Bayer no era un marxista dogmático, pero sí un revolucionario en el sentido vital, ahora también tengo claro que los poderes administran los imaginarios en todas las latitudes.
Esa tarde, a pesar de todo, visité la casa de Epicuro para celebrar una orgía literaria, sin rosas rojas.
El tiempo nos ayuda a enderezar los libros – comentó un hombre de camisa azul.
¡Silenciooo!, ¡El destino de la humanidad está en Marte! – gritó a pulmón un defensor radical de la globalidad.
Sabe a ciudad
I.
Llegaron los locos, dijo un taxista el sábado pasado al cruzar en la esquina próxima al auditorio de la calle 50. Las columnas metálicas forradas en telas de colores pastel anunciaban una vez más la llegada a la ciudad de los teatreros con sus juegos, trapos y máscaras.
– Hace falta el festival, le escuché decir a otro personaje con gafas para hipermétrope que manejaba el taxi de regreso.
Por estos días Manizales adquiere un tono de ciudad, cesan por un momento el inagotable chismorreo político, las conversaciones de vecinos y los lugares comunes, en su defecto aparecen los amigos que arriban contando los sucesos culturales de otras tierras, los actores de los grupos invitados recorren las calles con sus indumentarias variopintas y hace su aparición el público que comenta a cuenta gotas las obras del primer día de festival:
– Es inagotable la imaginación de la Libélula Dorada, el dulce encanto de la Isla Acracia conmueve por su osadía en el montaje y extiende la ilusión más allá de sus propios límites; se trata de un juego entre personajes de personas y muñecos en el que se cuentan historias de piratas libertarios, reinas pacatas y animales que confabulan a favor del tesoro de la libertad (…). Escucho decir a dos amigos, mientras nos sumamos al público de la plaza de Bolívar que se divierte y aplaude una danza del grupo coreano Hyun-Jang, cargada de ironías acerca de los símbolos del capitalismo occidental.
Ocho horas después, Manizales ha sido asaltada de nuevo por la historia de las dictaduras latinoamericanas, el grupo Rajatabla ha puesto sobre la mesa las extravagancias de los poderes políticos que aún no logran señalar caminos colectivos para resolver los conflictos de estas democracias formales, y Malayerba del Ecuador nos altera la vida con una obra de arte.
– Siempre seducen esos personajes que piensan y hablan de forma entrecortada, que conjugan el miedo a expresarse de manera pública con una aparente valentía doméstica. Malayerba juega y distrae con la ambivalencia moral de esos hombres duros, uniformados, que en las noches sueñan con acariciar a escondidas el perro Pluto, en un viaje oficial a Disney World. Pienso, mientras me tomó el último café en un bar abarrotado.
Quedan pocos detractores del festival de teatro, ya nadie parece escandalizarse sin razón aparente con los temas de las obras o las puestas en escena, en su lugar aparecen nuevos símbolos, otros gestos y relatos empecinados en hacer saber que la ciudad cambia, a pesar de todo.
II.
Los grupos de teatro van llegando a las plazas públicas, los transeúntes se detienen por un momento para observar como los actores van disponiendo sus escenografías y los técnicos se dedican con afán a la preparación de luces y sonido. Las telas de colores con los emblemas del festival indican sin equívocos que ese territorio ha sido liberado para el teatro; en instantes surge una especie de complicidad entre actores y público, la gente en la calle mira el reloj, pospone sus citas y decide quedarse por un momento. Todos van cayendo en la trampa.
El festival le ha cargado la mano al teatro que se hace en las calles, los escenarios abiertos de la ciudad cambian por unos días su vocación y uso convencional, ya no se emplean sólo para escuchar a alguien en una arenga pública o retozar los domingos en la plaza de Bolívar o en el parque de Caldas; durante esta semana los gestos de los personajes en la escena, la música y el color de la indumentaria de un saltimbanqui, alteran el ritmo burocrático que suele acompañar las tardes de Manizales.
Un vendedor de minutos de celular deja por un momento su oficio para echarles una mirada a las figuras que se arman al trasluz y acompañan una danza del grupo Omma Estudio de Grecia, mira los rostros de quienes están sentados en las gradas de la plaza y se ríe diciendo que nunca en su vida había visto un griego. Un cliente ocasional del servicio telefónico pirata cambia la hora de una cita, el encuentro será más tarde, por donde voltean las busetas.
En las cuatro salas la programación sigue su curso, a la salida de la presentación en el teatro de los fundadores del grupo Verve del Brazil, se arma un consenso rápido y favorable entre los espectadores, los adjetivos abundan: la escenografía es hermosa y significante, el ritmo atrapa, la danza deja un sabor fresco, la música se inserta en la escena, el folclor no es necesariamente bucólico. El teatro de los Fundadores ha vuelto a ser un escenario emblemático.
En el auditorio de la Universidad Nacional el asunto es más complejo, una escenografía puesta a la manera de una pintura espera un actor en el escenario; el monólogo actuado por Carlos Cobos atrapa y suelta, en ocasiones invita a salirse de la narración y en su lugar imaginar un elefante caminando en el desierto, el actor se mueve en el riesgo de la imitación. Al final el público aplaude y ovaciona un actor, un elefante, la pintura en el desierto.
Hasta ahora el público ha copado las salas y afuera los vendedores ambulantes, los desplazados por la violencia, los desempleados y la gente del teatro siguen tomando por asalto el espacio público. Quedan apenas unos días para que las calles se decoloren, para subirse a la buseta roja en el paradero de la esquina, para llegar a la cita con Mambrú, a la hora señalada.