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José-Emilio Pacheco: una y varias voces

Si José-Emilio Pacheco (1939) nunca hubiera escrito novelas o cuentos, hoy se le seguiría reconociendo sólo como un poeta notable de México, en particular, y de América Latina en general.

Aunque su obra poética ha tenido más receptividad que su narrativa, cabe destacarse que su primer libro fue un volumen de cuentos La sangre de Medusa publicado en 1958, y unos años después publicó  El viento distante y otros relatos (1963) y luego El principio del placer y otros relatos (1972).  Pero en el conjunto de su producción narrativa hay, aún más, dos novelas representativas que evidencian la originalidad de su escritura como narrador nato: Morirás lejos (1967) y Batallas en el desierto (1981). En estos textos de diversa extensión encontramos una narración fluida, en la que se percibe la fragilidad del ser humano y como ésta puede derivar en caos que desequilibra las costumbres del diario vivir.  Sus historias plantean nuestros dramas cotidianos en un lenguaje terso en el que sobresalen las inseguridades, las pasiones y paralelamente cómo el tiempo es efímero y eterno a la vez. 

De José-Emilio Pacheco podemos decir que su trabajo de escritor se  inició en las páginas de diarios y revistas en los que ha publicado centenares de artículos, reseñas de libros, ensayos y notas en Novedades, Revista Mexicana de Literatura,, Diálogos, El Heraldo de México, Plural, Vuelta, Letras libres. Llegó a ser colaborador en el suplemento literario México en la Cultura en 1958 y secretario de edición en 1961; sirvió como secretario de edición en la Revista de la Universidad de México de 1959 a 1965, y como director de la revista ¡Siempre! de 1962 a 1971. Además, cabe destacar igual el trabajo de coedición que hizo en 1957 con Carlos Monsiváis en el suplemento literario Estaciones de la revista dirigida por Elías Nandino.  El trabajo más continuo en una publicación periodística hecho por José-Emilio Pacheco es su colaboración de larga data en la columna cultural intitulada Inventario de la revista semanal Proceso que empezó en 1976.  No sorprenderá, pues, afirmar que la vida del escritor mexicano ha sido fecunda y laboriosa.  

Fuera de las menciones anteriores, sabemos que Pacheco es un poeta y su obra es, sin duda, la base donde desarrolla con gran lucidez sus ideas y su postura ante el mundo en que vivimos, o para decirlo con sus propios versos “…La tierra/ es nuestro paraíso y la hemos vuelto infierno”  (Miro la tierra, p. 57)  En este y otros textos como: Los elementos de la noche publicada en 1963 se presentan los temas que serán leitmotiv en su obra: el tiempo fugaz, la pérdida de la memoria histórica, la implacable conducta de la humanidad contra la flora y la fauna, y aunque entre verso y verso guarda esperanza por un mundo mejor.  A través de la palabra poética, Pacheco quiere llegar a lo profundo de los objetos y de los seres con un lenguaje depurado, rítmico en el que fusiona elementos humorísticos, irónicos, analíticos e introspectivos.  Ahí reside su fina pluma. 

Entre otras de sus colecciones de poesía cabe mencionar El reposo del fuego (1966), Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976), Desde Entonces (1980), Los trabajos del mar (1983), y An Ark for the Next Millennium: Poems (ilustrado por Francisco Toledo, y traducido por Sayers Peden, 1993), La arena errante (1999) y Siglo pasado (desenlace) (2000).  Pacheco igualmente ha traducido de forma magistral textos de Samuel Beckett, Yevgeny Yevtuschenko y T.S. Elliot.

Ante lo dicho, podemos suponer por qué la crítica literaria y jurados de distintas instituciones, a los dos lados del Atlántico, han  galardonado a José-Emilio Pacheco con varias distinciones.  Recibió el Premio Nacional de Poesía Mexicana en 1969 por su colección  No me preguntas cómo pasa el tiempo. Con su colección El silencio de la luna recibió el Premio José Asunción Silva como mejor libro de poesía hispanoamericana entre 1990 y 1995. Entre otros reconocimientos están el Premio Internacional de Poesía Federico García-Lorca (2005), Octavio Paz (2003), Ramón López Velarde (2003), Pablo Neruda (2004), Alfonso Reyes (2004), el premio de Literatura Mexicana (1993), el Premio Mazatlán (1999) y el Premio José Fuentes Mares (2000) y en 1992 se le otorgó el premio de ensayo Malcom Lowry (1992). Ha sido miembro del Colegio de México desde 1986 y en el año 2006 fue electo unánimemente miembro de la Academia Mexicana de la Lengua en el año 2006.

A tenor de lo anterior, abro un paréntesis para compartir algunos datos, en las múltiples conversaciones que sostuve con José-Emilio Pacheco en la Universidad de Maryland, College Park, que nos familiarizan aún más con su iniciación literaria.  Alguna tarde, luego de su seminario sobre la novela latinoamericana, me comentó que una de las más sólidas influencias fue la de su abuela materna Emilia Abreu de Berny, quien le enseñó a leer antes de que empezara sus estudios en el colegio de la elemental. Desde ese momento, José-Emilio tuvo una gran fascinación por leer y escribir.  Y ya a la edad de ocho años les llegó a componer varias odas a su madre Carmen Berny Abreu Pacheco y a sus tías. La abuela, doña Emilia, siempre le proporcionaba un nuevo libro cuando terminaba de leer el que le había regalado antes. En este ambiente de estímulo por la lectura creció José-Emilio Pacheco y hasta el día de hoy –quienes hemos tenido la oportunidad de estar cerca de él– somos testigos de su fascinación por leer periódicos, revistas y, por supuesto, libros.

Ahora bien, quizás convenga formular las siguientes preguntas: ¿y por qué la obra narrativa de José-Emilio Pacheco no ha salido tan favorecida por los críticos o comentaristas literarios? o ¿es que no ha habido referencias muy precisas sobre su obra? Si nos fijamos, por ejemplo, cuándo se publicó su novela Morirás Lejos (1967) constatamos que coincide con el mismo año de publicación de la novela de su amigo Gabriel García Márquez Cien años de soledad. Dos novelas que se escriben en ciudad de México y que, los dos escritores posiblemente esperaban una justa difusión de ellas en el ámbito latinoamericano. Sinembargo, es la novela de Gabo la que obtuvo todo el anticipo publicitario, una excelente red de distribución de la Editorial Sudamericana y la recepción torrencial de reconocidos críticos y escritores tanto en España comoen América Latina.  De paso Cien años de soledad eclipsó obras que salieron a la luz el mismo año. Pero ante este alud macondiano, no se puede desconocer que Morirás Lejos es una de las novelas más universales de las letras hispanoamericanas y la debemos aceptar como un medio de conocimiento, una suerte de contribuyente  de la conciencia humana.  De indudable importancia es esta novela de Pacheco para reconocer incluso lo que Gabriel García Márquez llamó “la peste del olvido” y de la cual adolece constantemente la humanidad. 

Y es aquí donde es preciso puntualizar la esencia de la poética de José-Emilio Pacheco, que valdría definirla  con sus propias palabras “No me preguntes cómo pasa el tiempo”. El tiempo trascurre, los hechos inhumanos van y vienen, y en consecuencia nos vamos olvidando de estos acontecimientos que en algún momento son parte de la historia universal. Los asuntos que aborda José-Emilio Pacheco, por ejemplo, en su novela Morirás Lejos son la evidencia más concreta en cuanto a las atrocidades cometidas por Hitler contra el pueblo judío que en el ámbito mexicano se esfumaron con “la peste del olvido”.  Como en la venerable tragedia helénica, serán la armonía interna y la interpretación de sucesos conocidos los puntos cardinales entre lector y texto.  Insisto, por tanto, en que una mirada atenta revela que Pacheco no pretende en modo alguno narrar la persecución hitleriana como los sucesos en sí mismos, por su propio valor desgarrador, aun cuando, innegablemente, resulten apasionantes por su dramatismo, sino valerse de estos como un artificio, un núcleo argumental, alrededor del cual nos va ilustrando y refrescando nuestra memoria (histórica) y desplegando una verdadera, vibrante visión de las fuerzas socio-políticas concurrentes en el mundo actual:

Porque todo es irreal en este cuento. Nada sucedió como se indica. Hechos y sitios se deformaron por el empeño de tocar la verdad mediante una ficción, una mentira. Todo  irreal, nada sucedió como aquí se refiere.  Pero fue un pobre intento de contribuir a que el gran crimen nunca se repita. (Morirás Lejos, p.157).

En Morirás Lejos las historias se van entretejiendo en variado contrapunto: ironía, recurso histórico, objetividad estricta, en móvil combinación que darán por resultado una perspectiva cambiante, y al final sorpresivo.  Caleidoscópicamente son reunidos aquí personajes y lugares diversos y bien diferenciados.  Se trata casi como un descenso a los infiernos -o como bien lo encapsula Rafael Gutiérrez-Girardot en uno de sus ensayos “José-Emilio Pacheco y su comprensión del Apocalipsis” (Insistencias, p.205)- las imágenes que se van representando en esta novela pareciera que se corresponden a las de Dante Alighieri.

En otra joya literaria de Pacheco, igual notamos el paisaje humano encerrado y autodestruyéndose en los límites de la urbe del distrito federal de México. Es decir, no es simplemente el punto de referencia obligado, sino presencia vigiladora y constante. En Las batallas en el desierto habría que empezar por referirse a la primera voz de cada personaje, exacta en su extracción social y en rasgos sociológicos específicos de cada uno. Siente el lector la inflexión de lo foráneo y de lo que atentara contra el nacionalismo o el patriotismo mexicano, la espontánea lisura del habitante del D.F. y la huella ajena del bombardeo cultural norteamericano. Al igual que los embates de la naturaleza cuando en Octubre han sacudido sus terremotos a la ciudad capital. Pero estos atributos de lenguaje abundan en la buena literatura, y por consiguiente en Las batallas en el desierto se atrapa al lector en un engranaje entre sujetos y adjetivos, con marcado propósito de símbolo, ironía y/o franca conversación de citadinos que conviven su dura cotidianeidad. Los jóvenes estudiantes y sus dilemas, las confidencias con sus madres, las arribismos sociales y otros muchos ejemplos sirven para demostrar la potable explosión que representa la palabra en esta novela, mérito que revela a Pacheco como ardiente poeta de un lirismo cimentado en un refinado mensaje de alerta. Es decir que nuestras sociedades se desmoronan y no tienen salida a sus impulsos destructivos.  En este sentido, la obra narrativa de José-Emilio Pacheco se entronca con la de su poesía y establece una admirable unidad y coherencia, desde el primer libro que publicó en 1958 hasta su últimos libros de poemas Gotas de lluvia y otros poemas para niños y jóvenes (2005) y Fábula del tiempo (2007). 

En este esbozo tan sólo hemos cursado una invitación a que la obra  narrativa de José-Emilio Pacheco se reedite, difunda y se relea con placer. El “extraño suceso” que Cervantes exigiera de la buena narración, está siempre presente y confundido con la historia misma, de la cual viene a ser sostén y realce en la obra del autor mexicano.  Todo el subsuelo que encontramos en los cuentos y novelas de Pacheco (y la poesía no es la excepción) están marcados por esas erupciones que van como advertencias de un mundo al cual sus personajes/sujetos poéticos, intentan darnos un toque de campana para que tomemos conciencia de nuestro entorno, como única fuerza que nos guía de cómo  regir con mesura nuestro destino para disfrutar del otro.  O para decirlo con el título de uno de sus libros, que este sea “El principio del placer”.


Breve Bibliografía

José-Emilio Pacheco, Miro a la tierra (1983-1986), México, Ediciones Era, 1986.
——Tarde o temprano (1958-2000), México, Fondo de Cultura Económica, 2000.
—— Morirás lejos (1967), México, Editorial Joaquín Moritz, 1985.
—— Batallas en el desierto, México, Ediciones Era, 1981.
Rafael Gutiérrez-Girardot, Insistencias, Bogotá: Ariel, 1998.

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Edición No. 148