Cargando sitio

Jan Berger vuelve a casa (Reseña y traducción de 3 cuentos)

Informe de lectura:
Escritor húngaro de Serbia: Gyula Mirnics
Título: Jan Berger vuelve a casa [Jan Berger hazatér]
Editorial: Timp, Budapest, 2008, 159 páginas

 

El autor

Gyula Mirnics nace en Topolya, en la ex-Yugoslavia (actual Serbia) el 13 de diciembre de 1978. Cursa estudios en el Liceo de Szabadka (Subotica, Serbia) y luego continúa estudiando en las Facultades de Húngaro y Ciencias de la comunicación, en la especialización: comunicación electrónica y relaciones públicas, de la Universidad de Szeged (Hungría).

Su carrera literaria comienza en la redacción de la revista Symposion de Újvidék (Novi Sad, Serbia). En 1998 publica su primer libro titulado Dombosi történetek [Historias de Dombos] junto con Aaron Blumm y György Szerbhorváth, recibiendo por éste el premio Ervin Sinkó. En la actualidad ejerce como periodista del canal húngaro de televisión de Novi Sad.

Jan Berger vuelve a casa (2008)

El libro contiene 25 relatos cortos, algunos de ellos funcionan muy bien como textos independientes. El lenguaje empleado por el escritor crea una atmósfera especial inconfundible. Por momentos parece un poco grotesco, algo dramático, aunque siempre se trata de historias ligeramente irónicas, de personas. Todos son textos en parte autobiográficos.

Entre los personajes del libro aparecen las figuras típicas del ambiente eslavo meridional, por ejemplo el hombre más fuerte del pueblo y el cerdo de mágicas dimensiones en: A vietnámi disznó [El cerdo vietnamita] o el capillero que guarda un horrible secreto y el sacerdote desavenido en: Egy boldog ember [Un hombre feliz]. Asimismo un sinfín de simpáticos dementes, desde las víctimas y culpables de homicidios amorosos en: Tragédia a kasatélyban [Tragedia en Kasatély] o Júlia [Julia] hasta dementes al borde del delirio, con apariciones de homicidas a héroes, en: A Füst [El humo]

Críticas, recepción del libro
(Fragmentos traducidos por María Elena Szilágyi-Chebi)

Rastros de sangre en las plumas, por János Vilmos Samu
«…entonces aquí puede cerrarse a través de tradiciones, con el paso de frontera, entre lomas y por encima de los ladrillos marcados. Con el regreso a casa de Jan Berger, con el cerdo vietnamita, con el polvo blanco, con la torre de agua y su peculiar atardecer, con todo, con la literatura novelística húngara de Voivodina, puede cerrarse la tapa dura, la maleta de Barbi, en la cual ya no hay lugar ni siquiera para una pregunta o para una última posibilidad de pregunta: —¿Pato?— Pregunté. —¿Quieres llevarte el pato?»

Premio Ervin Sinkó, por Éva Harkai Vass
«Gyula Mirnics sabe escribir frases, y eso no es poco. También sabe escribir historias, esas que tantos esperan con impaciencia. (También sabe revertir historias).»

Traducciones

El relato corto «Jan Berger vuelve a casa» ya ha sido traducido a serbio, croata, alemán e italiano. Otros textos del autor existen ya en lengua rumana, eslovaca, serbia, croata, alemana, inglesa, italiana y en lengua española por el momento sólo las tres traducciones que yo misma he hecho. En el futuro me gustaría mucho tener la posibilidad de traducir el libro entero para alguna editorial española o latinoamericana.

El contacto permanente vía e-mail con el autor me permite consultar cada problema de la traducción de sus textos. Cito a continuación un ejemplo, sobre lo que hemos discutido:
El autor, en uno de sus mensajes me dice: (el original está en húngaro)

«…En cuanto a las palabras problemáticas titvalás es verdaderamente una excepción (es una palabra que proviene del serbio titlovi utilizada en los años 70-80 para referirse a la persona que traduce simultáneamente los subtítulos en serbio para la gente analfabeta del pueblo que además sólo habla húngaro), el resto de las palabras que resulten extrañas puedes remplazarlas tranquilamente por otras palabras más simples. Siempre me esfuerzo por escribir en un lenguaje universal, claro. No lo veo como poesía, lo importante es que se entienda. Por ejemplo para la expresión ladrillo sellado puedes escribir ladrillo marcado, ladrillo con sello, o ladrillo con marca…»


Argumento para la publicación del libro en lengua española

Considerando que Gyula Mirnics es un escritor perspicaz, miembro de una nueva generación de escritores que proviene de una región en la que los húngaros viven dentro de una minoría étnica y eso hace que sus relatos sean muy originales, cabe destacar que éstos son además de un profundo contenido y están muy bien estructurados.

Como una de las críticas de su libro hace referencia (Premio Ervin Sinkó, por Éva Harkai Vass): «Se trata de historias que tantos esperan con impaciencia.»

Teniendo en cuenta lo anteriormente mencionado, la presente traducción a la lengua española podría llegar a ser un gran éxito.


«Los zapatos»
(por: Gyula Mirnics; Trad.: María Elena Szilágyi-Chebi)

A. contemplaba abatido frente al espejo su cara hinchada por la resaca. Se desentumecía las mejillas, la piel se le estiraba como si fuese una talla más grande, como la cabeza de su inquilino. Tenía granos de pus en la cara, las manchas negras de la barbilla matizaban su palidez. Ni siquiera el aturdimiento de tres días de embriaguez le borraba de la mente la ruptura, sentía cansancio, el cerebro bloqueado, pero en sus ojos resplandecía el dolor punzante. Se pasaba una crema de afeitar fuerte, masculina, y comenzaba a afeitarse, como si las hojas de afeitar le hicieran renacer. Se detuvo un momento en la nuez de la garganta, apretó la hoja doble a prueba de cortes contra la piel, después dirigió una sonrisa malhecha hacia el espejo.

El hombre abandonado sufre ahora por la falta de su mujer, sufre dentro de él un amor insatisfecho, un remolino de sentimientos no correspondidos, sufre al sentir que sobra, que no le quieren, que le pueden remplazar, por eso sufre ataques de inferioridad, por exigentes análisis cuya balanza es negativa para todos los casos, sufre al ver a otros hombres, se compara con los pasajeros del tranvía y descubre que no necesariamente la mujer pasada debe ser la única posibilidad. Por las mañanas contempla abatido la alarmante desesperanza, diluida en la bebida de la realidad del día siguiente.

El hombre abandonado luego comienza a hacer flexiones, entra en contacto con el agua bendita y purificadora de piscinas que huelen a cloro. Hace nuevos amigos en la barra del bar, le escuchan el por qué y el hasta cuándo, luego en lugar de los nuevos amigos vienen otros amigos nuevos con los que está bien que el cigarrillo se le consuma entre los dedos, o con los que es bueno menear el cuerpo al son de la música fuerte, o con los que de paseo por sitios públicos, con la espalda derecha, vestidos a la moda, engancha la mirada de las muchachas más lindas. De hombre abandonado pasa a ser hombre libre, pero la figura de hombre libre no es más que una ilusión, puesto que para qué sirve toda esa libertad si por las noches anhelantes el deseo da vueltas preso del cráneo, y la ilusión es la libertad, porque el amor, arrojado como un pañuelo usado, lleno de mocos, aprieta al alma cada vez más fuerte con cadenas invisibles.

Con P. se conoció en el aparcamiento de un ruidoso pub. Ese día A. se había comprado zapatos nuevos para tener confianza en sí mismo y atraer. Los zapatos de cuero gris aterciopelado, con la comodidad de un calzado deportivo, a la vez elegantes, eran el símbolo elocuente de confianza en sí mismo.

De la elocuencia de la noche resultó amor, al día siguiente A. se despertó alegre, lleno de vida, las caricias de P. le alisaron las arrugas bajo los ojos. La muchacha aún dormía cuando A. se levantó para preparar el café. En la entrada miró agradecido los zapatos nuevos: a ellos le agradecía haber tenido el valor para amar. Los zapatos nuevos estaban cubiertos por una mancha negra. A. sorprendido examinó el cuero gris aterciopelado. Se apoderó de él un asco, un ligero espanto, al ver que en la piel de los zapatos había salido una barbilla afilada, la piel estaba estirada y arrugada como el rostro de las viejas mentirosas. No hay salida, pensó. A, enseguida le pasó crema de afeitar a los zapatos y comenzó a afeitarles la tristeza.


«Barbi»
(por: Gyula Mirnics; Trad.: María Elena Szilágyi-Chebi)

Mataba patos cuando Barbi me dejó. Disfrutaba del sol de septiembre y de los graznidos sangrientos de los patos, pero sobre todo de ya no tener que ir más a la universidad, de haber terminado y estar graduado.

Es bueno matar patos estando graduado, pensé, cuando Barbi anunció que se despedía rápido porque la estaban esperando. Ya de pie en la terraza, con la ropa de mujer que había recibido de su madre y solo pretendía usar después del primer hijo, a su lado una pequeña maleta que yo veía por primera vez. —¿De quién es esa maleta?— Pregunté y sentí que ahora me había hecho odiar por Barbi.

Ese verano pasé a ser el intérprete, ya que se llevaron al señor Gyurka. Por fin conseguía el trabajo en el cine. Yo traducía simultáneamente a húngaro los subtítulos serbios de las películas para los espectadores de mi pueblo que no hablaban la lengua mayoritaria, pueblo diminuto en el fin del mundo, en el medio del campo. Yo era la voz de la hermosa actriz americana, del asesino de las películas de kárate chinas, lloraba en lugar de los niños y seseaba en las caricaturas. Siempre había envidiado al señor Gyurka porque el intérprete era el héroe del pueblo, muchas mujeres guapas estaban enamoradas del señor Gyurka. A los ojos del pueblo él era igual que las estrellas de cine, él era la Voz, el broche de enlace entre nuestra calle de barro principal y las avenidas de Hollywood iluminadas, la gente podía creer que él sabía el secreto, lo que había detrás de la pantalla. El intérprete irradiaba mística. No sólo vivía con el otro mundo por las noches, el sueño llenaba todo su ser. Colgué mi diploma en el vestíbulo del cine, para que la gente viera que era un intérprete graduado universitario, aún más lejano y misterioso que el señor Gyurka.

Barbi esperaba que yo dijera algo que le tranquilizara la conciencia. Me puse de pie, tenía las manos ensangrentadas, el cuchillo, la ropa, había plumas ensangrentadas por todas partes, a mi alrededor. Cobré conciencia vagamente de que entonces la veía por última vez, que se despedía y que la esperaban delante de la casa. Fue hermoso ver así a Barbi en el brillo del sol otoñal, eran lindas sus manos nerviosas aferrándose a la maleta. Su rostro era marmóreo, se le dibujaban las venas azules bajo la piel. Debajo del zapato izquierdo se vislumbraba la mitad del ladrillo marcado, del cual hay sólo uno en cada paleta, cuatro veces más cara su fabricación que de los ladrillos simples porque están preparados con material de alta resistencia para que se divise la marca por más tiempo. Al levantarme y contemplar a Barbi, extrañamente se me ocurrió lo fácil que sería matarla, sólo tendría que empujar el soporte del listón corroído, sólo tendría que estirarme como si me rascara la cabeza, haría bascular el listón, partiría la teja del tejado de la casa, se derrumbaría la pared de adobe de la terraza y el techo se desplomaría sobre Barbi.

—¿Pato?— Pregunté. —¿Quieres llevarte el pato?

«El escritor» (por: Gyula Mirnics; Trad.: María Elena Szilágyi-Chebi)

La calle M. Gorki de Novi Sad, como se sabe, se extiende desde la orilla del Danubio hasta la denominada avenida de la Liberación. Más o menos en la mitad de la calle se encuentra el gigantesco centro deportivo, conocido con el nombre de Spens, en el cual forman filas tiendas pequeñas en sus plataformas frías de hormigón, repletas de diversos productos caros. Mi apartamento está frente a la entrada norte del centro deportivo, enfrente de los escalones que han aparecido tantas veces en los informativos. El viejo judío, a quien le alquilo la habitación, no se mete demasiado en mi vida. Todas las noches coloca delante de mi puerta la prensa del día, los diarios en serbio que lee minuciosamente. Si quiere llamarme la atención hacia algún artículo en especial hace un doblez en el diario para que me dé cuenta. Por suerte esas locuras, esas ideas atosigadoras, no las desea hablar conmigo. De esa forma no sé cuál es su opinión sobre el partido político que se reúne con el nombre de radicales, sobre la administración de la ciudad, sobre la separación de la parte sur del país. A mí no me interesan para nada los temas de actualidad que llaman política los habitantes de avanzada edad de la ciudad y discuten con predilección en las paradas de autobús y delante de los bancos, mientras hacen la cola. Para mí ellos son tan extraños como los jóvenes en las terrazas de cafeterías, cuyo atractivo mundo es incomprensible e intocable. Cuando voy a mi trabajo y paso por al lado de alguna cafetería de renombre, aminoro la marcha y trato de impregnarme del agradable aroma que emana de ahí. En esos momentos una música desconocida que evoca a Brasil o a la ribera francesa eriza la intensa percepción. Mi trabajo está en la calle Gorki, en dirección al Danubio, al final. Una casa de prensa vulgar, construida hace cuarenta años, de hormigón y de vidrio sucio. El camino desde el apartamento al trabajo dura aproximadamente veinte minutos. Dos veces debo pasar por cruces, en general esperando en el semáforo en rojo. A diario tengo al menos cuarenta y cinco minutos para odiar mi trabajo. Lo odio de manera totalmente diferente a la ida que a la vuelta. El oficio del lector es un trabajo tolerado. Los reporteros engreídos piensan que soy un detrimento social ocasionado por la reorganización. Creen que no hay necesidad de mi eterno mangoneo y si no fuera una mujer soltera que marchita, no me habrían puesto detrás de un escritorio. La mayoría ni siquiera entrega el texto. Si en todo caso me piden que les revise lo escrito, lo hacen por compasión. No quieren ofenderme. No quieren que sienta que no hay necesidad de mí. Son horriblemente incultos. Creen que la solución para no repetir una palabra es decir lo mismo de otra forma. Varias veces, una después de otra. Fulanito declaró que… dice en el comunicado de fulanito, se escuchó en el comunicado de prensa de fulanito de hoy… Esperan que les encuentre nuevas expresiones universales en lugar del periodismo. No son capaces de entender que no puedo corregirlos. Lo mejor sería borrarles el cerebro y enseñarles a escribir. Estoy muy bien en mi pequeño mundo. Me hice amiga de las mecanógrafas, de las cuales verdaderamente no hay necesidad. Tomamos café y cuchicheamos en voz baja sobre los reporteros. El café es el único punto de enlace entre nosotras y los periodistas. Les preparamos el café con perseverancia, reconociendo que quisiéramos ser de utilidad. Nunca traen café o azúcar, siempre lo compramos nosotras, nuestro sueldo no llega ni a la mitad del de ellos. Luego les lavamos las tazas.

Compartir:
 
Edición No. 157