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Libertad y vocación histórica (Los 100 años del nacimiento de Ernesto Sábato)

Ernesto Sábato falleció en Santos Lugares, una localidad próxima a Buenos Aires, en la madrugada del 30 de abril de 2011. Faltaban menos de dos meses para su centenario, el 24 de junio. Con motivo del homenaje que preparábamos, y más aún de su muerte, hemos asistido a reconocimientos a medias, a tibias expresiones sobre su persona y su obra. Creo que es hora de sincerar nuestro medio intelectual –particularmente pobre en la actualidad– y de hacer un reconocimiento a un escritor excepcional, un humanista, un testigo valiente de su tiempo.

Creo que las mezquindades políticas son la causa de que se haya retaceado a Sábato el amplio reconocimiento que merece. Por mi parte, no he coincidido con todas sus actitudes -pero tampoco coincido totalmente con actitudes y pensamientos de Sarmiento, Lugones o Martínez Zuviría, ni de su pariente Martínez Estrada-; sinembargo, esa parcial falta de coincidencia no me impide reconocer sus obras ni su significación. En el caso de Sábato mis coincidencias son mayores que los disensos, aun cuando no he compartido sus compromisos políticos, primero con el comunismo, después con el frondizismo, finalmente con el radicalismo alfonsinista. Me importa en cambio algo mucho más profundo: su opción humanista, una postura filosófico-literaria que se fue fortaleciendo a través de su larga vida, en buena parte contemporánea de la mía.

La opción de Ernesto Sábato por la «literatura» me ha causado siempre una gran impresión. No se trataba de una opción por la letra muerta sino de un cambio de actitud y de pensamiento. Dejaba la ciencia –que lo contaba ya a sus treinta años como un valioso exponente- por el arte. Simultáneamente, en tiempos del estalinismo, renunciaba a su militancia política comunista.

Me atrajo ese doble viraje y me pareció ver en él el inicio de un rumbo espiritual que se fue volcando en creación novelística y lúcidas reflexiones. El arte, cuando es asumido con verdadera entrega –tal ha sido mi preocupación básica en los estudios literarios, asumir y descubrir esa entrega– llega a convertirse en una vía de transformación existencial que transmuta la relación objetal y mecánica con el mundo en relación intuitiva, fenomenológica, poética. Aposté desde el inicio a la conversión de Sábato –en el sentido de la Kehre heideggeriana– dinamizada y conducida por el acto de la expresión por la palabra. Un proceso de esta índole nunca se cumple de una manera ingenua: en la obra de Sábato lo vemos contemplado, analizado y relevado por una indeclinable lucidez crítica iluminada por la simbolización. La novela es el género por excelencia en que se cumple este avance gnoseológico, y se hace lugar asimismo a su registro crítico, que se explaya paralelamente en sus ensayos.

Aunque no quiero hacer de Sábato un filósofo sistemático –más bien es su antítesis– diré que su trayectoria poética y reflexiva revela una singular unidad filosófica y coherencia interna dentro de su visible pluralidad de intereses. Husserl ha opuesto dos grandes tendencias como características del espíritu moderno: el objetivismo y el trascendentalismo. No es difícil advertir que Sábato se ha movido desde la primera hacia la segunda, protagonizando un itinerario que insume el cambio interior, antes de manifestarse en elecciones y apropiaciones coherentes con éste.

El creador de Abaddón el Exterminador, novela-suma de nuestro tiempo y corolario de una trilogía singularmente valiosa, ha recorrido un camino signado por el despertar de la intuición simbólica. Según Carl G. Jung, esa es la vía que conduce a la contemplación de los arquetipos y a la consiguiente reanudación de la memoria colectiva. Desencadenar sus «demonios» interiores –tarea específica del novelista– es dar cabida al proceso que el maestro suizo llama de «individuación», comparable al que Nicolai Hartmann denomina «acceso al logos espiritual», transpersonal. Así concebían y transmitían los clásicos antiguos el sentido de la creación literaria, y así lo comprendieron los creadores románticos y sus herederos de nuestro tiempo, revivificando una tradición que hizo de la obra de arte el vivo escenario de las fuerzas que luchan en la conciencia, en busca de su reintegración y armonización.

Nada más alejado de esta práctica que el ejercicio decorativo del arte. Para esta línea, medular en las letras occidentales, la realización interna comporta la aplicación de un sentido mágico del arte que bien podría calificarse de iniciático, desde Homero y Virgilio hasta Cervantes, Nerval y Sábato, por sólo ofrecer algunos nombres. No ha dejado de señalarlo así Mircea Eliade, quien expresa en uno de sus esclarecedores artículos: «El modelo iniciático que Richer encontró en Aurélie podría indicar que Gerard de Nerval atravesó una crisis de la misma profundidad que un rito de pasaje. El caso de Nerval no es una excepción». Y añade luego: «En un mundo desacralizado como el nuestro, lo sagrado está presente y actúa fundamentalmente en los universos imaginarios. Las experiencias fictivas constituyen parte del ser humano total, y no son menos significativas que sus experiencias diurnas. Esto significa que la nostalgia por las liturgias y pruebas inciáticas, nostalgia que aparece en tantas obras literarias y en la plástica, revela el anhelo del hombre moderno por una renovación total y definitiva, una renovatio que pueda cambiar su existencia en forma radical». (Eliade, «La iniciación y el mundo moderno»).

Ciertamente, la literatura moderna ha alcanzado tan amplio desarrollo de sus recursos específicos y tanta conciencia de sí, que no es difícil verificar en ella la presencia del rasgo simbólico o de la caligrafía mítica con el designio que producir un encantamiento estético. No sería legítimo sinembargo asimilar a ese campo la obra de escritores que, como Sábato, niegan explícitamente el inmanentismo de los signos y hacen de su obra una vía de conocimiento de sí y de la Historia.

La reintegración del ser escindido del hombre –meta suprema de la actividad poética en los tiempos modernos– es clave para una propuesta que se basa en la aceptación y reconciliación de los contrarios. El pensamiento reflexivo se beneficia de intuiciones fecundas que el escritor plasma eficazmente en las figuras de su obra. La historia se revela como teatro de un proceso análogo al que se cumple interiormente, mostrando en el juego de las fuerzas en pugna la patencia de un sentido que compromete a quien lo interpreta. El poeta, y específicamente el novelista, lee en el libro de la Historia a la par que en sí mismo, redescubriendo la significación de los movimientos políticos y escatológicos.

Es comprensible que Sábato, al elegir el arte como actividad fundamental de su vida, se alejara de la filosofía aristotélica para acercarse a una «ciencia del sujeto», próxima a la perspectiva de pensadores religiosos como Pascal, Kierkegaard y Dostoievski. Es comprensible también su adhesión a la concepción romántica –Vico, Herder, Humboldt, Goethe– y su reiterado rechazo por distintas formas de idealismo y materialismo, su alejamiento del escepticismo nihilista, su negación del positivismo lógico, del «objetivismo» literario o del abstractizante estructuralismo, al menos en sus versiones más racionalistas y esquemáticas.

El pensamiento de Sábato, que –me atrevería a afirmarlo– tiene su centro de irradiación en su actividad creadora, se nutre de las más importantes corrientes del pensamiento contemporáneo en sus diversas direcciones, aunque sin caer en la acumulación enciclopedista; por el contrario, es el despliegue de un pensamiento vivo que incorpora orgánicamente los avances de la conciencia moderna al reconocerlos en su propio proceso. Si debe a Marx los comienzos de su crítica de la alienación –y la implícita herencia de la concepción judaica del tiempo– Sábato se acerca progresivamente al campo de la espiritualidad contemporánea, enriquecido por la fenomenología, el existencialismo, la «filosofía del encuentro», el personalismo.

En el pensamiento de Sartre y su llamado a la responsabilidad del escritor ha hallado Sábato, como muchos hombres de su generación, fecundas incitaciones que lo han llevado a discutir al propio Sartre su escepticismo y su defección literaria. En Husserl y Heidegger halló en cambio la más amplia revalidación del proceso creador como proceso de conocimiento; en pensadores como Scheler, Berdiaev, Jung, Buber, Mounier, descubrió los signos de una filosofía de la persona y el despliegue de la conciencia abierta a la trascendencia, con inequívocas consecuencias críticas en su aplicación a la sociedad contemporánea.

La escuela fenomenológica ha llamado la atención sobre la actividad poética, viendo en ella una actividad humana por excelencia y devolviéndole su plena dignidad. Es el escritor, más que el filósofo, quien pone en práctica la «suspensión del juicio» que da lugar al encuentro profundo del sujeto con lo que llamamos pomposamente realidad. Es sobre todo el novelista, en los tiempos modernos, quien llega a contener dentro de sí al mundo, desplegando en sus personajes las fuerzas estructurales de la sociedad y de su propia conciencia. Buber, uno de los indiscutibles maestros de Sábato, hace del escritor el modelo de la realización espiritual, señalando su peculiar pertenencia a una zona intermedia que lo distancia del mundo «puro» de las ideas y le permite rastrear la verdad a partir de su propia experiencia y pasión. Para Buber es la zona intersubjetiva, explorada por el escritor, la terra incognita que el futuro irá develando. «Esta realidad cuyo descubrimiento se ha iniciado en nuestra época marcará en las decisiones vitales de las generaciones venideras el camino que conduce más allá del individualismo y del colectivismo.»

Aplicado a esta exploración, Sábato no ha dejado de reconocer sus implicancias políticas, pronunciándose con firmeza en contra de la sociedad competitiva y consumista, así como de la colmena colectivista que vino a remplazarla. La tercera opción alternativa que apoya –sin una concreción política visible– tiene como fundamento el diálogo, la apertura al tú y como base la concepción de la persona.

Un pensar existencial, encarnado, agónico, refleja y acompaña la experiencia vital de Ernesto Sábato, a mi ver inseparable de su obra de creación. En ésta se ha ido plasmando la conversión de que hablaba, ese paso desde la vida alienada (Marx), inauténtica (Heidegger), mecánica (Mounier) a una vida plena de significación, recobrada en su centro, abierta a su propia realización.

El arte se constituye en ejercicio pleno de la libertad que no excluye el reconocimiento de los valores y la aceptación del destino. Máxima libertad del hombre es, según Berdiaev, la «libertad en Dios». Los actos de la vida y la expresión artística se religan íntimamente en semejante concepción, que impregna a la palabra de una indeclinable tensión ético-religiosa. En la trayectoria de Sábato podemos hallar claramente marcados, aunque no impolutos o perfectos, los hitos que la filosofía personalista reconoce como característicos de la conformación individual, y que el mito tradicional nos ha enseñado en otros códigos: la concentración sobre sí, la renuncia, la donación, la comprensión, el ir hacia los otros, la fidelidad a los valores, la didáctica. Sólo que este periplo se ha cumplido en esa forma libérrima, adogmática, contradictoria, que es privativa del artista: un espíritu abierto en permanente descubrimiento de sí.

En total coherencia con el «viaje» esbozado se vierte la reflexión de Sábato, introspectiva, aguda, en permanente apertura sobre el mundo. Nada escapa a su lúcida atención: el proceso del conocimiento, la condición del hombre, la potencialidad del arte, la historia de la civilización, la vida presente y pasada de su pueblo. Creador y teórico de extraordinaria riqueza, su actividad no termina allí. Sábato se fue transformando en intérprete y guía de su comunidad, mostrándose como permanente defensor de la dignidad y la libertad del hombre ante situaciones concretas, consciente de sus errores, capaz de rectificaciones.

Como también lo han hecho, con distintos matices, Octavio Paz, Marechal y Cortázar, Sábato descubrió en el arte los gérmenes de la libertad y la defensa del hombre ante la cosificación que lo amenaza. Se ha visto así cumplida, en su centenaria existencia, una trayectoria de singulares valores, proyectada en una obra poética y reflexiva.


Un surrealista con vocación histórica

No sería justo rastrear la filiación espiritual de un escritor en el ámbito del pensamiento filosófico sin hacerlo antes en su propia y específica familia, la del arte. Sábato, como otros escritores contemporáneos, es un heredero del romanticismo, de su transgresión, de su signo gnóstico y espiritual. Su relación con el movimiento surrealista –portador y a veces tergiversador de esa herencia– es más profunda de lo que hicieron suponer sus propios juicios y declaraciones. En efecto, luego de su frecuentación de los ambientes artísticos franceses hacia 1938, y sin duda atrapado por la perspectiva gnoseológica del surrealismo, emitió, en su libro Uno y el universo, algunos juicios tajantes que definían su exigencia intelectual y su rechazo de las mistificaciones.

Un rechazo análogo produjeron unos años antes Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, al volcarse a la interpretación profunda de América, desdeñando lo que el cubano llamó «baratillo surrealista»; el surrealismo, según él, reclamaba de una fe.

Sábato empieza su alejamiento del surrealismo «de capilla» al acentuar su temple ajeno a los dogmatismos. Rechazó en ese tiempo el automatismo como vía excluyente de la producción literaria, como también lo hicieran Dalí, Larrea y Vicente Huidobro. El automatismo tomado como fin en sí mismo condujo a los surrealistas, en no pocos casos, a cierta mecanización de procedimientos, a la instauración de una retórica tan cristalizante del impulso poético como cualquier otra, y finalmente a inhibir la autoconciencia del artista ante sus proyecciones mediúmnicas u oníricas. Desde luego, no estoy negando el interés de la aventura de André Breton, que recobra su tradición en forma oblicua y vergonzante, acercándose en sus últimos años a la gnosis, sino de muchos surrealistas de escuela, que terminaron por traicionar el supernaturalismo nervaliano y el superrealismo de Apollinaire, así como el surrealismo del propio Breton.

Tal vez quepa hablar de un surrealismo hispanoamericano, abierto plenamente al reencuentro con mitos ancestrales que los franceses rozan e indagan epidérmicamente, con interés estético, desplazando la inicial curiosidad gnoseológica y antropológica.

Por extraña paradoja, los surrealistas europeos desplegaron los grandes temas de la tradición cristiana, silenciados por la modernidad: el amor, la mujer, la naturaleza, lo maravilloso, el más allá (aunque concebido como un todo con el mundo concreto), la «vida verdadera», la presencia del destino o de un azar intencional que produce actos significativos, etc. No obstante, corresponde a grandes poetas y novelistas hispanoamericanos –sin olvidar la vanguardia constituida por un grupo de poetas españoles: Larrea, León Felipe, Cernuda– el haber dado el paso final que permite el reencuentro con la memoria colectiva y la comprensión ampliada de la realidad. Asturias lee los mitos guatemaltecos, como Paz los mexicanos, Arguedas los mitos del altiplano, Roa Bastos los guaraníticos. No es posible negar que lo hacen asimismo desde una óptica marcada por el ecumenismo judeo-cristiano.

Los argentinos, más íntimamente insertos en la herencia europea, leen la historia desde el mito cristiano, ya lo hagan con la óptica helénica o recurriendo a la fuente bíblica. El cristianismo lleva en sí el impulso ecuménico que permite la comprensión de otros legados. Los escritores cumplen una vez más con esos imperativos profundos de la cultura, al enlazar en una lectura religante los símbolos que abren la significación del mundo y de lo humano. Es característica de la lectura poética su antidogmatismo, su libertad para moverse en ámbitos distintos, canónicos y no canónicos, testamentarios y ocultistas, occidentales y orientales. No es casual en una serie de importantes novelas producidas en los países hispanoamericanos la revalidación de la alquimia, el contacto con las «ciencias ocultas», la relación con los mitos indígenas, orientales o «paganos», y finalmente la reinterpretación del Evangelio, soslayado por la frivolidad intelectual o las lecturas superficiales. El escritor desprejuiciado lee la simbólica universal como un único texto con valores de revelación, en el que está inscripto el destino humano.

Tal ha sido a mi juicio la posición de Sábato. Podríamos definirlo como un surrealista genuino, tocado por una irrenunciable vocación de realismo, y una peculiar aptitud crítica. Toda su obra es un diálogo apasionado con un Dios desconocido al que no llega a encarnar en forma explícita, en una clara y oscura búsqueda de ese punto ideal señalado por la clarividencia de Breton en el que se conjugan los opuestos y se asienta el Conocimiento Real. La actitud de Sábato no es la de un irracionalista sino la de un consciente indagador de lo irracional, que debe a la ampliación de su conciencia una religación con el mito y una comprensión profunda de la historia.

Una trilogía novelística

Sábato no ha sido un escritor prolífico, si nos atenemos a su labor narrativa publicada, pero tampoco ha sido parco en esta faceta de su creación. Tres excelentes novelas jalonan su itinerario poético, conformando una trilogía de singular valor. En actitud típica del arte barroco –del cual parecería alejarse si se piensa en el Barroco como profusión y amaneramiento, y no como conjunción de realidad y símbolo– el autor ha tendido nexos, a partir de su primera novela, entre seres reales, criaturas de ficción y arquetipos míticos. Sin mengua alguna de su autonomía, las obras del escritor barroco muestran ser parte de la Obra que se sustenta con la vida; tal la lección de don Miguel de Cervantes.

Cada novela de Sábato ha sido largamente trabajada, corregida y reelaborada. Hay en él una exigencia no sólo estética e intelectual sino moral frente al libro creado, que emerge como fruto de las crisis personales del escritor, y luego como indagación de momentos cruciales de la vida nacional.

Se hace evidente la función catártica y esclarecedora que cumple para Sábato la literatura. Centro de tal itinerario es el drama de la conciencia, que se reitera en cada una de sus novelas confiriéndoles una tónica indirectamente confesional, un eje lírico insoslayable que se objetiva en la simbólica universal de la salvación. Me atrevería a sugerir que es éste el campo más íntimo e ineludible de toda novela, y que lo es en especial de la novela corta, que así particulariza la significación de «novedad».

En un viejo trabajo he postulado que tal era el contenido y función de la primera novela de Sábato, El Túnel. Se trata de la «vida nueva» pregonada en secreto por los «fieles de amor», simbolizada en el soneto, expuesta en las silvas y florilegios místicos, atestiguada en la «novella» o «nouvelle», portadora de la experiencia interior, que en este caso ha sido cuestionada y oblicuamente confesada. El túnel es en efecto una extraordinaria nouvelle; registra en forma tensa y convincente los pasos de una conciencia que busca su integración y comunicación, y se acusa a sí misma de su error en el mundo.

El círculo de las preocupaciones del novelista se amplía considerablemente en su segunda novela, Sobre héroes y tumbas, objetivación del espacio y la historia de la Argentina que entrecruza el acontecer personal y el drama colectivo abriendo inesperadas vías de comprensión. En la tercera novela, Abaddón el Exterminador, la visión se hace abarcadora como corresponde a la definitiva superación del punto de vista individual y la asunción profética del significado de la Historia, generando la «explosión» del signo literario.

Quien profundice debidamente en el desarrollo y evolución de la novela podrá observar en ella el despliegue del drama personal e intransferible de la salvación, y también el de la conciencia colectiva que atraviesa en los tiempos modernos los infiernos de la separación, el extravío y la culpa. Pero comprobará asimismo el paso fundamental dado en el siglo XX desde el «relato» a la «epifanía», con el necesario descubrimiento de nuevas técnicas al servicio de un nuevo estado de conciencia, de una relación inédita del hombre con el mundo.

Alto exponente de esta aventura es Ernesto Sábato, quien ha tenido la lucidez crítica adecuada para constituirse en el más riguroso analista y teorizador de su experiencia espiritual y expresiva.

Un enfoque formalista o técnico de la obra de Sábato revela la multiplicidad de sus recursos literarios, desarrollados con originalidad y eficacia. La legitimidad de esos recursos se hace evidente a quien se halle dispuesto a compartir y apreciar la aventura espiritual que los genera. Su periplo personal se inicia en las tinieblas de un túnel valerosamente recorrido, que progresivamente se ilumina por la comprensión, el amor, el sacrificio, la piedad, el humor, la donación. Con fueros propios se inscribe en una importante novelística euroamericana cuyos préstamos mutuos son menos determinantes que su pertenencia a una corriente común de sentido profundamente innovador, poético, crítico y profético, que marca el punto máximo de la cultura occidental y al mismo tiempo su cuestionamiento más decisivo. Esa corriente tiene en la obra de Sábato una de sus indiscutibles culminaciones,

«El túnel»: metáfora de la religación

Técnicamente perfecta, de apasionante lectura, El túnel (1948) es ya un clásico en las letras del continente. Su unidad estructural se asienta en la perspectiva única de un protagonista-relator que cuenta un proceso vivido y a la vez lo ilumina permanentemente desde dos planos: el análisis implacable y lógico, y la simbolización onírica o poética.

Una atenta compulsa del relato nos permite advertir que no asistimos sólo a la morbosa evolución de una aventura amorosa; ésta, en cambio, se convierte en símbolo y emergente de otra aventura mayor que queda tácita y sugerida: la aproximación de una conciencia a esa zona en que reina el azar, el destino prefijado, la posibilidad de un contacto revelador, el sentido, en fin, de la existencia y del mundo. Es el drama del hombre «arrojado», incomunicado, escindido, que busca su renovación y religación.

La crítica no ha dejado de observar en esta novela el perenne conflicto entre la modalidad espontánea del vivir, siempre rozando la maravilla, y el temperamento analítico del personaje, dado a la destrucción de las mejores ilusiones. Esta cualidad conduce a Pablo Castel a detectar la problematicidad de todo lo existente, y poner en evidencia las aberraciones de una sociedad que se sostiene sobre estrechas convenciones. El tiempo vivido se contrapone con violencia al tiempo «objetivo» al colorearse de sentimientos personales configurando un destino. Se plantea agudamente el tema de los destinos personales, las existencias que corren sin tocarse, la posibilidad casi fantástica del «encuentro».

Frente al sinsentido del mundo mecánico que alberga las mónadas cerradas concebidas por el racionalismo leibniziano, se alza el diálogo como estallido espiritual, como revolución auténtica de la existencia y comienzo de un camino impredecible. Tal el sentido que se infiere, complejamente transmitido por el lenguaje de los símbolos. Una lectura lineal, meramente sintagmática, podría imponer el fracaso de esta experiencia. El novelista se ha encargado de abrir poéticamente las significaciones, proporcionando claves poéticas de sentido totalizador como los sueños de Castel. Por el sueño se le revela –al personaje, al lector– la verdadera naturaleza de sus padecimientos.

La imagen, onírica o visionaria, empieza a ser para Sábato la vía profunda que encierra y comunica ciertos núcleos de significación no comunicables de otro modo. La vida se revela como un tejido no racionalizable; a la luz de ciertos complejos emocionales, los hechos aparentemente no significantes se vuelven sugestivos en alto grado. Por ello el relato consiste en reiteraciones e intensificaciones de los aspectos que inciden en el orden interior, desechando el valor convencional de los acontecimientos.

El mensaje de la novela no es unívoco, desde luego. Un personaje contradictorio se erige en símbolo del hombre en crisis llevado a su máxima exasperación. Iniciada en París en 1947, esta obra se hace portadora del dilema básico de la existencia de Sábato: su opción entre el racionalismo y el «super-racionalismo», traducida en sustitución del quehacer científico por el arte. El dilema interior no se cierra, pues es precisamente la vacilación entre racionalidad y sentido mágico de la vida la que da continuidad y sentido a la aventura. Se abre el rumbo de una fe unamuniana, agónica, cada día atacada por una razón que no claudica.

Ya está in nuce el personalismo de Sábato, su desafío a las fuerzas oscuras. Para algunos exégetas la obra se revela como expresión de un existencialismo ateo; para nosotros se trata de la búsqueda religadora, que ha sido encarnada en un artista tímido y paranoico y llevada a un máximo grado de pasión y desesperación que desemboca en crimen. Tanto el amor como el espíritu de análisis conocen en Castel extremos maniáticos. Frecuenta los límites del delirio, los celos, la disociación, el ascetismo, la tentación sufrida. Una variante argumental no elegida por Sábato consideraba el suicidio de Castel, una de las vías posibles como solución existencial. Sería la renuncia de Roquentin a vivir, el asco y negación del mundo. Pero Sábato elige para su personaje el crimen, acto de posesión final pero no negativo si se lo juzga dentro de la lógica novelística. El afán de trascendencia incide en la feroz tentativa de transformar la mujer-objeto en mujer-sujeto (Marcelo Coddou). El crítico chileno, en una línea diversa de la nuestra, caracteriza a la obra como novela existencial del desamparo y la incomunicación.

La lectura de la totalidad de sus signos nos induce a valorizar por el contrario el énfasis puesto en el descubrimiento del otro. Imagen dominante del libro como creación artística del pintor Castel y como paradigma arquetípico que emite resonancias profundas es la Maternidad; contrasta abruptamente con ella el crimen inferido a María, cuyo nombre nos remite asimismo al símbolo cristiano de la Madre.

La primera, de carácter ideal y prepositivo, muestra la insuperable armonía de la relación Madre-Hijo, presente en el fondo de la relación amorosa y en la relación del hombre con su origen: la Madre, mediadora por excelencia, es camino a Dios, y ella misma su imagen en función generadora y nutricia. La segunda figura, el crimen, muestra la ruptura de ambas relaciones, el acto rebelde matricida, que es también deicidio, del cual se confiesa Castel por la palabra-novela.

El crimen de Castel excede la órbita de la pasión individual; se constituye en símbolo de amplio alcance histórico-cultural comparable al que plasma Max Ernst en su célebre cuadro (o collage) donde un hombre con máscara de pájaro apuñala a una mujer.

La novela ofrece el testimonio de un crimen, su análisis, iluminación y tácita inculpación por la palabra. La memoria redime la culpa haciendo del acto de relatar una valiente introspección. Pero se abre también la dimensión, audazmente romántica, del Mal como transgresión fecunda por la que el hombre da crecimiento a su libertad. Libertad que es negación de Dios, y asimismo recuperación consciente y enriquecida. María señala ambiguamente el camino del Mal y el rumbo de la purificación, signos de la transformación interior que se expresa en esta extraordinaria nouvelle.

El libro ha ofrecido interesante materia a la exégesis freudiana (Petersen) y junguiana (Callan), al psicoanálisis existencial (Dellepiane, Coddou), a la hermenéutica intertextual de toda la obra de Sábato (Georgescu), al estudio de las técnicas literarias (Domínguez de R. Pasqués). Ciertos lectores y críticos ven en la obra la exposición rigurosa de un caso patológico; otros advierten los signos del desnudamiento y la angustia; los más comparten la fascinante aventura planteada por el autor en términos comparables a los de Aurélie de Nerval, Nadja de Breton, o El extranjero de Camus aunque de sesgo y evolución distinta, al presentarnos una conciencia en el límite de su superación trascendente y en la apertura a la posibilidad irradiante de la comunión.

«Sobre héroes y tumbas»: testimonio de una pasión argentina

Campo dilecto de la novela moderna es la historia real que el escritor aprende a leer como un texto simbólico en el que se entreteje la hebra de su propia existencia. Tal vocación de realismo, que de manera alguna inhibe el modo simbólico de abordar la Historia o la ampliación «suprarreal» de la experiencia, se cumple plenamente en la obra de Ernesto Sábato, y se acentúa de modo particular en su segunda novela, Sobre héroes y tumbas (1961).

Sin abandonar la simbolización de la aventura personal, que sus personajes protagonizan y ahondan nuevamente, Sábato ha presentado en esta obra una compleja indagación y mitologización de la historia nacional. Ello explica el resonante éxito de la obra al ser publicada, cuando la Argentina –en el tiempo de Arturo Frondizi, a quien el escritor apoyó– reabría el debate ideológico luego de un período singularmente negador que fue expresión del maniqueísmo dominante en su vida política.

Novela de estructura barroca, como lo ha señalado Angela Dellepiane, esta obra abarca cuatro subnovelas que incluyen a su turno otros relatos menores en intrincada configuración formal y significativa. Indagando en el plano estructural la autora mencionada concluye con acierto que se trata de una «novela de la Argentina». Otros críticos han observado, sinembargo, el peso que adquiere la trayectoria novelística de Fernando Vidal Olmos cuyo alucinante relato titulado «Informe sobre ciegos» constituye por sí mismo una nouvelle. La íntima conjunción de ambos planos, interno e histórico, asegura en efecto la plenitud de un mundo novelesco. La activación de los arquetipos internos permite al escritor un doble juego: objetivar simbólicamente una experiencia personal y desplegar el sentido del devenir próximo y pasado.

Se trata en verdad de una estructuración concéntrica, que el lector intuitivamente percibe como unitaria, guiado por fuertes inducciones simbólicas.

El pasado reciente de la Argentina, centrado en hechos ocurridos en 1955, se conjuga con hechos pertenecientes a la memoria épica para revelar la constancia de estructuras antagónicas cuya superación queda planteada como única posibilidad de futuro. Centro de esta visión es la conciencia en crisis, que sólo descendiendo a sus propios abismos ha podido alcanzar en sí la conjugación de los opuestos que reconoce enfrentados en su entorno.

Varias líneas narrativas se entraman, diversos tiempos se superponen, varias perspectivas se alían respondiendo a esa tendencia conjuntiva, sintetizadora. La cabeza del coronel Acevedo, víctima de Rosas, es símbolo del resentimiento de los Olmos, que tipifican una línea de nuestra historia. Con esta narración se entrecruza semánticamente el relato de la huída y muerte de Juan Lavalle (lírica elegía que ha dado pie al «Romance de Juan Lavalle», ya incorporado al cancionero oral, de donde fue retomado por León Benarós, y luego musicalizado por Eduardo Falú). El tiempo narrado –que alterna con los tiempos anteriores– se extiende desde mayo de 1953 hasta junio de 1955, teniendo como nudo simbólico el episodio de la quema de las iglesias, que se produjo en los meses finales del gobierno de Juan Perón, como respuesta al bombardeo de civiles en la Plaza de Mayo de Buenos Aires.

Recuperando un símbolo viviente, Sábato presenta la incidencia del Mal en la conciencia individual y comunitaria, llevando esa conciencia a un límite de transgresión y purificación en acto que Emise Cersósimo califica de «ceremonia religiosa». Ello se produce el 24 de junio, día de San Juan que es también la fecha del nacimiento de Sábato, y que adquiere en zonas rurales americanas una connotación muy significativa: es el momento del «cruce de las brasas» que corresponde al final y alumbramiento del solsticio invernal en este hemisferio. La simbólica del Mal incluye un sentido de holocausto, como punto de partida de algo nuevo. Dice al respecto Lilia Dapaz Strout, otra de las exégetas de Sábato: «La novela ritualiza el fin de una época y el nacimiento de otra en la Argentina. La destrucción del viejo mundo por medio del fuego y el nacimiento de Martín como héroe de una nueva clase de hombres. Con la novela, Sábato realiza la transformación de una obsesión personal y de la incertidumbre de la clase media argentina en un gran mito de regeneración individual y colectiva.»

Según la teoría psicoanalítica del self, la obra literaria puede ser estudiada como proyección de la conciencia total que se desdobla en sus distintos componentes. Tal sería el punto de partida de la «fisión» que origina a los personajes asumidos con valentía por el creador moderno en una dinámica que estimula procesos análogos en el lector. Sábato practica en esta novela las técnicas del desdoblamiento que Abaddón llevará a extremo límite. Ingenuo sería limitar esa proyección a lo confesional y autobiográfico; pero ignorar este plano sería traicionar una lectura leal y atenta al texto.

La introspección sabatiana permite la profundización de Fernando, héroe de cuño arquetípico luciferino, cuya virtualidad puede ser rastreada –en una relación intertextual– en Pablo Castel. «Ladrón de fuego», Fernando transita la aventura que la tradición literaria conoce como «descenso a los infiernos», y que es estudiada por Jung como la suma de instancias angustiosas que es necesario superar en el proceso de «individuación». En esta dirección han efectuado interesantes lecturas de la novela Doris Stephen y A. Vázquez Bigi, así como las ya mencionadas E. Cersósimo y L. Dapaz Strout.

Alejandra es el nudo de esta aventura. Pertenece a esa familia de heroínas literarias que encarnan el misterio, la muerte, el lado oscuro o instintivo o la sublimación espiritual: Carlota, Aurelia, Eleonora, Nadja. Se relaciona también con María, de la anterior novela de Sábato. Es guía e iniciadora de Fernando –cuyos pasos conduce hacia la Iglesia de la Inmaculada Concepción, dejándolo librado a su infernal descenso– y también de Martín, quedando así insinuada la continuidad simbólica de ambos. Fernando, rebelde sacrílego y vidente, muere por mano de Alejandra; Martín nace en cierto modo de su matriz-laberinto, que hace de Alejandra una heroína a la manera de Medea, Hécuba o Perséfone. Alejandra es (como María para Pablo) nexo entre Martín y el mundo de los ciegos, horrible y fascinante. Se dibuja la vía gnóstica de la salvación por la transgresión y el conocimiento.

Sábato ha proyectado la zona reflexiva del creador en Bruno, cuyo diálogo con Martín desmenuza críticamente la problemática social, cultural y política de la Argentina. Temas tan espinosos y candentes como el antisemitismo, el judaísmo, el comunismo, el peronismo, la inmigración, etcétera, son desplegados en forma dialéctica y esclarecedora. La realidad nacional se diversifica en una galería de personajes, conectados o no con la «historia» novelesca.

D’Arcángelo, cuyo nombre parece apuntar a una misión providencial, es el muchacho simple que ayuda a Martín a comprender, como lo hacen también otros seres humildes:

Hortensia Paz, el loco Barragán, el camionero Bucich. Como lo ha observado Olga Zamboni, son personajes acuñados con amorosa fidelidad que se transforman en los auténticos portadores de la sabiduría popular. (En hermosa edición ilustrada por Berni, Sábato recogió más tarde a estos personajes.) Completan el friso novelesco otras figuras igualmente representativas de la sociedad argentina: Max, Wanda, Quique, y otros más. Con saludable humor, Sábato se regocija captando los lenguajes del esnobismo porteño, la frivolidad de los círculos literarios, las «zonceras» del medio pelo social e intelectual en que Jauretche y Marechal también nos han enseñado a reconocernos. Sábato capta el alma del país en la pluralidad de sus matices y lenguajes. Su integración espiritual lo conduce a aceptar que «la verdad es sinfónica», y a proponer –en el abierto e irradiante idioma del símbolo estético– la reconciliación de los planos profundos de la Argentina.

Suma de significados, esta obra ha suscitado una ya cuantiosa corriente de trabajos críticos que indagan en sus articulaciones técnicas, profundizan su tejido simbólico, o exploran los planos referenciales tan vivamente convocados. Maurice Nadeau quiso elogiarla llamándola una versión argentina del surrealismo. Por nuestra parte corregimos el involuntario eurocentrismo del francés, adscribiendo la novela de Sábato al realismo surrealista hispánico y latinoamericano, que no desdeña conectar la aventura espiritual con la concreta y apasionante indagación de la Historia.

«Abaddón el Exterminador»: el fin de la Historia

La tercera y última novela publicada de Ernesto Sábato es la culminación de una trayectoria poética original y vigorosa, en la que cada obra se afirma con intransferibles valores. Ya varias veces reeditada, traducida a varios idiomas (su versión francesa mereció en 1976 el premio de la crítica al mejor libro extranjero), ha sido estudiada por una legión de profesores y críticos a los que atraen la complejidad y novedad de su lenguaje y la densa irradiación de sus símbolos.

Abaddón el Exterminador (1974) es máximo ejemplo de una literatura que, en el apogeo de sus posibilidades formales, se vuelve contra sí misma para quebrar la inmanencia del signo estético y abrirlo en forma espectacular hacia ha referencialidad personal e histórica. La mediación ficcional, cauce insoslayable y legítimo de la objetivación mítico-simbólica, es evidenciada y cuestionada por la intención fuertemente apelativa y comunicativa del autor, cuyo rostro asoma permanentemente por los intersticios de esta «ficción a la segunda potencia». Sábato ha presentado la génesis de su proceso novelístico en movimiento que obedece más a la lógica íntima de su propia creación que a la influencia de Joyce o de Gide, aunque tenga un paralelismo con ellos. Es más, este proceso de la novela moderna debe ser visto como constante estructural que cada creador ha venido desplegando de manera personalísima. El planteo literario de Sábato desmonta el truco ficcional sin anularlo totalmente y somete los materiales de su obra a la presión poética y opinante de un autor que se ofrece a la vez como personaje y se refleja visiblemente en una serie de desdoblamientos. Lo hizo ya genialmente Cervantes, hombre del barroco cristiano, como lo hicieron los pintores de su tiempo al incluirse en un rincón de su tela. El novelista argentino lleva a sus últimas instancias esa actitud, avalando su concepción realista y comprometida del «gran teatro del mundo» y su consciente rechazo del nominalismo filosófico.

La obra se constituye como signo que llama la atención sobre sí, sobre su propio mensaje, sobre el sujeto que lo produce, sin que esto signifique cerrazón al mundo. Así lo ha estudiado Myrna Solotorevsky, aplicando el concepto crítico, originario de Gide, de «construcción en abismo» (concepto ya instrumentado por Helène Baptiste en relación con la obra de Sábato). Narciso, sujeto de la contemplación estética, es según la estudiosa el centro de un proceso de conocimiento que reclama un infinito número de recursos técnicos y expresivos. Cuenta entre ellos la presencia de un narrador ajeno a la diégesis o relato, la simultánea presentación del autor y el receptor, la abierta intertextualidad que relaciona todas las obras del escritor, la alternancia de seres reales y ficticios, los indicios y reflexiones sobre el texto mismo. Cabe reconocer una vez más la íntima adecuación de las novedades técnicas a la expansión de la conciencia creadora, lanzada aquí al nivel de una visión totalizante como corresponde al cumplimiento de su trayectoria dialógica y trascendente. La obra comunica una visión circular, abierta a todas las direcciones del espacio y el tiempo, síntesis de una pluralidad de perspectivas. Es notable su estructuración puntillista, en la que alternan las unidades narrativas, líricas, reflexivas o «mostrativas» que apuntalan un plano semántico unificador, convocando al lector a un juego activo de permanente proyección extratextual. P. A. Georgescu anota sagazmente la presencia de «signos numerales», que podríamos llamar epifánicos, poéticos en su esencia. La novela-suma, en efecto, transita de la estructura narrativa a la estructura sinfónica, al poema. Es un poema construido por formas superiores a la frase, estructurado sobre la narración, que es portadora de lo histórico, y el conocimiento poético, que anula la temporalidad. Nada extraño es que también aparezcan poemas como unidades novelísticas.

Los fantasmas del escritor (tema de un agudísimo ensayo sabatiano que hemos aplicado a la cátedra universitaria en contraposición de teóricos formalistas y objetivistas) alternan con su propia imagen en el escenario donde se juegan los dramas del destino personal y colectivo. Elisa Calabrese ha estudiado con penetración las relaciones de los personajes entre sí, con el Narrador, con el Autor, con el Lector. Ha visto asimismo, en otro trabajo, la importancia que asume la figura femenina en su condición de mediadora infernal y celeste, prolongando así las líneas semánticas de la anterior creación de Sábato. El Héroe, desdoblado bajo múltiples máscaras (Sábato-personaje, el oscuro II, los sacrificados Marcelo y Nacho, el joven Martín) debe afrontar nuevamente y con extraordinaria intensidad el cumplimiento de su transformación y redención. La profundización de esta experiencia culmina en la presentación de una impresionante alegoría: Sábato convertido en gigantesco murciélago, e incorporado así, simbólicamente, al mundo de los ciegos. Por su parte Marina Gálvez Acero, aguda lectora de la obra sabatiana, lee esta figura como expresión de fracaso novelesco, lo cual es parte indudable de su significación. Pero superando la literalidad, cabe aplicar una lectura simbolizante y compleja.

El escritor Sábato no nos ahorra su propia experiencia aunque tampoco limita a ella la significación de su universo poético. Hace una crónica de la aberración que muestra la presencia del Mal en la sociedad moderna bajo las formas de la confusión, la escisión, la separación, la desmesura, e incluye también la introspección más despiadada, acto de desnudamiento que erige un símbolo de expiación genérica. El creador no se excluye del mundo en quiebra: se hace su portador, su víctima, su conciencia emergente y salvífica. Nos muestra cómo desde su indigencia y miseria, valerosamente asumida, alcanza el hombre una dimensión superior de salud y equilibrio. Fruto del ejercicio máximo de la libertad, ese acto sacrificial supone una muerte y un renacimiento.

Portavoces ridículos, marginales, colocados por su propia condición fuera de la órbita intelectual o «respetable», repiten en distintos niveles el mensaje profético del autor. Uno de ellos se llama precisamente Natalicio, y su visión del final del mundo se cumple en el día de la Epifanía. Abierta en múltiples signos, la voz admonitoria asume y prolonga las Escrituras.

El lector de Abaddón recibe un mensaje fuerte, emocional, polifónico. Como lo señala con justicia el crítico A. M. Vázquez-Bigi: «… al final de la lectura queda un profundo, asentado sentimiento de unidad, como si la obra toda constituyera un extenso poema. Y la experiencia de la lectura de Abaddón confiere y extiende el mismo sentimiento de unidad poética a la trilogía sabatiana en su totalidad».

En el clímax de su madurez poética y filosófica, Sábato construyó un texto apocalíptico, es decir revelatorio; el cumplimiento de un destino personal asumido con grandeza produjo su religamiento a la tradición judía y cristiana desde la cual se hace necesario enfocar su obra. En ella asoma, no sin sufrimiento, la esperanza que nutre el mito escatológico de la Ciudad Celestial.

La filosofía de la novela

Como otros grandes novelistas contemporáneos, Ernesto Sábato despliega dentro de su obra novelística, y a la par de ella, una teoría de la novela que asume fundamental importancia en su pensamiento.

Fruto del enfrentamiento inevitable del pensamiento crítico moderno con el mito tradicional (fundador de valores y creador de la conciencia moral), la novela se desarrolla como un género típicamente occidental, que refleja y profundiza la crisis de la modernidad. Sábato la considera como un pensamiento encarnado, poético, nutrido de oscuras intuiciones, que apela al símbolo para superar contradicciones insalvables a la razón. Es para él no sólo un modo de pensamiento válido y respetable, sino el más acorde con nuestro tiempo de quiebra racionalista, de final de la idolatría científica y técnica y audaz apertura a niveles desconocidos del conocimiento y el ser.

Ernesto Sábato ha estudiado las raíces de la crisis moderna, observando que su punto de arranque se halla en el desarrollo de una imagen mecánica del universo, y en un progresivo avance de la «objetividad». En compensación, la novela viene a desplegar una recuperación de la soledad del hombre, de esa soledad introspectiva y creadora que le permitirá redescubrir estructuras arquetípicas, reanudar el vínculo con lo sagrado, restaurar valores y significaciones. El escritor se transforma pues en pensador, en hombre de conocimiento, como vinieron a demostrarlo Mikhail Bajtín, por entonces no traducido a nuestras lenguas, y Ricoeur, a quien se anticipó el escritor.

La novela es por excelencia romántica, existencial, ajena al idealismo platónico o matemático, realista en el más amplio sentido, incluyendo el realismo del sueño o la proyección de las vivencias más inexplicables. Existen experiencias de «novela fantástica», pero resulta evidente que lo medular del género es realista, y no sería exagerado caracterizarlo precisamente por su estrecha ligazón con el mundo de la experiencia individual y con los sucesos de la historia colectiva.

Sábato es un defensor del realismo literario, si bien es el suyo un realismo ampliado, suprarreal, abierto a toda forma de conocimiento. La novela moderna es para Sábato la suma fenomenológica portadora de una personal y única experiencia de vida y de conocimiento. Campo simbólico experimental en que el escritor vuelca sus obsesiones y a la vez las contempla críticamente, se convierte en espacio alquímico, sacramental de la existencia: camino de salvación, «rescate de la unidad primigenia». Tanto para el autor como para el lector la novela cumple en efecto una importante función desalienante y vivificadora, al transformar la vivencia agudamente contemplada, en cifra de validez universal, encarnación mítica, punto de partida para una nueva imago mundi.

Sábato ha advertido con singular perspicacia el particularismo genérico de la novela como expresión de un nuevo estado de conciencia al que sirve la pluralidad de su lenguaje y sus técnicas, la proliferación de sus recursos y la final negación de su inmanencia literaria. Es la novela la forma expresiva que se ajusta simultáneamente a la exploración del yo y del mundo; es ella la que alienta la tipificación estructural de la historia y de la conducta; la que permite el avance de la introspección, sin anular la efusión lírica; es en su campo multiforme donde emerge el tiempo interior, modificando o anulando el tiempo físico; donde el salto espacial, el cambio de la perspectiva, la superposición o el contrapunto de visiones distintas, reflejan y estimulan la gimnasia espiritual; donde el cúmulo de innovaciones técnicas que el escritor necesariamente inventa se prestan al registro de la experiencia interna, en continuo avance y transformación.

Adhiere Sábato al pensamiento romántico, y más allá de éste al pensamiento tradicional –que el romanticismo, en su rebelión, no hace sino desplegar y verificar– en su postulación del arte como vía iniciática y revelatoria. Bruno, visible portador de la opinión autoral, dice en las páginas de Sobre héroes y tumbas: «El arte de nuestro tiempo es un intento de reconciliación con el universo, de esa raza de frágiles, inquietas y anhelantes criaturas que son los seres humanos. Los escritores intentan recuperar aquella armonía perdida con el misterio y la sangre… y se convierten en intérpretes y hasta en salvadores (dolorosos) del destino colectivo».

La novela es catarsis y exorcismo; incide en la modificación del mundo, no a través de propuestas de cambio exterior, sino por conllevar y producir una conmoción de la conciencia que hace posible el acceso a una «vida nueva». La penetración del escritor en el campo de la intersubjetividad lo mueve a un cambio cualitativo que podría señalarse como paso de lo intelectual a lo espiritual. A través de un esfuerzo personal, el novelista redescubre la experiencia religiosa como vivencia fundamental del hombre.

En El escritor y sus fantasmas Sábato despliega y remodula con extraordinaria lucidez su concepción de la novela como fruto de la crisis individual y colectiva. Confiesa no haber escrito sino a partir de esas grandes conmociones que conllevan un balance y resurgimiento; asimismo sus obras reflejan las grandes encrucijadas del destino argentino. Tanto en su teoría de la novela como en su práctica literaria vemos marcarse ciertos aspectos que enfrentan a Sábato con corrientes de la creación y la crítica europea. Intentaré resumir estos aspectos en los puntos siguientes:

– Negación del «objetivismo» como postura meramente estética del escritor. Sábato reivindica permanentemente al sujeto, ligándose a la fenomenología en su defensa de la unidad e intencionalidad de la conciencia.

– Énfasis en el personaje. Lejos de trabajar con meros «actuantes» o sostenes de la acción del relato, Sábato ha sabido otorgar a sus personajes carnalidad existencial, veracidad histórica, psicológica, sociológica, y fuerza arquetípica universal.

– Importancia de la relación poesía-vida. Sábato defiende la proyección autobiográfica y la hace visible en sus novelas; más aún, la lleva a grados poco corrientes de desnudamiento.

– Continuidad de la creación y el mundo. Contrariamente al inmanentismo de los signos propugnado por cierta corriente europea –Barthes, Lacan– Sábato enfatiza la relación del signo literario con el mundo, aun en los límites de la llamada «creación pura». La ficción es en su caso la mediación necesaria para la profundización del drama real de la existencia.

– Necesidad del experimentalismo novelístico. Las técnicas más audaces son puestas al servicio de la auto-revelación poética y el acto de conocimiento. Sábato rechaza la experimentación meramente lúdica considerándola frívola y hasta inmoral.

– Ética del escritor. Colofón de lo anteriormente apuntado, se impone en la concepción de Sábato un sentido comprometido del arte, que hace de la obra una manifestación –aunque indirecta, simbólica, compleja, jamás unívoca– de las elecciones y valores del escritor.

Un pensador testimonial

La obra de Ernesto Sábato es la de un hombre de conocimiento, un filósofo en el sentido antiguo de la palabra, es decir; un hombre en permanente interrogación de sí mismo y del mundo. Guiado por una viva intuición, su pensamiento avanza entablando inéditas conexiones, destruyendo prejuicios, llevando a la conciencia reflexiva los aportes de la vida inconsciente. Su actividad simbolizante se transforma en puente por el que transita el flujo de un pensamiento creador, analógico, original. Es el pensamiento filosófico de los poetas, antiguo y a la vez nuevo, que crece sobre las ruinas de una racionalidad reductiva.

Ejemplo de intensas intuiciones, lúcido ejercicio crítico y ajustada expresión son los ensayos de Sábato, amplio corpus en el que se destacan cuatro libros fundamentales: Uno y el Universo, Hombres y engranajes, Heterodoxia, El escritor y sus fantasmas. Una serie de artículos y notas aparecidos en diarios y revistas, recopilados en otras publicaciones, completan esa nómina, entre ellos: «El otro rostro del peronismo», «Tango: discusión y clave», «Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo», «La cultura en la encrucijada nacional», «Apologías y rechazos». Hace años nos tocó hacer una recopilación de discursos y páginas breves, bajo el título La robotización del hombre y otros ensayos. Quedan muchas páginas sueltas, ocasionales, testimoniales, así como breves ensayos no recopilados aún, como certificación de un trabajo constante, una permanente participación en el debate ideológico y filosófico de nuestro tiempo, y una intervención opinante y valiente en los problemas nacionales.

Los ensayos de Sábato, poco estudiados aún en relación con la cuantiosa bibliografía que han desatado sus novelas, ahondan concéntricamente ciertos temas fundamentales a la par que esclarecen en forma incesante su propio instrumental teórico y metódico. El modo expresivo que elige es a menudo «fragmentario», apodíctico, llegando al limpio aforismo o la desnuda manifestación de un hallazgo. Pero no faltan en sus libros polémicas demostraciones de ideas, discusiones filosóficas, apasionados alegatos que revelan su hondo sentido del compromiso existencial, a la vez que su vocación intelectual, su capacidad teórica y crítica.

El humor es un ingrediente oportuno que aligera frecuentemente la prosa de Sábato. Como ocurre en las páginas de otros grandes escritores argentinos (Castellani, Marechal, Cortázar), no es raro encontrar en sus escritos la convivencia de graves temas y de sutiles planteos epistemológicos o morales, con observaciones irónicas o humorísticas que tienden a descabezar la solemnidad y la chatura convencional. Si en sus novelas apreciamos la presencia opinante y crítica, en sus ensayos es visible el peso testimonial, afectivo, autobiográfico.

Sábato se incorpora a la corriente ya ingente del pensamiento contemporáneo que en los finales del siglo transcurrido y los comienzos del presente, reclama y propone una nueva síntesis del conocimiento y una renovación de la cultura. Agudo crítico de la civilización contemporánea, estudia las raíces de su derrumbe en el Renacimiento, que en uno de sus múltiples aspectos, contradictorios entre sí, ha sido cuna del individualismo, la idolatría científica y técnica, la exaltación del poder y el dinero. Más cerca de pensadores cristianos como Berdiaev y Guardini que de la tajante negación de Guénon, Sábato ve llegado el fin de una civilización que privilegió el racionalismo, incurriendo en la destrucción suicida de la naturaleza y en la progresiva cosificación del hombre. Sin abandonarse a las tentaciones de la iconoclastia o al vitalismo irracionalista, propone una cultura integral construida sobre una ampliación de la conciencia y una recuperación de los aspectos reprimidos de lo humano. Capitaliza y prolonga aportes del psicoanálisis, la psicología de la Gestalt, la terapia junguiana, la indagación surrealista del inconsciente, el descubrimiento del azar, la revaloración de las culturas primitivas.

Sin duda es Sábato un escritor ilustrado que ha frecuentado lo totalidad del pensar contemporáneo en sus diversas direcciones. Rehúsa sinembargo la postura del especialista y aborda a partir de su propia experiencia los temas que le descubre su itinerario personal. Puede reconocerse en sus escritos la marca de grandes líneas filosóficas como la concepción hegeliana de la historia, la crítica marxista de la alienación, la toma de distancia respecto del materialismo y el neopositivismo, la adhesión al pensar fenomenológico, el compromiso existencialista, la filosofía del diálogo y de la persona. Todo ello se funde en un pensamiento vivo, asistemático, cordial, que avanza en apasionadas «apologías y rechazos».

Entre los temas permanentes de Sábato se cuenta la discusión de la lógica aristotélica y la petición de un logos supra-racional. No hace concesiones al exceso nietzscheano, pero es firme en su crítica de la Modernidad. Frente a la omnipotencia científico-técnica rescata los fueros del arte, la poesía, la literatura. Concede al escritor una misión ética, una responsabilidad política en sentido amplio. Aunque no fue permeable a algunas líneas de trasformación social en la Argentina –concretamente el peronismo– predicó la urgencia de crear en América una nueva alternativa política frente a las fórmulas ya perimidas de los imperialismos mundiales.

Su preocupación por el pueblo argentino y su destino histórico fue continua. Sábato no temió la rectificación y el ajuste permanente de sus opiniones políticas; su autenticidad y valentía hicieron de él un reconocido vocero de sus compatriotas y un árbitro moral en los conflictos de la vida nacional.

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Edición No. 157