Contra el fanatismo: la empresa de un escéptico
El gen maligno
Un extremista islámico cargado de TNT. Esa es la imagen que asalta nuestras mentes cuando hablamos sobre fanatismo. Y es que, en últimas, es la muestra de la expresión fanática más peligrosa: la del terrorismo. ¿Verdad?… No. Estamos muy equivocados si queremos reducir el fanatismo al fundamentalismo religioso, trasladándolo al plano terrorista. Craso error. Semejante visión blanquinegra de las cosas no permite ver todos los matices del fanatismo. Porque éste es, entre otras cosas, un camaleón variopinto, capaz de tomar muchas formas y tonalidades –a veces tan inocentes, que pasa desapercibido–; o, en el peor de los casos, se disfraza, ataviado de buenos propósitos. Es más, la mayoría de las veces el fanático cuenta con las mejores intenciones: el testigo de Jehová que va de puerta en puerta profesando su credo rara vez trae algo perverso entre manos.
La lucha contra algo inofensivo bien puede ser tachada. Por lo tanto, es necesario desenmascarar el fanatismo, dominar su naturaleza, y encontrar la forma de reducirlo a sus justas proporciones. ¿Cómo hacerlo? El curso de fanatismo comparado dictado por Amos Oz, un literato comprometido con la paz en Medio Oriente, da muchas luces al respecto. Empero, el curso no se encuentra aún extendido lo suficiente… Cuán perentoria es su institución. Esperemos que pronto sea una cátedra impartida en todas las universidades, sin excusa. De momento vamos a explorar su obra Contra el fanatismo, una eximia compilación de tres de sus mejores conferencias.
Lo primero a ser dicho es que el fanatismo está en todas partes. No es ajeno a la cotidianidad. En absoluto. Convive con nosotros. No sólo es un vecino mañero, es también un huésped comodón. Uno que nos hostiga, que permanece muy cerca todo el tiempo. Y es en casa donde comienza su labor, inoculándose en las mentes más débiles bajo la forma de las rigurosas verdades enseñadas. Una vez que un joven ha sido viciado, es preciso actuar con urgencia; pues un adulto ya hecho es menos propenso al abandono de los viejos dogmas. Apenas verá su propio fanatismo.
Ahora, nadie es del todo inmune. El fanatismo es parte de la naturaleza humana. Se presenta como un “gen del mal” según Amos Oz. Y tiene razón. Estudios sicológicos recientes muestran una tendencia del ser humano a ser fanático. Pero, a todas estas, ¿qué es un fanático? Bien, un fanático es, en pocas palabras, aquel que desea obligar a los demás a cambiar. Un ser altruista que se desvive por curar nuestras almas, entregado a hacer de nosotros mejores seres humanos. Mas, lo que es prima facie una ejemplar faena, es, a secas, la gana de vivir una vida a través de los demás, justo cuando la propia es inerte.
La paz es un producto de la imaginación
La falta de imaginación hace que la vida se vuelva inocua. Alguien incapaz de ponerse en los zapatos del otro, de burlarse de sí mismo, vivirá siempre con el cerebro lavado. Sólo tendrá por bueno lo que se ajuste a sus creencias. Lo demás será malo y deberá ser suprimido, cueste lo que cueste. Lo terrible del asunto es que el costo suele cifrarse en vidas humanas. Es escalofriante como, sin mayor reparo, hampas de fanáticos queman clínicas abortivas. Otros vuelan sinagogas y mezquitas en Europa. Y otros, de la clase de Bin Laden, cometen atrocidades como las acaecidas el 11 de septiembre.
Cabe resaltar que las barbaridades mencionadas sólo se diferencian en su magnitud. La naturaleza de éstas es la misma. Lo anterior debe tenerse en cuenta para entender el conflicto entre Israel y Palestina, ya que algunos racistas arguyen, equivocados, que todo el problema emana de la mentalidad árabe. A despecho de las ideas que se tienden al respecto, lo cierto es que el conflicto surge del fanatismo. De la lucha entre fanatismo y pragmatismo; entre fanatismo y pluralismo; entre fanatismo y tolerancia. La crisis Israel/Palestina será tratada más adelante. Entretanto, hay una interesante propuesta de Amos Oz que merece nuestra atención: la imaginación como posible cura contra el mal pandémico que es el fanatismo.
El subtítulo “La paz es un producto de la imaginación” no pretende tomar las cosas a la ligera. No es preciso interpretarlo ad pédem litterae, ni hacer un escolio al respecto. Sobre la consecución de la paz existen muchos tratados. Verbigracia, la obra de Penn, la de Bentham, o la de Sully. Hay una muy recomendable, toda vez que las aludidas gravitan en torno de la utopía; y las ideas utópicas, como lo muestran algunos filósofos, suelen ser nocivas . La propuesta es entonces valorar el ensayo Sobre la paz perpetua, de Kant. Desdeñado por algunos neokantianos que se han enfocado más en la epistemología, el mentado ensayo es una pieza valiosa en la filosofía política. Es un gran complemento a la Metafísica de las costumbres. Posee la virtud de ser realista; se sitúa de manera especial en el marco de la filosofía de la historia.
Hasta aquí llega la aclaración. Ahora bien, el punto es que la imaginación es un peldaño necesario para lograr la paz. He aquí un ejemplo de cómo puede ser útil para sacudir un poco el desbarajuste en la mente de un fanático:
Voy a contar una historia a modo de digresión; soy un digresor notorio, siempre las hago. Un querido amigo y colega mío, el maravilloso novelista israelí Sammy Michael, tuvo una vez la experiencia, que de vez en cuando tenemos todos, de ir en taxi durante largo rato por la ciudad con un conductor que le iba dando la típica conferencia sobre lo importante que es para nosotros, los judíos, matar a todos los árabes. Sammy le escuchaba y, en lugar de gritarle: «¡Qué hombre tan terrible es usted!», decidió tomárselo de otra forma y le preguntó: «¿Y quién cree usted que debería matar a todos los árabes?». El taxista dijo: «¿Qué quiere decir? ¡Nosotros! ¡Los judíos israelíes! ¡Debemos hacerlo! No hay otra elección. ¡Y si no mire lo que nos están haciendo todos los días!». «¿Pero quién piensa usted exactamente que debería llevar a cabo el trabajo? ¿La policía? ¿O tal vez el ejército? ¿El cuerpo de bomberos o equipos médicos? ¿Quién debería hacer el trabajo?» El taxista se rascó la cabeza y dijo: «Pienso que deberíamos dividirlo a partes iguales entre cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debería matar a algunos». Y Sammy Michael, todavía con el mismo juego, dijo: «De acuerdo. Suponga que a usted le toca cierto barrio residencial de su ciudad natal en Haifa y llama usted a cada puerta o toca el timbre y dice: “Disculpe, señor, o disculpe, señora. ¿No será usted árabe por casualidad?”. Y si la respuesta es afirmativa le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a irse a casa, pero al hacerlo –dijo Sammy al taxista– oye en alguna parte del cuarto piso del bloque llorar a un recién nacido. ¿Volvería para disparar al recién nacido? ¿Sí o no?». Se produjo un momento de silencio y el taxista le dijo a Sammy: «Sabe, es usted un hombre muy cruel» .
De suerte que un poco de imaginación no le viene mal a nadie. Ver lo absurdo de las ideas propias es fundamental para salir de la inopia mental. Algo típico de los fanáticos es pretender que los demás vean el mundo tal como ellos lo ven. Una especie de falacia naturalista con arreglo a una visión sesgada: lo bueno y lo malo es aquello que al fanático se le antoja como laudable o recusable, y nada más. Es imposible negar el parecido entre semejante postura y una de las etapas descritas por Freud. A saber: aquella de la infancia en la cual el niño no reconoce la diferencia entre lo externo y el ‘yo’ . Asimismo, la doctrina de Edgar Morin lo identificaría con la visión antropo-socio-cósmica del hombre primitivo, según la cual, en el predominio del pensamiento mítico, el hombre no se reconoce a sí mismo como a un individuo independiente del medio circundante. Es decir, asigna características humanas al cosmos, y, de igual forma, atributos del cosmos al ser .
No es necesario, sinembargo, profundizar en el Psicoanálisis ni en el Pensamiento Complejo para poder curar a un fanático. Las comparaciones hechas tan sólo tienen por objeto el de indagar en la naturaleza del fanatismo. No debe deducirse, de ninguna manera, que el hombre primitivo era más fanático, o más proclive al fanatismo que el hombre moderno. Toda vez que la tesis defendida por Morin es que el ser humano aún alberga el pensamiento mitológico inmerso dentro de la racionalidad. Dicho pensamiento, al que el autor da el nombre de pensamiento mítico/simbólico/mágico, comporta la unidualidad del pensamiento del hombre moderno, teniendo su contraparte en el pensamiento empírico/racional.
A este tenor, sería impropio concluir que el fanático tiene una mentalidad infantil. Insinuaciones parecidas referentes a los religiosos son propiedad casi exclusiva de Sigmund Freud –o al menos tienen a su mejor alférez en él–. Entonces vamos a tomarnos en serio a los fanáticos. Rebajarlos o verlos como gnomos mentales no es una buena táctica; atacarlos de frente y con vehemencia tampoco lo es. Es más, una cruzada anti-fanatismo lo único que aportará será una caterva de nuevos fanáticos, esta vez obsesionados con acabar el fanatismo, pero alimentando un terrible círculo vicioso.
Dice Amos Oz, muy sorprendido: “¿quién hubiera creído que al siglo XX le seguiría el siglo XI?” Bien, recordando aquellas cruentas guerras del siglo XI, es dable afirmar que una cruzada anti-fanatismo islámico de hogaño sería tan ruin como lo fueron las Cruzadas de antaño contra los sarracenos. Así que no debemos avivar los conflictos. El mismísimo Amos Oz se ha ganado muchos enemigos de ambas partes. Muchos de sus coterráneos hierosolimitanos lo llaman traidor; y si así lo ven algunos de los suyos, no es difícil adivinar qué opinan de él quienes conforman el otro bando.
Pero ése es un fardo que Amos Oz tolera con gallardía. Es el precio que paga por ser independiente de cualquier afiliación, por no pertenecer a ningún partido, por tener un juicio severo y agudo como una cimitarra. Desde muy pequeño lo llamaban traidor; y, es más, se lo hicieron saber en un grafiti pintado en el frontispicio de su casa. No obstante, ser arrinconado lo llevó a interesarse en los libros; al ser un paria, escogió el mundo de los adultos. Decidió observar su comportamiento, sus relaciones; dio rienda suelta a su imaginación, intentando ponerse en el pellejo de los demás. Todo ello surtió un impecable resultado. Ahora es un gran novelista, y un buen candidato para el Premio Nobel –ya de literatura, ya de paz.
¿Cómo es posible que desde aquí esgrimamos juicios de valor sobre un problema ajeno, cuando el literato jerosolimitano se muestra tan parco y aplomado? Amos Oz advierte el peligro que supone el sentirse dueño de una moral superior. Es evidente que a nosotros mismos nos resultan torpes algunas de las conjeturas que los observadores foraños tejen sobre el conflicto armado que atraviesa Colombia. De manera que llenarnos la boca con la moralina y opinar sin mayor criterio no ayuda a poner fin a una vieja guerra. Sigamos el ejemplo de Amos Oz, quien aparece, enhorabuena, para darnos esperanza. Sus aciertos son tan válidos en Medio Oriente como en Occidente.
Es momento de tratar el conflicto entre Israel y Palestina. La invitación aquí hecha es, pues, a imaginar la paz. Ya habremos dado el primer paso si logramos imaginarla; luego podremos buscar las alternativas en concreto. Lo mejor será que la ambición avive los sueños de quienes ansían vivir en paz. Claro está, una ambición por fuera del campo quimérico; una vez más, las ideas utópicas no son recomendables. Pues es que no es necesario –por el momento– que israelíes y palestinos sean amigos y se amen entre sí. Lo primero por lo que hay que luchar es por el respeto mutuo, por la tolerancia. Una vez conseguido esto, podrá crearse un espacio para fomentar el cultivo de valores y así estrechar los lazos de dos pueblos que son hermanos.
De Cartago a Tierra Santa
“Ceterum autem censeo Carthaginem esse delendam” . Con esa frase solía terminar sus discursos Marco Porcio Catón, el censor romano que alentó una tercera guerra entre Roma y Cartago. Y a la postre se cumplió su cometido, pues Cartago fue reducida a escombros durante la Tercera Guerra Púnica. La historia estuvo marcada por notables acontecimientos, como la muerte prematura del tenaz Asdrúbal, el suicidio del broncíneo Aníbal, y las enormes conquistas militares del hercúleo Escipión, el impar procónsul.
Resumir semejante historia no es lo adecuado ahora. Lo que ha de interesarnos a esta sazón es el papel de Catón el Censor. Otro acontecimiento relevante es que, terminada la Segunda Guerra Púnica, Roma y Cartago firmaron un tratado muy desfavorable para esta última ciudad africana. Dos problemas principales con los que tuvo que lidiar fueron la pérdida de importantes rutas comerciales, y las limitaciones en cuanto al tamaño de su ejército –lo que, sumado a un asedio constante por parte de los vecinos númidas, significó el inicio de un rápido descenso, cuesta abajo, del cual nunca pudo recobrarse.
Más adelante vinieron algunas peticiones absurdas por parte de Roma que llevaron a una esperable sublevación de Cartago. El sojuzgamiento ya era de por sí vilipendioso, y un pedido especial que hizo Roma a Cartago para que entregara como rehenes a trescientos hijos de la nobleza terminó por colmar la paciencia del pueblo cartaginense, que prefirió recibir los ataques romanos. El casus belli fue impulsado por Catón el Censor, quien era un hombre severo e intolerante, y reconvenía la opulencia de los habitantes de la ciudad africana.
Ahora bien, algo que podemos sacar de todo el asunto es que un tratado de paz debe procurar favorecer a las partes de la mejor manera posible. Supuesto que un tratado amañado es tan sólo la sentencia de una guerra posterior. Y esto es algo que debe tenerse muy en cuenta a la hora de pactar la paz entre Israel y Palestina. El divorcio, como lo llama Amos Oz, será muy doloroso. Pero la separación es necesaria: deben conformarse dos estados. Es el camino más viable, dado que ambos pueblos son dueños de una misma tierra, y tienen igual derecho para reclamar la soberanía sobre ésta.
Si bien es cierto que el primer ministro israelí ha declarado (bajo cierta presión de Barack Obama) que la separación es la salida, el mandatario no da muestras firmes de estar buscando la paz. No parece estar buscando un pacto equitativo. Binyamin Netanyahu –el mandatario israelí– ha puesto dos condiciones para la “partición” del terreno. En primer lugar, Jerusalén seguirá siendo la capital de Israel e igualmente una ciudad del todo judía. Es decir, los palestinos que habitan allí deberán ser reubicados. En segundo lugar, el Estado Palestino no podrá tener ejército, ni control de su espacio aéreo, ni podrá realizar pactos militares con otros países.
Nótese el parecido que hay con el tratado entre Roma y Cartago, en especial en el segundo requerimiento del primer ministro. La propuesta es de lejos inicua. Hay mucha presión, por una parte, del lado de la derecha religiosa israelí, conformada en su mayoría por catones. Y, por otra parte, de los grupos terroristas Hamas y Hezbolá, compuestos por fundamentalistas religiosos, fanáticos a más no poder.
El problema es bastante serio. Así las cosas, es sensato preguntarse si la paz es una simple quimera y ningún esfuerzo por alcanzarla vale la pena. Pero éste no es un buen momento para el pesimismo; en cambio, es hora de ver el ejemplo de un hombre que hacía grandes ejercicios mentales. El filósofo inglés Isaiah Berlin creyó en la capacidad para entrar en la mente de personas de otras épocas y de otras culturas. Como Amos Oz, Berlin fue un gran escéptico, un zorro con habilidades de erizo. Es preciso hacer el ejercicio de Amos Oz de ponerse en la piel de los demás (al estilo de Berlin): en la de los romanos y en la de los cartagineses de la antigüedad. Ello servirá para evitar guerras posteriores. Palestina no tiene que sufrir el destino de Cartago. La paz llegará a Medio Oriente en el momento en que se forje un tratado digno entre Israel y Palestina, curioso, sin letra menuda.
Bibliografía de Consulta
The Economist. Israel and Palestine: A change of heart? [Online]. Londres (Reino Unido): The Economist Online, 2009, actualizada en junio 15 de 2009 [citada en junio 18]. En internet: «http://www.economist.com/daily/news/displaystory.cfm?story_id=13813043».
Oz, Amos. Contra el fanatismo. Traducción de Daniel Sarasola. Madrid, España: Ediciones Siruela S. A., 2003.
Morin, Edgar. El método. Traducción de Ana Sánchez Torres en colaboración con Dora Sánchez García. Madrid, España: Editorial Cátedra, 1981.
Freud, Sigmund. El malestar en la cultura y otros ensayos. Traducción de Ramón Rey Ardid y Luis López Ballesteros y de Torres. Madrid, España: Alianza Editorial S.A., 1987.
Berlin, Isaiah. «La declinación de las ideas utópicas en Occidente». Estudios Públicos. Volumen 53, 1994: 211-234.
Berlin, Isaiah. El erizo y la zorra. Traducido por Carmen Aguilar. Barcelona, España: Muchinik Editores, 1998.
El País. Entrevista: Reconocimiento a un virtuoso de la lengua hebrea: Amos Oz Escritor. [Online]. Madrid (España): ELPAÍS.com, 2009, actualizada en junio 28 de 2007 [citada en julio 11]. En internet:
«http://www.elpais.com/articulo/cultura/dificil/ser/profeta/tierra/profetas/elpepucul/20070628elpepicul_2/Tes».