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«La criolla principal», de Inés Quintero

“Imposible dar un paso por la vida venezolana sin tropezar con la presencia de Bolívar”, advierte el historiador venezolano Germán Carrera Damas en su obra El culto de Bolívar. Dicho culto, como hoy lo entendemos, se inició en el siglo XIX, cuando el General Antonio Guzmán Blanco, el contrapuesto a la política de Rafael Núñez, comenzó a identificar a Bolívar como símbolo de la nación. Desde entonces, en Venezuela, Bolívar ha servido para todas las causas, y es un referente obligatorio de los partidos políticos de mediados del siglo XX y en la lucha de Venezuela por, primero, mejorar su participación en la renta petrolera y luego en su nacionalización.

De igual manera, existe una masa de historiadores que han escrito acerca de la vida de Simón Bolívar, como Felipe Larrazabal en el siglo XIX, Rufino Blanco Fombona; el maestro Vicente Lecuna, quien realizó a comienzos del siglo XX una titánica labor de publicar los documentos del Libertador y Germán Carrera Damas; sin contar con los autores extranjeros como el español Salvador de Madariaga en 1951, Mazur, Alfonso Rumazo y el historiador norteamericano David Bushnell y, como si no fuera poco, a sus 80 años de edad, el historiador británico John Lynch acaba de escribir una nueva biografía del Libertador.

Obviamente, escribir acerca de Simón Bolívar es una tarea de locos puesto que la documentación es gigantesca: por ejemplo, la colección, del académico apologético del Libertador, Vicente Lecuna, Cartas del Libertador suman 10 volúmenes y las Cartas Santander-Bolívar publicadas en Bogotá otros 6 volúmenes. ¿Cómo no perderse en medio de un mar de documentos de archivo y otros de apologetas y difamadores del líder indiscutible de la independencia hispanoamericana?

Es decir, cuando se trata de Bolívar para no caer en los lugares comunes del elogio o la critica desmesurada se requiere mucha maestría y talento interpretativo como lo muestra en su obra la historiadora venezolana, Inés Quintero. La autora de La criolla principal, naturalmente es venezolana, miembro de la Academia de Historia Nacional donde ocupa el sillón del desaparecido académico Tomás Polanco Alcántara; además es profesora de la Maestría en Historia Republicana de la Universidad Central de Venezuela.

Su obra trata acerca de Bolívar pero a través de los sentimientos monarquistas de su hermana mayor, María Antonia Bolívar y Palacios quien fue protagonista del traumático proceso de la Independencia sufrido por las élites coloniales de Venezuela, los criollos mantuanos, y su transformación de repente en republicanos. La autora se vale de un prosa sencilla para mostrar la terrible suerte de las familias mantuanas, como por ejemplo la de la misma familia de María Antonia Bolívar y Palacios quien jamás se hubiese movido de su hermoso valle de Caracas si la guerra de Independencia no los hubiese tocado y de manera abrupta debe marcharse hacia la calurosa ciudad de La Habana con sus hijos menores; pero peor y más triste fue la suerte de la familia colonial de los Aristiguieta.

En esta trágica situación, María Antonia no hace parte de cierta historiografía paternalista que representa a las mujeres en la sociedad colonial como eternas víctimas, o asumiendo el rol, como bien lo expresa en su título la obra de la historiadora colombiana Susy Bermúdez,: Hijas, esposas, madres y viudas ; no María Antonia, la Criolla Principal se revela como una líder de familia y empresaria colonial, instala demandas contra los administradores morosos de las haciendas de los Bolívar, exige el estado de los bienes, trata de arrendar las minas de oro de su hermano Simón a quien pide que le de poderes para resolver asuntos tan delicados como el mayorazgo que le pertenecía a su hermano. La autora se esmera en mostrar el carácter de testarudo de María Antonia quien se atrevió a desobedecer las órdenes que el Libertador le dio en el asunto de vender a los ingleses las minas de oro de Aroa que a veces éste tiene que decirle. “Hazme el favor de dar cumplimiento inmediata, inmediatamente a esta disposición.” Sinembargo, como dice el Libertador “sin que haya santo que te haga cumplir mis encargos por más que te exagere la urgencia.” Y en otra misiva desde Guayaquil reclama finalizar el asunto “para que me dejen pensar en la inmensidad de asuntos que me ocupan acá.”

Para lograr comprender el ambiente espiritual que rodeaba el pensamiento del Libertador, tal y como lo recomienda la famosa lingüista Marta Hildebrandt, quien enfatiza en adentrarse en el uso de la lengua de Bolívar para participar, de primera mano, de su universo mental, la autora le regala al lector algunas fragmentos de las misivas de Bolívar como aquella donde éste recrimina a su irresponsable sobrino Anacleto, jugador de naipes que:

“¿No te da vergüenza ver que unos pobres llaneros sin educación, sin medios de obtenerla, que no han tenido más escuela que la de una guerrilla, se han hecho caballeros; se han convertido en hombres de bien; han aprendido a respetarse a sí mismos tan solo por respetarme a mí?”.

En otras misivas vemos a Bolívar escribiéndole a su hermana acerca de la necesidad de vender a los ingleses su mina de oro para asegurarse su vejez.

La guerra de Independencia en Venezuela trajo lo más temido por María Antonia, como ella le escribió a su Rey “el fanatismo de la Igualdad y otros monstruos desoladores de los pueblos”. No podría imaginar María Antonia que uno de estos monstruos fuese la loca decisión de su hermano de casar a su sobrina Felicia con un mulato, el General salido de la manigua y de las guerras del Libertador, José Laurencio Silva para crear la nueva estirpe de la clase dirigente de Venezuela. Desconozco los estudios acerca del ascenso social de los mestizos y mulatos pero es cierto, que la guerra abrió caminos para aquellos. Es claro que en Venezuela, al igual que en la revolución francesa con la aristocracia, la élite criolla no sobrevivió. No fue lo mismo, por ejemplo, el General José Antonio Páez y el General payanés Tomás Cipriano de Mosquera quien estaba preocupado si sus antepasados se remontaban a Carlo Magno.

Tantos años de guerra condujo a cierto igualitarismo exigido por llaneros, pardos y negros que peleaban en ambos bandos. A la propia María Antonia le tocó mandar a darle garrotazos a unos negros que se atrevieron a solicitar que los recibiese.

El final de la obra se ocupa de relatar la parte más aciaga de la vida del Libertador como fue la reacción a su dictadura, la unidad de sus enemigos en Santa Fé de Bogotá y en Caracas, la conspiración del 28 de septiembre de 1828 contra su vida y su muerte en Santa Marta. Muchas veces se habrá escrito acerca de estos episodios de la vida de Bolívar cargada de pies de páginas, pero Inés Quintero, gracias a una fuente documental invalorable como es la epistolar entre María Antonia y su hermano y de otras fuentes por supuesto, nos logra relatar el dramatismo personal de esta historia.

Los enemigos de Bolívar en Caracas también la emprendieron directamente contra su hermana María Antonia quien confesaba alarmada al Libertador “que algunos de los más deschabetados o furiosos dicen que debe ser destruida la familia de Bolívar” y en Bogotá, en la Suprema Corte, escribe Inés Quintero, el 27 de abril de 1830, “donde se había colocado el retrato de Bolívar” la muchedumbre decidió fusilar su imagen. Además, un inusitado juego violento de estereotipos se lanza contra Bolívar, y las primeras configuraciones políticas, “imaginarios” políticos como muestra Fernán González se construyeron haciendo fila en el odio hacia Bolívar como “militarista” “dictador” “enemigo de la Constitución”. Pero la suerte de Bolívar la compartirán otros caudillos venezolanos de la guerra de Independencia en la Nueva Granada, como el General Rafael Urdaneta, el General Carmona en la Costa Caribe. ¿Qué explica tal odio hacia Bolívar?

El odio hacia Bolívar y a sus seguidores permitió que en Colombia éste no fuese considerado el Padre de la Patria sino Francisco de Paula Santander y liquidó, quizás, la posibilidad de que en la Nueva Granada no hubiese caudillos fuertes en el siglo XIX y condenó la participación de los militares colombianos en la vida política durante el siglo XX, gracias a la llamada tradición “civilista”.

Una y otra vez la autora nos revela lo ambiguo que fue la Independencia: Bolívar, escribe Inés Quintero, decide obsequiarle a su hermana monarquista cinco mil pesos en el año de 1825 con motivo del primer aniversario de la victoria de la Batalla de Ayacucho.

Por último quiero llamar la atención que la heroización no comenzó con Bolívar, sino en la misma guerra de Independencia. Escribe Clément Thibaud, en su obra República en armas que “los próceres encarnaban, por su sacrificio, los nuevos valores éticos de la república moderna” . Tal proceso, según el autor se inició con la “ley de la república de Venezuela para honrar la memoria del coronel neogranadino Atanasio Girardot y escribe Thibaud, “la heroización legitimaba un hecho cumplido: los militares estaban en el poder pero a la cabeza de un régimen republicano.”

La monarquista, María Antonia que ama a su rey (Que Dios guarde muchos años como diría María Antonia) contribuyó a ésta heroización, pero, al prócer, al Libertador en sus cartas como recuerda Inés Quintero le reitera a su hermano: “no dejes de venir”. “Si no vienes pronto será más difícil la curación de los males envejecidos”. “Si no vienes este año no podrá corregirse el desorden.” “Aquí no se puede vivir, con que ven lo más pronto posible.” “Sólo Dios sabe en qué parara esto.” “Si tú no vuelas a sacarnos de este eminente peligro.” “Espero que te vengas volando.” “No temas que los pueblos te quieren y te desean todos claman por ti.” “Aquí te esperan todos con la mayor impaciencia.” “Todos te desean como único remedio a tantos males que nos afligen.” “Aquí todos te esperan, esto mejorará luego que tú tomes el mando.” “Sólo con que tu pises el territorio de Colombia nos trae la paz y el orden.”

Ref.:
Inés Quintero. La criolla principal – María Antonia Bolívar, la hermana del Liibertador. Ed. Aguilar 2008

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Edición No. 153