Las serendipias científicas
A estas alturas, al lector le habrá quedado claro
que las ideas realmente fundamentales y fructíferas
son, en gran medida, accidentes afortunados e
impredecibles.
Norbert Wiener
(Inventar. Sobre la gestación y el cultivo de las ideas)
Los rayos x es un caso clásico de descubrimiento
por medio de un accidente, un tipo de descubrimiento
que tiene lugar con mayor frecuencia de lo que nos
permiten comprender las normas impersonales de la
información científica.
T.S. Khun
(La estructura de las revoluciones científicas)
El tema de cómo los científicos logran realizar sus descubrimientos ha sido poco estudiado en la filosofía de la ciencia. Sin embargo, en los últimos años, ha surgido el interés por comprender la manera como aparecen las ideas y los procesos mentales por las cuales dichas ideas se transforman en hipótesis y luego en teorías que pueden conducir a experimentos exitosos. Los primeros resultados de estas pesquisas revelan que elementos extraños a la clásica valoración del método científico aparecen con gran frecuencia: El azar, los accidentes, la indeterminación.
En este ensayo se tratará de mostrar que los denominados descubrimientos serendípicos o por azar no son casos anecdóticos en la historia de la ciencia, sino que corresponden a ciertos tipos de patrones epistemológicos de descubrimiento, que pueden ser clasificados, analizados e, incluso, buscados en condiciones experimentales similares.
El origen histórico de la palabra
El siglo XVIII europeo fue la época del entusiasmo por el progreso de la humanidad y la fe en la racionalidad y la ciencia, pero también produjo su contrario: el movimiento romántico, en especial inglés y alemán, que veía con desconfianza el predominio de la razón y la negación de lo intuitivo y lo poético.
Estas dos tendencias simultáneas y, de hecho, complementarias, se expresaron en la existencia de filósofos, científicos, pensadores y artistas, que si bien defendían la utopía racionalista de las luces o, por el contrario, añoraban la recuperación de una imagen bucólica y mítico-poética de la naturaleza, en ambos casos conocían, estudiaban y se interesaban tanto por la ciencia como por el arte.
Es decir, la figura del diletante intelectual es el prototipo de estos tiempos. Se explica así la aparición habitual de personajes con saberes enciclopédicos, que rechazaban los estudios especializados como única forma de conocimiento. Desde filósofos de la talla de Voltaire y de Rousseau hasta científicos como Laplace y Lamarck, pasando por poetas como Byron, Shelley y Novalis, la constante cultural era la comprensión de todas las áreas del saber humano, la tendencia a establecer nexos de sentido entre ciencia, filosofía y arte.
Las ulteriores divisiones entre científicos y humanistas, pensadores y artistas, no comenzaron a existir de manera notable sino hasta mediados del siglo XIX. En este contexto es que se comprende a una persona como el inglés Horacio Walpole (1717-1791), aristócrata y cuarto conde de Oxford, escritor, político, historiador, crítico de arte, pensador y un gran aficionado al género epistolar (la universidad de Yale publicó sus cartas en cincuenta volúmenes), pues sostuvo correspondencia con muchos intelectuales de su tiempo e, incluso, tuvo una polémica muy fuerte con Voltaire debido a ciertos juicios despectivos que hizo el francés acerca de las tragedias de Shakespeare.
Walpole ha pasado a la posteridad por dos razones de distinta índole: la escritura de una novela y la invención de una palabra. En 1765 publicó, argumentando que sólo era el traductor de una novela italiana de la edad Media de autor desconocido, la obra titulada El Castillo de Otranto, narración que da origen al género literario de la novela gótica, ambientada en castillos medievales y pasadizos subterráneos, con fantasmas malignos y a la vez juguetones, pero en el fondo se reivindicaba las presencias de lo misterioso y de lo invisible, que escapaban a las redes de la lógica y a la nueva realidad percibida por la razón.
El éxito de la novela fue inesperado e hizo que Walpole en el prólogo a la segunda edición aceptara que era su autor y confesó allí que había pretendido “reconciliar” los reinos de la fantasía y de la inventiva “Deseoso de dejar vagar libremente los poderes de la fantasía por los ilimitados reinos de la inventiva y desde allí crear situaciones más interesantes, quiso conducir los agentes mortales de su drama de acuerdo con las reglas de la verosimilitud” . La importancia de esta explicación se encuentra en la intención de Walpole de aceptar lo sobrenatural dentro de la esfera de lo natural y de alguna manera estaba intentando una aproximación metafórica entre el espíritu racional de la ilustración y las dimensiones poéticas y mágicas del romanticismo. De hecho la novela de Walpole fue una de las mayores influencias que tuvo la adolescente Mary Shelley al escribir su Frankestein o el moderno Prometeo.
La segunda causa de la posteridad de Walpole es menos conocida, pero es el tema central de este texto. Durante los años de adolescencia él recorrió buena parte de Europa y se radicó durante 15 meses en Florencia, donde estudió a fondo el arte del renacimiento italiano y conoció a Horacio Mann, quince años mayor que él, quien era un buen crítico de arte y enviado del rey Jorge II. La amistad y la correspondencia entre Walpole y Mann duró cuarenta y cinco años y se escribieron más de 1800 cartas. En la carta del 18 (según Ruy Pérez Tamayo) o 28 (de acuerdo con Pek Van Andel) de enero de 1754 Walpole le menciona a Mann la invención de su palabra y lo que para él significa a propósito del hallazgo de un escudo de armas en un viejo libro, que se relacionaba con el retrato de Bianca Capello, cuadro pintado por Bronzino que Mann le había enviado de regalo a Walpole.
Debo mencionarte un descubrimiento crítico mío a propos: en un libro viejo de
escudos venecianos hay dos de Capello, que por su nombre lleva un sombrero,
en uno de ellos se agrega una flor de lis en una esfera azul, que estoy convencido
le fue otorgada a la familia por el gran Duque en consideración de su alianza;
como tu sabes los Medici llevaban este emblema en la parte superior de su escudo.
Este descubrimiento lo hice por un talismán, que el Sr. Chute llama las sortes
Walpoliane, por el que yo encuentro todo lo que quiero à point nomme, donde me
detengo a buscarlo. Este descubrimiento es casi del tipo que yo llamo serendipia,
una palabra muy expresiva, que como no tengo nada mejor que decirte voy a intentar
explicártela; la entenderás mejor por derivación que por definición. Una vez leí
un cuento tonto llamado Los tres príncipes de Serendipo: mientras sus altezas
viajaban iban siempre haciendo descubrimientos, por accidentes y sagacidad,
de cosas que no estaban buscando; por ejemplo, uno de ellos descubrió que una
mula tuerta del ojo derecho había pasado por el mismo camino recientemente,
porque el pasto sólo había sido comido en el lado izquierdo, donde era menos
bueno que en el lado opuesto ¿entiendes ahora lo que es serendipia? Uno de los
casos más notables de esta SAGACIDAD ACCIDENTAL (porque debes observar
que ningún descubrimiento de algo que estás buscando cae dentro de esta descripción)
fue el de mi señor Shaftesbury, que cenando en casa del señor canciller Clarendon
se enteró del matrimonio del duque de York y la señora Hyde, por el respeto con
que su madre la trataba en la mesa.
El “cuento tonto” mal recordado por Walpole y que según C.S. Lewis, el editor de su correspondencia, lo leyó cuando tal vez era un niño, corresponde en realidad a una vieja leyenda que se ha encontrado, con mínimas variantes, en el Talmud hebreo, en los cuentos de la India milenaria y en las Mil y una noches en un relato titulado Los hijos del sultán de Yemen.
Sinembargo, todos estos textos parecen estar basados en la versión persa conocida como Los hijos del rey Serendipo o Los tres príncipes de Serendipo. En este relato, conocido por primera vez en Occidente en 1555 en una edición al italiano de Michele Tramezzino, se cuenta cómo un camellero perdió a su camello y buscándolo por los caminos encuentra a los tres príncipes de Serendipo, a quienes les pregunta por el animal; estos queriéndole hacer una broma al camellero le preguntan que si su camello es tuerto, le falta un diente y es cojo. El camellero asiente y ellos le dicen que lo busque por un camino determinado.
Al otro día el dueño del animal vuelve donde los príncipes y les dice con reproche que sus indicaciones eran erróneas y, por ello, no encontró al animal. Los príncipes le agregan que si el camello estaba cargado de mantequilla a un lado y de miel al otro lado, que si transportaba una mujer y que si ésta estaba embarazada. De nuevo el camellero dice que así es y entra en sospecha de que los ladrones de su camello son los mismos príncipes. Ellos son acusados de robo, detenidos y llevados a un juicio donde se les amenaza con la muerte si no entregan el camello extraviado.
Los príncipes juran que nunca vieron el camello y afirman que las descripciones que han hecho del animal tienen explicaciones concretas; conjeturaron que era tuerto porque vieron que la hierba más deficiente estaba comida a un lado del camino y al otro lado estaba la hierba intacta y era abundante, luego el camello no veía de un ojo y por eso no comió la mejor hierba. Supusieron que le faltaba un diente porque vieron en el suelo masas de pasto masticado de un tamaño tal que implicaba el espacio necesario en la boca del camello para no tener un diente. Las huellas del camello en el camino sólo eran claras en tres patas, luego la otra pata la debía estar arrastrando por cojera.
A un lado de la carretera observaron hormigas que les gusta la grasa y al otro lado moscas que les gusta la miel, de donde dedujeron las cargas de mantequilla y miel que llevaba el camello. Junto a las huellas del camello vieron la huella pequeña de un pie humano y supusieron que pertenecía a un niño o a una mujer, pero más adelante encontraron orina y al olerla concluyeron que era de mujer y por sus características especiales de concentración y las huellas de las manos que implicó que ella se tuvo que apoyar para levantarse de la posición de cuclillas, dedujeron que se encontraba en embarazo. Luego de escuchar a los príncipes el camello fue encontrado y el rey los premió por su gran inteligencia y sagacidad .
Este texto representa, en realidad, uno de los antecedentes históricos del relato policiaco moderno, creado por Edgar Allan Poe en su relato Los crimenes de la calle Morgue (1841) y por Arthur Conan Doyle con las aventuras de su detective Sherlock Holmes, el cual desarrolló la utilización de un método de análisis a partir de signos aparentemente irrelevantes en la trama, pero que constituyen la clave para resolver el enigma. Esta forma de abordaje ha sido denominada paradigma indiciario o hipótesis abductiva.
La influencia narrativa de los Tres príncipes de Serendipo fue importante para los escritores europeos y, de hecho, en la novela Zadig (1716) de Voltaire se reproduce la historia pero en lugar de un camello los animales perdidos son una perra y un caballo. Se explica de esta manera el origen histórico de la palabra Serendipia, pero sólo siglos después la palabra y su definición comenzarán a tener importancia en la investigación científica y en la filosofía de la ciencia.
La serendipia y los descubrimientos científicos
En 1945 el reconocido fisiólogo norteamericano Walter Bradford Cannon, profesor emérito de la Universidad de Harvard y científico de gran éxito, quien desarrolló el concepto de “Homeostasis” del cuerpo humano, publicó un libro titulado El sendero de un investigador. Experiencias de un científico en la investigación médica . En el capítulo VI denominado “Ganancias por la serendipia” Cannon va a recordar la palabra inventada por Walpole y muestra con varios ejemplos de gran significación en la historia de la ciencia, cómo en muchos descubrimientos científicos ha intervenido primero una circunstancia accidental y luego una actitud de sagacidad por parte del investigador para comprender la importancia de ese hecho o evento casual.
Cannon cita como casos de serendipia desde el descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón hasta el hallazgo de la penicilina por Fleming, la relación entre diabetes y páncreas por Von Mering y Minkowski, la anafilaxia por Richter, la contracción muscular por Galvani y la vitamina K por Dam.
Pero lo fundamental del aporte de Cannon fue darle a la definición de serendipia como “La capacidad de hacer descubrimientos por accidente y sagacidad, cuando se está buscando otra cosa” la contextualización y relación con el campo de los descubrimientos de la ciencia.
La influencia del libro de Cannon ha sido notoria y ascendente, hasta el punto de que los principales diccionarios de inglés, a partir de los años setenta, han incorporado la palabra serendipity aunque sus acepciones han terminado por darle más importancia al componente de azar o accidente y han olvidado el elemento de la sagacidad. Tanto el diccionario de Oxford como el Bantam y el Webster en sus ediciones actuales definen serendipia como: “un descubrimiento afortunado o inesperado dado por el azar o un accidente” .
Sinembargo, en la ciencia y en la filosofía de la ciencia la serendipia con su doble componente ha empezado a ser motivo de investigaciones serias. Lo primero que se observa es que son innumerables los ejemplos de descubrimientos serendípicos realizados, en especial, en áreas científicas en las que el componente empírico de la investigación es muy grande. Por ejemplo, en campos como la astronomía, la química, la medicina, la bacteriología, y en menor proporción en la arqueología, la antropología y la física. Aunque en una área tan abstracta como las matemáticas también existen interesantes casos de serendipia como los referidos por Henri Poincaré .
Lo segundo es que esas investigaciones han llevado a intentar ubicar patrones constantes del “acto serendípico” y a establecer una especie de “cualidades de la mente serendípica” de parte de los investigadores que han tenido este tipo de éxitos. De lo anterior ha surgido también una búsqueda retrospectiva en la historia de la ciencia, para confirmar casos de serendipia y testimonios de científicos que sin conocer la palabra, refieren en sus descubrimientos la presencia del azar y su capacidad de darle significado epistemológico a ello.
A continuación se intentará mostrar y agrupar los primeros resultados de sistematización conceptual de la serendipia en los descubrimientos científicos y también algunas hipótesis personales que pretenden contribuir a sus posibilidades epistemológicas.
Elementos característicos de la serendipia científica
1- Curiosidad y percepción libre: La curiosidad es un estado emocional que acompaña a la incertidumbre, pues sólo se busca cuando lo encontrado es incompleto o no corresponde a las expectativas teóricas del investigador. La curiosidad estimula una percepción libre del entorno y una actitud de interrogación frente a todos los datos que se presentan.
Es la curiosidad lo que permite que el accidente o evento inesperado sea percibido por el investigador y lo lleve a observarlo e incorporarlo a sus notas de trabajo científico. Es posible que de manera inmediata él vea la importancia de este evento o que sólo al cabo de los meses o los años lo relacione con otros hallazgos.
Un ejemplo paradigmático de este rasgo es el caso del científico Charles Nicolle, quien descubrió que el agente transmisor del tifo exantemático era el piojo. Nicolle trabajaba en un hospital de Túnez, país agobiado por la epidemia del tifo y tenía una gran curiosidad por no comprender porqué los enfermos infectados de tifo, hacinados en las salas generales, no contagiaban a otros enfermos ni al personal médico y paramédico. La solución al enigma le llegó de forma inesperada e inmediata. Leamos al propio Nicollle:
Un día, un día como cualquier otro por la mañana, penetrado sin duda por el enigma
del modo de contagio del tifus, aunque sin pensar en ello conscientemente (de esto
estoy absolutamente seguro), me disponía a franquear la puerta del hospital cuando
me detuvo un cuerpo humano acostado al pie de las escaleras. Era un espectáculo
corriente el ver a estos pobres indígenas enfermos del tifus, delirantes y febriles,
llegar con paso demente hasta las proximidades del refugio y caer, extenuados, en
los últimos metros. Como de costumbre, pasé por encima del cuerpo. Fue en ese
preciso momento cuando recibí la luz. Al penetrar un instante después en el hospital
poseía ya la solución del problema.
Sabía yo, sin posibilidad de duda, que la solución era aquella, que no existía otra.
Este cuerpo, la puerta ante la cual yacía, me habían mostrado bruscamente la barrera
ante la que se detenía el tifus. Para que se detuviera, para que el tifus, contagioso en
todo el país, en el mismo Túnez, se hiciera inofensivo una vez transpasada la puerta de
recepción de los enfermos, era preciso que el agente de contagio no pudiera pasar de
este límite. ¿Qué sucedía exactamente en este punto? Al enfermo se le quitaban los
vestidos, toda la ropa, era lavado, afeitado. El agente de contagio era, pues, algo ajeno
a él, pero que llevaba sobre sí mismo, en su ropa, sobre su piel. Solamente podía ser
el piojo. Era el piojo. Lo que yo ignoraba la víspera, lo que ninguno de los que habían
observado el tifus desde los comienzos de la historia había observado, la solución
indiscutible, inmediatamente fecunda, de la forma de transmisión acababa de serme
revelada.
Es claro que la curiosidad de Nicolle lo llevó a percibir un hecho que se encontraba por fuera del campo teórico de investigación del tifo, y sino hubiese tenido una percepción libre, su búsqueda del problema no se habría detenido en un hecho cotidiano pero, a la vez, transformado en inesperado por su curiosidad.
2- Supremacía de los hechos sobre las teorías: En los hallazgos serendípicos el investigador posee una teoría previa débil o está dispuesto a modificarla a partir de resultados o eventos que no cuadran con los postulados teóricos. De allí que sea capaz de pensar por fuera de sus ideas preconcebidas o más allá de los límites del conocimiento aceptado como verosímil. Los ejemplos de este rasgo son múltiples, pero llama la atención que predomina en los investigadores de origen anglosajón y esto recuerda que en el fondo de este aspecto se encuentra la mente modelada por la tradición del empirismo inglés, confrontándose con ciertas posturas racionalistas en donde la “carga teórica” previa del investigador le dificulta valorar de manera objetiva los hechos y sucesos que acontecen.
La clave está en que se va directamente a los hechos y a partir de allí el investigador reconstruye sus teorías previas, y no son las teorías las que manipulan el significado y la interpretación de los hechos. Pero, además, en el descubrimiento serendipico ese hecho inesperado conduce a una reorientación del marco conceptual del investigador. Un excelente ejemplo de lo anterior es el descubrimiento del oxigeno por parte del inglés Priestsley. En la introducción a su libro Experimentos y observaciones de las diferentes clases del aire (1775) dijo:
Por mi parte, reconoceré francamente que, al comienzo de los experimentos
relatados, yo estaba tan lejos de haber formulado cualquier hipótesis que
llevase a los descubrimientos que hice en su consecución, que de haberme
hablado de ellas, me habrían parecido muy improbables; y cuando los hechos
decisivos claramente se impusieron a mi atención, muy lentamente y con gran
indecisión, cedí ante la evidencia de los sentidos.
Robert K Merton ha sistematizado esta característica y ha planteado que es muy importante para la sociología de la ciencia la detección de este “patrón de serendipia” que lo ha descrito como “la aparición de un dato inesperado, anómalo y estratégico que se le presenta al investigador y lo conduce a una nueva dirección de búsqueda, más allá de la teoría previa” .
3- Sagacidad para comprender lo desconocido: La sagacidad del investigador tiene que ver con su capacidad de darle relevancia potencial a hechos que en el momento de ser observados no comprende. De alguna manera lo “intuitivo” está presente en el hallazgo serendípico y a veces la analogía es lo que le permite al científico, en primera instancia, relacionar un evento accidental y desconocido con unos conocimientos previos que él posee como bagaje acumulado de sus años de investigación.
De ahí la insistencia de muchos científicos, que han realizado descubrimientos serendípicos, en que un accidente afortunado no basta para llegar a un descubrimiento científico. La exclusiva “buena suerte” o “chiripa” no logra una serendipia científica. La mente preparada y dispuesta del investigador es esencial para transformar esa casualidad en un evento con implicaciones epistemológicas de significación.
Algunos testimonios permiten una mejor explicación de lo que representa la sagacidad en el hallazgo serendípico. Por ejemplo, el nobel de química húngaro Albert Szent Gyorgy, quien descubrió de manera serendípica la vitamina C , decía que: “el descubrimiento consiste en ver lo que todos han visto y pensar lo que nadie ha pensado” y a esos accidentes fortuitos los denominó “coincidencias con potenciales abstracciones significativas” .
El físico alemán Ernst Mach refería en una conferencia de 1895 titulada “Del accidente y la invención en los descubrimientos” que: “No creo que los accidentes solos sean capaces de producir la invención. Se requiere en el investigador una atención aguda, que detecte los rasgos poco comunes que están ocurriendo y determine las condiciones por las que se están dando y sus implicaciones significativas” .
Pero la mejor síntesis de lo que significa en la serendipia científica la mutua dependencia de azar y sagacidad, la expresó Pasteur en 1854 en un discurso de inauguración de la facultad de ciencias de Lilie, dado a jóvenes investigadores, cuando dijo: “la casualidad los puede ayudar, pero recuerden, que en las ciencias de la observación, la casualidad sólo favorece a las mentes preparadas” .
La segunda acepción de la palabra sagacidad, en el diccionario de la academia de la lengua española (edición 21), se refiere a la capacidad del perro de caza para orientar el rastro y esto recuerda la penetrante analogía de Francis Bacon que comparó la investigación científica con la cacería. Es decir, la mente preparada y sagaz no sólo es capaz de reconocer lo desconocido mediante la analogía, sino que prevee o anticipa este evento como perteneciente a un universo simbólico, que podría llegar a modificar la orientación del área científica del investigador.
El hallazgo serendipico es la huella, que puede conducir al investigador al centro que origina los pasos, es decir al logro de un descubrimiento científico revolucionario. No siempre es así, pero en la mayoría de los descubrimientos serendípicos se genera una revolución científica que lleva a una nueva cadena de otros descubrimientos.
Tipos de serendipia científica
1- Serendipia clásica: Se refiere a la definición tradicional de un evento casual que gracias a la sagacidad del investigador lo conduce a un descubrimiento de valor epistemológico que no estaba buscando. Pek Van Andel ha dividido este tipo de serendipia en: a- Serendipia positiva: Cuando el descubrimiento hecho por el azar ha sido interpretado de manera correcta. Por ejemplo, el descubrimiento de los rayos X realizado por Rontgen. Y b- Serendipia negativa: Cuando el descubrimiento hecho por el azar ha sido interpretado de manera errónea. Por ejemplo, el descubrimiento de América por Colón, pues a pesar de darse cuenta él de la importancia de su hallazgo, siempre pensó que había llegado a las Indias orientales y no que había descubierto un nuevo continente .
2- Pseudoserendipia: Término acuñado por Royston M. Roberts en 1986 para “designar descubrimientos accidentales que logren culminar un camino de búsqueda, en contraste con el significado de la verdadera serendipia, la cual describe descubrimientos accidentales de cosas no buscadas” . Un caso típico de pseudoserendipia es el de Arquímedes, que andaba buscando la manera de medir el volumen de la corona del rey Hierón, es decir el volumen de un sólido irregular, y lo encontró luego de observar que al introducirse en la bañera salía un volumen de agua idéntico al ocupado por su cuerpo.
Es común encontrar casos de pseudoserendipia en áreas como la química, la biología y la bacteriología. Son hallazgos pseudoserendipicos, entre otros, el del caucho por Goodyear, la invención de la fotografía por Daguerre, y los colorantes y los pigmentos sintéticos producidos por Perkin. De todos modos en los casos usuales de pseudoserendipia la búsqueda de los investigadores es consciente y sistemática, y cuando se produce el evento casual de alguna manera era posible esperarlo dadas las condiciones metodológicas de la investigación.
De allí que es importante, a mi modo de ver, resaltar los casos donde se producen descubrimientos pseudoserendipicos mediados por fenómenos más inconscientes que conscientes. El mejor ejemplo de ello es el descubrimiento de Kekulé de las valencias y de la estructura molecular del benceno, pues lo logró luego de visualizar en sueños sus formas estructurales. El propio Kekulé, veinte años después de sus descubrimientos, confesó en un homenaje público que:
Una agradable tarde de verano yo volvía en el último autobús, caí en un sueño y,
he aquí, que los átomos jugueteaban ante mis ojos. Hasta ahora, todas las veces que
estos diminutos seres aparecían ante mí, siempre estaban en movimiento; pero hasta
el momento nunca había sido capaz de discernir la naturaleza de su movimiento.
Ahora, en cambio, yo veía cómo, frecuentemente, dos pequeños átomos se unían para
formar un par; cómo uno grande engarzaba a los dos pequeños; cómo los todavía
mayores conservaban sujetos a tres o incluso cuatro de los pequeños; mientras, todo
el conjunto se arremolinaba en una vertiginosa danza. Veía cómo los más grandes
formaban una cadena, arrastrando detrás a los más pequeños siempre en los extremos
de la cadena… el grito del conductor: “Clapham Road”, me despertó del sueño; pero
pasé una parte de la noche poniendo sobre el papel al menos esbozos de estas formas
soñadas. Este fue el origen de la “teoría estructural”.
Algo similar ocurrió con la teoría del benceno (.) Estaba sentado escribiendo mi libro
de texto, pero el trabajo no progresaba; mis pensamientos estaban en otra parte. Volví
mi asiento hacia el fuego y dormité. De nuevo los átomos estaban jugueteando ante mis
ojos (.) Mi visión mental, que se ha hecho más aguda por las repetidas visiones de este
tipo, podían distinguir ahora grandes estructuras de conformaciones múltiples: largas
filas en ocasiones muy cercanas se encajaban juntas todas trenzándose y retorciéndose
en un movimiento serpenteante. Pero ¡ mira ! ¿Qué era aquello? una de las serpientes
se había agarrado a su propia cola y la forma giraba dando vueltas velozmente con
sorna ante mis ojos. Como por iluminación me desperté; y esta vez también dediqué el
resto de la noche en elaborar las consecuencias de la hipótesis .
La imagen de la “serpiente agarrando su propia cola” llevó a Kekulé a desarrollar la estructura cíclica de la molécula del benceno, con los seis átomos de carbono en un anillo. Es claro que Kekulé estaba pensando e investigando este problema, pero su metodología en el laboratorio no le permitía encontrar y deducir este hallazgo, a diferencia de los casos de pseudoserendipia donde la metodología consciente termina conduciendo al evento casual.
Pienso, entonces, que es importante diferenciar entre la Pseudoserendipia consciente o de predominio consciente y la que llamaré Pseudoserendipia inconsciente o de predominio inconsciente, pues en esta última el hallazgo proveniente de los sueños o de otras formas de asociación inconsciente, no sólo permite el encuentro con lo que se buscaba de forma programada, sino que revela también una nueva metodología de búsqueda que no se encontraba antes en la mente consciente del investigador.
Otros ejemplos de pseudorendipia inconsciente o de predominio inconsciente son la transmisión neuroquímica de los impulsos nerviosos por Otto Loewi, la fotosíntesis de las plantas descubierta por Melvin Calvin e, incluso, en el campo de las humanidades el famoso sueño creativo de Descartes, que le reveló la totalidad de su sistema filosófico. Otro caso muy interesante de cómo los sueños se anticipan, en ocasiones, por años al descubrimiento real, es el del inmunólogo colombiano Manuel Elkin Patarroyo, quien refiere que siendo un adolescente que todavía estudiaba en el colegio, soñó la estructura química básica de las vacunas sintéticas. Pero sólo veinte años después, con la formación científica adecuada, produjo las vacunas sintéticas contra la malaria, la lepra y la tuberculosis .
El inconsciente y la creación serendípica es un nexo que puede ser estudiado a partir de la relación entre el hemisferio cerebral derecho y la percepción holística, y que permite establecer asociaciones entre la serendipia y el denominado por Carl Gustav Jung como principio de sincronicidad o acausalidad.
3- Serendipia bibliográfica: Propongo la existencia de este tipo de serendipia y la defino como El descubrimiento casual y a posteriori de importantes hallazgos científicos en forma de sugerencias o informes escritos que no fueron tomados en cuenta, o en serio, ni comprendidos, en el tiempo histórico en que se publicaron, pero que son valorados en su real dimensión epistemológica por el nuevo lector investigador.
Casos paradigmáticos de lo anterior son, entre otros, la lectura serendípica hecha en 1900 por el biólogo austríaco Erich Tschermak del artículo publicado, en la revista “Memorias de la sociedad de historia natural de Brno”, por Gregor Mendel en 1865, y titulado Experimentos de hibridación en plantas .
De igual manera está la lectura realizada por Banting, en 1920, de la tesis publicada por el doctor Langerhans, en 1869, acerca de ciertos islotes sin función conocida que él halló en el órgano del páncreas. También se encuentra la lectura interpretativa hecha por el doctor Joseph C. Hinsey, en 1940, de un artículo publicado en la revista Growth por el doctor Papanicolau, en 1928, titulado “Nueva diagnosis de cáncer” donde se describe, por primera vez, la detección de células cancerosas del útero en el frotis vaginal .
Ahora bien, la serendipia bibliográfica puede ser una serendipia clásica, una pseudoserendipia de predominio consciente o de predominio inconsciente, o puede generar en el lector investigador, o en otros científicos, nuevas serendipias de tipo experimental.
Sin que se haya intentado antes, como lo he hecho acá, categorizar estos hallazgos serendípicos como otra forma de serendipia, sí hay trabajos que han buscado analizar cuáles son los rasgos de esos lectores investigadores para que obtengan resultados serendípicos.
Daniel Liestman ha identificado seis características de la serendipia libresca: coincidencia, presencia de la gracia (a partir del comentario de San Agustín de que “la gracia precede cada acción humana que luego depende de nosotros”), sincronicidad, perseverancia, altamiraje (se refiere al tipo de descubrimiento que hizo el Marqués de Sautola, que comprendió el valor de los hallazgos pictóricos realizados por su perro en la cueva de Altamira, porque era un geólogo y arqueólogo aficionado; Es decir, el “altamiraje” es lo mismo que “la mente preparada” de Pasteur), y, por último, sagacidad .
Sinembargo, estas características descritas por Liestman son comunes a los otros tipos de serendipia y no individualizan la serendipia bibliográfica. Es más pertinente la observación de Celoria para quien el éxito en la serendipia libresca depende del aprovechamiento de la “técnica de saber hojear los libros” . Pienso que existen otras condiciones más determinantes en los lectores de serendipias bibliográficas. La primera es una forma especial de leer el pasado desde el presente, asumiendo que todo lo escrito con anterioridad puede tener una nueva interpretación de acuerdo con un contexto epistemológico contemporáneo. Dicho de otra manera, un dato antiguo puede tener una significación novedosa desde un marco de comprensión científica diferente.
La segunda condición que planteo es la presencia en este tipo de lector de una intencionalidad hermenéutica, consciente o inconsciente, que interpreta lo leído como un “pre-texto” en el sentido que le otorgó Gadamer en Verdad y Método: “Pre-textos son, pues, aquellos textos que interpretamos en una dirección que ellos no nombran” . Pero, incluso, en algunos casos de serendipia bibliográfica hay una tercera condición que va más allá de leer un “pre-texto”, pues éste presupone que existe un “sentido” oculto que debe ser descubierto mediante la interpretación. Lo que a veces se encuentra es un auténtico proceso de creación libresca, que está más cerca de la idea radical de Deleuze y de Guattari de que: “el sentido no es nunca principio ni origen, sino producto. No hay que descubrirlo, restaurarlo ni reemplearlo, sino que hay que producirlo, mediante una nueva maquinaria(.) Producir el sentido es la tarea de hoy” .
La aceptación de que el sentido en los textos que leemos puede ser una creación del lector, ha permitido a varios “lectores-investigadores” de serendipias la transgresión de los cánones aceptados por la tradición, la erudición, el cuestionamiento de la exclusiva objetividad y univocidad de los conceptos, y la creencia en la idea de que los escritos no se agotan en sus múltiples significados a través de los tiempos.
Los descubridores de serendipias bibliográficas tienen un patrón de lectura parecido al que Deleuze sugiere en Rizoma, pero aplicado al campo de la investigación científica: “ En un libro no hay nada que entender, pero hay mucho por utilizar. No hay nada que interpretar ni significar, sino mucho por experimentar” . No obstante reinterpretar no es sobreinterpretar, ni experimentar el texto implica violentar y acomodar de manera arbitraria el texto. La lectura experiencial significa, a mi modo de ver, un encuentro palimpséstico entre el lector investigador y el escrito científico del pasado. Es palimpséstica la mirada del lector, que trae tras de sí sus lecturas científicas anteriores y sus fragmentos de vida y tiempo, como el texto mismo que dice siempre con otra voz de acuerdo al momento histórico en que es leído.
El cuento de Borges titulado Pierre Menard, autor del Quijote es una buena analogía de lo que se quiere explicar por lectura experiencial y palimpséstica como tercera condición de la serendipia bibliográfica, que sólo se presenta en los casos más creativos de la misma.