«Rojo y gualda» o Goya y la Independencia de Hispanoamérica
En memoria de D. Joaquín de Hoyos (1773-1816),
víctima de Fernando VII y su esbirro el general Morillo
En la Villa de Ocaña, localidad menor del Departamento de Cundinamarca tuvo lugar la tercera gran asamblea nacional de Colombia. El 9 de abril de 1828, con el mensaje del Presidente de la República, el general Simón Bolívar, se instaló esta convención sobre la cual ya gravitaba la sombra de la desunión.
Nueve años atrás, en la Asamblea de Angostura, se había proclamado la Ley Fundamental que proponía unir en una sola nación a tres antiguas colonias españolas; en la segunda gran convención, la de Cúcuta, en el año 1821, los diputados de la Presidencia de Quito, del Virreinato de la Nueva Granada y la Capitanía General de Venezuela suscribieron su primera importante constitución. Ahora le correspondía a esta asamblea mantener unidas estas centrifugas partes, porque el monolítico partido de la Independencia mostraba fisuras, fuerzas inauditas amenazaban con dividirlo en tres países, como finalmente sucedió.
Siete días después de inaugurada la trascendental reunión, el 16 de abril, moría en Burdeos, Francia, el pintor español Francisco de Goya, durante su exilio.
Para la América española su más importante obra es aquella donde ante un pelotón de fusilamiento, con los brazos abiertos, en señal de la cruz, es asesinado un habitante de Madrid por orden del lugarteniente de Napoleón Bonaparte, el 3 de mayo de 1808. Con amplias libertades artísticas Goya idealiza en su cuadro el pueblo; nadie muere ante un pelotón de fusilamiento de esta forma, toda la luz del lienzo se concentra en el mártir de camisa blanca y cara espantada. Parece elevarse sobre los muertos y saltar para alcanzar un propósito mayor.
Es este fusilamiento el culmen fatal de los hechos sucedidos en España durante ese año: el 17 de marzo a pesar de estar acantonados cien mil soldados franceses en España, supuestamente con el fin de invadir al Portugal, Fernando, el Príncipe de Asturias, da un golpe de estado forzando la renuncia de su padre el rey Carlos IV. La confusa abdicación del rey dará pie para que este reconsiderase su paso pocos días después y buscase el apoyo precisamente de Napoleón para lograr de nuevo asir la corona española; a su vez el nuevo Rey Fernando VII, buscará igualmente ganarse al emperador de los franceses como aliado para fortalecer su enclenque gobierno. Ambos monarcas acudirán al llamado de Napoleón para reunirse con él en la ciudad francesa de Bayona cerca de la frontera galo-española.
El 4 de mayo llega a Bayona Carlos IV y el 5 del mismo mes llega su hijo Fernando VII.; y el 7 de mayo, a través de renuncias hechas por el padre y el hijo, la corona de España y de las Indias queda a disposición del corso.
El pueblo madrileño, al enterarse del viaje de su rey se amotina el 2 de mayo de 1808, atacando y linchando a cuanto soldado francés cayese en sus manos. La represalia del ejército napoleónico fue fenomenal: cuatrocientos españoles morirán violentamente en el trascurso de esos dos días.
Este 3 de mayo de 1808 fue el inicio de la guerra de Independencia de España que culminara con la victoria de las armas británico-españolas en la Batalla de Toulouse el 10 de abril de 1813. Durante estos cinco años España, técnicamente, no contará con un gobierno a pesar de las juntas y las regencias: la guerra contra Napoleón es financiada y luchada mayoritariamente por Inglaterra; la Constitución de Cádiz de 1812 es un texto frágil, muy por debajo, inclusive de la odiada Constitución de Bayona dictada por Napoleón en junio de 1808 y se perderán las colonias americanas.
Es esta crisis gubernativa a la cual se debe la independencia de la mayoría de las colonias hispánicas en América, porque los mecanismos que se usaron en España para mantener la nación unida, en América causaron el efecto contrario. Los cabildos de nuevo conscientes de su poder político organizaron el gobierno de las colonias con miras a introducir cambios que las beneficiasen descartando una independencia, pero será con la masacre de Quito en agosto de 1809 y la derrota española en la Batalla de Ocaña el 19 de noviembre del mismo año, los hechos que sirvieron de catalizadores para la independencia americana. Fue con la violenta arbitrariedad de los asesinatos de los presos políticos en Quito y la derrota militar que le dejaba el paso franco a los franceses para apoderase de Andalucía, que las colonias comprendieron que España estaba perdida y que el camino, ahora en adelante, lo tenían que superar solas.
Este cuadro y su compañero “La carga de los mamelucos” fueron pintados en el año 1814, pasados varios años de los hechos y repuesto el rey Fernando VII en el trono de sus mayores. Goya, con doble intención, obsequió los cuadros al monarca y este amablemente los guardó en una bodega. El contenido de estos no estaba de acuerdo con la política del rey que pocas semanas después de haber recuperado su corona anuló la constitución política proclamada a nombre suyo bajo el amparo de la Armada británica en Cádiz el año de 1812. Un monarca absolutista no podía ver con buenos ojos un cuadro que destacaba al pueblo español, aquel que le recuperó su corona; morir por la patria en forma de mártir con los brazos abiertos. El pueblo no podía ser un protagonista de trascendencia en su reinado.
El recién estrenado rey la emprendió contra los colaboradores con el régimen francés logrando un desplazamiento de cuarenta mil españoles que huyeron al exterior para evitar la persecución entre otras de la Inquisición, que según lo acordado en Cádiz había dejado de funcionar, pero este rey revivió. Y se empecinó en recuperar sus colonias que se habían independizado. Todo aquello que se fundamentara en una constitución le causaba un total y violento rechazo.
A Goya lo citó la Inquisición para que se justificase por la “Maja desnuda”, tal vez su más famoso cuadro; de por sí el desnudo más extraordinario de la pintura española, que había sido pintado por encargo del Príncipe de la Paz, Manuel Godoy. De nuevo ante un tribunal de purificación le corresponde a Goya dar más aclaraciones: por qué había recibido del rey intruso, José I, la Orden de Real de España y haber pintado el retrato de este. Alegaba Goya haber recibido la condecoración pero nunca haberla lucido. El pintor real fue exonerado.
Ese mismo año, 1815, el rey Fernando despachó una armada que trasladaban a América trece mil soldados españoles con el fin de recuperar, por vía militar, las posesiones españolas de ultramar. Al mando de este magnífico ejército expedicionario iba el protegido del general Castaños, el brigadier general d. Pablo Morillo.
La actuación del rey va ser desastrosa; sus logros en los frentes españoles y americanos estarán señalados por unos supuestos logros que no se consolidan porque cuando la situación le exige al rey ser magnánimo este reacciona con violencia. Para el año 1816 parecía concluida la independencia de las colonias, el general Morillo realizó una pacificación extrema; con el patíbulo se combatió la oposición política a ambos lados del Atlántico. El cadalso real dio cuenta de liberales y de patriotas en Bogotá como en Madrid. Se le atribuyen a este rey durante sus reinados diez y seis mil españoles ajusticiados por razones políticas otros tantos españoles muertos en las cárceles durante su cautiverio. Al gobernador militar de Cádiz le impartió la siguiente instrucción: “…abata el orgullo del díscolo pueblo gaditano y suavice sus asperezas con el terror y la horca…”
En España serán los pronunciamientos de los descontentos militares acolitados por la población los que desestabilizan las cosas del rey y en América serán los focos independistas en Venezuela y el Río de la Plata donde los patriotas como Bolívar, adelantan la lucha armada contra el rey.
El primer duro golpe lo recibirá el rey en el campo de Boyacá (7 de agosto de 1819) y pocos meses después (1 de enero del año 1820) el oficial Riego le impondrá de nuevo al rey la Constitución de Cádiz. Seguirán los golpes de Carabobo (24 de julio de 1821); el de Pichincha (24 de mayo de 1822) y finalmente la estocada final en Ayacucho (9 de diciembre de 1824). El rey había perdido la América, salvará su cabeza y por ende la corona española gracias a la intervención de la Santa Alianza que ocupará con cien mil soldados franceses otra vez a España en el año 1823 apresando el gobierno liberal monárquico de nuevo escondido en Cádiz.
La obra pictórica del aragonés guía al observador americano por el mundo español de los últimos años del reinado de España sobre America. En sus lienzos aparecen figuras históricas ampliamente conocidas por los criollos. Carlos III, rey emprendedor y reformador, había nombrado a Goya Pintor del Rey (1786). En sus lienzos quedaron retratados el monarca y varios ministros como Florida Blanca, aquel hombre que le había sugerido al rey no intervenir en la guerra entre las trece colonias y la corona inglesa advirtiendo que estas una vez independientes procurarán expandirse a costa de las posesiones españolas en Norteamérica.
Muerto el rey Carlos III, en 1788 Goya sigue adscrito a la Corte española ostentando el titulo de Pintor de Cámara (1789) y finalmente se le nombra Primer Pintor de Cámara (1799). Surgirán los retratos del rey Carlos IV, de su familia y de la famosa reina María Luisa de Parma. Es obligatorio mencionar, entonces, el retrato de Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, valido del rey y su secretario ministerial, como generalísimo de la Guerra de las Naranjas en el año 1800. Llama la atención que este aparezca casi acostado, no como los otros ministros de estado en pose seria. Godoy ostenta el bastón de mando entre las piernas; el cuadro insinúa que su poder lo derivaba precisamente este hombre por el ascendente sórdido que poseía sobre la reina.
Del ministro de Justicia Jovellanos existe un retrato donde aparece este sentado en una mesa ostentando el cansancio de su engorroso cargo en vez de condecoraciones.
La Revolución Francesa, basada en el ideario de la Enciclopedia, contará con simpatizantes en todo el mundo. Muchos españoles detectaban en esa avalancha de situaciones aportes importantes para la humanidad a pesar que el primo de su rey había sido decapitado. Goya participaba de esa secreta o mejor, culta, simpatía por las ideas francesas. A nadie se le escapaba el dominio excesivo que la Iglesia católica ejercía sobre España persiguiendo toda iniciativa que demostrase una firme intención de cambio. Este conflicto entre la España tradicional y las influencias exteriores lo plasmó Goya en sus cuadros: gentes vestidas a la moda parisina al lado de gentes vestidas a la usanza española, las majas y los majos. Para Goya seguramente el lema fraternidad, igualdad y legalidad no le inquietaba mayor cosa, pero la idea de la revaluación de los valores hasta llegar a colocar al ser humano en el centro de la atención le debería haber parecido la idea más importante de su época. El ser humano, todos los hombres, dignos de ser mirados y retratados eso fue lo que plasmó Goya en su trabajo; el ser humano más allá de su rango social, el ser humano atado a su condición demasiado humana.
Atento no solo a los cambios sociales y políticos, Goya, experimentó con nuevas técnicas pictóricas como el grabado en sus diferentes modalidades.
Surgirán sus grandes ciclos de los “Caprichos” y “Desastres de la Guerra”.
En los la serie “Caprichos”, Goya, ejerce una crítica bien personal a la España de fin de siglo. Aparecen en estos grabados seres salidos de la normalidad, carentes de un alter ego que los ubique dentro de una convivencia social positiva. Es violento y monstruoso lo que se observa en estas láminas realizadas como escenas de una obra teatral, ya que solo aparece el protagonista y el fondo se desvanece en el blanco del papel o el negro de la tinta.
En los 82 grabados de los “Desastres de la Guerra” dibuja, varios años después de los hechos, sus bosquejos empezados en los sitios durante la invasión francesa. Con realismo sin límites retrata ese momento oscuro. En estos grabados el artista no incurre en la apología patriotera de la guerra, víctimas dignas de retratar son todos los violentados sin importar el bando. Estos dibujos perfectamente los podría haber realizado en los campos venezolanos durante la guerra a muerte adelantada por los realistas y los patriotas entre los años 1812 y 1815. La angustia y la muerte descarnada retratadas por Goya no fueron producto de su fantasía sino basadas en la realidad vivida por España al principio del siglo XIX. Para sustraer este trabajo artístico de las garras de la Inquisición también son donados por Goya al rey Fernando VII en el año 1816.
La vida continúa y el famoso retratista realiza el retrato de “El Empecinado” (Juan Martín Díez) máximo líder guerrillero español, pintará un hermoso retrato de Arturo Wellesley, futuro duque de Wellington, comandante de las fuerzas inglesas que asumirán la guerra contra Napoleón en la península ibérica. Y obviamente retratará al rey Fernando VII varias veces. Surgirá el ciclo pictórico denominado “Tauromaquia”, lo constituye una serie de grabados alusivos a este tema tan español al cual Goya fue, durante toda su vida, muy aficionado.
Sus últimos años en España los dedica a decorar la “Quinta del Sordo”, su casa, con el conjunto de pinturas llamadas “Pinturas Negras”. Independiente de encargos, el pintor, puede realizar sus propios cuadros. Rompe Goya con ellos el esquema clásico de la pintura occidental. Los colores, las texturas son ahora definitivas y el simbolismo individual remplaza un imaginario colectivo decantado durante varios siglos.
Una vez trascurrido el interregno liberal de 1820 hasta 1823 el pintor toma una decisión radical y abandona su patria aumentando el número de españoles que se ponen a salvo de las conocidas represalias del monarca español. Ya se había ocultado durante el año 1824 y ahora aprovechando una amnistía parte. Poco antes traspasa su casa a su nieto Mariano, sustrayéndola de esta forma de una posible confiscación de parte de las autoridades reales.
Goya, que seguía ostentando el titulo de pintor de la corte, solicitó permiso al rey para ausentarse de España so pretexto de su achacada salud y no perder la renta respectiva a este cargo. Bien sabía este hombre, sordo y ahora cada vez más afectado de la vista, que el régimen de terror de este rey no conocía límites y que era bien aconsejado dejar la patria y ponerse a salvo de los esbirros del régimen. En 1824 se traslada a Burdeos donde morirá, a los 84 años de edad, cuatro años más tarde (Apenas en el año 1901 España reclamará los restos de uno de sus más destacados artistas).
Dos años más tarde, en 1830, moriría el Libertador Simón Bolívar seguramente tan abrumado como cualquiera de las monstruosas figuras de Goya. Es probable que el pintor real haya conocido al joven indiano en alguno de los palacios reales durante su labor como retratista de la Casa Real de Borbón; ambos frecuentaban la Corte española durante los años 1800-1803.